Disclaimer: Los personajes son como todos sabemos de el gran Masashi Kishimoto, y la historia de Lisa Kleypas
FALSAS PROMESAS (Adaptación)
Capitulo 2
Se encaminó hacia una silla desocupada, bajo la mirada ceñuda de su hija.
Hinata estaba sentada en la pequeña biblioteca de Hyuga Hall, en la silla que en otro tiempo habría ocupado su padre. Con esfuerzo, sumó las entradas más recientes de sus libros de contabilidad.
Entretanto, Hana supervisaba al reducido personal, dos doncellas y una cocinera, mientras continuaban las tareas cotidianas de limpieza y remendado. Como no podían pagar más personal,
Hana estaba siempre atareada con las tareas que otras mujeres de su clase pocas veces debían realizar. Hiashi Hyuga había dejado una mínima herencia a la familia y unos ingresos
Anuales de una propiedad que apenas cubrían los magros gastos.
Hinata era una administradora diligente de la propiedad y se ocupaba
Tanto de las necesidades de los inquilinos como de las de la familia Hyuga y de los criados. Era una responsabilidad fatigosa, pues siempre debía economizar y escatimar, sin salir nunca de deudas. La casa comenzaba a reflejar las duras circunstancias por las que pasaban, pero aún no había perdido su encanto. Hyuga Hall y sus muebles eran viejos y gastados, pero encantadores de tan bien cuidados. Los paneles de madera brillaban de tan lustrados y las alfombras desteñidas y los tapizados se mantenían inmaculados.
¡Si algún día pudiesen restaurar la antigua belleza del hogar...! Hinata se sentía culpable por no haberse casado con alguien que pudiera hacerlo posible. Su madre merecía una vida cómoda y fácil. Hinata sabía que era egoísta pensar sólo en sus propios deseos en lugar de ocuparse de lo más conveniente para la familia y quienes dependían de ella. Pero no podía dejar de amar a Sasuke y soñar con vivir con él. Y no podía soportar la idea de un frío matrimonio arreglado.
Mientras contemplaba las largas listas de cifras trazadas con su propia escritura pulcra, Hinata oyó un golpe amortiguado en la puerta principal. Una de las doncellas atendió, y pronto llegó una exclamación encantada de Hana. Intrigada, Hinata dejó la pluma y salió de la biblioteca. Fue al vestíbulo de entrada y se detuvo, atónita Su madre y una doncella forcejeaban para levantar un enorme arreglo floral y colocarlo sobre la mesa de caoba que ocupaba el centro del vestíbulo,
—Qué preciosidad —dijo Hinata, con los ojos dilatados de sorpresa.
Hana se precipitó hacia ella con una tarjeta entre los dedos.
—Acaban de entregarla para ti. ¡Toma, debes leerla de inmediato!
Agradeciéndole su encantador obsequio a Ino
Lord Namikaze
El arreglo consistía en orquídeas rosadas, idénticas a la que ella había prendido en el vestido de Ino, la noche anterior. Hinata se quedó mirando, pasmada, la profusión de clarísimas flores.
Nadie había tenido un gesto tan grandioso para con ella. Lentamente devolvió la tarjeta a Hana, tomó uno de los capullos que sacó del ramo y acarició los pétalos graciosamente arqueados.
—Tiene la intención de visitarnos pronto —dijo Hana, triunfal—. Apostaría mi vida a ello.
Hinata no sabía qué pensar.
—Creo que no pondré ninguna objeción a eso, aunque no entiendo por qué...
— ¡Lord Namikaze está interesado por ti, Hinata! —En un instante, la mente de Hana se concentró en las cuestiones prácticas—. Tenemos que reacomodar los muebles en el recibidor y cambiar las fundas bordadas de las sillas por las buenas que están en el piso de arriba... ah, y la cocinera tiene que tener preparados unos pasteles y bizcochos para cuando él llegue... Corrió hacia la cocina, mientras Hinata contemplaba las flores, perpleja. Contrariando las expectativas de Hana, lord Namikaze no fue a visitarlas. Y, aunque Hinata se sintió aliviada por ella misma, se irritó cada vez más con aquel hombre, al ver que las esperanzas de su madre se desvanecían cada día. Por desgracia, el episodio pareció fortalecer la decisión de su madre de alquilar una casa en Londres, para el resto de la temporada. Hasta ese momento, Hinata había logrado disuadirla, pero sabía que su madre aún no abandonaba las esperanzas.
Atareada, Hana revisó el puñado de invitaciones que habían recibido para el mes siguiente e insistió en que Hinata la acompañara a un baile privado que daban unos amigos en Londres.
—Nunca faltamos al baile anual de los Kaguya —dijo, enfática—, y este año es más importante aún que vayamos.
— ¿Por qué? —preguntó Hinata, con sequedad.
—Porque lady Kaguya, en su carta, me dice que ha invitado a varios caballeros solteros, prominentes... entre los cuales está lord Namikaze.
—No tengo interés en lord Namikaze ni en ningún otro hombre, excepto...
—No lo menciones —rogó Hana, tapándose los oídos con las manos—. Prométeme que asistirás, Hinata. Hazlo por mí, por favor.
La casa de los Kaguya en Londres tenía un elegante mobiliario de estilo francés, con delicadas sillas y mesas que se destacaban contra un fondo de pinturas y paredes revestidas de seda. El piso del salón de baile estaba tan lustrado que resplandecía, y el aire estaba perfumado a cera de abejas y a flores.
Al ver el lujo del ambiente, Hinata se alegró de haberse puesto el único vestido nuevo de la temporada, de seda blanca, cubierto con una capa de gasa verde menta. El corpiño estaba cortado a la última moda, con la cintura varios centímetros más abajo que el estilo del año anterior.
Enfatizaba la redondez de los pechos y se abría en las caderas, en suaves pliegues. Hinata se había rizado el cabello con tenacillas y lo sujetó en la coronilla. En un intento de sujetar el peinado, se colocó una enorme cantidad de horquillas para sostener la masa de rizos negros, la mayoría de los cuales eran demasiado suaves y finos para permanecer demasiado tiempo como estaban.
Como correspondía, Hinata intercambió saludos con los Kaguya y acompañó a la madre al salón donde se servían los refrescos. Conversaron con amigos y comieron exquisiteces de pequeños platos de porcelana, mientras llegaba hasta ellas la música que emergía del salón de baile. Atraída por la embriagadora melodía, Hinata fue hasta la entrada y echó un vistazo al salón. Las parejas giraban al ritmo de la música, sonriéndose, mientras trazaban graciosos arcos sobre el piso. Recordó la primera vez que había bailado con Sasuke, en un baile igual a este. La había tomado en sus brazos sin que los presentaran, ignorando las carcajadas sobresaltadas de la muchacha.
— ¿Qui-quién es usted? —le espetó, automáticamente, mientras lo seguía.
Era malicioso, oscuro, atrayente, diferente de los demás jóvenes corteses que la habían abordado esa noche.
—Mi nombre no tiene importancia —había replicado él, sonriéndole—. Y tampoco el de usted.
— ¿Cómo dice?
La audacia del hombre la escandalizó.
—Lo único que importa es que estamos destinados el uno al otro.
— ¡Usted ni me conoce! —exclamó Hinata.
—Sé que es la muchacha más bella que he visto jamás. Lo demás podrá contármelo después. Sasuke la había arrastrado a la vida y le había robado el corazón con un encanto tan seductor que ningún otro podría igualar. La hizo sentirse bella, deseable, especial. Nostálgica, Hinata contempló a los bailarines, con la mente absorta en el pasado.
—Vuelve a mí, Sasuke —murmuró—. Vuelve...
—Señorita Hyuga.
Una voz suave la sacó de su ensimismamiento. Alzó la vista, sobresaltada, y vio a lord Naruto Namikaze de pie ante ella. Era tan apuesto como lo recordaba, con sus facciones aquilinas y esa mirada que parecía capaz de leerle los pensamientos. Su cabello rubio oscuro estaba peinado apartado de la cara, pero había un mechón que amenazaba caer sobre la frente. Tenía un aspecto impresionante, elegante, con una chaqueta azul oscuro, la rígida corbata blanca y los pantalones beige. Incluso en esa actitud relajada, transmitía una sensación de fuerza y energía que la hacía querer retroceder.
— ¿Todavía pendiente del amado ausente? —le preguntó.
—No estoy pendiente —dijo, con gran dignidad—. Estoy esperando.
— ¿Puede estar segura de que no está con otra mujer, señorita Hyuga? Podría tener a otra entre sus brazos, en este mismo momento.
Respondió a la provocación con una mirada helada.
—Estoy empezando a considerar ofensiva esta conversación, lord Namikaze. —Hizo una pausa y agregó con desgana—: Pero gracias por las flores.
El hombre sonrió y le tendió la mano.
—Hónreme con un baile, señorita Hyuga.
—No puedo, lo siento.
Apartó la vista, apretando en el puño el pequeño carnet de baile.
En lugar de discutir, él se encogió de hombros.
—Está bien. Mándele mis saludos a su madre.
—Gracias —murmuró, y lo vio alejarse.
Sintió un fugaz arrepentimiento, sabiendo que un baile no significaba nada. Quizás hubiese debido disfrutarlo. Pero no quería alentar a Namikaze ni dar falsas esperanzas a su madre.
— Hinata. —Su madre apareció a su lado—. ¡Te he visto hablando con lord Namikaze! ¿Qué te ha dicho?
—Nada, mamá. Sólo quería mandarte saludos. Hubo oleadas de excitación femenina cuando Namikaze se aproximó a un grupo de muchachas que estaban con sus matronas acompañantes. La hermana, Ino, que estaba entre ellas, lo agarró del brazo y lo atrajo a la conversación. Tras unos minutos, escoltaba a una atractiva rubia al centro del salón, le hacía una breve reverencia y la tomaba en brazos para bailar el vals. Namikaze era un excelente bailarín, que hacía lucir a su compañera.
Hinata apartó la vista de ese espectáculo, luchando contra la duda y un irracional aguijonazo de celos. Por alguna razón, de pronto se sintió irritada contra Sasuke, contra lord Namikaze y contra todos los hombres en general. No quería observar a aquellas muchachas tan animadas, decididas a cobrarse sus piezas matrimoniales... quería estar en algún sitio tranquilo e íntimo, alejada de la música y de la charla superficial.
Esperó a que la atención de su madre estuviese concentrada en una discusión con viejas amigas y luego salió del salón. Como hacía años que estaba familiarizada con la casa de los Kaguya, sabía a dónde quería ir. Saliendo del salón de baile, atravesó el cuarto de juegos, en donde los más ancianos gustaban congregarse, y el cuarto de caza, donde solían fumar los hombres, y se encaminó a un grupo de recibidores, al otro lado de la casa. Al encontrar una pequeña sala desocupada. Hinata cerró la puerta tras ella lanzando un suspiro de alivio. El cuarto estaba en silencio y en penumbra, salvo por el resplandor de un tronco ardiendo sobre la parrilla de la chimenea, detrás de la pantalla. Se quitó los largos guantes blancos, los tiró al suelo y estiró las manos hacia el fuego. Al menos durante unos minutos, gozaría de cierta paz.
La puerta se abrió tan silenciosamente que no la oyó. De pronto, la voz de un hombre la sobresaltó y giró en redondo, con los ojos dilatados. —No es correcto que esté sola, señorita Hyuga. Lord Namikaze entró en la habitación y cerró la puerta. Lentejuelas rojas y doradas del fuego jugueteaban en sus facciones a medida que se acercaba a ella, haciendo resaltar las sombras y los ángulos del rostro. Su mirada recorrió la figura de Hinata, enfundada en seda blanca, con la diáfana nube de gasa verde que la rodeaba.
Hinata intentó recuperarse de la sorpresa recurriendo al sarcasmo.
—Tampoco es correcto que usted esté aquí, conmigo, milord. Le agradecería que se marchase. No deseo que me acompañe.
—Hay sólo dos razones posibles para eso. Una es que no me hallara atractivo... y eso no lo creo.
Hinata se sintió, a un mismo tiempo, divertida e indignada.
—Tiene muy buena opinión de sí mismo, ¿no?
—La otra es que cree estar enamorada de otro hombre.
—Estoy enamorada de otro hombre.
— ¿Y nadie puede hacer que lo olvide?
—Ni por un minuto.
—Sin duda, él es el único hombre que la ha besado.
—Me han besado muchos hombres —mintió, sin inmutarse.
La risa brilló en los ojos de Naruto.
—Hubiese querido ser yo uno de ellos.
Hinata se cruzó de brazos y lo miró, ceñuda.
—Por favor, milord, váyase.
Namikaze estiró la mano para acomodar un minúsculo pliegue de la gasa verde del corpiño. El contacto fue leve pero íntimo y provocó una aceleración del corazón de la muchacha.
—Espero que no me tenga miedo.
—Naturalmente que no —logró decir, ansiosa de retroceder, pero decidida a no ceder terreno—. Estoy enfadada con usted.
La mirada de Naruto siguió brillando, divertida.
—Dentro de un momento, estará más enfadada aún.
— ¿Por qué...?
Atónita, sintió que la rodeaban aquellos brazos de acero y sus manos quedaban atrapadas entre los dos cuerpos. Sorbió una bocanada de aire y se disponía a gritar, cuando la boca de él se abatió sobre la de ella en una sensación cálida y aplastante a la vez. Se retorció y forcejeó, pero no pudo soltarse del abrazo. Con la cabeza echada atrás, un mechón sedoso de cabello suelto del peinado cayéndole sobre la cara, un par de hebillas del pelo cayeron sobre la alfombra. Namikaze se detuvo, aflojando la presión de los brazos y le pasó el mechón detrás de la oreja. Hinata lo miró, perpleja. —Suélteme —susurró.
De pronto, el semblante de Naruto se puso serio, los ojos azules velados por las pestañas doradas.
Deslizó la mano hacia la nuca de ella y la sujetó con fuerza, mientras su boca volvía a la de ella. Un estallido de negación la recorrió..., pertenecía a Sasuke, no sentina nada por ningún otro, pero se convirtió en sumisa prisionera mientras él poseía tiernamente su boca con besos devoradores, y ya no hubo más pensamientos. Cuando, al fin, Naruto levantó la cabeza, Hinata casi no podía tenerse en pie.
El último hombre que la había besado era Sasuke, y ahora este desconocido había borrado ese dulce recuerdo. Lo miró fijamente, con la respiración agitada y las piernas temblorosas. Esperaba encontrar un brillo de triunfo insolente en los ojos del hombre, pero lo que vio fue un destello de confusión, semejante al suyo.
—Señorita Hyuga...
Hinata dio impulso a su mano y sintió que entraba en contacto con la mejilla de él. Si hubiese tenido fuerza, lo habría abofeteado peor. El golpe le hizo arder la mano. Se volvió, tratando de huir, pero Namikaze la alcanzó y la aferró por la muñeca. Lentamente se llevó a la cara la mano de la muchacha, y apretó la boca contra la palma enrojecida. Hinata sintió los labios calientes contra su piel.
Perpleja ante el gesto, Hinata se quedó inmóvil, con su mano atrapada en la de él. Ahora existía un secreto que los unía, este beso... un recuerdo que tenía que dejarse a un lado, ignorarse. El resto de su vida negaría los sentimientos que le había despertado. Había traicionado a Sasuke reaccionando así ante un desconocido. Estaba confundida y avergonzada por su propio comportamiento.
Los ojos claros sostuvieron la mirada de ella mientras le decía, con voz serena:
—Lo olvidará, señorita Hyuga. Yo me encargaré de que lo olvide.
Hinata se soltó y se tambaleó un poco, en su prisa por huir del cuarto. Un rápido forcejeo con el picaporte, y la puerta de madera se abrió, permitiéndole escapar. Unos días después, el recuerdo del beso en la fiesta de los Kaguya todavía torturaba a Hinata. No podía dejar de pensar en lord Namikaze, en la boca de él sobre la suya, en el modo en que la había aplastado contra su cuerpo. Soñaba con que él volvía a besarla, mientras ella se debatía entre el placer y la vergüenza. Lo peor era que las imágenes de Sasuke iban apagándose, hasta el punto que ya casi no podía recordar cómo era. La imagen de los ojos oscuros de Sasuke fue reemplazada por los azules claros, y las encantadoras agudezas del primero por el recuerdo de cómo Namikaze le había besado la mano después que ella lo abofeteara. Por supuesto, no le había contado a su madre lo sucedido, pues le daba demasiada vergüenza.
Las jóvenes correctas no se comportaban así, no permitían que un hombre que casi no conocían se tomara libertades con ellas. Además, si se lo contaba, alentaría la decisión de Hana de encontrar un buen partido para ella. Su madre ya estaba muy atareada haciendo arreglos para que se fueran a instalar en Londres el resto de la temporada, pese a las objeciones de su hija.
Sasuke, llevas demasiado tiempo alejado de mí, pensó Hinata, desdichada, apoyando la cabeza sobre el escritorio desordenado. ¿Por qué me pediste que te esperase y luego desapareciste?
Tienes que venir pronto a buscarme. En vista de la insistencia de su madre, y de su propia debilidad, no sabía si podría mantenerse fuerte. Se sentía sola y demasiado vulnerable a la tentación.
— ¡Hinata! —Hana irrumpió en la biblioteca, con el rostro sonrojado y la respiración muy agitada. Alzó una carta apretada en el puño y la señaló con movimiento brusco—. ¡No podrás creerlo... léelo tú misma...!
— ¿De qué se trata? —Preguntó, preocupada, corriendo hacia ella—, ¿Malas noticias?
— ¡No, no, al contrario!
Muy entusiasmada, Hana le puso la carta en las manos.
Hinata recibió el papel y se inclinó sobre él, leyendo rápidamente. Después del primer párrafo, se detuvo y miró aturdida a su madre.
—Es de la condesa Namikaze.
—Sí, es en respuesta a una que yo le envié la semana pasada. ¡Vamos, sigue leyéndola!
Mí querida Hana:
Me gustaría aliviarte la molestia de instalar una casa en Londres. No es necesario, habiendo tanto espacio en la Casa Namikaze. Espero que tú y tu hija me hagáis el enorme favor de venir a quedaros con mi familia. Estoy segura de que Ino disfrutará mucho de la compañía de Hinata, ¡y espero que a la inversa también sera verdad! Mi familia está compuesta por Minato y yo, Ino y Jiraiya, el hermano de Minato, que hace ya dos años está con nosotros, desde que murió su esposa. Creo que tanto a él como a todos nosotros nos hará bien tener dos caras nuevas para alegrar la casa. Te confieso que lo pido también por razones egoístas. Me encantaría contar con el consuelo de una amiga querida con la que poder conversar sobre los viejos tiempos, más felices, cuando tu querido esposo y mi adorado hijo Deidara aún vivían. Todavía viven, jóvenes y vibrantes, en nuestro recuerdo, ¿no es cierto? Por favor, di que vendrás, Hana...
Hinata dejó de leer, dejó la carta y dijo con voz firme:
—No puedo, mamá. Tú debes hacer lo que te parezca mejor, pero yo no iré.
—Sí, irás —repuso Hana, implacable—. No permitiré que te sepultes aquí, cuando hay una oportunidad de acudir a los mejores bailes y fiestas de la temporada y conocer a todos los hombres disponibles de Londres...
— ¿Y qué mejor manera de relacionarme con lord Namikaze que quedarme con sus padres y su hermana? —preguntó Hinata, sarcástica—. ¡No tengo ningún interés por él, mamá!
—Entonces, elige a otro... quédate con Sasuke Uchiha, si alguna vez regresa. Pero, mientras tanto, me acompañarás al hogar de los Namikaze y pasarás el resto de la temporada allí.
— ¿Quién se ocupará de los asuntos de la propiedad mientras no estemos?
—Puedes hacerlo desde Londres. Encontraremos el modo.
—Mamá, es poco práctico, incómodo...
—Por una vez, quiero que te sientas joven e irresponsable —afirmó Hana, resuelta—. ¡Te han sido arrebatados demasiados años preciosos! Por unos meses, quiero que tengas lo que deberías tener si tu padre no hubiese...
—Por favor, no hables de papá —dijo Hinata, sintiendo que su obstinación se debilitaba.
Desanimada, se sentó en la silla que estaba ante el escritorio y echó un vistazo a las pilas de trabajo que la esperaban—, No discutamos sobre esto, mamá. ¿No puedes aceptar simplemente que si no tengo a Sasuke, no quiero a ninguno?
— ¿Aceptar que mi única hija no tenga esposo, ni hijos, ni un hogar propio, todo por un sinvergüenza que le hizo falsas promesas? ¡Jamás! —Se acercó a su hija y se quedó mirándola, con amor y decisión—. Ven conmigo a la propiedad de los Namikaze. Nunca te pediré otra cosa, querida. Hazlo por mí, para aliviar mi preocupación por ti. Por favor, no me lo niegues, Hinata.
Hola! Perdón por tardar tanto pero la universidad en verdad consume tiempo bueno aquí esta la continuación no pienso dejar inconclusa esta historia quiero agradecer mucho por lo reviews me alegra que les haya gustado.
