A petición de Jupy, te amo bebi

LH no me pertenece.

Pareja: Martín Hernández (Argentina)/Miguel Alejandro Prado (Perú)


Los Caballeros de la Quema – Avanti morocha
No me sueltes la mano mi amor, mi casa es un desastre sin tu risa

Sus dedos se hundían en la arena que ya se enfriaba. El sol ya estaba casi totalmente puesto y era increíble que a esa hora ya estuviese balbuceando incoherencias. Martín lo escuchaba, observándolo en casi silencio, comentando algo de vez en cuándo. Miguel sonreía contento, diciendo que a la primera oportunidad se haría otro tatuaje y que de paso le enseñaría cómo hacerse uno también. Martín rodó los ojos, agradeciendo la oferta, pero rechazándola para descepción de Miguel. Aún estaba cálido el aire desértico y el polvo no le dejaba respirar bien a Martín. Miguel se lo tomaba con naturalidad, claro que sí, con lo poco que le quedaba de sobriedad.

Podían oír las voces de la gente que se había metido a cenar en el restaurante de la carretera en el que se detuvo el bus número ya-no-sé-cuál en el que Martín se había enbarcado. Miguel murmuraba que se moría de hambre y Martín le metió otro pan dulce a la boca. Les quedaba poco dinero y ahí no había quién les diese dinero por cantar o que les comprase las pulseritos que Miguel hacía durante las aburridas jornadas de viaje. Llegando a Córdoba Martín había tomado ya la decisión de buscarse una guitarra, que el viaje eterno se le estaba haciendo insportable sin poder hacer nada, y aunque era una tortura tratar de tocar algo en aquel bus de mierda, el que más lo disfrutó fue Miguel, quien tarareaba a su lado, sin dejar las pulseritas hippies de lado. No tenía la mejor voz y sinceramente Martín habría preferido cantar e su lugar, pero el gusto con el que lo hacía le agradaba y por eso lo dejaba seguir sentándose con él.

A dos días de viaje, Miguel había convencido a Martín de que se viniese con él al Perú. "Vamos a mi tierra, de donde soy yo" había musitado a la vez que su risa sonaba cada vez más borracha. Estaban cerca de la frontera con Chile cuando se sentaron a un lado del bus, bebiendo una botella del más barato que pudieron encontrar.

Martín paseaba los dedos por su cara, quitando los mechones negros que le estorbaban. Miguel le sonreía como el idiota que era y le contagió esa sonrisa boba, aunque la de Martín no llegó a mutar en risa. Se dieron un abrazo torpe mientras que Miguel seguía hablando y Martín volvía a sentir que la calidez regresaba a su vida. Era bueno encontrar un amigo tan espontáneo y sencillo como Miguel, alguien que lo inspirase a tararear otra vez distraído mientras pasaba sus dedos por el cabello de su compañero de viaje, pensando en lo gay que se veía aquella escena que daban los dos de sí.