El Caso Candy Candy, segunda parte.
Resumen: María, Soxie y Mónica inventan un "Portal de Prosa", aparato mediante el cual entran en el manga de Candy Candy. Su objetivo es cambiar el triste final. Conocen a Annie, quien confiesa que sabe que está en un manga y no es dueña de su destino. Mónica reemplaza a Annie, llega al Colegio San Pablo y conoce a Candy...ambas conversan sobre su amistad
De pronto llegó una monja a buscarnos.
-Annie, Candy, todos las están buscando; se supone que se reunirían en el salón de la hermana Grey, ya que Annie traía regalos para sus amigos. Las están esperando.
Me había olvidado de eso; ahora se suponía que teníamos que reunirnos todos, y según el manga, se "presentaban" Annie y Candy. Y más encima, no había regalos para Candy... sería humillante para ella, y no pensaba hacerla pasar por eso.
Y se me ocurrió una gran idea.
Les dije a Candy y a la monja que tenía que ir urgente a hacer pipí; parece que esas palabras no eran muy de dama en esos días porque la monja me miró con los tremendos ojos mientras Candy no sabía si avergonzarse por mí o partirse de risa. En fin, la monja me dio permiso para ir al baño. Una vez ahí, le pedí a Soxie que me sacara del manga.
-¿Qué te pasó? - me preguntaron las chicas cuando llegué al mundo real.
Annie no me dijo nada; estaba muy ocupada leyendo "Orgullo y Prejuicio".
-Es que van a dar esa parte en que Annie repartió regalos para todos, menos para Candy – expliqué yo. Y no tuve que decir nada más, porque esa era una de las partes que más odiábamos de la historia. Aunque Candy reaccionó muy bien, Elisa y Neil igual se quedaron con un regalo y se burlaron de ella. Muy injusto.
Soxie fue a su habitación a buscar algo para regalarle a Candy, algo pequeño pero lindo. Volvió con un colgante en forma de óvalo, que se abría y mostraba una piedra de esas que parecen diamante. La cadena era de plata. Se lo había comprado hace años en una feria artesanal. Decía que era como el colgante de Angel, la niña de las Flores.
-No puedo creer que mi colgante va a llegar a manos de Candy. ¡Es maravilloso!
-Yo igual quiero darle algo – dijo María. Se sacó un anillo, uno de oro con una perla gris que le había regalado una tía abuela hace años, y me lo pasó.
-Pues parece que yo seré la única en no regalarle algo – me quejé.
-Llévale dulces o chocolate – propuso Annie -. Se vuelve loca con esas cosas. Créeme, lo he visto dieciséis mil veces.
-Ya, voy a comprar.
Como vivía cerca partí a buscar unos que mi mamá guardaba para mi hermano mayor que está en la universidad. Después los repondría. Me demoré como quince minutos (ese dato era importante para lo que pasaría después) Envolvimos los regalos con el papel más brillante que pudimos encontrar, le pusimos una cinta bien vistosa y me metí al portal.
Llegué donde me esperaban la monja y Candy. Estaban impacientes.
-Te demoraste como media hora en el baño – dijo Candy.
-No es de damas mencionar esas cosas – dijo la monja -. Vamos que deben estar ansiosos.
Llevaba el paquete de regalo detrás de la espalda, y como llevaba esa falda tan ancha no se dieron ni cuenta.
Llegamos juntas al salón. Ahí vi por primera vez a Neil, Stear y Archie. Neil era muy guapo, me sorprendí; pero Stear y Archie lo eran más aún. Stear era moreno y robusto, en cambio Archie era un poco más bajo y esbelto. Tenía un cabello sedoso, hasta la mandíbula, y los ojos más azules que había visto en mi vida. Mi estómago se llenó de mariposas, y eso que nunca fue mi personaje favorito. Stear, al ver a Candy, se puso de pie y le ofreció su asiento. Archie también, se acercó a mí e hizo amago de presentarme a Candy... hasta que se dio cuenta de que veníamos juntas.
-¿Ustedes se conocen? – preguntó, confundido.
-Claro – dijo Elisa – Las dos huérfanas del Hogar de Pony.
-¿Qué? – Los hombres parecían confundidos.
-Ella fue trabajadora en el establo de nuestra casa. ¿Te acuerdas? – preguntó Neil.
-Sí, y ustedes eran de lo más desagradable con ella. Yo tampoco me porté bien esa vez. ¿Me perdonas, amiga? – dije, mirando a Candy.
-¡Claro, Annie! – respondió la noble Candy.
-Pero... si yo te he hablado tantas veces de ella y nunca me dijiste que... – empezó a decir Archie.
-Estaba equivocada en algunas cosas, pero he recapacitado. Soy una huérfana del Hogar de Pony y estoy orgullosa de serlo. ¿Algún problema? – repuse, mirándolo muy seria.
-No, nada... – dijo él. Me pareció que me admiraba un poco.
-Vamos, Annie, entréganos los regalos – dijo Elisa - ¿o es que las huérfanas del Hogar de Pony son ladronas?
-Déjame en paz, Elisa – le pedí con voz cansada -. Ya nadie te aguanta.
Todos me miraron asombrados. Elisa comenzó a llorar, pero nadie le hizo caso, ni su hermano.
-Apuesto que no hay ningún regalo para esa huérfana – murmuró Elisa después de un rato, sorbiendo por la nariz y recuperando su odiosidad habitual - .Vamos, Annie, muéstranos los regalos de la tía Elroy.
Puse mi mejor sonrisa y empecé a entregar:
-Este es para Stear, éste es para Archie... éste es para Coliza, perdón, Elisa y Neil...
Elisa me arrebató el regalo y me dirigió una fría mirada...
Como el regalo de Candy lo tenía oculto, los demás pensaron que eso era todo.
-¿Y el regalo de Candy, Annie? – me preguntó Archie. Se acercó mucho a mí para hablarme, y aunque me encanta Terry y soy fiel eternamente al magnífico Terry, debo confesar que Archie olía muy bien...
Por eso no pude contestar rápidamente; me confundí un poco. Entonces, aprovechando mi silencio Elisa habló:
-¡Es normal que no haya! Aunque ella tenga el apellido Andley, en realidad no es parte de la familia.
-Así es; además, la tía Elroy nunca la aceptó como tal – se metió Neil.
-Neil, Elisa, pero ustedes saben que el tío William – empezó a defenderla Archie. ¡Se veía tan lindo enojado!
-No es grave, Archie – dijo Candy -, pero ahora abran sus regalos.
-Candy, te daré la mitad de mi regalo – le prometió Stear.
-De acuerdo – aceptó Archie – Yo también. ¡Veamos qué es!
-No será necesario que le den sus cosas – dije yo -, porque acá está el regalo de Candy. No sé por qué no se dieron cuenta y se pusieron a discutir.
Le entregué a Candy el paquete – no estaba muy prolijo; es que no se me dan las labores manuales – y ella, ante el asombro de todos, lo recibió. No atinó a abrirlo; sólo se quedó allí con la boca abierta.
-¡Es maravilloso! – dijo Stear - ¡Ábrelo, Candy!
-No puedo creerlo... – murmuró Elisa – Debe haber un error...
-Cállate, Elisa – le pedí – Candy, veamos qué es – Yo estaba impaciente por ver la alegría de Candy y, obvio, la cara verde de envidia que pondría Elisa.
Candy abrió con mucho cuidado el regalo. Primero sacó el chocolate tamaño extra grande.
-¡Eso definitivamente tendremos que compartirlo! – dijo Archie.
Después sacó el anillo de oro. La cara de Elisa al verlo fue impagable.
-¡Es precioso! – murmuró Candy, y se lo puso en el dedo. Por suerte no tenía dedos muy delgados, de tanto agarrarse a los árboles, así que el anillo de María le quedó súper.
Pero lo mejor estaba por llegar: Candy sacó el colgante de plata, lo abrió y la piedra que parecía diamante brilló con fuerza ante los mismos ojos de Elisa.
-¡Es bellísimo! – dijo Candy, mientras Elisa mordía un almohadón de pura rabia.
-Quiero ver mi regalo. Si a esa huérfana de regalaron esas cosas, a mí deben haberme hecho regalos más valiosos – dijo, y rompió con impaciencia su paquete.
Su regalo no era más que un par de calzones largos. Traía una nota que se cayó al suelo ante la impaciencia de Elisa. Neil la tomó, y no sé por qué se le ocurrió leerla en voz alta:
-"Para que te cuides de tu cis-ti-tis, querida Elisa." – leyó Neil – Oye, Elisa, pensé que eso ya se te había quitado.
Elisa no respondió de tan rabiosa que estaba. Después pudimos ver como poco a poco se iba poniendo más y más roja.
-Unos calzones... – murmuró – Y ni siquiera calzones bonitos o modernos. Unos calzones largos... ¡CALZONES LARGOS! – gritó de repente, y nos sobresaltó a todos. Y se puso a morder los calzones que le había regalado la tía abuela, con tanta rabia que hasta les rompió unas costuras.
Neil la detuvo, tomándole ambas muñecas y usando una de sus piernas para hacerla caer e inmovilizarla en el suelo. Por la rapidez de ese acto, supuse que no era la primera vez que Elisa tenía un ataque de rabia.
Nos asombramos tanto que no atinamos a ayudar a Neil, el que nos miró muy enojado una vez que inmovilizó a su hermanita.
-¿Qué miran? ¿Acaso nunca han visto a una chica nerviosa y asustada? – nos retó.
Después de unos minutos Elisa recobró la cordura y se levantó. Salió con su hermano sin despedirse de nosotros, que salimos en silencio de la habitación sin comentar lo que vimos.
Nos sentamos en un banco a devorar los chocolates; después nos despedimos de los chicos y nos fuimos a nuestras habitaciones.
Cuando me preparaba para dormir, Candy llegó, vestida de "civil", con una propuesta:
-¿Hagamos un picnic nocturno para recordar viejos tiempos, Annie?
No había lugar a dudas; me puse ropa "normal", Candy entró a la cocina y sacó algo de comida, y aguantando la risa, nos fuimos afuera y subimos a la colina de Pony.
Conversamos mucho rato, pelamos a Elisa y Neil, y Candy me contó que éste último la había agredido, pero que un chico la defendió.
-¿Qué chico?
-No lo conoces aún; se llama Terry Granchester, es un tipo extraño. Fue muy desagradable conmigo en el barco que me trajo a Europa. No necesitas conocerlo, te diría cualquier pesadez. Además, fuma, es rebelde, violento...
-Y tú estás loca por él – le dije. Ella se enojó.
-¡Yo, loca por él! ¡Claro que no! Es un pesado. Sería mejor para mí no toparme más con él. Cambiemos de tema, ¿sí?
Se había puesto roja; de más que ya le gustaba Terry. Pensé que mi labor de "amiga-celestina" era pan comido.
A eso de las doce, Candy dijo:
-Me asfixio aquí. ¿Vamos a conocer la ciudad de noche?
Como estábamos con ropa de calle no hubo problema. Candy me ayudó a saltar la reja del colegio y salimos corriendo.
No había nada cerca del colegio; caminamos como media hora y nos encontramos en un barrio de esos de mala muerte. A mí me dio susto, pero Candy estaba de lo más emocionada.
-¡Mira, es el mundo real! Personas que aman, lloran, ríen... es la vida que se presenta ante nosotras – dijo, con lágrimas en los ojos – Anthony... ojalá pudieras experimentar esto.
-No creo que a Anthony le hubiera gustado experimentar precisamente ESTO – le dije, apartándola de unos borrachos que se venían directo a nosotras.
-Quizás deberíamos entrar en algún negocio, es algo peligroso estar en la calle – reconoció Candy, y me llevó a un lugar bastante iluminado.
Era una taberna, de esas con borrachos y todo, que nos quedaron mirando como si fuéramos un par de marcianas.
-Oye, Candy, mejor nos vamos – le dije, tirándola de la manga.
-No, sería una descortesía irnos sin siquiera saludar, todos están esperando que digamos algo – respondió ella.
-Es que son bo-rra-chos – le expliqué.
Ella me miró con reproche.
-Aunque sean borrachos, o sucios, o feos, eso no quiere decir que no sean personas. Merecen que al menos los saludemos.
Así que nos presentamos a los borrachos, les preguntamos sus nombres, ellos empezaron a contarle sus problemas a Candy, ella les dio ánimos... después un grupo de borrachos se puso a cantar de alegría y nosotras nos unimos a su himno borrachín:
Tómese otra copa, otra copa de vinoooo,
Tómese otra copa, otra copa de vinooooo,
Ya se la tomó, ya se la tomó,
Y ahora le toca al vecinooooo.
Nos quedamos conversando con los borrachitos hasta las dos de la mañana. Volvimos al colegio algo adormiladas, pero muertas de la risa. Candy me acompañó a mi habitación y se despidió. Casi inmediatamente golpeó mi puerta. Le abrí y estaba pálida.
-Alguien entró en mi habitación – murmuró.
La acompañé; no había nadie, pero la ventana estaba abierta y había una pequeña mancha de sangre en la cortina, que afortunadamente ella no vio. De inmediato recordé:
¡Esa noche Terry entraba sin querer a la habitación de Candy, herido después de una pelea en la que Albert lo había ayudado; después Candy iba por medicinas y se encontraba con Albert!
Pero nada había pasado; ¡por MI CULPA, uno de los magníficos encuentros entre Candy y Terry se había cancelado!
-Bueno, no entraré en pánico. Aún hay más oportunidades – dije en voz alta.
-¿Oportunidades para qué? – preguntó Candy.
-Para...para averiguar quién fue. ¿Quién crees que fue?
-Seguro que es una venganza de Elisa. Voy a revisar mi cama por si me hizo alguna cosa...
-Suerte. Yo... yo me voy a ver en mi pieza, tal vez dejaron algo allá...
-Sí, anda.
Me despedí y la dejé sola. ¿Habría consecuencias negativas? No lo creía. Después de todo, podrían encontrarse otras veces. Y yo iba a ayudarlos.
Pero lamentablemente no tuve la oportunidad. Aunque al día siguiente busqué al rebelde del colegio San Pablo, igual no lo encontré. Pasaron diez días sin que se supiera nada de Terry. Candy y yo éramos inseparables. Elisa y sus secuaces dejaron de molestarla, así que el resto de las chicas, que antes rechazaban a Candy para no quedar mal con Elisa, se unieron a nosotras. Teníamos un grupo muy entretenido. De vez en cuando, nos juntábamos con Archie y Stear a pasar el rato, o a ver alguno de los fallidos experimentos de Stear. Era muy divertido sentirme parte de un grupo grande, y además, compartir con mis personajes favoritos.
Un día, Stear nos comunicó que había inventado un barco mensajero. Nos pidió que en la noche fuéramos a su habitación a buscar el control remoto.
-¿Me acompañas, Annie?
-¡Claro, Candy!
Esa noche nos reunimos en mi habitación que quedaba justo frente a la de Stear y Archie. Candy tiró la soga, pero se equivocó y la tiró a la habitación que quedaba al lado de la de los primos. Le advertí del error, lo corrigió y llegamos sin problemas donde los chicos.
-¡Casi me equivoco de habitación! – dijo Candy – Tiré la cuerda a la habitación del lado, por suerte Annie se dio cuenta.
-Qué bien, o hubieran caído en las garras del duque – dijo Archie.
-¿Qué? – pregunté, o más bien grité.
-Esa era la habitación de Terry Granchester; apuesto que ese aristócrata las hubiera denunciado a las hermanas. Estarían en la prisión del colegio – respondió Archie.
-¡No puede ser! – exclamé; había arruinado otro encuentro. Era cuando Candy se enteraba de quién era la madre de Terry, entraba a su pieza, veía una foto de la Eleonore Baker, y comenzaba a entender los motivos de Terry para ser como era... rayos.
¿Y no se encontraban antes supuestamente, en la colina de Pony? Según el manga se veían y discutían porque Terry no quería reconocer lo que Candy había hecho por él. Pero no habían podido hacerlo porque Candy y yo, que ya teníamos un grupo grande, pasábamos los recreos conversando con las otras chicas, o con Archie y Stear.
Me deprimí mucho pensando en que estaba aguando el romance del siglo. Por eso, no participé mucho en la conversación, pensando en cómo arreglaba el problema. Pero me acordé de algo: aún les quedaba el Festival de Mayo.
¡El Festival de Mayo! Eso sí que iba a estar bueno. Yo me acordaba de la impresión que me causó la valentía de Candy cuando se escapaba del colegio para ayudar a su amiga Patti a dejar la tortuguita en un buen lugar, y después se encontraba con Albert y Terry en el zoológico. Todavía me daban cosquillas en la guata cuando los recordaba a ambos paseando por el lugar. Y después, Candy se disfrazaba de Romeo y luego de Julieta, bailaba con Terry, conversaban de la vida. ¡Qué lindo!
Pensar en eso me animó un poco. Yo ayudaría a esos dos.
Un poco más animada, me reincorporé a la conversación. Aún hablaban sólo del famoso barco. Después salimos a pasear con los chicos por la segunda colina de Pony, jugamos al escondite y comimos un pollo asado.
Terry aún no aparecía por ninguna parte. Ya me estaba impacientando, porque tenía unas ganas de verlo en vivo y en directo...
Pero no había caso. Yo suponía que Terry estaba recuperándose de sus heridas (de esas heridas que Candy debería haber ayudado a curar) y que por eso no iba a aparecer.
En fin, a eso de las doce volvimos a nuestras habitaciones. Me dormí como un tronco, hasta que desperté sobresaltada poco después. Tenía un mal presentimiento...
Fui a la pieza de Candy y abrí la puerta. Ella dormía plácidamente. Pero algo estaba mal. Me devolví molesta a mi cuarto, hasta que recordé: ¡Claro! Esa noche Candy debió haber recibido una foto de Anthony, de parte de Stear y Archie. Entonces, eso la dejaba inquieta. Tenía pesadillas relacionadas con la muerte de Anthony, salía sonámbula, se caía y era salvada por Terry, que andaba en su caballo cabalgando en la noche.
Pero nada de esto había pasado. ¡Otro encuentro arruinado por mí!
No estaba resultando de mucha ayuda para el romance Candy-Terry...
Al día siguiente la hermana Clice nos habló del Festival de Mayo. ¡Al fin comenzaría la oportunidad de unir a Candy y Terry!
-¡Seremos hadas de la flor! – exclamó Candy, emocionada.
-Y podrán elegir a su pareja de baile – dijo una chica, sonriendo.
-Elegir a la pareja... qué buena onda – dije, y pensé que me las tenía que arreglar para que Candy eligiera a Terry.
Pedí permiso para ir para el baño, así podía comenzar la "operación festival de Mayo". El plan era peinar y vestir a Candy como una Julieta irresistible para que Terry le declarara su amor ahí mismo. Y, por supuesto, convencerla de que no se enojara si él intentaba besarla.
De pronto se abrió un portal frente a mí, una pálida María entró y me sacó arrastrando.
Llegamos en un santiamén a la casa de Soxie. Annie estaba comiendo galletas y terminando de ver la película "Orgullo y Prejuicio". Soxie leía el manga de Candy Candy y estaba casi más pálida que María.
-Amiga, la embarraste- dijo Soxie al verme.
-Na' que ver. Cumplí con hacer que Annie apoyara a Candy. Justo ahora iba a arreglar que fuera la pareja de Terry en el Festival de Mayo.
-La embarraste – repitió Soxie y me pasó el manga.
Había cambiado la historia. Y demasiado...
Leí que Candy se había convertido en la Reina del Festival de Mayo. Annie (o sea yo) no estaba, supuestamente había sufrido una peritonitis y se encontraba en el hospital. Todos aplaudían a Candy con cariño. Se reconciliaba con Elisa y Neil, que decidían que no les convenía tenerla de enemiga. Terry no estaba en ninguna escena y Candy jamás preguntaba por él. Después, Candy seguía su vida de estudiante sin problemas, volvía a Estados Unidos con toda su familia cuando empezó la guerra, preguntaba todos los días por Annie (por mí), que ahora estaba enferma de tuberculosis y por eso no aparecía en las viñetas, seguía yendo al colegio, después se convertía en señorita de sociedad y se casaba con un rico heredero para complacer a la familia. Albert había desaparecido. Todo eso no tomaba más de treinta páginas. El resto del manga estaba en blanco.
-Chu... creo que la embarré – acepté. Al hacerme amiga de Candy (al ser Annie amiga de Candy) había separado definitivamente a la pareja dorada de Candy y Terry.
-Pero es que queremos que Candy y Terry se unan – reclamó María.
-Ya sé – dije yo – tenemos que evitar que sean sorprendidos esa noche... ustedes saben, después de regresar de las vacaciones de verano.
-¡Sí! – dijo Soxie – Podemos evitar que Elisa mande los anónimos.
-O evitar que los descubran. Es muy romántico que se encuentren en la noche – repuso María.
-Quizás deberían darles la oportunidad de pelear un poco más – dijo Annie -, a Candy le gusta defender sus ideales, y parece que las parejas que empiezan peleando siempre se enamoran después.
-Igual buena idea... – dijimos.
Así que volví a entrar al manga. Pero ahora con la idea de hacer que Candy y Terry se pelearan un poquito.
A ver cómo.
Continuará---
