De ¿Dónde está Elvira? Un recorrido por la vida de la misteriosa familia Lápida, página 26.

(…) Casandra, en cambio, es otro tema. A simple vista, no parece haber heredado la extraordinaria belleza de su madre, aunque sí guarda cierto parecido con ella. A pesar de este parecido físico, no tiene la misma personalidad que ella, sino más bien la de Homero. Es una persona tímida, callada y misteriosa, y nunca se sabe a ciencia cierta lo que está pensando. Un aire de tristeza la rodea – es probable que extrañe a su madre más de lo que quiere admitir. Está, por lo tanto, descartado que ella tuviera algo que ver con su desaparición.

Homero nació en la Europa rural, pero se mudó a SimNation cuando era muy pequeño. Sus padres eran los célebres Gunther y Cornelia, fundadores de Vista Gentil. Su tía era Agnes Culoprieto.

Homero muy pronto trabó amistad con la pequeña Elvira de la Soledad, y le prometió que algún día se casarían (por supuesto, por aquel entonces no lo decían en serio). Según el testigo imparcial Miguel de la Soledad, "era un niño muy raro. Recuerdo que era muy gruñón y solitario. Era bastante ambicioso, uno se daba cuenta enseguida." Un niño ambicioso. ¿Es posible que su carácter ambicioso influyera de algún modo en los acontecimientos posteriores? No obstante, parece ser que Elvira logró cambiar su carácter para bien, porque luego fue descrito por Daniel Gentil como "alegre y extrovertido". Mención especial merece el hecho de que no aprueba la relación de su hija con Juan Tenorio, lo cual no es de extrañar dado que este es el principal implicado en el caso Elvira. (…)

El jardín de los Lápida estaba preparado para la boda. Todo el vecindario estaba invitado. La familia Soñador fue la primera en llegar: Tristán corrió a ayudar a Casandra mientras Arturo esperaba sentado en una silla. Sonrió al ver a su novia, Lili Gentil, guapísima como siempre, con su maquillaje oscuro y vestido negro corto. Los dos echaron una carrera hacia el interior de la casa para tener algo de intimidad, pues sus padres no sabían que estaban saliendo. Ángela llevaba puesto un vestido largo negro. Daniel Gentil llevaba un esmoquin y María Antonia estaba guapísima con su vestido blanco: parecían la familia perfecta. Nadie notó lo tensos que se encontraban (estaban cerca del divorcio, pero no querían que nadie supiera que su familia era, en realidad, cualquier cosa menos perfecta.

— Voy a ayudar a la novia —dijo María Antonia. Casandra estaba en el cuarto de baño, con su vestido de boda. Su cabello estaba dividido en dos coletas y llevaba maquillaje oscuro.

— ¡Cassie! ¿Por qué no te sueltas el pelo? —María Antonia dejó que el cabello de Casandra le cayera por la espalda. Ahora el parecido con Elvira era asombroso —. ¿Ves? ¡Estás preciosa! Tienes que arreglarte así para la boda de tu padre también. He oído que se ha comprometido con Mina Caliente.

Los ojos de Casandra se llenaron de tristeza.

— No te cae bien Dina, ¿no es así?

Casandra negó con la cabeza.

— No, para nada. Es una caza fortunas. Es decir, se casó con mi tío, que era tan solo un poco mayor que mamá, y envejeció muy rápido. No sé lo que le hizo. Desconfío de ella.

— Ya veo. Bueno, cielo, ¿estás preparada?

Mientras tanto, en la cocina, Juan Tenorio estaba ataviado con su esmoquin, bebiendo café. Tristán Soñador se le acercó.

— ¡Tú! Has de saber que Cassie es mi mejor amiga, y si se te ocurre hacerle algo malo, te… te… — no acabó su amenaza, porque María Antonia llamó al novio.

Diez minutos más tarde, todos los invitados estaban esperando a que la pareja caminara hasta el altar.

— No puedo esperar para ver que aspecto tiene —susurró Mina a Nina —. Debo admitir que Elvira era una mujer guapísima, pero ¡qué hijos más feos!

La pareja caminó hasta el altar mientras una marcha nupcial sonaba.

— Casandra Lápida, ¿aceptas a este hombre como tu legítimo esposo?

— Sí, quiero —dijo extasiada.

— Y tú, Juan Tenorio, ¿aceptas a esta mujer como tu legítima esposa?

Juan miró a su alrededor.

— Lo… lo siento. No puedo —dicho esto, salió corriendo.

Todo el mundo estaba en silencio. Entonces Casandra rompió a llorar. Tristán se puso en pie y la abrazó con fuerza.

Durante los días que siguieron a la boda, Juan llamó insistentemente, pero Casandra no quería hablar con él. Pasaba la mayor parte del tiempo en casa de los Soñador; Tristán había insistido en retratarla.

Mientras tanto, en casa de los Gentil, las cosas se habían puesto feas. Daniel y María Antonia discutían todo el tiempo, así como las gemelas. Un día en particular, una semana y media después de la boda, las gemelas se atacaron mientras sus respectivos novios las animaban.

—Bueno, ya está bien. ¡Ya está bien! —dijo Arturo finalmente, tratando de acabar con la reyerta—. Tenéis que acabar con este odio —Ángela lo abofeteó—. ¿Es que no vas a ayudarme? —preguntó a León.

— No, ¿por qué habría de hacerlo? ¡Es divertido!

La lucha terminó por fin.

—Tenéis que aprender a poneros en los zapatos de la otra —insistió Arturo—. No aguanto esto. Id a vuestras habitaciones.

— ¿Qué, estás, como, castigándome? —replicó Ángela. No parecía complacida en absoluto.

—Sí, te estoy castigando. Ve a tu habitación.

—Pero…

— ¡A tu habitación!

Obedecieron. De pronto, Ángela agarró el brazo de Lili.

—Eh, ¿por qué has hecho eso?

—Porque se me acaba de ocurrir una historia. Siempre dices que lo he tenido más fácil que tú, ¿verdad?

—Sí, ¿y qué? —respondió Lili, con la voz llena de despecho.

—Pues que… propongo un experimento, un cambio—Lili abrió la boca—. No, déjame terminar. Nos intercambiaremos hasta que nos cansemos de ello. ¿Qué te parece?

Lili lo pensó por unos segundos. Parecía un buen cambio, vivir la vida de la afortunada Ángela—. Vale, trato hecho.

— ¡Genial! Empecemos.

Aquella noche, las gemelas habían intercambiado papeles.

—Vamos a escaparnos con nuestros chicos—propuso Ángela—. Puedes usar mi coche. Supongo que le diré a León que me recoja o algo…

—Espera, ¿León? Se suponía que íbamos a intercambiar vidas, ¿recuerdas? Se supone que no estás saliendo con él.

—Ya lo sé, pero León y Lili pueden ser solo amigos, ¿no es así?

—A Lili no le cae muy bien León, y a León tampoco le cae bien Lili. Simplemente no se llevan bien.

—Pero…—Ángela se mordió el labio—. ¡No quiero engañar a León!

—Yo tampoco quiero engañar a Arturo, pero esto no es engañar.

—Bueno, si tú lo dices…

Esa noche, el coche de color verde intenso de Ángela (ahora de Lili) se detuvo cerca de la casa de León. Este salió de la casa de puntillas.

— ¡Hola, León! ¿Cómo estás? —Lili se sintió algo incómoda. No conocía mucho a León. Cuando estaba en el sofá, se limitaba a sentarse en el sofá enfurruñado como un niño pequeño, y eso era cuando no trataba de destruir su jardín.

—Estoy bien, supongo.

Hizo una mueca. Lili conducía en silencio. Después de un rato, hablo por fin.

—Vale, ¿qué te pasa? ¿Por qué no dejas de hacer pucheros?

—Bueno, es que… ya sabes, desde que mi padre murió, he tenido que trabajar muy duro, y…

—Entonces, ¿por qué no lo dejas?

—Bueno, es fácil para ti decirlo, ¿no? —su voz sonaba sorprendentemente cruel—. Quiero decir, prácticamente vives una vida perfecta. No sabes lo que es… No tenemos ningún otro recurso; mamá no puede trabajar, tiene un niño pequeño; vivimos en una caravana…

—Tienes razón, lo siento.

—No, yo lo siento—su expresión se relajó—. Estoy siendo borde. Es que…—soltó una risita infeliz, como cuando intentas sonreír pero en realidad lloras por dentro, pensó Lili. Conocía muy bien esas sonrisas—. Sabes, realmente no soy tan malo como mi madre piensa. Siento que presta demasiada atención a Ícaro, mientras que yo soy olvidado por completo… Después de todo, trabajo todo el día, trabajo toda la noche, y sin embargo todo lo que hago parece estar mal. A veces, deseo que alguien me dijera qué hacer.

Lili se quedó muda por unos instantes. Después, encontró las palabras.

—Sí. Sí, lo entiendo.

Vaya si lo entendía. Sin saberlo, León había expresado lo mismo que ella sentía hacia su familia. Le sorprendió descubrir que León era tan desafortunado como ella; o incluso más, ya que ella jamás había tenido problemas económicos.


Ángela anduvo hasta la casa de Arturo Soñador. Miró por la ventana: Arturo estaba allí, cocinando algo. Cuando la vio, fue a abrirle la puerta.

— ¡Hey, Lili! No sueles llegar tan temprano. Estaba a punto de llamarte. No podemos salir, mi padre está enfermo. Creo que tiene la gripe o algo así.

—No pasa nada. Lo entiendo. De hecho, ¿puedo ayudarte?

Arturo estaba asombrado.

— ¿Quieres ayudar?

—Por supuesto que sí. Si quieres, puedo cocinar mientras tú haces otras cosas.

Ángela cocinó mientras Arturo limpiaba e iba escaleras arriba y abajo para cuidar de su padre. Un rato después, los dos se sentaron en el sofá, agotados.

—Esto es genial. Papá no puede pintar ahora, y tenemos facturas que pagar—suspiró Arturo—. Estoy cansado de hacer de padre aquí. Es decir, quiero a m padre, es genial y eso, pero ¿no puede conseguir un trabajo de verdad? Tal vez pudiéramos contratar a una criada o algo; estoy harto de cocinar y limpiar.

—Sí, sé lo que quieres decir. Mis padres no saben hacer nada solos, en serio. Soy la única que sabe cocinar.

Arturo alzó una ceja.

—No sabía que supieras cocinar.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí.

Ángela volvió a casa andando y se dirigió tan silenciosamente como pudo al sofá del cuarto de estar: puesto que mamá y papá no se hablaban, él dormía en la cama de Lili. Eso es bastante injusto, pensó Ángela. Puede que Lili tenga razón en algunos aspectos.


Lili condujo a León de vuelta a su casa. Abrió la puerta tan silenciosamente como le fue posible.

—Pero… ¿qué…?—se quedó mirando el suelo manchado de sangre.

— ¡Genial! —dijo Lili.