Sobre ícaro y el sol que se creía la nube sobre el carnaval
Nota: Pongamosle que voy a ir escribiendo algunas viñetas sobre esta historia en forma desordenada de acuerdo a cómo se me vayan ocurriendo como una forma de darle su continuación a Krizz y a otras lectoras que gustaron de este escrito.
Fue cuando los vio corriendo hacia el mar en medio de risas que Arthur pensó. No se los merecía.
Él quedó sentado con un libro, cuidando las cosas, la ropa, la cámara de Francis. Arthur, incómodo en la arena, con sus zapatos formales, su pantalón de tela, su camisa blanca. Demasiado elegante, demasiado sobrio para estar en la playa. Arthur que no se sentía en su zona de confort improvisando un almuerzo sin cubiertos en la arena mientras los niños le salpicaban alrededor y el perro de la familia de al lado correteaba al lado de ellos. A Alfred todo eso le parecía fascinante y a Francis, una especie de cuadro cotidiano que le serviría para hacer algo. Una pintura, un grabado, una foto tal vez.
Arthur, que se sentía medianamente estafado porque deberían estar visitando un palacio museo y no estar en la playa improvisando un paseo. Él era - después de todo - un inglés sobrio que se había horrorizado cuando Francis dijo "Hace calor, ¡Metámonos al mar!" "¡Qué!" "¡Sí!". Y obviamente a Alfred le había parecido divertido, y normal, eso de meterse al mar con ropa interior e improvisadamente, porque era más joven, porque no tenía estructura alguna en su cabeza. Pero Francis, ¿cuántos años se creía que tenía?
"Vamos, rosbif, sácate la ropa y mójate un rato, te hará bien" "No..." "¿Por qué no?" "Es que no traigo..." "Pero nos metemos así" , Alfred señaló sus boxers azules, ya visibles al mundo y Arthur se quiso morir un poco de vergüenza "Tu vejez me hace viejo... adieu ancienne aigri", Francis corría con su pequeña ropa interior sembrando el escándalo y Arthur – como muchas veces - quiso negar su existencia. "¿Qué traes puesto?" preguntó Alfred agachándose con la intención de ver qué había debajo del cinturón, de forma inocente, lo más probable. Pero dado el contexto usual en que normalmente se daba ese tipo de interacción, el inglés no pudo sino sentirse avergonzado. "Los de diseño escocés..." "Igual podría pasar como bañador" "No no... no sé nadar" "Yo te podría enseñar, ¡soy bueno con las olas!, si te comenzaras a ahogar te salvaría de todo, ¿confías en mí?"
Arthur le vio directo a sus infantiles ojos azules, claro que confiaba en él. Alfred era una de esas personas que podías llevar conociendo tres semanas pero se sabía que se le podía confiar la vida.
"Alguien debe cuidar las cosas mientras ustedes están allá" "Nos podríamos turnar..." "Quiero leer, otro día mejor, con bañador, con toallas, con protector solar..." "Ok, entiendo... será otro día entonces", confirmó el menor besándole en los labios como diciendo, Ya lo has prometido, antes de correr en dirección a Francis que ya estaba bastante adentro.
Alfred se lanzó de piquero a las olas, sin mayor preámbulo. No como Francis que fue de a poco tanteando la temperatura. Ni como Arthur, que las pocas veces que había ido a la playa – obligado – se había conformado con mojarse los dedos y salir corriendo a refugiarse debajo de la sombrilla jurando no volver a repetir la experiencia.
Ahora lo había prometido. A Alfred, con un beso robado. Ellos sonreían. Alfred desafiando a las olas. Francis flotando cerca de un grupo de jovencitas y hablando – seguro en plan maestro – mientras Arthur no era capaz de acoplarse a este paseo improvisado, o de tocar la arena sin asco, o de dejar de lamentarse por el sol que le llegaba en la cara mientras intentaba cubrirse el rostro con el pañuelo de Francis. Y Alfred ya se había amigado con unos surfistas y se había conseguido una tabla.
Entonces Arthur pensó que no se los merecía.
Porque en serio ¿por qué Francis era su amigo?, ¿por qué Alfred seguía saliendo con él?, ¿cómo había hecho él - inglés, amargado, estructurado criticón – para rodearse de gente así?
"Eres demasiado interesante para tu propio bien" le había dicho Alfred hace tres días mientras le tomaba la mano en la cafetería, luego de que Arthur le explicase por qué T.S. Eliot era uno de sus favoritos.
Arthur no sabía de playas, ni de correr, ni de disfrutar la arena entre sus dedos. Solo sabía de libros, inventarios y horarios y, sin embargo, Francis seguía diciéndole que lo consideraba dentro de su grupo íntimo, de esos que contaba con la mano. Alfred seguía mandándole mensajes de textos e invitándole a salir. A lo mejor solo era un tipo con suerte.
"Hey, handsome", dijo la voz americana de acento sureño, dándole un pico salado y frío en los labios.
"Oh, l'amour"
"Shut up, frog"
Francis le sonrió. Porque él sabía y Arthur también, que habían pasado años desde que Arthur permitirse que alguien se acercara así a él. Tal vez desde que él y Francis lo habían intentado hacía seis años y decidieron luego que estaban mejor como amigos. Los dedos de Alfred tenían un color tostado comparado con los suyos. Alfred los delineba como si fueran algo delicado, algo hermoso.
"Yo estuve enamorado de tí un año entero", le había dicho Francis una vez mientras tomaban un vino luego de la ópera. Arthur se había sorprendido, no por la confesión salida a razón de nada sino porque no entendía por qué. No entendía qué tenía él que pudiese llamar la atención de alguien como Francis ni por qué Francis no se había atrevido a decírselo entonces, aceptando tan tranquilamente ese "Estamos mejor como amigos" que le había dicho Arthur luego de una cena. Francis le respondió, adivinando la pregunta", Yo te respetaba mucho, intenté decírtelo entonces y me di cuenta de que yo no daba la talla, hubiese sido como Ícaro volando al sol". A Arthur le había parecido tan ridículo. Él no era un sol, no era cálido, ni intenso, ni agradable; era un nubarrón gris que apagaba los carnavales.
Alfred estaba sentado en la arena intentando secarse masajeando distraídamente la espalda del inglés con su mano grande y segura, Arthur se echaba atrás con la cabeza en su hombro y Francis con su cámara inmortalizaba los panoramas panorama familiares y comentaba en voz alta el título que pondría a sus fotos si llegaba a exponerlas alguna vez. Una pelota pasó cerca de ellos en dirección al mar, unos niños pequeños gritaban en desconsuelo y Alfred corrió a evitar que la perdiesen o que los niños intentasen meterse a buscarla. Ese tipo de nimiedades heroicas que hacían que Alfred fuese Alfred y que a Arthur le fascinaban, porque siempre pensó que la gente así no existía.
Francis lo capturó con su lente justo en el momento en que Alfred pasaba la pelota a los niños, todo sonrisa, aventura, impulsividad...
"Y esta cómo la vas a llamar" preguntó Arthur por preguntar.
"Ícaro"
