Capítulo 2
La vida es como es… no me dejo tenerte.
Un suave toque a la puerta lo sacó de sus recuerdos, de nuevo las lágrimas bañaban su rostro, se llevó una mano hasta este para limpiarlas, respiro profundamente y entró al baño para observar su imagen, se echó agua fría para aligerar esa apariencia de congoja que tenía, escuchó un segundo toque y de inmediato su mirada captó los papeles que se hallaban sobre el escritorio, seguramente era George que venía por ellos, respirando profundamente mientras se acercaba al escritorio miro de nuevo a la puerta.
- Adelante – Ordenó y su voz mostro cierta vibración, respiro de nuevo y tomó asiento, mientras abría las carpetas.
- Albert… disculpa que te moleste, estaba por aquí cerca y quise pasar a visitarte ¿Estas muy ocupado? – Inquirió Candy entrando al lugar con una hermosa sonrisa.
- No… no Candy pasa por favor, toma asiento – Contestó colocándose de pie y acercándose a ella para saludarla con un abrazo y un suave beso en los labios.
- Te ves cansado… ¿Seguro no estás muy ocupado? – Preguntó mirándolo a los ojos que se notaban enrojecidos - Como si hubiese estado llorando… otra vez – Pensó ella.
- No te preocupes pequeña… es solo que tuve una alergia, estaba en el baño lavándome la cara cuando llamaste a la puerta – Respondió esquivando la mirada de Candy.
- No traigo nada para la alergia conmigo… solo espero que no empeores, sabes venía feliz a contarte que aprobé todas las materias, fui una de las alumnas eximidas… me gustaría que mi profesora de la escuela de enfermeras lo supiera ahora, es que siempre decía que era la peor de las alumnas… bueno tenía razón en parte odiaba estudiar, sobre todo en el San Pablo… un montón de libros que a la larga no todos son útiles para desenvolverse en la vida – Mencionó encaminándose al gran ventanal.
- Me alegra mucho por ti… y tienes razón, muchas veces los libros no te preparan para ciertas cosas en la vida, solo las experiencias terminan sirviendo… por cierto ¿Viste la invitación que nos llegó esta mañana? – Preguntó de manera casual pero pudo ver que los hombros de ella se tensaban y no se volvió para mirarlo.
- ¿Invitación? ¿Cuál invitación Albert? – Contestó con una pregunta sin volverse.
- La invitación que nos envió el alcalde… supuse que la habías visto cómo te deje esta mañana en la casa, pensé que tal vez Arthur te la había entregado con el resto de la correspondencia – Respondió acercándose a ella.
- Ah… bueno él me entrego varias cosas, pero ya se me había hecho tarde y salí apurada de la casa, seguramente cuando llegue la reviso… ¿Y qué tiene de especial esa invitación del alcalde? – Pregunto para disimular sus nervios, ciertamente ella había visto la tarjeta pero no deseaba darle importancia, no más de la que debía tener… aunque no había dejado de pensar en esta toda la mañana mientras asistía a clases.
- La compañía Stamford hará una presentación benéfica para recaudar fondos y que entregaran a los orfanatos y los hospitales, sabes que aún quedan vestigios de las víctimas de la guerra… tantos hombres incapacitados y niños huérfanos que no tienen como subsistir, el alcalde nos invitó esperando seguramente que colaboremos con esta causa como ya lo hemos hecho con tantas otras, los demás miembros de la familia también recibieron sus invitaciones… - Ella lo interrumpió.
- Pues no sabía nada… y ¿Para qué fecha es? Sabes que no puedo atender esos compromisos en estos momentos, debo aprovechar todo mi tiempo libre para prepararme, para la defensa del trabajo de grado… aunque los profesores confían en que todo saldrá bien no debo descuidarme, quiero demostrarles a la cuerda de machistas que comparten el aula conmigo que puedo estar a su mismo nivel – Indicó con decisión, pero sus pupilas bailaban ciertamente estaba nerviosa.
- Candy solo será una noche… y es el próximo fin de semana, no creo que tengas pendientes para esa fecha, tu defensa es para finales de mes – Mencionó el rubio buscando la mirada de ella.
- Bueno… en ese caso creo que no hay problema, iremos a la fiesta – Dijo encaminándose para salir, mientras pensaba que ya encontraría la forma para escapar de ese compromiso, pero la voz de Albert la detuvo.
- Pondrán en escena "El Conde de Montecristo" – Esbozó manteniéndose atento a la reacción de Candy, como era de esperarse la tensión en ella aumento y no dijo nada – Es evidente las razones por las cuales la escogieron, siendo la obra más aclamada del último año, aunado a la fama y las excelentes críticas que ha ganado su protagonista… que a decir verdad se la merece pues no creo que exista alguien que represente a Edmundo Dantés mejor que él – Agregó en tono casual.
- Pienso igual que tú… bueno ahora me voy, tengo muchas cosas que hacer y el tiempo es oro, nos vemos en la casa, no trabajes mucho – Dijo encaminándose hasta él para darle un beso, pero no pudo mirarlo a los ojos así que lo deposito en su mejilla – Te quiero Albert – Susurró y después de eso se alejó dejando solo en la oficina.
Él se quedó mirándola sin decir nada, sabía que era un miserable por exponer a Candy a afrontar sus sentimientos de esta manera, él menos que nadie tenía el derecho de hacerlo ya que no se atrevía a hacerle frente a los suyos, y sin embargo quería que Candy de una vez por todas aceptase que seguía amando a Terry, pero él no se animaba a decirle que se había enamorado de otra mujer, que hasta hace minutos antes que ella entrara estaba precisamente pensando en Naysha y que además había roto una de las promesas más importantes que le hiciese en el altar, mirándola a los ojos con sus manos entre las suyas y frente a Dios.
La rubia salió del lugar hecha un manojo de nervios, le dedicó una sonrisa a Nancy a modo de despedida, la misma que se congeló a medida que avanzaba por el largo corredor mientras intentaba mantener las lágrimas que la estaban ahogando dentro de sí, respiro profundamente para no dejarlas libre hasta llegar al ascensor y dio gracias a Dios por que este se encontraba vacío, ya aquí dejó correr solo dos lagrimas que se limpió con rapidez, no podía turbarse de esta manera por el simple hecho que dentro de menos de una semana vería a Terry de nuevo, era completamente absurdo que después de cinco años ella un siguiese sintiendo este… este… sentimiento que no sabía cómo definir por él, no era amor, de eso estaba segura, pues si aún hubiese seguido enamorada de Terry no se habría casado con Albert, ahora tenía un hogar y una estabilidad junto a el hombre que siempre había estado junto a ella, a su compañero, su cómplice, su amigo… su esposo, Albert era su esposo y ella debía honrarlo como tal, así que pensar en Terry estaba mal, no debía hacerlo, era algo completamente errado; no podía prohibirle a Albert que fuera a esa presentación, sabía que él deseaba hacerlo pues aun considera a Terry su amigo, en realidad el castaño era amigo de los dos y no existía motivo alguno para que su presencia resultase incomoda, así que ella también debía reunir el valor, poner las cosas en claro en su cabeza y su corazón y acompañar a su esposo ese día – Pensaba cuando las puertas del elevador se abrieron.
Cinco días después la gran compañía Stamford arribaba a la ciudad de Chicago, como era de esperarse la presa se encontraba presente en el lugar a la espera de poder obtener algunas palabras de las principales estrellas de la misma, pero sobre todo del actor del momento Terruce Grandchester, quien como todos sabían era poco receptivo con los medios pero aun así ellos seguían insistiendo para tener lo que sabían vendería muchos ejemplares. El joven viajaba en un compartimiento de primera clase, aparte de los demás actores, se había ganado varios privilegios al ser reconocido como el mejor de su generación con tan solo veinticinco años, después de su regreso de Londres, donde estudio en la Royal Shakespeare Company, su prestigio había aumentado y ahora como actor y productor de El Conde de Montecristo, su fama había crecido como la espuma; uno a uno los actores de la compañía bajaban del tren y eran abordados por los periodistas y los fanáticos en los andenes, luego fue el turno de los productores y directores y por ultimo como todos esperaban salía Grandchester, vestido de manera informal pero con ese toque de elegancia que lo caracterizaba, pantalón de mezclilla en color azul, suéter gris claro con cuello en V y chaqueta de cuero negra, llevaba lentes oscuros y su cabello recogido en una coleta poco elaborada, un bolso de mano donde siempre guardaba sus guiones y los objetos más preciados en caso que alguna maleta se extraviara, aunque siempre viajaba con poco equipaje, a menos que se tratase de una gira pero en ocasiones como esta donde solo darían una presentación, su equipaje era realmente reducido, desde que había regresado de Europa su modo de vestir también había cambiado un poco, solo vestía con trajes de sastre si el evento lo ameritaba, de lo contrario buscaba estar lo más cómodo posible, esto era algo que sus fanáticas agradecían, pues los ahora de moda jean, resaltaban aún más los atributos del actor; en cuanto puso un pie en los andenes sus nombre comenzó a ser vociferado por muchos de los presentes allí, entre hombre y mujeres que intentaban captar su atención.
- ¡Terry! ¡Terry! ¡Señor Grandchester! ¡Terruce! ¡Señor Terruce! – Exclamaba de diferentes formas.
El joven se volvió para mirarlos y los saludó con la mano, las mujeres gritaron con euforia, pero para los periodistas esto no era muy alentador, de nuevo se marcharía sin ofrecer declaraciones. Terry se hallaba sumido en sus pensamientos, de nuevo esta ciudad, de nuevo se encontraba en Chicago, a la misma que le había huido por tanto tiempo, se había mantenido alejado de ella por obvias razones y por una promesa realizada hacia mucho. Pero ahora el destino lo acercaba de nuevo y esta vez no pudo eludir el compromiso, siempre que la compañía salía de gira él los acompañaba por cada estado del país, excepto Chicago, cuando las presentaciones en esta ciudad se aproximaba le solicitaba a Robert los días de descanso que le correspondían, el hombre tenía más o menos conocimiento de las razones que llevaban a Terruce a evitar esta ciudad así que por ello lo dejaba marcharse sin llegar a esta; pero ahora las cosas eran distintas, el evento requería de su presencia y más publicitado por su ausencia del escenario del teatro municipal de Chicago por casi siete años, todo el mundo estaba ansioso por verlo actuar en el aclamado rol de Dantés.
- Terry… dale unas palabras, llevan años esperándote – Mencionó Robert en voz baja, sacándolo de sus pensamientos cuando el chico llego hasta él.
El castaño asintió en silencio mientras le entregaba el bolso de mano a su director quien le extendía la mano para llevarlo, aun se encontraba como en medio de un sueño y no era por haber dormido durante el viaje, al contrario apenas si había descansado un par de horas, se acercó hasta los reporteros quienes al verlo aproximar, intentaron organizarse para estar lo más cerca posible, mientras el personal de seguridad de la estación intentaba controlar a la fanáticas.
- Buenos días señores – Saludo el actor con media sonrisa sin quitarse los lentes.
- Buenos días señor Grandchester, bienvenido a Chicago ya se le extrañaba en la ciudad… ¿Qué siente al estar de nuevo en esta después de casi siete años de ausencia? – Preguntó uno de los reporteros mientras anotaba en una libreta.
- Gracias por la bienvenida… que puedo decirle, hay mucha expectativa por la obra, por la puesta en escena de los actores, todos excelentes profesionales, yo me siento complacido de presentarme de nuevo en el Teatro Municipal, después de tanto tiempo… solo espero no defraudarlos – Contestó con ese humor sarcástico que siempre usaba.
- Seguramente no lo hará… la obra ha sido un éxito rotundo y gran parte de eso es debido a su desempeño sobre el escenario… existe algo que tiene intrigado a todo Chicago y es saber cuál fue el motivo que lo mantuvo por tantos años alejado de nuestro escenario – Inquirió otro de los presentes, intentando que la pregunta no sonara mal al actor.
- No se había dado la oportunidad de regresar, cuando la gira se extendía por todo el país y llegaba el momento de Chicago me encontraba realmente agotado, no creo que ninguno de los habitantes de esta ciudad que me apoyo desde los inicios de mi carrera se merezca que me suba a un escenario si no es para entregarle una representación impecable, eso fue lo que me llevo a estar ausente por tantos años… pero hoy estoy aquí y prometo recompensarlos por ello… ahora me retiro, muchas gracias por venir… - Decía para marcharse cuando otro caballero lo detuvo.
- Señor Grandchester… disculpe una última pregunta, esta fue una petición de las damas aquí presentes quienes nos solicitaron se la hiciéramos… ella desean saber ¿Cuándo dejara la soltería y si ya tiene candidata para hacerlo? – Inquirió el hombre provocando la risa de los presentes.
- Déjeme contestarles a ellas… señoritas gracias por el apoyo que me han brindado y en respuesta a su pregunta: Lo hare cuando encuentre a la mujer indicada… - Respondió haciendo que todas las mujeres allí presentes gritaran de la emoción, él dejo ver una hermosa sonrisa que provocó una ola de suspiros - Creo que eso responde a ambas preguntas, ahora con su permiso me retiro, mis compañeros me esperan y todos estamos agotados por el viaje, gracias por todo – Agregó asintiendo con la cabeza a los caballeros y les dio la espalda.
- Cinco minutos con ellos y ya los pusiste a todos a tus pies… tienes el mismo poder para cautivar que tiene tu madre Terry – Mencionó Richard cuando subieron al auto que los esperaba.
El castaño asintió en silencio dejando ver media sonrisa y su mirada se perdía en las calles de la ciudad, sintiendo su corazón latir rápidamente, al tiempo que los recuerdos llegaban hasta su cabeza mezclándose y haciéndole sentir tantas de emociones que no lograba definirlas todas. Cuando llegaron al hotel cada uno se dirigió a las habitaciones asignadas, Terry entró a la suya dejando caer su bolso de mano sobre la cama y encaminándose hasta la ventana que le brindaba una gran vista de la ciudad y el hermoso lago Michigan. De inmediato sus pensamientos fueron invadidos por aquellos recuerdos que había guardado bajo llave pero que ahora inminentemente comenzaban a escaparse y atormentarlo.
Después de aquella oscura temporada entre las calles y los bares más bajos de Chicago por donde deambulo completamente perdido, de donde no hubiese salido sin la ayuda de Albert se encontraba en Nueva York nuevamente, dispuesto a retomar su vida, lo primero fue recuperar su trabajo dentro de la compañía Stamford y después hablar con Susana, si algo le había quedado claro era que no cometería el mismo error de su padre, no se condenaría a una vida infeliz y vacía por cumplir con el deber, era un hombre maduro y responsable, pero no por ello se sacrificaría casándose con la ex actriz para terminar arruinándole la vida más de lo que ya había hecho por el accidente, así que con determinación le hizo saber a la rubia que estaría con ella todo el tiempo que fuese necesario, que se quedaría a su lado para ayudarla con su recuperación y se haría cargo de todos los gastos que el tratamiento pudiera acarrear pero que no se casarían, que no podía condenarse ni condenarla a ella a un matrimonio sin amor, él no la amaba y ella lo sabía; así que esta decisión no debía tomarla por sorpresa. En un principio todo fue muy complicado, Susana seguía aferrara a su obsesión por demostrarle que el amor que ella tenía era suficientes para ambos, intentó de muchos modos hacerle ver que era la mujer adecuada para compartir su vida… pero todos sus empeños fueron en vano, Terry no cambiaba su postura y para empeorar las cosas, la rubia había descubierto que planeaba buscar a Candy y retomar su relación, eso la hizo desesperarse aún más y optó por hacer más presión para que él se decidiera a comprometerse.
Sin embargo Terry no estaba dispuesto a desistir de sus objetivos y hablando una última vez con Susana sobre sus deseos, se dispuso a prepararlo todo para viajar hasta Chicago y buscar a Candy, le haría entender que lo mejor para los dos era seguir juntos, que no podían dejar que un amor como el que ellos compartían fuese borrado por el tiempo y la distancia, pues si eso no había hecho mella en el sentimiento que compartían antes, no lo haría en un futuro. Dos días antes del viaje fue a ver a Susana para despedirse de ella y ratificarle de nuevo sus deseos de conservar la amistad que hasta el momento mantenían, pero todos sus planes se vinieron abajo como un castillo de naipes cuando la rubia le entregó un periódico indicándole que antes lo revisara, en el mismo una nota reseñaba la noticia sobre el compromiso del magnate de la banca William Albert Andley con la señorita Candice White… en el mismo se podía ver una foto de los dos, felices, con sus manos entrelazadas y sus miradas brillantes. Él sintió como si el mundo se hundiera bajo sus pies, salió de allí sin siquiera volverse a mirar a Susana y aunque se vio tentando a ir a ahogar sus penas en algún bar de la ciudad, no lo hizo… no podía dejarse derrumbar de nuevo, llegó hasta su departamento y lloró durante toda la noche, lloró como nunca antes lo había hecho porque ahora sabía que ya no quedaban esperanzas, no podía hacer nada… él le había pedido a ella que fuese feliz y ella lo era, sabía que lo seria toda la vida.
Cuando las luces de sol entraron a la pequeña sala de su departamento, llenando de luz el lugar y bañándolo, él ya no lloraba, había tomado una decisión… se marcharía, ya no había nada que lo atase a este lugar, ya no le importaba nada. Visitó primero a su madre y después fue al teatro para hablar con Robert y aunque no quería hablar de ello debido a la insistencia del hombre para que le diese una explicación tuvo que contarle parte de la historia omitiendo los nombres de los involucrados, Robert había vivido una experiencia parecida cuando Richard Grandchester le había arrebatado toda posibilidad de ganarse el amor de Eleonor, claro está que, eso no se lo contó el director pero él terminó enterándose con los años. Así que suponía que por eso el hombre lo comprendió y lo apoyó en su idea de alejarse, por ultimo visitó a Susana haciéndola participe de su decisión y aunque esta lloró y suplicó que no la abandonase él ya había decidido y nada lo haría desistir, prometió seguir ayudándola pero no hubo manera de que la rubia lo hiciera quedarse a su lado. Al día siguiente salía de su departamento con la misma maleta con la cual había llegado a América, en aquella oportunidad llena de ilusiones y esperanzas… ahora… ahora no había nada más dentro de ella que sus deseos de olvidar; se detuvo en el correo para enviar dos cartas que había escrito la noche anterior, eran pocas líneas pero cada una habían salido desde su corazón y su alma. Después de eso continuo con su camino, en el puerto lo esperaba su madre quien lo sorprendió al verla rodeada de varias maletas, ella había decidido ir con él y aunque Terry trató de convencerla de lo contrario la mujer era tan obstinada como su hijo y además le hizo saber que se había prometido a si misma que ya nada la separaría de él, así que no la haría desistir de acompañarlo, fue de esa manera como el joven regresó al país que lo había visto crecer.
Eran cerca de las ocho de la noche cuando los flamantes esposos Andley entraron al vestíbulo del teatro municipal de Chicago, en cada rincón se podía apreciar la importancia y lo distinguido del evento, las damas llevaban sus mejores vestidos, perlas, diamantes y demás piedras preciosas formaban parte de las joyas que usaban esa noche. Mientras los hombres lucían sus mejores galas, las personas más influyentes del estado de Illinois se daba cita en este lugar, según ellos para recaudar fondos para obras benéficas, pero eso a la final resultaba lo de menos importancia, lo realmente importante era figurar entre la lista de invitados del alcalde de la ciudad. Albert saludó a varios conocidos con quien compartía algunos minutos, hasta qué, por sugerencia de los encargados de la organización del evento, todos los presentes comenzaron a ubicarse en sus puestos, Candy se hallaba a su lado y aunque aparentemente lucía calmada y alegre, un ligero temblor la recorría a momentos mientras se desplazaban por los pasillos que llevaban a los palcos principales los cuales siempre ocupaban, tomaron asiento y el rubio le dedico una hermosa sonrisa tomándole la mano para acariciarla suavemente mientras la miraba a los ojos intentando aligerar la tensión que podía apreciar en ella, la rubia mostró el mismo gesto mientras acariciaba la mejilla de su esposo, él se llevó la mano de ella hasta los labios para depositarle un beso. Ambos respiraron profundamente para cuando las luces se apagaron anunciando de esta manera que la obra daría inicio, notas musicales llenas de carácter y potencia inundaron el lugar y los primeros actores salían a escena, cuando llegó el turno de Terry una ola se suspiros se extendió por todo el lugar y los murmullos entre las féminas no se hicieron esperar. Pero Candy solo fue consiente de él… de ese chico que ya no era a aquel que ella recordaba, aquel que había visto de los palcos superiores de este lugar y que en ese entonces se encontraban vacíos, pero hoy estaba colmados de personas, según los diarios por petición del mismo Terry, al alegar que le parecía injusto que este espacio se desaprovechase, cuando podía generar más ingresos para la causa que los reunía allí y además de eso permitirle a las personas que no podían pagar un boleto tan costoso como los demás palcos, disfrutar de un momento de distracción… ese gesto sorprendió a muchos, pero no a ella, pues sabía perfectamente que Terry tras esa fachada era un hombre generoso y amable. Cuando su voz se dejó escuchar retumbando en cada rincón del teatro ella sintió también como su corazón emprendía una carrera desbocada, luchó para que Albert no notase su turbación, para pensar… pensar en lo que fuese con tal de no sentir, no quería sentir… no podía sentir.
Albert fingía estar observando cómo se llevaba la obra, pero toda su atención estaba puesta en las reacciones de Candy y lo que vio no era distinto a lo que esperaba, podía sentir el agarre de sus manos sudar y podía jurar que ella no lo había notado por estar luchando por no dejarse llevar, también el apenas perceptible temblor que a momentos la estremecía, así como el calor que se había adueñado de su piel o el brillo en sus ojos… ese hermoso brillo que resaltaba el verde, esa imagen de Candy y esas sensaciones que la rubia experimentaba él las conocía muy bien pues las había vivido no hacía mucho, tener que controlar los sentimientos para no herir a alguien más o no perjudicar a la persona que se ama o simplemente para intentar engañarse a sí mismo y decir, no pasa nada, todo está bien… esto que siento no es lo que creo, es otra cosa… no puede ser, yo no puedo estar… - Se decía y de nuevo sus pensamientos fueron invadidos por la imagen de Naysha y sin poder evitarlos se perdió entre esos recuerdos que eran alegres y dolorosos a la vez.
Hacia dos días que la chica no se aparecía por el museo y él estaba realmente desesperado, pensó en varios ocasiones ir hasta su casa, pero le parecía un atrevimiento hacerlo pues un hombre no debía visitar a una mujer casada en su morada mientras el marido no estaba en esta, así que no le quedó más que conformarse con esperar a que ella regresara al museo, horas después el profesor le dijo que iría a casa de Naysha y lo invitó a acompañarlo, no tuvo que pedírselo dos veces para que Albert aceptara. Cuando llegaron a esta fueron recibidos por la chica quien al verlos le regalo una hermosa sonrisa y cuando sus ojos se encontraron con los de Albert su mirada se iluminó haciendo que el corazón del rubio comenzara una carrera desbocada dentro de su pecho, él también dejó ver una gran sonrisa que llegó a su mirada; pero esta se congeló, cuando ella abrió la puerta invitándolos a pasar y vio sentando en un gran sofá a un hombre.
- Rabat que alegría verte en casa… ya comenzaba a creer que te habías olvidado de tu esposa – Mencionó el profesor acercándose hasta el hombre.
- Braham… siempre tan exagerado – Dijo este recibiendo el abrazo – Sabes que no olvidaría a Naysha nunca, pues hasta en mis sueños estaba… - Agregó acercándose a su esposa para darle un beso en la mejilla y acariciarle la cintura.
Albert sintió en ese momento como si le hubiesen dando un puñetazo en la cara, sabía que ella estaba casada, que era feliz en su matrimonio… pero prefería hacer todo eso a un lado mientras disfrutaba de su compañía, un sentimientos egoísta y de posesión se había instalado en él y por alguna razón no deseaba que nadie más disfrutase de la compañía de la chica. Ella le dedicó una sonrisa a su esposo pero no se acercaba siquiera a la que acababa de entregarle a él y eso lo desconcertó un poco, luego lo miro de nuevo a los ojos.
- Rabat… él es el hijo de lord Andley… - Mencionaba la chica cuando el marido la detuvo.
- Encanto señor, Rabat Mahal, he escuchado que llegó hace dos semanas a Jaipur – Indicó mirándolo a los ojos mientras le extendía la mano.
- Un placer señor Mahal, Albert Andley… ciertamente, vine para hacerle unas reparaciones al museo de mi padre – Contestó en un tono cortes pero distante.
- Es bueno que haya recordado que existía… de no ser por los habitantes de la ciudad y la dedicación del profesor hace años que habría desaparecido, después de la muerte de lord Andley el mismo fue abandonado por su familia – Comentó sin ningún tipo de delicadeza.
- Tiene toda la razón y sería absurdo contradecirlo, yo no estaba al tanto de su existencia hasta que me puse en contacto con el profesor, después que mi administrador me hablase de este lugar, de haberlo sabido antes tenga por seguro que habría actuado para preservarlo… estoy realmente agradecido por la ayuda recibida, la colaboración del profesor y su esposa han sido fundamentales… le prometo que de ahora en adelante estaré al pendiente del mismo no dejaré la carga sobre las espaldas de los habitantes de Jaipur – Expuso el rubio mirándolo a los ojos.
- Bueno es una noticia alentadora… por favor tomen asiento y así comparten el té de la tarde con nosotros… Naysha ve a preparar más para nuestros invitados por favor – Ordenó a su mujer.
La chica asintió en silencio saliendo del lugar mientras el hombre les indicaba los asientos con un ademan, el profesor y Rabat comenzaron una conversación amena de la cual Albert participaba poco, no solamente porque era escaso lo que sabía del tema, sino porque sus pensamientos estaban junto a Naysha que por alguna extraña razón no se mostraba tan alegre como generalmente hacía, por el contrario él podía jurar que algo la preocupaba. Esa noche mientras estaba en la habitación del hotel no logró conciliar el sueño, sentía que un calor se apoderaba de su pecho cada vez que recordaba como Rabat tocaba a Naysha, como la miraba… él sabía que el hombre estaba en todo su derecho, pero habían ocasiones en las cuales también la trataba como si fuese una sirvienta, en lugar de pedir las cosas de buena manera las ordenaba, hablaba de ella como si fuese una posesión más, como hablar de un mueble, de algún tapiz o de la casa… incluso cuando le dedicaba muestras de cariño se podía percibir esa imposición.
Dos días después cuando ella regresó al museo se nota aún más taciturna, sus ojos lucían como si hubiese llorado por largas horas y el brillo en su mirada se había esfumado, Albert solo la observaba en silencio mientras ella acomodaba unos tapices que habían guardado para que no se dañaran mientras hacían las reparaciones del techo, con mucho cuidado se acercó hasta ella y sin poder evitarlo llevó una mano hasta la espalda de la chica para acariciarla con suavidad.
- ¿Por qué estas triste? – Preguntó buscando su mirada.
- Yo… no es nada Albert, es solo que estoy cansada – Esbozó alejándose del tacto del rubio.
- Naysha, existe una diferencia muy grande entre estar cansada y estar triste y tú estás triste… tus ojos no pueden mentir… - Decía cuando ella lo detuvo.
- Esta bien… si estoy triste, pero es porque ya estoy cansada de seguir en esta situación, de intentar e intentar y que no sirva de nada, siempre terminó por darme cuenta que todo es inútil y no sé por qué… le he pedido a Dios tantas veces, tantas… que me de lo que le pido, que haga un milagro, al menos una vez… pero todo es inútil, él parece no escucharme y ya no puedo más… - Confesó dejando correr las lágrimas – Lo único que deseo en estos momentos es salir corriendo de aquí, ser otra persona, vivir muy lejos… donde no tenga que llevar a cuesta la vergüenza de no ser una mujer como todas las demás… de no poder darle a mi esposo lo que él desea… ya no puedo más – Expresó dejando correr el llanto libremente.
- No entiendo Naysha… ¿Por qué dices todo eso? ¿Qué es lo que no puedes darle a tu esposo? – Preguntó Albert desconcertado mirándola a los ojos.
- Un hijo… yo no puedo darle un hijo a Rabat… lo he intentado desde que nos casamos pero todo ha fallado, he tomado cientos de remedios, he visitados muchos santuarios, rezado a todas las entidades religiosas que conozco pero no ha servido de nada, yo estoy seca… y él ya no me ama, se cansó de mí… ayer cuando me llené de valor para decirle que una vez más había fallado, se molestó muchísimo conmigo, me dijo que ya lo dejará así, que no se podía hacer nada… que lo mejor era que me resignara, pero yo le roge que me dejara seguir intentándolo, que me diera un poco más de tiempo, así que llegamos a un acuerdo, me daría hasta que cumpliésemos los dos años de casados, si no lograba quedar embarazada en ese tiempo no podría hacer nada más por mí y tendría que devolverme a la familia de mi tío… ¿Cómo se supone que voy a lograr en solo cinco meses si hasta ahora todo ha fallado? Necesitaría de un milagro y me he cansado de pedir uno, hasta estuve tentada a decirle que para que esperar los cinco meses… que me llevará de una vez a mi casa y me dejará abandonada allá… ¡Que ya nada importaba! ¡Nada! – Exclamó presa del dolor y la desesperación, mientras lloraba amargamente llevándose las manos a la cara para cubrirla.
Albert fue alcanzado por ese sentimiento que envolvía a la chica, su corazón se encogió de dolor por verla de esa manera, tan frágil, tan resentida con la vida, tan desesperada y lastimada, se acercó hasta ella rodeándola con sus brazos con mucho cuidado para que ella no malinterpretase su gesto, buscando de esta manera reconfortarla, hacerla sentir segura. Ella rodeó la cintura del rubio con sus brazos y hundió la cabeza en el pecho de este ahogándose con los sollozos que la hacían temblar como una hoja.
- Ya no puedo más Albert… no puedo… puse todas mis esperanzas en darle un hijo a Rabat para lograr que él se quedase a mi lado por más tiempo, quería tener un hogar como cualquier otro, incluso llegue a pensar que cuando tuviese a un hijo nuestro en mis brazos ese amor del que hablaban mis amigas, ese maravilloso, especial y perfecto que yo aún no sentía, llegaría… con un hijo de los dos llegaría, sería el lazo que nos uniría por completo, pero sin eso ya nada es posible, sin un bebé de los dos ¿Cómo puede existir amor? ¿Cómo puede él quedarse a mi lado? ¿Cómo puedo pedirle yo que lo haga, que se sacrifique por mi culpa? No puedo hacerlo… él no me ama tanto como para hacerlo y yo jamás lo aceptaría, negarle el derecho a tener una familia simplemente porque yo no puedo hacerlo… no es justo ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? ¿Por qué? – Preguntaba en medio de un llanto amargo.
- Naysha no llores… no llores así por favor, intenta calmarte, mírame – Dijo tomando el rostro de la chica entre sus manos – Yo sé que es una situación muy difícil para ti… pero no debes dejarte derrotar, que no puedas tener hijos no quiere decir que seas una mujer incompleta, tú eres maravillosa, eres hermosa… irradias luz y paz, tienes muchas personas que te quieren y estoy seguro que Rabat no dudara en quedarse a su lado… tal vez lo que dijo fue causado por el calor del momento, pero estoy seguro que en cuanto recapacite y se dé cuenta de lo que hizo se arrepentirá y te pedirá perdón… entre los dos encontraran la manera de solucionar esto… además si el problema no tiene solución todavía les queda la opción de adoptar… - Decía cuando ella lo interrumpió, alejándose de él.
- Albert… ¿Acaso no lo ves? Quien tiene el problema soy yo… no es justo que él tenga que pagar por esto, aun si me amase incondicionalmente yo no podía pedirle que renunciara a tener una familia propia, que sea sangre de su sangre… - Ahora fue el turno de él para hablar.
- ¿Por qué dices que no te ama? – Preguntó mirándola a los ojos.
- Porque es la verdad… lo sé, lo puedo sentir, así como sé que yo no lo amo a él… porque con él no siento lo que… - Se interrumpió esquivando la mirada del rubio – Por favor no me hagas caso… todo esto no tiene sentido, ayer tome la determinación de que si en cinco meses yo no he conseguido el milagro de quedar embarazada de Rabat… regresaré a mi casa sin que él se vea en la penosa situación de tener que llevarme, ya encontraré a que dedicarme después… me iré de Jaipur para no tener que lidiar con la lastima de todas las personas que me conocen – Dijo con seguridad mientras se secaba las lágrimas.
Albert fue sacado de sus recuerdos cuando escuchó un sollozo a su lado, se volvió para mirar a Candy la rubia tenía el labio inferior mordido luchando para no llorar abiertamente, sin embargo un par de lágrimas rodaban por sus mejillas; sus ojos se enfocaron de inmediato en la escena que se representaba en las tablas y pudo comprender porque el estado de la rubia, en ese momento el personaje de Edmundo Dantés estaba siendo azotado por los guardias del castillo donde se encontraba prisionero, evidentemente la puesta en escena era bastante real.
- No llores pequeña… nada es real, solo que Terry es un excelente actor – Acotó el rubio pasando un brazo por sus hombros.
- Soy una tonta… es que no pude evitarlo… la obra me tiene atrapada – Dijo de manera entrecortada intentando calmarse – Terry nunca me ha gustado verte sufrir, incluso si es actuado, verte así me llena de dolor… - Pensaba viendo como sacaban el cuerpo del joven arrastrado del lugar para lanzarlo a un espacio oscuro y frio como el cuatro de castigo del San Pablo.
- Ese es buen signo pues él prometió recompensar al público de Chicago por su ausencia, además no eres la única que lloras… mira a la tía abuela – Susurró para que la chica desviase la mirada al palco contiguo al de ellos donde se encontraba la matrona con Elisa Leagan y el esposo de esta.
- Es un alivio entonces – Mencionó con una sonrisa – Pero Elisa no llora… creo que por su cara hasta está disfrutando de los latigazos que recibió Terry – Agregó observando a la pelirroja.
- No se podía esperar menos de ella, sabes que odia todo aquello que no pudo tener, por la sencilla razón que ya era tuyo – Dijo de manera casual y sintió como Candy se tensaba.
Ella se quedó desconcertada al escuchar a Albert decir esas cosas ¿Acaso se había vuelto loco o deseaba probarla? ¿Qué pretendía con ese tipo de comentarios? La verdad era que desde que hacía un mes actuaba diferente, como si se hubiese enterado de algo… solo que no podía imaginar qué, si desde hacía cinco años ella no hablaba con Terry… en realidad desde aquella noche cuando se despidieron en Nueva York y después la carta que él le enviará… ¡La carta! ¿Sería que Albert encontró la carta? No era posible, ella la había guardado muy bien… debió dejarla en el Hogar de Pony junto a la que le enviase Susana… no, no, debió haberlas quemado – Pensaba mientras sus ojos se perdían en la imagen del castaño junto a Robert Hathaway quien interpretaba al abate Faria. No puedo evitar emocionarse cuando al fin dieron con el tesoro que buscaron incansablemente y después de ese acto se dio el intermedio, todos los presentes abandonaron la sala para ir a refrescarse un rato, estirar las piernas e intercambiar opiniones acerca de la obra, como era de esperarse todos los comentarios eran favorables y resaltaban la actuación de Terry y Hathaway. Candy se sentía igual de emocionada como cuando escuchaba los elogios que hacían del castaño en el estreno de Romeo y Julieta, hasta que aquellas mujeres hablaron del accidente de Susana todo había sido perfecto… pensar que ese día su vida estaba destinada a cambiar de alguna forma u otra, ya fuese para quedarse al lado de Terry como él le confesó en aquella carta había planeado o separarse para siempre de él, la vida se planteó dos caminos y ella tuvo que escoger uno de ellos, consciente que cualquiera que tomase no tendría retorno.
Continuará…
