"VOLVERÉ".

Era ya pasada la media noche cuando una hermosa rubia de rizado cabello y ojos color esmeralda, hacía sus respectivas rondas por el hospital donde trabajaba, era una enfermera. Esa noche en particular debió haber sido su noche de descanso, pero había decidido cambiar su guardia con una de sus compañeras para poder estar al pendiente de un joven que acababa de ser ingresado al hospital como sospechoso de guerra. Lo habían traído del frente italiano, o al menos eso le habían dicho. El hombre no llevaba documentos de identidad y no había nada que pudiera darle una idea de a quién contactar o cuál era su nombre completo, pero ella lo había identificado al instante. Era Albert, sin apellido, sin barba y sin lentes oscuros, pero era Albert; su amigo, el trotamundos que había ido al África después de haber pasado un tiempo en Londres y otro tanto en América.

¡Un espía! ¿Cómo podía alguien pensar que un hombre tan dulce y honorable como él pudiera ser un espía? Él era su amigo, un amigo que nunca le había contado mucho de él, pero que siempre había estado a su lado cuando lo había necesitado. ¡Qué tontos eran todos los que podían siquiera imaginar que Albert pudiera ser un mal ser humano!; "terrorista" habían dicho algunos, "prisionero de guerra" habían susurrado otros, pero sólo ella sabía que la única palabra que podía acomodarle de verdad era: "amigo".

Llegó hasta el cuarto en el que él dormía. "Ha estado en una explosión y no ha recobrado la conciencia desde entonces" fue la parte médica que dieron los militares que lo habían llevado al hospital. Lo tenían custodiado, como si fuera un criminal. Pidió autorización con un uniformado que se apostaba frente a la puerta de la habitación y entró. Él dormía profundamente. Se acercó a revisar sus signos vitales; todo estaba bien, pero tenía un poco de fiebre. "Dios Albert, ¿qué ha pasado contigo? Te creía en África, ¿por qué te han encontrado en un tren militares italianos?, ¿qué estabas haciendo en territorio en guerra?", le preguntó entre murmullos mientras le ponía compresas frías sobre la frente. Su rostro se veía en paz pero tenía una profunda herida en la cabeza, "Albert, tienes que reaccionar pronto, ¡promételo!".

Las pocas pertenencias que él llevaba consigo estaban posadas sobre una mesilla al lado de la cama. Se acercó para ver si de ellas podía obtener alguna respuesta. Una camisa rota, un par de pantalones en mal estado, no llevaba zapatos, ni nada que lo identificara como soldado; y había también una pequeña libreta con anotaciones. Seguramente quienes lo habían llevado no habían encontrado en ella nada que pudiera inculparlo. La ojeó y le encantó lo que vio. Era una especie de espejo escrito en tinta oscura del alma del rubio. Reconoció su letra de una carta que alguna vez le había enviado y casi lloró al voltear y verlo postrado en una cama sin poder siquiera abrir los ojos. Pasó rápidamente las hojas de la libreta de viaje que tenía en sus manos, vio relatos, dibujos, algunas hojas de árbol secas y de pronto las páginas se abrieron en el espacio en el que había un pedazo de papel doblado, meticulosamente por la mitad. Era una carta. Se detuvo un momento, no queriendo invadir la privacidad del hombre que aun dormía, pero llena de curiosidad decidió leerla y esto es lo que decía:

Otoño de 1913

África.

Mi pequeña y dulce señorita,

Sé que seguramente me recriminas por no haberte avisado con antelación que me iba de Londres, pero dime, ¿qué podía hacer? Mi presencia a tu lado ya no era necesaria. Había alguien más a tu lado que te protegería, alguien más que disfrutaba tus sonrisas y velaba por tu bienestar. Yo ya no era el primero en importancia y para serte completamente honesto, verte tan feliz, aferrándote a los brazos de otro me hizo inmensamente miserable.

Hemos sido amigos por mucho tiempo, te he cuidado y protegido, incluso he ocultado algunas de tus repentinas fugas, y lo he hecho porque había algo que siempre hacía que llegaras a mi lado, siempre terminabas pasando un rato con el amigo que no quería ostentar más ese título, un título que por mucho tiempo me hizo el más feliz de los hombres, pero que de un tiempo a la fecha moriría por cambiar por otro más allegado a tu corazón.

No me malinterpretes por favor, eres la mujer más importante de mi presente, y ser tu amigo es un orgullo y un honor, pero no puedes pedirme ser feliz si cada vez que me sonríes a mí, tu amigo, más claro me dejas que yo jamás te escucharé llamarme "amor".

No sabes lo difícil que ha sido para mí consolar tu llanto, cuando las lágrimas que vertías eran por alguien que no soy yo. Sé que soy un tonto, quizás cobarde, y ¿pecador? Ha habido ocasiones en las que he llegado a pensar que no confesarte mis sentimientos es el peor pecado que he cometido en la vida y por ello me he condenado a vivir en el infierno autoimpuesto de tu desamor, esperando siempre que te llegué el flechazo de un cupido que su tiro erró.

Estoy seguro de que te preguntarás por qué me he marchado sin avisar y quizás si alguna vez leyeras esta carta podrías tener una idea del motivo que orilló mi decisión. Y es que dime ¿cómo puedo seguir fingiendo no sentir nada si cada vez que te acercas un centímetro más de lo acordado me vuelvo loco, si cuando te veo quiero correr a ti, tomarte en brazos, besarte, amarte y…? ¿cómo, sólo dime cómo?

¿Qué en qué momento me enamoré de ti? Sinceramente no lo sé. Pero amo tu risa, amo la forma en la que vez el mundo, con inocencia e ilusión; adoro que quieras siempre ver el lado amable de todo y todos. Pero me he dado cuenta de que no soy más que el triste poeta que crea sonetos mudos en tu nombre; un héroe romántico que jamás se atrevió a tomar la iniciativa y confesarte su amor, ¡vaya heroico poeta que resulte ser!

Lo único que me resta por decir es, querida mía, que aunque nunca leas está carta porque jamás te la enviaré, te aseguro que volveré. Cuando haya superado esto volveré. Aunque probablemente vuelva antes, cuando necesites de mí, cuando estés tiste o confundida; pero preferiría volver cuando ya no fueras más mi amiga, cuando tu vida corriera sin prisas, "cuando el destino te hubiese curado ya la vista y me veas como yo a ti, con los ojos en el corazón".

Te lo prometo, volveré.

Tu, por ahora, amigo.

W. Albert A.

Era una carta intensa, él había estado enamorado de alguien y ella no se había dado cuenta, "¡que tonta fue!", pensó. Dobló la carta, la devolvió a la libreta y dejó las pertenencias de Albert en el lugar en el que las había encontrado. Se acercó de nuevo a él para verificar si la fiebre había cedido y lo escuchó murmurar de forma entrecortada "Candy… Chicago". Se arrodilló al lado de su cama, tomó su mano y posó su cabeza sobre su pecho. "Tranquilo Albert, soy Candy y estás aquí conmigo, en Chicago. Volviste a casa, a mi lado, yo cuidaré de ti ahora, tú descansa y deja que el tiempo y el destino acomoden todo en su lugar".

Se puso en pie, limpió de su rostro un par de lágrimas que habían salido sin que ella se diera cuenta. Le sonrió al soldado que estaba parado frente a la puerta de la habitación y se encaminó a la estación de enfermeras. "¿Quién habrá sido ella?" pensó y como respuesta lo único que tuvo fue una sensación de vació en la boca del estómago y escuchó primero, con gran claridad, la voz de él diciendo "con los ojos en el corazón" y después su propia voz respondiendo como un eco "en el corazón… ¡VOLVIÓ!".

Historia inspirada en la canción "Volveré" de Miguel Inzunza.