Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. Historia adaptada a partir de una obra de Jacques Offenbach.
2. Byakuya
La ciudad de Sapporo en el año de 1938 era de imagen postal. Era una noche de pleno invierno, y la nieve cubría las calles en una gruesa y fría capa blanca, además de los edificios de tipo occidental se combinaban con los tradicionales japoneses de verde tejado. Los faroles de las calles estaban encendidos, debido a la penumbra nocturna, y le daban un singular brillo a la nieve, además de que los árboles deshojados completaban el idílico paisaje invernal.
Pese al gélido clima, algunas personas iban y venían por las veredas, abriéndose paso entre la gruesa capa de nieve de más de treinta centímetros de espesor. Entre ellas había un hombre bajo, calvo y robusto con cara de sapo enfundado en un grueso abrigo negro de tipo occidental. Caminaba de manera torpe, pues en el interior de su abrigo llevaba algo que sostenía con ambas manos.
Luego de andar por cinco minutos entre la nieve, el individuo entró a un edificio de tipo occidental e inmediatamente tomó las escaleras y se detuvo en el sexto piso, para buscar sus llaves y dirigirse a la cuarta puerta a la derecha. El hombre ingresó a un amplio departamento, tan grande como un salón de fiestas. Había unas grandes ventanas cuadradas en el inclinado techo. También tenía un segundo piso, que rodeaba el suelo del salón. En el centro se encontraba un piano de cola de unos cuatro metros de largo, y al lado del instrumento un delgado hombre de pelo negro alborotado, amplia frente, con gafas y que estaba bastante ocupado con un aparato muy peculiar.
— ¿Cómo te fue Hiyosu? —preguntó el hombre de pelo negro, sin apartar su vista del aparato en el cual estaba trabajando.
Hiyosu se desabotonó el abrigo, y comenzó a sacar algunas hogazas de pan, trozos de calamar y unos cuantos pedazos de carne seca: — Conseguí esto, Akon —respondió, y sacudió un poco su abrigo—. Debo decir que estas prendas americanas abrigan de maravilla.
— Bien, bien. Al menos conseguiste algo de comer para nosotros —dijo Akon, quitándose las gafas—. Servirá para reponer energías, ya que no podemos tocar el sushi. Y dime, ¿qué tal te parece mi creación? —cuestionó.
Hiyosu miró la figura en la que estaba trabajando el hombre pelinegro. Se trataba de una muñeca de tamaño real, de piel pálida, una larga melena negra hasta la espalda muy bien peinada y unos fríos ojos gris pizarra. Portaba un elegante kimono negro, con estampados dorados de pétalos de cerezo en la parte baja y las mangas.
— Bastante bonita, señor —declaró el calvo.
— Por supuesto, así tenía que ser —se jactó el hombre pelinegro—. Estoy en la mira del ejército, por no desarrollar armas para favorecer los vientos de guerra. Así que he decidido crear a Byakuya.
— ¿Byakuya? —repitió Hiyosu de manera interrogante.
Akon afirmó con la cabeza: — Así es, la primera autómata que toca el piano —respondió sonriente—. Les servirá como el mejor entretenimiento a los generales. No tengo la menor duda que superará algún día a los mejores concertistas del mundo.
— ¿Y usted hizo todas sus partes? —preguntó el asistente.
La sonrisa del científico flaqueó un poco: — Eh, bueno… no todas —contestó—. Los hombres del ejército mandaron hace dos años otro colega para supervisarme, un tal Mayuri. Y él colaboró con Byakuya al hacerle los ojos.
— ¿Los ojos, señor? —cuestionó Hiyosu.
— Si, los ojos —murmuró Akon, con aire de derrota—. Yo nunca pude diseñarle unos buenos ojos. Durante meses nunca me gustaron los que hice, pero ese sujeto en cuestión de días pudo hacerle unos tan realistas que le quedaron casi perfectos, y ahora me exige diez millones de yenes como su parte —pausó para respirar—. Pero bueno, ahora hay que esconder a Byakuya, no quiero que los invitados la vean antes de tiempo.
— Enseguida —dijo el calvo. Akon recogió sus herramientas y se retiró a su habitación. Él quedó solo, por lo que pudo observarla un poco más antes de echarle encima una manta roja y empezar a moverla hacia su escondite.
Mientras Hiyosu ocultaba a Byakuya en un armario cercano, alguien llamó a la puerta. El sirviente cerró el armario, se dirigió a la puerta y observó por la mirilla. Luego de dos segundos abrió la puerta, y se encontró con dos hombres vestidos de abrigo. Uno alto, de cabello naranja y sonriente; el otro bajo, de pelo negro y semblante serio.
— Disculpen, ¿quiénes son ustedes? —preguntó Akon.
— Yo soy Rukio Kuchiki —se presentó el hombre pelinegro—, y él es mi amigo Ran Matsumoto. Hemos venido a buscar a Akon.
— ¿Son hombres del emperador? —inquirió el sirviente, con desconfianza.
Ran soltó una risa: — Por supuesto que no. Nosotros somos simples hombres de letras, por si no te das cuenta —respondió y colocó una de sus manos en el hombro derecho de su amigo para calmarlo.
— No tenemos mucho conocimiento en sus asuntos personales —habló el hombre más bajo, con contenida calma—. Sólo hemos venido a buscar al señor Akon.
Hiyosu, sin dejar de mirarlos con desconfianza, los dejó pasar y se encaminó hacia una recámara. Ambos hombres miraron con gran interés el salón, sus ventanas, su segundo piso y el piano que descansaba en medio de la estancia.
Unos segundos después de su llegada, Akon llegó al salón, sólo que ahora tenía puesto un elegante traje negro. Y enseguida reparó en los dos hombres que estaban de pie en medio del salón.
— ¡Rukio, qué sorpresa! —saludó el hombre de amplia frente—. Veo que también trajiste a un amigo. Dime, ¿cuál es su nombre? —cuestionó.
— Ran Matsumoto, señor —respondió el hombre de pelo naranja, haciendo una reverencia.
El hombre pelinegro más bajo se inclinó levemente: — También es un gusto verlo señor Akon —dijo—. Aunque creo que llegué en un mal momento para visitas…
— Descuide, descuide —le interrumpió Akon, haciendo ademanes con las manos—. En estos tiempos siempre es bueno tener a un amigo en casa, y más si se trata de un viejo alumno. Pasen a la cocina, estoy seguro que les gustaría una copa de sake después de su viaje —sugirió.
— Me encantaría —aceptó Ran sonriente.
— No gracias. Me quedo aquí —contestó Rukio.
Mientras Ran y Akon se dirigían a la cocina y Rukio seguía observando el salón, alguien llamó a la puerta. Hiyosu fue a abrir.
— ¿Quién? —preguntó el sirviente.
— Abre la puerta. Necesito hablar con tu patrón acerca de algo importante —respondió una voz masculina del otro lado
Hiyosu arqueó la ceja izquierda: — Disculpe pero él se encuentra ocupado en este instante —dijo, tratando de sonar convincente.
— ¡Abre la maldita puerta, con un demonio! —gritó el individuo, dándole un tremendo porrazo a la puerta.
El sirviente se sobresaltó ante tal acción, e incluso Rukio volcó su atención en la puerta, que en esos momentos estaba siendo abierta. Para Hiyosu y el jóven de pelo negro fue una sorpresa no muy agradable.
En el umbral, un hombre alto estaba de pie. De porte un poco extravagante, tenía la piel morena y el pelo azul, además de portar una gruesa gabardina gris. Pero lo más llamativo en su apariencia eran los ojos, los cuales eran anaranjados y miraban todo de manera analítica.
— Buenas tardes —saludó el individuo—. Por lo dicho hace rato, creo que esperaré a tu patrón —y sonrió, mostrando unos feos dientes alineados pero amarillos
— Si, si, pase —dijo el sirviente, apartándose para permitirle el acceso.
El hombre pasó sin más y Hiyosu fue a la cocina en busca de Akon. Mientras que Rukio no le quitó la mirada de encima al recién llegado.
— ¿Ocurre algo? —preguntó el hombre de pelo azul.
— No, sólo es que… —habló el otro.
— Ah, por cierto —le interrumpió el tipo de gabardina—. No me he presentado, mi nombre es Mayuri Kurotsuchi —e hizo una leve reverencia.
— Rukio Kuchiki —se presentó muy seco el hombrecito, inclinándose un poco.
La mirada de Mayuri se clavó en el joven pelinegro: — ¡Ah, un Kuchiki! —exclamó—. Siempre me gustó tener como clientes a una de las familias más acaudaladas de Japón. Me han comprado tantas cosas que me es difícil seguir complaciendo sus peculiares caprichos.
Rukio frunció el ceño: — Pues en las reuniones nunca le mencionaron señor —comentó.
— No importa, no importa —dijo Mayuri—. Yo he hecho bastantes trabajos en todo Japón jovencito. He viajado por el mundo para estudiar todos los aparatos mecánicos y científicos —y abrió su gabardina, dejando ver algunos artilugios muy extraños—. He repasado las leyes de la vida, he escrito tratados de física y química, he visto estrellas que no están en los mapas celestes, he inventado sustancias que reflejan el alma, e incluso he llegado a burlarme de Dios al crear vida.
El joven pelinegro sólo lo miraba, y en sus adentros pensaba que ese hombre estaba loco. Para su alivio, Ran y Akon regresaban de la cocina, en compañía de Hiyosu. El hombre de pelo naranja traía una copa de sake y se la tendió a Rukio. Éste, ni lerdo ni perezoso, la aceptó y la vació de golpe ante la mirada de extrañeza de su amigo.
— Mayuri, buenas tardes —saludó Akon, un poco incómodo—. Supongo que tu presencia sólo se debe a una cosa.
El hombre de pelo azul sonrió: — Así es, colega. Quiero la parte que me corresponde de Byakuya —dijo, con un aire algo demente—. Y no salgas con alguna excusa, o esta vez sí pagarás ante todos los generales, ¿eh?
Akon asintió lentamente: — De acuerdo. Te haré un cheque, sólo permíteme un momento —y salió del salón, junto con Hiyosu.
Mientras el científico de pelo negro se internaba por una puerta del fondo, los tres hombres se miraron entre sí. Rukio veía con absoluta desconfianza a Mayuri mientras que Ran le dedicó una tenue sonrisa.
— Buenas tardes, señor. Mi nombre es Ran Matsumoto —saludó el hombre de pelo naranja, inclinándose un poco —, y usted es…
— Kurotsuchi —completó el aludido, haciendo una profunda reverencia—, Mayuri Kurotsuchi —y vio de manera analítica al hombre de pelo negro.
Rukio vio la intensa mirada que el hombre de pelo azul le dedicó, y no le gustó nada.
— Joven, usted tiene toda la pinta de haber visto el mundo, como un servidor —habló Mayuri.
Rukio se rascó la nuca con la mano derecha: — Para ser sincero, sólo he ido a unos pocos lados, señor —comentó.
Mayuri sonrió: —Bueno, entonces esto le interesará un poco —y se llevó la mano derecha a la gabardina—. Podrás ver el mundo de la misma manera que yo, tendrás más perspectivas de las cosas y te darás cuenta de la realidad del mundo —y sacó la mano de la prenda.
Ambos amigos miraron con curiosidad lo que sostenía el hombre de pelo azul. Eran un par de gafas, de pulcros cristales y montura dorada.
— Estos anteojos son especiales —dijo Mayuri, tendiéndole el objeto a Rukio—. Puedes ver la realidad de las cosas, su verdadera esencia, el auténtico lado. Sólo funcionan para la gente de mente abierta y que han salido fuera del país a conocer el mundo —y movió un poco los lentes.
El hombre pelinegro tomó los anteojos con duda: — ¿Y está seguro que sirven? —cuestionó.
Mayuri ensanchó su sonrisa: — Por supuesto. Yo los inventé —respondió—. Ninguna de mis creaciones me ha fallado, nunca he quedado mal con nadie.
Rukio giró un par de veces los anteojos: — ¿Y tienen algún precio? —preguntó.
— Por sólo cien yenes, esta maravilla es tuya —contestó el científico.
El hombrecito pelinegro buscó entre sus ropas el dinero y le pagó a Mayuri, quien aceptó con una sonrisa maliciosa que sólo Ran pudo observar. Y unos segundos después del pequeño trato, Akon y Hiyosu aparecieron en el salón.
— Aquí tienes —dijo el hombre de amplia frente, y le tendió el cheque—. Puedes ir a cambiarlo en la librería, ya que el banco quedó vacío hace dos días.
Mayuri tomó rápidamente el cheque y se lo guardó en su gabardina: — Muchas gracias. Ahora mismo me retiro —y le tendió la mano derecha a su colega.
— Si, si, no hay de que —contestó Akon y le estrechó la mano. Mayuri salió de manera presta de la casa, sin despedirse de los otros presentes—. Uf, bueno. Sólo tengo media hora para preparar todo para recibir a los invitados.
— ¿Invitados? —cuestionó Rukio.
Akon sonrió: — Así es. Hoy es la presentación de mi creación, Byakuya. Invité a toda la gente que podía, sobre todo a algunos intelectuales alemanes, españoles, italianos y japoneses —comentó, con un deje de molestia.
— Pues si le incomoda nuestra presencia, podemos… —habló el pelinegro.
— No, no, no —le interrumpió el científico—. Son hombres diferentes a ustedes, son bienvenidos. Lo que pasa es… que con la situación… podría decirse que me estoy jugando el cuello. Con su permiso, debo ir a ver la cocina —y se retiró, junto con su sirviente.
Cuando ambos estuvieron solos, Rukio se probó las gafas. Al principio no pudo notar nada, sólo una distorsionada versión de las cosas del salón y de su amigo.
— ¿Y bien? ¿Qué es lo que ves con esos anteojos? —preguntó Ran.
— Pues la verdad, sólo… —respondió, pero se calló al instante, ya que al mirar a su amigo notó algo diferente en él.
— ¿Rukio? —cuestionó el hombre de pelo naranja, extrañado.
— Puedo ver tanto alegría como tristeza en tus ojos, amigo —respondió el hombre pelinegro—. Parece que la vida no te trató bien en el pasado, pero también brilla la curiosidad y el asombro. Parece que te gusta viajar, tanto como a mí. Quieres conocer a alguien nuevo para compartir tu vida, pero a la vez no quieres olvidar a esa persona que robó tu corazón. Además, te gustaría probar cada licor de cada país, pero en compañía de tus amigos porque a ti te agrada entablar amistad junto a una buena copa.
Ran se descolocó un poco por las palabras de Rukio. Aunque fueran algo poéticas, tenían una base verdadera.
— Déjame probármelos —pidió el hombre alto.
El hombrecito sonrió y negó con la cabeza: — Mayuri dijo que funcionaban perfectamente con personas de mente abierta. No dudo que tú lo seas, amigo mío, pero eres tan descuidado que eres capaz de perder hasta un simple trozo de carbón —rebatió y se guardó los anteojos en un bolsillo derecho de su traje.
Ran sólo saltó para quitarle a Rukio los anteojos, pero el hombrecito pelinegro fue ágil, y lo esquivó para ir del otro lado del piano. Ambos se miraron, y el hombre de pelo naranja se coló por debajo del piano. Pero Rukio se apartó un par de pasos y esperó al otro, sólo para echarse a correr con su amigo dispuesto a probarse ese curioso objeto.
Y mientras ambos hombres se perseguían igual que unos niños por todo el salón, alguien llamó a la puerta. Akon y Hiyosu llegaron inmediatamente, y los dos amigos pararon como si los hubieran atrapado en una travesura.
Hiyosu abrió la puerta, y en el umbral se vio un hombre y una mujer, ambos de alrededor de cincuenta años, un poco corpulentos y vistiendo gruesos abrigos de piel.
— Pasen, pasen, sean bienvenidos —habló Akon—. Hiyosu recibe los abrigos de nuestros invitados.
El sirviente obedeció, mientras el científico conducía a la pareja al centro del salón, justo al lado del piano.
— Pónganse cómodos. Hiyosu les traerá unas sillas —dijo el hombre de amplia frente.
No pasaron ni cinco minutos cuando alguien llamó a la puerta y Akon fue a abrir para recibir a un joven de cabello castaño y con pinta de intelectual. Y luego llegaron tres hombres japoneses, luego un par de mujeres inglesas… hasta que la puerta quedó abierta debido a la cantidad de gente que arribaba.
Por media hora la gente seguía llegando. Rukio y Ran pudieron observar personas de toda nacionalidad, altura y complexión que abarrotaban el salón y el segundo piso. Muchos llevaban elegantes y caros trajes, otros simples kimonos, y algunos más camisas y pantalones bastante raídos. La miseria y la riqueza se combinaban en aquel lugar para hacer un público bastante particular. Ambos amigos quedaron bastante apartados de la muchedumbre, muy cerca de la puerta.
Hiyosu estaba muy ocupado recibiendo a los invitados, a la par que otros cuatro sirvientes de Akon, un alto y desgarbado hombre de pelo morado, una seria y bajita mujer pelirroja, un anciano más bajo que Rukio y una rubia con cara de asco, se encargaban de ofrecer copas de vino y bocadillos a los presentes.
Akon parecía muy complacido con la llegada de toda esa gente. Caminó hasta quedar en medio del grupo, al lado del piano, y se aclaró la garganta.
— Amigos y colegas —comenzó—. Hoy es un día bastante importante. Ante ustedes, daré a conocer la mejor creación que el hombre ha podido inventar hasta el momento. Algo que sólo se podía ver en planos y ahora es una realidad. Algo que sin duda nos traerá un poco de paz en el mundo que vivimos ahora. Hiyosu por favor.
La multitud rompió en aplausos. Rukio y Ran observaban con sumo interés que el sirviente se dirigió hacia una puerta y sacó un enorme bulto cubierto por una manta roja. Paso a paso y con mucho cuidado, fue desplazando el objeto hasta quedar al lado de Akon.
Hiyosu quitó la manta que cubría el objeto, dejando ver a una mujer de unos treinta y tantos años. Al estar en un pedestal aumentaba su altura, pero debía medir cerca de un metro y setenta y cuatro centímetros. Su piel era tenía un color muy pálido, pero aun así lucía de apariencia humana. Su pelo era negro azabache, hecho de crines de caballo insertadas y peinadas con bastante cuidado. Su kimono era opulento, como si se tratara de un miembro de las casas feudales de los días de antaño, de color negro con estampados dorados de pétalos de cerezo en sus mangas y parte baja. Los labios tenían un tenue brillo y sus ojos eran grises y algo achinados, dándole una aire de autoritaria severidad.
Entonces, el público se dio cuenta que se trataba de una muñeca al ver lo tiesa e inexpresiva que estaba la mujer.
— Damas y caballeros, mi creación Byakuya —anunció Akon. El grupo aplaudió un poco confundido —. La primera autómata de Japón, un montón de tuercas, engranes y cables que cobran vida tan sólo con oprimir un botón. Vida que semeja mucho a la que nos hace movernos, y que ahora, yo, Akon, he podido crear.
Los presentes se acercaban de a poco a poco a la muñeca. La miraban con mucha curiosidad, tocaban su gélida piel, acariciaban su peculiar cabello y se detenían algunos segundos en esos extraños pero atractivos ojos. Muchos no salían de su asombro debido al parecido con una persona real. Incluso Ran, que a veces le tenían sin cuidado los asuntos de la ciencia, estuvo frente a ella por cinco minutos antes de convencerse que sólo era una creación artificial.
El hombrecito pelinegro se colocó los anteojos. Gracias a las gafas, Rukio pudo apreciar a Byakuya como una mujer seria, imponente pero bastante hermosa. La fría piel lucía pálida pero suave y tersa; el pelo dejaba de ser una madeja de crines para transformarse en una natural melena negra; y las artificiales orbes se convertían en los ojos más intrigantes que haya visto en toda su vida, fríos pero a la vez que le reconfortaban un poco. Se quedó tan absorto con ella que Ran tuvo que separarlo a jalones de la autómata.
— Y ahora —continuó Akon, sin dejar de sonreír—, mi creación interpretará una pieza en el piano, la Sonata en La Mayor de Mozart. Hiyosu por favor.
El sirviente se acercó a la muñeca y la bajó del pedestal para acercarla al banquillo del piano. Akon le presionó un punto en el hombro izquierdo y Byakuya se sentó. Luego el hombre de pelo rosa oprimió un punto en su cabeza y la mujer levantó sus manos y comenzó a tocar.
Al principio la música se escuchaba un poco torpe, pero segundos más tarde el mecanismo de Byakuya se ajustó y la melodía fue fluyendo de tal forma como si un intérprete humano estuviera sentado al instrumento. El público tenía su total atención en ella, ya que nunca habían visto a una muñeca haciendo lo que sus ojos en esos momentos estaban viendo.
Rukio, sin embargo, la miraba con bastante interés. En lugar de una autómata, el sólo observaba a una mujer de aspecto frío y solitario tocar el piano con una increíble técnica y sublime interpretación. Y eso hizo que el chico se perdiera en los extraños ojos de su inexpresivo rostro.
Por el lapso de veinte minutos el público quedó asombrado con la ejecución de Byakuya. Los fraseos, los staccato, los matices, la velocidad y la digitación fueron de lo más acertado, casi perfectos. Y cuando la muñeca terminó de tocar los últimos acordes de la pieza, todos en la sala estallaron en aplausos. Akon le presionó el hombro dos veces y Byakuya se levantó y se inclinó algunas veces como seña de agradecimiento.
Ran, quien estaba un poco aburrido, vio de reojo a su amigo. Sonrió un poco al ver la cara de atontado que Rukio tenía.
— ¡Ey, despierta! —le dijo el más alto al hombrecito, chasqueando los dedos de la mano derecha enfrente de su rostro.
El hombre pelinegro parpadeó confundido y le dirigió a su amigo una sonrisa de disculpa.
— Dame los lentes, Rukio —pidió Ran—. Creo que te están haciendo mal…
— Claro que no, amigo —rebatió Rukio—. He podido ver la verdadera esencia y belleza de Byakuya, y es absolutamente intrigante.
Ran soltó una risa y negó con la cabeza, ya que siempre le tocaba lidiar con el lado analítico de su amigo cada vez que una chica lo impresionaba.
— Y ahora mis amigos —habló Akon, una vez que los aplausos cesaron—, mi creación interpretará la famosa Sonata en Do Menor de Beethoven, también conocida como Claro de Luna —y volvió a presionar un punto en su hombro, con lo cual la muñeca se sentó, y presionó otro punto en su cabeza, y Byakuya levantó las manos para continuar tocando.
Por el lapso de unos veinte minutos, el salón se llenó con los sonidos del piano. Primero un tranquilo momento donde las notas figuraban una escena nocturna y pacífica a la orilla de un lago. Después un movimiento más ágil, como si unas ranas hubieran llegado a la escena. Y luego, la parte final en donde llega una tormenta, que vuelve las aguas del lago agitadas y furiosas.
Y mientras Byakuya tocaba, el público sólo podía admirar su habilidad, casi tan perfecta como un concertista de piano humano. Ran cabeceaba un poco, pues esa melodía siempre lo ponía somnoliento, pero Rukio no quitaba sus ojos de la muñeca. Para el hombre pelinegro, esa muñeca se estaba ganando poco a poco su respeto y admiración.
Cuando la autómata tocó el último acorde de la sonata, la multitud volvió a aplaudir. Akon le presionó un punto en el hombro, con lo cual Byakuya se levantó y se inclinó algunas veces para agradecer.
— Eso fue una pequeña muestra, damas y caballeros, de lo que es capaz de hacer mi creación —dijo el hombre de amplia frente—. Ahora, podemos relajarnos un poco en lo que viene la comida.
Y los invitados se dispersaron un poco, mientras que Rukio y Ran veían que Hiyosu traía un gramófono y uno de los sirvientes, la rubia de mala cara, unos cuantos discos. El sirviente colocó el aparato cerca del piano y la mujer le puso uno de los acetatos y lo accionó.
La música era un vals, bastante alegre y tranquilo. Esto hizo que el público despejara un espacio alrededor del piano como pista de baile, y unas cuantas personas se animaran a bailar.
Ran se acercó a unas chicas de su misma edad, invitándolas a bailar. Una de ellas, una morena de azules ojos, aceptó. Él le sonrió y volteó hacia su derecha para ver a Rukio, el cual estaba sentado en una silla del fondo. E inmediatamente se acercó a él, con la joven prendida de su brazo derecho.
— ¿Por qué no sacas a una de las señoritas a bailar, eh? —preguntó el hombre de pelo naranja.
— Sabes que no se bailar —contestó su amigo.
— Entonces ven conmigo —dijo Ran, y se dirigió hacia la joven con una sonrisa—. Disculpa linda, debo ayudar a mi amigo.
La mujercita sólo hizo un además y tomó asiento. Ran encaminó a Rukio hasta Byakuya. El hombrecito tuvo la sensación, gracias a las gafas, de que la muñeca le dirigía una severa mirada.
— Pídele que baile contigo —sugirió el hombre de pelo naranja—. No creo que se burle de tu inexperiencia
Rukio se acercó a Byakuya: — ¿Me permite esta pieza, señorita? —preguntó, extendiendo su mano derecha. Sin embargo, la muñeca permaneció inmutable—. Bueno, con su permiso —agregó, indiferente. E hizo un leve contacto con la fría mano.
Esto hizo que la muñeca se inclinara hacia adelante, y el hombre pelinegro le dedicó una mirada de sorpresa y, para sorpresa de todos los presentes, la sacó de su base, con la ayuda de su amigo, y se dirigió a la pista.
Akon notó esta acción y se asustó mucho, pues ambos hombres la bajaron con algo de brusquedad, pero se tranquilizó cuando vio que Rukio la conducía con delicadeza, como si estuviera tratando a una dama. Entonces pudo percibir que el hombre bajo y pelinegro tenía puestas unas gafas, las cuales reconoció al instante, y sonrió.
Ran, junto con su compañera de baile, estaba ayudando a Rukio a moverse al ritmo del vals. El hombre de pelo naranja le indicaba cómo moverse, así como la longitud de cada paso según los tiempos de la música y que se relajara pues el más bajo estaba muy tieso debido a la pena. El pelinegro, poco a poco, imitaba a su amigo, hasta que llegó un momento en el cual perdió la vergüenza y pudo moverse fluidamente con la muñeca.
Byakuya, al sentir las vibraciones de los pies de su pareja, intentó hacer lo mismo, y comenzó a moverse un poco lenta, pero conforme Rukio se animaba el mecanismo se aceleraba más y más, pese al andante ritmo de la música. Y llegó un momento en el cual Byakuya se descontroló por los rápidos pasos que daba y fue a dar al suelo, pero las rápidas manos de su pareja la salvaron de lo que seguramente iba a ser un impacto muy dañino.
— Cielos, lo siento mucho —se disculpó Rukio. Tenía a Byakuya sujeta por la cintura con la mano derecha y la otra sosteniendo una de las manos de la muñeca—. No sabía que te encantaba bailar, debo decir que tu aspecto es bastante engañoso. Debí preguntarte antes —y la colocó en su base, para poder admirarla unos segundos más.
Byakuya, gracias a la presión que recibía de su mano, sólo asentía ante las palabras de Rukio.
Akon vio bastante horrorizado la escena, pero se calmó cuando el joven pelinegro la salvó. Ran, en cambio, sonreía por la educación que le demostraba su amigo a la muñeca, pero su sonrisa se borró al oír al resto del público decir cosas hostiles hacia Rukio.
El sirviente más alto salió de la cocina, se acercó a Akon, le murmuró algo y se retiró. El hombre de amplia frente sonrió muy complacido y se aclaró la garganta sonoramente.
— Amigos, la comida está lista —anunció el científico—. Algo de sushi especialmente para este día. Pasen a la cocina por su plato por favor —y se retiró, rumbo a la cocina para seguramente coordinar el servicio.
Los invitados fueron caminando a la cocina, y esta vez Rukio y Ran fueron de los primeros en llegar, pues el hambre los atenazaba desde que llegaron. Poco a poco, cada uno iba ingresando a la cocina por una porción. Y entonces, la puerta principal se abrió de golpe, dejando ver a un enfurecido Mayuri que agitaba violentamente un pedazo de papel.
— ¡AKON! —bramó el hombre de pelo azul, asustando a todos en la sala— ¡ME ESTAFASTE! ¡El maldito cheque no tiene fondos! ¡Estás quebrado, desgraciado!
El hombre de amplia frente salió de la cocina, bastante asustado: — Pero, pero, si hace dos días tenía mis cuentas claras —dijo—. Si gustas podemos ir a…
— ¡No, no, no y no! —replicó Mayuri—. Esta es la tercera vez, Akon. Y ahora yo te denunciaré ante el general Anami. Pero antes, me complacerá mucho lo que voy a hacer.
Mayuri se dirigió hacia donde estaba Byakuya, y de su gabardina sacó un martillo grande, como de unos cuatro kilos. Akon también caminó detrás de su colega, e intentó quitarle la herramienta, prendiéndose de su mano. Mayuri intentó sacudirse al hombre de amplia frente, pero no le resultó.
Los sirvientes también intentaron frenar al hombre de pelo azul, pues Hiyosu se le fue encima, el hombre alto lo sujeto del pecho, la pelirroja de una pierna y la rubia de la otra mano. Sin embargo, la ira de Mayuri parecía sobrenatural, pues logró zafarse de Akon y la mujer rubia, y seguía caminando hacia Byakuya. Fue entonces cuando Hiyosu le tapó los ojos, logrando detener su avance por escasos centímetros, pero el científico de pelo azul comenzó a retorcerse como si fuera una serpiente, logrando así avanzar un poco. Y en el forcejeo una de las manos de Mayuri aferró el kimono de Byakuya y le dio un fuerte tirón, provocando que la muñeca se estrellara en el suelo y se rompiera el brazo izquierdo.
El público quedó helado, y Akon y sus sirvientes se desprendieron de Mayuri, quien al verse en total libertad, enarboló el martillo y lo descargó contra Byakuya un sinfín de veces.
Rukio y Ran salieron de la cocina al notar el perturbador silencio y los constantes martilleos. Con bastante asombro, pudieron ver el trágico espectáculo. Ran observaba como un trabajo de lo que parecían años se esfumaba en pocos segundos. Pero el más trastornado era Rukio, pues gracias a los anteojos veía una realidad muy sangrienta.
Y cuando el desastre terminó, el hombre bajo y pelinegro, blanco como el papel, se acercó hacia la destrozada muñeca. Aguantándose las náuseas, se agachó y la contempló.
— ¿Byakuya? —cuestionó Rukio, quitándose las gafas y tomando uno de los ojos rotos de la muñeca— ¿Qué acaso no era real?
El público presente comenzó a estallar en carcajadas por la ingenuidad de Rukio. Akon se puso bastante pálido y Mayuri sonrió, mostrando sus dientes amarillos.
— Era sólo una muñeca amigo —dijo Ran, quien se había acercado al hombre pelinegro y le dio unas palmaditas en la espalda—. ¿Esperabas que alguien sin sentimientos se ganara tu admiración?
Rukio miró a su amigo con mucho dolor, se enderezó y salió del edificio, con la frustración a tope. Ran lo siguió, mientras que los invitados de Akon no paraban de reírse y el científico de amplia frente se tiraba de la cabellera, gritando que pronto su destino quedaría sellado, como el de la destrozada muñeca.
Notas del autor:
*Hola. Aquí reportándome con el segundo capítulo de esta historia.
*Recuerden que sus comentarios y opiniones son siempre bienvenidos
Gracias por leer
