Tema 11:Caramelo

Yamato es esa figura larga y esbelta que da vueltas delante del edificio, con la bolsa de caramelos en la mano, de vez en cuando probando vecinos se preguntan si trama algo, pero en general pierden el interés: poco más o menos que una colegiala, en una zona en la que abundan por excelencia de flipers y karaokes.

A veces practica el canto sacro y la acompañan los gorriones, con sus trinos, mientras que se arregla la bufanda ajustada al cuello. Hace tiempo, porque en el edificio abandonado que ocuparon, Kouya a penas y está despertando.

Yamato lo sabe y se adentra en las escaleras caracol-metal-oxidado por las cuales se las ha arreglado para bajar horas antes, sólo desgarrándose una de sus medias azules, viejas y traslúcidas.

Se adelantó demasiado rápido para consumir el camino de los escalones y le faltó el aire en un momento. Desde el escape, estaba débil y alimentarse principalmente de azúcar no remediaba sus problemas alimenticios. Pero ahora que vivían solas quería hacer lo que le placiera y comer únicamente dulces de fresa y melón era su capricho de la semana que llevaban en la ciudad.

En una ventana rota podía ver su reflejo: ojos desesperados, color agua sucia y cabello como miel espesa. Era delgada, lánguida y esclerótica: a menudo pensaba que le faltaba relinchar para parecer un caballo, pero era tan orgullosa que hinchaba el pecho y con eso creía espantar cualquier duda de su inmensa belleza. Lo peor es que todo para aquellos que simpatizaban con ella o le tenían al menos cierta dosis de afecto.

La puerta era de metal y no estaba trabada más que por un par de cajas del otro lado. Kouya le había dicho que era la habitación más cálida (parecía haber sido en su momento, parte del depósito de una panadería) y después de un par de peleas suaves, convinieron en permanecer ahí un que fuera necesario. No fue difícil pasar, volteando un par de empaques que luego regresó a su "Hey Jude", que acababa de escuchar en el ring tone de una chica de grandes senos que pasaba a la escuela y se sacaba los guantes verdes que le tejió Kouya la Navidad pasada, que tuvieron la suerte de consumar en la casa de veraneo de su Maestra Nagisa.

-Vi una patrulla afuera, hace media hora.-Declaró de repente, ese bulto sombrío en un rincón de la habitación, cubierto con mantas grises hasta la cabeza, que debía ser puros rizos desordenados, oscuros y embebidos en sudor. Resulta que sólo fingía dormir. Yamato se rió. No estaba dispuesta a ceder su optimismo tan fácilmente.

-Hubo un homicidio a pocas calles y están por todos lados, no sólo aquí.-Se desenredó del cuello la bufanda y dejó su abrigo sobre una silla de tres patas, antes de tomar asiento en el suelo, sobre una alfombra gastada.-Mujeres policías, con ajustados uniformes al pecho. Eso es muy sexy.-Suspiró, tendiéndose, soñadora, en gran medida sabiendo que Kouya se sonrojaría primero y luego el enfado le recorrería el cuerpo delgado, haciendo que se levantara de repente, poseída por la verguenza. Sucedió.

-¡No puedes saberlo todo!-Gritó con un hilo de voz quebradizo. De seguro en la distancia, ocultaba un pico de fiebre. La noche anterior había sido particularmente caliente. Incluso le preguntó si no quería que durmieran separadas. Mejor dejar de lado la escena triple equis que aconteció a esa absurda petición. Un poco de masturbación mutua borra cualquier ápice de sensatez. Yamato miró a Kouya como si llevara tiempo sin verle. Se encantó con su expresión arisca. Se deleitó con su cabello erizado y sus labios resecos. Deseó los senos pequeños y delicados, temblorosos como flanes debajo de su jersey blanco, tirando ahora a beige por los dos días que llevaba encerrada, obligándose a dormir, pretextando pereza y agorafobia.

Kouya Sakagami ni siquiera sabía cuán tentadora podía resultar. Lo sospechaba con verle recorriéndole con la mirada, era así como le evitaba, si sus orejas fueran de Nakano se divertía de sólo pensar en las posibilidades que les esperaban a lo largo de todo el viaje. Las veces en las que harían el amor en baños públicos, saunas, termas, el suelo lleno de espinas en la hierba, ahora mismo en la loza fría, entre las cajas de galletas rancias, cuando la pequeña cama no alcanzara para soportar el cuerpo en movimiento de ambas. Se puso de pie y acortó la distancia como si sus piernas fuesen una brisa cálida, recorriendo el salón, silenciosa y perversa, siguiendo un ritmo indómito, que latía bajo su piel, con la húmeda excitación entre sus piernas.

-Sé que te gusta que tengamos más tiempo para nosotras.-Respiró el aliento, repentinamente acelerado, soplando contra sus mejillas, de Kouya. Se estaba inclinando sobre ella, las manos sobre las rodillas, ahora desnudas, desprovistas de los jeans holgados y la frazada azul que las ocultara durante el día. Sus muslos estaban pincelados con vello corporal, casi invisible, a menos que deslizaras los dedos por encima de su piel temblorosa. Súbitamente, tomó sus muñecas y las aprisionó contra su espalda. Yamato pesaba cinco kilos menos que Kouya, pero su masa corporal era una pesa aceptable. Cuando comenzó a besar su cuello, aspirando su perfume natural, el sudor y las lágrimas que hubieran lamido cada superficie cálida, oyó su protesta, casi un gemido contra su oído.

-Cállate.Sólo cállate.-Y bésame.Y tócame.Pero era demasiado orgullosa para decirlo en voz alta, como rezaban sus mejillas rojas, su falta de lo sabía. Por eso obedecía al mandato buena haciéndolo. Como si siempre hubieran sido parte de un mismo rompecabezas. Al estar así de cerca, todo cobraba sentido. Sólo había que unirse, tanto como fuese posible. En realidad, era terriblemente fácil. No entendía las inseguridades de Kouya. Pero muchas veces se contagiaba de ellas. Así era como podían llevar varios minutos contemplándose, rojas, ardiendo de ansiedad, temblando por la cercanía.