II. Jugando con fuego

La posada en cuestión es muy sencilla. Es una casa oriental que se asemeja mucho a los famosos ryokan, pero cuyas dimensiones son menores en comparación. Apenas tiene ocho habitaciones, las suficientes para albergar a los pasajeros que aceptaron el hospedaje y uno que otro individuo que ya se encontraba ahí. La dueña de la posada los recibe en la puerta amablemente, invitándolos a pasar.

Izuku suspira. Espera que le den una habitación lo más alejada posible de la de Katsuki. Mientras espera que le tomen sus datos, se vuelve a su equipaje.

Entonces se percata de que no lleva el neceser con el que inició su viaje. Debió haberlo olvidado en la rejilla del tren. De pronto sus piernas ya no soportan el peso de su angustia. Se mantiene de pie por puro orgullo, pero no puede controlar el nerviosismo que se enmaraña en torno a su cuerpo. El ama de llaves se acerca a él para preguntarle sus datos.

―Midoriya Izuku ―contesta, con la garganta seca.

Izuku observa a Katsuki, quien está revisando su celular. ¿De verdad las cosas podían ir peor? La señora le pide que siga a la muchacha que espera en el pasillo. Izuku intenta devolverle la sonrisa amable a la dueña, pero lo único que piensa es en la manera de evitar a Bakugou durante la noche, porque los ciclos suelen comenzar durante las madrugadas.

Mientras Midoriya se aleja por el pasillo, Katsuki nota las oleadas amargas que emanan de él. Le incomodan sobremanera, pero permanece en silencio, observándolo hasta que desaparece tras un recoveco. Chasquea la lengua.

La habitación es de piso de tatami y pequeña, para desgracia de Izuku. Apenas cuenta con un escaso mobiliario compuesto por una mesita, un hervidor de agua y un ventilador. La ventana corrediza no augura una mejor ventilación. La señorita hace una breve reverencia y anuncia que servirán la cena alrededor de las nueve, pero que, por cuestiones de espacio, ellos acostumbran a hacerlo en una sala común. Sin más, sale y él se deja caer en el suelo, completamente rendido. Lo único que quiere hacer es dormir.

Se siente muy solo sin Todoroki. Desde hace dos semanas que su novio está en Los Ángeles por cuestiones de trabajo. No quiere llamarlo, porque sabe que Todoroki no dudaría ni un segundo antes de tomar el siguiente vuelo de regreso y dejar botado a su padre a mitad de lo que sea que estén haciendo. Si bien la relación de Enji y Shouto ha mejorado con los años, lo último que Izuku quiere es provocar una discusión que saque a la luz las asperezas que tanto tiempo les ha costado limar. Lo mejor que puede hacer como su pareja es no molestarlo con un problema que él mismo causó (debió haber tomado el estúpido shinkansen), sobreponerse y esperarlo en Matsumoto.

Con dicha resolución en mente, Izuku decide buscar una farmacia para comprar una nueva caja de supresores. Justo cuando empieza a calzar en el gekkan, la voz de Katsuki lo detiene.

―¿A dónde vas?

―A tomar un paseo ―contesta Izuku, sin dubitaciones.

Katsuki alza una ceja, notando resquicios de la intranquilidad que el omega manifestara antes. Parece que va a decir algo más, pero se yergue con toda su altura y se cruza de brazos.

―Haz lo que quieras.

Y se va. Izuku espera a que se pierda en una de las habitaciones para salir.

Dos horas después, con la noche pisándoles los talones, la búsqueda ha sido infructuosa. Debido a que cada omega necesita una cantidad de hormonas diferente según el peso, la edad, altura e incluso antecedentes médicos, todos los farmacéuticos se han reusado a venderle supresores sin receta médica. Izuku se detiene un momento para revisar su teléfono. Según indica Google Maps, aún queda una última farmacia que visitar, por lo que no pierde esperanza.

La farmacia es un establecimiento pequeño, de madera, que debió haber sido la botica de la ciudad hace décadas. Izuku inspira fuerte antes de entrar, porque después de esto sólo quedan las medidas desesperadas. El farmacéutico es un anciano bonachón que se compadece de él después de escuchar su explicación y accede a venderle una caja de supresores; no obstante, tras rebuscar por un de minutos, se percata de que ya no tiene en existencia la dosis que utiliza Izuku.

―No puedo darte una dosis mayor, pero puedo darte veinte miligramos ―dice el farmacéutico.

―Está bien. Es mejor que nada ―agradece con una sonrisa Izuku.

El anciano escanea el producto, suena la máquina registradora y Midoriya paga.

―Muchacho ―lo detiene el anciano antes de que salga ―. No sé si será efectiva la cantidad en esta canícula. Oí lo del tren. Lo mejor sería que te quedaras unos días, es peligroso para ti viajar así. Hay un hospital que podría recibirte, si no tienes a nadie que te acompañe…

―Estaré bien ―dice Izuku, conmovido. Aprieta contra su pecho la pequeña bolsa en la que lleva los supresores ―. Yo… tengo un amigo.

―Puedes regresar aquí, si gustas. Te ayudaré.

―Muchas gracias, señor ―se despide y sale a la noche que esperaba fresca, pero resulta cálida.

O sea que, en otras palabras, la canícula puede anular el efecto de los supresores si las feromonas de algún alfa son lo suficientemente fuertes para inducir su ciclo. Izuku no sabe si tomar la medida desesperada de acudir a un hospital privado y que de igual manera llamen a Shouto o si confiar en los supresores. Sus años como usuario de la pastilla han hecho que su ciclo se presente cada seis meses, tres días. No es tanto tiempo; si se mantiene comiendo cosas frías para no acalorarse y llamar la atención con sus propias feromonas, debería estar bien. Aún hay probabilidades de que funcione.

Cuando regresa a la posada, son exactamente las nueve de la noche. Justo a tiempo para la cena. Tan pronto como ponen un pie en la sala común donde se sirve, siente la mirada penetrante de Bakugou y de otro alfa, a quien no había notado antes de ese momento. Ellos han sentido su aroma tan pronto ingresó al lugar. El alfa desconocido lo examina de pies a cabeza, sin aparente interés y luego vuelve la mirada a su cena. En los ojos amenazantes de Katsuki se adivina: retrocede, Deku.

Izuku se paraliza unos instantes, reconociendo el peligro a su alrededor. Gira sobre sus talones y vuelve por donde había venido. Hay remanentes de sudor en su ropa por la prolongada caminata. Lo mejor sería tomar una ducha refrescante e ir a la cama sin molestar a nadie. Puede soportar el hambre. Los seres humanos pueden vivir hasta un mes sin alimentos.

Así, Izuku toma una ducha y se perfuma con aceites corporales para disimular su aroma natural. Ya en su habitación, antes de dejarse caer en el futón que ya ha sido desenrollado, toma el supresor, rogando que funcione lo suficiente como para poder tolerar el ciclo sin perder la cabeza. Debe mantener la calma en un lugar donde hay dos alfas que parecieran tener un excelente olfato. Justo cuando está a punto de acomodarse en el futón, la puerta corrediza se abre súbitamente. Izuku se sobresalta.

Bakugou no hace amago de entrar. Se limita a sondear minuciosamente la habitación y al joven omega. Parece que hay algo que le molesta, mas de sus labios no sale palabra. Le lanza a Izuku un meronpan y una lata de té, ambos productos comprados en la máquina expendedora ubicada a unos pasos de las afueras de la posada.

―Come y duérmete, estúpido nerd.

Luego cierra de golpe la puerta y Midoriya escucha sus pasos alejarse. No termina de comprender qué acaba de suceder, pero su estómago ruge para reclamar. Come tranquilamente, sale a cepillarse los dientes, vuelve, viste la yukata que le ofrecen en la posada y se prepara para un merecido descanso.


.

Izuku conoció por casualidad a Shouto.

O quizás no. Izuku ya había visto a Shouto caminar en los pasillos de su universidad. A pesar de gozar de una popularidad increíble, Izuku se lo topaba con asiduidad en la biblioteca, donde ambos permanecían durante sus horas libres. También lo veía caminando, con la misma soledad, por el área verde de su enorme campus.

Otras ocasiones estaba acompañado de los amigos de su entonces novia, una joven omega encantadora, amable y listísima. Izuku la conocía bien porque ella también estudiaba Medicina y tomaban algunas clases juntos. Recuerda que usualmente formaba equipo con ella, pues existía entre ellos la complicidad de su género, en un secreto orgullo por saberse omegas competentes en un ámbito dominado por alfas. En alguna ocasión ella lo invitó al karaoke y fue la única ocasión donde Izuku platicó con Shouto, quien también había asistido esa noche.

Aunque a Izuku no le quitaba el sueño saber que Shouto pasaba más tiempo solo que con su novia ―con la que parecía llevarse muy bien ―a veces, cuando se daba un pequeño descanso entre sus lecturas, se quedaba observándolo pasar las páginas de sus libros relacionados con Dirección Financiera. Tenía la corazonada de que no es que fuese de naturaleza solitaria, sino que intentaba encontrar su verdadero lugar en el mundo.

Aunque Shouto tenía buenas razones para ser popular por sí mismo―apuesto, talentoso e hijo de una familia acaudalada ―, lo cierto era que, tristemente, una parte de su fama provenía de habladurías en torno a su disfuncional familia. En voz baja, en cuchicheos, se decía que la quemadura de su rostro había sido provocada por su madre y que poco después de eso, su padre, la había internado en un psiquiátrico y luego se había separado de ella; que Shouto, en realidad, sólo era el fruto de la obsesión de su padre por tener un hijo alfa. Incluso se oían cosas disparatadas como que su hermano mayor había huido de casa y formaba parte de una famosa banda de yakuzas.

Izuku nunca se propuso indagar más allá de lo que algunos de sus compañeros comentaban, pero desde que empezaron a coincidir en la biblioteca, decidió sentarse en la misma mesa que él. Para un alfa, estar cerca de un omega que posea un aroma agradable para él, es relajante. Afortunadamente, el aroma de Izuku fue del agrado de Shouto, porque, al sentarse juntos, las manos de éste dejaron de crisparse. Se hizo un hábito que estudiaran en la misma mesa, la que se perdía en medio de los estantes. Nunca intentaron cortejarse; más bien era como un acuerdo silencioso que Shouto agradeció profundamente. A veces, incluso, Izuku endulzaba un poco su aroma cuando veía a su compañero más tenso de lo normal.

Se saludaban por pura cortesía, a veces de pronto comentaban sobre el clima y se preguntaban la hora. Nunca tuvieron una conversación apropiada, excepto aquella noche del karaoke y cuando la graduación estaba cerca, dejaron de verse.

Con el tiempo, Izuku olvidó el asunto. Él sólo quería ayudar al joven alfa que a veces parecía tener los hombros resquebrajados de tanto soportar.

Unos años después, volvieron a encontrarse.

Izuku siempre cuenta la historia con la misma emoción y la misma sonrisa, porque le parece de película romántica. Resulta que un muy buen día, Shouto llegó corriendo al hospital donde laboraba Izuku, con su sobrina de seis meses en brazos, al borde de una crisis emocional porque la niña había empezado a llorar de tal forma que su rostro empezaba a adquirir una coloración violácea y su respiración a ser errática. Como Shouto siempre había sido atendido en hospitales privados, por médicos selectos, no tenía idea de cómo era el procedimiento en uno general, así que en vez de pedir atención en la recepción, se precipitó a la sala de pediatría y abrió la primera puerta que encontró, donde, por supuesto, estaba Izuku haciendo papeleo.

―¡Ayúdeme, por favor, mi sobrina no está respirando! ―gritó, temblando, con la niña a punto de desmayarse.

Izuku se incorporó de golpe, alarmado, y acogió a la niña en brazos. Llamó a una enfermera a gritos y colocó a la bebé en la mesa de exploración. Tras un vistazo rápido, Izuku empezó a reír.

―¿¡Por qué se está riendo!? ¡Esto es serio! ―exclamó Shouto.

El joven pediatra, aún riendo, acunó de nuevo a la niña en sus brazos y en un dos por tres, ésta detuvo su llanto y empezó a dormitar. La enfermera, que por poco se precipita contra el escritorio por la velocidad con la que llegó, comprendió rápidamente la situación y negó con suavidad la cabeza.

―Su niña está bien, señor ―le dijo Izuku, sonriendo ―. Es sólo un berrinche.

―¿P-perdón? ―Shouto balbuceó, pálido por la conmoción.

―¿Qué tal si se sienta y le explico tranquilamente? Akemi -san, ¿puedo pedirle que me traiga una bebida azucarada de la máquina expendedora? Parece que el señor tiene la presión baja.

La enfermera, entre divertida y molesta, asintió. Tomó a la niña de los brazos del pediatra, la meció un par de veces y la acostó en la cuna que estaba en el consultorio. Luego, salió. Izuku le hizo un gesto a Shouto para que se sentara en la silla delante de su escritorio.

―Su niña sólo estaba haciendo una rabieta. Lo conocemos como espasmo de sollozo o privación, un estado donde el niño llora con tanta fuerza que deja de respirar; sin embargo, no es algo grave o relacionado con la epilepsia, sino una forma a través de la cual el bebé quiere llamar la atención.

―¿Es en serio?

―Algunos niños son más problemáticos que otros.

Shouto se derrumbó en la silla, bebiendo el zumo de naranja que acababa de traerle la enfermera. Explicó que su hermana había dejado a su hija a su cuidado un par de minutos en lo que ella regresaba por un juguete olvidado en un restaurante. Fu entonces que, súbitamente, la niña empezó a llorar. Shouto intentó calmarla, pero la situación empeoró y terminó corriendo tres calles para llegar al hospital.

―Probablemente la falta del juguete haya sido la causa de la privación ―lo confortó Izuku.

―Perdóneme, sensei, no soy bueno con los niños.

―Está bien, Todoroki-kun. No pasa nada.

Shouto levantó la cabeza, sorprendido. Debido a todo el alboroto, ni siquiera había reconocido a quien se había sentado durante casi un año frente a él en la biblioteca. Esbozó una sonrisa cálida, una que Izuku nunca había visto y que lo rindió completamente.

Antes de que Shouto se marchara, tras rellenar formularios y reverenciarse muchas veces, le preguntó a Izuku si quería tomarse un café a su hora de salida. Por supuesto que aceptó.

Y así fue que empezaron a salir.

Tenían tres años de relación y uno de vivir juntos. La historia de cómo se conocieron y cómo se reencontraron tenía algo de mágico que, a juicio de Izuku, debía ser obra del destino. En algún punto, en algún momento desconocido, cuando el ADN estaba dispuesto en la mesa, alguien o algo había errado e Izuku había terminado con la persona equivocada, biológicamente hablando. Un día, incluso, accedió a que una de esas charlatanas le leyera la mano, porque su relación con Shouto marchaba tan bien que la idea de que no fuese su alfa le consternaba profundamente. La supuesta pitonisa, cuyos movimientos siempre iban acompañados del sonido de sus abalorios, le dijo que la respuesta que buscaba era difícil pero cierta porque la Naturaleza era sabia.

Izuku salió del lugar, sin realmente saber si había sido estafado o no, porque, a pesar de que la respuesta era obscura, tenía algo de poético que hacía que los yenes gastados no fuesen una total pérdida. Quizás estábamos condenados a siempre olvidar la respuesta dada para continuar buscándonos en esta vida, para recuperar la armonía que, supuestamente, teníamos al principio de los tiempos.

Quizás era una prueba, quizás su amor era contrariado, de esos que aparentan ser imposibles durante mucho tiempo, pero al final, con paciencia y dedicación, son los que se quedan para siempre. El amor iba más allá de lo corporal, de si eran compatibles para procrear a los más fuertes de la especie; si la Naturaleza les había negado el capricho de quererse, entonces iban a amarse a la fuerza, porque ya había quedado claro que ese encuentro tenía un no sé qué que los hacía esforzarse por demostrar que la biología no tiene por qué determinar quién es para quién. Se esforzaron para comprender, aceptar y amar las manías, costumbres y rutinas del otro; para ser capaces de olvidar a momentos el orgullo durante las discusiones. Aprendieron a dividirse las tareas del hogar que su ama de llaves no realizaba y a ser considerados con su pareja, especialmente cuando los dos eran personas tan ocupadas. Convirtieron su apartamento en un refugio del ajetreo diario, incluso esos domingos cuando su refrigerador estaba vacío y los platos sin lavar en el fregadero. Despertaban todos los días juntos a las seis treinta de la mañana y se acostaban entre risillas y pláticas a las once.

Las últimas semanas habían hablado sobre la posibilidad de establecerse en un nuevo lugar y empezar una vida como matrimonio. Ambos querían niños, aún no sabían la cantidad, pero estaban seguros de que al menos serían dos. Era una vida que sólo quería al lado de Shouto e Izuku estaba seguro que Shouto pensaba lo mismo. Lo sentía cuando lo veía llegar por las noches, agotado por el trabajo, pero siempre dispuesto a sonreírle, a preguntarle por su día y escucharlo apropiadamente. Lo sentía en esos pequeños detalles, en esos besos chiquitos que le daba detrás del lóbulo y en la forma en cómo seguía preocupándose en la cama por su bienestar a pesar de que llevan años de convivencia sexual.

El único problema es la mentira que Izuku ha sostenido todos estos años.

Después de seis meses saliendo, Shouto le confesó a Midoriya que ya había conocido a su omega, pero que, tristemente éste había fallecido en un terrible accidente cuando él tenía quince años. Nunca entró en detalles, porque también para un alfa es difícil romper un vínculo, especialmente cuando enviudan. Dijo que estaba asustado porque, al menos hasta el instante en que regresó Izuku a su vida, ya se había hecho a la idea de que no encontraría alguien para él desde que su relación con Yaoyorozu fracasó y las dos siguientes a esa.

―Pensé que no volvería a ser así de feliz, Midoriya, pero, ¿qué va a ser de nosotros si encuentras a tu alfa?

Midoriya recuerda que esbozó una sonrisa triste, tomó la mano de Shouto entre las suyas y dijo, con genuina aflicción, que también su alfa estaba muerto. No era una mentira, si lo pensaba figurativamente.

Entonces concluyeron que definitivamente valía la pena olvidar esa estupidez que su anatomía había impuesto y desde entonces llevaban cuatro años de prosperidad.

En retrospectiva, no es un gran problema. Izuku sabía que Bakugou reside en los Estados Unidos y dudaba que alguna vez se toparan de nuevo. Tal vez hubiese sido mejor explicarle toda la historia a Shouto, mas Izuku no sabe qué lo impulsó a mentir sin haber hecho su usual análisis de daños. Los días siguientes no se atrevió a desvelar su mentira y, conforme pasó el tiempo, Izuku fue olvidando que alguna vez mintió sobre Bakugou.

Claro, hasta ese momento, donde no existía un punto medio y el desenlace debía ser triunfante o fatídico. Y, el cauce que las cosas estaban tomando definitivamente apuntaba a lo segundo.

Logró dormir dos horas plácidamente, pero la noche cálida lo despertó. Ha estado dando vueltas en el futón desde entonces, sintiendo que el aire del ventilador no es suficiente. En la habitación reducida, a pesar de tener la ventana abierta, se ha viciado el aire. El problema no es que empiece a sentir la ligera humedad de la transpiración, sino que el aroma de Bakugou le llega con gran precisión e ímpetu. Probablemente esté en una habitación tan pequeña como la suya, soportando menos que él. Distingue perfectamente la fragancia que no se asocia a algo específico. Izuku ha dicho que para él, Kacchan es el estío, porque los aromas que sobrevolaban el pequeño campo donde a veces vacacionaban juntos en verano, son los que exhala Katsuki. Es un aroma que irremediablemente le recuerda a la seguridad que sentía a su lado y, al mismo tiempo, a la tristeza de recordar que un día Katsuki decidió irse para siempre.

Sentirlo tan cerca, después de tantos años, le provoca una nostalgia insufrible. Quisiera, en sus más oscuros deseos, acercarse a su habitación y descubrir si de verdad Katsuki iba a esclavizarlo a la sensación para siempre. El calor de la habitación apremia y la esencia de él lo marea. Empieza a desanudar el sencillo moño con el que ató su yukata. Siente que el bochorno lo agobia, así que lo más lógico sería deshacerse de las prendas que acrecientan su malestar. Le gustaría saber cómo se sienten las manos toscas de Bakugou sobre su cuerpo. Es tan fácil como llamarlo…

Es tan fácil como dejar su propio aroma fluir libremente, atrayéndolo, porque sabe perfectamente que a estas alturas no hay forma de que Katsuki se rehúse nuevamente. No podría, si Izuku está a merced suya, semidesnudo, con la imaginación saturada de pensamientos salvajes, insaciable. Su cuerpo se relaja de tal forma que no podría oponer resistencia si alguien cruzara la puerta, aunque tampoco tiene intenciones de hacerlo.

Izuku se queda contemplando el techo casi por una hora, sintiéndose en las nubes, recreando en su cabeza una y otra vez la escena de lo que sería tener a Bakugou sobre él. Sin embargo, el fulgor de lucidez que queda en su cerebro le indica que debe mantener su aroma suave, para no alertar a nadie en la posada.

Los ciclos que no han sido medicados siempre comienzan con una excitación que se puede mantener bajo control y que, para los omegas que ya conocen los síntomas, es el momento de resguardarse, de llamar a su pareja o de tomar la medicación de emergencia ante de que la situación se salga de sus manos. Han existido ocasiones en que Izuku, aun tomando los supresores, se ha sentido así por una o dos horas ―en las que se encierra en su consultorio si es que coincide con sus horas de trabajo ―, sin que pase a mayores. Tras ese lapso, la sensación se difumina y puede seguir trabajando sin ningún problema. Por eso Izuku simplemente se deja llevar, porque piensa que en cualquier momento los supresores harán efecto.

No obstante, lo cierto es que el aroma de Katsuki no le da tregua, azuzando su imaginación y sus nervios. No dura mucho ese dulce estado de excitación.

Alrededor de las dos y media de la mañana, completamente empapado por la esencia de Bakugou, Izuku advierte la humedad que escurre entre sus piernas. Ya no hay vuelta atrás y, aunque su mente estalla en alarmas de pánico, su cuerpo empieza a producir el perfume dulzón de un omega en ciclo, uno que no puede regular y que llama la atención de todo alfa en un radio de tres kilómetros. No pasará mucho antes de que pierda el control de sí mismo. Siente el cuerpo afiebrado y la mente comienza a llenársele de ansias imperiosas.

Tiembla. Palpita su vientre bajo. Respira pedregosamente. No puede decir palabra sin que la voz se le quiebre en gemidos anhelantes, y, sin embargo, podría gritar desde la profundidad de sus entrañas. Quien sea, por favor, atraviese esa puerta. Ahora tiene los muslos impregnados de un líquido viscoso cuyo olor fuerte y seductor pervierte el aire, listo para apresar a la polilla atraída. Izuku resiste, rasguñándose los antebrazos para mantener la cordura. Cuando intenta tocarse a sí mismo para aliviar un poco su necesidad, enseguida lo ataca un sentimiento extraño, que le impide la satisfacción. Tiene ganas de llorar. No va a soportar tres días así. ¿Debería llamar a Shouto?

Su oído capta un par de ruidos sordos. No puede identificarlos porque tiene los sentidos embotados, cual efecto narcótico. Parecieran golpes, como si dos personas se hubiesen enzarzado en una riña breve. Justo después, el aroma de Katsuki se intensifica, imponiéndose en todo el ámbito; es la manera en que un alfa se proclama como líder.

Luego, la puerta se abre y Katsuki aparece. Con mucho cuidado desliza la puerta y se queda al pie de la misma, observando a Izuku retorcerse. Éste intenta cubrir su desnudez. No quiere que Kacchan vea su vulnerabilidad, pero no puede evitar encogerse de placer cuando la yukata roza accidentalmente su sexo. Su cuerpo sabe que hay un alfa e intenta atraerlo concentrando su perfume, haciendo que la virilidad de Izuku empiece a erguirse lentamente, sin haber sido tocado aún. Se araña parte del brazo para evitar lanzarse hacia Kacchan; lo único que puede hacer es desviar la mirada cristalina y morderse los labios hinchados, húmedos por el exceso de saliva.

Izuku solloza de frustración. El sudor le recorre el cauce de la espalda; la noche calurosa se cierne sobre él, asfixiándolo, exigiéndole lo que su carne febril demanda. Su respiración ahora es vaporosa. Se acompaña de jadeos impúdicos que Izuku intenta disimular infructuosamente.

Es entonces que Katsuki se acerca. Arrodilla una pierna, donde apoya un brazo. Su mano libre sujeta el rostro de Izuku, cuyos ojos vidriosos no son ya irises, sino jade en el que refulgen los miles de orgasmos con los que todavía Katsuki no lo place. La habitación tiene el aroma de un campo a medianoche, durante el verano, donde han florecido las gardenias. En círculos concéntricos, como los que se dibujan en el agua serena, hay un vaivén de sensaciones, de deseos indecibles que se guardan entre los imperceptibles surcos de la punta de los dedos. En la caricia de Kacchan, que deja un regusto a nostalgia, cabe toda una vida y la quijada de Midoriya. En su mano, callosa y de nudillos quebrantados una y otra vez, se encierra la prístina respuesta de un alfa a su omega.

―A-ayúdame, Kacchan ―jadea, meloso, Izuku.

Katsuki vuelve a quedarse estático, respirando los vapores acaramelados que Izuku espira. Vulnerable, vulnerado por el tacto firme del rubio, apenas respira quedito para no delatar los sonidos guturales que se erigen en su garganta.

El alfa inspira, soltando suave el aire. Se inclina lo suficiente para alcanzar los labios de Izuku, quien le devuelve el beso con unas ansias inauditas, tumbándolo de espaldas tan pronto su cuerpo reacciona al contacto. Bakugou no dice nada, ni se queja. Con una mano sujeta la nuca del omega y con la otra, rodea la cintura del mismo. Se besan durante largos minutos, apasionadamente, hasta que las manos frenéticas de Izuku intentan ir más allá de la hebilla del pantalón.

―Te voy ayudar a mi manera, Deku. La próxima vez que intentes tocarme, voy a traer al otro imbécil para que te preñe ―sentencia Katsuki al oído de Midoriya.

El omega emite un quejido débil cuando el rubio invierte posiciones bruscamente. Bakugou estruja con violencia las muñecas de Izuku, pretendiendo que su juicio se mantenga entero. De cuando en cuando ejercerá una presión dolorosa en cualquier parte del cuerpo suave del omega. Si Izuku siente dolor, su aroma se tornará un tanto amargo, lo cual le dará una sensación desagradable y lo mantendrá arraigado a la realidad, al cómo terminaron ahí y al por qué está haciendo lo que está haciendo.

Katsuki deja regada una constelación de besos en el cuello y clavículas de Izuku. Después, pasa su lengua por puntos estratégicos que memorizó la primera y única vez ―hasta ese momento―que estuvo con él, haciendo que Midoriya emita lánguidos gemidos. El cuerpo de éste se curva, dibuja figuras preciosas sobre el tatami. El rubio esboza una sonrisa media cuando descubre que ha atinado a todos los puntos que él recuerda; decide explorar para ver si puede averiguar otros cuantos más, que, en efecto, están esperándolo. Uno a la mitad de las clavículas y otro arriba de su ombligo. Podría haber otros escondidos en su espalda o en su nuca, quizás en el empeine o en los muslos, pero si va más allá, si pasa el horizonte de su resistencia, Bakugou podría caer estrepitosamente, así que se limita a mordisquearle las tetillas sonrosadas.

Cuando siente que Izuku está temblando de placer, anhelante de sentir más, Katsuki se sienta en el tatami. En el hueco que sus piernas separadas dejan, sienta a Izuku en la misma posición, abierto, y lo recorre con sus manos, sin dejar de besarle la parte trasera del lóbulo y la parte del cuello que puede alcanzar. Parsimoniosamente, sin dejar de morderlo para que Izuku siga enviando esas oleadas fugaces de dolor, conduce sus manos hacia el trasero del omega, palpando superficialmente la humedad que no deja de manar.

Izuku susurra notas placenteras al sentir los dedos de Katsuki acariciando su ano. Se remueve ligeramente y su aroma se turba para indicarle al alfa que está esperando que lo penetre. El aludido no pierde la paciencia; empieza a introducir, paulatinamente, el primer dedo, el cual resbala con una facilidad que sorprende a Katsuki. Se muerde hasta hacer su labio sangrar. No puede permitirse ni un solo instante de dubitación. Se arrancaría un brazo antes de eso.

―P-por favor, Kacchan…

―Cállate. No hables.

No hables con esa voz que se pega en los huesos. Con un movimiento calculado, Katsuki hurga sus adentros con dos dedos. Izuku alza el pecho, acomoda su cabeza en la curvatura del cuello de Bakugou. Éste, sin decir palabra, toma una de las manos de Izuku para que sea él mismo quien acaricie su erección. Le susurra al oído, con vapor en vez de aliento: sigue así, Deku. Entonces, el rubio, sin sacar sus dedos, utiliza la mano que ahora tiene libre para acariciarle los pezones. Cuando Izuku quiere darse por vencido debido al insoportable placer, Katsuki le muerde el hombro y detiene el vaivén de sus dedos.

―Si quieres que siga, sigue masturbándote.

Izuku lloriquea una queja, pero obedece. Conforme el orgasmo va construyéndose en su interior, el aroma de Midoriya se pronuncia y refina, oliendo cada vez más delicioso; se vuelve difícil para Bakugou mantener la concentración. Las ondas de placer provenientes del omega crecen y su aroma se impregna de tal forma al cuerpo de Katsuki que este está cerca de perder la noción del tiempo. Sólo tiene que aguantar un poco más sin claudicar a su propio deseo.

Cuando la cercanía del clímax es palpable en el aire, Bakugou se ve obligado a morder a Izuku para eclipsar el abrumador placer que su carne desprende. El omega chilla, pero el alfa pronto lo consuela relevándolo de su labor. Debe aprovechar ese momento preciso, justo cuando apenas el dolor se difumina, para alcanzar el último pedazo del camino que han recorrido. Ignora lo mejor que puede el insufrible aroma que lo reclama con una fuerza descomunal, concentrándose en no perder la coordinación de la mano que masturba y la que penetra. No falta mucho, Bakugou puede advertirlo en la tensión de los músculos de Izuku y en el aroma dulce que se precipita contra las paredes.

Así, Izuku alcanza el orgasmo. Acompaña su eyaculación con un grito que probablemente despertó a más de uno. Los espasmos empiezan a recorrerlo, en los últimos coletazos del clímax aplastante. La habitación se inunda con una sensación de felicidad, tan apacible que Bakugou se relaja como si él también hubiese alcanzado el orgasmo.

Por unos segundos, lo único que se escucha en la habitación son sus respiraciones arrítmicas.

Bakugou no hace comentarios. En silencio, usa la yukata que vestía Izuku para limpiar los restos de semen acuoso que ensucian el tatami y su mano. El omega, aunque quiera odiarlo en ese momento, no puede evitar acurrucarse a su lado. La placidez con la que de pronto se inundó el ambiente hace que Katsuki deje que Izuku se apretuje contra él; no ha sido tocado, pero Bakugou siente que diría que sí a cualquier cosa que Midoriya le pidiera. No sabe si podrá conservar el sentido los próximos días. Quiere odiar el sentimiento, pero en su pecho ya no está el nudo que sentía cada noche, de inexplicable tristeza, que de una u otra manera, lo hacía pensar en Izuku. Quiere apartarlo, pero las manos le tiemblan ante el pensamiento de separarse de él. Quiere sentir disgusto o remordimiento, pero ha notado que su aroma flota mansamente, en un estado de plenitud que nunca, en lo que dure su vida, olvidará. Su mente le reprocha la decisión de ayudar a Izuku; ya ha perdido algunas batallas contra la Naturaleza, mas ahora tiene la fatal certeza de que ha perdido la guerra. Maldita sea, ni siquiera fue algo romántico, algo que le indique que ha encontrado a su otra mitad, sino algo forzado, una conmoción ineludible que de pronto lo asaltó a mitad de la madrugada.

Izuku, por su parte, tiene la consciencia plúmbea, sin un pensamiento claro. Está a punto de caer en un sueño celestial, así que el tiempo para los arrepentimientos aún no llega. Sólo quiere dormir al lado del alfa, ignorando que el mundo sigue su devenir y que a todo le llega su consecuencia, sin importar la justificación que quisieran otorgarles a sus medios. Ignorando que ya es irremediable, que ya no existe un punto de retorno.

Nunca hubo manera de rehusar lo que tarde o temprano iba a alcanzarlos.

.

.


continuará...


Notas:

Creo que es la primera vez que escribo algo tan largo. Disculpen la longitud del capítulo, pero simplemente no quería dejar ninguna escena a medias. En fin, como ya es costumbre, mis aburridas aclaraciones:

En mi mundo, los omegas tienen un breve periodo de aviso antes de que llegue el ciclo. Un omega inexperto o con pocos ciclos no sabe identificarlo y lo deja pasar, pero aquellos que ya tienen un rato en el juego, pueden identificarlo y contrarrestarlo. Siempre me ha parecido un poco injusto que simplemente les llegue de golpe, jajaja. Claro, puede haber sus excepciones, pero de mientras es así.

Segundo, he tomado las pastillas anticonceptivas como referencia para los supresores. Es totalmente verídico que el ciclo menstrual se modifica después de muchos años de ingesta, a tal punto que puede volverse breve y poco abundante y esto es porque las hormonas ingeridas inhiben el proceso natural; sucede lo mismo con los supresores y es lógico suponer que el cuerpo, después de años de tener inhibido el proceso, comienza una especie de aletargamiento que provoca los ciclos breves y espaciados (porque he leído que los ciclos son largos y espaciados o cortos y frecuentes. Las líneas anteriores explican por qué el de Izuku es corto y espaciado). De igual manera, los supresores no son de venta libre, porque cada uno debe tener una dosis que le acomode según indica el médico.

Y bueno, dije que esta historia es TodoDeku, aunque pareciera que Todoroki no tiene vela en el entierro, pero, como dije, es un pilar de esta historia. Hablaré de esto más adelante.

En fin, espero tener el próximo capítulo en el mismo tiempo, semana y media, así que espero que me sigan acompañando. Cualquier error no duden en comentármelo y muchísimas gracias por su tomarse su tiempo para llegar hasta aquí. Ustedes son mi MVP. ¡Besos para llevar!

P.D. Olvidé mencionarlo en el capítulo anterior, pero el shinkansen es el tren de alta velocidad. Y… espero no estar olvidando nada.