Chocolate Amargo
by Lían
Capítulo II: Un maldito pañuelo
Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía
Efraín Huerta
Shaoran
Llegué bastante fastidiado al apartamento, supongo que es la abstinencia de nicotina porque no me he fumado un solo cigarro en más de cinco horas, y vaya que eso es bastante tiempo. Supongo que eso será lo que extrañaré de Hong Kong, poder fumar cuando y donde quiera, nada de estúpidas reglas sobre no fumar en la escuela.
Bueno, en realidad creo que podía hacer lo que me diera la gana en la escuela de Hong Kong porque la mugre institución es de mi familia. Y no podían castigar al señorito Li. Siempre he creído que eso de señorito es para maricas, odio esa palabra.
La oscuridad y el frío del apartamento fue lo que me recibió al abrir la puerta. Eso y unas cuantas cajas que contenían mis pertenencias, y las cuales no quería abrir, al menos no en un par de meses.
Leí la nota del administrador del edificio donde me decía que el resto de mis muebles llegarían hasta mañana.
¡Genial!
Lo único que había en ese apartamento era un mugre sillón, y por lo que recordaba del día de ayer, era peor que dormir en el suelo. Me dejé caer en él, reafirmando mi recuerdo de que era más duro que una maldita tabla.
Dejé que el silencio me envolviera, el silencio es algo tan valioso que nunca sabes la falta que te hará, y vaya que a mí me hacía falta, sobre todo, teniendo a la florecita ojos de gato enfrente durante todo el día.
¡Esa niñata nunca se callaba!
Parecía ser descendiente de alguna cotorra o algo así.
Arrugué la frente al caer en cuenta que la cajetilla que estaba en el sillón no tenía más tabacos. Con bastante fastidio me levanté, había dejado un paquete en el baño el día de ayer. Recorrí el apartamento maldiciendo entre dientes no haberme puesto las pantuflas, y llegué al cuarto de baño donde estaba lo que buscaba.
Afortunadamente había un cigarro, lo cual significaba que no tenía más en todo el apartamento. Y de una vez sepan que podré no comer, o incluso no tomar agua, pero mi adicción al tabaco es algo que no puedo controlar. Alguna vez escuché que Madre decía que eso sería un problema para mi vida futura, pero a la mierda mi vida futura. Y todo lo que eso signifique.
Fumé lentamente, viendo las figuras que se formaban con el humo en la oscuridad de la habitación. Con que así sabía la libertad, a tabaco…
La lumbre del cigarro se fue consumiendo lentamente, así como la ansiedad. Abrí la cortina de la habitación y vi como el cielo se volvía rojo para dar paso a la noche.
El gruñido de mi estómago me recordó que el panecito y la Coca del almuerzo no eran suficientes, y menos a esa hora del día. La libertad también es sinónimo del hambre, porque no hay nadie que cocine, nadie que limpie, nadie que diga «Señorito, la cena está servida», o «Señorito su baño está listo».
Supongo que algo debe costar la libertad.
Me deshice del uniforme y procuré doblarlo, era el único que tenía y no quería que atravesar por el ridículo de llevar la ropa arrugada, una cosa es que sea desobligado, pero odio usar ropa arrugada. Cosas de gente quisquillosa, o de gente rica y quisquillosa, quizás.
A estas alturas ya no podía arrepentirme de haber negado traer conmigo algún sirviente.
Me puse una sudadera y traté de recordar en qué maleta estaba mi abrigo. Al final terminé sacando toda la ropa para poderlo encontrar. Me puse mis converse y me dispuse a salir a buscar algo para comer y tal vez comprar cosas que me hacían falta como jabón y crema de cacahuate.
Tomé las llaves del suelo y salí sin encender la luz.
Me felicité por recordar lo del abrigo, la primera nevada ya no tardaría en caer, después de todo ya estábamos en Diciembre. Pero vaya que hacía mucho frío en Japón, demasiado para un chino como yo, acostumbrado al calor de Hong Kong.
Estaba poco familiarizado con las calles del vecindario, así que me dije que el buen amigo Google Maps me podría decir dónde carajos encontrar un Wall-Mart o cualquier cosa que se le pareciera. No tenía intención de hablar con nadie para pedir instrucciones, por lo tanto, lo mejor era aprovechar esa tecnología de banda ancha, que afortunadamente mi Madre no dejaba de pagar.
El GPS y todo el mierdero tecnológico hasta me dijo dónde estaba yo, por lo visto tendría que caminar hasta la parada del autobús para encontrar algún Centro Comercial, vi los símbolos de restaurantes en unas calles no muy lejos de donde estaba el punto rojo que simbolizaba mi persona.
Decidí comer antes de ir a comprar los enseres básicos, como miles de panecitos de chocolate, miles de latas de refresco y claro, miles de cajetillas de cigarros.
¡Esto es vida!
Bueno, el hecho de tener una cuenta bancaria lo suficientemente grande, da ciertas ventajas en esto de la búsqueda de la libertad.
Me dije que también tendría que comprar uno de esos bálsamos para labios, les juro que podía sentir como se abría mi piel por el frío. Encontré la calle de los restaurantes, después de todo, el vecindario no era tan asqueroso como pensaba, había varias opciones, un par de puestos de comida rápida, un restaurante más lujoso que parecía ser de comida italiana y varios cafés.
Hana Coffee decía uno. Tenía toda la pinta de tener algún menú con comida, y ciertamente, como no tendría cigarros hasta ir a hacer las compras, el café podría ayudarme con mi ansiedad.
Empujé la puerta, escuchando el sonido de la campanilla y un grito de «Bienvenido» que me pareció exagerado.
Muy exagerado.
Sakura
Ahogué un bostezo, estoy cansada, pero afortunadamente mi turno en la cafetería está por terminar, Touya había hablado diciendo que está en camino, así que sólo será cuestión de esperarlo y podría ir a casa a tomar una siesta.
Aunque tenía muchos deberes que hacer.
Nah. Primero una siesta y después los deberes.
Sonreí pensando en lo acolchonada de mi almohada, en lo suave de mi edredón. En Kero calentando mis fríos pies.
Ahh. Moría de sueño.
Otro bostezo más, ni siquiera podía platicar con Mamá, porque había decidido seguir horneando y dejarme todo lo demás a mí. Sí, siempre se aprovecha de sus ojos de borrego y de las cosas que puede obtener al ponerlos.
Tal vez debería practicar esa mirada de mi Madre, a lo mejor yo también podía convertirla en mi esquema de chantaje personal.
La campanilla anunció un nuevo cliente, y como siempre que eso sucedía yo solté un «¡Bienvenido!», Touya siempre ha dicho que mi forma de saludar a los clientes seguro los atemoriza, pero yo creo que es todo lo contrario, los recibo con alegría y efusividad, así como me gustaría que me recibieran a mí en cualquier lado.
Ahogué mi último bostezo y caminé hacia el nuevo cliente, quien se sentó en una de las mesas del rincón, donde la luz natural que entra del ventanal no llega. Me recordé que debía empezar a encender las velitas de los centros de mesa y sonreí al tiempo que sacaba la pequeña libreta para anotar su orden.
―¿Qué le puedo servir? Hoy tenemos una mezcla de café tostado como la especialidad del día, además tenemos paquetes de galletas de nuez que están…
―Un baguette de jamón serrano y un expresso cortado sin azúcar.
Esa forma grosera de interrumpirme, y ese tono de voz grave que nunca había escuchado antes, además de ese acento extranjero no podían ser de otro.
¡El mundo es un maldito pañuelo!
―Li ―dije en voz alta.
―Ah, Ojos de gato― pude ver su maliciosa sonrisa al notar mi ceño fruncido. ―¿De casualidad tienen cigarros?
―No―le escupí con el peor tono que tenía.
―Que mal, espero que al menos el café sea bueno. Ah, ojos de gato, no me gusta la mayonesa, ni la lechuga.
―¡Es Sakura! ¡No ojos de gato!
―Como sea, espero hayas anotado lo de la mayonesa, la odio.
Y sin darme otra palabra regresó a su celular, que a leguas parecía un aparato que nunca podría costearme por mi misma. Levanté todas las maldiciones que me sabía al cielo, ni siquiera agradecí la propina que dejó uno de los comensales de la barra.
Li tenía esa capacidad de ponerme de mal humor en cuestión de segundos. Nunca antes me había pasado algo similar, no sé porque en algún momento llegué a pensar que era guapo.
Es un estúpido sin modales que se cree el dueño del mundo.
¡Lo odio!
Tal vez la forma en la que le pedí a Mamá la baguette la alarmó, así que salió del cuarto donde se horneaba el pan y me dio su mirada de preocupación número quince. Esa donde fruncía un poco las cejas en una mueca chistosa.
―¿Qué ocurre cariño?
―Nada, sólo uno de esos clientes fastidiosos. La baguette es sin mayonesa y sin lechuga.
Ahora me dio la mirada suspicaz número cuatro, esa donde ella y yo sabíamos que mentía, pero que no haría, ni diría nada más, hasta que yo me confesara por mi propia cuenta.
Lo sé, mi Mamá es tan expresiva con su rostro que tengo identificadas perfectamente cada una de sus miradas y lo que significan. Dice Papá que en eso somos iguales, una vez dijo algo de que podía leer mi mirada con suma facilidad.
Serví el expresso en una de esas bonitas tacitas cuadradas que compramos la última vez, le puse una cucharita y lo monté en un plato del mismo color blanco. Tomé la bandeja y caminé sin ganas hacia Li, que seguía con la nariz metida en el celular.
―Aquí tienes―le dije lo más cordialmente que pude, al fin y al cabo era un cliente más del café. ―En seguida te traigo tu baguette.
Ni siquiera me miró, ni me dijo gracias ni nada.
Decidí encender las velas de los centros de mesa en lo que estaba el resto de la orden. Tomé las cerrillas largas del mostrador y encendí las velas mesa por mesa.
Mamá me miró y dejó la baguette en el mostrador. Deseé que ella decidiera entregarla, pero por lo visto ya iba a salir del horno la segunda ronda de croissants, y sepan de una vez que mi Mamá es buena horneando pan, pero suele ser tan distraída que si no se queda en el cuarto esperando que salgan del horno, lo olvida por completo.
La última vez tuvieron que venir los bomberos por un incendio, y supongo que desde ese día Mamá se prometió a sí misma nunca abandonar nada en el horno.
Una vez terminé con las velas de los centros de mesa, tomé la baguette del mostrador y la puse en una bandeja. De nuevo, caminé hacia Li, quien al parecer no había probado su café, me aseguré que su orden no tuviera ni lechuga ni mayonesa y se la dejé a lado de la humeante taza.
―Tu orden―no esperé ningún gesto de agradecimiento de su parte, así que regresé a mi lugar detrás del mostrador, deleitándome por el olor del pan recién horneado.
Miré a los escasos clientes de la tarde y me dije que podía ir a robarle a Mamá un croissant recién hecho, caliente y tan suave que parece derretirse.
Se me hizo agua la boca sólo de imaginarlo.
―Ojos de gato―levanté la mirada, el odioso de Li tenía una mano al aire. De inmediato todos los clientes me miraron, supongo que el apodo del malcriado de Li les parecía tan de mal gusto como a mí.
―¿Qué? ―le dije estando a su lado.
―¿Tienen Wi-Fi?
De nuevo pude ver esos ojos de color del caramelo fundido y un ligero brillo en su oreja izquierda que parecía ser un diminuto pendiente. Pensé que en cualquier otra persona eso se vería ridículo.
―Sí, la clave está en la carta―dejó de mirarme al escuchar mi respuesta y siguió en lo suyo, lo que sea que estuviera haciendo.
Hablar de WI-Fi me hizo recordar que no había hecho mi proyecto para la clase de Educación Tecnológica, ash, eso mandaba al carajo mis horas de sueño vespertino.
La campanilla anunció a un nuevo cliente y yo grité mi habitual ¡Bienvenido! Levanté la mirada y vi a Eriol Hiraguizawa atravesar el umbral.
―Sakura―me saludó con su habitual sonrisa, esa que me hacía pensar que Eriol debía ser modelo. Lo conocía desde algunos años, cuando su familia decidió mudarse de Japón, país natal de su Padre, aunque él hubiera vivido toda su vida en Inglaterra.
Algunas veces todavía tenía esos modales occidentales que me hacían ruborizarme hasta las orejas.
―Hola Eriol―de inmediato me acerqué a él con una enorme sonrisa ―¿Qué vas a tomar?
Eriol es cliente asiduo del café, él dice que es debido a que sus padres casi siempre están de viaje y no le gusta estar solo, así que él y yo hemos pasado tardes incontables hablando de cosas sin sentido.
―Lo de siempre―eso significaba un capuccino latte con una de azúcar. Regresé detrás del mostrador para preparar su bebida y fue cuando Mamá salió con una enorme bandeja de croissants que todavía estaban calientes.
―¿Qué hay que preparar?
―Un capuccino―le dije cuando ya estaba espumando la leche. –Vino Eriol.
A Mamá se le iluminó la mirada, Eriol le caía de maravilla, e incluso en más de una ocasión había mencionado que le gustaría que él y yo fuéramos pareja, que tuviéramos uno de esos romances donde atravesamos campos llenos de flores tomados de las manos.
Pero no.
Era guapo, tal vez tan guapo como para que todo Seijô se rindiera a sus pies, al menos la parte de la matrícula femenina y alguno que otro chico también. Pero para mí era un amigo, un muy buen amigo.
No más.
Agregué azúcar al café, justo cuando Mamá terminaba de preguntarle cómo había estado su día y si ya había comido. A ella se le da con mucha facilidad el querer ser Mamá de todo mundo. Alcancé a escuchar que Eriol le decía que había tenido un espléndido día y que había comido antes de salir de cada.
―Toma―siempre me ha gustado hacer capuccinos, la gama de colores que se perciben en las tazas transparentes en las que los servimos, me parecen fascinantes.
―¡Ojos de gato! ―ahora no sólo los clientes me miraban, sino Mamá y Eriol, quienes tenía una mueca de completa consternación cuando me levanté y caminé hacia el tarado de Li.
―¿Tienen pastelillos de chocolate? ―el plato y la taza estaban vacíos.
―Ya te dije que es Sakura, no ojos de gato. Y sí tenemos pasteles de chocolate ¿te traigo uno?
Un sonido en su celular desvió su atención y sólo me hizo una señal con los dedos indicándome que quería dos. Me llevé la loza vacía y caminé hacia el mostrador, para darme cuenta que Eriol miraba a Li con el ceño ligeramente fruncido y Mamá tenía la cara consternada número veinticinco, esa donde esconde una ligera sonrisa, como si supiera cosas que nadie más sabe.
―¿Ojos de gato? ―me cuestionó Mamá cuando sacaba dos pastelillos del mostrador. ―¿Es el cliente fastidioso? ―yo sólo asentí y vi como Eriol apretaba la mandíbula.
―Es el nuevo―no sé por qué lo dijo en ese tono, como escupiendo las palabras. –Tiró a Sakura durante el almuerzo. Es un bastardo.
Mi Mamá recriminó el lenguaje de Eriol con una mirada seria y después sonrió. Hizo unos ojos soñadores, como imaginando mundos alternativos de felicidad infinita y después dio un brinquito.
―¡Le gustas!
―¡NO! ―gritamos Eriol y yo al unísono, aunque no sé por qué el gritó con más fuerza que yo.
Todos los clientes nos voltearon a ver y yo sentí el sonrojo pintarme hasta las orejas. Carraspeé al ver que Li me miraba fijamente mientras caminaba hacia su mesa con los pastelillos.
Le dejé el plato en la mesa y cuando me iba escuché su voz, ronca y sensual.
¿Sensual? ¡Yo no pensé eso!
―Siéntate.
―¿Perdón?
―¿Por qué siempre te estás disculpando conmigo? ―me dio una de esas miradas que dicen «eres una descerebrada» y yo caí en cuenta hasta que estaba sentada frente a él, con la mesa separándonos.
―Digamos que será tu obra caritativa del día. Explícame cómo llegar aquí―giró la pantalla de su teléfono de última generación y me mostró un mapa. Por un momento olvidé que era un pesado que no sólo me había dejado sin comer todo el día, sino que me había puesto el apodo más absurdo del mundo, y traté de leer el nombre de las calles.
Lo que Li no sabía era mi facilidad para perderme, es decir, mi poco sentido de la orientación espacial. Por lo que pude reconocer él se estaba refiriendo a las cercanías de Tokio, ahí donde las Madres te dicen que no debes ir porque es peligroso.
―¿Quieres ir ahí? ―señalé el punto rojo en su mapa. –Es peligroso, la última vez hubo una pelea de pandillas y murieron…
―¡Sí ahí! ―me interrumpió como siempre. ―¿Cómo llegó?
Yo quise advertirle, pero tal vez Li, era esa clase de chicos, debí sospecharlo por su pendiente.
―Tienes que tomar el tren de Tokio, debes ir a la estación, a dos calles salen los autobuses.
―¿Quieres ir conmigo?
―¿QUÉ?-grité y abrí los ojos como platos, además de que era más que evidente el sonrojo en mis mejillas.
¿Eso era una cita? ¿Qué debería hacer?
¡Nunca me han invitado a salir!
Bueno… una vez en la Primaria, pero eso no cuenta…
―Eres sorda cierto. Olvídalo, se ve que eres demasiado niña para esos lugares. Tráeme mi cuenta.
De nuevo me quedé con las palabras atascadas en la garganta. Estaba del color de un farol, no tenía que verme para saberlo. Me levanté estrepitosamente de la mesa.
―¡No soy una niña! ―y me di media vuelta ante la mirada de todas las personas en el café. Pero admitámoslo, mi mohín si era como el de una niña.
Mamá me leyó la mente y fue ella quien le llevó su cuenta a Li mientras yo seguía con la cara roja de coraje y las manos hechas puño.
―¿Te insultó? ―de nuevo esa voz de Eriol que era irreconocible para mí, demasiado ronca, demasiado molesta.
―No, pero es un pesado―suspiré para tratar de tranquilizarme cuando vi a Li levantarse y dejar un par de billetes en la mesa como propina. Por un momento pensé que justo al salir se daría la vuelta o verme o algo, pero simplemente atravesó el umbral, justo al mismo tiempo que Touya.
Cuando se vieron pude darme cuenta que intercambiaban miradas como de muerte. Touya siguió caminando, pero vi a la perfección como le chocó el hombro y también caí en cuenta que eran casi igual de altos.
―¿Qué hace ese malnacido aquí?
―¡Touya! ―la mirada de enojo de Mamá bastó para que se disculpara por su lenguaje. Se rascó la cabeza y relajó el ceño fruncido.
Saludó con un movimiento de cabeza Eriol y entró a la bodega para dejar su mochila y ponerse un mandil.
―¿Por qué les cae tan mal ese chico? ―preguntó Mamá mirándonos a los tres.
―Es un idiota, le tiró la comida al monstruo encima y ni siquiera se disculpó―dijo Touya con el ceño fruncido de nuevo. ―Si se te acerca de nuevo lo mataré.
―¡Touya!
―¡Ya, ya lo siento! ―levantó la mano como diciendo que ya no quería hablar del tema. Tomó un paño y se puso a limpiar las mesas.
―Ya me voy―tomé un par de croissants para el camino. Yo tampoco quería seguir hablando de Li.
―Te acompaño a casa―Eriol sonrió y me contagió su sonrisa.
―¡Claro!
―Hasta luego señora Kinomoto―se inclinó ante mi Madre con su sonrisa de príncipe encantador. Poco le faltó para besarle la mano, pude jurar que Mamá se sonrojo. A veces parece colegiala.
―Nadeshiko, Eriol, nada de señora Kinomoto, haces que me sienta una anciana.
Me acomodé mi abrigo favorito, ese que dice Tomoyo que combina con mis ojos y esperé que Eriol pagara su café para salir del local, justo después de que Mamá me diera dos besos tronados en cada mejilla.
Como siempre, Eriol abrió la puerta para mí y caminamos en silencio, juré haber visto una lucecita roja al pasar por la parada del autobús, pero me perdí a mi misma cuando sentí que Eriol tomaba mi mano.
Shaoran
El matón-hermano de la ojos de gato casi me arranca el hombro, de verdad, creo que si hubiera tenido oportunidad me hubiera roto el cuello ahí mismo.
No volveré a ir a ese lugar, aunque el café sea bueno y los pastelillos de chocolate sepan a gloria. Era como atentar en contra de mi propia vida. Caminé como me dijo la ojos de gato, lo que me hacía falta era algo más fuerte que un cigarro y por fortuna el maravilloso Facebook me dijo dónde encontrarlo.
Para mi fortuna, de hecho siempre he creído que soy muy afortunado, encontré una cajetilla medio maltratada en el bolsillo interior del abrigo. Encendí uno de los tabacos y miré la estúpida parada del autobús, creo que necesito mandar por mi auto o comprarme uno nuevo, esto de andar por la vida como un mugre vagabundo sin auto era desesperante.
Telefonearía a Wei para pedirle que mandara mi auto en el siguiente avión, como es posible que olvidara algo tan básico como eso. Mientras pensaba como hacer que el mayordomo principal de los Li enviara mi auto, vi a la ojos de gato y al macho alfa de Hiraguizawa caminar de la mano en la dirección contraria de donde yo estaba.
Eso era de suponerse, era obvio, las buenitas y tontas como ella, siempre iban con idiotas de sonrisas falsas como el cuatro ojos ese. Cuando estaba en el café ya había visto como el macho alfa babeaba por las sonrisas de la florecita, la verdad mendigaba por sus atenciones, por eso le pedí que se sentara, sólo para ver como el descerebrado ese se retorcía al verla conmigo.
La verdad no había estado dentro de mis planes invitarla, no podría divertirme con ella ni aunque quisiera, seguro ni siquiera sabía besar y por lo poco que he visto, liarme con ella sería demasiado peligroso, sobre todo por el gorila que tiene por hermano.
Pero la verdad me gustan sus ojos, siempre me ha gustado el verde y ese es justo el color de su mirada. Pero nahh, no vale mi interés, aunque por lo que pude ver, tiene una delantera bastante llamativa.
Si saben a lo que me refiero.
El autobús llegó y pasé mi tarjeta por el lector, iría a Tokio para beber algo, y tal vez sentirme como en casa, Tomoeda es tan aburrido, tan familiar, tan estúpidamente bonito que me siento fuera de lugar.
Tal vez en lugar de elegir Tomoeda debí quedarme en Tokio, buscar uno de esos apartamentos lujos en el piso 50 y dejar toda la mierda del pueblucho para otra vida.
Aunque siendo sinceros el pueblucho tenía su encanto, era tranquilo y seguramente nadie se metería conmigo, además en Tokio no habría tanto silencio.
Tomé el tren e inmediatamente después de descender reconocí la zona, esa donde están todos los establecimientos de esparcimiento como yo los llamo. El cadenero de uno olvidó el hecho de que fuera menor de edad cuando le dejé varios billetes en la solapa.
Me quedé ciego y sordo, se los juró, perdí la audición al entrar al lugar. Lásers de color verde corrían de un lado a otro, mientras caminaba tratando de no tropezar.
Repetí el soborno para que me dieran un vaso de vodka e intercambié palabras con el cantinero para ver si ahí se podía conseguir lo que estaba buscando. Me señaló el final del local, donde estaba la mesa más oscura y aislada de todas.
Le di otro par de billetes y caminé hacia donde me dijo.
Todo eso era un cliché, en la oscuridad de un antro de mala muerte estaban los vendedores, ahí donde se podía conseguir un par de dosis por unos cuantos miles.
Pero yo no quería esa basura que me estaban ofreciendo, era de bajo nivel, a simple vista se veía adulterada. Miré al hombre de los brazos tatuados fijamente.
―Quiero calidad―y le deje un fajo de billetes que le hicieron brillar los ojos como los de un felino en la noche, sonrió de manera retorcida cuando sacaba una bolsita de pastillas blancas de su saco.
―Lo mejor de lo mejor mocoso―me dijo y me extendió la bolsa. Examiné las pastillas, saque una y la raspe para oler el fino polvo.
Sí, justo eso estaba buscando.
Guardé las pastillas y me encaminé de nuevo a la barra, me puse una pastilla debajo de la lengua y esperé. Poco a poco se derritió y cuando no hubo rastro de la pastilla bebí de un solo sorbo mi vaso de vodka tonic.
It's showtime!
La adrenalina empezó a correr por mi cuerpo y sentí mi lengua adormecerse, todo se sentía ligero y pesado al mismo tiempo, y la verdad amaba esa sensación. Me dieron otro vaso de vodka y me puse un cigarro entre los labios. Inhalé con fuerza y las luces empezaron.
Ahora todo se movía lento, o yo me movía muy rápido, las luces me cegaban y mis pupilas estaban dilatadas. Lo sabía, el viaje había empezado…
Sinceramente había dejado esas preciosuras desde hace un año, pero todavía me gustaba sentirme flotar de vez en cuando. La libertad, además de tener sabor a tabaco, era sinónimo de volar.
Let's get high!
No era que quisiera ponerme filosófico en estos momentos, así que me concentré en las sensaciones. Me gustaba ese ligero adormecimiento en las puntas de los dedos.
Ahora recuerdo la primera y única vez que Madre me ha visto drogado, supongo que lo sabía pero nunca me había visto en la cima, así que además de darme una perorata que afortunadamente no recuerdo y llamar al doctor para desintoxicarme, casi me manda a una clínica para adictos.
Ese día tuve que poner en práctica todas las caras de niño bueno que me sabía para evitar terminar en un grupo de autoayuda, después de eso fui más cuidadoso, pero hasta la fecha creo que ella prefirió ignorar el hecho de que me gustaba volar.
Me sentí ansioso y todo empezaba a moverse a mayor velocidad, la música electrónica ayudaba a mi viaje, así que sólo cerré los ojos y disfruté. Al menos no era de esos a los que les daba risa todo cuando estaban drogados, eso se me hacía de muy mal gusto.
Miré al cantinero y me dio otro vaso de vodka, ese hombre seguro podía leer la mente, no recuerdo haberle dicho nada. Dejé la cabeza de lado sintiendo como las luces arreciaban en mi mente, el adormecimiento de los dedos fue acompañado de una ligera capa de sudor.
Me puse otro cigarro entre los labios y vi a las personas bailar, como sombras de contorsionistas de colores. No me explico por qué esto es ilegal, como es posible que se le niegue a las personas la libertad de experimentar estas sensaciones al menos una vez en sus asquerosas vidas, era algo que jamás entendería.
Una chica se me acercó, tal vez entre los veinte o veinticinco, me miró de arriba abajo y sonrió, pude ver como uno de los lásers le daba justo en la cara, haciendo brillar la argolla de su nariz.
―Estos lugares no son para niños―me dijo sin dejar de reír.
―No soy un niño―y sin más me acerqué a besarla. Sí, eso era como en casa, justo como mi vida de Hong Kong.
Me correspondió salvajemente y pude sentir un leve temblor en sus manos, seguro también estaba en la cima como yo. Saboreé alguna clase de bebida dulce en su boca. Era guapa, pálida, tal vez tan alta como yo pero seguramente los zapatos que traía ayudaban en eso.
La apreté contra mí sin dejar de besarla, tal vez tendría más diversión de la que había pensado hacía un rato.
―Hey, hey niño, vas muy rápido―me dijo después de romper el beso. Yo sólo le di una fumada a mi cigarro y seguí mirándola. Cabello negro, largo y liso, ojos verdes y sonrisa seductora.
Desvié la mirada para pedir otro vodka, en realidad si la muñequita no quería jugar no me interesaba en lo absoluto. Era otra ojos de gato, creo que tal vez tengo un fetiche por ese color de ojos.
Cuando ya estaba pensando en salir de ahí, la muñequita se giró hacia mí y se colgó de mi cuello para volver a besarme. Yo no hice nada para impedirle jugar con mi camisa y tocar mi pecho. Tal vez sí quería jugar conmigo.
Rompió el beso otra vez y empezó a besar mi oreja, yo presioné su cintura de nuevo contra mí y la escuché gemir.
―¿Qué estás haciendo con mi chica bastardo? ―uno de los tipos que estaba en la mesa donde compré las preciosuras jaló a la chica de mis brazos y me empujó con fuerza.
La oí chillar maldiciones, pero yo sólo me giré, tomé mi vaso de vodka para beberlo de un solo sorbo. No tenía tiempo para bastardos como él. No ahora que mi viaje estaba en su punto.
Pagué al cantinero y me dispuse a salir, pero el hombre y dos más me cerraron el paso, yo estaba volando muy alto, así que sus figuras me parecieron gorilas.
Uno de ellos se puso detrás de mí para agarrarme los brazos, mientras el primer gorila me soltó un golpe en el estómago. Escupí en su cara y me liberé del segundo gorila de una patada en la entrepierna. Gruñí cuando sentí al primer gorila soltar un golpe contra mi quijada.
Poco después otro gorila me tomó de los brazos al tiempo que caminaba, me estaba arrastrando para sacarme del lugar.
―¡Lárgate de aquí cabrón y no vuelvas! ―me dijo y me tiró en un callejón.
¡Mierda!
Escupí el sabor metálico de mi sangre y me percaté de que tenía el labio roto. Todavía estaba viajando, así que no sentí ni dolor ni frío. Me puse de pie, trastabillando en un par de ocasiones, me acomodé el abrigo lo mejor que pude y volví a escupir sangre. Metí las manos en los bolsillos del pantalón y regresé sobre mis pasos de la tarde hacia la estación del tren.
Irónico, me iría en tren en pleno viaje.
Casi me río de mi patético chiste.
Llegué a la estación y me dijeron que el último tren del día no salía sino hasta las once y media. Miré mi reloj y caí en cuenta que faltaban más de diez minutos para las once.
Le gruñí a la cajera que me diera un boleto y me senté a esperar. Maldito frío.
Mi viaje estaba terminando, el ligero temblor de las manos me lo decía. Además esa calidez que sentía hacía unos minutos se estaba yendo de mi cuerpo, también la cara me dolía a horrores.
Me empezaron a chasquear los dientes, literalmente me estaban drenando el calor del cuerpo.
Me vi tentado a emprender otro viaje, pero cuando busqué la bolsita donde estaban las otras preciosuras, ya no estaban. ¡Mierda!
¡Mierda!
Seguro las perdí en la pelea.
Volví a sentir el frío recorrerme, estaba ansioso, me puse a caminar de un lago a otro en la estación. Me senté y levanté como cinco veces, cualquiera pensaría que estaba loco. Pero a la mierda todos.
Froté mis manos para tratar de que algo de calor se produjera, nunca me había pasado esto, jamás había sentido un frío tan intenso al final de un viaje.
Poco a poco mi cuerpo se relajó y mis manos dejaron de temblar, sin embargo una ansiedad impresionante de fumar me invadió todos los sentidos. Miré los estúpidos letreros de que no podía fumar en la estación y sin dudarlo salí.
Todavía faltaban más de quince minutos para que arribara el tren. Mi vista periférica vio a una chica con abrigo verde en la esquina opuesta de la que yo estaba. La ignoré y me dispuse a fumar un par de cigarros, los últimos del paquete.
Miré el humo de mi último tabaco consumirse y sentí como mi cuerpo se regularizaba. Mi viaje ya había terminado y estaba cansado, muy cansado.
Volví a ver a la chica después de que escuché un grito. Dos hombres mucho más altos que ella la rodeaban, volvió a gritar y la voz se me hizo familiar.
Enfoqué la mirada y alcance a ver un destello verde en su rostro.
Sakura
Me tomó de la mano, eso también lo hacen los amigos ¿no? Así que no hice nada, sólo me quedé silenciosa, a pesar de que su calidez me incomodaba.
De verdad.
Me incomodaba demasiado la forma en que sus dedos se habían entrelazado con los míos. Giré la cara para verlo, pero él mantenía el semblante tranquilo, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
¿Lo era?
Era yo demasiado conservadora, tal vez, y eso era lo que hacían los amigos en Inglaterra, tomarse de las manos y caminar en silencio. Tal vez.
Pude sentir como se detuvo, tan ensimismada estaba que no noté que estábamos a dos calles de mi casa.
―Sakura, me gustas.
¿EH?
Sentí sus dedos estrechar mi mano con más fuerza, mientras su cara se sentía peligrosamente cerca de la mía, como si nos hubieran puesto un zoom. Di un paso atrás por instinto y después otro, pero su mano no me soltó y de un jalón me regresó a la posición inicial muy cerca de su rostro, peligrosamente cerca.
―Err―sonreí nerviosamente mientras trataba que su mano dejara la mía. Eso ya no podía ser normal y estaba empezando a molestarme, esa clase de invasiones a mi espacio personal me hacían enfadar.
De verdad.
―Eriol―quise que mi voz sonara firme y no tan nerviosa como en realidad se escuchó. –Esto, no…―su mano tomó mi cintura y colocó su cara más cerca de la mía, encorvando con ello su cuerpo, estábamos tan cerca que pude oler el leve aroma a café en su aliento.
―Me gustas―repitió y yo sentí que lo decía por primera vez, experimenté la sensación de un balde de agua fría en la espalda. –Eres linda y tan dulce…―sin soltarme la cintura empezó a jugar con mi cabello.
De pronto sentí que Eriol tenía más de dos manos. Cuando se acercó uno de los mechones de mi cabello a la nariz y lo olió con fuerza pude ver en sus ojos algo profundo que no había notado antes. El brillo de sus lentes me aturdió, tal como las polillas que se pierden por la luz.
Un roce, casi imperceptible me hizo abrir los ojos como platos y brincar hacia atrás con todas mis fuerzas. ¡Me había besado! ¡Eriol Hiraguizawa me había besado!
¡Rayos!
Sentí la cara arderme, eso era malo, muy malo y yo era demasiado tonta por no haberlo parado a tiempo. Mi primer beso con alguien que ni siquiera me gustaba.
Así no tiene valor.
¡Exijo que se anule este beso!
―No, Eriol esto…
―Shhhh.
De nuevo esa mirada extraña mientras volvía a acercarse a mí. Estiró los brazos como queriendo que nos fundiéramos en un abrazo ridículo, pero fui más rápida que él y me moví a un costado.
―No Eriol, tú no…
Puse las manos como barrera para alejarlo de mí, mientras buscaba las palabras que estaban atascadas en mi garganta. Estaba confundida, me había besado, y aunque sentía un leve cosquilleo en los labios no me había gustado.
Esto es demasiado bizarro, él es mi amigo.
―¡Basta! ―le grité, tenía que hacerlo, Eriol parecía no escucharme. –No me gustas Eriol, no así―no lo miré, no podía hacerlo, me sentí avergonzada y confundida, no sé cómo manejar esta clase de situaciones.
Tal vez debería preguntarme a Mamá como rechazar a los amigos sin lastimarlos y sin parecer ridículamente estúpida cuando lo haces, claro, sin dejar que te roben un beso y te abracen de forma incómoda.
―-No es cierto, yo te gusto― le hice la mirada « ¡Qué rayos, eres un tarado o qué!» pero ni eso funcionó. ―¿Cómo podría no gustarte?
Levanté una ceja, me estaba dando a entender que era tan bueno y tan maravilloso e irresistible que debía rendirme a sus pies por eso y suplicarle que me amara por toda la eternidad.
¡Arrogante!
―Lo siento Eriol estás equivocado, no me gustas. Eres mi amigo, no más―sé que le falto énfasis a la última frase, pero me sentí cohibida al verlo acercarse de nuevo y burlar la barrera de mis brazos con demasiada facilidad. Sin que yo pudiera detenerlo puso su mano en mi mejilla y levantó mi rostro, su mirada me hipnotizó, era más azul que de costumbre.
Su cercanía y calidez me provocaron un mareo.
―Sakura sé mi chica.
¿Acaso estaba hablando en alienígena? ¿O que rayos?
Tal vez Eriol no entendía el japonés tan bien como yo creía.
―No Eriol, detente―de nuevo me zafé de sus brazos y corrí a un poste para que estuviera entre los dos.
Aquello seguro parece, a los ojos de cualquier otro, como un juego de enamorados corriendo por las calles para abrazarse y besarse. Juro que escuché algún suspiro, claro no mío, cuando Eriol volvió a doblegar mi barrera y me abrazó.
―Yo sé que te gusto Sakura, así que sé mi chica―me habló tan cerca del oído que sentí un estremecimiento ante su calidez. ―¿Si?
―¡No! ―luché con los brazos para que me soltara. ―¡No me gustas Eriol así que detente por favor! ―salió tan fuerte y tan claro que me enorgullecí de mi fortaleza, aunque me asusté al ver diversión en sus ojos.
―Sakura.
―¡Tomoyo! ―grité lo primero que se me ocurrió en medio de mi desesperación, tal vez debería decirle que no me gustaba en su lengua materna para que no hubiera dudas. –Tengo que ir con Tomoyo, seguro me está esperando y ve la hora―miré mi reloj de pulsera sin ver la hora en realidad. –Me tengo que ir, luego hablamos― y corrí.
Corrí como la cobarde que soy, corrí lo que mis pies me permitieron. Fingí no escuchar que me llamó un par de veces y no me detuve hasta estar en la parada del autobús.
Iría a ver a Tomoyo, ella me diría que hacer en esta situación, ella siempre ha sido extremadamente buena para darme consejos cuando no puedo sortear las cosas decentemente. Como en este caso.
Un autobús se detuvo y yo no miré el letrerito brillante que tenía para indicar cuál era su destino. ¿Ya les había dicho que soy demasiado tonta para eso de la ubicación espacial?
Bueno, esto se suma a los ridículos de Sakura.
Sí acertaron, me perdí.
Aunque no supe que estaba perdida hasta que el autobús dejó de moverse y reconocí las luces de la terminal de trenes ¡EN TOKIO!
¡Rayos!
¡Mierda!
¡Maldición!
¡Ash, ya no me sé más palabras altisonantes!
¡Soy una idiota!
¡IDIOTA!
Con mayúsculas y signos de admiración infinitos.
¡Estaba en Tokio! ¿Por cuánto tiempo había viajado? ¿Dos horas? Incluso pudieron haber sido tres y yo ni en cuenta. ¿Por qué no había notado que salíamos de Tomoeda? ¿Por qué no fui consciente de que aquel viaje estaba siendo más largo de normal, cuando Tomoyo vive a menos de quince minutos de casa?
¿Acaso no tengo cerebro?
Lo único que puedo decir a mi defensa es que la escenita con Eriol me afectó, no sé si no lo había notado antes, pero tiene un ego del tamaño de la torre de Tokio. Miren que decirme que era imposible que no le gustara, hería un poco mí inteligencia.
Y que se atreviera a besarme con tanta facilidad, me enojaba mucho. Tanto que seguro le guardaría una bofetada para cuando pudiera desquitarme, pero desde ya exijo que ese beso quede anulado de mi repertorio amoroso, me niego a que el primer contacto labio con labio en la historia de mi vida haya sido tan desagradable y con alguien que ni siquiera me gusta un poquito.
Apreté los puños de coraje cuando entré a la estación y las luces me cegaban un poco. ¿De cuántos kilovatios eran sus luces?
Miré el reloj, eran casi las diez, seguro Mamá y Papá deben estar muy preocupados, y seguro un poco molestos porque no estoy en casa. Busqué en las bolsas de mi abrigo por mi móvil, tal vez en la otra…
¡No!
¡No, no, no, no!
Lo había dejado en casa porque no tenía batería. ¡Maldición!
¿Cuántas veces he maldecido el día de hoy?
¿Acaso eso podía empeorar?
Aquellos entes celestiales no podían darme un respiro, mi día ya había sido muy malo desde el inicio, demasiado para ser uno solo ¿no?
Me dejé caer en uno de los asientos de la terminal, tendría que llamar de un teléfono público, a lo mejor podrían mandar a Touya por mí, es mi hermano mellizo mayor, debe hacer esta clase de cosas.
Después de esperar unos minutos para tranquilizarme y elaborar la excusa más creíble del mundo, me puse de pie para buscar los teléfonos que había visto alguna vez en la estación. Tuve que preguntar un par de veces a los oficiales que había ahí y llegué a los dichosos aparatos. Miré la cantidad de yenes para poder llamar y me dije que aquello era un robo.
Busqué en mis bolsillos y no encontré un solo yen, aquello no podía ser cierto. Me quité el abrigo y rebusqué en los tres bolsillos que tenía y nada, solo había pelusa.
Volteé las bolsas de mis jeans y lo único ahí era el pase del autobús ¡Lo único!
Ahogué un grito.
No sólo no tenía dinero para hablarle a mis padres, sino que no tenía dinero para regresar a casa. Me jalé el cabello.
¿Podían las personas ser tan tontas?
¿Podían?
¿Dónde estaban mis neuronas? ¿Debía tenerlas, no?
Pateé la base metálica del teléfono y uno de los oficiales se aproximó. ¡Genial! Lo que me faltaba, seguro me arrestarían. Bueno, pero eso tal vez podría ser de ayuda, a los prisioneros se les permite una llamada ¿no?, al menos eso sucedía en las películas.
―¿Está todo bien?
―Sí―mentí.
―¿Segura?
El hombre era regordete, tal vez en los cuarenta, con la mirada brillante y las mejillas sonrojadas, parecía Santa Claus.
―Sí. ¿Sabe si esta estación es de post-pago?
Me refería a si podía pagar hasta llegar a Tomoeda, al menos estando ahí podía pedirle a alguien que hablara a casa para poder pagar el boleto.
―No.
―¡Maldición!
―Pero puede hablar con la taquillera, ella le informará.
―Gracias― y le sonreí, a lo mejor si mostraba mi cara de niña buena me dejaría colar en el tren, pero no, se alejó silbando.
Caminé con los hombros y la cabeza agachada por la vacía estación, esperaba que la señora de la taquilla tuviera buen corazón, o que al menos me dejara hablar a casa.
―No puedo.
―Le juro que pagaré el boleto en Tomoeda, se lo juro, olvidé mi cartera y en casa deben estar preocupados, salí hace mucho y usted sabe, un amigo me declaró su amor, me subí a un autobús porque él no me gusta y terminé aquí.
―De todas formas no puedo.
La mujer mascaba una goma rosada, podía verla ya que no dejaba de mascarla mientras hablaba.
―Se lo pido, no tengo dinero, pero si me dejara hacer una llamada…
―Esto no es la beneficencia, sin dinero no hay boleto, ni llamada, ni nada.
Estaba a punto de llorar, lo juro, me podría a llorar a sus pies y le suplicaría hasta que me dejara irme a casa.
―Puedes hablar con el jefe de estación si quieres, si él me autoriza puedo dejarte viajar sin boleto.
―¿Dónde está? ―sonreí como si los Dioses me hubieran bendecido.
―Llega para la última corrida, a las once y media.
―¡Once y media!
―Sí.
Suspiré, olviden mi agradecimiento a los Dioses, casi me hiperventilo. Caminé de un lado a otro en la estación ¿Cómo podría solucionar eso? Tal vez podría averiguar la ruta de autobús que tomé, si había una hasta Tokio debía haber una de regreso ¿no?
Con ademanes exagerados le pregunté al policía-Santa Claus sobre la parada del autobús, a pesar de haber llegado ahí ya no recordaba por dónde debía salir. Santa me señaló una de las puertas y dijo algunas indicaciones que no entendí muy bien, pero asentí a todas ellas.
El frío viento me azotó en el rostro, aquello era un poco tenebroso de noche, ahora que lo pienso nunca había estado en Tokio tan tarde. Me acomodé el abrigo y caminé hacia donde me había dicho el policía regordete, afortunadamente encontré la parada del autobús y leí las rutas y los horarios.
¡Maldición!
Según el tablero ya no había autobuses hacía ningún lado. Volví a mirar mi reloj de pulsera y me desesperé, pronto serían las once. Mamá y Papá me desollarían viva y para cuando terminaran conmigo no me dejarían salir hasta que iniciara la Universidad.
Suspiré.
Me quedé sentada en la parada hasta que dieron las once, con la esperanza de que algún autobús fuera mi salvación. Pero no, de hecho para ensombrecer más mi fortuna apagaron las luces de la parada y tuve que moverme, aquello además de tétrico seguro sería peligroso.
Mi última esperanza era rogarle al Jefe de Estación por su compasión y benevolencia, porque si no, no había manera de volver a casa.
Caminé lentamente hasta la estación, como estaban limpiando una de las entradas le di la vuelta a la calle y terminé en la parte trasera de la estación, la más solitaria.
Miré hacia las luces de la ciudad y me quedé ahí, sólo mirando. Me tranquilicé e incluso me permití cerrar los ojos un rato, ya vería como solucionar esto, seguro si explicaba con calma lo sucedido nadie se disgustaría y Touya diría algo así como que no puede dejarme sola porque siempre hago idioteces.
Tendría que omitir lo de Eriol, al menos frente a Touya, porque si no lo mataría, él es el estereotipo de hermano celoso y sanguinario de cualquier familia.
Sobre todo sanguinario.
Una vez golpeó a un chico en la primaria por invitarme a tomar un helado. Mamá lo reprendió y lo obligó a disculparse con él, pero jamás volvió a dirigirme la palabra, de hecho creo que huía de mí cada que estábamos a menos de dos metros de distancia.
Tomoyo lo había cambiado un poco, ha sido como un bálsamo para su carácter, pero supongo que hay cosas que el amor no puede lograr, y con eso me refiero a que Tomoyo no ha podido hacer que deje de tratarme como una niña pequeña, como si él fuera mucho mayor que yo, y no sólo un par de minutos.
De nuevo suspiré, y me estremecí. Cada vez hacía más frío.
Vi a un chico vestido de negro del otro lado de la estación, tal vez podría perle dinero prestado, estaba de espaldas así que no podía distinguir su rostro, pero a lo mejor se compadecía de mí, e incluso podía ser que después de eso viviéramos una historia de amor desenfrenado.
Claro, todo esto si lograba dejar mi cobardía y me acercaba a decirle «hola»
Miré por última vez las luces de la ciudad, debía entrar y suplicar. Sin embargo, repentinamente dos sombras me cubrieron y solté un «Hoeeeeeee» de sorpresa.
Instintivamente me moví para irme pero no me lo permitieron, estaba acorralada.
No te pongas nerviosa, me dije. Tal vez son amistosos, por un momento pensé que eran seres de otro planeta y venían a conocer terrícolas.
―¿Estás sola preciosa? ―uno, el más alto, tomó un mechón de mi cabello y volví a gritar. Me alejé y ellos se acercaron más a mí. ¿Cómo había dicho Touya? Levantar la palma de la mano y pegarle en la nariz, golpear su entrepierna con la rodilla y picarles los ojos, para después correr como si la vida se fuera en ello.
Sentí los latidos de mi corazón en las orejas, mi vista se estaba nublando, el miedo me invadía. Y recordar las violaciones múltiples que habían sido reportadas en las noticias hace unos días no me ayudó demasiado.
―Me están esperando, déjenme pasar―mi voz sonó más firme de lo que creí, levanté la mirada y me paré derecha, no debía demostrarles mi miedo.
La carcajada de uno me retumbó en los oídos.
―La estación está vacía princesa, así que no nos mientas―el espacio era más estrecho, me habían rodeado. Separé las piernas para que me dieran equilibrio, levanté los brazos a la altura de las costillas para protegerme de su avance y volteé mi anillo de perlas para poder infringir el mayor daño.
Uno de ellos tomó mi brazo y de inmediato levanté la rodilla y la hundí con fuerza en su entrepierna. Mi golpe los tomó por sorpresa así que cuando el que me tocó se dobló de dolor entre maldiciones, pude escabullirme y correr hacia la puerta de la estación.
―¡Maldita!
El miedo me hizo trastabillar con mis propios pies, así que les di tiempo de alcanzarme antes de topar con la puerta de la terminal, sentí el empujón de unos de ellos contra la fría pared y me estremecí.
El llanto empezaba a cegar mi mirada, recordé que había un chico ahí, así que levanté los ojos y solté un grito.
―¡AYUDA!
Uno de ellos me tapó la boca y sentí que las lágrimas ya escurrían por mi rostro, mientras el otro empezaba a meter sus manos dentro de mi abrigo.
Shaoran
Vi a la chica retroceder ante los hombres y entré a la estación, no era mi problema y la verdad estaba demasiado cansado para pensar en ser un héroe. Todavía faltaban unos minutos para que anunciaran la partida del tren, así que me senté y acomodé mis pies en el asiento de enfrente.
Escuché un leve quejido, tal vez los chicos de afuera ya se estaban divirtiendo, escuché una maldición y vi a la chica llegar a la zona de la estación donde hay cristales.
La vi pelear hasta que los dos tipos la tomaron de los brazos, vaya que sabía patear traseros, se los volvió a quitar de encima y yo equiparé la escena con alguna película de acción.
Volteé a buscar a algún policía que estuviera más interesado que yo en salvar a la damisela, pero no había nadie. Volví a oír gritos y pusieron a la chica de frente a los cristales y pensé que aquello demostraba que el mundo es un maldito pañuelo.
Mi trasero se levantó como si tuviera un resorte y llegué de unas zancadas a la puerta. Oí sus sollozos y pude ver como luchaba para que no le quitaran el abrigo. Iban a violarla.
―¡Hey! ¿Se divierten? ―vi sus ojos llenos de lágrimas y se me resecó la garganta. –Vámonos ojos de gato, casi sale el tren.
Tomé su brazo y la jalé con fuerza, con la estúpida idea de que los bastardos esos la dejarían ir sin resistencia.
―No irá a ningún lado idiota, no hasta que terminemos con ella―la sentí temblar cuando uno de ellos la jaló de nuevo.
Estaba en shock, pero continuaba peleando para evitar que siguieran tocándola. Le di una corta mirada y vi mi reflejo en sus ojos, sin pensarlo más tiempo le solté un golpe en la quijada a uno de los tipos, lo que bastó para lanzarlo lejos. Aunque se puso de pie rápidamente y me regresó el golpe, debo decir que me tomó distraído, pero giré y le di una patada en el estómago para mandarlo más lejos y dejarlo retorcerse en el suelo.
El otro jaloneó a la ojos de gato, pero ella no dudó en clavarle el codo en las costillas. Yo rematé su golpe con una patada en el estómago y volví a tomar su mano para correr a la terminal. Trastabilló con sus propios pies pero impedí que se cayera de un jalón, busqué con desesperación los letreros para saber cómo llegar a los andenes sin que ella dejara de llorar y temblar.
El estómago me dio un vuelco, pero no lo dudé, seguimos corriendo hasta los andenes donde estaba el tren, que con un silbido agudo anunciaba que estaba a punto de partir. Casi la arrastré hasta dentro de uno de los vagones y nos sentamos a esperar, los dos en silencio.
No solté su mano hasta después de un momento, miré con atención hacia los andenes para ver si nos habían seguido, pero no pude notar nada extraño. Los dos jadeábamos, supongo que así como yo, ella también había perdido el aire de los pulmones con la carrera.
Segundos después empezó a sollozar, la vi encogerse en el asiento, puso ambas manos sobre su rostro y trató de callar su llanto, me percaté de que sus nudillos estaban rojos e inflamados, incluso con algo de sangre. Todavía no dejaba de temblar.
―¿Estás bien?
Lo sé, mi pregunta era idiota pero no sabía qué más decir, sus lloriqueos eran desesperantes. Siempre me ha incomodado el llanto de las mujeres, supongo que tener hermanas lloronas me condicionó al respecto.
No me miró hasta después de algunos minutos, la vi tomar aire al tiempo que se limpiaba los mocos y las lágrimas con la manga del abrigo. No sé por qué, pero me pareció graciosa la escena. Estaba completamente despeinada, tenía una cortada en el rostro y el resto de su maquillaje como líneas grisáceas que le atravesaban el rostro.
Sus ojos estaban rojos y brillantes y pensé que era bonita.
Ja, ja, ja.
Soy demasiado retorcido ¿cierto? Me parecía bonita una chica que estuvo a punto de ser violada.
―G-gracias.
No contestó mi pregunta inicial, sin embargo, se me fue el aliento y volví a sentir la garganta reseca. Vi su labio roto y por un momento me dieron unas ganas casi enfermizas de acariciarlo.
Carraspeé y desvié la mirada de esos ojos grandes y llorosos.
―Como sea.
Dije sin mirarla, sintiéndome asqueado por mis propias sensaciones. Aquello era demasiado cursi para mí. Yo no era el héroe que salvada a la princesa solo para después besarla y abrazarla como si aquello fuera el motor que mueve el mundo.
Yo no soy un héroe de princesas, soy más bien un bastardo alcohólico.
Ese soy yo.
Un tipo rico que se droga y duerme con cuanta mujer bonita se le atraviesa, que puede pasar semanas bebiendo wisky y vodka, y además fumando como si no hubiera un mañana.
No soy bueno, y que ella me mirara con los ojos llorosos e hipando, me hizo sentir fuera de lugar. Me puse de pie incómodo como impulsado por un resorte imaginario, y me alejé de ella, cuando el tren ya se ponía en movimiento.
―¿L-Li?
Tenía las manos echas puño en su regazo cuando me gire a verla pero no respondí a su llamado. Cruzamos miradas y el estúpido pensamiento de que era bonita me invadió de nuevo, desvié la mirada y me estrujé el cabello.
Vi cómo se acercaba el encargado de revisar los boletos hacia el pasillo.
―Joven, su boleto.
Le extendí el papel arrugado en mi bolsillo y lo perforó con una maquinita. Me lo regresó con una sonrisa falsa y siguió su camino.
Yo también seguí caminando por el pasillo, necesitaba alejarme de la ojos de gato antes de que algo me poseyera y empezara a limpiar sus lágrimas, esa niñata es como tóxica para mí.
―¡Hoeeeee!
Escuché su grito y mis sentidos se alarmaron de nuevo, así que antes de saberlo ya estaba de regreso a la camarilla donde estaba sentada. Por un segundo pensé que los bastardos de hacía un rato la habían encontrado de nuevo…
―Y-yo, miré, el asunto es…―vi como trataba de hablar con el hombre que sólo tenía una ceja alzada, seguro por el aspecto desastroso que tenía, aunque la verdad a mí me parecía una escena graciosa, ya que la palidez había salido de su rostro y tenía las mejillas arreboladas. Al ver que los bastardos no habían regresado, desapareció ese extrañó vació que se había formado en mi estómago sin que me percatara de ello.
―Y-yo iba a hablar con el Jefe de Estación porque olvidé mi billetera pero le juro que llegando a Tomoeda pagaré el boleto.
Ni la ojos de gato ni el hombre se percataron de mi presencia.
―Eso no es posible, tendrá que venir conmigo en la siguiente estación.
―N-no, por favor―la vi temblar en el asiento. –Lo pagaré, lo juro.
―¿Cuánto es? ―mi voz sonó áspera y molesta, tanto que sobresaltó a la ojos de gato, al grado de que dio un brinquito en su asiento. Miré desde mi altura al hombre y no esperé a que respondiera mi pregunta y le extendí un billete de alta denominación.
―Tiene que cubrir la multa por no traer el boleto.
―Sí, sí, como sea…
No debí desviar la mirada del hombrecito de gorra azul, porque los grandes ojos verdes de Kinomoto me estaban esperando. Boqueaba como un pez fuera del agua, y la vi morderse el labio como para hacerse reaccionar.
El hombrecito de azul me dio dos papelitos amarillentos y el cambio, nos sermoneó un poco pero yo no le presté atención en lo absoluto. Seguía perdido en esos ojos verdes que centellaban con un extraño brillo que me hipnotizó.
¡Vaya, que mierda estoy pensando!
Volví a carraspear, supe que me daría las gracias, así que me alejé y busqué un asiento lejos de ella, bastante de príncipe valiente había hecho ya, como para abrazarla y consolarla el resto del camino.
Vi la sorpresa en sus ojos cuando me alejé pero no dijo nada, seguro estaría bastante avergonzada. Saqué mi móvil y me puse los audífonos para relajarme, la ansiedad por nicotina empezaba a invadirme, además de que me dolía la cabeza y las manos.
Dos peleas en un solo día y estaba molido, seguro Wei se sorprendería de mi falta de condición física, después de todos esos años de entrenamiento ninja que me dio.
Recargué la cabeza en el asiento y lo incliné un poco para dormir. Aunque me parecieron solo unos minutos, porque lo siguiente que vi fue a la ojos de gato sacudiendo mi hombro para despertarme.
―Li, llegamos.
Me levanté de un salto y corrimos hacia las puertas antes de que se cerraran. El frío me entumió el rostro, pero me despertó, aunque me ardían los ojos y tenía el cuello engarrotado.
―E-esto… m-muchas gracias, por… por todo.
Me sorprendió, no solo su segundo agradecimiento de la noche, sino su inclinación reverenciosa. Me sentí asqueado, eso era más mierda de la que necesitaba.
―Da igual―de nuevo abrió los ojos como platos, pero no me dijo nada, no sé por qué, pero me hubiera gustado que me gritara algo, pero no lo hizo.
Me adelanté, necesitaba llegar al estúpido apartamento y tirarme en el maldito sillón como tabla para dormir un poco. Ella me alcanzó después y salimos juntos de la terminal. Para esa hora ya no había autobuses, así que tendría que caminar al departamento.
La vi dudar, se veía perdida, incluso más que yo, que llevaba ahí dos días. No me despedí ni la miré, caminé entre la oscuridad y metí las manos en los bolsillos, debía recordar comprar guantes.
Oí pasos apresurados acercándose. Disminuí el paso y la ojos de gato me alcanzó.
―H-humm Li.
―Mira ojos de gato―le grité y vi sus ojos centellar en la oscuridad. –Me golpearon porque decidiste dar un paseo nocturno sin dinero. Te salvé y además tuve que pagar tu boleto. Ya he hecho bastante por ti hoy ¿por qué no te pierdes? ―no creí que pudiera abrir tanto los ojos.
Dio un paso hacia atrás y luego otro, para después echar a correr.
Y me sentí una basura.
Sí, escucharon bien, me sentí mal por gritarle a esa llorona, pero aun así no me moví de mi lugar, como si a mis pies le hubieran salido raíces, no corrí tras ella como se supone que debería suceder en estos casos.
Pero después mi mente me traicionó y empezó con idioteces de que tal vez alguien podría tratar de violarla de nuevo. Imágenes, bastante dramáticas si me lo preguntan, empezaron a correr por mi mente, y de nuevo sentí ese vacío en medio del estómago.
¡Rayos!
¿Quién era yo? ¿La puta Madre Teresa de Calcuta o que rayos?
A mí me valía una mierda si la violaban.
Mis pies se movieron solos antes de que las voces de mi cabeza se pusieran de acuerdo sobre si ir o no ir tras ella. La encontré unos metros después, recargada en un poste llorando silenciosamente.
―¡Vamos tonta! ―le volví a gritar y la hice saltar de la impresión, por lo que me dio uno de esos grititos ridículos que tenía, un «Hoeee» o algo así.
La tomé del brazo y ella moqueó para tratar de respirar y repitió el movimiento de limpiarse las lágrimas con la manga del abrigo. Rebusqué en mis bolsillos, todavía tenía la costumbre marica de traer un pañuelo, ya saben, por si a alguna llorona le dan ganas de sonarse la nariz.
Se lo extendí sin emitir una sola palabra y empecé a caminar. Poco después caminaba a mi lado, y me hizo corregir la dirección un par de veces, señalando con el brazo o con monosílabos.
Entramos a una calle y la luz de una sirena de policía, roja y azul, llamó mi atención. Oí gritos y noté como la ojos de gato se quedaba paralizada en su lugar, dos personas corrieron hacia nosotros.
―¡Sakura! ¡Dios Santo!
Una señora, que se me hacía levemente conocida, cogió en sus brazos a la ojos de gato llorando con desesperación. Estaba tan ensimismado por la escena que no sentí el jalón y luego el golpe en la quijada que me soltó el hermano-matón.
―¡Detente Touya! ―gritó la ojos de gato después de zafarse de la señora que no dejaba de llorar. –Él me salvó, no le hagas daño― Kinomoto extendió ambos brazos frente a mí a forma de barrera.
Un hombre de gafas y dos policías se acercaron después. El hermano bufó maldiciones entre dientes y se alejó de mí, sin embargo, el hombre de lentes se me acercó, al tiempo que la señora llorona volvía a abrazar a la ojos de gato y revisar su rostro una y otra vez.
―¿Está bien joven? ―me tendió la mano para ayudarme a ponerme de pie y yo caí en cuenta, de que no me había percatado, del momento en que el golpe me había mandado de trasero al suelo.
Rechacé su ofrecimiento y me puse de pie solo.
―Entremos hija, tienes que explicarnos qué pasó y debes llamar a Tomoyo porque está histérica.
Todos empezaron a caminar y yo me dije que era momento de irme, no tenía nada que hacer ahí, ya bastante mal la había pasado por esa tonta. Anoten esto, me habían golpeado dos veces por una tonta y llorona mocosa de ojos verdes.
Escupí la sangre que se me acumuló en la boca y me alejé con las manos en los bolsillos.
―¡Li! ―vi que la ojos de gato corrió hacia mí ante la mirada de los que parecían ser su familia completa. –Gracias―se inclinó como agradecimiento, y también anoten esto, ella es la chica que más veces me ha agradecido algo en toda mi maldita vida.
No pude decir nada.
Un maldito ratón se había comido mi lengua. Me dijo algo de entrar a su casa a limpiarme y tomar algo, pero la ignoré y me di la vuelta, quedándome con la última mirada sorprendida de sus ojos.
Mientras me alejaba me percaté que no me quitó la mirada de encima ni un minuto. Y de nuevo me sentí estúpido cuando una sonrisa se formó en mi rostro y me hizo recordar que el hermano-gorila me había reventado el labio.
Tonta ojos de gato.
Continuara…
Hola a todos, ¿qué les pareció el capítulo? Un día bastante movidito para esos dos, aunque estuvo divertido. Chicas, anoten los consejos de Touya sobre defensa personal, uno nunca sabrá cuando tendrá que utilizarlos. Y vaya que Eriol es todo un narcisista…
Agradezco de corazón la aceptación de la historia, la verdad moría de ganas por escribir sobre un lobito que fuera un poco malo, aunque eso no le quita lo endemoniadamente sexy. ¡Además ya aceptó que Sakura le parece bonita!
Espero sus reviews, ya saben, cualquier comentario o duda, o cualquier cosa siempre es bien recibida, además amo los reviews muajajaja :P
No había comentado, pero esta historia tiene un poema, se llama Esto es un amor y es de Efraín Huerta, cada capítulo habrá un fragmento. Hay algunas versiones en YouTube bastante bien interpretadas, si tienen tiempo seguro les encantará tanto como a mí.
Recuerden que este año estamos celebrando mi décimo aniversario, además de que celebramos el regreso de mi musa que andaba en las Bahamas, así que los dedos de Lían andan desatados. Sé que prometí Corazones, pero me atoré con una escena y la verdad prefiero esperar un poco más.
A las lindas personas que me dejaron un review y no tienen cuenta, pásense por mi Bio ahí encontrarán las respuestas. A las personas registradas ya les respondí por PM. ¡Mil gracias a todas y todos los lectores que leyeron la historia!
4ever&4always
Lían
