Hetalia no me pertenece. La historia sin embargo, es mia-
Advertencias: ¿Estrés de los personajes?, miedos y tristezas. Se recomienda discreción.
TOSKA RETSEPTOR
Capitulo dos.
ACTO I
"Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón."
Gilbert Keith Chesterton
(1874-1936) Escritor británico.
Cuando despertó sentía un dolor en el cuello y una clara desorientación de tiempo y lugar, quizás por que todo era uniformemente blanco. Un cuadro blanco y acolchado. Julián movió los ojos por el lugar pero no percibió a nadie más con él. Intento moverse, pero no lo consiguió, al contrario consiguió un dolor en los brazos.
Tenía una extraña camisa que le impedía mover los miembros a voluntad, quedando en una posición incómoda, sintió un gran temor, porque aquello era una camisa de fuerza y se estremeció. La había visto en la televisión y algunas películas, e incluso aquellos personajes estaban en una situación parecida a la que estaba viviendo en ese momento, evidentemente a Julián le tomó unos minutos darse cuenta de su posición; aún seguía aturdido.
¿Dónde estaba exactamente y dónde estaban sus padres y Alfred? Recuerda el consultorio y a sus padres, pero no puede dibujar recuerdos más allá.
Se intentó mover, pero era inútil, se frustró al poco tiempo y comenzó a rodar por el piso acolchado intentando ponerse de pie, era inútil.
La frustración se volvió en rabia. El latino se quedó con la mirada en la lámpara blanca, las paredes blancas e intentó pacientemente en relajarse totalmente. Respiro y cerró los ojos en la incómoda posición en que se encontraba.
— Dzulian está en aprietos, Da.
El aludido tembló, todo su cuerpo vibró, tendido en el piso. Abrió los ojos y Vadim estaba allí. Cómodamente sentado, inclinado sobre su rostro hacia el latino; lo encontró sorprendido, asustado y si no fuera porque estuviera incapacitado de moverse a voluntad, era casi seguro que Julián se alejaría hasta el último rincón de la habitación.
— Dzulian lo hizo muy bien hoy. – le dice, cándidamente, y al sonreír sus colmillos se asoman; son afilados, Julián no puede dejar de verlos. –Dijo muchas verdades. Dzulian siempre hace lo correcto.
Su pecho bajo y subió un poco más rápido cuando acerco la mano a su rostro, el joven apretó los dientes detrás de los labios, y vio con atención como se acercaba en aquel contacto que para su alivio, nunca llegó.
Lo dedos sólo pasaron por encima de su cabeza y se apoyó de la superficie acolchada.
— Dzulian, no debe sentirse mal…— le dijo y hubo una larga pausa.– Ellos querían que te quedaras aquí, ellos piensan que estas mejor aquí. Ser un perturbado es una vergüenza hoy en día.
Vadim sonríe, sin mostrar los dientes para alivio del otro, porque en ése momento estaba tan cerca de su rostro.
— Dzulian está en un hospital, ése hospital del que te hablaron, es grande.– comenta con su sonrisita que Julián no sabe cómo tomar, no sabe si el demonio está feliz, o sólo finge, o sólo está pensando en alguna travesura.
Como el latino no responde, seguro el demonio quiere pensar que esta triste. Sorprendido, aturdido.
— Debe de sentirte muy solo. – le dijo el ser con una voz suavizada, acercó los dedos a la corona de la cabeza negra, este sintió el tacto frio y como se enterraban los dedos por su cabello. —Vadim está aquí, jamás dejara a Dzulian solo. Todos pueden abandonarte, Vadim no lo hará.
Quería mover sus piernas y retorcerse allí mismo, quería ponerse de pie y correr, ¿A dónde?, a cualquier lado; quería alejarse. Pero no podía moverse, no podía correr, sus piernas estaban adormecidas, no podía arrastrarse, sus brazos estaba cruzados. No podía hablar, tenía demasiado miedo de hablar con él, le tenía tanto miedo...
Quería ignorarlo… quería ignorarlo; no escucharlo, no verlo.
Dormir. Eso, quería dormir…
Intentó mover la cabeza a un lado, pero Vadim la sostuvo seguramente pensando que Julián tenía espasmos nerviosos, porque no dejaba de temblar.
Los dedos continuaban paseándose por su nuca. Levantó su cabeza y la apoyó en él con suma facilidad, en lo que Julián imagino, era su regazo. Como viejos amantes.
Julián comenzó a rezar en su mente. Recordaba el Padre Nuestro y recordaba a un Dios con el cual conversaba, con quien podía hablar, aunque no respondiera.
Su Madre siempre decía que Dios sabía guardar los secretos. Su madre…
— ¿Qué haces, Girasol? – preguntó el ser y apretó los labios, cuando volvió a ver al humano, sus ojos estaban brillando. – ¿Por qué no hablas? ¿Por qué no hablamos?... Hablemos, Da. Vadim está aquí para hablar contigo.
Julián había cerrado los ojos. Sintió el descontento del otro y como apretó los dedos en su cráneo con algo de fuerza y tiró el cabello suavemente para que le prestara atención.
— Abre los ojos. – ordenó el demonio con una voz gruesa. –Abre los ojos, ahora. Dzulian…
El latino no los abrió. Más su pensamiento se desvaneció por el miedo que le provocó aquel tono de voz, la pequeña oración perdió fuerza por que el temor no le dejaba concentrarse en absoluto, sólo podía escuchar la voz de Vadim ordenándole que lo viera.
Como Julián no obedeció, Vadim no insistió, no dijo u ordeno nada más, de hecho, guardo silencio por un momento, y sintió que Julián volvía a… hablar con él.
Aquel ser movió los dedos pálidos y fríos por el rostro del latino, una corriente le estremeció el cuerpo, abrió los ojos de par en par e intentó por todos los medios mover las piernas para arrastrarse lejos de aquel contacto, le fue inútil.
— A Vadim, no le gusta que lo ignores. – presionó los dedos en su cráneo, y el latino emitió un grito corto, se vio obligado a alzar un poco más la cabeza con los ojos abiertos como platos. Allí estaba Vadim… No sonreía sin embargo, su rostro estaba serio. –Mírame…
ACTO II
La puerta se abrió y lo primero que vio la enfermera fue el paciente gritando a todo pulmón. El auxiliar que entró poco después, se acercó rápidamente al paciente, éste al verlo se vio mucho más asustado por que le había tomado del torso para aparentemente calmarlo. Julián estaba en un estado de pánico, Rosaura entró a la habitación acolchada y al verla, Julián dejo de gritar, ahora sólo estaba temblando, había reconocido su posición.
Vadim se había ido.
Paseó los ojos por la habitación y se pegó más al auxiliar lleno de un temor inmenso, pronto se echó a llorar en el pecho ajeno, que ni conocía, en aquel momento no importaba.
El auxiliar se quedó inmóvil y miro a Rosaura que no parecía para nada sorprendida. Se acercó a Julián con cautela.
— ¿Señor Palacios? Señor Palacios... Escuche, escuche, señor Palacios, todo está bien ahora.
— ¿Dónde estoy?
—Está en el hospital Psiquiátrico de Santa Mónica.— Le dijo ella.— Berwald, por favor quítale la camisa.
El paciente se sintió aliviado cuando escucho eso. Berwald era el auxiliar en donde Julian se había apoyado para descargar su angustia, aquel pobre hombre estaba un poco descolocado, el latino pronto se sintió tremendamente avergonzado.
Cuando hubo quitado aquella camisa, sintió algo de dolor pero un dolor bueno al poder mover los brazos lejos de aquella incomoda posición.
Julián se amaso un poco el hombro derecho por que este le dolía particularmente.
— ¿Estoy en un hospital? ¿Por qué… me pusieron eso?
— Entró en una crisis, cuando llego aquí. Estaba muy alterado.
Julián frunció el entrecejo, no le cree, duda de lo que escucha.
— ¿Por qué?
— Sus padres...—Rosaura hizo una pausa. —Sus padres... Se alteró porque, según parece usted no quería venir aquí.
Julián no entendió. Pensó que la doctora estaba mintiendo o sólo no sabía muy bien lo que estaba diciendo. Le tomó un momento formular sus pregunta por qué en ese instante estaba muy confundido.
No sabía a qué se refería con "muy alterado" y mucho menos recordaba lo que había sucedido momentos antes de estar allí, de parar en una habitación como esa y con una camisa de fuerza.
— Tengo sed — dijo.
— Ah, sí. — Rosaura, asintió. — Venga por aquí.
Julián se pudo levantar con ayuda de Berlwad que le ofreció la mano, el latino sintió un leve vértigo del cual no se recompuso para cuando comenzaron a caminar fuera de a habitación en un amplio pasillo, totalmente iluminado por bombillos blancos, y paredes de blanco.
Detalló entonces, la indumentaria de aquel personal, totalmente blanco. Caminaron en silencio hasta que llegaron a unas cortas escaleras donde se daba a conocer un salón grande con amplios ventanales y cortinas largas de una tela trasparente y muy fina. Era de tarde. El latino lo supo porque el cielo estaba sonrosado.
— Tenga.
Rosaura le entregó una pastillita blanca y un vaso con agua. Julián lo vio y luego la miro a los ojos oscuros.
— ¿Qué es?
— Es una pastilla para los nervios.— le dijo y le animó a que la tomara. Julián la miró a los ojos nuevamente, tomó la pastilla; era pequeña y confiando en aquella enfermera se la llevo a la boca y luego la hizo bajar por su garganta con agua. —Bien, — dijo ella satisfecha, la vio sonreír y se le formaron unos hoyos en las mejillas.—Eso te calmara. Es normal que los pacientes se alteran al estar solos en la habitación blanca... Ya sabemos de tus ataques de nervios así que se tomara una de estas pastillas diariamente mientras estés aquí...
Julián arrugó el entrecejo.
Ella continuó.
— La estancia aquí es muy tranquila, por lo menos en este edificio. Ahora no ve nada, todos están cenando en este momento. —Rosaura tomó el vaso de metal en los dedos del latino. —Las reglas son simples: respeto, no gritos, ni peleas, la hora de dormir es a las nueve, más tardar diez, la hora de levantarse es a las ocho, pero eso depende de la medicación que se le recete.
— ¿Me recetará medicación?
Rosaura asintió.
— ¿Por qué?
— Oh, por favor, no se altere, Señor Palacios. El doctor hablara con usted dentro de poco cuando se desocupe.
Hubo una pausa.
— Vamos a ver su habitación.
Rosaura echó a andar y Julián no tuvo otra opción que seguirla porque aun sentía un poco de vergüenza de tener a el auxiliar cerca, éste no había dicho ni una sola palabra en todo el momento que estuvo con él, y su mirada de verdad era incomoda. Era alto y su contextura no era exagerada estaba seguro que un sólo golpe de Berwald tranquilizaría a cualquiera.
Tomaron otro camino y terminaron en una hilera de puertas. Al inicio se encontraron con un especie de puerta de metal y del otro lado una enfermera estaba en un pequeño escritorio. Tocó un timbre que estaba pegado a la pared y la puerta se abrió.
Los pasillos eran igual de limpios que los anteriores, sólo que la luz era un poco más tenue. Rosaura avanzó tres puertas más y abrió una puerta en la cual Julián no logró ver bien el número. Julián se asomó; no era grande, tenía una cama individual pegada a la pared con una ventana pequeña en la parte de arriba de la pared, un lavabo y un pequeño gabetero. Se dio cuenta poco después que había un maletín de viaje al lado de la mesa de la cama, pegado a la pared
Lo reconoció, era su maleta de viaje.
— Tus padres dejaron tus cosas aquí. — Rosaura le informó. —Puedes acomodarte aquí, te llamaré para que el doctor hable contigo.
— ¿El doctor Jones?
Rosaura niega con la cabeza. Ve que ella sale de la habitación dejándolo solo. La puerta ha quedado abierta y Julián siente una incomodidad al tenerla abierta. Mira su maleta, la recordaba, era de un color oscuro, de ruedas. No la tomó sin embargo, la dejó allí y miró la ventana que dejaba entrar la brisa fría a la pequeña habitación. Él ya sabía que estaba en un hospital, y sabía que sus padres lo habían "dejado" allí.
Vadim se lo había dicho.
Tal vez por eso, se encontró un poco más calmado, bueno, sinceramente estaba mucho más calmado que el tener las manos y los pies inmovilizados, en un salón, solo. Bueno... no solo.
Suspiró e intentó meditar en lo que le diría al doctor.
No podía estar en un lugar a la fuerza, porque él era una persona y tenía derechos ¿No?
Seguro el doctor seria comprensivo y entendería que aquello había sido una equivocación.
Él no estaba enfermo, él no alucinaba; él no tenía un caso de paranoide, porque Vadim era real. ¿Lo era? ¿Verdad?
Se levantó de la cama y recorrió la pequeña habitación con detenimiento. Abrió el grifo del lavabo y éste escupió agua. Lo cerró, y dio una cautelosa mirada por el lugar.
Pensó en que haría al salir de aquel hospital, buscaría otro tipo de ayuda, claro. Quizás buscaría un trabajo, alquilaría una habitación... haría muchos cambios, porque no pensaba volver a su casa con su familia. No quería dar explicaciones. No en ése momento, quería que todo se resolviera.
Julián creía saber cómo resolver todo.
Nadie sabía de Vadim. Ni su madre, ni su padre, A Julián le pareció raro e impropio ver a un hombre en la esquina del toldo en el cementerio en el funeral de su abuela y más inapropiado que lo estuviera viendo a él y que nadie más aparte de Julián pudiera verlo.
Parecía ser que después de ese evento, todo se hubiera vuelto más extraño para el latino. Todo paso tan rápido; fue una cadena de acontecimientos que se desenvolvió demasiado de prisa. Ahora, en ése momento, se encontraba en un hospital psiquiátrico.
No dio tantas vueltas en eso, no desempaco. Se lavó la cara y se mojó el cuello. Aquella medicina lo hacia adormecer un poco, se sentó en el colchón y sintió ganas de dormir.
No. Debía de hablar con el doctor, plantear la situación y debía por sobre todo mantenerse avispado y despierto. Si se descuidaba algo podía pasar y no sabría controlarlo.
El azabache se acostó por un momento en la cama y la encontró quizá demasiado suave. La almohada tenía un olor extraño a detergente y polvo.
ACTO III
Se había auto-regañado por quedarse dormido, aunque sólo fueron unos treinta minutos. Rosaura la enfermera que había prometido llamarlo para hablar con el doctor lo zarandeó suavemente, y avisó que era momento de que hablar con el doctor.
Era un psiquiatra de eso no cabía duda. Julián se preguntó dónde estaría Alfred en aquel momento ¿Lo tendría que ver a diario?, sabía que a veces tenía que colaborar en el Hospital Santa Mónica. No había tenido ninguna noticia de él desde que llego allí.
Era de noche y encontró el salón al final de las escaleras lleno de personas, de pacientes; no los detallo bien, estaba cuidando de no perder de vista a Rosaura que estaba caminando tan rápido. Sintió algunas miradas sobre él y Berwald el auxiliar de hace unas horas los acompañó de escolta, no precisamente de Julián, eso se cuestionó el latino.
— ¿Disculpe, cómo me dijo que se llamaba?
— No se lo dije. —Puntualizo Rosaura. — Es Rosaura, mi nombre es Rosaura.
— Rosaura. — Julián intentó recordarlo y tenía razón, ella jamás le había dicho su nombre.—¿Sabe algo a cerca de mis padres? ¿Les dijo algo? ¿Algo? ¿Conoce a Dr. Jones, el psicólogo?
Ella no parecía querer responder, de hecho, Julián podía asegurar que Rosaura lo estaba ignorando, o estaba muy metida en sus asuntos. Camino rápido y luego de subir algunas escaleras y cruzar algunos pasillos, llegaron a una área muy diferente a las otras. Las puertas eran de madera clara y tenía pegado un nombre en ella; algunas rezaban "Director", otra decía "Jefa de enfermeras", otras; "Materiales", "Jefe de Auxiliares", "Sala de reuniones"… "Habitación de descanso" .
Esas pocas fueron las que Julián pudo leer en su caminar. Rosaura se detuvo en unos banquillos e invitó a Julián a sentarse.
— ¿Es normal que la pastilla me de sueño? —preguntó el paciente.
— Sí, es normal, es para relajarlo.
— Pero ¿Por qué?, yo me siento relajado.
— Por qué se la tomo.
— No... Yo.
— Señor Palacios, lo encontramos gritando en la habitación Blanca. — la mujer le cuestiono. Julián lo vio absurdo; cualquiera estaría alterado si se encontrara en aquella habitación. —El doctor está terminando con un paciente en este momento. Pronto lo atenderá a usted.
Julián no dijo nada y se sentó en el asiento de metal, se sentía tranquilo. Suspiró adormilado y parpadeó varias veces en su espera. Rosaura se retiraba pronto, la vio desaparecer en el pasillo hasta la escalera. Berwald no se ha ido. Eso extrañó a Julián mucho.
¿Por qué coño no se movía?
— ¿Te llamas Berwald, verdad? — preguntó el latino, volviendo a verlo. Era muy alto, alto, con unos ojos azules intimidantes y una mirada seria, lo percibió asentir.— ¿No eres de por aquí verdad? ¿De dónde eres?
— Suec'a.
Aquello sí lo sorprendió mucho, Julián arqueó las cejas con asombro, aquel país era muy lejano. Ahora la mirada del sueco estaba en él; jamás se había sentido tan intimidado en la vida. Nadie lo culpaba.
A los pocos segundos del silencio, la puerta de la consulta se abrió.
Julián se levantó y vio que salía un muchacho aparentemente joven, mulato, con una gran sonrisa en su rostro, fuertes ojos oscuros y el cabello era ondulado y cortó. Miró a Julián y sonrió aún más. El mulato movió la mano y lo saludo amigablemente, cosa que lo descolocó.
El mestizo miró a Berwald y le sonrió como si esto también fuera un saludo para él. Luego se fue muy alegre por el pasillo, por el mismo camino que recorrió la enfermera. Julián lo miró en todo el trayecto hasta desaparecer
La puerta quedo semi-abierta. Julián debía entrar. Se acercó a la puerta vio a Berwald que aún estaba inmóvil en aquel lugar y vio que el nórdico asintió como si apoyara aquella acción.
Julián entró a la habitación fresca, era grande. Con libreros, un escritorio y muebles con un diván blanco, y varios cojines y butacas donde sentarse... Alguien está sentado en el escritorio pero tiene la vista pegada hacia la madera de la mesa, sobre una carpeta más específicamente. Julián vio prudente sentarse sin hacer demasiado ruido, pensaba que en ese momento era mucho mejor parecer invisible, además que lo deseaba. Lo hizo; se sentó en un mueble individual al frente del escritorio. El hombre no se había movido a verlo.
Julián sintió la vista cansada.
Parpadeó fuertemente un momento y distrajo la vista por el lugar viendo muchos detalles de la sala. La encontró bonita, limpia y espaciosa. Por alguna razón la sintió fría, y la no pudo evitar asociarla con el color blanco y la nieve.
— Buenas noches. — escuchó y Julián miro al frente, el doctor no se había dignado a subir la mirada, tenía una vestimenta totalmente blanca y su cabello era rubio muy claro. Su voz le perforo los sentidos y casi entra en un trance.
— Buenas noches, doctor. — alcanzó a responder. Julián carraspeó.
— Iván.
— ¿Hum? –Julián apenas y movió la cabeza en son de atención.
— Me llamo Iván, puede decirme Iván.
Iván subió el rostro. Julián lo ve con atención, afilo la mirada, se tomó un momento el detallarlo, y supo que era extranjero, quizá europeo. No, su acento era diferente, más su rostro le era extrañamente familiar, extrañamente familiar…
Sintió un gran miedo recorrerle.
Iván muy por el contrario, dibujo una suave sonrisa en su rostro.
— ¿Cómo te sientes? — pregunto Iván. Dejó la carpeta marrón a un lado.
Julián no responde. De hecho no se mueve de la silla ni un centímetro. Algo en su cerebro está dando vueltas muy lentamente, como si muchas piezas de rompecabezas estuvieran ordenándose para procesar un pensamiento. Una alarma.
— ¿Dzulian?
— Ay no.— Julián respira y lleva una de sus manos a los ojos.—Dios no.
Iván no entiende. Ve como el paciente pasa los dedos por el entrecejo y se estruja un poco los ojos; parece sorprendido. Aturdido por una razón que desconoce.
— ¿Dzulian, puedes escucharme?
— Sí.
Aquello hizo arquear ambas cejas al rubio. Julián soltó un profundo suspiro, sentado en la silla sus manos sintieron un hormigueo.
— Dzulian ¿Cómo te sientes?
—No, no, no, me quiero ir. — dijo en un susurró muy bajo que Iván no entendió, por dicha razón se levantó del escritorio, casi al momento el paciente se sintió inseguro, amenazado; Iván era alto. —No, Lo siento, lo siento ¿Está bien?... No, no debí ignorarte, no te enojes, no te enojes...
Aquello era extraño, concluyó el doctor.
Iván se movió un poco más, desentendido y escuchó a el otro repetir todo aquello de nuevo. Julián tenía miedo. No sabía de qué, pero tendría que averiguarlo.
— ¿A quién ignoraste?
Para Iván, Julián estaba teniendo un delirio. Se acercó sin el más mínimo miedo y Julián fue de un mueble a otro, evadiéndolo notoriamente.
— No, Dzulian...— pidió el más alto.
— Lo siento...
Iván no dijo nada al respecto. Miro fijamente al joven y se quedó por unos segundos inmóvil.
— Lo siento, no lo volveré hacer, pero por favor no me hagas nada...
Iván se quedó quieto. No se movió y Julián tampoco lo hizo, se quedó cerca del diván con son de aguarde, expectante. El doctor, era un hombre grande, parecía que todo en ese hospital era… grande. Tenía una bufanda corta. Algo delgada, Ese acento le martillo el cerebro de nuevo. Lo vio retroceder, pero Julián no se movió. Iván va hacia la puerta. Al poco tiempo Berwald entra y ve la escena.
Un Julián en un lado de la habitación, nervioso. ¿Qué paso, si él estaba muy tranquilo hace un momento?, Berwald se hizo esta pregunta en su mente, poco después escucho a Iván pedirle lo siguiente.
— ¿Jones? ¿Dónde está Alfred?... Tráelo, tráelo… — pidió, mirando a Berwald, con sus ojos demandante, porque al parecer, aquel sueco era el único en la sala que no representaba un peligro. El único normal.
Julián no escuchaba lo que ambos se susurraban. Iván se quedó inmóvil en ese lugar y luego Berwald se acercó a él latino. El gran hombre fue a él y Julián no tuvo otro reflejo que retroceder. Ahora no sabía lo que pasaba,
Los eventos recientes se desdibujaron y se cuestionó lo que había estado haciendo. Cuando volvió a ver a Iván todo fue más claro.
¡Era Él! ¡Vadim!... ¡Estaba allí! ¡Está enojado con Julián por ignorarlo! .
— Dzulian, debe calmarse... hablaremos cuando se sienta más relajado.
Julián no escuchó, estaba muy ocupado alejándose del sueco que se aproximaba calmadamente. Seguramente pensaba que con alguien como Julián no tendría muchas complicaciones.
Rosaura que había ingresado a consultorio, se encontró muy sorprendida.
— ¿Qué paso?
— Se alteró. ¿Le diste la pastilla?
Ella asintió energéticamente.
— No entiendo por qué esta así, él estaba realmente muy calmado.
Iván miro a Rosaura por unos segundos y luego fue a ayudar a Berwald que parecía hablar con Julián.
Eso fue error.
Porque casi al instante que el doctor se acercó, Julián se pegó al auxiliar como si éste fuera una protección. Se retorció, y rodeó a Berwald impidiendo que Iván pudiera tocarlo o acercársele, Berwald era una especie de barrera.
— No dejes que me atrape, no dejes, Berwald... Berwald...— se escondió detrás de él. Rosaura admiró la incongruente escena.
Ahora el sueco no sabía qué hacer, tenía a Julián pegado de su espalda y el doctor a pocos pasos de él, los dedos del latino le apretador el uniforme con mucha fuerza.
— Llévalo a su habitación.— dijo Iván y su acento apareció golpeando las palabras.
Julián se sintió horrible al escucharlo, un profundo temor anidaba su pecho y carcomía sus sentidos, lo único en su mente era protegerse de Vadim.
Él podía verlo, ahora todos podían y lo peor era que parecía humano, pero a Julián no lo engañaba, lo vio al sonreírle cuando lo saludo. Era él, estaba allí… Oh, dios ¿Por qué?
¿Estaría aun enojado con él?... Julián pensó que sí. A Vadim no le gusta que el rece, aquella acción lo ofende.
— Lo siento, lo siento, lo siento… — decía en susurros.
Estaba aterrado.
— ¿Por qué tiene tanto miedo?
— Por qué está enfermo.– puntualizo Iván a la enfermera.
Iván se quedó por un momento observando los dedos blancos que apretaban el uniforme del auxiliar nórdico. Rosaura no pudo evitar sentir un poco de pena, era triste aquello, pero también muy extraño, bueno, ella había visto muchas cosas extrañas en ese establecimiento, pero tenía la esperanza, la más mínima de que aquel latino no padeciera una enfermedad tan grave.
Había leído el expediente del Doctor Jones, pero a primera impresión Julián era tan tranquilo.
Berwald por fin maniobró la forma de tomar al paciente en brazos, lo encontró ahora tieso, tenso... paralizado del miedo.
Rosaura lo acompañó al momento que salió por la habitación. Iván solo se asomó en la puerta y vio como ambos se alejaban. Aquello no lo había sorprendido tanto, confirmó desde luego que los estudios de Alfred no estaban errados, aunque se había equivocado en algunas pocas cosas, clásicas de un psicólogo.
Julián era otro paciente más, quizá su enfermedad se está manifestando en esta etapa tan traumática de su vida y sospechaba que la muerte de su hermano había podido ser el detonante de todo. Era eso, no había otra razón.
Iván volvió a meterse en su oficina y Vadim se levantó del asiento de metal con paciencia para seguir a los dos encargados de depositar a Julián en su habitación asignada.
Julián se quedó tendido en la cama, completamente inmóvil. Rosaura lo observó y los ojos caribe fueron hacia los ojos de la mujer. Respiraba fuertemente por la nariz, luego el latino miro a Berwald, volvió a Rosaura y cerró los ojos muy rápido. No los volvió a abrir más adelante. Aún escuchaban su respiración, él simplemente había decidido dejar de gritar, como si alguien le hubiera dado una orden o como si se hubiera concentrado en otra cosa.
Él se había simplemente detenido.
Cuando se retiraron y cerraron la puerta dejándolo en la oscuridad, Julián abrió los ojos una vez y los cerró.
¿Por qué ellos no podían verlo? ¿Por qué era el único que sentía miedo? ¿Por qué no lo veían?, aquello lo había aturdido. Lejos de Iván ahora medito en esa verdad. Pensó en muchas cosas. Lo había estropeado. Había arruinado su única oportunidad de explicar aquel mal entendido; ahora sí que lo creerían loco.
Pero tenía miedo, y cuando uno siente miedo no suele pensar en nada.
Aquel tal Iván lo había sorprendido, aterrado. Vadim, esto era obra de Vadim…
— Vadim, ¿Por qué haces todo esto? ¿Por qué?
— Vadim, no hace nada, Da…
El ente se inclinó, sobre la cama, un fuerte olor a humedad llenó el cuadro de la habitación y el paciente pudo jurar que algo de ceniza cayó sobre las sabanas de la cama.
— Dzulian hace todo…— puntualizó.
Al fijar bien, notó como Vadim traspasaba la pared en donde estaba pegada la cama. La mitad de su cuerpo estaba atravesándola, su cabello desprendía una arena muy fina.
— Dzulian, no está enfermo… —susurró. — Sólo tiene miedo, pero shhh… Es un secreto.– llevó los dedos a sus labios, pidiendo silencio. —Vadim no le dirá a nadie, porque Dzulian no le quiere decir a nadie...Si no dices nada todo estará bien
Acto seguido sonrió, sonrió tan alegre y maligno que sus facciones se volvieron irreconocibles. El latino respiró fuertemente, evitó gritar. Llevó la mirada al techo y escuchó la risita de Vadim salir de su garganta, no era infantil, era gruesa corta y profunda.
Julián quiso que el efecto de la pastillita le hiciera dormir pronto.
— ¿Cómo Dzulian se curará de algo que no padece?
DamistaH.
