Kai caminó por las calles durante horas. No quería volver a casa, por primera vez no quería estar sola y escuchar el silencio vacío que había en el lugar. Maldecía el día en el que había aceptado a Kise. Maldecía el día en el que se había acostumbrado a él. Maldecía el haberle pedido que volviera antes…
Recién cuando escuchó las voces de un grupo de hombres borrachos se dio cuenta del rumbo y la hora que eran. Aunque ni eso la inmutó. Sólo frunció un poco el ceño cuando el primer tipo mal oliente de humo y alcohol se le acercó.
— ¡Vaya, vaya, qué tenemos aquí! ¿Señorita, gusta usted de pasar un rato agradable con nosotros?— el tipo habló con un asqueroso tono de voz, arrastrando las palabras, tambaleándose, dando al final una exagerada reverencia satírica tras la cual todos los demás se echaron a reír.
Kai gruñó y retrocedió un paso; aunque el tipo la tomó con fuerza por el antebrazo, jalándola de vuelta, y para cuando quiso caer en cuenta, un puñetazo se estampaba contra la mejilla del mismo, dejándolo tendido en el suelo, irremediablemente noqueado.
Los otros dos se tensaron y estuvieron a punto de irse contra ella y la persona que recién había llegado, pero cuando la luz le iluminó el rostro y el cabello plateado, empezaron a temblar mientras Haizaki se hacía sonar los dedos en puños.
— E-es Haizaki S-Shogo— tartamudeó uno de ellos, dando un paso atrás, seguido de otro, y otro, todos al mismo tiempo que los pasos hacia adelante que daba el peli plata.
— ¿Eh? ¿Escuché bien? ¿Dijeron algo de meterse con alguien?
— P-pues la chica–
— ¿Ella?— le pasó un brazo por la cintura a Kai, atrayéndola contra su cuerpo. La mujer no pudo evitar hacer una mueca de asco instantánea, pero él simplemente la pegó aún más contra sí, como advirtiéndole—. Ah, sí… Esta me la quedo— sonrió de lado, rozando con la lengua uno de sus propios pulgares—. ¡Lárguense!
Ella observó en silencio cómo los otros tipos huían despavoridos, y mentalmente se preguntó qué tan peligroso era Haizaki como para que ese par de pandilleros que se veían realmente feos se fueran corriendo como si hubieran visto al mismísimo diablo.
Al final, cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Shibata gruñó y le dio un empujón al hombre, pero no logró separarse ni un centímetro. Más bien, Shogo la apretó todavía más fuerte, llegando a hacerle un poco de daño.
— ¿Qué crees que haces? ¿Eh?— su voz resonó ronca y con un tono molesto, mientras se inclinaba para verla a los ojos—. Pensé que eras un poco más sabia. Bah, al final resultaste ser otra cabeza hueca.
Ella frunció más el ceño y le dio un golpe en el pecho. Él se aguantó una carcajada, aquello a penas y sí se había sentido.
— Suéltame— escupió, removiéndose—. Me das asco.
— Lo siento señorita erudita, te recuerdo que si no fuera por mí, ahora probablemente estarías siendo violada en el fondo de un callejón— la forma en la que le dijo le cayó como un balde de agua fría, al tiempo que la movía bruscamente y comenzaban a caminar—; y realmente creo que el hecho de que Ryota se haya muerto no quiere decir que tú vas a hacer estupideces.
Oh, demonios.
— Te aseguro que no eres la persona que más aprecio en el mundo, pero…— su oración se interrumpió, volteó a ver a la mujer que tenía los labios fuertemente mordidos y el rostro bajo—. Oye. Shibata, ¿estás llorando?
No.
No estaba llorando.
No estaba triste.
No le dolía.
Y por sobre todas las cosas, no extrañaba a Ryota.
No.
— Kaicchi, ¡te acompaño a casa!
— Ya es muy tarde, Kise.
— No quiero que Kaicchi esté sola a esta hora. Yo te voy a cuidar, ¿sí?
bata…
ibata…
— ¡Oye, Shibata!— el grito la sacó de su ensimismamiento, y recién se dio cuenta de las lágrimas que caían por sus mejillas— ¿Escuchaste algo de lo que te dije?
De repente fue tan consciente de que estaba en medio de una calle pasada la media noche, y que estaba con Haizaki Shogo, el némesis de Ryota, la persona que buscó perjudicarlo gran parte de su vida, que se asustó. Se removió furiosamente, casi logrando zafarse del agarre del contrario, pero sin poderlo hacer del todo.
— ¡Cálmate! Demonios, ¿eras así de molesta cuando estabas con Ryota?— Haizaki gruñó y la sujetó fuerte. Seguro como el infierno que eso iba a dejarle marcas después.
Kai soltó un grito desde el fondo de su garganta, dándole varios golpes en el pecho sin dejar de sacudirse de una forma tan salvaje que se le hizo difícil mantenerla bien sujeta por un momento. Entre forcejeos las lágrimas de ella se hicieron más evidentes al igual que los sollozos hasta que llegó un momento en el que ya no había fuerza para forcejear, solo temblores y llanto.
El peli plata soltó un gruñido gutural, algo parecido a un resoplido exasperado mezclado con un suspiro. Quería alejarla de un empujón, su desesperación y tanta tristeza post-funeral lo estaban poniendo enfermo. Era una necia.
Pero eso significaba dejarla suelta por ahí para que hiciera alguna estupidez realmente estúpida. Y de verdad no era como si le importara demasiado, pero ya estaba ahí.
No supo qué hacer cuando ella se escondió en su pecho a llorar: se removió incómodo y le dio un par de palmaditas en la espalda. Acto seguido, con otro gruñido gutural, la cargó al estilo princesita-de-Disney, y comenzó a caminar.
— ¿Qué estás–
— ¿Dónde está tu casa?
No lo procesó. Por alguna razón no entendía, así que solo lo miró fijamente, frunciendo un poco el ceño para lograr entender, ganándose la molestia de Haizaki.
— Tu-ca-sa, ¿necesitas que te lo dibuje? ¿El shock post-funeral te quemó las neuronas?— rezongó, con un tono de voz poco paciente—. Y no me vengas con alguna estupidez de "él era mi casa" porque como un demonio que te dejo tirada en el callejón que mejor me parezca y no me interesa lo que te pase.
Ah, sí, ahora podía recordar perfectamente la razón por la que odiaba a Haizaki Shogo. El tipo era esta clase de persona molesta y enferma.
— Si tan poco te importa, hazlo. Jamás te pedí ayuda.
Y sí, esa era la razón por la que él odiaba a Shibata Kai. Ella era una estúpida sábelo-todo, obstinada y con un ego tan grande que no cabía todo en una sola habitación.
— ¿Vas a decirme dónde queda tu maldita casa o vamos a caminar sin rumbo toda la jodida noche?
— En dos cuadras cruza a la derecha.
— Oye, ¡Haizaki! ¡Deja de holgazanear!
— No molestes.
Cuando el entrenador se acercó con el ceño fruncido, Shogo rápidamente dobló el papel en sus manos y lo guardó de vuelta en su mochila.
— Haizaki, esto es en serio. Si vas a pasarte la práctica holgazaneando mientras alucinas por cualquier muchachita, mejor vete.
— Sí, sí, como digas.
