Dєαя strαnger •×—【1: Bolígrafo】
"El escritor escribe su libro para explicarse
a sí mismo lo que no se puede explicar".
—Gabriel García Márquez—
Un nuevo día, una nueva tarde después de clases.
Al menos no estaba sola esa vez.
La semana pasada, el profesor de historia, Dot Pixis, había asignado un trabajo escrito ponderado en el 20% de la nota final del trimestre y que debía ser entregado a inicios de la semana que estaba por venir. El trabajo en sí no era corto, por lo que fue la oportunidad perfecta para Pixis de implantar la estrategia en parejas.
A punto de mover cuentas para alcanzar el brazo de su hermano antes que Armin pudiera pensar en hacerlo también, el maestro fue más rápido al trastabillar su intento de caza y de muchos otros que incluso ya habían acordado los sitios y días de reunión con la excusa de estudiar —al final todos sabían que sería lo que menos habrían de hacer—. A los grupos los iba a escoger él.
Por un lado era aliviador. Si le hacían el favor de escogerle un compañero le ahorraría tener que esforzarse para hablar y posiblemente ser rechazada. Por otra parte, era preferible ser tragada por la tierra al tener el mismo problema de falta de conversación en el momento de reunirse para hacer la tarea.
Era una suerte que su compañera de asignación fuera un tanto distraída para notar su inquietud.
Sasha Braus, casi dieciséis años, alumna destacada en el ámbito deportivo de arquería. Alegre, habladora, varios amigos. Pelirroja, en forma, guapa.
Esa tarde Sasha se ausentó en la práctica del equipo dejándole un recado al capitán con Armin, alegando tener una asignatura pendiente que realizar. Como era lo que quedaba más cerca de la escuela, decidieron hacer el trabajo en el apartamento de Mikasa.
Para Sasha fue una tarde provechosa, pues tuvo el pequeño atrevimiento de pedirle ayuda en cuanto a ejercicios de circuitos eléctricos en física. Mikasa por supuesto no tuvo ningún inconveniente en enseñarle, ella por nada era la primera en el cuadro de honor de su curso, seguida de Reiner, Armin, Bertholdt, Eren y Annie en ese orden. La parte graciosa del asunto era que no había tenido necesidad de rebuscar en su mente temas de conversación, estos, gracias a Sasha, llegaban solos. Incluso si se trataban de preguntas sobre el formulario de circuito.
Podría decirse que esa misma tarde también fue de provecho para Mikasa.
Desde que la semana inició había tenido presente el sueño donde alguien parecido a Eren le decía que se buscara amistades, por lo que se había estado preocupando mucho —quizás demasiado— de que todo saliera bien esa tarde junto a Sasha.
Incluso había tratado de dispersar de su mente el tema durante el día anterior, haciendo el nulo intento de entablar conversaciones con las demás chicas de su curso.
El primer strike lo tuvo con Ymir y Christa.
Decir que esas dos eran por demás de mejores amigas era como señalar un efecto paradójico. Parecía imposible, siendo ambas exactamente lo opuesto de la otra.
Mientras Christa era la más joven del grupo, contando solo con catorce años básicamente recién cumplidos, Ymir era la mayor de la clase.
La razón de las edades dispares en el curso de primer año se debía a que Christa desde joven —hablando de antes de que Mikasa y Eren llegaran a Trost— había sido promovida gracias a sus altos dotes en materias extracurriculares como artes, danza, música y, a la que pertenecía actualmente desde hace un año, gimnasia y porrismo.
De Ymir no sabía mucho, pero al parecer, antes de Mikasa llegar a Trost, había repetido un año de primaria y por lo tanto era un año mayor que todos, tenía diecisiete. A su vez, aunque recientemente había ingresado al equipo de porristas luego de ser convencida por su amiga, no destacaba en ningún ámbito escolar y sus notas solían ser bastante regulares; pero por suerte nunca hubo aplazado ninguna materia.
Por otra parte, Christa era menuda y pequeña, con una larga melena rubia y de ojos azules. Ymir era alta y esbelta, rostro pecoso, ojos ambarinos y corto cabello negro.
Pero yendo más allá, Christa era gentil y amigable mientras que Ymir era antipática y burlona.
Lo único que Mikasa se había propuesto a hacer era ir a pedirle una mina a Christa para ponerle a su propio portaminas, la excusa para realizar su cometido e iniciar una conversación. ¿Qué la detuvo? Precisamente la actitud de Ymir.
Ambas chicas solían sentarse a un lado de donde usualmente ocupaban lugar Jean, Sasha y Connie. Los cinco conformaban el grupo de los «buena onda» y más habladores del salón de clases, uniéndoseles a veces Reiner y Bertholdt, inclusive Eren y Armin. Mikasa pocas veces había tenido el «placer» de compartir momentos con ellos, no estaba acostumbrada a las actitudes tan distintas de cada uno.
En ese momento, Ymir casi parecía querer lanzársele a Connie encima y ahorcarlo con sus propias garras. Sentada delante de ella, Christa intentaba calmarla a su vez que Mikasa lograba captar su atención apenas.
—¡Coño, que sí es suya la canción! —neceaba Ymir.
—¡Claro que no, larguirucha! —contrariaba Connie—. ¡Que es un remake!
—¡Ya bájenle dos, chicos! —declaraba Christa seguidamente—. Lo siento, Mikasa, ya te daré una mina.
Y luego de tartamudear un débil «gracias», Mikasa regresó a su lugar en la fila, junto a Armin y Eren.
El segundo strike fue con Annie Leonhardt, otra chica solitaria del curso, a la que nunca vio entablar amistades desde su llegada al distrito.
Últimamente Reiner y Bertholdt se le acercaban para conversar, pero Annie parecía evitarlos. A Mikasa le resultaba extraño que ella estuviera tan bien consigo misma, hundiéndose en su propia y solitaria compañía. Raras veces hablaba con Armin, tenía entendido que compartían una que otra clase de laboratorio, incluso a Eren le había visto pedirle uno que otro lápiz prestado que nunca devolvía.
¿Una buena candidata para intentar alejarse de su soledad? Pues no era así. Si Mikasa veía a Ymir como una chica apática, Annie lo era diez mil veces más; ni siquiera intentó hablar con ella, solo acercarse en el momento justo en el que ella echaba a un lado a Reiner con sus propias palabras fue suficiente.
—¿Aburrida, Annie? —inquiría Reiner sentándose en el puesto vacío frente a ella, sonriendo de oreja a oreja. Detrás de él, Bertholdt soltaba un suspiro.
—Qué importa.
—¿Qué tal si nos divertimos un rato en el receso, eh? El equipo de básquet hará un bazar hoy.
—¿Y vas a ir?
—Por supuesto.
—Bien, ya sé para no ir.
Y el tercer strike vendría a ser Sasha. Era el mejor intento hasta ahora.
—¡Listo! —Sasha suspiró como si acabara de correr en una maratón, llamando la atención de Mikasa.
La morena se fijó en el ejercicio que la pelirroja le estaba enseñando, revisando si cada paso había sido seguido de manera correcta. En efecto, no notó ningún error en el procedimiento. Sasha había comprendido su explicación perfectamente.
—Bien hecho —congratuló Mikasa, haciendo que Sasha chillara de la emoción.
Feliz, se llevó una Pringless a la boca, recibiendo otra hoja de papel por parte de Mikasa.
—Ahora el trabajo —determinó la morena.
—Oh, cierto.
Mikasa pasó las páginas del libro de historia en busca del tema del que llevarían a cabo el informe. De reojo miró a Sasha comenzando a escribir la presentación.
Analizaron unos cuantos párrafos del objetivo del feudalismo y los transcribieron a las hojas de papel. Hasta donde pudo notar, Sasha tenía una letra derecha y ordenada. Durante la realización del informe, ninguna abrió la boca más allá que para preguntar dudas o consultar sinónimos con los que se pudiera parafrasear. Sasha cada cuanto comía un poco de Pringless y Mikasa agradecía a los cielos porque no manchara las hojas de su trabajo.
A mitad del informe, Sasha habló.
—Oye, Mikasa, ¿te gusta la música?
La morena se encogió de hombros ante la pregunta.
—Lo normal, ¿qué hay de ti?
—Escucho de todo un poco, ya sabes. A Jean le extraña cómo es posible que disfrute hasta del sonido de una licuadora, yo le digo que suena como dubstep.
Mikasa rió ante la comparación y Sasha sonrió observándola de reojo por un momento.
Para alivio de Mikasa, ella no había tenido la necesidad de iniciar la conversación.
—Eres muy callada, ¿no? —señaló Sasha.
Mikasa paró de escribir para mirarla. No iba a decirlo en voz alta, pero le daba vergüenza que resaltaran ese aspecto suyo.
—No está mal, supongo. Pero me da la impresión de que tu cabeza debe explotar de pensamientos.
Cómo lo supo.
—Je, algo así —afirmó.
—¿Escribes?
—¿Escribir? —repitió confundida.
—Sí, un diario, ya sabes.
Mikasa frunció el ceño. Ni siquiera de niña le habían llamado la atención ese tipo de cosas.
—No realmente.
Sasha detuvo también su transcripción, ahora mirando también a su compañera.
—Oh, es que como no eres de muchas palabras presupuse que lo hacías. Pero entiendo, no hay nada mejor que hablar con tus amigos.
—Bueno… —musitó bajito, deseando que Sasha no hubiese escuchado un tartamudeo salir de sus labios—. Sucede que mis amigos más allegados están ocupados y no hablamos tanto últimamente.
—Ah, lamento escuchar eso —dijo la pelirroja, formando una mueca penosa en su rostro—. Pero oye, un pasatiempo como ese de escribir no está de más.
—¿Tú lo crees?
Mikasa arrugó el entrecejo preguntándose cómo escribir iba a saciar su odio hacia la soledad. Es decir, ¿no era prácticamente lo mismo que hablar sola? Si hablaba sola, nadie la escucharía.
Sasha rió.
—No me hagas caso, Christa me está pegando sus cursilerías. No vayas a creer que yo escribo un diario —bromeó—, aunque me parece tierno.
Mikasa la miró fascinada. Admiraba la forma tan libre que tenía Sasha para conversar, las palabras fluían de su boca con toda la naturaleza del mundo. Ella quería ser así.
Aunque tal vez escribir no era una mala idea, después de todo por algo debía iniciar.
—Pues me llama un poco la atención.
—¡Y veo por qué! Tienes una gran redacción —halagó leyendo la parte del informe de Mikasa.
La morena sonrió levemente ante el cumplido.
—Le diré a Christa al respecto, seguro se emocionará porque no será la única en escribir un diario —rió.
•
La mano le temblaba mientras sujetaba el bolígrafo. En situaciones como esas envidiaba el pulso perfecto de los arqueros. Sobre sus piernas, la hoja del cuadernillo permanecía blanca e inmaculada.
¿Qué demonios podría escribir?
Como en efecto Sasha había dicho que haría, le contó a Christa sobre la nueva ocurrencia de Mikasa respecto a escribir y ambas chicas se acercaron a ella durante la clase de Educación Física con el profesor Shadis, ansiosas por hablar respecto a escritura.
A Mikasa no le había molestado demasiado la intromisión de Renz en el tema, mucho menos si había sido gracias a Sasha que terminara enterada. Internamente estaba contenta por haber estado en boca de ambas y compartir un momento de charla las tres. Por primera vez se sintió a gusto en un grupo con ellas dos, no eran tan «escandalosas» como había pensado antes.
Parte de la plática, que en su mayoría se había basado en cómo Christa decoró el cuadernillo que usaba como diario, había despertado el interés de Mikasa.
—Escribir es como ilustrar tu alma con palabras. Si algo te inquieta, plásmalo en el papel —decía la rubia durante los estiramientos—. Y si quieres menciona cosas que te identifiquen, como lo que te gusta o disgusta. Así se empiezan los diarios.
Luego le había dedicado una de esas sonrisas que subían la moral. Tras trotar por diez minutos, donde la mayoría de sus compañeras cayeron al suelo por el cansancio, se decidió por fin que ésa tarde, mientras Eren practicara futbol, escribiría.
Y ahí estaba ella, recién duchada, envuelta en toallas de pies a cabeza y con el pulso tembloroso.
Suspiró retomando el bolígrafo entre sus dedos. Sabía qué escribir, mas no cómo comenzar; las pocas ideas que se le iban ocurriendo las terminaba desechando al instante.
—Si algo te inquieta, plásmalo en el papel —recordó las palabras de Christa.
Resopló. Solo algo la embargaba demasiado últimamente.
Al diablo.
Empezó la primera línea y luego la miró pensativa, pero no se detuvo. A medida que el inicio tuvo cuerpo y un sentido más allá del deseo de escribir lo que fuera, Mikasa siguió con una breve presentación de sí misma. Mencionó su edad y el año que cursaba, preguntándose si eso no estaba de más.
Frunció el ceño luego del primer paso, ahora viendo qué demonios incluir después. Durante un momento de distracción no se había dado cuenta de que había empezado a rayar estupideces en la página y tuvo que tacharlo. Vaya desperdicio de tinta.
Su mano se movió frenéticamente luego de un par de ideas más. El final fue cerrado con un punto bien marcado.
Mirando su obra, negó con la cabeza. Sin darse cuenta había llenado dos hojas del cuadernillo. Se preguntaba cuánto se había demorado en hacerlo, puesto que su cuerpo hasta hace nada todavía estaba rociado por la ducha. Su cabello había dejado de gotear, sin embargo aún seguía húmedo.
Unos ruidos de fuera la alertaron de que Eren había llegado y se impresionó. ¿Ya era de noche?
Cerró el cuadernillo y lo puso sobre su escritorio, levantándose de la cama para dirigirse al clóset en busca de algo qué ponerse.
Otro ruido fue escuchado, pero ésta vez era de la puerta de su habitación. Mikasa abrió los ojos como platos girándose hacia el intruso que osó de invadir su privacidad.
—Mikasa, ya llegué —avisó su hermano, asomándose dentro del cuarto. Hubo un breve momento en el que él estaba distraído hasta que su mirada se quedó clavada en la figura de Mikasa parada en medio de la habitación envuelta en solo una toalla.
La chica parpadeó perpleja y Eren mecánicamente retrocedió los pasos que había avanzado y volvió a cerrar la puerta.
—Lo siento —exclamó desde fuera, un tanto risueño para disipar la tensión—, debí tocar la puerta.
Mikasa se sujetó con fuerza la toalla, a pesar de que ya estaba sola de nuevo en la intimidad de su cuarto. Al salir de su fluctuación momentánea, corrió hacia la puerta y le pasó el pestillo.
—¡Sí, debiste hacerlo! —gritó, esperando que Eren la hubiese escuchado.
•
—Oh, ¡hola, Mikasa!
La morena se dio la vuelta y notó a Christa y Sasha acercarse sonrientes hasta su pupitre.
—¿Cómo has estado? —preguntó Sasha, quien estaba degustando de una bolsa de patatas de la máquina expendedora de la cafetería.
Ella se encogió de hombros y dibujó una pequeña sonrisa en su rostro.
—No me quejo.
—¡Oh sí, quería decirte! —Christa dio un pequeño saltito—. Anoche encontré en la librería del centro comercial unas pegatinas muy lindas y me acordé de ti.
Mikasa sonrió dudosa, preguntándose por qué unas pegatinas le recordarían de ella a la chiquilla. Christa rió notando su desconcierto.
—Ay, estoy divagando. Lo que quiero decir es que me acordé que estabas planeando escribir tu diario, ya sabes.
—Chris siempre decora sus cuadernos con todo ese tipo de cosas coloridas —esclareció Sasha.
—Ya, pues… ayer escribí algo.
—¿Qué? ¿En serio? —Los ojos de Christa brillaron de la emoción.
—Sí, una entrada. Me abarcó dos hojas.
—¡Vaya, te inspiraste entonces! —felicitó la rubia—. ¿Dónde está? ¿Puedo leerlo?
Mikasa asintió ligeramente sacando de su maletín el cuadernillo donde había redactado su entrada, ubicando la página donde ésta empezaba. Christa tomó la libreta en sus manos y leyó las primeras líneas con el propio gusto y orgullo de una madre hacia su hija. Sasha observó por encima de su hombro y asintió fascinada.
—Me gusta —dijo la pelirroja.
—¡Y a mí! —chilló Christa, abanicándose con una mano libre—. Sasha no mentía, escribes muy bien.
—Te lo dije. Debes escribir más, Mikasa.
La morena sintió un sonrojo surcando en sus mejillas ante el halago, recibiendo de vuelta la libretita. Ninguna de las dos había leído más allá de la primera página, al parecer, y estaba feliz por eso. Le daba excesiva vergüenza que leyeran una tontería tan anodina y superflua, de paso que le estaban concediendo plácemes, seguramente que sintiendo nada más que lástima por ella.
Ya ni recordaba por qué había decidido llevarse el cuaderno a clases, si eso sólo iba a traerle problemas como el que acababa de pasar. No había pensado demasiado bien en ello, al parecer, y ya era muy tarde como para reprimirse esas cuestiones y preguntarse por qué simplemente negó haberse traído el cuadernillo.
¿De qué le iba a servir? Ella sabía la respuesta. Había preferido acceder a mostrarles su diario a las chicas por seguir teniendo algo de qué hablar con ambas.
La campana de la escuela sonó de repente, alertando a todo el alumnado. Por arte de magia, Ymir hizo aparición dentro del salón de clases con su uniforme de gimnasia y encima de éste un suéter deportivo, acercándose directamente hacia donde estaban sus dos amigas, justo frente al pupitre de Mikasa.
—Oye niña, ¿qué demonios haces aquí parada? —lanzó hacia Christa.
—¿Por qué llevas el leotardo? —inquirió Sasha.
—Tenemos práctica —respondió la alta, más comunicándole a Christa que respondiéndole la pregunta a la arquera.
—¿Tan temprano? —señaló con sorpresa, observando la hora en su reloj de muñeca.
—Sí, ¿vienes o no?
Christa soltó un ligero suspiro y miró a Sasha y a Mikasa de manera sonriente.
—Nos vemos luego, chicas —se despidió, para luego seguirle el paso a la morena.
La pelirroja también le dedicó una sonrisita a Mikasa y pronto se dirigió a su pupitre, dejándose caer en él con pereza.
Procediendo a sacar el cuaderno de la siguiente asignatura, observó de reojo el cuadernillo de resorte que había utilizado como diario. El bolígrafo entre las páginas indicaba que estaba ansioso por ser escrito de nuevo, pero a ella no se le ocurría nada más especial qué escribir. Tanto que le había costado empezar la primera entrada.
No sabía qué le habían encontrado de especial las chicas a ese fiasco de diario que tenía tan poca gracia y emoción.
Rodó los ojos llevándose los dedos al tabique de la nariz. A pesar de que Christa y Sasha afirmaran que estaba bien, ella no sentía que así fuese. Mikasa se conocía a sí misma como una persona inconforme, perfeccionista y simplemente no le terminaba de agradar lo que llevaba escrito. Por más allá de creer ser insuficiente al redactar, todo lo que había escrito era muy tonto; pudo pensar en un mejor inicio, un mejor tema a tratar, algo más interesante que una pobre presentación de sí misma que apenas tocaba su problema de integración social.
Refunfuñó dejando que todo se lo llevara el diablo. Tomando la libreta en manos, ubicó las dos hojas que había llenado con la tinta de su bolígrafo en forma de caligrafía y las arrancó del resorte que las sostenía, arrugándolas hasta formar dos bolas de papel. Le dio demasiada pereza ir a botarlas a la papelera, así que decidió esconderlas en el fondo de su maletín.
El salón de clases empezó a llenarse. Reparó en Annie, quien hacía su entrada serena e impasible. La vio tomar asiento en la sección intermedia de la fila pegada a la ventana, mientras que Reiner Braun se acercaba con una sonrisa de oreja a oreja y se sentaba delante de su puesto, con Bertholdt Hoover siguiéndole los pasos.
—¡Hey, Annie! —escuchó que el rubio saludaba animadamente.
Annie ni lo miró, contrario a eso giró su rostro hacia la ventana.
—¿Piercing nuevo? —inquirió Reiner señalando la pequeña argolla que Annie tenía en uno de los orificios de su nariz—. No te queda mal, ¿verdad, Bertholdt?
El chico alto se encogió de hombros y, de nuevo, sin recibir siquiera una cortante respuesta por parte de Annie, el dúo de amigos se dedicó a conversar entre ellos. Mikasa notó que Annie los miró un breve instante luego de ser dejada de lado.
Seguidamente entraron Connie y Jean siendo tan habladores y escandalosos como de costumbre. Se reían a carcajada limpia hasta llegar a sus puestos y reparar en la extraña posición que tenía Sasha sobre su pupitre, con medio cuerpo dentro de su mochila.
El joven de cabello castaño ceniza miró a su amigo más bajito, quien solo se encogió de hombros.
—Te apuesto una gaseosa a que está comiendo.
—Prff, la daré por perdida. Es Sasha, Con.
El aludido, en un intento de aguantar las risitas que querían escaparse de su boca, le dio un leve jalón a un largo mechón de cola de caballo que sobresalía del escondite de la arquera. En respuesta, la chica sacó rápidamente el cuerpo de dentro y miró hacia los costados como un suricato.
—¡Por el amor de Dios, me asustaron! —exclamó hacia los dos chicos, quienes ahora sí que no aguantaron las ganas de reír.
—¿Ves? Tiene migajas de galleta en la boca —señaló Connie.
La chica se alteró en vista de dicha observación, limpiándose con vehemencia el lugar.
—Mentira —susurró—. Yo soy una dama, tengo modales.
Connie soltó una risotada, sosteniéndose de Jean.
—¡Sí claro, su alteza!
—Ya, Con. No fastidies a milady —jugueteó Jean.
—Par de tontos —dijo Sasha, rodando los ojos. Tomó lo que parecía ser una almendra, de un recipiente que tenía guardado en su mochila, y se la llevó a la boca.
—¡Oooohhh! —Connie la miró con ojos de borrego degollado—. Sashi, ¿me das una almendra?
La pelirroja lo miró con ojos entrecerrados por un momento.
—Nah.
Connie fingió falsa ofensa, abriendo la boca de par en par.
—¿Y a éste humilde servidor le darías una, milady? —pidió Jean, arrodillándose frente a ella.
—Solo por tu caballerosidad, príncipe —concedió Sasha.
—¡¿Quéeee?! —chilló Connie—. ¡No se vale!
Entre carcajadas resonando en ese rincón del aula de clases, a ésta ingresaron de repente Armin y Eren. Mikasa desvió la mirada de la esmeralda del muchacho, aun sintiéndose avergonzada debido a la patética situación del día anterior. En cambio, saludó con gusto a Armin, enviándole una sonrisa. Ambos chicos se sentaron en la fila contigua, a un costado de ella para estar cerca.
El resto de las personas del curso terminaron de ingresar un par de minutos después, a excepción de las porristas Ymir y Christa, quienes debían atender los deberes del equipo. Por último, la profesora de química entró cerrando la puerta tras de sí de una vez dando órdenes de sacar los cuadernos y el libro de texto.
Mikasa de nuevo tomó su maletín y buscó su libro, sin tener buenos resultados.
—Maldición… —masculló sacando todo el contenido de dentro.
No podía creer lo distraída que estaba últimamente. Ella no era de las que olvidaba sus cosas, mucho menos las de clase. Suspiró duramente cuando, al tener todo el contenido de su maletín fuera, aceptó que se había olvidado el libro en casa. Derrotada, no le quedó de otra que tomar todo lo que había tirado fuera y lo regresó a su sitio.
Miró a Armin a su lado con su libro y a Eren al frente de él. Sin querer alargar más el asunto, arrimó su pupitre hacia ellos y se les unió en la lectura. Armin la miró al acercarse y sonrió, siendo el gesto devuelto por ella. Eren hizo una mueca de manera de saludo, que Mikasa respondió con un ademán; por esa vez se olvidaría del conflicto pasado
•
Tras una de las más largas clases de matemáticas con la profesora Nanaba, Mikasa se estiró en su puesto mientras los demás compañeros salían. La jornada de clases acababa de terminar y muchos estudiantes ahora se dirigirían a sus respectivos clubes; el otro lote, incluyéndose, regresaría a casa a descansar, cenar o lamentarse de sus vidas. Lo primero que saliera.
Tomó sus apuntes y portaminas para guardarlos en su maletín, pero de repente, al ver cierto cuadernillo oculto entre sus libros, recordó las páginas arrugadas de su diario en el fondo. Esa era una excelente oportunidad para deshacerse de las hojas de una vez por todas.
Tomó la primera bola de papel que halló y la abrió, esperanzada con que era la página de su diario, pero su sorpresa fue otra al notar que no se trataba de las cursilerías que había escrito. En cambio constaba de una mediocre nota de catorce puntos en literatura, una materia que no le terminaba de agradar.
Volvió a meter la mano dentro del maletín en busca de más bolas de papel. Pero no halló nada más que el roce de sus manos con sus cuadernos. Rindiéndose con su acción, dejó el maletín sobre el pupitre vacío del frente y miró el suelo de forma pensativa. Había jurado meter esos papeles dentro del maletín, incluso Sasha podría confirmárselo de no haber estado tan distraída comiéndose sus almendras con medio cuerpo dentro de la mochila.
La preocupación comenzó a embargarla y solo por asegurarse volvió a revisar el maletín en busca de los papeles arrugados. Sacó todo el contenido y agitó el bolso en el aire bocabajo, con la esperanza de que algo saliera, pero nada, estaba totalmente vacío. Ni siquiera salían polillas.
Se sentó de nuevo en su pupitre siendo rodeada por sus cuadernos, lápices y libros esparcidos sobre su mesa y el piso. Con frustración se llevó las manos a las sienes apoyando los codos en la mesa y suspiró pesadamente.
Solo había una explicación lógica en ese asunto; los papeles debieron caerse en cualquier oportunidad en la que sacó o buscó cuadernos.
Guardando todo de vuelta —ésta vez asegurándose que no le faltaba nada—, se paró al frente dándole la espalda al pizarrón y le dio un vistazo completo al salón de clases. Fue una acción en vano.
Un bostezo proveniente de la fila más cercana a la ventana, la hizo espabilarse y darse cuenta de que no se hallaba en completa soledad. Miró a Annie tallarse los ojos estando aún sentada en su pupitre; parecía que de nuevo se había quedado dormida en clases. Annie la miró sin interés y recogió sus cuadernos, metiéndolos desganada en su mochila.
Aunque no se llevaba de maravilla con la chica, tuvo la necesidad de hablarle en ese momento.
—Annie. ¿Has visto unas bolas de papel por ahí?
—He visto muchas. —Fue la cortante respuesta de Leonhardt, quien comenzó a caminar en dirección a la puerta. Sonrió con burla—. Vi a Connie llevar la papelera llena hacia el basurero cuando sonó el timbre, suerte.
Y luego desapareció por la puerta, sin despedirse o agregar otra cosa más a la conversación.
Sin hacer más caso, se dirigió a la parte trasera del colegio, donde se suponía que estaba el contenedor de basura. Estaba muy consciente de lo bizarro del asunto, pero estaba en medio de una situación en la que nunca se imaginó estar, que requería medidas desesperadas.
El putrefacto olor de la basura en descomposición se le vino a sus fosas nasales como una bomba nuclear. Se llevó una mano a la nariz e intentó disipar el olor apretándola contra ésta. El contenedor de basura era mucho más alto que ella, por lo mismo no podía ver nada.
Gruñendo, consideró que ese sería el fin de todo el drama. Ya se habían perdido las hojas, ya no importaba tanto. Al cabo que ni las quería.
No muy lejos, el sonido del balón de fútbol siendo pateado hacia el arco llamó su atención. Ahí estaba la cancha de fútbol, donde el equipo practicaba y parecía que alguien acaba de meter un gol. Se sorprendió al darse cuenta que había sido Eren, contra Bertholdt como portero. Lo vio llevarse una mano al cabello húmedo por el sudor mientras sonreía satisfactoriamente. A continuación, sus compañeros comenzaron a felicitarlo.
A unos metros de Eren y el resto del equipo, el capitán Levi Rivaille observaba todo con atención.
Mikasa se fue luego de observar todo. Ella ya estaba consciente, pero esa tarde lo había confirmado; Eren estaba emocionado por jugar fútbol para el equipo, y se le notaba en los ojos y en la sonrisa la increíble determinación y pasión que sentía.
Era un hecho. No volverían a irse juntos a casa después de clases, estaría sola el resto de las tardes.
| Editado el 29/12/2017.
HOLIS, HOLIS BELLEZAS, HOLIS.
Primero que nada, gracias por los comentarios del prólogo. No planeaba subir hoy el capítulo pero al ver que tenía cierta cantidad de reviews me animé y... bue xD. Aquí me ven, fastidiándolos *U*.
Como sea, en éste capítulo vemos ya a Mikasa centrada un poco adonde la trama vendrá a desarrollarse. Ahora, ¿recibirá respuestas pronto de sus páginas perdidas? Quién sabe... puede ser varios capítulos más adelante. Je.
En fin, me extendería a hablar de no ser porque mi mamá anda viéndome en éste preciso momento con ésa cara de "Quiero irme a casa, suelta la maldita computadora", ¿ó era la de "Tengo hambre, coñitodetumadre"? Bah, ai jav no aidías xD. Además, hoy andaba de buen humor, en serio, pero desde que comencé a sentir un malestar en la garganta luego de que me puse a imitar a Elsa con el Let It Go, bue, pues tuve malestar y tals.
Ah, y contestando a uno de los reviews que-su-irresponsable-ficker-no-respondió-por-flojera, ¡yaaaay! Soy venezolana :3.
Y bien, pues, hasta aquí. Chao, ya.
Los quiere, Ayu.
