¡Hola! ¿Cómo están? Qué les puedo decir… ¡estoy feliz! Sus respuestas al capítulo I: Introductorio fueron tremendas. No imaginan lo que sentí… fue ¡wow! con cada comentario.

En general, leí que les agradó, incluso les gustó… pero, quizá, el elemento que les motivó a comentar –aparte de mi chantaje– fue la personalidad de nuestra protagonista, la atípica Rose. Ajá, muy atípica. Porque esta Rose NO es Prefecta, NO es introvertida, NO es amigable, NO viene de un ambiente familiar amoroso, en síntesis, NO es la protagonista perfecta. (; Intrigante, lo sé. Y por si fuera poco, ante todas estas características la adolescente ¡está en Gryffindor! Increíble ¿no? Así es, es completamente increíble. Está en esa Casa por razones que ni ella misma sabe. Aquí entre nos les diré que ella NO QUERÍA ESTAR EN GRYFFINDOR, pero el Sombrero, siempre sabio y directo, le dijo… ¡Gryffindor! (Ya sabrán por qué.)

Por otro lado, está Scorpius. Él es un poco más típico, menos en lo referente a su pequeño golpe de conciencia ante la muerte de su última conquista… Amanda es quien lo tiene loco, Rose no. No todavía, al menos. Ella lo enloquecerá pronto, como tres o cuatro capítulos. Aunque sí les diré que el primer paso de Scorpius hacia Rose será uno no "típico" y GRANDE. Directo a su ser el primer golpe, describiría yo. Fabuloso ¿no?

Y, en último aspecto, está el último lado del triángulo… la hipotenusa. Andrew es un JOVEN profesor, romántico y guapo. Él es un ser misterioso, perfecto. Ya saben, el muchacho que nos atrae por el aura de intriga que le rodea. Bueno de él, Rose está encaprichada, no enamorada. Ella no siente una real conexión con su profesor, pero aún así, se siente motivada a seguir tejiendo la telaraña más polémica, la de una relación clandestina.

Respecto a Hugo… ámenlo. Es adorable…

*OjO*:Inicia mi jornada de exámenes que ocupará TRES semanas de mi tiempo. So... nos vemos en varias semanas, es decir, publicaré el próximo lunes 13 de junio. Publicaré los días lunes para así luchar contra mi Síndrome Garfildiano de Odio hacia los lunes. (SGOl)

¡A leer! En este cap, Rose es ligera... (?) En el siguiente, no. (; Besos...

Capítulo II: El inicio de una conquista asegurada.

1

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Para realizar un ataque –efectivo– el príncipe sabe cuál es primer paso: conocer a la víctima.

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&. Parte I.

No necesitó deshacerse de Tobías, porque él, tras el importante anuncio, se despidió con una sonrisa de hiena en su boca. Aún así, Scorpius no consiguió paz tras la marcha de Tobías. Éste le dejó un amargo sabor en la boca y el estómago revuelto, como sucede cuando ves tripas de un ser vivo. Una sensación helada recorrió el cuerpo de él, enfriándole hasta el alma. El Club –con Tobías a cargo, de seguro– acababa de lanzarle un hechizo que sus valores no le permitían regresar. Pues sí, él era un sexólogo –como lo llaman los muggles– de práctica pero, una cosa es robar suspiros y absorber placer de una amante experimentada, y otra cosa, extremadamente diferente, es robar la virginidad de una chica. Eso es…

—Grotesco –murmuró a la nada.

Intentó caminar otro poco, pero se detuvo. Su cuerpo acaba de recibir un golpe muy fuerte, y vendría otro más… el de su raciocinio. Esa parte de sí mismo que, con tanto esfuerzo, ocultaba a los ojos del mundo y de su propia conciencia para conseguir lo que quiere. Aunque los objetivos fuesen superficiales y sus sacrificios impuros, se dijo. Sin embargo, en esta oportunidad no podría cerrar la puerta del raciocinio, veía a Rose Weasley manteniendo la portezuela abierta.

Con esfuerzo llegó a la escalera de la Torre y se sentó en un peldaño bajo. Requería pensar en su propio problema, antes de enfrentar la furia pelirroja ante su irresponsabilidad.

Resopló con cierta furia.

Tobías tenía que ser quién inicio esta absurda idea en el interior de El club de la Serpiente. Claro, él lo odiaba desde hace años lo suficiente como para "apoyarlo", siempre y cuando, aprobara el reto. Un reto que, él sabía, iba contra los valores morales enseñados por Astoria Malfoy a su adorado hijo. Müller lo sabía puesto que con él compartió parte de su infancia. Por lo tanto, él se las ingenió para probar su lealtad a los valores de El Club ante todos los miembros, y así dejarlo como un idiota pues sabía que no lo iba hacer.

De ninguna manera.

Jamás.

Nunca.

Porque, si bien deseaba ser MHV de El Club, no podría sacrificar las enseñanzas de su madre. La amaba demasiado; en realidad, era la única mujer a quien le profesaba un sentimiento puro. Su madre representaba ese eje direccional en su vida –así como en la de su padre–. Astoria podía sonreír, abrazar, regañar, aconsejar,… podía llevar a cabo cualquier cosa añadiéndole su luz en cada paso, de principio a fin. Y así fue como, con dedicación y paciencia, Astoria le enseñó valores, valores que respetaría bajo cualquier circunstancia.

Valores que luego de comunicarle su decisión a El Club se lamentaría de haber adquirido.

—Debería haber sido un Sly normal, un Malfoy normal. Perverso y sin escrúpulos… –murmuró para sí, observando la oscuridad con pequeñas sutilezas de luz, luminiscencia producida por las antorchas puestas por el pasillo.

No había nadie a su vista, ni se oían pasos a la distancia. Estaba solo.

Por suerte, ya que no sabría manejar a nadie de El club en este momento. Necesitaría de toda la noche para maquinar su mente sobre su alegato en el instante decir –No– a la proposición. Obviamente, intentaría alegar un poco de razonamiento a los miembros, no obstante, no asomaba en su interior alguna esperanza de lograr algún cambio en ellos, ante su ausencia esta tarde, de seguro Müller envenenó la mente de tres o cuatro miembros, es decir, oscureció la carta blanca para su elección como MHV.

De igual forma, no se quedaría de brazos cruzados. Sí, intentaría recobrar su oportunidad de conseguir su MVH sin usar un sacrificio tan espantoso, como lo es quitarle la virginidad de Rose Weasley. Pero también, de ser expulsado de la candidatura a su sueño, usaría toda su astucia y todo su odio para impedir –por los medios que fuese necesario– que Tobías Müller consiguiera lo que por derecho le pertenece.

Rose Weasley y su virginidad se salvarían. Mas…

Tobías pagaría con humillación pública su atrevimiento.

En su rostro, si tuviese un espejo, vería la mueca precisa de la maldad juvenil. La esencia Sly asomaba con sutileza por sus poros…

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Ya un poco más sereno, Scorpius se animó a entrar a la Sala Común. El reloj debería marcar la ocho con treinta minutos, es decir, no podría retrasar aún más lo inevitable: una pelea con su compañera de cargo. Minutos antes se imagino discutiendo con Rose Weasley bajo varios ambientes distintos, pero con el mismo contexto en su centro. En uno, imagino a Weasley con sus ojos saltándole de sus orbes intentando no atacarlo, porque esto va contra de las reglas. Para otro escenario, se imagino a sí mismo siendo golpeado por un libro de reglas escrito por la mismísima pelirroja.

Todos los posibles escenarios basados en un solo punto: la rectitud de la pelirroja.

Scorpius sonrió, seguro la dejaría anonada ante su indiferencia por las reglas y la responsabilidad.

Se paró frente al retrato y éste lo identificó con una despectiva mirada. Sin contraseña, sin palabras. Scorpius analizó que lo mejor sería acordar con Weasley una contraseña. Abandonando la conciencia de estar pensando, entró a la Torre y una vez pasó el angosto pasillo, encontró a Rose Weasley durmiendo en la Sala Común.

Acostada en el sillón dorado, la pelirroja desarmonizaba con su uniforme deshecho, el fino tapiz.

Scorpius frunció el ceño, mientras se acercaba a ella. Era muy temprano para dormir, incluso para la pelirroja era muy temprano. Por ser lunes, ella no madrugó y, por ende, no debería estar cansada. Entonces, ¿por qué estaba Rose Weasley durmiendo allí? Aquello no era normal. Quizás estaba…

Aburrida.

Él paseó su mirada por el sillón. La túnica de la pelirroja con el escudo de Gryffindor sobre la tela se hallaba en el respaldo. Más abajo, precisamente en el rincón, cerca de las pantorrillas de Weasley, estaba un bolso que, según sabía, tenía la misma propiedad que la túnica. No obstante, antes de razonar qué podía estar dentro del bolso, sus ojos quedaron capturados por el libro morado suelto sobre el regazo de su compañera.

En el lomo del libro se veía, en letras grandes, el título del libro. Pero estaba en otro idioma, idioma desconocido por él. Pero la pequeña inscripción bajo el título sí la entendió, estaba en griego. "Quitándole el misterio al misterio". En su base de datos personal y mental intentó relacionar esa inscripción con algún libro leído, o bien, con algún tema analizado. Pero nada, resumió en segundos; no había en su memoria algún recuerdo vinculado al libro púrpura.

—Quizá si lo leo…

Su murmuración no debió ser oral, porque eso ocasionaría que la pelirroja de despertara.

Cosa que ocurrió.

Despacio se alejó de la pelirroja, dejándose caer sobre un sillón conjunto. Ante sí, ella abrió sus párpados para dejar ver su azul mirada, brillante y luminosa; luego, cargada de pereza, se movió ligeramente como intentando conseguir comodidad en el mullido sillón. La tela podía ser muy atractiva en apariencia, mas era rústica en textura. Él lo sabía desde hace dos semanas, ahora la pelirroja lo sabría también.

Al ver que ella no se percataba de su presencia, Scorpius se decidió a tomar la palabra.

—Bonito lugar para dormir, Weasley –se burló, tirándose contra el respaldo del sillón.

La pelirroja parpadeó continuamente y luego movió sus ojos, buscándolo. Scorpius preparó su sonrisa lobuna como respuesta.

—Finalmente, llegaste. –habló Rose con una voz ronca, producto de su jornada de sueño—. Vaya…

Él sonrió. Justo como se lo esperaba, la pelirroja estaría esperándolo para un ataque directo ante su burla a las reglas. Cruzó sus brazos en forma retadora. Gozaría con esto, una pelea con Rose Weasley lo reviviría. Seguramente, a la mañana siguiente, sería algo gracioso para recordar, ya que, considerando la personalidad de los demás Weasley y Potter del Colegio, incluido el hermano de ella, todos tenían un mismo modo de conducta al momento de enojarse.

Resoplaban.

Gritaban.

Gruñían.

Y alzaban sus manos, batiéndolas en movimientos abstractos.

Ver a Rose Weasley así, sería memorable.

—¿Me estabas esperando, Weasley? ¿Y eso?

Rose se sentó en el sillón y, tras desperezarse, colocó el libro morado junto a su bolso. Scorpius observó impasible sus movimientos, comunes y lacónicos.

—Para una tontería –respondió la pelirroja, sin mirarlo.

La respuesta y el tono de su compañera, causó algo en él. Desacierto, quizá. Una abrupta sensación de…

—¿Tontería, has dicho? –preguntó sin poderlo evitar.

Rose asintió, agarrando su túnica sobre el sillón y levantándose él, poniéndosela.

—¿Tontería, por qué? –inquirió Scorpius, perdiendo un poquitín de paciencia al notar que la pelirroja no agregaría nada más.

Su interlocutora –un poco pasiva– lo miró sin emanar de sus ojos sentimiento alguno. Scorpius se sintió perplejo. Ella debería estar furiosa con él, debería gritarlo, atacarlo,… cualquier cosa. Rose Weasley habría de reaccionar de algún modo. Responder con cualquier acto que la tildara como una persona normal. No como una anormalidad. No como todos la tachaban, no como ella sabía que los demás la notaban.

No como él la tachaba.

—¿Weasley, me vas a responder?

Rose suspiró. —Pero tu ego masculino va salir herido –respondió.

Él parpadeó, viéndola apartar su mirada y, en cambio, alisando su prolija falda. Sin poderlo evitar, su ira apareció como la lava de un volcán en erupción, bajando lentamente desde lo alto, para llegar hasta abajo consumiendo todo a su paso.

—¿Qué? –gruñó.

La pelirroja, que bien parecía ignorar el enojo que encendió en él, o fingía muy bien un desentendimiento, miró las escaleras hacia su habitación con ansiedad. Pero a Scorpius no le importó, esta noche se permitiría perder toda caballerosidad. Rose se lo mrecía.

—¿No lo podemos dejar para mañana? –inquirió Rose.

No. Quiero una respuesta ya. Ahora. –siseó, mirándola con toda la frialdad que pudo.

—Debería "discutir" contigo por tu comportamiento inapropiado –empezó a explicarse ella—. Especialmente tus últimas acciones; ignorar un llamado de Mcgonagall (violentando tu deber como Premio Anual), para tener sexo banal con una joven cualquiera. –suspiró Rose, cansinamente—. Pero no, no lo haré. No "discutiré" contigo este tema. Aunque sea la sugerencia de Mcgonagall.

Scorpius parpadeó, e incapaz de contenerse, preguntó. —¿Por qué?

Usó un tono brusco, pero menos intenso que antes.

—Porque, en realidad, no me importas. –respondió la pelirroja, con una brutal sinceridad que, sin saberlo, noqueó al rubio.

Abruptamente, como notaba que sucedía todo lo referente a Rose Weasley, la erupción volcánica –de su interior– se detuvo, para llegar una potente oleada de frío ártico en su lugar, siendo capaz ésta de congelar el centro de su fuego.

—¿Cómo? –la interrogante le salió en un tono neutral.

Tan neutral como pudo fingir.

—Una reacción natural humana es discutir con otro, poner en evidencia su molestia e intentar corregir, de una forma tosca, sus decisiones generalmente opuestas a las propias –empezó a decir Rose con seriedad, moviendo ligeramente su cara con cada palabra–. Pero yo no actúo así –aseveró—. Una vez leí en un libro: "Solo discutas con las personas que te importan, aún cuando los temas no sean importantes." Y desde que la razoné, la he usado con mi hermano, mi única amiga Brenda, mis primos, y mis abuelos. –continuó con naturalidad—. Diseñé esa lista con pocos lugares, y tú no me importas lo suficiente como para agregarte a ella. Cosa que espero no te importe. –agregó en un tono que Scorpius evaluó, en realidad no esperaba nada de él.

Y para alguien como él, a quien la vida le había dado mucho, ser consciente de eso fue un golpe fuerte.

Sí, para su ego masculino.

No solo ella estaba negándole la posibilidad de verla actuar como una persona normal, sino también se atrevía, sin descaro, a excluirlo de su poca corriente forma de ver la vida. Ella… ella una…

Simple plebeya.

—Para tu tranquilidad, Weasley –paseó entre su boca y dientes su nombre con acidez impropia de un caballero para con una dama—, no me molesta en absoluto. Tú tampoco me interesas –agregó, solo unos segundos después al no escuchar una réplica de la pelirroja.

En cambio, ella suspiró cansinamente. —Herí tu ego masculino.

No fue una pregunta, fue un comentario. Uno, que él se negó a contestar.

Scorpius paseó su mirada a un punto distante de la pelirroja. Si seguía viéndola, allí con toda su tranquilidad, nada ni nadie evitaría que se lanzara a su cuello, y no precisamente a besarla, sino a ahorcarla con sus propias manos. ¿Quién era esa chica? Tan… peculiar, tan petulante, tan… misteriosa, sí. Una desconocida para él. Una desconocida para todo el mundo, la verdad sea dicha. Años estudiando con ella, creyendo conocerla y, como bien señaló la pelirroja durante su primer "encuentro", no se conocían.

Pero, ¿era necesario conocerse?, se preguntó.

Ahora creía que sí, por el bien de su salud mental, sí. Era absolutamente necesario conocer a fondo aquella patética forma de expresión femenina. Contraria a la naturalidad, peculiar, pedante… ¿Tenía algún punto a favor? NO porque por extensos segundos solo vino a su mente un sinfín de defectos humanos, defectos que en una mujer, en una "dama", como decía su madre, no eran adecuados ni atractivos. Pero esto último era evidente, ¿no?. Como Ley Natural no debe haber nada atractivo en una Weasley desde el punto de vista Malfoy.

La miró, pero todavía sin verla. En algún punto de sus reflexiones ella empezó a decir algo; no estaba consciente de qué hablaba; sin embargo, podía estar seguro que era una fuerte extensión de palabras contra él. Bueno, no fuertes. Sería en realidad una innumerable cantidad de oraciones correctamente estructuradas con el fin de insultarlo de una forma sutil, pero igualmente ofensivas.

Miró sus labios.

Llamativos; no atractivos, quizá no "besables", y definitivamente, no tentadores. Pero algo inexplicable en él quería motivarlo a…

—… placer sexual que no satisfaces, realmente –expresó Rose Weasley.

Se enfrió. Eso último, él lo escuchó bien.

—Perdona, ¿qué?

Rose giró levemente su cabeza. —¿No escuchaste?

—Claro que escuché –mintió parcialmente—. Lo que quiero es que te retractes en este mismo instante de lo último que has dicho. –exclamó irritado, moviendo sus brazos—. Te estoy dando esa magnífica oportunidad.

—¿Por qué? –preguntó ella, regresando su cabeza a una postura natural.

Él comprendió algo básico, Rose Weasley hacía de su anti-naturalidad algo natural.

Dio un paso hacia ella, quien no retrocedió. Mirándolo de una forma evaluativa, la pelirroja se mantuvo firme allí, cerca al sofá. Él solo pudo catalogarla de estúpida, porque cualquiera que lo conociera podía decirle que cuando enojan a Scorpius Hyperion Malfoy, lo primero que se debe hacer es correr, huir del lugar.

Él enojado se convertía en un enemigo. Un ser irrazonable, basado solo en instintos, lo sabía. Muchas veces, bajo su estado de furia golpeó examigos, destrozó invalorables adornos, incineró importantes papeles,… tenía un largo listado de situaciones no-aceptables socialmente. Incluso su padre, un devoto ferviente a la actitud de su hijo en situaciones negativas, tuvo que intervenir en repetidas ocasiones –a solicitud de Astoria– para evitar que su hijo terminara bajo el efectivo Beso del Dementor.

Dio otro paso.

Pero era primera vez que lo enojaba una mujer, bueno, al menos el remedo imperfecto de una mujer.

Su carismática actitud siempre lo había caracterizado de un respeto desmedido hacia el género femenino. No era feminista, no. Pero estaba en contra de cualquier uso de violencia, física o emocional, contra ellas. Esta cualidad suya, impropia en los Sangre Pura, le daba un atractivo mayor frente a las aristocráticas familias.

Familias que esperaba, nunca supieran de lo siguiente que iba hacer.

Bruscamente jaló el brazo izquierdo de Rose Weasley, acercándola a él. Notó con gozo como ese movimiento bestial si movió una emoción en ella, el asombro. Sus ojos azules, brillantes y nítidos, adquiriendo mayor claridad, una vez se abrieron sus ojos logrando que el centellar del fuego chispeara en su iris. Ella murmuró algunas peticiones, pero él la ignoró. Estaba furioso. No iba a dejar esto así.

La Weasley ya estaba muy cerca de él. A centímetros, de hecho. Sus alientos se mezclaban, él colocó su propia cabeza a la altura de la pelirroja, debiendo bajar unos cinco centímetros. El cabello de ella apenas se había movido, el lacio se controlaba bien en su cola, todavía después de la jornada de sueño. Quizá, producto de la cercanía, el pudo notar dos cosas. Primero, las sutiles pecas sobre sus mejillas. Y segundo, de su ser se desprendía un sutil aroma a manzana.

Su fruta favorita.

La sacudió levemente, y preguntó con acidez:

—Repite lo último que dijiste. Te reto. –Cada letra, cada sílaba, cada palabra, iba remarcada con rabia.

La pelirroja parpadeó dos veces, suspiró suavemente –enviándole esa muestra de aliento directamente a su boca abierta– y removiéndose, dijo:

—Tú no satisfaces ningún placer sexual.

Al primer segundo, Scorpius quedó asombrado; nadie se había atrevido a retarlo en un momento de furia. Pero, al siguiente segundo, su fuego interno se encendió furiosamente, derritiendo la capa de hielo que se formó con anterioridad.

Usando ambas manos atrapó las de ellas y las llevó hacia su espalda. Por ende, la pelirroja quedó más cerca de su cuerpo, el calor de ella se fundía con el suyo propio con rapidez. Sin perder la vista de sus ojos, Scorpius se maravillo con la perplejidad brillante en los ojos de su contraparte. Él estaba ardiendo de furia, y para ello no hay nada tan satisfactorio como percibir una respuesta del otro.

—¿Quieres que te enseñe cómo sí satisfago el placer sexual de una mujer?

Pero antes de poder razonar en su interior, su propia pregunta y las posibles respuestas de Rose Weasley, ella respondió:

—No, no quiero. Y tú, tampoco quieres.

Sin poder evitarlo, aún apretando sus manos tras su espalda, preguntó: —¿Por qué no querría?

En un tono natural, como quien habla de los colores a un niño, respondió: —Porque no te parezco atractiva.

Scorpius sonrió con cinismo. —Así donde te tengo –la apretó más contra sí—, me pareces muy atractiva, Weasley –respondió.

Mitad mentira, mitad verdad.

—Malfoy, sé razonable, por favor. No soy tu tipo –declaró, y por primera vez, Scorpius no escuchó esa frase de una mujer con lágrimas en los ojos o con dolor entre sílabas, tal como sucedió en el pasado. Realmente porque a ella no le importa no ser su tipo. ¿Se entiende?

—¿Problemas de autoestima? –se burló, intentando borrar su propio mal sabor de boca—. No sabía que tuvieres problemas, Weasley. ¿Acaso no te consideras medianamente bonita? –preguntó.

Rose sonrió afablemente —Soy bonita, lo sé; no necesito que alguien más me lo diga. Pero no actúo con una determinación femenina, no coqueteo, no me arreglo, no abrazo, no… En fin, soy un opuesto constante a las chicas que te gustan –asumió.

—¿Y cómo sabes tú el tipo de chicas que me gustan? –formuló la inquietud sin saber por qué.

Cerca el uno del otro, sus alientos se mezclaban cuando hablaban. Dos esencias diferentes buscaban fundirse… por ahora, sin éxito.

—Es lo más lógico. Malfoy, a ti –como a cualquiera– te debe gustar cualquier tipo de chica diferente a mí. –sonrió—. Mira mis cualidades y mis defectos, mira mi físico, mira mi estatus y personalidad… Mírame a mí, Malfoy. No soy para ti –dijo, logrando que casi su fuego se extinguiera.

Parados, uno frente al otro con sus narices rozándose, siguieron en silencio por un corto tiempo.

Scorpius analizó toda la situación, sus palabras y sus sentimientos. Probablemente, lo mejor era…

—Además que me convertiría en un reto para ti –interrumpió Rose el agradable silencio.

El fuego no se extinguió con eso. Sacudió nuevamente el cuerpo de Rose, borrándole toda sensación de calidez de inmediato. Scorpius sintió en ese momento, con sus palabras, que su ego fue pisoteado por otro ego. Rose Weasley tenía un ego grande, muy grande.

—¿Qué quieres decir? -gruñó él.

—En resumen, Malfoy, soy una chica cuyas sensaciones están muertas, no tengo sentimientos. Soy lógica, nada práctica, muy teórica, muy inteligente... Por lo tanto -explicó—, jamás pensaré en ti como hombre... porque no me gusta, porque no quiero -explicó Rose con una tranquilidad que hirvió la sangre Malfoy.

En minutos la pelirroja –y sus cosas– desaparecieron, andando directo a la habitación.

—¡Ya lo veremos, Rose Weasley! –gritó Scorpius, tras meditar, caminado hacia las escaleras de la torre femenina, esperando que ella lo escuchara.

Minutos después él ya tenía una respuesta para El Club… un plan de conquista planificándose. Rose Weasley caería a partir de mañana.

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Y para ser una víctima adecuada, la princesa sabe que debe abrir su bocota.

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&. Parte II.

Un momento en la vida de la familia Weasley-Granger. 13 meses antes de morir Ron y Hermione.

¿Estás segura de no decirle a Harry que…? –inquirió Ron Weasley a su esposa, mientras cargaba suavemente a su recién nacido hijo: Hugo.

Hermione Weasley suspiró. —Creo que es lo mejor… nosotros estamos en un alto riesgo con lo poco que sabemos, Ron. Conocemos quién es Harry, él usará todos los medios necesarios para entender esta situación y arreglarlo. –miró a su esposo, desconsolada—. Nuestros hijos están a salvo del peligro con lo que vamos hacer… pero no me perdonaría que… –no continuó más, la necesidad de llorar la invadió muy fuerte como para resistirse.

Inmediatamente, Ron llevó al bebé a su cuna. El niño ya daba señales de ser un Weasley por su cabello y la inexplicable necesidad de dormir.

Tranquila –susurró a Hermione, una vez llegó hasta ella para abrazarla—. No llores. Te hará mal…

La castaña hipeó. —No puedo evitarlo, yo…

Viendo la cuna del bebé, él pensó en su otra hija: Rose. Una pelirrojita preciosa, activa y sentimental. Cualquier detalle le causaba gran emoción, tanto para bien como para mal. Comía bastante y dormía muy poco, pero nadie podía negar que fuera una Weasley. Solo había que pasar con ella unos minutos para notar el enorme brillo de su sonrisa y su picardía al hacer travesuras.

Ron en ese momento pensaba que su mayor ilusión sería ver crecer a sus hijos, Rose y Hugo, envejecer junto a su esposa… Pero, de momento, lo primero era imposible.

Apretó aún más a su esposa contra sí, abrazándola, queriendo enviarle paz. Paz que él también necesitaba.

Haremos un enorme sacrificio, Hermione. Pero solo serán unos años, si todo sale bien luego quizá…

Sí... sé lo que quieres decir –murmuró ella, dejando caer su cabeza en el pecho de su esposo.

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Muy temprano, Rose se levantó para realizar algunas actividades antes de clases. Era martes, por lo tanto, su día comenzaba antes. Este día, como todos los demás, tenía un plan básico estructurado. Se arreglaría, enviaría una carta a través de su lechuza, Chely, bajaría a Sala Común a leer un rato, desayunaría con Brenda,… podía estar segura que cumpliría su itinerario por lo menos hasta las nueve y treinta, pero después… suspiró. Después aparecería alguno de sus familiares, cualquiera de sus compañeros. O en el peor de los casos, un profesor, pidiéndole su intervención sobre algún asunto.

La lógica le indicaba que así sería.

Repasó mentalmente todas las ocasiones en que eso ocurrió, mientras seguía subiendo a la Torre de las Lechuzas. Era inevitable y poco probable que no sucediera. El primero, sería Albus. Otra carta de su admiradora secreta. Después sería Brenda, pidiéndole ayuda para ocultar sus ojeras tras el trasnocho. Un rato después aparecería Rina, la mejor amiga de Hugo, preguntando su opinión sobre el capítulo de Huesos y Museos del libro "Humanos 2.3322" –al menos con ella la conversación sería interesante–. Y el resto del día… ya alguien ocuparía el espacio.

—Aunque quisiera leer un libro… -murmuró mientras pisaba los últimos escalones de esa torre.

"El tiempo es dinero", dijo una vez Bejamín Franklin. Bueno ella diría: "El tiempo es lectura"

Abrió la puerta antes de mirar hacia el horizonte. El cielo estaba diferente, menos real. O bien podía decir alguna remedo de humano sin razón, dícese romántico, que "amanecía con un destello de colores peculiares y nítidos, como esbozados por un artista de…" Basura, calificó Rose, al tiempo que giraba su rostro y cuerpo, dándole la espalda al cielo. No podía perder tiempo en tonterías, cada segundo era valioso. Cumplir su itinerario era necesario.

—Napoleón Bonaparte una vez dijo: "La hora es la hora. Cinco minutos antes de la hora, no es la hora. Cinco minutos después, no es la hora. Se puede perder una batalla, pero no cinco minutos. La batalla se recupera, el tiempo nunca." –expresó ella con voz contundente, nuevamente sin dirigirse a nadie.

Fue directamente hacia la jaula de su lechuza. Ésta la miró expectante y ululó una vez sintió la mano de su ama moviéndose sobre su plumaje. Como respuesta humana, Rose sonrió muy ligeramente. Chely era hermosa; su plumaje marrón oscuro y sus ojos dorados, representaban las características más llamativas del ave. No obstante, calificar a Chely de hermosa radicaba en otra cualidad. La preciosa lechuza fue un regalo especial de una persona especial. Un regalo no proveniente de alguien perteneciente a su familia; eso hacía a su lechuza invaluable.

—Hola, preciosa –susurró suavemente al ave—. Sabes que me parece estúpido hablarle a un animal. Pero tú mereces todas las estupideces que pueda cometer –le dijo.

Como respuesta, Chely ululó otra vez.

—Ajá. Muy especial –habló, mientras dejaba su bolso caer sobre el suelo.

Abrió la jaula de Chely para que ésta saliera. Sin dudarlo, el ave estiró sus alas y de un saltó llegó a la ventana más cercana. Observó el panorama y, ante la vista de su dueña, emprendió el vuelo. La pelirroja no hizo nada por detenerla, en cambio se agachó para buscar algo en su bolso. Específicamente, buscaba el sobre de su carta. Una vez la tuvo en su mano, la sacó con la intención de leerla nuevamente. Le dio la vuelta y rompió el pequeño seguro, después invocaría el hechizo de sello. Del sobre sacó el trozo de pergamino más pulcro que pudo conseguir. Detalló cada centímetro y deleito su mirada con su prolija letra.

En ese instante, Chely regresó y se posó sobre la ventana. Rose dejó de mirar la carta cuando la lechuza ululó.

—Espero estirarás las alas, Chely, porque harás un largo viaje –expresó al ave.

Con la carta y sobre su mano, caminó hacia la ventana donde estaba la lechuza. Suavemente acarició el plumaje café sobre su cabeza, haciendo especial énfasis tras su cabeza. Chely adoraba ser acariciada allí. Rose la evaluó un momento más, antes de retomar su tarea: releer, ahora ayudada por la luz natural proveniente del amanecer. Los rayos dorados dieron un toque brilloso a las marcas de su pluma en la carta.

Mentalmente leyó:

Querida Miss Grint:

Primero que todo, disculpe la tardanza en mi respuesta a su última carta. No era mi intención retrasarme tanto, pero algunas de mis obligaciones me impidieron escribir esta carta con prontitud. Sé que me absolverá cuando le comunique mi nueva responsabilidad. ¡Soy Premio Anual! Debo decir que no me sorprendió, y espero que a usted tampoco le asombre; es completamente razonable la elección de la directora Mcgonagall, pero aún así… se produjo una sensación indescriptible en todo mi cuerpo. Incluso los miembros de mi Casa –los cuales la mayoría no me hablan– aplaudieron mi nombramiento. Considero que no lo hicieron por MÍ, sino porque pertenezco a su Casa y llevo la insignia Gryffindor sobre el pecho. Me parece una tontería, sin embargo, no dije nada. Llevo años intentado cambiarlos, inducirlos al camino de la racionalidad, pero imposible. En realidad estoy cansada de intentarlo. Los Gryffindor son muy pasionales para mi desgracia. Honestamente, miss Grint, me entiendo mejor con los Ravenclaw; no entiendo por qué el Sombrero Seleccionador…

Bueno, desvarío.

Fui seleccionada como Premio Anual, lo cual es fantástico. Ya tuve mi primera reunión con la directora, aunque mi compañero de cargo no asistió. Supuse que por motivaciones físicas, es decir, el no-dominio de sus hormonas. La directora me explicó que debía discutir con él, hacerle entender su acción irresponsable, indicarle el respeto a las normas como debe hacer un Premio Anual. Pero no lo hice; no va conmigo. Yo solo discuto con personas quienes me interesan, como una vez le comenté. Y, siendo sincera, Scorpius Malfoy no me interesa. Sí, se sorprenderá de leer este nombre por primera vez en mis cartas. Aparentemente lo leerá con regularidad. La racionalidad me indica que me dará problemas, además, creo que no le caigo bien –como es natural–. Mi sinceridad hiere su ego constantemente, he visto las indicaciones. Él lo niega, su hombría no es capaz de aceptar que…

—¡Vaya, Weasley! —interrumpió una voz su lectura—. ¡Haz madrugado! Es martes, ¿no?

Rose miró a su interlocutor. Scorpius esbozó una sonrisa cínica.

—Buen día para ti también, Malfoy –expresó respetuosamente, Rose.

—¡Ah, claro! La educación ante todo… Buen día, señorita Weasley –saludó—. ¿Te parece bien?

—La educación es estupenda para cualquiera, Malfoy –señaló ella, abandonando su tarea de lectura momentáneamente.

Scorpius se acercó a una jaula distante. De ésta, un ave de plumaje oscuro salió. Rose se maravilló con la intensa mirada gris de la lechuza, que observaba directamente a Chely. Su lechuza, lejos de sentirse amenazada, ululó con prepotencia. Su compañero de cargo se giró hacia ella.

—¿Tu ave? –Rose asintió—. Lo supuse –añadió, regresando su mirada a su propia ave.

—¿Por qué? –preguntó inmediatamente al rubio.

Él sonrió sin mirarla. —Todo se parece a su dueño…

—¿Qué quieres decir? ¿Es una metáfora, o acaso estás haciendo acopio de una…? –inquiría con prontitud, buscaba una respuesta.

—Tiene la misma prepotencia que tú –escupió, ahora mirándola.

Rose dejó de fruncir el ceño para solo mirarlo. Por su mente cientos de pensamientos pasaron. Ninguno pertenecía a una secuencia con el anterior, todos eran hechos aislados, pero con un mismo trasfondo. Los ataques directos a su persona. Como cuando era niña, una niña sin padres, en la escuela Muggle.

—¿Prepotencia? –miró a su ave—. No veo en Chely prepotencia. Ella es especial, ella sabe que es especial –habló con suavidad acariciando el plumaje de la lechuza.

—Claro, entre ustedes se entienden.

La respuesta de Scorpius dejó en la pelirroja una sensación… Una sensación muy diferente al regocijo vivido durante su selección de Premio Anual.

—¿No vas a responderme? –inquirió Scorpius caminando hacia ella, junto a su lechuza—. Supongo que no enfrentas bien los ataques directos…

—Supones bien –expresó con sinceridad, viéndolo a los ojos—. No manejo bien los ataques directos, nunca he podido.

Ella notó cómo los ojos grises de Scorpius se abrieron ampliamente. Asombrado, podía juzgar.

—¿Siempre eres tan sincera? –preguntó estupefacto, acariciando a su propia ave.

—Todo el tiempo. Se supone que son los valores que se inculcan a la humanidad en la época de infancia. Mis abuelos se encargaron que yo…

Scorpius resopló, interrumpiéndola. —Pero no hay que ser tan sinceros, Weasley. Hay cosas que se deben ocultar; miedos, anhelos, angustias… No hay que ser un libro abierto –afirmó él, dejando su ave sobre la ventana.

—¿Cuál es el objetivo de ocultar una parte de sí? –preguntó ella, dejando de acariciar a Chely.

Chely no miró a la otra ave, pero ésta no perdió detalle de ella. No obstante, el ave de oscuro plumaje echó a volar en segundos. En ese instante, la lechuza marrón lo miró con atención… con anelo.

—Protegerse a sí mismo –respondió Scorpius, poniendo en su mirada una seguridad admirable.

—¿Tú te proteges muy seguido? –formuló la inquietud, tras unos segundos de silencio, evaluando lo dicho por él.

El rubio sonrió. —Voy a protegerme ahora mismo.

—¿Vas a mandar esa carta de una buena vez? –preguntó Scorpius a Rose, mientras veía volar a sus aves.

Rose levantó la mirada de su carta, para decir: —Estoy terminando de releerla. ¿Por qué preguntas?

—Quiero enviar una carta a mi madre.

La pelirroja frunció el ceño. —Pero tú tienes tu propia lechuza. ¿Qué te detiene?

—Tu ave –contestó Scorpius—. Galakticus se divierte con tu lechuza.

—Oh. ¿En serio? –caminó hacia la ventana para llegar junto a Scorpius—. Chely nunca se divierte con ninguna lechuza. Ella es siempre…

—Prepotente. –completó Scorpius con una sonrisa burlona.

Rose negó enfáticamente. —En realidad, ella siempre es ignorada por el resto de lechuzas.

Sin perder la sonrisa, Scorpius dijo: —Nuevamente lo digo. Todo se parece a su dueño…

—Conociendo tu perspectiva, puede ser que sí –respondió ella ahora observando a Chely volar.

Rose se maravilló ante el vuelo, casi sincronizado, entre su ave y la de Malfoy. Marrón y negro se mezclaban entre sí, haciendo piruetas armonizadas. Por primera vez, Rose vio a Chely… natural. Extendía sus alas, planeaba, giraba… Si ella creyese en los sentimientos, podría decir que su lechuza estaba feliz, muy feliz.

Ojalá ella pudiera estar así de feliz.

Retomó su lectura.

Y quiero decirle que Hugo, mi hermano, fue escogido Prefecto. Me alegré muchísimo, pero tampoco me sorprendió. Nadie de la Casa –y de su generación– está tan calificado como él para ser prefecto. Es responsable, inteligente, honesto, leal,… mi hermano representa una joya para Mcgonagall. Ya le di mis primeras recomendaciones respecto a su cargo. Entonces él…

—¿Podrías enviar esa carta pronto? Ya quiero irme. Tengo hambre, Weasley.

Rose suspiró. —Sólo hemos estado aquí unos minutos –replicó, todavía leyendo la carta.

—Al menos deberías decirme a quién se la envías –interrumpió el rubio el silencio—. Estoy aburrido y tu silencio solo está contribuyendo, Weasley. ¡Weasley! –llamó, casi gritó.

Ella levantó la mirada. —¿Qué?

—Habla. Haz algo. Lo que sea… -ella percibió su irritación, porque sus ojos se oscurecieron—. Me aburre este lugar.

—¿Por qué no llamas a tu lechuza? A Chely no le molestará…

Scorpius frunció el ceño. —Galakticus también se divierte. No hago esto –solo– por tu lechuza, la mía también está disfrutando –explicó.

Rose regresó su mirada a la carta.

—Necesito revisar que todo esté bien –habló—. Se la estoy enviando a una amiga…

—Debe ser muy buena amiga si estás tan obsesionada con la pulcritud –se burló de esa palabra—, de tu carta.

Nuevamente me disculpo por la informalidad de esta carta.

—Lo es. –aseguró, sin sonreír—. Ya está. Es hora de… -se detuvo mirando al cielo, al tiempo que guardaba la carta en el sobre—. Pero Chely se está divirtiendo…

—Llámala de una buena vez. Necesito enviar algo también –objetó Scorpius.

En ese momento, Rose notó que Scorpius no llegó allí vacío. Traía en su mano una flor y un pergamino enrollado. Con letra grande se veía la palabra: Madre en una porción de papel. Rose tragó saliva imperceptiblemente. "Madre" y "Padre" eran dos palabras que nunca había pronunciado con intención y significado para alguien. Ella y Hugo fueron privados, abruptamente, de ese privilegio.

—¿La flor de orquídea también es para tu madre? –preguntó viendo la flor.

—¿Cómo sabes que…? –Scorpius alzó el pergamino hasta la altura de su cara, y notó lo que ella vio segundos atrás—. Ya veo… –suspiró—. Bueno, sí. Ambas cosas son para mi madre. De cierto modo, es una disculpa a futuro –rió ligeramente.

—¿Qué significa eso? –preguntó inocentemente.

Todo lo referente a las madres para ella simbolizaba un enigma fascinante. Cada momento, cada pregunta, cada argumento… era para sí, desconocido. El no tener a su madre viva había dejado en ella ese vacío flotante y parpadeante, algunos días no se notaba, otros días sí se notaba. Hoy en particular se notaba más, porque en días se cumpliría un aniversario más de la muerte de sus padres.

Por eso necesitaba escribirle a Miss Grint. Ella la comprendía perfectamente. Escribía con pulcritud las palabras correctas cuando se acercaba esta fecha importante. Según sabía, Miss Grint nunca conoció a su madre personalmente, pero parecía ser capaz de expresar la imagen de su madre a través de varios párrafos de pergamino. Le indicaba situaciones, la persuadía sobre cómo actuar con su hermano, incluso la ayudo cuando no fue escogida Prefecta… Desde hace años tenía en Miss Grint una madre sustituta por correspondencia.

—Voy hacer algo que no va gustarle a mi madre. Así que… me estoy disculpando con antelación.

Rose lo miró directo a los ojos. —Y si sabes que no le gustará a tu madre, por qué tú… -calló, los problemas de Scorpius Malfoy y su familia no eran su problema, se recordó a tiempo—. Alterarás a tu madre.

—Pero ya le estoy enviando una orquídea –sonrió galante, pero en Rose no causó ningún efecto—. Son sus favoritas.

—Las mías también –susurró, ahora sacando su varita y sellando su carta—. ¡Chely! –gritó, ahora viendo afuera de la ventana—. Ven aquí, preciosa.

El ave voló de inmediato hacia ella, siendo seguida de Galakticus. Ésta última dio una mirada desconfiada hacia el Bosque Oscuro, y, al notar eso, Rose también miró hacia allá.

—La orquídea es lo único favorito que tengo –explicó, sin dejar de mirar el bosque.

Como Galalticus dejó de mirar el Bosque, ella hizo lo mismo para enfrentarse a la mirada directa de Scorpius Malfoy. Al siguiente segundo, él giró su cabeza hacia su ave. Le dio unas indicaciones y se despidió de ella; el ave emprendió el vuelo sin mirar atrás. Sabiendo que el rubio no la miraba, tomó el cordón rojo del sobre y lo anudó en la pata de Chely, ésta se movió molesta.

—No te gusta, lo sé. Pero es por la seguridad de la carta.

Con sus palabras, Chely se calmó. Levemente acarició su ave, ahora percibiendo la mirada de Scorpius sobre sí. Ella se agachó para ver a los ojos de la lechuza, ésta no perdió detalle de ella. Rose le explicó a dónde ir y que debía tener cuidado. Susurrándole unas palabras, previendo que su Compañero no escuchara, despidió a su lechuza.

La miró hasta que se perdió en el cielo.

—Creo que te ocultas –habló Scorpius, muy cerca de ella.

Rose estaba segura que él se había movido.

—¿Disculpa? –inquirió, respondiendo al comentario de su Compañero.

—Creo que te ocultas –repitió él—. Te he estado observando desde hace días, Weasley. Y he llegado a una conclusión: tú te ocultas. No, no interrumpas –continuó—. Tú te escondes expresando esa falsa sinceridad…

—Te herí mucho ¿verdad?

El rubio, sin prestar atención a su intervención, siguió hablando: —En realidad, existe una parte de ti desconocida por todos. Creo que incluso para ti –se acercó, borrando de su rostro la sonrisa burlona—. Sí tienes sentimientos, Weasley; debes tenerlos. Nadie tiene una familia como la tuya, nadie pertenece a Gryffindor, nadie puede ser una buena hermana, prima, o amiga,… sin poseer sentimientos.

Rose alzó su barbilla, intentando no sentirse tan pequeña ante la estatura del rubio. Parpadeó ligeramente sin apartar su vista azul de él.

—¿A qué se debe la evaluación "psicohumanista", si es que esa palabra tiene realmente un significado científico? –preguntó con naturalidad.

Tuvo que bajar la mirada para seguir el recorrido de la mano derecha de él. Pero la perdió de vista en cuanto ésta tomó su barbilla. Sin hacer mucho esfuerzo, Scorpius Malfoy consiguió mover su rostro, empujándolo hacia él. Testaruda, orgullosa, prepotente, ella se dejó guiar, regresando su vista a los ojos grises.

Frente a ella, él sonrió de lado.

—Es importante conocer a la víctima, Rose Weasley. Y quiero dejártelo claro, voy tras de ti. Eres mi nuevo reto, quizá el mejor de todos. –se acercó unos milímetros más; la parte lógica de ella no fue capaz de mediar cuántos—. Esta es una advertencia… Seré yo quien descubra tu lado oculto –suspiró—. Seré yo, ¿me entiendes?, quien saque a la mujer que hay en ti. Te lo aseguro –prometió, cerrando sus ojos.

Quizá por inercia ella también cerró sus ojos.

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Pero, de todas formas, todo dependerá del destino.

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&. Parte III:

—No lo creo –susurró Rose como respuesta, mientras se alejaba de él.

Scorpius abrió los ojos sólo para verla ya a un metro de él. Estaba estupefacto, esto no formaba parte de su plan. Ninguna chica, en el pasado, había podido ser capaz de negarle un beso cuando el evento en sí era tan eminente. Parpadeó confuso. Rose Weasley era la primera que lograba, ya cuando sus alientos se mezclaban, decir no y apartarse de él. Increíble, murmuró en su interior.

—¿Y por qué no? –preguntó Scorpius—. También he leído sobre el Lenguaje del Cuerpo… Y tú pulso estaba acelerado. Querías mi beso, cerraste tus ojos –acusó.

Rose no intentó negarlo. ¿Qué conseguiría? Obviamente su compañero de cargo sabía lo que decía. Después de todo, él tenía su mano muy cerca de su cuello, de su vena aorta, y en ese lugar el bombeo de sangre se realizaba de una forma inhumana, antinatural… Sí, aceptó para sí, su cuerpo estaba vibrando. Pero su mente no, se recordó. Su lógica, su lado dominante, no se permitiría caer en las filosas garras de un Don Juan. Un Don Juan herido.

—Sé qué estás haciendo –habló Rose, viéndolo fijamente—. Estás respondiendo de una forma muy estúpida a mi reto de ayer… Tu orgullo –lo señaló—, no es capaz de aceptar la verdad. No soy tu tipo, no eres mi tipo. Malfoy –bajó el dedo, pero no el tono de voz—, entiende eso. No es algo personal, simplemente yo controlo mi cuerpo, yo decido qué hacer y cuándo… No voy a destrozar mi Proyecto de Vida por un tornado hormonal sin sentido –explicó.

Scorpius quedó un momento en silencio y luego soltó una carcajada.

—Ningún adolescente puede controlar su cuerpo, Weasley. Eso es absurdo –recalcó, burlonamente. Se cruzó de brazos y se recostó contra el ventanal—. Tú no controlas nada, bloqueaste esa parte de ti, pero cuando destapes esa Caja de Pandora…

—Es una buena forma de llamarla –interrumpió.

—¿Qué? ¿Qué cosa? –preguntó el rubio, perdiendo el hilo de sus pensamientos.

Rose caminó unos pasos hacia la ventana, ubicándose junto a él, se explicó: —Caja de Pandora… es una correcta forma para denominar al revuelo de hormonas en los adolescentes. –se calló—. No has considerado…

—¿Por qué tiendes a cambiar de tema? ¿Es alguna estrategia para esfumar tu incomodidad? –preguntó Scorpius. Giró su cuerpo levemente, mirando al rostro de la pelirroja. Había que ser un ciego para no reconocer lo bonita que era. No, no tenía un cuerpo esbelto, pero debajo de esas ropas había una mujer. Una mujer encerrada por su propia mente. —Dime…

—Simplemente tengo la capacidad de entablar varias conversaciones sobre distintos temas sin bloquearme. Particularidad que no todos –lo miró levemente—, tienen.

El rubio sonrió.

—Claro… Entonces, si no te causa incomodidad –recalcó esa palabra—, regresemos al tema que nos importa. Tu lado atrapado –dijo.

—Malfoy, no tengo ningún lado atrapado. Simplemente no tengo sentimientos. Es una condición con la que crecí –reveló.

—¿Cómo no puedes tener sentimientos? –preguntó sólo para seguirle la corriente; en realidad, Scorpius no creía en esa barbaridad.

Rose alzó su mirada al cielo. —No lo sé. Nadie lo sabe, de hecho –agregó, acariciándose la mano.

El rubio bajó su mirada hacia las manos de ella. Rose movía su mano derecha sobre su mano izquierda, específicamente, sobre el dorso de la mano. Él notó que una parte de su piel era más clara que el resto, quizá era muy leve, pero no estuvo durante seis años en clases de arte y pintura sin adquirir algo de conocimiento sobre el color. En el dorso de la mano, la pelirroja tenía una marca dos tonos más clara que el resto de su piel. Su mirada no se perdió de allí.

Por su lado, Rose pensaba en las "extrañezas" de su vida. Todos aquellos momentos importantes que vivió, pero no sintió. Simplemente estuvo ahí, sus emociones también, pero no las sentía. Desde sus primeros años de vida infantil su condición había dominado su vida, limitándola. En realidad, esta característica le permitió un nuevo modo de ver la vida. No tenía miedo a las arañas, aceptaba las imágenes violentas de las películas, hablaba con tranquilidad durante los juegos "Verdad o Desafío"… Al final, no la veía como una condición, ya con el tiempo prefirió considerar sus "extrañezas" como una bendición.

—¿Por qué? –susurró Scorpius la pregunta.

Rose bajó la mirada, poniendo sus ojos azules fijos en el Estadio de Quidditch visible desde su ubicación.

—Eres la primera persona que me pregunta eso…

Scorpius no habló y la pelirroja no esperó a que lo hiciera.

—Tampoco lo sé. Pero, no quiero averiguarlo –estableció.

Scorpius se giró por completo. Ahora veía hacia el mismo punto donde los ojos de Rose se perdían.

—Esta conversación es muy madura para mí… No soy tu psicólogo –intentó aligerar el ambiente.

—No creo en la psicología. En realidad yo… -se calló abruptamente—. ¿Qué es eso? –señaló a lo lejos, fuera de la ventana.

Scorpius cambió la posición de su cabeza, la giró más al Este. Al principio no vio nada, nada alarmante al menos. Busco entre los árboles y lentamente ascendió su cabeza. Fue entonces cuando lo vio. Allí en el cielo, volaba una persona a máxima velocidad hacia ellos. El rubio frunció el ceño y su corazón se aceleró, sentía el peligro. Pero no pudo moverse, por varios segundos quedó petrificado.

—¡Es un estudiante! –se alarmó Rose.

Enfocando mejor sus ojos, Scorpius asintió. Si mal no recordaba era un estudiante de tercero o cuarto año.

—Pero, cómo…

—¡Allá hay otro! –gritó señalando hacia el otro lado.

Y, efectivamente, del lado Oeste venía otro estudiante. Probablemente a la misma velocidad que el primero. A él, Scorpius no pudo identificarlo en algún año, parecía realmente mayor.

En un segundo su cerebro conecto, logró procesar.

—No vienen hacia nosotros, Weasley. Ellos van…

—… a chocar entre ellos –completó Rose con rapidez. Las dudas se esfumaron, ella tomó su mano y lo jaló hacia la salida—. ¡Vamos! Debemos intentar…

Ni Scorpius ni Rose vieron el preciso momento en el que sucedió todo. Mirándose al uno al otro escucharon el enorme estruendo, fue como escuchar un montón de vidrios quebrándose. Un aullido desgarrador resonó desde el exterior para llegar a sus oídos con intensidad aterradora. Después, quizá solo dos segundos, se escucharon dos golpes secos abajo, en la base de la torre.

Rose apretó su mano, sintiendo el terror recorriéndole el cuerpo. Viejos recuerdos intentaron invadir su mente…

Ese fue el primer día que Scorpius vio una emoción –real– en Rose, lo cual le daba la razón. Ella tenía sentimientos. Sin embargo… ver el horror en los cristalinos ojos azules…

Tragó en seco. Cuidado con lo que deseas…

—Tranquila… –susurró, atrayéndola hacia sí. Por un momento creyó que ella se resistiría, mas eso no ocurrió. Rose se dejó atrapar entre sus brazos y empezó a llorar.

.

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En menos de veinte minutos la gran mayoría de la población en Hogwarts estaba afuera, en la base de la Torre. Quienes no estaban ahí, observaban con curiosidad y estupefacción la horrible escena desde las ventanas en pisos más altos. Los cuerpos, deshechos y ensangrentados, ya habían sido cubiertos por unas mantas blancas, las cuales lentamente perdían su pulcritud. Los profesores hacían un círculo amplio de protección para prohibir a los estudiantes de acercarse, al tiempo que la directora Mcgonagall hablaba inquieta con un Auror.

—Esto es inconcebible, Jones –habló Minerva—. Esta situación… Merlín, la situación está escapando fuera de las manos del Ministerio. Sinceramente yo…

—Aquí no estamos para creer, Minerva, estamos para saber. Sí, es una situación anormal, pero no está escapando de las manos del Ministerio. –aseveró el Auror, anotando algunas cosas en una desgastada libreta.

Minerva se movió impaciente en su sitio.

—Tenemos cuatro estudiantes muertos… -se acercó más y le susurró—. Un ex-estudiante muerto en Liverpool esta mañana… Una jovencita, quien se define profeta, en San Mugo… -suspiró—. Ningún caso está esclarecido, Jones. Obviamente está superando al Ministerio –retó, mirándolo con firmeza a través de sus pulidos lentes—. Todo.

El Auror cerró su libreta de golpe.

—Estamos en eso, Profesora. La situación no es fácil, lo sé, pero no estamos cruzados de brazos. –frunció el ceño, ahora observando el cuerpo de los jóvenes—. Tenemos a nuestros mejores jóvenes en el caso…

Minerva bufó. —¿Y cómo se llama el caso? Manto Negro, de casualidad.

—Estás siendo impertinente, Minerva. No pierdes el foco, no olvides quiénes son aliados.

—Y no olvides que estoy a cargo de uno de los mejores Colegios de Magia y Hechicería. Tras cada estudiante hay un padre o un representante queriendo respuestas, aclaratorias, seguridad… y, aparentemente, no estoy haciendo nada por garantizárselos… -suspiró—. Algunos profesores quieren negarse a dar clases… quieren irse a huelga…

—¿Cómo? –inquirió estupefacto.

La directora miró a su alrededor, percibió cómo varios profesores los observaban. Algunos de ellos le inspiraban confianza, pero algunos le daban una clara advertencia.

—Hablemos en mi despacho.

Jones asintió. —Una vez lleguen los otros Aurores.

—En todo caso… ¿por qué están tardando tanto?

—Tenemos otro caso –susurró, vigilando que nadie estuviera cerca—. La prensa no puede saberlo, Minerva. Te lo explicaré todo en tu despacho –aseguró, dejando todavía más intranquila a la profesora.

A unos pasos de ahí, Brenda observaba el centro de la escena. El par de estudiantes muertos, el Auror y la Directora del Colegio. El deseo de vomitar renacía en ella. Apenas oyó el horrible sonido, corrió hacia la ventana para ver, con detestable claridad, los cuerpos caídos de los estudiantes. En ese momento fue terrible, pero cuando supo que eran Mike Miller y Adrián Watson, de tercero y quinto año, respectivamente, la sensación fue mucho peor. Al primero lo conoció cuando él entró a Hogwarts y ella le ayudó con Pociones. A Watson lo conoció durante el último baile de Navidad, un chico encantador. Y ahora verlos allí…

Tragó con dificultad.

—¿Estás bien? –preguntó Albus, llegando a su lado—. Te ves pálida.

Brenda le mostró la mejor imitación –fungida– una sonrisa torcida. —Tú eres un experto haciendo sentir a una chica como una princesa…

—Me preocupo por ti –respondió Albus con sinceridad.

—Lo sé –suspiró ella.

La situación entre ellos se estaba complicando, se dijo Brenda. Cuando todo esto comenzó le pidió a Albus, encarecidamente, no involucrar sentimientos… y al día de hoy, era evidente que el menor varón de los Potter estaba explotando sus emociones. Y no debía ser, porque ella no era capaz de entregar su corazón, pese a la dulzura de Albus, no podía entregarlo. Y ella sabía cuál era el problema, cuál es el motivo por el que su situación empezaba a tropezar con obstáculos…

—¿Te acompaño a la enfermería? –ofreció Albus sus servicios.

Brenda desvió su mirada, regresándola al "espectáculo". Ahora estaban cinco Aurores más en la escena, junto al primer Auror y la directora. Todos intercambiaban palabras, se podía ver, pero los profesores tenían un hechizo alrededor para evitar cualquier acercamiento inoportuno y que algún dato fuera escuchado por un estudiante y éste informara a la prensa, especuló Brenda. Sí, suspiró, en definitiva debía irse de ahí.

Miró a su compañero y respondió: —Sí, será lo mejor…

Albus sonrió tranquilizadoramente.

—Iremos despacio, no quiero que te marees –dijo. Al empezar a caminar el pelinegro aprovechó para abrazar a la joven de una forma suave—. ¿Y Rose? –preguntó para relajarla. En lo posible la haría olvidar el despreciable acontecimiento.

Brenda sonrió, dejándose abrazar.

—Hoy no la he visto, pero espero no haya visto esto –anheló, respondiéndole.

—Yo también espero lo mismo… –secundó, esquivando junto a la pelinegra a un par de estudiantes.

Uno de esos estudiantes frunció el ceño al ver a Brenda en esas condiciones; estuvo tentado a seguirla junto con Potter, pero negó con la cabeza. Él no haría eso, eso sería ser un caballero. Sonrió felinamente, y él no lo era. Ni Albus ni Brenda se fijaron en él.

—¿Los conocías? –preguntó Brenda, claramente refiriéndose a los estudiantes fallecidos.

Albus asintió. —Sólo uno; a Mike lo conocí el año pasado.

En silencio pasaron la enorme puerta del Colegio para ir camino a la enfermería. Los pasillos estaban solos, gran parte del estudiantado estaba fisgoneando en lo que no les importa, se dijo Brenda. La calma reinaba por donde pasaran. Sólo en un pasillo consiguieron un trio de estudiantes, quienes apresuradas iban camino a la salida. Por un momento Albus las juzgó de chismosas, no obstante, borró ese calificativo cuando identificó a la chica morena, la más baja del pequeño grupo. Verónica Rice, hija del dueño de Candy's en Hogsmeade, pero también era la novia de Watson.

Él lo sabía porque ambos fueron coronados príncipes durante el último baile de Navidad.

—¿Qué está pasando, Albus? Todos estos acontecimientos… –susurró, también observando a la llorosa Rice—. Pobre chica…

—No sé lo que está pasando, Brenda, pero creo que ni siquiera el Ministerio lo sabe con certeza –teorizó firmemente.

Brenda lo miró extrañada. —¿Cómo puedes estar tan seguro? –inquirió.

—No sería la primera vez que el Ministerio estuviera en el Limbo investigativo –murmuró fieramente.

—Pero cuando Voldemort…

El pelinegro negó con su cabeza, al tiempo que la hacía girar en el último pasillo para llegar a su destino.

—No hablo de eso. Aunque sí –asintió—, esa fue una ocasión. Yo hablo de algo mucho más reciente, Brenda. Hablo de la muerte de mis tíos Ron y Mione –aclaró—. Su caso lleva años en el archivero del sótano más profundo del Ministerio. Nadie sabe qué ocurrió y nadie se atreve a aclararlo. –suspiró—. Mi papá lo intentó pero…

—¿Qué? ¿Qué ocurrió?

La inquietud de Brenda le pareció la adecuada.

—Nada ocurrió. Intentó conseguir nuevos datos, hacer otros interrogatorios, incluso verificar pistas por sí mismo… sin embargo, nadie colaboró. El Ministerio había reubicado a los posibles testigos, cambió fechas, mezcló información…

—¡Qué terrible! –exclamó Brenda, separándose de Albus.

El pelinegro asintió. —Así es. Cuando mi papá se dio cuenta tenía cinco expedientes sobre el caso y cada uno muy diferente con cualquiera que mirara…

—Merlín…

—Fue cuando renunció. Mi papá descubrió que el Ministerio estaba involucrado en algo terrible, así que decidió renunciar –sonrió—. Pero está investigando desde la clandestinidad… sé que descubrirá la verdad.

—Es admirable la fe que tienes en tu padre –aprobó Brenda, tomándole la mano.

—Si alguien puede hacerlo es mi papá –aseguró con orgullo—. Ahora vamos –apuró la marcha, todavía tomados de la mano—. La enfermería nos espera…

Brenda se dejó llevar. La dulzura de Albus lograba estremecer su corazón.

¿Por qué no podía simplemente entregárselo?

.

.

A media mañana la directora Mcgonagall convocó una reunión con carácter de urgencia para los Prefectos y Premios Anuales. Tras discutir la situación con el Auror Jones, la anciana profesora creyó que aquello era lo más oportuno. Era su deber comunicar la verdad a sus alumnos… bueno, la pequeña fracción de verdad que ellos necesitaban oír. Como en toda situación tenebrosa, el Ministerio le había solicitado callar varios importantes aspectos con el único objetivo de recalcar que ellos estaban involucrados por completo a la investigación, y que ésta se estaba realizando como se debía.

Suspiró.

Nada más lejos de la verdad. El Departamento de Aurores, aunque Jones dijera lo contrario, no tenía idea de qué estaba ocurriendo. Tenía pistas, testigos, confesiones… pero cada información estaba aislada, es decir, no conseguían cómo abrir un camino estable hacia la verdad, tenían una variedad de pequeñas islas flotantes impidiéndoles cruzar el enorme río.

Un río que no era como el Támesi.

Era un río enorme, largo y profundo, imponente. Como el Mississippi, el Amazonas, el Orinoco.

El Primer Ministro no se había comunicado con ella, pero muchos padres y representantes de estudiantes sí lo habían hecho. Varios de ellos le exigieron respuestas, otros pedían seguridad a sus hijos, pero esa no era la pregunta que ellos debían formular. Si ella hubiese tenido hijos desearía la verdad sobre la seguridad de ellos. Y eso, no les podía entregar. No tenía idea de si podría aguantar por más tiempo, si la situación se estabilizaría en días, o semanas como mucho, y ver esta horrible situación como un pasado distante. Si bien, tenía la esperanza que esto fuera así, no era tonta. Sus años de experiencia durante la Primera y Segunda Guerra, bien podría afirmar que si el Primer Ministro no se comunica con el Director de Hogwarts, eso es una mala señal.

Oyó la puerta abrirse y cerrarse con prontitud, miró la hora en el reloj mágico de pared. 10:15am. Esbozó una pequeña sonrisa antes de girar su silla hacia la nueva visitante, sabía quién era. Allí frente a su escritorio estaba Rose Weasley, delicada e imperturbable. Vestía el uniforme y su túnica, su cabello estaba suelto y una cinta roja se mezclaba con la intensidad de su color para evitar que su lacio cabello fuera hacia adelante. Nuevamente la Directora miró el reloj, la exactitud y puntualidad eran dos excelentes características de su estudiante.

—Buen día, señora Directora –saludó Rose haciendo gala de su educación—. ¿Dónde están los demás?

—Muy buena pregunta, señorita Weasley.

Rose frunció el ceño y caminó hacia un asiento de la izquierda. La Directora no perdió detalle de los movimientos de la pelirroja.

—Pero usted nos informó del carácter urgente de esta reunión y recalcó con energía la puntualidad de la que debíamos apropiarnos. Hora: 10:15am –señaló Rose, sentándose suavemente sobre el sillón verde.

La mujer, que ya no estaba en su juventud, sonrió. —Esperaremos unos minutos más.

Y como si fuera un hechizo invocador, poco a poco, fueron llegando los estudiantes. Primero llegaron los Prefectos de sexto, después los Prefectos de séptimo sin los Slytherin. Unos minutos después llegaron éstos junto al resto de Prefectos de esta Casa, uniéndoseles los Prefectos faltantes solo tres minutos después.

Mcgonagall paseó su mirada sobre sus estudiantes ejemplares. Allí estaban lo más selectos en responsabilidad y disciplina. A cada uno lo conocía, pues en algún momento había hablado con éstos. Podía meter sus manos en el fuego por ellos, porque ese grupo de Prefectos era el mejor formado en años. Volvió a pasear su mirada, buscando a un estudiante en especial. Frunció el ceño y a través de sus lentes enfocó a Rose Weasley, quien sentada observaba con detalle los cuadros de exdirectores. Resopló levemente, mientras le indicaba a todos que buscaran un asiento, quizá no tenía a todos los estudiantes ejemplares.

De repente se abrió la puerta. Mcgonagall junto a varios estudiantes miraron al estudiante que entraba. Scorpius Malfoy, Premio Anual, se hacía presente. La Directora miró con indignación como una jovencita de quinto suspiraba al ver caminar al estudiante mayor. Tonterías comunes de la edad, criticó Mcgonagall, recordando los años en los que Draco Malfoy causaba ese mismo efecto en sus estudiantes femeninas.

—Bienvenido, señor Malfoy. Es un placer saber que hoy se nos pudo unir –habló la Directora con firmeza.

El chico simplemente asintió.

Por un momento, la Directora, creyó que él iría a sentarse junto a Rose, pero en menos de un segundo retrocedió y se ubicó junto a la puerta. Mcgonagall calificó aquello como interesante.

—Puede sentarse donde guste, señor Malfoy –informó ella—. Preferiría que estuviese sentado.

Scorpius paseó su mirada por el lugar, ante la mirada atenta de varios estudiantes. Mcgonagall tampoco le perdía detalle.

—Señor Malfoy, es para hoy.

Con una sonrisa altanera el estudiante la miró. Ella creyó ver a Draco Malfoy en sus años de juventud, nuevamente. No obstante, esa mirada tenía el tinte Astoria Greengrass por donde sea.

—Será aquí. ¿Le parece bien, directora?

Ante sus ojos, desgastados y viejos, Scorpius Malfoy se sentó en un sillón rojo ubicado en el lado opuesto de la oficina. Desde allí él le dio una rápida mirada a Rose Weasley, quien no veía al muchacho, su vista seguía fija en los viejos retratos.

Mcgonagall tomó la palabra.

—Bueno, mis queridos alumnos, me alegra que estén aquí. Convoqué esta reunión con carácter de urgencia porque debía ser. –paseó la mirada por todos—. Los acontecimientos del día ensombrecen el panorama de Hogwarts. Esto no debió ocurrir… sí, señorita Efron, puede preguntar –indicó la directora, desde su asiento.

Hiroshima Efron, estudiante de quinto año, Prefecta de los tejones, bajó su mano, al tiempo que, fuerte y claro, preguntaba:

—¿Qué está ocurriendo, profesora?

Los estudiantes pasaron su mirada de su compañera a la Directora. Pero solo Scorpius notó cómo la profesora disimulaba una mueca en su rostro al término de la pregunta.

—La situación es muy complicada de describir, señorita Efron. Pero puedo asegurarles a todos –paseó su mirada por ellos—, que el Ministerio está investigando, buscando esclarecer estos oscuros acontecimientos. El Auror Jones me dijo que han hecho avances, descubrieron nuevas pistas.

Un joven Slytherin de sexto, interrumpió. —Pero, profesora, no nos está diciendo qué ocurre.

—Les estoy diciendo…

Otro joven, esta vez de séptimo, habló:

—No, profesora, usted está evadiendo la pregunta en sí. Nos está diciendo que se están investigando, pero no nos dice qué están investigando.

Mcgonagall habló de nuevo, acallando los murmullos de los Prefectos. —La situación es…

—Profesora, no hable de "la situación" como si fuese un tema vetado –interrumpió una joven de Hufflepuff—. Nuestra Casa acaba de perder a un compañero… un compañero con nombre y apellido, un compañero con sueños y metas que hoy, sin saber cómo o por qué, él mismo olvidó y destruyó… –hipeó—. Queremos la verdad, profesora, queremos saber por qué la muerte está acechando nuestra casa de estudios…

Antes que la imperturbable profesora hablara, otro estudiante intervino:

—O es, acaso, que ni el propio Ministerio lo sabe...

Mcgonagall, decidió hablar: —No mal interprete la intención de mi palabra, señorita White –observó a la Hufflepuff—, cuando me refiero a "la situación" lo hago con absoluto respeto. Pero no es mi interés recalcar la palabra muerte cada vez que hablo sobre Miller y Watson. –aclaró firmemente, dando a entender que no quería ser interrumpida—. Y regresando al primer punto y el último… El Primer Ministro me ha asegurado que están investigando, descubriendo a muchos para hallar la verdad, no obstante, por el bien de la investigación no he sido autorizada para saber a ciencia cierta lo que está ocurriendo. No quiero que empiecen a especular y atemoricen a sus compañeros más jóvenes –aseveró—. Lo que está ocurriendo no es un juego, no es un tema que se pueda tratar a la ligera –los miró, atrás vio a Hugo Weasley mirando a su hermana—, estamos hablando de vidas humanas… Hogwarts está de luto, el dolor invade cada pasillo. Por mi parte, por parte de los profesores y la gran mayoría de nuestros estudiantes, nos invade no sólo el dolor, también la indignación al ser violentados de esta forma.

—Hogwarts se está convirtiendo en el escenario del caos… –murmuró una joven Slytherin a su compañera.

Todos la escucharon, pero Mcgonagall decidió ignorar ese comentario.

Ella sabía la verdad.

Hogwarts era el escenario escogido por una persona o personas para algo macabro; lo peor era no saber el quién, con nombre y apellido, ni el qué con una correcta descripción, se dijo.

—Profesora –alzó la mano otro estudiante—, mi mamá me preguntó algo hoy que me dejó inquieto… ¿estamos seguros en Hogwarts?

La duda del Ravenclaw golpeó directamente a la directora.

—Ponemos todo nuestro empeño en eso –dijo de inmediato, sin dudar—. ¿Alguna otra duda? ¿Algún comentario, jóvenes? –ninguno habló. La profesora se aclaró la voz y se levantó—. Entonces… les diré cuáles son las nuevas órdenes para mantener la seguridad.

Varios de ellos se enderezaron de sus asientos, atentos a las indicaciones.

—El resto de la semana no hay clase… por obvias razones –agregó antes que un estudiante de Ravenclaw interrumpiera—. Pero habrá limitaciones. Primero, nadie transitará solo o sola por los pasillos, los quiero a todos en pareja o en grupo. Segundo, queda terminantemente prohibido las salidas clandestinas a Hogsmeade. Tercero, no, y repito no –recalcó apoyando sus manos sobre el escritorio—, pueden realizarse entrenamientos de Quidditch hasta nuevo aviso. Lo siento, señor Wood, es así, es una orden –el aludido gruñó desconforme—. Cuarto, toque de queda… para todos.

—¿Todos?

—Así es, señor Weasley –respondió—. Para todos, y si no queda claro sepan que eso los incluye a ustedes, jóvenes.

La Prefecta Hiroshima Efron preguntó: —Nosotros somos Prefectos, profesora, es nuestro deber…

—Sé que son Prefectos, señorita Efron, y sé cuáles son sus deberes, no olvide que ayudé a redactar esas normas –indicó—. Pero también, son estudiantes. Mis estudiantes. Y no pondré a nadie menor de diecisiete años, o menor, en peligro. Es decir, que el nuevo horario de la jornada será de ocho a cinco de la tarde. ¿Queda claro?

La mayoría asintió, otros siguieron murmurando. Pero todos se callaron cuando alguien más interrumpió.

Mcgonagall vio a Rose Weasley con interés. —Dígame, señorita Weasley. ¿Alguna duda?

—Tengo varias en realidad… pero solo una me interesa que responda, profesora. ¿Cuándo nos asignarán nuestros nuevos horarios de estudio? –preguntó, provocando una angustia generalizada.

La Directora, Hugo Weasley y, por increíble que parezca, Scorpius Malfoy, sonrieron.

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Unos minutos después, tras explicar la Directora cómo distribuirían el horario, los estudiantes se fueron en masa. Entre los últimos estaban los Premio Anual y Hugo Weasley, quien quería hablar con su hermana. Scorpius se limitó a darles espacio mientras los hermanos pelirrojos hablaban, ellos parecían inmersos en su propia burbuja. Él no pudo evitar notar cómo la forma de mirar de Rose cambiaba, se ablandaba, al hablar con su hermano menor. En la puerta llegaron dos Prefectos buscando a Hugo, quien se despidió abruptamente y se fue. Entonces, Rose despidiéndose de la profesora se dispuso a salir.

Scorpius apresuró el paso para llegar hasta ella, quien lo miró interrogante. El rubio le explicó que solo seguía órdenes, se suponía que nadie debía andar solo por los pasillos, por lo tanto, él la había esperado… después de todo iban hacia el mismo lugar. La pelirroja lo miró todavía con desconfianza, pero no agregó nada. Scorpius le abrió la puerta y se despidió de la Directora.

—Todo esto se está volviendo muy extraño ¿no? –inició Scorpius la conversación.

La pelirroja asintió. —Inexplicable, diría yo. Pero sí, tienes razón –aseveró.

Scorpius habló algo más, pero Rose no lo escuchó, se perdió entre sus pensamientos. Recordó cierto momento, la última vez que había visto a su madre… ese día leyó sin problemas un cuento infantil muggle, por primera vez. La castaña la abrazó fuertemente con lágrimas en los ojos, feliz y radiante. Junto a ellas estaba el coche de Hugo, quien jugaba resuelto con el pequeño móvil de dragones que le regaló Charlie, su padrino. Ella lo recordaba porque su padre inmortalizó el momento con una foto. Foto que aún estaba fresca cuando irrumpieron ese grupo de personas y dieron fin a la vida de sus padres.

—Es evidente el desconocimiento que Mcgonagall tiene sobre la situación –evaluó, sin dejar de mirar al frente.

Scorpius hizo una mueca., difiriendo con la opinión de su Compañera, dijo: —Yo creo que ella sabe algo, pero no por boca del Ministerio.

—¿En qué basas tu opinión, Malfoy? –inquirió Rose genuinamente.

—Verás, Weasley, cuando Hiroshima… -se calló.

En el siguiente cruce se escucharon un par de voces discutir, éstos se acercaban a ellos con prontitud. El primer instinto de Scorpius fue tomarla de un brazo y, literalmente, arrastrarla del codo para esconderse tras una columna ancha. La pelirroja se resistió, pero Scorpius tapó su boca y la apretó contra la columna. Ella no tuvo otra opción que quedarse quieta. Justo a tiempo los dueños de las voces llegaron junto a ellos.

—No podemos tomar esa medida –habló el primero.

El segundo respondió. —Es por nuestra seguridad, incluso la propia seguridad de los estudiantes. Todo se está saliendo de control, Manson. Hogwarts no es un lugar seguro.

—Pero, profesor…

Ambos estudiantes, escondidos aún, no dejaron de mirarse.

El segundo replicó. —No, Manson, no intente cambiar mi modo de pensar. He hablado con muchos de los profesores, varios están de acuerdo. Incluso Binns –señaló con impresión—. Y después de lo de hoy…

—Profesor, esa decisión es… radical. No traerá beneficios, solo perjudicará a los estudiantes y, por si fuera poco, dejará mal parada a la Directora.

—Lo lamento mucho por Mcgonagall, pero sé que muchos padres estarán de acuerdo con nosotros. La seguridad es primera.

El profesor Manson suspiró cansado, pero no respondió.

—Entienda, Manson, esta situación ya no es controlable. Sin embargo, les daremos tiempo a ustedes para aclarar todo, un mes quizás. Pero si la seguridad del Colegio vuelve a ser quebrantada, no nos quedará más remedio que irnos a huelga.

Para cuando ambas personas desaparecieron por el final del pasillo, los Premios Anuales respiraron tranquilos. Scorpius seguía pegado a ella y su mano aún atrapaba el sonido de su voz. Los ojos azules de Rose observaron todo el rostro de su Compañero con interés. El rubio, sabiéndose objeto de una evaluación, no se atrevió a bromear, lentamente bajó la mano y se separó de la pelirroja, quien resopló una vez tuvo oportunidad.

Ninguno de los Premios Anuales interrumpió la agradable sinfonía del silencio. Tan sólo se miraban, se oían respirar, vivir… Entre ellos la lejanía no era palpable, pero la cercanía sí era medible, de hecho, la fusión era inminente…

Una sola pregunta cruzó por la mente de Scorpius:

¿Y ahora qué?

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