LOS COLORES DE UNA SOMBRA

by Silenciosa

KUROKO NO BASUKE

KagaKuro

Disclaimer: Kuroko no Basuke no me pertenece. Todo lo que hago lo hago por y para el disfrute de mi jodida imaginación y la de aquellos que me leen. Nada más.

Advertencia: Contenido BoyxBoy (tema adulto). Lenguaje ordinario (insultos). Referencia a spoilers del manga/anime.

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CAPÍTULO II

"Run, neon tiger. / Corre, tigre de neón.

There's a lot on your mind. / Hay tantas cosas en tu cabeza.

They'll strategize and name you, / Planearán una estrategia y te pondrán un nombre,

but don't you let them tame you. / pero no permitas que te domestiquen.

You're far too pure and bold / Eres demasiado puro y valiente

to suffer the strain of the hangman's hold. / como para sufrir la conmiseración del verdugo.

Run, neon tiger. / Corre, tigre de neón.

They'll hunt you down and gut you. / Te darán caza y te despellejarán.

I'll never let them touch you. / Nunca les dejaré que te atrapen.

(Run) Away, away, away. / (Corre) Lejos, lejos, lejos."

Neon tiger, The Killers.

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Desde que Aida Riko le impuso una dieta alimentaria libre de comida basura, Kagami prestaba atención a lo que comía cada día. La base de su alimentación eran platos cocinados de verduras a los cuales acompañaba con pescado blanco o, en menor medida, marisco. También preparaba cantidades ingentes de arroz y hortalizas que solía combinar con pollo. Gracias a su buena mano con la cocina, elaboró sus propios menús; únicamente elegía ingredientes frescos y limitaba los hidratos de carbono a una dosis adecuada. Valoraba en todo momento la orientación que Aida le aportaba. Era curioso que su entrenadora, aunque tuviese buenas aptitudes como nutricionista —debido posiblemente al tiempo que pasó con su padre en su labor como entrenador personal—, fuese una pésima cocinera. Kagami pensaba que, si uno adquiría la certeza a la hora de escoger los productos adecuados y prepararlos con un poco de paciencia, no hacía falta de más para saber cocinar y realizar un plato decente.

Tampoco iba a vivir aferrado únicamente a esos menús insípidos toda la vida. A veces, cuando le apetecía comer de verdad, se lanzaba a cualquier establecimiento de comida rápida y pedía la hamburguesa más grande que contara la carta. Por algún motivo su cuerpo le pedía este tipo de comida y él lo consideraba como una buena señal; estaba vivo y debía disfrutar de la vida. En esas ocasiones, cuando le entraban esas ganas irreprimibles de comer sin reparar en las exigencias de la señorita Aida, solía reunirse con Himuro Tatsuya.

Eran estos encuentros uno de los pocos momentos que seguían compartiendo en común. Tanto Himuro como él estaban haciendo sus vidas prácticamente por separado en Japón: los estudios y el baloncesto con sus respectivos equipos exigían la mayor parte de su tiempo. Había más razones de por medio, como por ejemplo su cada vez más consolidada amistad con Kuroko o, en el caso de Himuro, con el gigante Mura-blablabla Atsushi. Y si había un hábito compartido el cual no habían abandonado y que aún confirmaba la existencia de lo que fue una antigua amistad, ese era su afición desmesurada por las hamburguesas.

Kagami todavía recordaba con nostalgia las tardes en las que, después de esforzarse en los exigentes aunque divertidos entrenamientos impartidos por Alex García, los dos marchaban juntos en busca de un fast food: Wendy's, Hardees, Fatburguer, McDonald's, Whataburguer, Burguer King, Five Guys, In-n-Out... No hubo restaurante de comida basura en L.A. que fuese visitado por ellos. Esta afición la siguieron compartiendo en Tokio cuando hicieron las paces tras la final del partido en el que ambos jugaron como rivales.

Aparte de haber sido proclamado el equipo de Seirin ganador frente a Yosen, Kagami ganó algo mucho más valioso que un partido de baloncesto: recuperó al hermano mayor que creyó haber perdido en América.

Al cabo del tiempo, estas reuniones se convirtieron en la consecución de una vieja costumbre. Fue en una de esas tardes del período vacacional tras la Winter Cup cuando ambos decidieron reunirse como en los viejos tiempos e ir a por una hamburguesa.

Kagami tomó una ducha para refrescarse y relajar los músculos tras dedicar buena parte de la tarde en ir a correr por el Parque Yoyogi de Shibuya, anexo este al Gimnasio Nacional en el que solían jugar los partidos oficiales y también muy próximo a su apartamento.

La entrenadora decidió dejarles un par de días libres para que tomaran un merecido descanso. A pesar del tremendo intento que hizo Kagami por seguir sus indicaciones, sus energías desmesuradas hicieron que cambiara de parecer; había caído en la tentación de seguir mejorando y entrenar por su cuenta.

Se secó frente al espejo. Apenas hubo ejercido dicha acción, pudo ver su propio cuerpo reflejado por el rabillo del ojo. Siempre que se contemplaba le era imposible evitar las ganas de fruncir el ceño. Dentro de la cancha se desenvolvía sin problemas, ajeno a ella se sentía como pez fuera del agua. Contaba con un cuerpo demasiado grande y a veces le resultaba costoso adaptarse a las comodidades —incomodidades insufribles para él— con las que disfrutaba la mayoría de personas de estatura media.

Era puro músculo; la carne que le sobraba no la podía pellizcar con los dedos. El santuario de Kagami era su cuerpo, pues con él practicaba lo que más amaba: el baloncesto. Debía mantenerlo siempre en estado óptimo. Mientras su cuerpo estuviera sano y fuerte se daba por más que satisfecho.

Se vistió con ropa informal; boxers, pantalones vaqueros, jersey azul marino, cazadora negra y unas Vans de caña alta del mismo color. Y, por supuesto, el collar con el anillo.

En las céntricas calles de Shibuya se respiraba una agradable y despejada tarde de sábado. No obstante, el viento soplaba frío demostrando que, a pesar de estar próxima la primavera, el invierno todavía se resistía a ceder su puesto. Cuando en la estación de ferrocarril Kagami hubo alcanzado la parte delantera del andén de la línea Tokyu Den-en-toshi con dirección a Sangenjaya, recibió un mensaje instantáneo de Himuro diciéndole que se retrasaría un poco.

"No podía esperar menos de ti. Hay cosas que con el tiempo no cambian", pensó Kagami. Si había algo que ensuciara la perfecta lista de virtudes de Himuro Tatsuya era su nefasto sentido de la puntualidad.

Una vez que el tren llegó, se subió. Al ser el término de un día laborable, el interior estaba sitiado por pasajeros. Con dificultad se abrió paso entre la marabunta hasta alcanzar una esquina medianamente vacía al otro lado de la puerta de acceso. Como ocurría siempre, su físico no pasó inadvertido ante miradas curiosas. Escuchó unos murmullos provenientes de un pequeño grupo de coquetas chicas oneegyaru que no dejaron de enviarle miradas indiscretas durante todo el trayecto, consiguiendo que su rostro enrojeciera como un tomate. Kagami se preguntó qué demonios les pasaba a esas universitarias para que lo mirasen y actuaran así. Tatsuya tenía razón cuando le decía que todo lo que sabía en el mundo del baloncesto le faltaba por saber sobre Kuroko se desenvolvía mejor que él con el sexo opuesto.

Frunciendo el ceño y sintiéndose un completo torpe, ignoró los cuchicheos y risillas tontas de las hermosas onnegyaru. Se dedicó a contemplar el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana mientras percibía el monótono traqueteo y el murmullo, prácticamente silencioso, de los pasajeros; típica conducta formalista japonesa. Echó en ese instante de menos el ruidoso ambiente norteamericano: palabras enfáticas y diálogos en los que se usaban palabras en jerga e insultos; el olor de la brisa marina, entremezclado con el perfume de los bronceadores; las palmeras alumbradas por un sol brillante alcanzando el cenit; los sorbetes de hielo de mil y un sabores; el streetball callejero con sus amigos... y las malditas hamburgueserías. Realmente extrañaba su antigua vida en Los Ángeles.

La línea Tokyu Den-en-toshi se extendía recta alcanzando la línea del horizonte como si los ingenieros creadores hubieran trazado una línea recta en el mapa del proyecto con una regla antes de su construcción. Debido a la extensa planicie de Kantō, carente de accidentes geográficos importantes, las vías ferroviarias tendían a ser rectas, sin curvas, ni túneles o altibajos que los pasajeros pudieran percibir durante el trayecto. El tren marchaba en línea recta hacia su destino.

Quince minutos más tarde, Kagami bajó en la estación DT03, salida norte, Sagenjaya. Un par de manzanas caminando al noroeste y se situó en el corazón del tranquilo Taishido: lugar que Himuro había escogido para su regreso a Japón. Por lo que le había contando, se estaba quedando solo en un dúplex que era propiedad de sus padres.

Se plantó delante de la hamburguesería en la que habían quedado en reunirse. Desde su estancia en Tokio, Kagami alcanzó la talla de un "stalker merodeador" en busca de hamburgueserías cuyo estilo le recordaran aunque fuese un poco a los fast food norteamericanos. En general detestaba casi todas las que había visitado: demasiado sanas y bien elaboradas, en su definición, más japonesas que americanas. Maji Burguer era de este tipo; sin embargo, Kagami no iba allí por el ínfimo tamaño de sus hamburguesas, sino porque allí hacían el mejor batido de vainilla de todo Tokio.

Para ser franco, iba allí por Kuroko.

No fue hasta que retomó su amistad con Himuro cuando ambos decidieron emprender la eterna búsqueda de una hamburguesería plenamente de estilo americano... y la encontraron. Justamente esta se encontraba en Taishido, a pocas calles del apartamento de Himuro. Aparentemente esta hamburguesería, con una fachada pintada de rojo pasión y alumbrada con un sistema de neón al estilo de los años cincuenta parecía pertenecer al barrio rojo del distrito de Kabukichō. Estaba inscrita en un edificio pequeño sin pretensiones arquitectónicas. Si no fuera porque carecía de cortinas oscuras tapando las ventanas y contaba con letreros en inglés de marcas de bebidas americanas, aquel lugar pasaría perfectamente por una casa de ocio, es decir, un prostíbulo.

El interior, en cambio, era agradable. Estaba decorada al gusto vintage americano: barras, paredes y butacas de un color blanco azulado desvaído. Un color que no era un buen augurio para él. No era normal que sintiera por dentro una especie de confusión entremezclada con nostalgia por pensar en el color del pelo de Kuroko y en lo enmarañado que lo llevaba siempre al despertarse por las mañanas.

Pensó en Kuroko. ¿Qué estaría haciendo? Conociéndolo, probablemente entrenando. Desde la Winter Cup, ambos estaban pasando la mayor parte del tiempo juntos. Pero fue en el comienzo del último trimestre de clase cuando Kuroko comenzó a quedarse en el apartamento. Aprovechando buena parte de las noches, estudiaban juntos para los exámenes finales. Kuroko tenía una paciencia increíble —de por sí meritoria— en ayudarlo con sus estudios. Se podría decir que Kagami había aprobado el curso gracias a Kuroko.

Este hábito por reunirse no desapareció con la llegada del verano. Primero iban a los entrenamientos para luego comer en el Maji Burguer y, como venía siendo habitual, Kuroko se quedaba en su apartamento. Esta situación de tener a Kuroko como compañero de piso se repetía dos o tres veces a la semana, como un reloj. En esas veces, veían a deshora partidos de la NBA, también algún que otro partido malo de la NBJ, comentaban luego las jugadas o conversaban de otros temas que no tenían nada que ver con el baloncesto, para finalmente irse a dormir a altas horas de la madrugada. Nigou ―la pequeña mascota del equipo y de la que se encargaba de cuidar Kuroko― también se había hecho un lugar en su apartamento. Kagami demostró su disconformidad al tenerlo allí, pero en el fondo, ya toleraba al cachorro e, incluso, le tenía cariño aunque no estuviera dispuesto a admitirlo. El caso era que la compañía que se proporcionaban les venía bien tanto a Kagami como a Kuroko. Eran muy diferentes, el día y la noche, pero Kagami tenía la impresión de que podían compartir una buena amistad. Sin acuerdos o pretextos enlazados con el baloncesto.

Después de aquella tarde en que Kuroko le preguntó acerca de sus planes futuros, el chico albino no había vuelto a pasar la noche en su apartamento. Era extraño porque se había acostumbrado a tener en rededor su casi imperceptible presencia.

"Kagami-kun, ¿ha pensado en lo que hará una vez acabe el instituto?"

Kagami respiró hondo y encogió los hombros. Le vinieron a la mente los ojos totalmente inexpresivos y carentes de profundidad de Kuroko cuando formuló aquella pregunta. "Esos ojos me estaban mirando y, al mismo tiempo, no miraban nada. Sé que en ellos estaba ausente algo importante", reflexionó Kagami. "No es sencillo saber qué pasa por la mente de Kuroko. En él siempre permanece una parte oscura que oculta en su interior." Sacudió la cabeza y decidió entrar en el bar. Ya dejaría las reflexiones para más tarde.

Fue poner un solo pie en el interior y la camarera lo reconoció al instante por las anteriores ocasiones que había frecuentado junto a Himuro el lugar. Lo invitó a pasar después de realizar una pequeña inclinación del cuerpo hacia delante como saludo. Kagami fue conducido hasta una tranquila mesa situada al fondo. Y, como era de esperar, Himuro Tatsuya estaba cumpliendo con su pronóstico de ser impuntual. Le dijo a la camarera que esperaría a su amigo. Cuando ella le preguntó si deseaba beber algo mientras esperaba, Kagami pidió amablemente una Coca-Cola. La camarera poco después se la sirvió adjunto con la carta del menú. Se puso a trastear con el teléfono móvil mientras esperaba.

Himuro apareció quince minutos más tarde, sentándose en el asiento de enfrente. Puso sus manos sobre la mesa, sin quitarse el abrigo, y miró a Kagami esbozando una escueta sonrisa. Ni se presentó con un "Hola, Taiga" o un "¿Qué tal?"; ni siquiera con un "Siento llegar tarde".

Las clientas a su alrededor miraron de reojo al recién llegado. Su hermano mayor, vestido completamente de negro y con su personalidad ambigua, siempre había atraído la atención de muchas, muchísimas mujeres... e incluso hombres. Podía entender por qué Himuro era siempre el centro de atención: era tan guapo el chico bishōnen que se salía de lo ordinario; demasiado perspicaz, cortés y brutalmente exigente consigo mismo. Nunca intentaba acercarse a nadie, la gente iba a él como niños a un puesto de golosinas. A diferencia del cara bonita de Kise Ryōta, quien era plenamente consciente de la impresión que provocaba en terceros y que demostraba siempre mediante su extrovertida personalidad, Himuro había aprendido a controlar esa impresión que ejercía sobre los demás, a administrarla y dosificarla, a saber cuándo y cómo debía usarla.

Kagami sentía que eso de manejar impresiones se le escapaba de las manos. Alex le había dicho una vez que él irradiaba una impresión diferente a la de Himuro, que él, Kagami Taiga, transmitía seguridad y fuerza, que contaba con un aura que alcanzaba las proporciones de una estrella. No comprendía muy bien lo abstracto de las palabras de su antigua entrenadora; no obstante, sentía que debía ser algo bueno.

Dejó su teléfono móvil, lo aparcó a un lado de la mesa, enderezó la espalda en el asiento y le devolvió la sonrisa, siendo la suya más perceptible y vistosa que la de Himuro.

No se preocupó por la actitud silenciosa de su amigo; Himuro era así. Kagami contaba con experiencia a la hora de tratar con jóvenes silenciosos y parcos en palabras... aunque estos desestabilizaran su grado de paciencia a niveles que nunca creyó sobrepasar. Saber qué pensaba Himuro era un misterio insondable, algo de lo que también se caracterizaba Kuroko. Era curiosa, e incluso, irónica la coincidencia que traía consigo la casualidad en la vida: mientras que Kagami comparaba en algunos aspectos a Tatsuya con Tetsuya, algo semejante le ocurría a Kuroko al compararlo con su antigua luz, Aomine Daiki. Sin embargo, si había parecidos claros, más latentes eran sus diferencias. Con el tiempo, Kagami había aprendido que ninguna persona pensaba o se expresaba de la misma manera: habría siempre diferencias más latentes entre las personas.

No tardó en regresar la camarera para tomarles nota. Himuro, que aún llevaba el abrigo puesto, pidió una Chessburguer clásica; Kagami pidió cuatro. Después de haber devuelto el menú, de repente, Himuro añadió: "Y dos cervezas Budweisser, por favor". La camarera pareció a punto de colapsarse y comentar algo acerca de la prohibición del alcohol a menores de edad, pero Himuro le mantuvo el contacto visual para luego ladear un poco el rostro y esbozar una natural aunque seductora sonrisa.

―¿Ocurre algo, señorita?

La camarera de look pin-up sacudió la cabeza en gesto de negación, se puso colorada y vaciló nerviosa mientras apuntaba todo el pedido para luego marcharse como alma que lleva el diablo. "¿Cómo demonios lo hace?", pensó Kagami analizándolo con los ojos bien abiertos. ¿Cómo podía conseguir que la gente hiciera lo que quisiera? Eso sí que era un "Ojo de Emperador" definitivo.

―Qué hijo de puta que eres ―le recriminó con guasa Kagami, sin poder evitar reír con recelo.

Himuro se limitó a encoger ligeramente los hombros y dibujar una disimulada sonrisa. A continuación, su hermano mayor se quitó el abrigo de improviso. Apenas se retorció para desembarazarse de este, tal y como lo haría cualquier chaval de su edad. No era ese su caso: Himuro traspasaba los límites en madurez y porte. Debajo del abrigo vestía un jersey negro. De su cuello también colgaba el collar con el anillo enlazado. De fondo, como música de amueblamiento, a sonido bajo, se escuchaba Johnny B. Good de Chuck Berry.

Les sirvieron las bebidas. Himuro bebió un trago y suspiró. Luego, tras contemplar el contenido cerúleo del vaso, ensimismado, lo posó sobre la mesa. Kagami cató un escueto sorbo de cerveza y arrugó los labios. Estaba desacostumbrado al sabor amargo del alcohol. Su dedicación total al deporte requería de ciertos sacrificios.

―¿Qué tal lleváis los entrenamientos? ―Fue lo primero que le preguntó su acompañante.

―Supongo que igual de duros que los del resto ―respondió Kagami. Pensaba sonreír, pero no fue capaz―. Todos estamos ansiosos por ganar la próxima Interhigh. Así que... ¡en fin!, creo que nunca he entrenado tanto en mi vida como ahora.

―Por tu cara deduzco que el resultado está siendo gratificante.

―No me puedo quejar. ¿Y en Yosen?, ¿cómo marchan las cosas?

―Todo va bien... Así que tampoco me puedo quejar. Sobre todo, teniendo a un compañero de más de dos metros disfrutando dentro de la cancha como un niño pequeño el día de Navidad.

Era difícil imaginarse al antiguo defensa de Teikō divertirse con el baloncesto después de haber sido un jugador carente de emoción. Pero así era: Kuroko, con su juego y de la mano de Seirin, había conseguido devolverles el verdadero amor por el baloncesto, uno por uno, a sus egocéntricos excompañeros de equipo.

―¿Y qué tal os va a Kuroko y a ti?

―Genial. ―Apretó los labios con una sonrisa, conteniendo así su entusiasmo.

―Definitivamente seréis un hueso duro de roer para la próxima vez que nos enfrentemos. Los dos hacéis una buena pareja de equipo ―le dijo Himuro sin manifestar la menor emoción. Le soltó aquello como si fuera una obviedad o ley categórica. Como decir que después del día viene la noche o que en el Sáhara no llueve casi nunca.

―Bueno..., pienso que el cretino de Ahomine sigue siendo mejor que yo. No sé si lograré estar en algún momento a su altura.

―Yo también lo creo. Pienso que Aomine, como jugador en sí, sigue siendo mejor que tú. ―Himuro elaboró una pausa y le miró directamente a los ojos―. Sin embargo, tú has demostrado ser mejor compañero para Kuroko que él, y en sólo un año. Tampoco soy el único que lo piensa: el resto de la plantilla de los exmilagros también opina lo mismo... incluyendo al propio Aomine. Estás más que a la altura, Taiga.

Quedaron por breves segundos en silencio, Kagami pensando en las palabras de su acompañante. En ese rato, se escuchaban unas sobre otras las charlas de los demás comensales desde sus respectivas mesas.

―¿Te has acordado de traerme el CD de Pearl Jam que te presté hace mil años? ―intervino de nuevo Himuro, cambiando repentinamente de tema.

Ehm... ―Kagami se llevó la palma de la mano contra la frente y resopló―. ¡Mierda! Lo siento, tío. Se me ha vuelto a olvidar. Sé que lo traje conmigo de Los Ángeles al regresar para la Winter Cup... Pero, ahora mismo, no sé dónde cojones lo metí. Recuérdamelo con un mensaje la próxima vez que nos veamos.

―¿Sabes qué...? No me extrañaría nada si me dijeras que debido a nuestros enfrentamientos lo has lanzado al mar o algo por el estilo.

―¿En serio? Pues antes preferiría lanzar al mar el iPad de Alex donde guarda toda su puñetera colección de house.

―Apuesto lo que sea que cuando ella estuvo quedándose en tu apartamento conectó su iPad a tu equipo estéreo y te martilleó con su música. Agradece que no se pusiera a cantar. Espera, ¿también hizo eso? ―Kagami asintió con la cabeza. En este punto, Himuro perdió un poco las formas, su cara de póquer desapareció por un instante y carcajeó divertido, echando un poco la cabeza hacia atrás y dejando entrever sus dientes―. ¡Te doy mi más sentido pésame! Has tenido que pasar unas semanitas duras teniendo a una Alexandra pegando gallos y semidesnuda por el apartamento.

―No tienes ni la más mínima idea, Tatsuya ―respondió de inmediato, ahora enrojecido por la vergüenza―. Ya te podrás imaginar cómo se presentó a mis compañeros de equipo y la manera con que saludó a la entrenadora.

Himuro rió con tantas ganas esta vez que sus ojos se humedecieron nada más imaginarse la hipotética escena.

―Entonces, Taiga, explotemos nuestra imaginación y pensemos por un instante que arrojamos al mar su dichoso iPad. Total, la imaginación no entiende de arrepentimientos. Y... ¿por qué no? Podríamos lanzar también al mar a Lady Gaga, David Guetta, Niki Minaj y a los que hagan falta.

―¡No es mala idea! El mar es ancho y profundo. Habrá sitio de sobra para toda esa bazofia.

Carcajearon al unísono. Hacía tiempo que Kagami no hablaba tan a gusto con aquel joven desde su antigua, y cada vez más distante, vida en América. Era como si los dos no se hubieran movido de Los Ángeles y estuvieran teniendo una típica conversación de las suyas. Echaba de menos esa naturalidad con la que le solía tratar su hermano mayor. Tal vez se equivocaba respecto al nuevo Himuro porque, en el fondo, las personas jamás podrían cambiar del todo con el decurso de los años. Himuro Tatsuya seguía siendo el mismo.

―Hablar contigo siempre me ha hecho sentir bien. ―Himuro le sonrió estrechando la mirada. Parecía ser que el mayor estaba pensando lo mismo que él―. He echado de menos esto.

―Yo también he echado de menos esto. Al fin has dejado de usar tu faceta de tío manipulador y astuto contra mí ―le dijo en broma para después llevarse un puñetazo amistoso en el brazo por parte del aludido―. Oye, ¿y tus padres, Tatsuya?; ¿ya han venido a hacerte una visita?

―Aún no han podido por temas laborales. Supongo que vendrán en cuanto compaginen sus vacaciones. Como cada dos por tres me visitan mis tíos de Kanagawa para cerciorarse de que toda va bien, están más que tranquilos en ese sentido. Ah, ¿sabes qué? Mi madre preguntó por ti cuando estuve hablando hoy con ella por teléfono.

―¿Sí?

Himuro tomó otro largo trago de cerveza mientras asentía un poco con la cabeza.

―Me dijo que tenía que cuidar de ti, que todavía seguías siendo muy infantil y que vivir solo sin la supervisión de alguien mayor era algo muy imprudente.

―¡Oye! ¡Tú sólo eres un año y poco más mayor que yo! ―Kagami no pudo sentirse más que ofendido, apuntando al otro joven con el dedo índice.

Himuro frenó una sonrisa y lo miró como queriéndole demostrar lo infantil que justamente se estaba comportando en aquel momento. Kagami bufó y se cruzó de brazos. Vale, muy bien, estaba cogiendo una rabieta típica de un crío pequeño... pero era del todo justificada. O tal vez no. Al menos, Himuro contaba con el apoyo y el cariño no sólo de sus padres, sino el del resto de su familia.

―¿Cómo marcha la relación con tus padres, Taiga?

―Nos va muy bien ―respondió en tono serio. Luego sonrió torciendo un poco los labios―. Nuestro cariño se ha hecho más fuerte y profundo desde que nos separamos y cada uno decidió vivir por su lado. Solo nos une el hermoso lazo económico. ¿No te resulta emotivo?

―Ya veo... ―Himuro bajó la mirada.

A Kagami no le gustaba ironizar con sus engorrosos temas familiares pero era la única manera de quitarle hierro al asunto, dejarlo estar y cambiar el rumbo de la conversación. Luego, estuvieron hablando de cosas serias, pero también bromearon según cenaban. Le bastaba a Kagami con saber que podían seguir bromeando juntos después de todo lo que había pasado entre ellos y que aún contaban con parcelas de lo que fue un extenso terreno compartido. Ni siquiera sabía hasta qué punto podían ser serios. Cada vez les faltaba menos para alcanzar la ansiada mayoría de edad de los veintiún años, una edad de toma de decisiones, las cuales afectarían al resto de sus vidas. Comprendían que el baloncesto era una etapa más y que, poco a poco, tenían que ir pensando en sus proyectos para la edad adulta.

El más mayor de los dos lo expresó de una manera más sucinta:

―Quiero enamorarme ―sentenció Himuro―. Sí, eso es lo que necesito en mi vida.

―¡Qué conmovedor! ―Kagami no pudo evitar troncharse de risa en su cara―. Es tan conmovedor que me dan ganas de vomitar. ¡Mujeres, prestad atención! ¡Himuro Tatsuya quiere enamorarse! ¡Id poniéndoos en fila! ¡Y de una en una! ¡De una en una, no os empujéis, por favor!

―¡Lo digo en serio!―instó Himuro entre risas.

Afuera llovía sin demasiada fuerza y el local se iba vaciando poco a poco. Los dos hablaban animadamente y se reían con ganas hasta el punto de llamar la atención de los demás clientes. Vale, era la cuarta Buddweiser que se bebían y ya estaban hablando en un enfático inglés muy americanizado. Algún efecto tendría las cervezas en dos jóvenes deportistas que apenas probaban el alcohol..., aunque Kagami no estaba seguro de eso con Himuro: el chico bebía alcohol tal y como si fuese agua. Él, en cambio, para mantener orgullo y tipo, no quería quedarse atrás aunque tuviera que beberse las tres cervezas con la ayuda de un embudo. Aparte de ellos en la hamburguesería, quedaban varias parejas y un grupo de chicos de más o menos su edad que también hablaban aunque no ruidosamente. Parecían estar también metidos en algún equipo deportivo; por sus holgadas chaquetas que completaban su uniforme deportivo, Kagami apostó que jugaban en un equipo juvenil de béisbol.

―He salido con varias chicas y...

―Decir "varias" es quedarse corto, Tatsuya ―lo interrumpió sin dejar de hablar ambos en inglés―. Desde que te conozco, nunca has estado demasiado tiempo sin tener novia.

―¡Vamos, no seas así de obstinado! Mira, a pesar de mis noviazgos, nunca llegué a enamorarme de verdad de ninguna. Y creo que la razón a mi conducta es porque siempre he antepuesto el baloncesto frente a todo lo demás. ―Las palabras de Himuro sonaron con tanta firmeza que Kagami no tuvo la menor duda de que decía la verdad―. El baloncesto lo es todo para mí..., ya lo sabes, pero sería estúpido pensar que se puede vivir eternamente de eso.

»Todas las personas intentamos en la vida alcanzar una especie de cúspide, cada una a su manera. Hay quienes morirán sin alcanzarla, mientras que unos pocos conseguirán encaramarse en lo más alto. Yo tengo miedo de que no me ocurra eso. Tengo miedo de estancarme, Taiga.

»Cada día que pasa pienso que no alcanzaré mi cúspide personal si sigo teniendo el baloncesto como prioridad en mi vida. No he creado nada ni seré recordado como un brillante jugador. Nunca seré de renombre en el baloncesto y está claro que no podré vivir de ello en el futuro. No todos contamos con la suerte de ser jugadores como Aomine Daiki y tú, ¿sabes?

»Entonces, si yo borrase de un plumazo el baloncesto de mi vida, únicamente vería un paisaje extrañamente llano y monótono. Por eso tengo que ir pensando en ocupar ese vacío... y quiero empezar por enamorarme. Cuando llegue el día en que deje el baloncesto me gustaría pensar que tendré el apoyo de alguien a quien le importe de verdad.

Himuro dejó de hablar y cerró los ojos un momento. Kagami pensó que era la primera vez que lo escuchaba hablar largo y tendido. Al abrirlos, Himuro alzó el ojo visible y le miró atentamente desde el otro lado de la mesa, luego tensó los labios en reacción, formando una amarga sonrisa que Kagami no esperó. Sabía que Himuro estaba comportándose de manera más extraña y pragmática de lo normal.

―¿Te encuentras bien, Tatsuya?

En respuesta, el otro cambió su expresión de golpe y sonrió afable. Finalmente negó con la cabeza.

―¿Piensas mucho en eso?

―Muy a menudo ―se sinceró Himuro―. Sobre todo, cuando recuerdo que en pocas semanas comenzaré el tercer año de instituto. Es una maldita presión el ir barajando ya las universidades a escoger y sus malditos exámenes de inserción.

Kagami suspiró, doblando y desdoblando la servilleta de papel sobre la mesa de manera nerviosa.

―Podrías... ―aventuró, entorpecido al pensar con rapidez―, podrías seguir jugando al baloncesto una vez estés en alguna universidad. Apuesto a que cualquier equipo estaría interesado de tenerte en su plantilla.

―¿Y de qué me serviría eso? Seamos coherentes por un segundo, sobre todo tú, Taiga. El baloncesto universitario es como un escaparate de exhibición en donde jugadores brillantes con becas deportivas buscan destacar y llamar la atención de algún campus norteamericano para luego hacerse un hueco en la NBA o, como mínimo, ser adquiridos por alguna liga menos importante, como la europea o la japonesa.

―¡Claro que conseguirás un puesto! ―Kagami se levantó cual resorte de la mesa, capturando la atención y el silencio por parte de los demás presentes dentro del restaurante―. ¡Tú eres un buen jugador, joder!

―Veo que no te das cuenta de lo que intento decirte ―dijo Himuro sin cambiar ni un ápice su tono de voz―. Vamos, siéntate y cálmate un poco, ¿de acuerdo?

―Está bien. ―Kagami se sentó de nuevo aunque sin dejar de sentirse inquieto―. Entonces ve directo al grano, ¿vale? ¿Qué quieres decirme con todo esto?

―Intento decirte que no seguiré jugando al baloncesto una vez vaya a la universidad. Este va a ser mi último año, Taiga. Quiero que lo des todo junto a Seirin cuando nos enfrentemos de nuevo. Yo..., yo sólo quiero llevarme un buen recuerdo de esta etapa de mi vida.

Minutos más tarde, pagaron la cuenta y salieron de la hamburguesería. Himuro lo acompañó hasta la estación de Sagenjaya. El reloj marcaba casi las nueve y veinte de la noche y aún había gente por la calle. El murmullo de voces humanas y el ruido del tráfico formaban el característico sonido de la ciudad. Aún caía una leve llovizna desde las alturas. En los charcos se reflejaban las luces doradas de las farolas. Una brisa soplaba fría por las calles. Ambos caminaban a paso lento, mirando al frente y con las manos en los bolsillos. El camino a la estación duró alrededor de diez minutos y ninguno de los dos dio pie a entablar una conversación. De nuevo en la DT03 destino Shibuya, fue Himuro el primero que habló de los dos, colocándose en frente de él.

―Oye, Taiga.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Kagami. No le gustaba ese tono monocorde y serio que había empleado su hermano mayor. Se quedó sin palabras, incapaz de hablar después de asimilar que Himuro Tatsuya tenía pensado dejar el baloncesto una vez finalizara el instituto. Se supone que jugarían siempre. Petrificado e incapaz de reaccionar, Kagami lo miró.

―Lo siento. A lo mejor tenía que haber esperado un tiempo más antes de decírtelo... ―añadió Himuro―. Pero sentí que tenía que hacerlo. ¿Estás enfadado conmigo?

―No, claro que no lo estoy. Pero es injusto ―se limitó a decir Kagami meneando la cabeza hacia ambos lados―. Se supone que...

―Se supone que jugaríamos juntos algún día en un equipo de la NBA, ¿no? ―Himuro terminó la frase por él.

―Era nuestro sueño, Tatsuya. Me jode que ni siquiera intentes cumplirlo.

Kagami respiró hondo por la nariz y cerró los ojos. Ahora entendía por qué Himuro seguía viéndolo como un crío pequeño, dándole valor todavía a sueños infantiles. Aunque el sueño de niñez de jugar al baloncesto profesionalmente hasta jubilarse fuese algo ambiguo, provisional y, para ser exactos, una puerilidad, dicha promesa siempre había adquirido cierto equilibro y solidez en su cabeza. Ahora, no obstante, solidez y equilibro estaban volatilizándose por los aires, sin dejar rastro.

Y, en el preciso instante en que lo pensó, sintió que algo había terminado. Sutil, pero firmemente, su sueño compartido había terminado.

De pronto, sin esperarlo, Himuro apoyó una mano sobre su hombro derecho.

―Vamos a hacer aquí mismo una nueva promesa. ―Con el flequillo echado detrás de la oreja, Kagami pudo ver por completo la segura mirada, color ceniza, perteneciente a Himuro―. Prométeme que cumplirás nuestro sueño por los dos.

Kagami tragó saliva nervioso y, en reacción, asintió con vitalidad.

Compartieron una sonrisa sincera. Por un instante, los dos hermanos volvieron a ser unos niños.

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FIN CAPÍTULO II.

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Saludos, aquí dejo un nuevo capítulo después de haber tardado más de lo pensado en subirlo y publicarlo. Tengo que decir que he tenido que modificar el primer capítulo para no separarme del canon del manga, sobre todo, a estos últimos capítulos, por lo que cuidado en leer este fic si todavía alguien no sigue al pie el manga, porque en él habrán spoilers y no quiero fastidiarle a nadie lo que está pasando en esos últimos minutos Rakuzan versus Seirin.

Muchas gracias por leer C:

Pronto llegará un tercer capítulo.