El cementerio general de Ciudad Mission abrió sus puertas hacía menos de dos horas.

Una mujer alta, bien parecida, de tez oscura y una vestimenta sobria, se encontraba frente a un tumba. Un entierro bastante reciente.

MIKAELA WITWICKY

HASTA QUE TODOS SEAMOS UNO

Ella contempló aquella lápida, aquel epitafio, con mucha solemnidad.

"Querida Mikaela," decía para sí misma la mujer, "no sabes cuánta falta me haces. Lo creas o no, siempre admiré tu valor, cómo desafiabas el miedo a lo desconocido ..."

Varios recuerdos transcurrían por su mente. Recuerdos de niñez, adolescencia y juventud adulta. Ciertas disputas, muchos desacuerdos. Pero, al fin y al cabo, la memoria de una camaradería y confianza únicas.

Una llamada interrumpió su apesadumbrada reflexión.

"Mirella, no te olvides de la presentación al mediodía. Están muy impacientes, y no aceptarán postergación."

Archibald respondió de una forma cortante, pero calmada.

"Estaré a la hora. Se hará desde la casa. Prepara la encriptación."

"Se hará. Te espero."

Aprovechó para contemplar por última vez la tumba de Mikaela. Volteó la mirada a otro entierro reciente. Correspondía a otro caído en Las Marianas: William Fowler. También como epitafio lucía HASTA QUE TODOS SEAMOS UNO.

"Descansa en paz, amiga mía," fue su último pensamiento antes de retirarse.


Al salir del cementerio, la Dra. Archibald notó a un conocido visitante. Un automóvil compacto, de color amarillo con delineaciones negras. Lucía notablemente maltratado. Destacaba la insignia Autobot, muy deteriorada.

Ella dirigió su mirada al vehículo: supo inmediatamente de quién se trataba.

"¿Por qué?"

La pregunta, directa y cortante, estaba impregnada de un profundo dolor, una frustración casi inhumana. Bumblebee comprendió, inmediatamente, el dolor que invadía a aquella enigmática mujer.

"¿Por qué ella?" continuó la Dra. Archibald.

Bumblebee, aún transformado, no se atrevía a responder, mucho menos, a cambiar de forma. Archibald seguía mirándolo; sus ojos lucían irritados.

"Lo he perdido todo, ¿sabes? Todo."

Se notaba el profundo silencio entre los dos. Apenas Archibald podía contenerse.

"Ella no tuvo cómo defenderse. Era su deber protegerla. Era TU deber salvar su vida."

Una gran impotencia invadió al joven Autobot. Simplemente, no sabía qué decir o hacer. De pronto, imperó el silencio.

"Prefiero caminar."

Bumblebee siguió ahí, a las afueras del cementerio. Solo cuando perdió a la doctora de vista, decidió proseguir su ruta.


Sky-Byte se encontraba en un archipiélago, a poca distancia del cuartel general Decepticon. Buscaba distraer su atribulada situación con uno de sus pasatiempos inigualables.

"Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

qu'es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

e consumir;"

"¿Te quieres callar?" interrumpió Demolishor a Sky-Byte. "Estoy harto de tus idioteces."

"Vaya inculto," le replicó el Decepticon, mostrando gran arrogancia. "La poesía es la única pieza cultural rescatable de la miserable especie humana."

Demolishor respondió con una mirada de furia absoluta.

"Parlotea lo que quieras, poca cosa. Te recuerdo que STARSCREAM, esa escoria, se ha nombrado líder. Y Megatron está más muerto que vivo."

Sky-Byte continuó sentado, con una actitud arrogante.

"¿Qué harás, oh, guerrero de pocas luces? Si había un imperio Decepticon, se hundió en el abismo marino, junto con la oportunidad de controlar este mundo."

"Entonces, ¿te quedarás a recitar tonterías y no moverás un dedo? ¿Ni siquiera ante el miserable traidor Starscream". Demolishor reaccionó muy alterado.

"El río de energon Decepticon finalmente llegó a la mar. Así también, el riachuelo Autobot. Solo queda esperar lo inevitable."

Esta declaración acabó con la escasa paciencia de Demolishor.

"Insolente. ¡No importa! ¡No necesto tu ayuda! No permitiré que Starscream siga saliéndose con la suya. No permitiré que Megatron, nuestro líder, siga como su marioneta. ¡Cuando acabe con ese gusano, te haré pagar por tu indiferencia!"

Demolishor se retiró a toda velocidad. Sky-Byte siguió sentado, contemplando el océano, y continuando su monólogo.

"Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! ..."


Las noticias no dejaban de reportar las secuelas de la "Catástrofe de las Marianas". El saldo resultaba aterrador: tres islas artificiales, todas densamente pobladas, la mitad de navíos aledaños y prácticamente todo NEST: casi medio millón de personas había perecido de forma horripilante. Los cuerpos de las víctimas se habían recuperado de a pocos y con mucha lentitud, dada a la geografía extremadamente hostil.

La Dra. Archibald, ni bien llegó a casa, pudo prestar atención, desde su ordenador, a la prensa audiovisual. Se echaba la culpa de esta debacle a NEST, a todos los esfuerzos del gobierno americano por trabajar con los cybertronianos. Pudo prestar atención a un famosísimo analista político y líder de opinión.

"Vamos a ver. Los primeros en recibir una digna sepultura fueron Fowler, el responsable directo de NEST y de aceptar apoyar a los transformers, y Mikaela Witwicky, la "mejor amiga" de los susodichos robots. ESTOS DOS, los DOS CULPABLES de la masacre, ya tienen un sepelio digno. Y el resto de nuestros muchachos sigue de comida para peces ..."

Tanto Archibald como Carly, su asistente personal, prestaban atención a aquellas opiniones desinhibidas e iracundas.

"Afortunadamente, NEST ha desaparecido, destruida por su propia negligencia. El gobierno, por fin, romperá toda relación con esos demonios espaciales. Esas abominaciones que solo han traído guerra, miseria y dolor a nuestro mundo."

Las declaraciones rápidamente superaron el límite de lo tolerable.

"Si de mí hubiese dependido, si fuésemos un país justo, tanto Fowler como Witwicky habrían sido ejecutados por alta traición, por haber puesto nuestro mundo en peligro ..."

La Dra. Archibald tuvo suficiente.

"Apaga esa idiotez, Carly."

Carly, asistente personal de Mirella Archibald, obedeció. Comprendía muy bien el dolor y la frustración de su jefa. En todos sus años de trabajo, no la había visto de esa forma.

Ambas mujeres se dirigieron, vía elevador, al sótano la zona más segura de su residencia. Dicho sótano poseía una impresionante protección contra sonidos y luces. También mantenía dispositivos de defensa basados en energon, en caso de producirse ataques de cybertronianos. Solo dispositivos autorizados podían enviar y recibir mensajes y otras formas de comunicación, siempre y cuando estuvieran debidamente cifradas. Todo dispositivo no autorizado o puramente recreativo quedaba impedido de ser si quiera encendido.

Tras el descenso, Archibald se sentó un rato. A su alrededor, se encontraban múltiples pantallas, con cámaras incorporadas.

"¿Necesitas algo?" preguntó Carly con amabilidad. "¿Una revista, un jugo de frutas, un té relajante?"

La doctora no respondió. Pasó un tiempo antes de que dijera algo.

"Carly. ¿Encriptaste todas las comunicaciones?"

"Sí, Mirella. Nivel Omega, el máximo. Nada ni nadie podrá interceptar o espiarte."

La doctora sonrió con beneplácito. Su expresión parecía decir "muchas gracias".

"No falta mucho para la conferencia. Necesito que te retires," habló intempestivamente Archibald.

"Mirella, falta más de una hora."

"Por favor," le respondió en un tono cortante.

Carly comprendió el deseo de su jefa. Se retiró por el elevador. A su salida, todas las entradas se sellaron automáticamente. La doctora seguía sentada, inmóvil, absorta en su mente.

"Mikaela..."

El tiempo pasó con mucha lentitud. Archibald seguía absorta en sus recuerdos, en su dolor.

La hora llegó. Todas las pantallas de la habitación se encendieron al unísono. Ella se levantó de su asiento. Todo estaba listo para la conferencia.


Sky-Byte siguió recitando para sí mismo. No había tomado pausa alguna desde su discusión con Demolishor.

"Non tengamos tiempo ya

en esta vida mesquina

por tal modo,

que mi voluntad está

conforme con la divina

para todo;"

Aquel Decepticon parecía, de alguna forma, listo para todo lo que se venía. De no ser así, no le tomaría mucho aceptarlo.

"e consiento en mi morir

con voluntad plazentera,

clara e pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera,

es locura."


Selanif sotnemom sus ed raturfsid atisecen agalp al. Otnorp yum nif us a áragell otneimirfus le.