¿Candy?- oyó una voz tras ella al cerrar la puerta -¿Qué pasa?
- ¡Albert!-exclamó sorprendida, jamás imaginó verlo ahí.
- ¿Para qué son esas maletas? ¿A dónde vas?- le preguntó con una expresión de total asombro y desconcierto.
- Yo... Yo me voy a la guerra.
- ¡A la guerra!
- Lo siento Albert, lo he decidido y me voy hoy mismo. Mi solicitud ha sido aprobada y tengo que partir en este instante para tomar el tren rumbo a Nueva York y embarcarme a Europa. Es mi deber como enfermera y yo... Debo cumplirlo- Candy tomó sus maletas, pasó junto a un atónito Albert que no dejaba de mirarla.
- ¿Tu solicitud? Acaso tú...- frunció el entrecejo - ¡No! Candy, ¡tú no puedes irte! ¡no te dejaré ir!- la sujetó por el brazo con fuerza.
- ¡Sueltame Albert! No te estoy pidiendo tu opinión, ni tu permiso
- ¡Es una locura!
- Albert, puedes decir lo que quieras, te lo repito, es mi deber ir, además no hay nada que me retenga en Chicago- ante el asombro de sus palabras, Albert la soltó por un momento, el cual fue aprovechado por la rubia para seguir su camino.
- ¿Y yo?- le preguntó, Candy se detuvo en seco en las escaleras.
- ¿Tú?- fue lo único que pudo decir, su vista seguía en la puerta de salida.
- Sí, ¿El hecho de que te ame para ti no es motivo suficiente para quedarte?
- ¿Que?- Candy se dio la vuelta para verlo, ¿acaso le había dicho que la amaba?
- ¡¿Te detuviste siquiera un momento a pensar que sentiría yo al verte partir?!- le dijo alterado.
- Albert... ¿Tú... Tú me amas?- titubeó.
- ¿Que no lo sabes?
Candy lo miró expectante mientras negaba con la cabeza.
- Pero ayer tú...
- ¿Yo? ¿Acaso te hice algo malo ayer? Si apenas te vi y cuando te salí a buscar ¡ya no estabas!
- Pero es que tú... Yo... Yo, te vi bailando con una mujer y te veáis muy feliz- le reprochó. Albert sonrió.
- Pequeña, no podía ponerle mala cara a la esposa del alcalde.
- ¡La esposa de!...
- Candy- la tomó de la mano y la llevó al apartamento - Mira a tu alrededor- la rubia lo miró y despues recorrió con su vista aquel acogedor sitio -En este lugar, en esta pequeña casita que compartimos un día- continuó -Yo me enamoré de ti.
Sin soltarla de la mano, la dirigió a la cocina
- En este lugar, yo cociné para ti con todo mi amor todo lo que te gusta, cuando era lavaplatos le pedí al chef que me pasará recetas para preparártelas ¡hasta aprendí a hacer pastel de chocolate! Sólo por ti.
De la cocina pasaron a la recámara
- En este lugar, todas las noches velaba por tu sueño, me pasaba mucho tiempo escuchando tu respiración tranquila mientras dormías y con ese maravilloso sonido me dormía yo también, pero antes, rogaba a Dios que fueras feliz conmigo o sin mí.
- Y en este lugar- le dijo volviendo a la sala.
- Me sentaba a pensar en ti mientras tú no estabas, pensaba en lo hermosa y extraordinaria que eres y en lo mucho que deseaba ser correspondido. Me imaginé junto a ti como pareja, pero también imaginé que formábamos una familia y que éramos inmensamente felices. Esperaba ansioso que diera la hora para ir por ti y esperarte bajo la luz de aquel farol. Cuando te veía venir era lo mejor de mi día.
Candy lloraba y limpiaba sus lágrimas con su mano libre
- ¿Ves esta foto?- le dijo mostrándole la foto encima de la chimenea- ¿Sabes porque estoy tan sonriente?
La rubia sólo pudo negar con la cabeza, Albert le tomó su mano libre y se puso frente a ella.
- La respuesta es simple, en esa foto me veo feliz porque tú estás a mi lado. Sólo juntó a ti puedo ser completamente dichoso.
La chica se lanzó a sus brazos sin parar de llorar, Albert la apretó contra su cuerpo mientras le acariciaba los sedosos rizos.
- Candy, muchas veces lloré por el hecho de amarte sólo en mi interior, por el hecho de pensar que era una absurda fantasía de la que jamás sería correspondido, pero decidí arriesgarme y ayer en la fiesta te iba a confesar la verdad. Cuando te fuiste me sentí muy desilusionado pero comprendí que no era cómodo para ti estar ahí.
Candy sollozaba con fuerza aferrada a él
- Pequeña mírame- le dijo levantando su cara con ambas manos -Si después de confesarte mis sentimientos abiertamente decides que es mejor irte, lo respetaré y te dejaré ir, pero debes de saber que yo iré contigo.
- Albert- la rubia puso sus manos encima de las del rubio que tomaban su cara -Yo me iba a la guerra para separarme de ti, porque pensaba que tú nunca me mirarías como yo a ti, que tú nunca me amarías. Al igual que tú pensé que sólo era una fantasía mía el que algún día estuvieras junto a mí.
- Candy ¿cómo pudiste ser tan ciega?- la abrazo
- Supongo que ambos mandamos las señales equivocadas- sonrió
- Pero ya lo hemos aclarado, te amo y me amas, no necesitamos saber más- la separó de él -Candy, sólo hay una cosa más que necesito saber de ti y lo sabré ahora mismo.
- ¿Qué es?- le preguntó mirando sus ojos azules
- A que saben tus labios.
Fin.
© Clau Ardley/Clau Agvel
