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"Los Beckett"

El reloj de Jim Beckett marcó las nueve mientras terminaba de recoger la mesa. Y lo hacía con una sonrisa. Aquella noche, como algo excepcional, su mujer había decidido dejar el trabajo un poco antes para hacer la cena ella misma, sorprendiéndolo cuando llegó a casa; y él levantó la cabeza hacia el cielo y dio las gracias. Estaba empezando a coger manía a la comida china a domicilio.

Terminó de fregar los últimos platos y se dirigió al fogón, con intención de limpiar la olla también, pero cuando la repesó notó que pesaba. Pesaba bastante. Levantó la tapa y frunció el ceño.

―Johanna, has hecho mucha comida. ―alzó la voz―. ¿Invitaste a un regimiento y no me lo has dicho?

Su mujer le contestó desde el salón.

―Ah, sí. El resto es para tu hija.

―¿Para Katie? ―Jim se asomó por la puerta de la cocina, localizando a su mujer sentada en el sofá. Estaba de espaldas, concentrada en algo que él no lograba ver―. ¿Va a venir Katie?

A pesar de la voz esperanzada del hombre, Johanna no contestó. Al menos no como él quería. En vez de utilizar una frase coherente, juntó sus labios y pronunció un "Mhmm" muy típico de Johanna cuando estaba trabajando o concentrada en...

No, eso no podía ser.

Con su instinto puesto en marcha, Jim caminó hacia el sofá cerrando los ojos cuando vio un libro de Richard Castle en las manos de su esposa.

―¿Por eso saliste antes del trabajo? ―señaló el libro.

Pero ella se negó a apartar la vista de la novela, solo se encogió de hombros.

Jim suspiró.

―Entonces, ¿va a venir Katie o no? ―volvió a preguntar con la esperanza de que al menos le contestara eso. Y tuvo suerte.

―Sí, eso creo.

―¿Eso crees?

Johanna contestó sin perder la concentración

―Mhmm. ―asintió―. Vamos, conociendo a nuestra hija... ―hizo una pausa para pasar de página―. Pondría la mano en el fuego de que correrá hasta aquí en cuanto salga de trabajar.

Y, como si de una respuesta se tratase, el timbre sonó.

Con una mirada hacia la puerta, Jim se dirigió hasta ésta. El timbre siguió sonando hasta que consiguió abrir y una chica joven, vestida de uniforme con el gorro en las manos y visiblemente cansada, entró casi arrollando al hombre a su paso.

―¿Y mamá? ―preguntó sin saludar.

Jim señaló hacia el sofá.

Sin perder tiempo, Kate caminó a zancazos hacia su madre, situándose delante. El salón era pequeño y solo había un sofá, así que no le costó encontrarla.

―¿Se puede saber por qué conspiras contra mí? ―voceó entrecortadamente, le faltaba aire.

A pesar de su tono, Johanna levantó la vista, sonriendo a su hija como cuando ella era pequeña. Kate esperó un lo siento, un de qué me hablas o un cambio de tema radical, pero no un―: Hombre Katie, ¿qué tal el colegio?

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

―¡Te mato!

Jim pasó de mirar la escena con la boca abierta a negar con la cabeza cerrando la puerta. Ante una pelea de mujeres Beckett lo mejor era huir, buscar un lugar seguro. Y él eligió la cocina.

―Vamos Katie, no fue para tanto, ¿no? ―rió sonriendo a su hija con aquella sonrisa de madre que solo usaba con ella. La que decía, te quiero aunque tengas venazos raros.

Rebufando, Kate se llevó las manos a la cabeza, aspirando con fuerza repetidas veces. Johanna sonrió divertida, hasta que Kate paró de golpe, mirándola con seriedad. Por lo menos parecía más calmada.

―¿De qué hablasteis exactamente?

―De nada importante... Me comentó lo del colegio y preguntó si era mejor recomendar a otros para hacer la visita. ―contestó como si nada, desviando su vista al libro que tenía en sus manos―. Le dije que no hacía falta.

―¿Qué? ¿Te preguntó si era mejor recomendar a otros y dijiste que no? ¡Mamá, no me gustan los niños!

―Mhmm...

―No se me dan bien, lo sabes. Era la única chica en la universidad que no hizo de niñera en su vida. No tengo mano, ni Don Beckett ni paciencia mamá. ¿Lo entiendes?

Lo único que consiguió como respuesta fue otro "Mhmm" y Kate levantó una ceja, percatándose de cierto libro que acaparaba la atención de su madre.

Kate abrió la boca al máximo.

―¿En serio? ¿Te pones a leer ahora?

Johanna no respondió y Kate se inclinó para poder leer el nombre de la portada o algo que identificara al autor, rezando e implorando que no fuera aquél, aquél que se llevaba a su madre durante horas y no la devolvía hasta que se acababa el libro. Aquél autor que tenía suerte de seguir vivo, porque no había una foto de portada para darle caza.

―Richard Castle. ―escuchó la voz de Jim a su espalda. Kate se giró hacia su padre y luego hacia la portada del libro, confirmando sus palabras.

―Mierda...

―Eso mismo pensé yo. ―sonrió Jim con comprensión―. ¿Tienes hambre? Tu madre cocinó algo de cena antes de "irse".

Kate se mordió el labio antes de suspirar. A quien iba engañar, por mucho que quisiera continuar con su bronca, su madre había dejado de estar presente desde que posó su vista en el libro.

―¿Qué hay de cenar?


En el otro extremo de Manhattan, Richard Rogers cerró el libro que tenía en las manos. Pasó la yema de sus dedos por la tapa acolchada de dibujos de princesas y miró a su niña. Después de dos cuentos, una historia de su infancia y tres intentos de nanas, su niña cerró los ojos. Por fin.

Con cuidado de no despertarla, Rick se inclinó para besar su frente. Alexis ronroneó removiéndose ligeramente, abrazando con más fuerza el "oso boh", como ella lo llamaba cuando aun solía hablar. Rick esperó con un nudo en la garganta a que los movimientos cesaran. Cuando la niña volvió a acompasar su respiración de forma lenta y pausada, su padre soltó el aire que tenía retenido y se levantó del borde de la cama.

Como un ninja en una misión secreta, apagó la luz de la mesita y caminó hacia la entrada, sorteando los peluches y juguetes escampados por el suelo de la habitación. Al llegar a su objetivo, salió del dormitorio entre cerrando la puerta, dejando la luz del pasillo encendida.

Caminó sigilosamente hasta las escaleras y las bajó. Una vez en la planta baja, miró arriba y suspiró con el libro aún en sus manos.

―¿Ha cenado algo?

Sin asustarse si quiera, Rick localizó la voz de su madre a su derecha. Pero permaneció quieto, mirando el final de las escaleras.

―Dos barritas de pescado.

Martha suspiró, cerrando los ojos unos segundos para después mirar a su hijo. ―Tenemos que hacer algo. Esto está empezando a afectar su salud.

Rick bajó la cabeza.

―Lo se madre... pero ya no se que hacer.

―¿La psicóloga mencionó algo?

Esa pregunta captó la atención de su hijo, quien se giró para mirar a su madre con la misma desesperación que destilaban sus palabras. ―Nada. Dice que sigamos así por ahora... ¿Debería cambiar de psicóloga?

―No se si es bueno someter a Alexis a más cambios. Esperemos.

Rick asintió caminando hacia su despacho, dando por finalizada la conversación.

―¿Vas a escribir? ―preguntó Martha sin un atisbo de esperanza en su voz.

Y Rick le confirmó sus sospechas antes de encerrarse en su despacho.

―No.


Los días pasaron, con ellos las semanas y Kate Beckett, cabezona entre las que más, seguía sin hablar a su compañero. Desde la trampa del colegio, la joven no entabló ningún tipo de conversación ajena al trabajo. Así que Royce casi se atragantó con su café cuando Kate gritó un: ―¡Por fin!

Estaban sentados en el Starbucks más cercano a comisaría, tomando sus cafés matinales cuando ella gritó aquello, atrayendo la atención de toda la cafetería.

Royce se limpió el café que había escupido sin querer con una servilleta y miró a su compañera. Kate leía un periódico con una cara de felicidad extrema. Como si le hubiera tocado la lotería.

―¿Qué pasa chica?

―¡Por fin! ―volvió a exclamar ella poniendo el periódico sobre la mesa, girándolo para que él pudiera leerlo. Y un noticia en concreto le llamó la atención.

"Peón negro anuncia que la saga de Derrick Storm quedará pospuesta hasta nuevo aviso. Los rumores apuntan a que Richard Castle, uno de los pocos novelistas que mantiene su anonimato entre los autores más codiciados del género policial, podría estar pensando en una retirada."

La noticia se extendía, pero Royce despegó su vista del periódico para ver a su compañera sonriéndolo de lado a lado.

―¿Richard Castle? Ese nombre me suena.

―Es el autor que le gusta a mi madre. ―respondió ella sin acordarse de su ley del silencio.

Royce volvió a mirar la noticia que ocupaba un trozo de la portada y una página entera en la sección cultura. Se rascó la barbilla sin quitar ojo al periódico y volvió a fijarse en su compañera.

―¿Y ella lo sabe?

Ahora sí, la sonrisa de Kate no podía ser más grande.

―No creo.