# Capítulo dos: Eternidad.


I.
"¿No estoy solo? No estoy solo ¡Ja, es verdad!; porque, sin darme cuenta, Kagome se encuentra siempre a mi lado. Y se ha vuelto una costumbre."
Inuyasha (capítulo 31).

II.
"Más que besarla, más que acostarnos juntos; más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano, y eso era amor"
Mario Benedetti.


El silencio se había extendido por toda la casa. Solo era posible escuchar el constante tintineo que hacían los palillos contra los platos hundidos, rebosantes de arroz y salsas que se echaban entre los variados platillos dispuestos sobre la mesa, todos repletos de deliciosa comida.

Incluso los tres nietos de la híbrida pareja estaban callados, limitándose a comer y mirando constantemente hacia la que era su supuesta tía, tratando de ser discretos en un intento completamente fallido.

Hikari y Kizami, hombro contra a hombro y cercanos a sus padres, comían con el ceño fruncido y con la vista fija en la madera, solo desviando sus miradas ante la menor percepción de movimiento de sus progenitores, que apenas habían tocado sus palillos y estaban completamente silenciosos.

Era insoportable. Mil veces peor que cuando su hermana no estaba. Todos los intentos de conversación o risas habían fracasado asquerosamente, haciendo del ambiente algo aún más incómodo. Y verla ahí, con una impresionante seriedad, comiendo con la lentitud única de una chica especialmente delicada, era quizás lo que más sacaba de quicio.

Pero todos esos detalles no evitaron que se creara una exaltación general cuando Kizami alzó su torso para apoyar ambas manos contra la madera con fuerza, acercándose hacia la joven que al instante alzó su vista y pareció congelarla sobre la suya.

Todos alzaron sus cejas y se quedaron en un petrificado silencio. La mano de Inuyasha se posicionó como un rayo sobre la empuñadura de su espada, pero la mano de su esposa lo retuvo con suavidad, sin quitar la vista del frente.

—Óyeme bien, demoncita. —La voz del hanyô sonó grave y seria hasta un punto que rayaba en lo amenazante, con sus ojos claros destellando como farolas tras las velas. Aya tragó y asintió, mortalmente quieta—. Si piensas que todo sigue igual, te equivocas. He entrenado mucho y ni creas que podrás ganarme mañana pescando en el río.

Su respuesta se acompasó a una de las famosas sonrisas ladeadas, prepotentes y presumidas propias de los Taishô.

En ese momento pareció que el aire nunca estuvo y nunca estaría mientras se quedaron observando paralizados a la joven yôkai, que pasó lentamente de su rostro indescifrablemente serio a sonreír de la misma manera.

—Eso ya lo veremos.

Seguidamente ambos se rieron, exhalando en sus cristalinas carcajadas el aire que todos los demás tomaron con indescriptible alivio. La tensión desapareció al instante como si jamás hubiese existido, haciendo que Inuyasha y Natsuki sonrieran, los pequeños se uniesen a las risas y que Hikari y Kagome, al unísono, se llevasen una mano al pecho soltando un sutil suspiro de anhelado relajo.

El tiempo comenzó a pasar nuevamente, ameno y a un ritmo apresurado, mientras comían con verdadero gusto. La conversación, como un manantial que llevaba años encerrado tras voluminosas rocas filosas, era lentamente destrozado con los comentarios divertidos de Kizami y los niños dejando aflorar sus aguas trasparentes, aún dulces y amorosas, tras un largo tiempo de sed.

Y la sensación era indescriptible.

—Tsk; no eres más que metro y medio de demonio —señaló risueño y presumido el hanyô, aún pudiendo degustar en su lengua el delicioso sabor a hierbas en el fondo de su infusión—. Hasta Amane podría derrotarte con una mano atada en la espalda, bola de pelos.

—¡No soy una bola de pelos! —exclamó la joven frunciendo el ceño con una simpática sonrisa.

—Pues sí que te dejaste crecer el pelo, Aya —dijo Natsuki alzando la vista de su regazo, donde su hija pequeña dormía plácidamente.

—¿Te gusta? —sonrió ladeando un poco la cabeza, sujetando entre sus manos un mechón del suave y brillante cabello platinado que, una vez cuando tuvo diez, luchó por tener corto hasta las orejas—. Creo que hace que mis facciones se vean mejor.

—¿Has intentado con una trenza? —preguntó la mujer mientras Hikari, a su lado y sosteniendo a la pequeña Atari que tomaba lentamente su té, sonreía dándole la razón a su hermana—. Seguro se te vería muy bonita.

—¡Podríamos ponerle flores!

Las tres hermanas giraron la cabeza hacia la pequeña, cobijada entre los brazos de la hanyô y dejando su té en la mesa con una emoción tan marcada que hizo a todos sonreír. Incluso a Hiroki, que estaba en otro extremo de la habitación intentando junto su padre, Hayato, enseñarle a jugar Go al abuelo Inuyasha.

—¡Ah, claro; qué buena idea Atari! ¿Quieres hacerlo tú?

La pequeña de cabello negro como la noche soltó una exclamación de alegría y sorpresa. No se esperaba que su tía "la insufrible demonio", como a veces rezongaba tío Kizami, fuese a ser realmente así de cariñosa.

Se levantó, algo temblorosa luego de tanto rato sentada y comiendo por montones, hasta llegar hasta su corto destino. Contrario a lo que esperó la joven no vio las pequeñas manitas alzarse hacia ella, sino ponerlas en sus caderas de niña en un gesto pensativo calcado al de su madre.

—Pero tienes demasiado pelo, ¡Yo solita no puedo!

—¿Ya ves? Te dije que eras una bola de pelos —exclamó nuevamente el hanyô, profiriendo una sonora carcajada que contagió a Hikari—. Deberías ser un demonio gato, si me lo preguntas.

—¿Me lo dice el perro que lleva el pelo casi tan largo como yo? —La yôkai alzó el mentón en un gesto juguetón y competitivo, típico de los años pasados en que siempre peleaban por cuál era el mejor en todo—. Deberías probar alisártelo de algún modo, pareciera que siempre estás recién salido de un baño anti-pulgas, cachorrito.

Incluso Kagome, que estaba concentrada en otro rincón de la habitación revisando las infusiones mientras compartía algunas palabras con Sango, quien se había ofrecido a venir a ayudar después de la cena, se rio ante el comentario e hizo sonrojar a su único hijo varón hasta las raíces del oscuro cabello.

—¡Feh! —masculló tal como hacía su padre cuando se sentía avergonzado. Se cruzó de brazos sobre el haori azulado hecho con ratas de piel de agua, regalo de sus padres, que siempre llevaba como una segunda piel—. Ya veremos mañana en el río quien parece un cachorro. Es obvio que algo te haces en esa melena, recuerdo que nunca fue así de lisa.

"Ni papá, con todo lo que lo que le envidia el demonio lobo, Miroku y Kohaku, lo tiene así de lindo" hubiese dicho también, pero no le convenía cuando la audición de su padre era tan extremadamente buena y los golpes que daba en la cabeza aún mejores.

—¡Es verdad! —corroboró Hikari, de pronto especialmente emocionada por la idea. No estaba demás decir que había heredado un cabello de curioso color castaño, casi miel, que ninguno de sus hermanos tenía; pero eso no quitaba que fuera tan difícil de manejar como una maldita melena—; ¿Qué te echas? ¡Está hermoso!

—Bueno, uso un poco de aceite de almendras y…

—¿Y la trenza? —interrumpió Atari con un tono brusco. La pobre llevaba varios minutos (tiempo eternidad en nivel niño) buscando participar en la animada conversación. Los demás la miraron curiosos, cosa que ella aprovechó con una de sus mejores sonrisas—. La abuela Kagome hace trenzas lindas. —De un salto la joven corrió hasta la anciana mujer, tirando suavemente de una de las mangas de su traje de sacerdotisa para llamar su atención—; ¡Abuela Kagome, hazle una trenza a Aya!

La yôkai desvió su vista al instante, mirando a su madre con un gesto ambiguo, confuso. Hizo el ademán de levantarse como guiada por un mágico resorte, pero algo la detuvo, profundo en su gesto aparentemente serio como una roca.

Pero en el fondo, tímido y nervioso hasta el centro mismo de su alma.

Y es que ¿cómo no estarlo? Sabía que su madre había sido la que más había sufrido con su ausencia. Las intenciones de su sobrina eran dulces y buenas, pero no sabía si sería correcto acercarse así sin más. ¿Y si ella estaba enojada, resentida? ¿Qué pasaría si no quería abrazarla como soñó durante las noches más frías de invierno, cuando recordaba estar cobijada y segura entre sus brazos, lejos del aterrador sonido de los truenos que tanto la asustaban?

No sabía si podría soportarlo. Había optado por la distancia prudente, buscando seguridad en las bromas de sus hermanos y su rápida aceptación en las risueñas sonrisas. Y había funcionado maravillosamente, pero en ningún momento de la noche había logrado desprenderse de los nervios, de la incomodidad.

La culpa, a decir verdad.

Y en esos momentos, mientras miraba a su madre esperando por alguna reacción, no pudo menos que sentirse como la peor hija del mundo entero.

Iba a separar sus labios, a decir algo que menguara la situación, cuando vio a la mujer sonreír, tan tierna y dulce como la recordaba desde que tenía el más mínimo ápice de memoria.

—Claro que sí.

Aya alzó las cejas. Se había quedado sin palabras y, sin darse cuenta, había empezado a temblarle el labio ligeramente ¿Era pena o quizás alivio?

Hikari la arrancó de su ensimismamiento con un ligero codazo en el costado.

—Anda ya. Quiero ver lo linda que vas a quedar.

Sus pies se movieron por inercia. Antes de reflexionarlo del todo, estaba arrodillada dándole la espalda a su madre, viendo a su pequeña sobrina sentarse a su lado con una distancia prudente y observando con atención.

Las manos de la mujer, con una cálida tranquilidad, comenzaron a trenzarle el larguísimo cabello, siguiendo un ritmo que ya hablaba de la experticia de años enteros peinando y embelleciendo a sus hijas y sobrinas. Sin darse cuenta, la yôkai cerró lentamente los ojos, dejándose llevar por esa sensación que calaba hasta lo más hondo de sus recuerdos, hacia una infancia feliz y plena.

Hacia una sensación que había extrañado con todas, todas sus fuerzas.

Se dejó estar así, flotando en el tacto relajante de su madre por varios minutos, hasta que un movimiento la devolvió a la realidad. Era Hikari, dejando su taza de té en la mesa, mirándola con un inmenso cariño.

Se dio cuenta de que todos la estaban observando con sonrisas amplias y dulces que solo sabían hablar de amor verdadero. Sintió que su corazón se henchía, palpitando hasta casi explotar de la emoción. Sus mejillas se sonrojaron, pero no hizo el ademán de alejarse ni ocultarse; entrecerró los ojos y procuró disfrutar cada instante. Había añorado aquella cercanía, aquella calidez del hogar tan increíblemente deliciosa y amena; verdadera. La había extrañado desde el primer paso que dio fuera de la aldea, en ese entonces sin atreverse a mirar hacia atrás, por miedo a que las miradas tristes de sus padres la detuvieran en el acto.

Pero ya nada de eso importaba. Ya estaba ahí, con todos, presa de un alivio que no supo explicar en ese momento ni sabría hacerlo en varias, varias lunas después.

—Te eché mucho de menos, mamá —susurró.

Las manos se detuvieron por un instante, pero solo uno antes de volver a la diligente tarea de trenzar el largo y suave cabello.

—Yo también, cariño —dijo mientras enlazaba el final de la trenza con un listón de color rojo. Se inclinó suavemente para darle un beso en la cabeza, cosa que la chica recibió con una sonrisa. Kagome rio quedamente, más alegre que en varios años enteros—. ¿Sabes quién más te extrañó, cierto?

Entonces Inuyasha, quien había esperado pacientemente tras el otro extremo de la mesa, sonrió de medio lado y alzó sus brazos hacia ella, justo en el momento exacto para verla levantarse de un salto y correr hacia él, justo y como cuando era niña.

—¡Te eché mucho de menos, papá! —exclamó antes de enterrar la cabeza en el rojo haori, acurrucándose en él de una manera que ya era propia de ambos desde hace muchos años atrás. Inuyasha sonrió y la abrazó con fuerza, mostrando una alegría tal que los contagió a todos al instante, causando unas risitas complacidas en Kizami.

—¿Y bueno: qué tal es el tío? —preguntó luego de algunos respetuosos minutos de reencuentro padre-hija. Vio a su hermana alzar la cabeza, con las orejas puntiagudas perfectamente visibles tras su cabello recogido—. ¡Apuesto que tienes un montón de chisme que contar!

La joven yôkai observó a su padre quien asintió, curioso y entretenido. Ella se acomodó mejor y se dejó caer la trenza a un lado, volviendo a conferirle el aire de adolescente que tanto la caracterizaba.

—Tío Sesshômaru es muy serio, hasta aburrido —suspiró y una sonrisa se posó en sus labios, como si hubiese esperado una desoladora eternidad para poder decirlo—. El demonio de carga es simpático ¡Pero ese Jaken es una espina en el maldito trasero!

—Cuida tu lenguaje, jovencita. —ordenó Inuyasha frunciendo ligeramente el ceño, aunque con su sonrisa traicionándolo sin poder evitarlo.

Inclusive su hija "la-última-joven-demonio-perro-de-linaje-puro" se quejaba del amargado de su hermano ¿A que no era la maravillosa confirmación de lo que él llevaba diciendo desde hace siglos enteros?

Kizami ladeó la cabeza y sus orejas se movieron levemente, atentas.

—¿Y cómo sería entonces: una espina en el rabo? —bromeó.

Todos rieron. Y es que resultaba gracioso si más de la mitad de los presentes tenía sangre de perro en sus venas. El ruido despertó a la pequeña Amane que, algo confundida, se rascó los bordes de sus ojos somnolientos.

Hikari alzó las manos y se rio con aún más fuerza, exclamando con una voz cantarina:

—¡O como dijo papá la vez que se cayó sentado en las zarzamoras de hielo!

Y los tres niños, como si hubiesen pasado por el más perfecto de los entrenamientos, se apuraron en corear con sus entusiastas voces blancas aquellas palabras que habían escuchado (porque la mitad de la aldea lo había escuchado) hace dos veranos atrás:

—¡Maldita sea; me cago en Dios! ¡KAGOME, sácame estas putas espinas del jodido culo!


Lo que en un principio pareció una rencilla irreconciliable entre Hikari y Aya quedó rápidamente arreglado mientras tomaban una taza de té y conversaban en susurros durante la madrugada. Las sofocadas risas que se podían escuchar a ratos desde su modesta habitación le indicaban que volvían a ser tan cercanas como hace siete años atrás. La sensación de volver a escuchar risitas durante la noche, tal como cuando sus hijos eran pequeños, rebeldes y llenos de ilusiones, inocencia y energía, era indescriptible.

Alzó la vista, con sus ojos ya claros por culpa de lo que amenazaban ser cataratas, hacia el infinito que se extendía desde los cielos y los árboles del bosque. No muy a lo lejos, en el río, sus hijos y nietos habían decidido ir a pasar el día para divertirse, pescando y nadando como solían hacer durante los veranos.

Seguramente quedaban temas pendientes por tocar; temas dolorosos que causarían una que otra discusión, pero sabía que habían criado a sus hijos con la prudencia y el amor suficiente como para que buscaran solucionar cualquier cosa que se les avecinara juntos.

Su final feliz había vuelto. Al fin. Y ella no podía más que sentirse rebosante de dicha.

Suspiró suavemente, permitiéndose una sonrisa tranquila de esas que pareciera solo te permite la vejez. El capítulo estaba ya completado.

—Inuyasha… —Él alzó la vista al instante, atento a cualquier movimiento que ella hiciera, preocupado como nadie más en el mundo. Ese pensamiento, aún dentro de todo, la hizo sonreír—. Quiero ir al árbol sagrado.

—¿Estás segura de que podrás ir allá? —le dijo con un tono suave, cosa que parecía completamente impropia a él y su apariencia, pero estaba con Kagome. Y con ella los años habían pasado curando incontables heridas en su alma, al punto de atreverse a mostrarse ante el mundo ya con menos miedo y más decisión.

Había descubierto que todo, absolutamente todo, era más fácil si estaba ella cerca para tomar de su mano.

—¿Dónde no he podido ir sobre tu espalda? —sonrió aún más cariñosa. Respiró profundo y entrelazó los dedos con los suyos con toda la firmeza que sus temblores le permitieron—. Llévame. Es ya la hora y quiero ir.

El rostro de él se mostró serio por varios segundos, pero terminó por asentir.

Y es que al final de cuentas ¿Cómo no apreciarla? ¿cómo no amar y sufrir cada instante en que la tomó entre sus brazos y la sintió más frágil y pequeña que nunca? Incluso él, tras siglos de pesares que aún hacían mella en su piel, sintió que algo en su pecho se apretaba con crueldad.

—¿Está bien aquí? —preguntó cuando se posaron en una de las ramas más gruesas y altas del árbol milenario. Botó el aire lentamente, intentando controlar los dolorosos latidos de su corazón, cuando ella asintió suavemente; aún conservaba esa sonrisa en su rostro que no había hecho más que embellecer con los años.

—Es perfecto.

Se quedaron en silencio largos minutos con solo el viento como el único cántico que danzaba a su alrededor. Él sentado con la espalda apoyada en el grueso tronco, ella sobre sus torneadas piernas, apoyada en el pecho que tantas veces le había dado indescriptible cobijo. Ese que tantas veces la abrazó en risas, en llantos, en tontas explosiones de enojo y largas noches de enfermedad y dolor.

Apoyada sobre él, inalterable como el mismo árbol sagrado, Kagome aún lograba sentirse como una joven sobre la cima del mundo.

"Es increíble todo lo que he vivido y, sin embargo, ahora parece sólo un suspiro"

»Me pregunto cuántas vidas me demoraré en encontrarte.

La mano de Inuyasha buscó la suya, pequeña y arrugada. La apretó cariñosamente.

—Las suficientes para tener un reencuentro perfecto.

La idea logró hacerla sonreír, deliciosamente complacida.

—Los años no te han hecho nada mal, amor —rio quedamente, asiéndose un poco más a él en las alturas—. Ya hasta has superado la poesía de Miroku.

Subió su mirada hasta encontrar la suya, tan dorada y vital como el primer día en que lo encontró, dormido en el mismo lugar en que hoy ella espiraba sus últimos alientos. Se observaron por instantes que se hicieron infinitos como tantos otros. Incontables infinidades tras sus irises bicolor, ambas guardianas de los más profundos secretos, anhelos y sueños del otro.

Ah, ¿Dónde es que se iba ahora sin su otra mitad?

»Promete que los cuidarás.

La idea de dejarlos, de no ser capaz de verlos crecer, le dolía de manera inenarrable, pero sabía que ellos estarían bien. Sus nietos crecerían para convertirse en fuertes hombres y mujeres que lucharían por sus sueños sin temor; sus hijos les guiarían con el mismo amor que ella intentó darles con todo su ser.

Y, lo más importante, confiaba ciegamente en que serían capaces de devolverle a su amado la felicidad que ella estaba a punto de destrozar con su indeseada partida.

Pero era ya algo imposible de retrasar. Había pedido tiempo hasta el regreso de Aya, hasta ver, al menos, una última escena de cena familiar cargada de alegría. Y los dioses la habían escuchado, misericordiosos y pacientes.

—… Dalo por hecho.

La mano que apretaba la suya entrelazó sus dedos, cosa que ella agradeció. A pesar de saber que su cuerpo ya no daba más, los recuerdos la mantenían viva, sujeta a este mundo en un hilo que parecía solo pender de la cálida piel que la rodeaba con amor infinito.

¿Cuántas cosas podía guardar una vida que está a punto de apagarse? ¡Ah, por dónde empezar! Su primer beso, su primera caricia atrevida, su matrimonio y primera noche de esposa ¡Su primer hijo! Aún podía sentir el nudo en la garganta por la vez que lloró desconsolada junto a la cuna de Natsuki, desesperada al tenerla con fiebre alta y vómito. El primer diente caído de su pequeña. Verlos caminar, escuchar sus problemas de amor y crecer para ser fuertes y bondadosos.

Había visto mucho. Quizás, aparte de Inuyasha y deidades milenarias, cosas que ningún otro. Con su alma cargando el futuro y el pasado armónicamente entrelazados, era imposible no decir que había sido una vida grandiosa. Una aventura increíble y maravillosa.

Sí, pero el nudo en su garganta no quería irse.

¿Hay una edad o momento adecuado para decir adiós?

»Kagome.

—¿Sí?

La abrazó más fuerte cuando escuchó su voz, curiosamente jovial, atemporal de un modo que pocos humanos logran alcanzar con cuando poseen almas brillantes y vivaces como el fuego. Kagome era fuego que había iluminado sus vidas en la penumbra. Ahora, mientras la llama temblaba peligrosamente, quiso retenerla. Al menos un instante más.

—Te amo —musitó, luchando consigo mismo y su voz quebradiza.

Siempre había sabido que su sangre le prometía presenciar una cantidad de amaneceres que los humanos solo podían soñar, anhelantes de lo que se antojaba como un atisbo de inmortalidad. Los siglos habían pasado ante sus ojos como líneas infinitas, un ir y venir constante de desdichas, hasta conocerla y saber que su alma había encontrado su destino.

Kagome y su alma habían marcado el lugar desde hace años. Muchos años de realmente conocerla. Había recorrido la senda junto a ella, olvidando muchas veces que el tiempo es caprichoso y gusta de los humanos, frágiles como suspiros.

Ahora, con ella mustia y débil entre sus brazos, supo que sería capaz de dar hasta la última gota de su sangre demoníaca con tal de regalarle un poco más de tiempo. Solo un poco más, para que pudiese seguir guiándolo en su eterna penumbra.

Y ella, conociendo cada uno de sus movimientos y sintiendo sus temblores, levantó nuevamente su rostro, dedicándole una hermosa sonrisa.

—Te amo más —susurró mientras su mentón se alzaba hasta encontrar sus labios, tersos como los de un hombre en el éxtasis de su juventud. Gozó de ese exquisito roce con todo su ser, del último beso que sería capaz de recibir. Mantuvo la sonrisa hacia el rostro que su traicionera vista ya había comenzado a volver borroso—. ¿Nos veremos pronto, Inuyasha?

—Nos veremos pronto —repitió dándole un beso en la frente arrugada y reafirmando un abrazo donde enterró la nariz y el rostro en los blancos cabellos, ocultando su mirada húmeda y plagada de dolor—. Kagome; tú solo espérame antes de volver a empezar ¿Podrás?

No vio su rostro, pero sabía que sonreía. Gustando de apoyar su peso en su fuerte cuerpo, Kagome respiró profundamente, feliz.

Para los humanos, incluso aquellos especiales como ella, la oscuridad de la muerte era desconocida, aterradora. Pero, mientras Inuyasha siguiera tomando su mano, mientras continuara sujetándola con esa fuerza y cobijo, nada sería capaz de provocarle miedo.

Con él a su lado se había sentido capaz de conquistar al mundo infinitas veces. Ahora, con el tacto de él fresco sobre su piel, Kagome conquistaría la oscuridad.

—Tú sabes que sí.

Se quedó ahí, con el rostro pegado a sus cabellos, aspirando su aroma hasta que sintió cómo los movimientos de ella lentamente cedían, alejándose de este mundo. Esta vez de verdad.

Comenzó a temblar con más fuerza y dejó que por fin los sollozos escaparan de su adolorida garganta cuando dejó de sentirla moverse por completo, cuando ya había abandonado para siempre aquella pequeña cascara vieja y maltrecha.

Su adorada Kagome había muerto.

Y, al final de cuentas, jamás existiría un momento adecuado para decir adiós.

Dio el primer sollozo desgarrador de muchos otros que vendrían por ella. Hasta el momento de volver al océano de almas anhelando encontrarla, él seguiría vagando en la tierra buscando cumplir el máximo de su promesa, cuidando con todo su ser a su amada familia hasta que llegara su propio momento para conquistar la absoluta oscuridad.

Sus hijos alzaron las cabezas, asustados por el repentino grito que rasgó el ambiente de manera aterradora, volteando hacia los árboles que rodeaban en pozo devorador de huesos.

Y ya venían a verle, terriblemente preocupados, imponiéndole sin realmente querer la obligación de ser un padre fuerte y comprensivo, amén del apoyo que ellos necesitarían al verla en ese estado. El último estado posible de ver.

Pero… Sólo un abrazo más. Al menos una última vez.

Una vez más mientras pueda aspirar profundamente el aroma a violetas de su cabello, sentir la tibieza de su piel y lo frágil que es su cuerpo tan pequeño y dulce contra el suyo. Irremediablemente cálido, suave; hermosamente suyo y cruelmente arrebatado por los caprichos del tiempo.

Sólo uno más, por favor.

La brisa se movió a su alrededor y pudo jurar que jugaba tiernamente con algunos mechones de su platinado cabello y su mejilla, como si deseara limpiar sus lágrimas con la fragilidad única del suspiro de un alma pura.

Y escuchó su voz como un susurro tenue y juguetón entre las hojas, ya libre de todo dolor y límite; llena de promesas eternas de amor y preciosa esperanza:

"Hasta entonces, Inuyasha"


"Amor mío, si muero y tú no mueres,
no demos al dolor más territorio:
amor mío, si mueres y no muero,
no hay extensión como la que vivimos
.

[…]

Pero este amor, amor, no ha terminado,
y así como no tuvo nacimiento
no tiene muerte, es como un largo río,
sólo cambia de tierras y de labios."

Soneto XCII —Pablo Neruda.


Fin


¡Al fin! Al fiiiiiiiin~

Firee, perdona POR FAVOR la demora :c espero que te guste c: ¡Va con todo, todo, tooooodo el amor del mundo para ti! Te adoro y siempre te deseo lo mejor en la vida, guapísima ¡Te lo mereces y mucho más!

Algunas notas interesantes (y sensuales):

1. Después de tostarme mucho los sesos pensando en la cantidad de sangre que cada hijo que Kagome e Inuyasha podrían tener (humano, hanyô, yôkai) decidí volver a mis días de escuela (hace ya mucho tiempo atrás) y recordar a Mendel con sus guisantes y conejillos bicolores, recordando que la genética se traspasaría de manera 25% - 50% - 25%: Una humana, dos hanyô y una yôkai. Si bien habría una falla de mezcla al ser Inuyasha un medio demonio y no uno completo, decidí guiarme por los extremos de la sangre (porque si seguimos dividiendo al final ni hanyô tenemos xD). Aparte necesitaba que uno de ellos fuera yôkai completo para crear el conflicto principal de la historia.

2. Mil gracias a bruxi por su labor de beta a lo largo de este proceso. ¡Espero que te mejores pronto, guapísima! Mucho, mucho ánimo (:

3. Para variar, las pobres de Agatha y Morgan han tenido que aguantarme cada ataque de desesperación al sentirme estancada y tenido que escuchar, una y otra vez, mis tramas retorcidas y dramáticas como Magdalena solita. ¡LAS AMO! Mil gracias por todo; su ánimo y apoyo siempre es el que me impulsa a seguir cuando ya siento que debería tirar al pc por la ventana (o tirarme yo, que siempre puede ser más conveniente -?-) Siempre pueden contar conmigo para acosarme así como yo a ustedes *risa maquiavélica*

4. Este fic ha sido particularmente importante para mí porque es el primero de mi vida que me ha hecho llorar mientras lo escribía. Partió desde que tomé la idea y escribí los apuntes, llenando la hoja (pobre hoja) de lágrimas. Espero haberles causado lo mismo, sino me sentiré sumamente ridícula jaja.

Muchas gracias por leer (L)

¡Los quiero un jodido montón!

Ari.

¿Te ha emocionado (o no) la historia? ¡Por favor, házmelo saber con un review!
Mil gracias (L)