Árbol de Navidad

22/12/2011

—Perfecto—murmuró Roderich, tirando unos pasos más hacia atrás y observando aquello que le había ocupado toda aquella mañana.

Un majestuoso abeto se alzaba ante él, hermosamente decorado. Aquél abeto iba a ser el centro de miradas de la fiesta de Navidad que Roderich quería hacer en su casa, de ahí que quisiera que quedara perfecto. Las bolas de distintos colores conjuntaban con armonía con las cintas rojas y doradas que envolvían el árbol de Navidad, así como realzaba el brillo de las decenas de bombillas de colores que brillaban entre el verde follaje.

Alzó la mirada un poco más hacia el cielo, comprobando que casi lo más importante de todo el árbol hubiera quedado como él deseaba. Efectivamente, la dorada estrella se erguía con orgullo en lo más alto de todo, iluminando con su brillo a los pequeños angelitos de porcelana que estaban repartidos entre todos los demás adornos.

Orgulloso con su trabajo, soltó un suspiro, masajeándose sus hombros levemente entumecidos, aceptando finalmente el cansancio que le acompañaba desde hacía horas atrás y que el austriaco había ignorado, todo por acabar a tiempo lo que ahora tenía en sus ojos.

Echó una ojeada al reloj, ahora que había acabado se le había antojado un poco de té y pastel, por lo que abandonó el salón y se dirigió a la cocina.

Lo que no sabía era que justamente cuando había abandonado esa habitación, un visitante poco esperado hacía acto de presencia.

—Kesesese~ Señorito, debes vigilar más de cerrar las ventanas de tu casa— rió Gilbert con aquella risa tan característica suya, entrando en el salón por la ventana y arrojando al exterior la piedra que le había servido para reventar la cerradura de la ventana austriaca.

Se limpió los pantalones con las manos, manchados por el polvo de la ventana y sus ojos quedaron prendados inmediatamente del árbol que se alzaba ante él.

—¡Kono obaka-san! ¿¡Que haces aquí!

No le hacía falta voltearse para saber quién era, pero aún así lo hizo, mostrándole al dueño de la casa una soberbia sonrisa.

—Ore-sama vino a saludarte, señorito. Esperaba un recibimiento más genial, acorde a mi genial persona. —rió de nuevo y Austria solo atinó a suspirar, sabiendo que ese comportamiento era normal en él.

—Podías haber entrado simplemente por la puerta… —miró la ventana abierta y depositó la bandeja con su té y su porción de pastel en la mesa baja que tenía ante el sofá, dirigiéndose a la ventana para cerrarla.

—Este árbol es awesome… ¡no tanto como yo! Pero le permito ser nombrado como mi genial persona.

Roderich dirigió su mirada al albino y sonrió al ver como miraba admirado su pequeña obra maestra. Se puso a su lado, mirándola también.

—Viniendo de ti es todo un halago…Tardé toda la tarde en decorarlo, pero ha valido la pena. No siempre te reservan el mejor abeto de todo Austria— rió levemente, recordando el trabajo que le había costado encontrar un abeto decente que pudiera exhibir en su salón.

—Kesesese, seguro que es el mejor de todos—se acercó al árbol, alargando su mano para tocar una de las ramas, pero apenas llegó a rozarla cuando fue detenido por la mano de Roderich.

— ¡Detente! ¡No dejaré que lo destroces!

—¿Tan importante es para ti este arbolito? Si solo quiero tocar sus hojas para ver cómo se siente~

Alargó de nuevo la mano hacia la planta y de nuevo Roderich se lo impidió, empezando así un juego de "yo me escapo, tú me atrapas" que estaba divirtiendo hasta límites insospechados al prusiano, mientras que el pobre austriaco sufría lo innombrable por detenerlo.

—¡No seas tan aburrido, Austria! ¡No va a pasar nada porque haga esto!

Con una mano se liberó del agarre y puso la mano con violencia sobre el árbol, que se tambaleó ligeramente, siendo visto con horror por Roderich.

—¿Ves? No ha pasado na…

Gilbert no pudo acabar de hablar cuando una bola cayó al suelo. Ambos la miraron como rodaba por el suelo y alzaron la mirada hacia el árbol. En menos de un segundo, muchísimo menos que el tiempo que le había ocupado a Roderich decorarlo, al árbol se tambaleó, tirando todos los adornos al suelo para acabar cayendo él mismo, quedándose en un manojo de hojas, luces y bolas de colores.

—Ups— hizo Prusia, mirando el reciente estropicio—Vaya mierda de árbol que has comprado, Roderich, en nada se ha caído al sue…

—Gilbert Weillschmidt… —la grave voz de Austria petrificó a Prusia, que lo miraba con algo parecido al miedo. Nunca había visto al señorito tan enfadado como en ese momento… ¡parecía incluso que tenía una aura negra a su alrededor! -¡TE ODIO, DESAPARECE DE MI CASA! —grito Roderich, cegado de furia y le cruzó la cara al albino con su mano.

Gilbert se tomó la mejilla roja con un mano, anonadado y dolido por el comportamiento de su amante

—Muy bien…me voy— con el dolor cubriendo su corazón y las palabras de su boca, salió con brío de esa casa, dejando a un muy enfadado, pero también dolido Austria en la casa.

—Diablos, ¿qué he hecho? —se preguntó Roderich minutos después, calmándose y mirando con horror la mano con la que le había pegado. Estaba enfadado…muchísimo. Le había reducido a nada lo que le había costado tanto sudor y esfuerzo hacer, pero… no tenía porque haberle pegado. ¿Desde cuándo su pareja era menos que un simple árbol de Navidad?

No se lo pensó dos veces y tomó su abrigo para salir en busca de Gilbert. Lo iría a buscar a su casa y se disculparía con él. Aún no era demasiado tarde para que le perdonara.

O eso quería pensar él.

Pasaron varias horas de búsqueda sin resultado. Roderich fue a casa del prusiano y de su hermano, buscándolo con una desesperación creciente a medida que no lo encontraba en ninguna parte. ¿Había sido tan rudo con él? El sentimiento de culpabilidad empezaba a destrozarlo a cada segundo que avanzaba. SI le había pasado cualquier cosa a Gilbert por su culpa, él… no se lo perdonaría nunca.

Tuvo que regresar a casa después de varias horas buscando. El frío de la noche invernal austriaca hacía mella en sus huesos y sentía que si seguía mucho tiempo en la calle, acabaría enfermando por hipotermia.

Apenas llegó a la verja de su casa cuando vio luz en el salón principal de su casa. Sus ojos se agrandaron, esperanzados de que fuera Gilbert que había regresado a casa. Con ese pensamiento en su mente, corrió emocionado hacia el interior, dejando por primera vez en su vida el abrigo sobre la silla de la entrada, de mala manera y abriendo las enormes puertas blancas del salón. Quedó deslumbrado por la luz del interior, mucho más potente que la de la calle, pero enseguida se acostumbró a la luz y quedó petrificado al ver lo que se encontraba ante él.

En el lugar donde había estado antes el abeto caído, se encontraba ahora un abeto nuevo, mucho más pequeño que el anterior, pero por el olor que desprendía, Roderich pudo deducir que acababa de ser cortado recientemente. Frente a él, Gilbert se giró, sorprendido de haber sido descubierto tan pronto y sosteniendo uno de los adornos que llenaban el nuevo árbol de Navidad.

—¿Qué…es esto? —no pudo evitar preguntar, muy sorprendido. EL nuevo árbol estaba decorado con los mismos adornos que el anterior árbol, aunque torpemente colocados.

Se acercó al prusiano, admirando en la copa del árbol una estrella medio rota y entre las ramas… ¿aquello era un nido?

—Se que no es tan awesome como el tuyo, pero cuando volvía a casa me encontré un bosque lleno de estos árboles y pensé que podría cortar uno y como soy tan genial, decorarlo para que quedara tan genial como el otro, porque soy ore-sama y…

Seguía hablando sin cesar, pero Roderich ya no lo estaba escuchando, su mirada quedó congelada en sus manos. Las fuertes manos prusianas, duras y ásperas después de todas las guerras vividas, ahora estaban llenas de heridas y cortes. Sin pensarlo, las había tomado entre las suyas, enmudeciendo a Gilbert al sentir las delicadas manos acariciar cada una de las heridas de las suyas. No hacían falta palabras para saber que Prusia se había hecho aquello al cortar y llevar ese árbol a su casa.

—Gilbert… —susurró con una dulce sonrisa en sus labios, sonrojándose levemente. — Danke —agradeció, con una disculpa escondida en aquella palabra que Gilbert comprendió de inmediato.

Prusia separó sus manos del agarre y antes de darle a Austria tiempo para sorprenderse, unió sus labios con los de su amante, en un dulce beso que les envolvió por completo.

—Ich liebe dich —susurró Gilbert, haciendo sonrojar de nuevo a Roderich, que se abrazó con fuerza a él.

Quizás ese nuevo árbol no era tan genial como el anterior y tal vez no estaba tan bien decorado, pero el solo hecho de que Gilbert se hubiera preocupado por buscarlo y decorarlo a él ya le bastaba, hacía de ese árbol de Navidad un árbol único.

Y con esos pensamientos y un nuevo beso de disculpas y felicidad de saberse al lado de Gilbert tras pensar que no lo volvería a ver, fueron cayendo al suelo lentamente, dejando a ese árbol como el único espectador del amor que se profesaban.


N/A: Fuososososo~ Hola a todos! Al habla España! Hoy me ha tocado a mi daros un poco de amor prusiano-austríaco a todas, espero que os guste este drabble tanto como me ha gustado a mi escribirlo. Mañana le tocará el turno a Gilbert, mientras tanto… ¿Habéis visto a Lovino? –huye a buscarlo con un tomate en la mano-

Disclaimer: Aunque lo deseáramos, tanto Hetalia como Roderich y Gilbert le pertenecen a Hideakaz Himaruya. (Si nos pertenecieran a nosotras, les haríamos hacer cosas sucias en cada capítulo 8D)