Muy entrada la madrugada Stefan decidió darse por vencido y se levantó de su cama. Había pasado horas enteras mirando el muérdago que colgaba de su ventana sin saber exactamente quién lo había puesto allí. Había estado absorto en la pequeña planta, intentando recordar el momento exacto en el que Caroline había echado raíces en su vida pero no lograba dar con él. Había sido extremadamente sutil la forma en que ella había dejado de ser sólo una persona más de su círculo de amigos a la persona que más lo comprendía y apoyaba en el mundo. Los dos habían estado tan absortos en sus propios problemas y en sus propios dramas de pareja que de algún modo habían encontrado en el otro una vía de escape. Se habían apoyado mutuamente. Él superando a Elena y ella superando a Tyler.

Su amistad se había fortalecido de forma tan espontánea que sin darse cuenta ya se había convertido en algo increíblemente difícil de dejar atrás. Fue hasta que Stefan se encontró lejos que ella supo que lo necesitaba más que nunca. Y fue hasta ese momento cuando él se percató de qué tan profunda era la invasión de Caroline en su corazón. Inesperada e inexplicable. Al igual que el muérdago en su ventana.