Capítulo 2: Un mal día

Horas más tarde la tormenta ya había cesado. En el cielo no había ni una nube de tormenta. Estaban todas en la cabeza de Lina. Estaba furiosa. Fuera de sí.

Estaba tan enfadada que donde pisaba se iba tornando negro, como si dejara un rastro de humo a su paso. Y Gourry la seguía detrás, preocupado.

-¡Lina! Esto….te arde la capa.

Ella maldijo por lo bajo. Se le debía de haber incendiado cuando lanzó esa bola de fuego en la caverna. No es un buen hechizo para sitios pequeños, pero la Lina furiosa o no es una Lina razonable.

No sólo habían tardado 4 horas en subir las Montañas Rojas sino que la historia había degenerado de forma absurda. Y no había nada que odiara más que perder el tiempo. Hasta los detalles daban pena, darlos era un esfuerzo tonto. En resumen: la banda resultaron ser rufianes de poca monta, sin tesoros que robar. Y la todopoderosa espada mágica tenía el asombroso poder de…. brillar la oscuridad.

Así que, una vez revelado el pastel, la furia irracional de Lina empezó a borbotar. Mientras, su parte lógica se evaporaba. Y Gourry, buen conocedor de esa faceta, se hizo a un lado y salvó el pellejo mientras que los pobres rufianes recibían un bronceado gratis.

Cuando hubo identificado los signos correctos, la explosión, los gritos y la cara sonriente de Lina asomando por la cueva, descendieron la colina de nuevo.

Lina cada vez caminaba más lento. A medida que se calmaban sus humos. Quizás se había pasado un poco con esos pobres chicos. No tenían la culpa de que unos borrachos hubieran dado de sí la aventurilla de la noche anterior. Notaba que hasta se había pasado un poco con la bola de fuego, dándole más potencia de la acostumbrada, pero no era nada que unas semanas de cuidados intensivos no arreglaran.

Gourry detuvo el hilo de sus pensamientos de pronto. Él, que caminaba como un gato montés, había hecho demasiado ruido mientras andaba para que ella se diera cuenta.

Mientras, despacio y con cuidado acercaba su manaza hacia donde descansaba su espada.

Lina se detuvo. Eso sólo podía significar una cosa: adrenalina, empezaba lo bueno.

Arrugó la nariz. Aunque Gourry no la hubiera avisado, el olor de esa banda la ponía sobre aviso. Olía a mustio y agrio, lo que Lina clasificaba como: bandido de poca monta clase dos.

Los responsables del olor empezaron a hacerse visibles. Salieron de izquierda y derecha, entre matorrales y rocas convenientemente puestas.

La banda fue cerrando el espacio en torno a ellos dos. Era un total nueve y les miraban fijamente.

-Ya te tenemos, Lina Inverse- dijo uno de ellos.

"Así que saben quién soy", pensó ella. "Eso descarta que sean asaltadores de caminos. No, esto parece algo más elaborado. Quizás hasta sean bandidos de poca monta de clase tres". Sonrió.

-Si sabéis quién soy, ¿cómo es que no corréis colina abajo? ¿De verdad queréis enfrentaros a mi?

El bandido le devolvió la sonrisa, dejando ver sus dientes amarillos.

-No te lo creas tan creído, niña.- hizo una seña a sus compañeros - ¡Vamos! ¡Atacad!

Lina negó con la cabeza. Ella era una dama y siempre avisaba, pero la mayoría seguía escogiendo el suicidio. Tanto mejor.

Los nueve cargaron a la vez. Con navajas, cuchillos y enormes sables. Lina y Gourry permanecieron quietos, esperando.

-¡Lighting! - gritó la hechicera.

Una luz cegadora invadió el día y, cual coreografía, espadachín y maga se unieron a escena. El lighting había cegado a los bandidos y la batalla acabó antes de que estos tuvieran oportunidad de volver a abrir los ojos. Gourry acabó con cuatro de dos mandobles. Mientras, su compañera se encargó de freír al resto con un par de Fireballs rápidos.

La batalla, si es que se podía llamar así, había durado unos segundos. Ahora sólo Lina y Gourry quedaban en pie. El resto rodaba de buena gana por el suelo, para deshacerse de los efectos secundarios del fireball.

La hechicera se acercó al que había hablado antes y lo levantó del chaleco:

-Vamos a tener una pequeña charla. - dejó que su voz sonaba dulce y amenazadora.- ¿Por qué nos habéis atacado?

El hombre parecía arrepentido de veras.

-L-lo siento, señorita. La paga era tan buena que bien merecía arriesgarse a una visita al hospital.

-¿Qué paga? Habla.

Ahora, el bandido calló por un momento, agobiado.

-Perdóneme. Lo siento mucho. Pe-pero no puedo decírselo.

-¿¡CÓMO?! ¿Qué significa eso?

El tono de Lina avisaba, como el pitbull que enseña los dientes antes de morder. El hombre pareció notarlo, pero decidió que no contestar era aún más peligroso.

-Si-si-significa que hay alguien a quien temo todavía más que usted, señorita.

-Vaya, eso sí que era toda una hazaña. Sobre todo teniendo en cuenta la bola de fuego que se estaba formando silenciosamente en su mano.

-Pues no me gustaría encontrárme a ese tipo- se le escapó a Gourry.

Lina se quedó en el sitio. No era la respuesta que esperaba, y las cosas no suelen pillarla desprevenida. Dejó el chaleco del bandido y se removió el pelo, molesta. Una vez se evaporaba su rabia, también se le iban las ganas de freír a un hombre que temblaba en el suelo, por muchos cuchillos de 15 centímetros que tuvieran antes en las manos.

El espadachín le hizo una seña al bandido.

-Largo antes de que...

Antes de acabar la frase, aquellos que podían moverse ya estaban colina abajo.

En la ladera sólo quedaban ellos dos y un par de moribundos de mal aspecto.

Gourry le puso la mano en el hombro a su amiga, para llamar su atención.

-Venga, vamos a por algo de cenar.

Y volvieron sobre sus pasos, camino a Astrid.

Por el camino, Lina seguía dándole vueltas a esa frase. Sus víctimas solían negarse a hablar para ser fiel a su líder y, en esos casos, detrás siempre había una divertida secta con espadas sagradas y curanderos locos. También solían tener miedo de ella, tanto miedo que no acertaban a formar palabras en la boca. Pero la respuesta de ese bandido no era común. Auguraba problemas. Aventuras de proporciones épicas.

Cuando terminaron de bajar las dichosas montañas ya era de noche. Por suerte, Astrid no quedaba ya lejos. Lina estaba tan cansada que había olvidado su enfado. Ahora sólo pensaba en baños y comida caliente.

Ahí se veían ya las luces de la posada y un poco más allá estaba la capilla. Aunque… parecía demasiado iluminado para las cuatro casas y la taberna en la que consistía el pueblo. La hechicera se detuvo y agudizó la vista: eran antorchas.

A la entrada del pueblo había un puñado de hombres, llevaban objetivos afilados y sus caras no eran nada amistosas.

-¿Tendrá que ver con la paliza que les diste a los de esa espada mágica? - dijo Gourry a sus espaldas.

Ella negó con la cabeza.

-Para mi que son amigos de los bandidos de antes. - respondió- ¿Quién acierte cena gratis?

Él asintió. Sacó su espada del cinto y, juntos, fueron a su encuentro.

Para los señores de las antorchas debió de ser una escena bastante terrorífica. No acostumbraban a ver a sus futuras víctimas correr como locos a su encuentro, por lo general corrían en dirección opuesta.

-Lina Inverse -dijo uno- prepárate para sufrir por...

El pobre infeliz no pudo ni terminar su frase. La bola de fuego llegó antes.

-Bueno, esto ya está. - dijo Lina frotándose las manos. - Vámonos a cenar.

-¡Venga ya! Ni les has dejado tiempo a explicarse- la señaló - Lo has hecho para no tener que pagarme la cena.

-¿Qué? ¡Mentira! ¿Por qué iba yo a…?

Algo la golpeó en la frente. Gourry estaba ahí, ofreciéndole la ridícula espada brillante.

-Pues mira lo que me acabo de encontrar por ahí tirado- dijo con una sonrisa. - Pagabas tú, ¿no?

-Mierda….

Lina entró a la posada con un estruendo.

-Comida. ¡Ya!

La tabernera ni se atrevió a preguntar. Pasó como un rayo a la cocina y empezó a traer platos. Por más hambre que tuviera, a Lina la comida le sabía a enfado y a… algo más. Algo desagradable. Olfateó a su alrededor para encontrar la fuente. Por lo visto quien apestaba era ella, a humo y ese tufillo agrio de aquellos bandidos. Lanzó un suspiro. Por suerte, el día acababa ya.