-¡¡Ludwing!! ¡¡Necesito que lo hagas!! ¡¡Ya no puedo más!! – gritó veneciano con un ronroneo. El suspiro de Ludwing se escuchó millas y millas a la lejanía.
La noche cálida se había transformado ahora en un susurrar de aves y pajarillos que ya daban sus primeros pasos fuera del nido y caían haciendo pequeños tumbos y piruetas. La reunión de ese día los había dejado completamente exhaustos (o tal vez solo a Alemania, porque Feliciano pasó la mayor parte hablando de pasta, comiendo pasta, soñando con pasta e incluso hablando con ella…)Y para peor, la gente se había comportado de forma extraña con ellos dos: cuchicheaban y reían como si les hubieran contado un secreto, los miraban de reojo, se ruborizaban y evitaban contactar su mirada o bien pasaban y les dirigían miradas de asco.
- Feliciano, no se si esto sea bien visto por los demás…tu sabes, es un poco extraño…- contestó el rubio exasperado. Las peticiones de Feliciano no solo eran tontas, si no completamente inoportunas. Haber tomado el avión con el desde Berlín hasta Londres había sido una pesadilla: coqueteaba con las azafatas (como si no lo tuviera a él, claro), les pedía sus números de teléfono e incluso citas, y por su puesto, se quejo cuando le sirvieron camarones para el almuerzo.
- ¡Bienvenidos! – dijo el inglés cuando todos los países bajaron de sus aviones y estuvieron parados ante el anfitrión. Kirland miró de reojo a los dos y Ludwing pudo ver como un escalofrío y una mirada lasciva se cruzaban por sus ojos al igual que en mucho de los presentes que dieron un disimulado paso, alejándose de ellos. ¿Qué demonios significaba eso?
Sin contar la pesada e inútil reunión de siempre, interrumpidas por el inglés, el norteamericano y el francés, las continuas torturas de Rusia, los retos de China, las miradas espeluznantes de todos, los cuchicheos, las risas bajas, la pésima comida que no tardo en darle retorcijones, Feliciano diciendo incoherencias a su lado, el terrible dolor de cabeza, y el poco orden de la reunión, el día no estuvo tan mal. ¿Acaso contaba como consuelo?
- ¡¡Anda, hazlo!! – gritó con desesperación sacándolo de sus ensoñaciones. Ludwing largó el aire retenido con un suspiro y rogó que nadie estuviera lo suficientemente libre como para oír los gritos del italiano.
Y entonces se decidió a comenzar. Lentamente el italiano se sacó la camisa y dejó que el alemán hiciera lo suyo con sus robustas manos y el se encargara del resto.
-Ay…Alemania…no…espera…- susurraba con total placer. Ludwing no pudo evitar bufar en silencio mientras hacía lo que era debido en el cuerpo del italiano. Y no sabía como realmente había llegado allí, como era que no podía negarse al joven despreocupado que ahora tenía a su completa disposición…
- Hazlo mas abajo…es que…es ahí donde… ¡AH! – gimió una vez más. El cuerpo sudado de Feliciano mezclando el calor de la fricción y el del cálido día lo hacían ver terso y suave, como un pequeño muñequito a sus órdenes
- ¡¡Justo allí!!...¡Ay No tan fuerte que duele,Doitsu! – seguía replicándose el italiano con esa voz melodiosa con la que solía cantar las irritantes canciones. El alemán sacudió la cabeza sin darse cuenta, que sea por el calor o por otra cosa estaba completamente ruborizado, sin entender por que, Veneciano siempre le había pedido cosas como éstas.
- Creo…que ya está…¡¡por salir!!- entonces se escuchó un pequeño sonido, como un crack y un suspiro del italiano que se quedó dormido inmediatamente. Ludwing simplemente salió de la habitación con cuidado de no despertarlo (cosa que era tarea imposible de todos modos, después de eso dormiría hasta tarde). Le encantaba tomarse una cerveza bien fría luego de todo ese alboroto. Y su cuerpo sudado por el calor lo necesitaba aún más.
- ¡Eh west! Parece que te estuviste divirtiendo…¡No crees que todos los días puede ser un poco mucho para el chico? De todas maneras sabía que aún te quedaba de esa madera en tu cuerpo. Bueno no me importa, ahora debo irme. Me has incentivado para…tener una larga charla…con alguien…- dijo sonriendo en menos de lo que canta un gallo y sin darle tiempo a que el alemán terminara de entdner la primer apregunta para poder contestarla.
- Oye…¡L'amour llega, pero ten más cuidado, mon ami, el cuerpo de Italia es frágil, sabes?- Alemania tragó saliva ¿Qué demonios le estaba pasando al francés depravado?. Bueno…era francés…y depravado, no podía esperar menos de él… Decidió ignorarlo cuando corrió tras España y le dio una palmada en el trasero, y ambos corrieron cuando Gilbert les indicó que algo estaba pasando en otro lugar.
- Una cerveza helada...- pidió al cantinero con un notorio mal humor. Tal vez no era bueno con el dolor de cabeza que tenía, pero quería relajarse y esa era la única manera de hacerlo correctamente que el tenía, además de entrenar.
- Nada mejor después de eso…- opinó el cantinero antes de servirle la cerveza. Ludwing miró con descontento al cantinero, se tomó la cerveza de unos pocos tragos (vamos, la costumbre…) y se retiró a acostarse. No quería encontrarse con ningún otro país, pero le fue inevitable pasar junto al ruso y el lituano, que lo miraron divertido y asustado respectivamente.
Y lo más raro de la noche fue el cartel clavado en la puerta:
"Por favor se ruega intentar hacer ese "tipo" de "cosas" con mayor cautela y precaución para evitar molestar a otros huéspedes del edificio. Se les ruega comportarse cordialmente. Que pasen buena noche, Arthur Kirkland"
No entendía, aún luego de meditarlo una hora mientras estuvo acotado, que tenía de raro darle un masaje al pequeño italiano
