CALÉ CNA.


Capítulo 2:

¿Qué sucede, Sesshomaru?

Habían pasado ya ocho años desde que Sesshomaru decidió no permitir más que Rin duerma con él y, sus estadías en el castillo se hacían cada vez menos frecuentes.

Para desgracia de la joven, ella cumplía años en invierno, época del año que las tormentas reinaban la mayoría de las noches. Esto significaba que hacía ocho años Sesshomaru no presenciaba el cumpleaños de Rin, debido a la decisión de irse que había tomado, para no escuchar los lamentos de su protegida y controlar las ganas de estar con ella y consolarla.

Solo faltaban tres semanas para el cumpleaños número veinte de Rin, la cual ya se había convertido en una hermosa jovencita.

Su cabello azabache caía en ondas hasta la cintura, sus ojos verdes se habían intensificado, su cuerpo había cambiado: las caderas se ensancharon, las piernas se estilizaron, y se volvió más delgada. Una hermosa mujer que volvía locos a la mayor parte de la servidumbre del Castillo, incluido el Lord.

—Buenos días mi bella niña. —Sora saludó, entrando con una bandeja de comida a la habitación— ¿Cómo has amanecido hoy?

—Acostada. —Respondió Rin, de mala gana— Quiero seguir durmiendo.

—Claro que no jovencita, te vas a levantar ahora mismo.

Sora estiro las sabanas que la cubrían haciendo que la joven se levantara y fuera corriendo hasta su armario a buscar abrigo debido al frio.

—Te voy a preparar un baño mi niña y luego te dejaré la ropa sobre la cama, póntela enseguida para no agarrar un resfriado. Ya sabes que al Lord no le gusta verte enferma.

Miro a su hija humana y sonrió al notar su gesto de desagrado.

—Al terminar, baja a desayunar Rin. Y no más caras.

La joven la miró riendo, siempre la pillaba haciendo gestos.

Al salir de su reconfortante baño se vistió con un kimono de la época de su amiga Kagome. Pues era de seda, bastante suave y de una tela muy fina. Azul con flores blancas, comenzaba a cubrir desde la mitad de los hombros cayendo por los brazos en mangas anchas y que llegaban solamente hasta los codos. El escote bajaba en V hasta por arriba de los pechos ocultándolos solo lo necesario. En su cintura tenía un fino cinturón de la misma tela el cual una vez que se lo ataba en la parte de atrás, dejaba ver la perfecta cintura de Rin. Y, en cuanto al largo, era lo suficientemente adecuado para dejarla elegante y al mismo tiempo evitar que tropiece ya que era bastante despistada.

Mientras bajaba al comer principal para desayunar, reía acordándose de su nana, quien siempre se enojaba al verla usar esos kimonos tan inadecuados para la época en la que estaban viviendo, pero que a ella le fascinaban. Al cumplir los quince años de edad, Kagome le había regalado uno un poco más modesto, sin escote, para no enfurecer al Lord del Castillo. Rin había quedado tan enamorada de esa prenda que pidió a su amiga que le traiga más, aun teniendo la desaprobación total de Sora.

A Sesshomaru no le gustaba en lo más mínimo que la sacerdotisa le regale eso. Él sabía que le quedaban hermosos, pero jamás lo admitiría.

Al llegar al comedor, recibió la mirada de su Amo y del pequeño youkai verde que la había criado prácticamente.

—Pequeña mocosa… —empezó Jaken—. Llegas tarde nuevamente. ¿Acaso esa vieja youkai no puede levantarte a la hora correspondiente?

Rin tomo asiento al lado de Sesshomaru, sonriendo ante las quejas tan tempranas de su abuelo postizo.

—Y mira tu ropa, ¿Qué es eso? Te queda espantoso. —Refunfuñó el youkai.

—Buenos días abuelo Jaken —sonrió Rin, ignorando completamente el sermón que le había dado. Miró a Sesshomaru, quien se encontraba tomando el té sin prestar atención—. Amo Sesshomaru… ¿Se encuentra bien?

El no despegó la vista del papel que tenía en la mano, pero dejó de beber el té para hablarle.

—Que no se vuelva a repetir esta tardanza nuevamente Rin.

Ella se sorprendió, asintiendo sin ganas aun cuando él no la miraba.

—¿Entiendes mocosa porqué digo que tienes que dejar de ser tan malcriada? Debes tenerle más respeto al Amo que te trajo a vivir con nosotros, no puedes ser tan testaruda porque tú siemp-

—Ya cierra la boca Jaken.

El pequeño sapo recibió la amenazadora mirada de su Amo, y prefirió acatar la orden dejando de molestar a la humana que tenía en frente.

Vaya forma de comenzar el día, pensó Rin, suspirando.

Se mantuvieron en silencio, únicamente haciendo sonido con las cucharas sonado contra las tazas.

—Sesshomaru-sama… —rompió el silencio Rin. —¿Puedo preguntar algo?

—Ya lo estás haciendo.

Ella sonrió, dejando su taza sobre la mesa y enfocando toda su atención en él, quien seguía sin mirarla.

—¿Cuándo tiene que volver a irse?

—Dos semanas.

—Mmm… —ella bajó la mirada hasta el papel en la mano de él—. ¿Y tiene pensado volver en pocos días?

—No.

Sesshomaru se levantó y salió del comedor, dejando a Rin con más preguntas sin hacer.

—Abuelo Jaken ¿No tiene idea de cuando pueden volver?

—No Rin… eh digo mocosa. Aparte eso no te incumbe a ti.

Rin solo decidió callarse, ignorando el mal trato que siempre le daba él, y terminar su desayuno sin ganas.

Una vez terminado, empezó a caminar por el gran Castillo, en busca de Sora, encontrándose por el camino a un youkai.

—¿A dónde vas, pequeña princesa?

Ella lo abrazó a modo de saludo, siendo correspondida inmediatamente. Al despegarse de él, lo miró con una gran sonrisa.

—Muy buenos días señor Kenzo

Kenzo era un youkai de casi quinientos años pero de aspecto de un hombre de cuarenta años. Muy fuerte, elegante, decidido, y general del ejército del Sur. Fue la mano derecha de Inu No Taisho el cual, antes de morir, delegó en Kenzo la responsabilidad de liderar del Palacio hasta que Sesshomaru tomara el control del mismo. Cuando Sesshomaru pudo tomar el mando, Kenzo pasó a ser su mano derecha, respetando los deseos de su padre y colocándolo como general del ejercito.

Tiempo después, al llegar Rin al palacio, Kenzo supo de inmediato que la niña era sumamente especial para Sesshomaru. Al conocer más a la pequeña le tomo inmenso cariño, hasta el punto de comportarse como un padre con ella.

—¿Cómo que 'Señor'? —sonrió—. Nada se señor. Llámame por mi nombre, te lo he dicho desde que llegaste al castillo.

Rin lo miró.

—Lo siento. Es que me olvido.

El volvió a abrazarla y se mantuvieron así unos segundos hasta que la soltó, retomando por el camino que ella iba.

—Ahora dime niña… ¿A dónde ibas?

—A buscar a Sora. Tengo que hablar con ella.

Recorrieron el castillo buscando a la youkai, pero sin obtener resultados. Aun cuando Kenzo tenía sus sentidos desarrollados, no podía sentir el olor de su compañera. Dando por finalizada la búsqueda, se quedaron sentados en un banco de uno de los jardines, bajo un árbol de Sakura.

—Rin. —Ella le prestó atención—. ¿Ahora me dirás porque buscábamos tanto a Sora? ¿Necesitas algo? Tal vez yo podría ayudarte.

Vio a su hija postiza hacer una mueca de incomodidad, impacientándose por su respuesta.

—No me hago más joven esperando la respuesta Rin.

—Tampoco te haces más viejo.

Ambos rieron, sabiendo la verdad de ese comentario. Los años para los youkais parecían no pasar nunca.

Kenzo se dio cuenta de que ella intentaba dirigir la conversación para otro lado.

—¿Qué es lo que preocupa a la Señora del Palacio? —volvió a probar, esperando obtener respuesta.

—Es que…

Rin exploto en risa sin poder continuar con la respuesta.

—Lo siento Kenzo… Es que… —tomó aire, secándose las lágrimas producto de la risa—. Señora del Palacio —repitió—. Definitivamente no llegaré ni a ser la mascota del Oeste.

Siguió sonriendo por el chiste que se había hecho a sí misma, pero paró cuando se dio cuenta que Kenzo la miraba seriamente.

—¿Por qué dices eso?

Ella guardó silencio. No quería contárselo, sentía que era un pensamiento tan estúpido al que Sora ya estaba acostumbrada, pero Kenzo no.

—Eres la protegida de Sesshomaru, Rin. Eres lo más importante que él tiene. Dime que es lo que pasa por tu mente.

Lo miró, tomando fuerza y suspiro.

—Claro que no. No soy lo más importante en su vida. Él sólo… —dirigió su mirada hacia un punto fijo, sin verlo realmente—... sólo me salvó. Al querer probar su espada, creo que pensó que debía hacerse responsable por mí ya que me revivió y yo estaba sola. Con los años solo habrá aprendido a tolerar la presencia de la única humana del Castillo. Creo que más que nada, soy como un… estorbo.

Kenzo no respondió enseguida. Procesaba lo que Rin había dicho, intentando saber en qué momento exacto él y Sora habían criado tan mal de Sesshomaru para que demuestre eso a un ser tan puro como era la niña que tenía a su lado.

—¿Por qué crees que eres un estorbo?

La pregunta no tomo desprevenida a Rin, pero tampoco había pensado realmente la respuesta.

—Es que… no lo sé. El ya ni me mira. Las pocas palabras que antes me decía ahora ya no existen. Solo me habla si es muy necesario. Además, cuando le hablo él me esquiva, no contesta o simplemente se aleja de mí. Ahora ya no me afecta tanto, pero cuando era más pequeña salía a recibirlo y el cruzaba por un costado sin siquiera saludarme. Y creo que tampoco sabe cuándo es mi cumpleaños. Desde que me acuerdo, él nunca estuvo.

—Rin… —Kenzo no sabía por dónde empezar—. Él sí sabe tu cumpleaños pequeña, es solo que…

Se quedó callado al ver como salían lágrimas suaves de los ojos de Rin.

—Oh Rin… no… —Intentó poner una mano sobre el hombro de la chica, pero se detuvo a medio camino. Nunca la había consolado.

—Es que incluso que él sepa cuándo es mi cumpleaños es peor Kenzo. ¿No entiendes? —Se limpió sus lágrimas y observo al youkai—. Si él lo sabe, entonces quiere decir que ni siquiera quiere estar para la fecha más importante para mí. Mi vida es solo en pestañear a comparación de la de él, dentro de unos años ya no existiré y el aun así no quiere estar.

Kenzo nunca había hablado tanto con Rin sobre un tema así de importante. Él no tenía idea de que la información en esa pequeña cabeza corría tan rápido y se procesaba a esa velocidad. Se había dado cuenta de que lo que Rin decía tenía sentido.

—Mi niña… —acarició suavemente la cabeza de Rin—. Entiendo cómo te sientes, pero no es para que estés así. El anda muy ocupado con sus tierras y con los demás reinos. Constantemente recibe amenazas de guerra, y debe ocuparse de otras cosas. Y no olvides que tú eres su protegida, jamás dejaras de importarle y estoy seguro que no eres una molestia. De ser así, él te hubiera echado del palacio tiempo atrás.

Rin se mantuvo en silencio por un buen rato, como procesando lo que Kenzo había respondido. Cuando él creyó que ella ya estaba mejor, se volvió a sorprender mirándola abrir grande sus ojos, como descubriendo algo.

—Claro, es eso... —dijo Rin, como respondiéndose a ella misma—. Él me tiene asco. Después de haber vivido mucho tiempo entre youkais se me había olvidado que soy una insignificante y débil humanacomo él dice.

—Rin ¡¿Él te ha dicho que eres una débil e insignificante humana?! —Al no responder, el la miró duramente— ¡Respondeme, Rin!

—¡No! Él no me dijo eso. Pero siempre se refiere a mi especie con ese tono despectivo.

—Oh por todos los dioses. Sesshomaru me conocerá en un rato. —Guardó silencio y volvió a mirar a Rin—. Mi pequeña… —detuvo sus palabras. Sintió el olor del príncipe y sonrió ligeramente para continuar hablando, sabía que él los había estado escuchaba–. Tú no eres insignificante, eres una humana hermosa, alegre, fuerte y que tiene muchos demonios que te quieren y te tratan como si fuera una youkai más del palacio y te protegen. Aquí a nadie le interesa si eres humana, todos te quieren porque no tienes maldad dentro de ti.

Rin sonrió, estaba feliz de aquellas palabras. Al final, no había resuelto nada de la conversación pero sirvió para levantarle el ánimo.

Kenzo se levantó, con intensión de volver a sus actividades, cuando Rin lo detuvo suavemente agarrándolo del brazo.

—¿Necesitas algo más?

Ella lo soltó. —Una última pregunta.

—Dispara, princesa.

—Yo… ¿Tengo feo olor? —se ruborizó un poco al preguntar, pero sentía que debía hacerlo.

—¿Alguien te dijo eso?

—No exactamente. Hace unos años, cuando Sesshomaru-sama me dijo que no podía dormir más con él, fue porque Sora le dijo que mi olor era distinto y que debían cuidarme.

Kenzo sonrió, sabía perfectamente a que se refería Sora.

–No mi niña, no tienes ningún olor feo. Tu esencia es la más agradable de todo este Castillo.

Rin lo abrazo fuerte prendiéndose de su cuello, luego le agradeció por la charla y comenzó a correr hacia la puerta del Castillo, encaminándose a su habitación.

Kenzo esperó que ella este fuera del alcance, y avanzó hasta donde se encontraba Sesshomaru mirando el paisaje del jardín.

—Sesshomaru… has escuchado.

—Cierra la boca.

El youkai mayor se posicionó de frente al príncipe y sonrió.

–Sesshomaru, Rin ya no es una niña, tiene diecinueve años. Y por más que tenga espíritu divertido y juvenil, hay momentos en los que se comporta como la Señ-

—No te atrevas a decirlo.

Kenzo guardó silencio durante unos segundos, pero su picardía pudo más.

—…Señora del Oeste.

Vio a Sesshomaru endurecer sus facciones y dio gracias a los Dioses, de que él no pudiera matarlo, porque estaba seguro que Sesshomaru lo hubiera hecho sin pestañear.

—Ya déjate de decir estupideces. Rin jamás gobernará a mi lado.

El comentario proporcionado por el Lord y la seguridad con la que lo decía, solo sirvió para hacer enojar mucho más a Kenzo.

—No seas ingenuo. Ni tú mismo te lo crees niño.

—Deja de ser tan insolente Kenzo. Soy tu Lord. —Vio a Kenzo sonreír.

—No soy insolente, mi Lord —remarcó con ironía—. Sabes que lo que digo es cierto. Rin algún día estará a tu lado, y espero que te des cuenta de eso antes que los años avancen tanto para ella que ya no quede más que su recuerdo.

Sesshomaru lo miró, suavizando la mirada. —No soy como el ingenuo de mi padre.

—A veces me gustaría que lo seas. Dio su vida por su hijo y por la mujer que amaba.

—Eso no lo mantuvo vivo.

Kenzo sonrió. —Claro que no. Pero estoy seguro que si no lo hacía, jamás iba a poder vivir con su conciencia al saber que no hizo nada por la mujer que más amo en vida, y aún la sigue amando después de muerto.

El General dio por terminada la conversación, retirándose sin dejar que Sesshomaru responda, aun cuando sabía que algo tendría para decirle.

El Lord del Gran Castillo se quedó mirando un punto fija en la nada y, aun cuando intentaba no hacerlo, no podía evitar pensar. Kenzo no se equivocaba del todo. Rin no se hacía más joven, y los años pasaban volando para ella. No hace mucho la llevaba a dormir con él, y en un pestañear de su vida tuvo que empezar a evitarla.

Rin estaba en la edad de tener una pareja, hijos, formar una familia. ¿La tendría que entregar a otro? ¿Dejarla que se vaya a vivir a las aldeas? Dentro del Castillo, ella jamás tendría una familia propia. Él no se la daría. Iba contra sus principios.

Pero... ¿También iba contra sus deseos?