Las formas y los colores eran completamente iguales para Mikasa, todo se había reconvertido en un borrón gris que llenaba la estancia. Ante su estado catatónico sus superiores la habían dejado abandonada junto a los supervivientes de la caída del muro Rose en uno de los campamentos para refugiados. Apenas habían transcurrido unas horas y sin embargo parecía como si los años se interpusieran entre la última vez que vio a Eren y ahora.
–Tenía que haber ido con él cuando se lo dije –explicó.
Armin estaba a su lado y sin embargo la chica no parecía hablar con él, sino colocar sus pensamientos en voz alta.
Alrededor de ambos decenas de llantos, ruidos de movimiento continuo y gente que gritaba en busca de sus amigos y familiares, un infierno en vida que Armin no pensaba tener que volver a vivir como lo había hecho ya hace apenas un lustro ¿tan efímera había sido el tiempo de paz de aquel lugar?
–No sobreviviría sin mí, se lo dije –siguió hablando Mikasa con la mirada perdida –. Su madre lo sabía, yo lo sabía.
–No podías hacer nada Mikasa –dijo Armin con un tono de voz desesperanzador en sus palabras –. La culpa fue mía –añadió–, si no fuese tan débil Eren no tendría que haber venido a salvarme y ahora ambos estaríamos bien.
A Armin le dolía ser el culpable de esa escena, si Mikasa seguía así, aquel día habría perdido a dos amigos. Y todo sólo porque él era débil. ¿A dónde había ido la fuerza de la chica que escasas horas antes mantenía a pesar de conocer el destino de Eren? ¿Quizá no había terminado de creerse la muerte del mismo?
Apretó los puños con fuerza hasta clavarse las uñas en él. No iba a llorar, tenía que mantenerse fuerte, por Mikasa.
La chica giró la cabeza con un movimiento suave hacia su amigo de la infancia.
–Tú ya nos salvaste una vez a Eren y a mí. No ha sido culpa tuya, yo soy la que no ha podido hacer nada por nadie.
–¡Mikasa! –Gritó Armin.
Justo entonces, la puerta de tela que separaba los pequeños habitáculos de los refugiados se abrió, dejando paso a un chico bastante bajo y con profundas ojeras que entró sin pedir permiso alguno y con un rostro tan serio que la atmósfera se oscureció un poco más si aún podía hacerlo.
–Supongo que sois Mikasa Ackerman y Armin Arlert ¿verdad?
Ambos afirmaron con la cabeza.
–Yo soy el comandante Levi, del Cuerpo de Exploración.
Pese a su presentación tanto Armin como Mikasa ya conocían a aquel hombre. Ambos cuando eran más pequeños habían corrido a verle a él y al resto de exploradores tras sus incursiones en el territorio Titán. Los dos recordaron la gran admiración que tenía Eren hacía aquellas personas y se mantuvieron callados, Armin por respeto, Mikasa porque no era capaz de hablar.
–No estaba presente cuando el muro ha caído. Pero creedme cuando os digo que he vivido situaciones igual de desesperantes. El comandante Erwin me ha mandado órdenes precisas de llevaros a ambos ante el ejército de emergencia que estamos preparando para efectuar un golpe lo más rápido posible.
–¡Pero eso es un error! ¡La última vez que los humanos intentaron contratacar para recuperar el perdido muro María un tercio de la población humana cayó! –Gritó Armin con osada fuerza poniéndose de pie.
Levi le miró y a continuación clavó los ojos en Mikasa, como si las palabras de Armin le hubiesen entrado por oído y salido por el otro sin dejar ni rastro del mensaje en su interior.
–Mikasa parece ser que has sido la primera de tu promoción este año. Algunos dicen que incluso superas a muchos otros de cualquier otra promoción. No sé a dónde querías ir una vez terminado tu adiestramiento, pero me veo en la necesidad de obligarte a que nos ayudes en la lucha.
Las palabras fluyeron por el lugar. Armin seguía mirando a los dos con los puños apretados. Mikasa por su lado no dijo ni palabra, ni siquiera levantaba la cabeza.
–Ya veo –chasqueó la lengua Levi–. Vuestros compañeros de la Tropa de reclutas número ciento cuatro me han dicho que Eren Jaeger, tu hermano adoptivo, ha caído en esta batalla… Salvándote –añadió mirando a Armin.
Armin abrió la boca para decir algo, pero la cerró instantes después. Al fin y al cabo aquellas palabras eran ciertas.
–Te necesitamos Mikasa. Y si quieres que la muerte de Eren no sea en vano, deberás sobreponerte, unirte a mí y darle un sentido a todo lo que ha ocurrido.
Mikasa parpadeó, como si fuese la primera vez que despertase tras el más largo de los sueños. Por primera vez desde que hubiese llegado allí miró fijamente a Levi aguantándole la mirada.
–¿Qué vamos a hacer? –Preguntó.
Las sombras de Levi se atenuaron débilmente y por fin se dirigió hacia Armin.
– Armin Arlert, me han contado que al parecer tus ideas son realmente buenas, aún discrepo, pero quiero que vengas con nosotros ante Erwin.
Armin aceptó.
La batalla continuaría.
