N/A: Gracias a todos los que habéis leído la primera parte. Y sobre todo a los que dejásteis un comentario. Aquí tenéis el desenlace
Dedicado con cariño a Helena Dax por su primer CUMPLEFANDOM y por todos los buenos momentos que me ha hecho pasar con sus historias. Espero de verdad que cumplas muchos más ¡FELICIDADES!
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CAPÍTULO II
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La melodía que acompañaba a los tonos de teléfono en el móvil de Ron tenía toda la pinta de ser una canción de las renacidas Spice Girls. Si Harry no hubiese sabido que al hijo de Bill le encantaba gastarle bromas a su tío, habría empezado a pensar que la conjura gay estaba extendiendo sus garras hasta límites insospechados. Al quinto tono, la voz somnolienta de Ron suplantó a los gritos estridentes de Victoria Beckham.
- ¿Mmmsí?
- ¿Estabas durmiendo, estrella?
- ¿Harry¿Qué demonios…? - después de unos ruidos que indicaban que Ron estaba manoteando la mesilla en busca del despertador, vino el resoplido de indignación - ¡Son las nueve de la mañana!
- Sólo quedan seis horas para que os concentréis, entonces.
- Si no me hubieras recordado eso, te habría colgado. ¿Qué pasa, tío?
- En realidad, iba a avisarte de que esta noche no podía veros. Pero mientras marcaba he visto en Internet la lista de convocados del Everton y tu nombre estaba por ahí en medio. Así que supongo que las cervezas de esta noche se cancelan.
- Claro, a no ser que quieras ir con Hermione.
- No, en serio que ya tengo planes.
- Vaya, vaya… ¿quién es ella¿No estarás volviendo a tirarle los tejos a mi hermana?
- Ya sabes que lo de Ginny y yo se acabó, Ron. Te hice una promesa.
- Sí, que dejarías de joderla. En todos los sentidos de la palabra.
Un "¿Es Harry?"adormilado, se oyó por detrás.
- ¿Estás con Herm?
- ¿Tú que crees? Esta noche estaré concentrado. Y él tiene una cita…
- ¡Ron!
- No pensabas que iba a callarme eso¿verdad, tío? - el teléfono dio unos crujidos antes de cambiar de mano.
- ¡Me alegro mucho por ti, Harry¿Alguien del trabajo?
- Bueno…
"No puede ser. ¿No te acuerdas de que en su oficina no hay chicas?"
- Pero tal vez sea un chico, Ron.
- ¡HERMIONE!
- Harry, ya sabes que a mí no puedes ocultarme nada, cariño.
Una batería interminable de preguntas después, Harry colgó el teléfono sintiéndose un poco mareado. Oficialmente tenía una cita con Aaron Carter (no estaba seguro de no haber escuchado ese nombre antes), el simpático cartero con el que había entablado amistad y, un poco más tarde, una especie de coqueteo nada inocente.
Oficialmente.
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De forma extraoficial, Harry estaba a las puertas de la tienda Virgin de Picadilly Circus, vestido con la ropa de su novena tentativa y con un poco más de gel en el pelo que de costumbre. Las manos le temblaban de una forma poco saludable que habría hecho la competencia a la misma señora Higgins. Aún quedaban diez minutos para las nueve y Harry no sabía si entrar o seguir esperando fuera congelándose la nariz con los apenas dos grados de temperatura ambiente. Cuando a lo lejos creyó atisbar a Draco en manga corta, resolvió su conflicto interno. El rubio caminaba por el pasillos de rock internacional seguido por dos adolescentes que iban radiografiándole con total descaro el culo. Cuando Draco les tendió sonriente el CD que buscaban, Harry casi pudo sentir la punzada de excitación que recorrió a las dos.
Mientras hacía caja, Harry se dio cuenta de que también Draco llevaba el pelo diferente, engominados algunos mechones. Se fijó en la cadena que colgaba en el lateral de su vaquero, en la pulsera ancha de cuero negro que llevaba en su muñeca derecha, y en que había cambiado los zapatos más serios por unas bambas negras y plateadas. Estaba tan guapo que el CD de 30 Seconds to Mars que Harry iba a poner en la estantería, cayó al suelo.
- Ey, letrado. Si rompes algo, tendrás que pagar.
Harry colocó el rescatado CD en su sitio y sonrió algo azorado.
- ¿Con el 30 de descuento?
Draco le guiñó el ojo y dio dos toquecitos satisfechos en su reloj.
- Por fin soy libre. Me cambio de camiseta y estoy contigo.
La nueva camiseta resultó ser de tela negra con extraños dibujos plateados, combinando al cien por cien con sus bambas. Puede que el snob se hubiese modernizado, pero jamás había muerto. Sin embargo, aún oculto por su eterno abrigo, pocas miradas en el Soho se resistían a recorrerle de arriba abajo. Harry se acercó un poco más a él, como queriendo marcar un territorio que ni siquiera sabía que quería conquistar hasta hacía muy poco.
- ¿Adónde vamos?
- Al Duncan. ¿Lo conoces?
- No, nunca había venido antes por aquí.
- Ya me parecía… Ellos también lo intuyen.
- ¿Ellos?
- Mírales, Harry. No te quitan los ojos de encima.
Harry prestó un poco más de interés esa vez y tuvo que admitir que no todas las atenciones se perdían en Draco, sino que algunas eran compartidas entre ambos y otras tantas recaían solo en sí mismo. Su ego dio un respingo satisfecho.
- ¿Así que al Duncan?
- Sí, es un pub pequeño en el que se puede cenar bien y tomar unas cervezas tranquilo. Los demás nos están esperando.
- Draco¿cómo son? Cuéntame algo de ellos.
Una chispa de travesura brilló en los ojos grises.
- Prefiero que los veas por ti mismo.
Dos horas más tarde, Harry sabía por qué lo había dicho. Aquellos tres chicos eran el grupo más variopinto y excéntrico con el que jamás había estado. Simon era alto y musculoso, al estilo de Crabbe y Goyle, tosco y de voz muy grave, aunque era tan parco en palabras que Harry casi no había podido escucharle. Bebía cervezas a un ritmo inversamente proporcional a la fluidez de su lenguaje. Alan tenía toda la pinta de haber reemplazado a Blaise Zabini al lado de Draco. De rasgos latinos, mirada inquisidora y capaz de coquetear, si fuese necesario, con la misma jarra de cerveza. Llevaba todo el tiempo lanzándole los trastos a un tipo de la barra que no dejaba de sonreírle, esperando su permiso para abalanzarse sobre su entrepierna. Sin embargo, Alan lo mantenía magistralmente a raya, asegurando con rotundidad que "los amigos y los polvos ajenos no se mezclaban" y que "la charla del Duncan era sagrada".
Sin embargo era Tommy el que se llevaba todas las papeletas de "reinona de la mesa". Embutido en cuero negro y en una camiseta con todos los tonos de fucsia imaginables, con el pelo rubio como Draco, (gama Garnier nº 23) no sabía hacer nada sin aspavientos. Era la única persona que Harry conocía que gritaba, reía y hablaba a la vez, y era incapaz de hacer cualquiera de esas cosas de una en una. Pedía Mai Thai y Long Island Ice Tea en vez de cerveza. Tenía un novio en Irlanda, otro en Canterbury y esa noche había quedado en verse con su amigo londinense con derecho a roce. Y con toda la seriedad del mundo, se declaraba fiel.
Con todo eso, sentado al lado de Draco y bajando una cerveza tras otra, Harry tuvo que reconocer que se lo estaba pasando realmente bien. Cuando salieron a la calle y Draco le pasó el brazo por los hombros, no dudó en rodear su cintura y comprendió un poco más a aquellas dos adolescentes de la tienda de música. Ninguno de los dos dijo nada. Se dedicaron a avanzar agarrados hacia la siguiente parada, con los gritos de Tommy a sus espaldas hablando con su novio de Irlanda o de Canterbury. Detrás de Alan, a un par de metros prudenciales, caminaba su presa.
El Budda era la discoteca de moda del momento. Cuatro pisos, ambiente exclusivo reservado sólo a hombres, pantallas gigantes, DJs residentes de fama internacional y el mejor juego de luces de toda Europa. Para la mayoría de los chicos que la frecuentaban era el mayor escaparate de carne de todo Londres.
Como habían llegado temprano, pudieron sentarse en una de las mesas cercanas a la pista del primer piso. El camarero les trajo enseguida las bebidas, y de repente eran seis a beber y no cinco y habían conocido a Mathew, venido de Liverpool, profesor de matemáticas, dueño de un cuerpo bien trabajado y conquista oficial de Alan aquella noche. Los dos no tardaron en perderse por uno de los muchos rincones oscuros del Budda.
- A eso le llamo yo rapidez. Y luego yo soy la zorra del grupo.
- Tommy, repítemelo cuando volvamos a casa.
- Dray, cariño, puedo pasarme una noche sin follarme a nadie.
- De eso estoy seguro, pero no sin que te follen.
- ¡Idiota!
Salpicado por las gotas de Piña Colada que iban dirigidas a Draco, Harry se echó a reír a carcajadas. El alcohol se le empezaba a subir peligrosamente, pero no le importaba. Podía sentir el muslo de Draco apoyado contra el suyo en el cómodo sofá, y era consciente de que no habían dejado de tocarse desde que habían salido del Duncan. No se habría movido por nada en el mundo. No obstante, las ganas de mear se estaban volviendo inaguantables.
- Si me disculpáis, voy al servicio.
- ¿Quieres que…
- Harry, cariño, voy contigo. Así aprovecho para fichar al personal.
Draco volvió a recostarse en el sofá, mientras veía cómo su ofrecimiento era eclipsado por la rutilante presencia de "doña Buscona". La misma que ya cogía a Harry de la mano y se lo llevaba a dar un enorme rodeo hasta el baño. Simon le dio unas palmaditas en la rodilla y sonrió como si conociera una verdad incontestable.
- Me estás preocupando, Draco. Te veo pillado.
Draco apuró su copa hasta el fondo y suspiró. Simon seguía siendo el más perspicaz del grupo; aunque, por el momento, su intuición resultaba ser bastante discreta.
- Te gusta¿no es cierto? El compañero de instituto por el que todos nos pillamos alguna vez y al que nunca volvemos a ver. Pero tú has tenido más suerte, amigo.
- En realidad, en el instituto le odiaba. Nunca fuimos amigos, discutíamos todo el tiempo. Vivíamos para jodernos la existencia, básicamente.
- Y ahora queréis joderos a conciencia.
Draco bebió de la copa que había dejado Alan a la mitad y no pudo evitar sonreír.
- Puede ser…
- ¿Puede? Se os nota a leguas. El ojos verdes babea cada vez que te mira. Hasta Alan prefirió enfocar hacia la barra cuando vio que no tenia nada que hacer con él. Está claro que esta noche me voy solo a casa.
- De eso nada, amigo - Draco se levantó y cogió a Simon de la mano - Ahora mismo nos vamos a la pista y conseguimos que media docena de esos niñatos se peguen por acompañarte.
Ya había dos contrincantes en el ring de Simon cuando Harry volvió a la mesa. Tommy se había quedado en el camino, después de encontrarse con su amigo con derecho a mucho más que roce, y Alan aún no daba señales de vida. Cuando Harry dirigió su mirada hacia la pista, Draco apareció ante sus ojos como un rastro oscuro y plateado bailando a cámara lenta entre los láser verdes y azulados. Un rastro que de repente le estaba taladrando de gris desde la pista y le provocaba a acercarse. Harry supo que había llegado el momento más difícil de todos.
Siempre había sido un pato bailando, fuera el estilo que fuera. Sin embargo, cuando llegó al lado de Draco, pegarse a su cuerpo y mover con un poco de estilo las caderas no pareció ser tan complicado. Sobre todo, cuando las manos del rubio le guiaban suavemente, apoyadas en su espalda y tocándole con la misma sensualidad con la que tocaban las teclas. Harry supo que podría empezar a sonar en cualquier momento. Retuvo la primera nota al borde de sus labios, pero la segunda se filtró en un leve gemido cuando los labios de Draco aletearon en su oreja.
- ¿Estás pasándolo bien?
- Mucho.
- No sabía si estarías cómodo. Los chicos son bastante especiales y aún no estaba seguro de que fueses…
- ¿Gay?
- Sí.
- Si te consuela, yo tampoco estaba seguro hasta hace un par de años.
- ¿Ah, no?
- No.
- ¿Y ahora sí lo estás?
- Sí.
La música cambió a una melodía más potente y machacona, pero ellos cada vez se movían más despacio. Harry alzó sus brazos hasta los hombros de Draco y jugueteó con las puntas de su pelo, acariciando despacio la suave piel de la nuca. Se sentía con un nivel de coordinación despampanante, e hizo una rápida nota mental: "beber muchos combinados antes de bailar en la boda de Ron y Hermione".
- Prefiero tu música.
- No creo que esto fuera lo mismo entre notas de Chopin. En el cuarto oscuro aún prefieren follar al ritmo del techno.
- Eso es porque están hasta las cejas de todo y no saben ni a quién se la meten.
- Uyyy, ten cuidado. Te veo heterosexualmente romántico, Potter.
Harry detuvo todo movimiento y enfrentó los ojos de Draco.
- Ése es el prejuicio más tonto que se puede tener contra los homosexuales. No todos somos Tommys o Alans.
- Es sexo, Harry. Gays o heteros, a todos nos gusta.
Harry metió su pierna derecha entre las de Draco y deslizó sus labios por la mejilla pálida hasta llegar a la oreja.
- Pero a algunos nos gusta acompañarlo de otras cosas.
- ¿Como cuáles?
Una de las manos de Draco descendió por su espalda en busca de una nota mucho más baja, y la otra se enredó en su pelo. Los labios de Harry deshicieron el camino recorrido y rodaron despacio hasta la comisura de la boca de Draco.
- Como…
- ¡ERES UN CABRÓN, DRACO MALFOY!
Ambos se despegaron sobresaltados para encontrarse con la cara cabreada de Tommy en primer plano. Si a Harry le quedaba alguna duda de que fuese una reina del drama, en ese momento vio relucir su corona. Con más pose que fuerza, había empujado a Draco separándole de sus brazos. A través de la música, Harry pudo percibir parte de lo que estaba diciendo.
- ¿Por qué no me dijiste que también te lo habías follado¿Es que no podéis dejar a ninguno en paz?
- Tommy…
- ¡ESTOY HARTO¡Dejad de una puñetera vez vuestra maldita competición, joder!
- No sé de qué hablas.
- Claro que lo sabes, capullo. Alan y tú sois iguales. Siempre demostrándoos que podéis ligar más, mejor y más rápido que el otro. ¡Así que enrollaos de una vez y DEJAD AL RESTO EN PAZ!
- To…
- ¡NO¡CÁLLATE! Y tú, Harry, si eres inteligente apártate de ellos. No te traerán nada bueno y dentro de una semana serás una muesca más en su ridícula lista de cazados.
Con un giro exageradamente trágico, Tommy se dio la vuelta y salió de la pista. Harry hizo un esfuerzo por controlar una carcajada. La situación le había parecido histriónica y el alcohol le hacía tomarse todo a risa. Pero la expresión de Draco le advertía de que no era un momento para bromas. Se acercó a él y trató de alegrarle la cara.
- Tenías razón, hay chicos muy melodramáticos.
Draco asintió sin tan siquiera devolverle la sonrisa. Volvieron a bailar, pero ya más separados. Cuando vieron a Simon y Alan regresaron a la mesa, aunque sus muslos no volvieron a rozarse. A la media hora, Draco fue víctima de un cansancio repentino, y cinco minutos después Harry volvía en taxi a casa.
Al día siguiente, se sentía un auténtico estúpido.
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Se lo había dicho Mark, o puede que Paul. Entre aspirina y aspirina para disipar su odiosa resaca, Harry intentaba recordar cuál de sus ligues fugaces de fiesta universitaria le había asegurado que los maricones no se enamoraban, que todo se trataba de sexo. En aquel entonces le había parecido que alguien que usaba la palabra maricón para definirse no podía ser muy de fiar. Después, varias experiencias frustradas con chicos que habían resultado demasiado promiscuos, o demasiado "animados" para alguien que pasaba horas y horas frente a libros de derecho, habían sembrado una duda razonable en su interior. Desde la noche pasada empezaba a pensar que era cierto.
No es que él se hubiera enamorado de Draco. Siete días en contacto con su nueva personalidad le parecían muy poco tiempo para hacerlo. Sin embargo, no podía negar que le gustaba y que no le había costado nada imaginarse en varias situaciones que iban irremisiblemente asociadas a una relación estable. Paseos hasta Picadilly para recogerle a la salida del trabajo, dos perritos calientes del puesto callejero de Trocadero, una peli en el cine Odeon, unas cervezas en aquel pub tan acogedor camino a Leicester Square, miles de conversaciones que acababan en una batalla de besos para elegir a qué casa irse a dormir, o cientos de sándwiches y platos de comida precocinada al borde de un piano de cola.
Claro que también pensaba en el sexo. De hecho, tenía muchísimas ideas de cosecha nocturna y mano derecha para poner en práctica con Draco. Lo hubiese hecho la noche anterior. En realidad, llevaba ansiándolo desde el primer movimiento de Chopin del lunes. Deseaba a Draco como no había deseado a nadie nunca, pero tenia muy claro que no quería quedarse solo en eso. Harry podía salir a quemar la noche y a vaciar las bodegas londinenses, pero no renunciaba a manta en el sofá, abrazo cariñoso y lluvia de fondo repiqueteando en el cristal. Y por supuesto, jamás compartiría lo que era suyo. Jamás.
Definitivamente, Draco no parecía encajar en ese esquema de vida. Por mucho que le volviese loco.
Asistir al partido del Everton el domingo fue una agonía para Harry en todos los sentidos. Su resaca había cedido sólo en parte, y algunos ecos lejanos de whisky y cerveza parecían todavía gustosos de bombardear su cabeza cada vez que los hinchas jaleaban a su equipo. Hacía un frío de mil demonios y lo más cerca que había estado Ron del campo fue cuando saltó a hacer el rondo en el descanso. Además, y sobre todas las otras cosas, le acompañaba Hermione; lo que significó un par de horas de preguntas a las que Harry no quería ni podía responder, y que sólo pudo acallar con mentiras.
Oficialmente, la cita con Aaron Carter había ido de maravilla.
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Al menos, el lunes demostró a Harry que el dicho "Dios aprieta pero no ahoga" tenía ciertos visos de ser verídico. Por primera vez, ante la vuelta de la secretaria de baja, se sentó en una mesa que no era la de recepción, y recibió un expediente de un caso menor para redactar el alegato final. La alegría profesional le distanció un poco de su debacle emocional. Y fue de nuevo el trabajo el que le salvó cuando tuvo que afrontar la decisión de subir o no a ver a Draco. Con el alegato terminado en su portafolios y el sándwich en la otra mano, Harry se encaminó a los juzgados. Mitad arrepentido, mitad aliviado.
El martes amaneció en medio de una niebla densa que dio paso a un cielo plomizo y a una lluvia fina que no parecía poder detenerse. Draco salió de la Virgin, corrió hasta la boca del metro y dejó caer la máscara con la que había trabajado toda la mañana. La falsa sonrisa fue suplantada por un ceño fruncido y un gesto de pesadumbre que Draco nunca se hubiese permitido en público, pero era del todo sincero. Los últimos dos días habían sido para él un auténtico asco.
Después de pasarse gran parte del domingo lamentando no haberle pedido el número de móvil a Harry, había dedicado el resto del tiempo a ver cine en blanco y negro, tumbado en el sofá y rescatando frases de Clint Eastwood y Marlon Brando para redondear un discurso de disculpa que no finiquitaba su escasa capacidad emocional. Jamás pudo saber si el resultado era convincente, porque Harry no subió el lunes a oírle tocar el piano.
Draco tuvo que reconocer que ya se lo había esperado. En realidad, estaba seguro de que el futuro abogado sólo había seguido siendo cordial con él después de la escena de Tommy gracias a la elevada tasa de alcohol que llevaba en sangre. El Harry que él conocía, el sobrio, justo y noble, se habría marchado a casa al segundo siguiente. Por eso había intentado facilitarle las cosas largándose él antes.
¿Cómo podía haber olvidado la clase de pareja que era Harry? Había salido con dos chicas en el instituto y las había colmado de atenciones. Él mismo se había burlado de su desusado romanticismo en muchas de sus peleas. La forma más fácil de hacerle saltar en el bachillerato había sido meterse con su chica o con su fachada de novio hortera.
Pero Draco no era una nena. Él salía, ligaba, se enrollaba con el tío bueno de turno, y volvía a casa con el cuerpo satisfecho y la independencia intacta. Y era bueno en eso. Condenadamente bueno. Lo que era mucho más de lo que podía decir de su habilidad para las relaciones sentimentales. Sin embargo, Harry había dicho que quería más cosas que sexo y él sabía a qué se refería. Porque, de vez en cuando, él también las quería.
Al principio había hecho gala de su soltería. Mientras Blaise y Theo reincidían en citas con Pansy y Lisa, él alardeaba de cada nueva conquista de sábado noche, inventándose muchas veces el nombre del chico que había olvidado al subirse los pantalones. Al cabo de unos meses, sus amigos de siempre empezaron a preocuparse por su ritmo de vida, y Draco se dedicó a presumir con su nueva pandilla. Alan captó enseguida su atención. Enarbolaba la teoría de que los gays no nacían para comprometerse, y Draco encontró más fácil creerla que desmentirla. Hasta hace diez días, nada ni nadie en su vida le había hecho replantearse su postura. Pero ahora, (¡oh, milagros de la naturaleza!) estaba dolido porque un gay romántico y hortera no había acudido a una cita tácita en su piso a mediodía.
Cuando quedaba un minuto para la llegada de su metro, decidió irse a comprar una revista. El siguiente tardaría siete minutos, y le daba el margen suficiente para llegar a casa justo en el momento en que la actividad en el Bernies and Martin´s paraba para la hora de la comida. No pensaba dejar que ese día Harry también se escabullese. Le quería en su piso, con sus sándwiches envueltos en papel de aluminio y sus ojos verdes brillando de emoción ante el piano. Aunque no supiera muy bien qué venía a significar eso ni quisiera preguntárselo. Al girar la esquina de su calle, vio la bandada de letrados en traje y abrigo largo, dirigiéndose ordenadamente hacia los bulliciosos restaurantes de la City. Ninguno de ellos era Harry.
Él estaba allí, al fondo, sentado en su mesa bajo la luz del foco halógeno, en mangas de camisa y con la corbata torcida. Resoplándole de repente al documento que redactaba y mirando pensativo al techo al segundo siguiente. Draco estuvo tentado a entrar o a golpear el cristal a través del que le miraba para que también le viese, pero uno de los abogados más rezagados se encargó de eso.
- Ey, Harry ¿le conoces?
La mirada de Harry se levantó con brusquedad y siguió la dirección que le señalaba su compañero, hasta encontrarse con Draco.
- Sí… sí. Es amigo mío. Cierra con llave, yo también voy a salir.
- Correcto.
Anthony Pearl y sus "correctos". Harry cogió el abrigo y el portafolios y salió del bufete, tratando de ignorar la cálida sonrisa con la que Draco le estaba esperando.
- Hola.
- Hola, Harry. Como ayer no viniste, bajé a buscarte.
- No habíamos quedado.
Harry echó a caminar por la acera sin esperar a que le siguiese.
- No, pero bueno… di por supuesto que…
- Tuve trabajo. Por fin se han dado cuenta que soy abogado.
- Vaya, enhorabuena. ¿Ya fuiste a algún juicio?
- Sólo papeleo, de momento.
Draco vio cómo Harry pasaba su portal de largo.
- Espera¿adónde vas?
- A comer en el parque.
- ¿No vamos a mi casa?
Una parte de Harry quería seguir haciéndose el ofendido. Otra, sabía perfectamente que no había pasado nada entre ellos para comportarse de esa forma. Al menos, nada más allá de su desilusión sobre ciertas facetas de Draco que él había supuesto distintas. En realidad, el rubio no tenía culpa alguna de sus paranoias mentales.
- ¿Quieres que suba?
- Claro, vamos. Pondré una pizza en el horno y tocaré el Nocturno de Chopin, tu favorita.
Harry le siguió sin decir nada. Diez minutos más tarde, sentado en el sofá y viendo a Draco interpretar la pieza, tuvo que reconocer que sí era su favorita. Pero no por los motivos que Draco creía. No tenía nada que ver con la música, o quizá sólo en una pequeña parte. Era algo más. Eran los cinco preciados segundos en los que Draco permanecía con los ojos cerrados, con el eco de la última nota reverberando en las cuerdas del piano, y en las paredes, y en sus oídos; y esa mirada cargada de emociones que quedaba en sus ojos cuando los abría, cinco segundos más, antes de esfumarse. Era soñar con lo que ahora sabía que nunca tendría. Y eso le enfadaba aún más.
- ¿Te ha gustado? Sigo diciendo que es demasiado romántica, Harry.
- Tú qué sabrás de eso…
Había sido sólo un murmullo entre dientes, pero Draco lo había escuchado. Sin embargo, el rubio decidió que sacar la pizza del horno era mejor idea que contestarle. Un completo error cuando uno está frente a un abogado dispuesto a acribillarle.
- De todas formas¿por qué la tocas¿No es necesario que el artista sienta lo que hace?
Draco volvió al salón con las manos vacías.
- ¿Te ha parecido poco sentida mi interpretación?
- Me ha parecido simplemente eso, una interpretación. Como todo lo que tú haces.
- ¿Interpretar?
- Ser un falso.
La campanilla del horno sonó en el tenso silencio que provocó tal afirmación. La mandíbula de Draco se tensó un poco, pero más allá de eso pareció seguir teniendo el poder de controlarse, algo de lo que Harry estaba ya muy lejos.
- Harry, si tienes algún problema conmigo. ¿no sería mejor que me lo dijeses? Si esto es por lo del sábado…
- Es una pena que Tommy se fuese de la lengua¿verdad? Te jodió el plan.
Draco apeló a sus últimos restos de paciencia, pero ya era muy tarde. Su bilis más cáustica hervía en su interior, surtiéndole del veneno que escupirían sus labios.
- Si el plan tenía que ver contigo, no parecías muy dispuesto a impedírmelo. Aún después de lo de Tommy.
Harry enrojeció hasta las puntas del pelo, de una forma muy parecida a la que lo hacía en el colegio.
- Eres un cabrón, Malfoy. No sé por qué pensé que podías haber cambiado. Ni como pude imaginarme que tú y yo…
- Que tú y yo¿qué?
Harry cogió el portafolios y el abrigo.
- Déjalo. No buscamos lo mismo.
- ¿Y cómo lo sabes?
- Créeme, quedó bastante claro el sábado.
- Eres cojonudo. Crees a pies juntillas lo que dice alguien que acabas de conocer. Y a mí no me das la oportunidad de explicarme. ¿Por qué no me lo preguntas?
- Lo que dijo Tommy¿es verdad?
Draco cruzó los brazos y frunció el ceño.
- Ésa no es la pregunta.
- Claro, Draco, claro…
- ¡No lo entiendes, idiota! Puedo estar buscando lo mismo que tú. Sólo que en vez de esperar en casa entre libros de derecho, yo lo hago divirtiéndome en el Soho.
- Dirás follándote a todo lo que se menea.
- ¡Como me dé la gana! Y no eres nadie para juzgarme. De momento, eso no lo penaliza la ley, letrado.
- ¿Sabes qué te digo? Que todo esto ha sido un error. Nunca debí preguntarme quién tocaba este maldito piano, y cuando supe que eras tú¡tenía que haber salido corriendo!
- ¡Adelante! No estás secuestrado. Si tanto te arrepientes, puedes marcharte cuando quieras. Ya hemos perdido bastante tiempo.
Con dos bufidos bastante similares, Harry se encaminó a la puerta y Draco se sentó al piano. Las rápidas notas de la Marcha Turca de Wagner llenaron la sala, acallando el lejano portazo, y Draco se dedicó a aporrear las teclas dejando fluir de las yemas de sus dedos toda su frustración y su enfado. Los ojos le picaban detrás de los párpados, dolían en los extremos como si una presión interna estuviese deseando arrancárselos. El nudo en su garganta también escocía, pero Draco se juró a sí mismo que no lloraría. Hacía demasiado tiempo de la última vez y no iba a retomar malas costumbres por culpa de Harry Potter.
Sin embargo, las lágrimas saltaron al borde de sus ojos, cuando sintió aquellas manos acariciándole el pelo. Aquellos dedos se deslizaban muy despacio entre las hebras, y Draco sintió cómo los suyos comenzaban a aligerar su ritmo frenético sobre el piano. Media docena de notas después, las manos bajaron a sus mejillas y a sus hombros, resbalaron por sus brazos, sólo hasta los codos, y volvieron a ascender hasta quedarse en su pecho. Y descendieron…
Draco podía sentir el calor de Harry a su espalda, su aliento al lado de su oreja derecha, pero se negó a interrumpir la pieza. No podía rendirse tan pronto. Las manos de Harry acariciaron su estómago, su cintura y se colaron por debajo de su camiseta; después, desabrocharon su cinturón y abrieron su vaquero, jugando con el elástico de su ropa interior. Draco sintió un reguero de besos húmedos por su cuello e hizo un esfuerzo para recordar la partitura que no estaba viendo. Cuando Harry le giró la cara y le besó en la boca, sus manos cambiaron a Wagner por una mata de pelo negro y montones de piel suave.
Rendido por completo, Draco se levantó sin llegar a romper el beso y luego se giró, apartando el banco con la pierna, para volver a la boca de Harry de inmediato. La corbata y la camisa de la ley y el orden, no tardaron en estar tiradas por el suelo. La camiseta de Virgin voló por encima de ellas y los pantalones sólo cedieron un poco, bajando hasta las rodillas. Las ansias de los dos no les dejaron pensar en descalzarse para dejar que fueran más lejos. Bastante tenían ya con las cuatro funciones básicas del momento. Harry y Draco tocaban, besaban, masturbaban y mordían, y él verbo penetrar venía pisando fuerte desde el fondo de sus cerebros. Todo lo demás, quedaba abolido.
- Dios… cómo te deseo…
¿Había sido Harry? Fundido en la piel de su amante, Draco ya no sabía quién había hablado, porque él pensaba lo mismo. Iba a sugerir el siguiente paso, cuando Harry le dio la vuelta y le inclinó sobre el piano, separando sus nalgas con una necesidad aplastante. Draco aceptó el rol y se inclinó más todavía. En ese momento le importaba muy poco quién daba o recibía, ya tendría ocasión de invertir los papeles en el polvo siguiente. Todo lo que quería era sentir a Harry y que los dos se corriesen como nunca.
- ¿Tienes lubricante?
- En mi habitación, la mesilla derecha.
- ¡Mierda! Está muy lejos… ¿No puedes levitarlo hasta aquí?
- ¿Me ves cara de mentalista?
Draco oyó un resoplido y luego creyó identificar el sonido que escuchó a continuación. Después una especie de líquido tibio mojó su entrada, que no parecía lo suficientemente efectivo.
- ¿Eso es saliva, Potter?
- Te prometo una hora de preliminares en el siguiente… pero ahora… no puedo… esperar… más…
- Te mato si no entras de una vez.
Harry sonrió en su nuca y entró en su cuerpo todo lo lento que fue capaz, masturbándole al mismo tiempo. Las embestidas siguientes fueron algo erráticas e incómodas, hasta que Draco se estiró aún más sobre la madera y consiguió alcanzar un ángulo placentero para los dos. A cada penetración, varias notas se escapaban del piano, y acompañaban a los jadeos y gemidos que los dos soltaban ya sin poder contenerse. La erección de Draco resbalaba ya húmeda sobre las teclas, cuando un último resquicio de lucidez le ayudó a poder apartarse antes de correrse sobre ellas.
- Espera… espera… el piano…
Todo lo que pudieron hacer con los pantalones enrollados en sus pies, fue escurrirse hacia el suelo poco a poco. Cuando Draco se apoyó en sus rodillas y sus manos, Harry siguió embistiéndole desde atrás, besando cada centímetro de su espalda mojada.
- Draco… voy…
- Y… y-yo…
El orgasmo les sacudió como una descarga eléctrica. Los dos se desplomaron sobre la alfombra, jadeantes y sudorosos. Draco se sentía deliciosamente aplastado por el cuerpo de Harry, y podía escuchar sus acelerados latidos tratando de retomar la calma. Nada diferente a otras ocasiones, en realidad, sólo que esa vez podría haberse quedado así durante horas en vez de levantarse a buscar su ropa en cuanto se sintiese con fuerzas. Comenzaba a contemplar esa posibilidad, cuando Harry hizo algo distinto. Salió despacio de su cuerpo, se acostó a su lado y le atrajo a sus brazos, besándole lánguido y tierno. Después le miró a los ojos de una forma que Draco se sintió como la Estrella de África de las Joyas de la Corona. God save the queen! El diamante más extraordinario del mundo entero.
- Quiero repetirlo.
¿Había sido Draco? Pegado a él como una lapa, Harry ya no sabía quién había hablado, porque él pensaba lo mismo. Quería repetirlo cada día, dos veces a ser posible. Tres, los sábados y los domingos. Besó de nuevo los labios rojos e hinchados y luego miró con desgana su reloj, que todavía estaba en busca de reformatorio.
- Mierda… Tengo que volver al trabajo. ¿Esta noche?
En cuanto lo dijo, Harry sintió la espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza. Eso le pasaba por hablar sin pensar. ¿Había sido muy precipitado¿Estaría presionándole? Después de todo lo que habían hablado¿querría algo más Draco?
- Vale. ¿Me recoges en la tienda? Sales más temprano.
Harry interrumpió su monólogo interior y sonrió de oreja a oreja. Mandó a paseo toda su cautela y, victorioso en una batalla, decidió lanzarse a por la guerra.
- ¿Una peli y unas cervezas?
- Genial, pero antes nos pasamos por el puesto de perritos calientes. A esa hora estaré hambriento.
- Hecho.
Esa vez fue Draco el que rodeó su cuello y le besó hasta robarle el aliento. Harry ya lo intuyó en aquel mismo instante. Pero dos años después, cuando el destino le puso cara a cara con Mark Shuttle en una demanda por fraude fiscal y malversación de fondos, tuvo el placer de poder decírselo a la cara con total certeza.
"No se trata solo de sexo, maricón...
Si se declara culpable, señor Shuttle, serán sólo dos meses de cárcel".
FIN
