Capítulo 01
La puerta
Sé que el problema existencial que me aqueja en estos momentos suena a drama adolescente, pero es que, seamos honestos, sigo siendo una adolescente. Después de todo, con apenas diecinueve años y una vida para nada planeada, el hecho de que mi novio se haya decidido a terminarme, prácticamente de la noche a la mañana, es algo que me ha golpeado de una forma que no me esperaba, en el sitio menos preparado. Vamos, que a comparación de esto, romperme una pierna no me suena tan mal.
Es cierto que tengo a mi mejor amiga, Sakura, pero desde que su novio Syaoran hizo aparición, he tenido que darle un poco de libertad para que ambos puedan gozar de intimidad. Por ello, durante aquellos casi cinco años, mi novio Eriol era mi conexión más íntima, personal y directa que tenía con cualquier ser humano.
Fueron casi seis años en los que me hizo sentir como la chica más especial de todo el mundo. Que me hizo sentir única, hermosa, maravillosa e invencible. Mi vida comenzaba y terminaba con él, no importando dónde estuviésemos. Mi tiempo, mis pensamientos, mis posesiones, todo le pertenecían, y yo confiaba en que el sentimiento era mutuo. Siempre estábamos juntos, compartíamos aficiones, gustos… parecía que no había poder humano que pudiese separarnos.
Era por ello, que una traición como la que acababa de hacerme, era algo que simplemente dolía en lo más profundo de mí ser. Ahora que estoy aquí, abandonada, comienzo poco a poco a pensar. ¿Dónde está el principio del fin? ¿Cuándo fue el momento en que comencé a perderlo? ¿En qué momento esta historia de amor comenzó a desmoronarse?
Y mientras la lluvia me moja el rostro y disfraza mis lágrimas, mientras estoy a la deriva sin saber qué hacer o a donde ir, la verdad cae sobre mí, como parte de esta agua helada…
Hace tres meses, el clima era mucho más amigable. Nos encontrábamos en verano, demasiado contentos por finalmente haber terminado la preparatoria, emocionados por las vacaciones que teníamos por delante, y despreocupados por lo que ocurriría al finalizar dicha estación, cuando tomásemos caminos separados (por primera vez en nuestras vidas) para ingresar a la universidad, y perseguir nuestros sueños, tan diferentes unos de otros.
Sakura, un alma libre y despreocupada, entraría a estudiar lengua inglesa. Tenía el sueño de convertirse en una profesora, al igual que su padre, aunque ella prefería enseñar inglés, y prefería enseñar niños pequeños antes que a universitarios. Pero el concepto de enseñanza es el mismo; después de todo, nunca hay que menospreciar a un profesor. Syaoran, por su parte, era un genio de las matemáticas (cosa que se notaba desde el principio), y entraría a estudiar administración. Mei Lin, un alma siempre dispuesta a ayudar a los demás, confiaba en que lo suyo se encontraba en leyes, y estaba decidida a convertirse en la mejor abogada de todo Japón. Eriol, el más inteligente, desprendido y dedicado del grupo, tenía planeado estudiar medicina, para salvar vidas. Y yo, siempre joven, volátil e imaginativa, estudiaría en una Academia de Modas.
Aquel verano, fue la primera vez que cada quien tomó su propio camino, para invertir dos meses encontrándose a sí mismo. Mientras Sakura permaneció en Tomoeda, conviviendo con su padre y con su hermano, Syaoran viajó a la capital, a matricularse en un curso intensivo de contaduría. Mei Lin, por su parte, viajó de vuelta a su natal China, para saludar a su familia la cual hacía varios años que no veía. Yo viajé a mi amada París, una ciudad de ensueño que mi madre me enseñó a adorar desde que era muy pequeña. Aquel viaje a la capital de la moda tenía como propósito inspirarme para dar lo mejor de mí misma, durante los siguientes cuatro años.
Eriol, por su parte, se dirigió a su natal Inglaterra, a ponerse en contacto con sus raíces que había dejado abandonadas durante todo aquel tiempo que había estado en Japón. Acompañado por su hermana mayor y su gato negro que llamaban Spee, los tres abordaron un vuelo de doce horas rumbo a Londres, donde permanecieron poco más de un mes.
Un mes donde no hubo mensajes, correos, cartas, llamadas por teléfono o videoconferencias en Skype. Ningún tipo de notificación, en ninguna red social.
Mi primer pensamiento ante su desaparición cubrió los campos básicos del jet-lag, cambio de horario, incapacidad de llamar a números extranjeros, y hasta un deficiente servicio de internet, que prontamente fue sustituido por la sorpresa e indignación de saber que su novia no era un tema tan importante como para mantenerme informada, hasta finalmente evolucionar al enojo y rencor por sentirme abandonada del tal modo, durante todo el verano. Durante un par de ocasiones me sentí tentada de tomar el Eurostar para llegar a Reino Unido, pero me contuve al reconocer que no tenía ni la menor idea de dónde exactamente se encontraba Eriol.
Así que tuve que resignar mis locas ansias por ahorcarlo, y esperar a que las vacaciones de verano llegasen a su fin. De este modo, tres días exactos después de que yo regresara a Japón (y me reuniera de nueva cuenta con Sakura, Syaoran y Mei Lin), el chico Hiragizawa hizo aparición, negándose a dar explicaciones de ningún tipo. Explicaciones que yo desesperadamente necesitaba, debido a su actitud completamente diferente. Ahora era un muchacho más cerrado. Más serio. Ahora no le gustaba que nadie se metiese en sus asuntos, y tampoco se mostraba interesado en los de los demás. Incluidos los míos. Los nuestros.
Nuestro nuevo distanciamiento al iniciar nuestros diferentes cursos en diferentes Universidades, pareció no inmutarle en lo más mínimo. Las llamadas telefónicas y los mensajes eran prácticamente inexistentes. Y yo no podía dejar de preguntarme qué había pasado.
Hasta esta tarde, en que finalmente me harté de no saber qué pasaba por la cabeza de mi novio y decidí enfrentarme a ello.
Ahora desearía no haberlo hecho.
Esta mañana de mediados de otoño, amaneció nublada y fría; un indicio de que el tiempo no se detiene y el invierno está cada vez más próximo a llegar. Al mirar la hora en mi teléfono celular, pude comprobar la respuesta al mensaje que había quedado pendiente la noche anterior.
"¿Estás ocupado mañana? Me gustaría hablar contigo." Había escrito yo, poco después de medianoche.
"Nos vemos a las seis en la cafetería de siempre. Yo soy quien quiere hablar contigo." Aquella había sido la respuesta de mi novio. Un extraño mensaje que había llegado a las tres cuarenta y siete de la mañana.
Oh Eriol, el rey del misterio. Aunque debo admitir que inclusive aquellas líneas son demasiado misteriosas para él. Y el horario... Pues por más que se mantuviera despierto estudiando hasta tarde, aquella hora era simplemente una exageración.
Siento un nudo en el estómago y un presentimiento de que algo acontecerá hoy. ¿Bueno o malo? En estos momentos no lo sé, y aquello solo me produce pesadez. Así que sintiéndome abrumada, entierro la cabeza debajo de las almohadas, como si me tratase de un avestruz, y me niego a enfrentar al mundo. Al menos no hasta las seis.
Así que permanezco todo el día en la cama. No siento ánimos de ir a la universidad. Con mi madre fuera de casa durante una semana, debido a que se encuentra de gira de trabajo, ni siquiera tengo la necesidad de fingir que me siento indispuesta y me aqueja alguna enfermedad, para no acudir a la Academia.
Es alrededor de las tres de la tarde, cuando finalmente me digno a ponerme en pie. Principalmente porque tengo hambre. Así que después de asaltar la cocina, vuelvo al cuarto, donde tomo un caliente baño en la tina, y me alisto para mi cita con mi novio.
No es por presumir, pero siempre he contado con un cuerpo de envidia. Otro de los regalos de la genética Daidouji. Soy un poco alta, largas piernas, caderas estrechas, un vientre plano, y pechos voluminosos. Iclusive mi rostro roza la perfección. Mi piel pálida me da el aspecto de una muñeca de porcelana, con mejillas sonrosadas, labios rojizos y largas y oscuras pestañas.
Para la cita de aquella noche, me he decido por una blusa blanca de mangas cortas y una vaporosa falda negra, que me llega por arriba de las rodillas, mostrando el punto fuerte de mi anatomía: mis largas y bien torneadas piernas, las cuales están ahora adornadas por unas medias de red en color negro. Se ven aún más largas y exquisitas debido a los zapatos negros que me he puesto, con un tacón de aproximadamente diez centímetros. Sonrío para mí misma, mientas me miro en el espejo, evaluando el resultado de mi atuendo para esta noche.
A Eriol le encanta verme con tacones. No por cómo me hacen estar a su altura (es una cabeza más alta que yo), sino por el perfil que me hace en el cuerpo, y la manera en que se realzan mis curvas. Considerando que la falda que llevo esta noche es realmente corta, estoy segura de que la noche terminará en un buen acostón. Justo lo que necesito después de su ausencia. Mi cuerpo lo añora, lo necesita. Fue como si al momento de robar mi virginidad, Eriol hubiese despertado el mounstro pervertido que vive en mi interior. Cuando solíamos reunirnos los fines de semana (en mi casa o en la suya), la que iniciaba con el jugueteo comúnmente era yo. Algo me decía que esta noche no sería la excepción.
Así que me sujeto el cabello en una alta coleta, que me llega como siempre a la altura de la cintura, aplico rímel en mis ya de por sí largas y oscuras pestañas, un labial rojo pasión, coloreo mis mejillas en un tono rosado, y salgo de casa, rumbo a la "cafetería de siempre".
La llamamos así por ser el sitio al que acudimos todos los viernes por la tarde, para tomar un café, tomar un ligero almuerzo, y comer de postre pasteles y galletas, además de disfrutar un rato de la conversación, el agradable ambiente y la buena música. La cafetería se encuentra ubicada en el centro de la ciudad, en un barrio tranquilo y tradicional, lo que ayuda al estilo bohemio que maneja el sitio. Es un local de tamaño mediano, ubicado en la planta baja de un edificio de departamentos, que se encuentra en una esquina, lo que le permite a sus ventanales ofrecer una agradable vista del parque se encuentra cruzando la calle, y una pequeña plaza comercial, en la calle opuesta.
Mientras estaciono el auto (un simple sedán color negro, regalo de mi madre por entrar a la universidad) puedo ver como el sol termina de esconderse en el horizonte, y la noche llega, acompañada por unas enormes nubes grises, que indican que pronto comenzará a llover. Sin darle mucha importancia (pese a que se escuchan truenos a la distancia), bajo del vehículo y cruzo la calle para entrar al local.
Al instante me recibe el exquisito aroma del café, el dulce olor de los postres y una melodía lenta y un poco melancólica, que flota en el aire, como si no proviniese de ningún sitio. Todas las mesas están adornadas con una lámpara de papel, que ofrece una luz muy tenue. En definitiva, un ambiente cálido y romántico. Algo perfecto para esta nublada noche, pues ahora los truenos se escuchan más cerca; falta poco para que comience a llover.
Me dirijo al mostrador y pido un caliente capuchino de moka, y una rebanada de pastel de fresa. Pago y doy una rápida vista alrededor del local, cosa no necesaria, ya que sentado en una de las mesas del rincón del lado izquierdo (nuestra mesa habitual), localizo a mi novio, sentado junto a una mujer pelirroja. Confundida sobre quién será la invitada, camino hacia ellos y carraspeo al estar lo suficientemente cerca de ambos.
-Buenas noches, Tomoyo -me saluda Eriol, sonriente, al tiempo que me señala la silla libre que hay frente a él.
¿La pelirroja permanecerá sentada a su lado cuando su novia soy yo? Algo no huele bien por aquí, y no estoy hablando del café, pues ya había quedado claro que el preparado y servido en este lugar es exquisito. Sin embargo, no digo nada. Me limito a sentarme, y mirar a ambos; primero a ella, después a él. Aún se escucha aquella lenta melodía, pero ahora es acompañada por un golpeteo irregular: son el producto de aquellas gotas de lluvia que chocan contra los cristales del local. Afuera, ha comenzado a llover.
-¿Quién es ella? -no puedo evitar preguntar. La pelirroja me sonríe con suficiencia. Su cabello es un poco más corto que el mío (le llega a media espalda), pero sus labios son igual de rojos. Otras diferencias más notables entre ella y yo, son sus ojos marrones, y su piel rosada. Eso y que parece que diez años más vieja. Sentada junto a Eriol y yo (y en general todo el local lleno de adolecentes), parece una tía ya quedada, de esas amantes de los gatos, aún intentando verse joven y chic.
-Su nombre es Mizuki, Kaho -me responde Eriol, haciendo una pausa para ver si tengo algún comentario que aportar. Pero yo no digo nada, después de todo, ese nombre me es indiferente-. Nos conocimos en Londres. Es mitad japonesa, igual que yo, y pensamos que sería buena idea que visitara de nueva cuenta Japón, pues hace años que no pone un pie en él.
Esto definitivamente no me está gustando nada. ¿Invita de la nada a una completa desconocida a visitar un país que está al otro lado del mundo? Por más que ella también sea japonesa, acaba de admitir que hace tiempo que no viene a estas tierras. ¿Por qué ahora el interés?
-¿Y cuánto tiempo va a quedarse? -pregunto finalmente, al tiempo que una mesera del local se detiene junto a nuestra mesa, sujetando una bandeja entre las manos.
Eriol espera a que la mesera coloque el capuchino y la rebanada de pastel frente a mí, y se aleje rumbo al mostrador, antes de abrir la boca.
-Se quedará un mes -dice mientras la pelirroja sonríe-. Después regresará a Londres, y yo me iré con ella.
La mano con la que apenas iba a tomar mi café caliente, se detiene a medio camino. ¿He escuchado bien? ¿Qué es eso de regresar a Inglaterra? Antes de estas vacaciones, Reino Unido le importaba en lo más mínimo, pese a haber vivido allí once años. ¿Es esto una broma?
-¿De qué estás hablando?
Eriol y la tal Mizuki se miraron directamente a los ojos, y se sonrieron, como si fueran cómplices de algún crimen. Entonces, vuelven a posar su vista en mí. Él, nervioso como si fuera a confesar alguna travesura. Ella, orgullosa como si fuese un pavorreal.
-Kaho y yo nos conocimos de una manera muy curiosa en Londres -hace una pausa, un poco temeroso al ver mi expresión de furia contenida. ¿Kaho? ¿Ya la llama por su nombre? -. El caso es... Que fue amor a primera vista.
Agradezco no haber tomado ni un simple trago de café, porque seguramente ya lo hubiera escupido. Aunque mi cara de estupefacción sí que ha hecho aparición. Miro primero a Eriol, incapaz de creer en sus palabras. No puede ser que mi novio de hace seis años, y con quien esperaba pasar toda la eternidad a su lado, simplemente se haya encontrado alguien "mejor".
Después miro a la tal Kaho, mientras me imagino como sería jalarla del cabello y golpearla en la nariz. ¡Esa zorra!
Con la rabia poco a poco haciendo ebullición dentro de mí, tengo que hacer uso de la poca serenidad que me queda, para contener estas ganas locas de aventarle el café hirviendo a la cara. A cualquiera de los dos.
-Siento mucho informarte las cosas de esta manera... -comienza Eriol, tomando de la mano a la lagartona aquella, como si no le importase lo que yo llegara a pensar. Siento como me hierve la sangre -, pero al menos tienes el derecho de saber qué es lo que ha pasado. Quería que la conocieras.
-¡Y yo para qué quiero conocer a esta arrastrada! -no he podido contenerme más y lo he gritado a todo pulmón, o al menos con toda la intensidad que he podido (ya que me falta el aire), mientras intento contener las lágrimas. De cualquier manera, he tenido la fortuna de que ha caído un trueno horrible, y mi voz ha sido ahogada por él, dejando que solo los comensales de las mesas más cercanas me hayan escuchado. Si se han girado a ver o no, es algo que me tiene sin cuidado.
Mientras sigo intentando que las lágrimas no corran por mi rostro, las gotas de lluvia que caían afuera, se han transformado ahora en una tormenta, empañando toda la ventana. Sin embargo, no las veo. A decir verdad, no veo nada. Nada más que los rostros de este par de descarados que tengo sentados delante de mí.
-Ya sabía yo que te lo tomarías a mal... -comienza Eriol de nueva cuenta. Es como si quisiera disculparse, pero su actitud no lo demuestra. Y no es como si yo fuese a aceptar sus disculpas. Si fuera por mí, ya le hubiera metido un par de cachetadas.
-Me dan asco. Los dos -espeto con rabia. Estoy perdiendo el control. Me siento temblar, me siento impotente. Quiero gritar, quiero correr, quiero golpear, pero al mismo tiempo soy incapaz de moverme. Mil y un emociones se amontonan dentro de mí, intentando desbordar todas al mismo tiempo, por un pequeño orificio, apretándose las unas a las otras, para ser las primeras en salir.
Incapaz de seguir viendo la sonrisa de suficiencia de aquella cualquiera, y la expresión de desinterés de este patán, me levanto de la mesa, enfurecida. Completamente fuera de mí, no puedo contenerme y doy un manotazo a la taza de café caliente, desparramando el líquido por toda la mesa.
-Tomoyo, espera.
Dice Eriol, pero yo no hago caso. Mis piernas se mueven solas, y me llevan lejos de aquel rincón, fuera del local. Salgo a la calle, completamente oscura excepto por los tenues faroles colocados a intervalos regulares, cuya luz se difumina debido a toda la lluvia que sigue cayendo. El ruido es ensordecedor, pero no es capaz de ahogar mis pensamientos. Las gotas frías y enormes me golpean el rostro, los brazos y piernas, pegando la ropa a mi cuerpo, haciéndome sentir miserable. ¿Qué hago ahora?
Una parte de mí me dice que vuelva a entrar al local y golpeé la cabeza de aquella tipa contra la mesa. Otra parte me dice que vuelva y pida a Eriol que lo piense, que no se deshaga de mí, que me tome de vuelta, que me diga qué he hecho mal, qué tiene ella que yo no. Y otra parte de mí me dice que me vaya, que corra, que huya, aunque no tenga lugar al cual ir. Eriol era mi lugar seguro, ahora no tengo nada.
La lluvia sigue cayendo a chorros, el aire sigue igual de helado, y yo sigo sin saber qué hacer. Siento que llevo aquí, de pie a media calle, por horas. Mi cerebro procesa las cosas con lentitud. Estoy ya empapada hasta los huesos, y apenas estoy comenzando a sentir el frío. Mi mente no es tan clara como me gustaría, y me cuesta un poco el buscar qué se supone que debo hacer, por lo que sigo aquí, sin saber a dónde ir, con quién acudir.
-Cálmate, Tomoyo -me digo mentalmente, mientras mi presencia física se vuelve víctima de un ataque de hipos y sollozos-. Toma pasos pequeños. Uno a la vez. Paso uno, refúgiate de esta lluvia.
Así que aún un poco desorientada, cruzo la calle dando pasos temblorosos (temo que mis tacones se decidan a traicionarme y caiga a media calle, con un pie torcido o algo parecido), y me detengo junto al auto. El par de segundos que me toma encontrar las llaves y abrir la puerta, han bastado para que comience a tiritar.
Mojando el asiento, cierro la puerta y aviento mi bolso al asiento del copiloto. Respirando aceleradamente, como si acabase de correr un maratón, me sujeto con ambas manos al volante, mirando a la oscuridad de la calle, y a la lluvia que parece no tener fin. ¿Qué hago ahora?
Si fuera por mí, me soltaría a llorar allí mismo. Eso o comenzaría a golpear lo que fuera que tuviera más a la mano, en este caso, el volante. Gritaría hasta quedarme sin voz. Pero me digo a mí misma que debo ser fuerte, aunque no sé cuánto tiempo más pueda aguantar. Necesito el apoyo de alguien. Alguien que pueda escucharme y me dé palabras de aliento. Alguien que esté allí para mí, pase lo que pase… Y entonces, mi cerebro la ubica, como si hubiera aparecido de la nada, surgiendo de entre un mar de gente. Con su mirada alegre, su sonrisa tranquilizadora.
Paso número dos. Necesito hablar con Sakura.
Limpiándome las lágrimas que siguen recorriendo mis mejillas, intento calmar mis hipos mientras inserto a tientas la llave y la giro, para encender el motor del auto. La lluvia, y la nueva ola de lágrimas me dificultan un poco la visión, pero ahora que tengo un objetivo en mente, me siento un poco más tranquila y confiada. Pongo el auto en marcha y comienzo a recorrer las calles de la ciudad (las cuales se encuentran casi desiertas) en dirección a mi destino: la casa de los Kinomoto.
Aproximadamente diez minutos después, detengo el auto junto a la casa de mi mejor amiga. He apagado el motor, pero me mantengo detrás del volante, sin estar segura de querer bajar. Sé que necesito del apoyo y consuelo de Sakura, pero al mismo tiempo no quiero verme vulnerable, destrozada y perdida. En especial en esta noche que parece de telenovela, ya que me presentaré delante de ella, completamente escurrida y parecerá que es el fin del mundo.
¿Lo es? Sinceramente ya no sé qué pensar, que sentir. Una parte de mí quiere llorar hasta ya no poder, y la otra considera que es mejor ir a casa, tomar un baño con agua caliente y llamar a Sakura para simplemente decir: "Eriol me ha cortado. Vaya idiota. ¿Te apetece ir por unos tragos?"
Algo dentro de mí me dice que puedo tomar partes del plan A y plan B y formar un plan C. Así que un poco más tranquila (pero aún mojada, sollozando, hipeando y con frío) salgo del auto y me dejo empapar de nueva cuenta. Aunque ya no es tan extremista como la primera vez, ya que la lluvia parece estar próxima a terminar.
-Pasos pequeños, Tomoyo –repito mi mantra, mientras sujeto mi bolsa la cual me golpea la pierna, pues sigo toda temblorosa-. Paso tres, llegar a casa de los Kinomoto.
Comando a mis pies a que se muevan, y avancen en dirección al pequeño portón negro. Lo cierro lentamente, y continúo caminando por el jardín frontal. Subo los escalones que llevan al pórtico, y finalmente me detengo frente a la puerta, adornada por un bonito vidrio ahumado. Con manos temblorosas, pulso el botón del timbre, y trato de aguantar el llanto.
Si no fuera por la lluvia, que sigue cayendo poco a poco, me encontraría rodeada por un silencio total. Un silencio que sería roto por aquellos pasos que se escuchan dentro de la casa amarilla, de techos azules, frente a la que estoy de pie. Entonces, a través del cristal de la puerta que tengo frente a mí, puedo ver una sombra borrosa. Se acerca cada vez más, hasta detenerse al otro lado, y abrir la puerta.
Estoy a punto de gritar el nombre de mi mejor amiga. A punto de echarme a su cuello y comenzar a llorar como si no hubiera mañana. Pero me detengo justo a tiempo.
No se trata de Sakura.
Es Touya.
¡Hola de nuevo, queridos lectores y lectoras! Este es ya el comienzo de esta historia, que como les comenté (o no, ya no recuerdo sinceramente) será mucho más corta que mis trabajos anteriores. La idea es relatar todo en 5 capis, sin contar el prólogo. Que hablando de él, me ha servido para darles una explicación rápida acerca de los sentimientos de Tomoyo por Touya, mientras que éste primer capi habla de los sentimientos de ella hacia Eriol. He intentado mostrar un Eriol cabrón (no sé porqué me encanta ponerlo así al pobre) al que no le importa lastimar a Tomoyo. Ella, por su parte, ha sido un poco más difícil de proyectar. Es complicado mostrar que realmente amó a Eriol, pero al mismo tiempo es lo suficientemente fuerte para superarlo pues él no vale la pena.
Sobre Kaho, bueno, me ha parecido divertido mostrarla como una mujer ya mayor. Considerando que Eriol y Tomoyo tienen apenas 19 años, me la imagino como una asaltacunas-patealoncheras.
Y finalmente, tenemos la corta aparición de Touya. Me pregunto si tendrán ya teorías sobre lo que ocurrirá con ellos. Teniendo en cuenta de que durante los años que se conocen apenas y se han hablado... ¡Tenerlos en ascuas es tan emocionante!
Gracias a las personitas que dejaron review (ya los extrañaba queridos míos) y a los que leyeron pero no escribieron nada. Aquí sigo pendiente de qe dejen aunque sea un peque review, donde me digan qué les gusta y que no. Ya saben que soy toda oídos. Contesto a sus reviews en un ratito, y los espero el próximo domingo. Sigan bellos :D!
