SI QUIEREN LEERLA EN INGLÉS BUSQUENLA POR EL MISMO SEUDÓNIMO Y POR EL NOMBRE "THE SECRET".

En caso de que se lo pregunten, Christian si está en el libro, solo que no se lo esperarán.

El sonido insistente del despertador hizo que abriera mis ojos y el aroma del café que subía desde la cocina hizo que me levantara de la cama. La verdad era que no sabía con que me iba a encontrar hoy, si lo conocería o no, la verdad era que me daba igual. Pero haría como mismo me había dicho Grace. Haría lo mismo de siempre. Aunque eso no evitaba que estuviese nerviosa. Salí de la cama y me dirigí hacia los grandes ventanales de mi habitación para apartar las cortinas a un lado. Afuera el cielo aplomado mostraba los primeros rastros del amanecer. El sol se camuflaba entre las nubes grises que anunciaban que la lluvia comenzaría temprano. Me dirigí al baño, me cepille los dientes y me di una rápida y cálida ducha.

Después de vestirme, dejando mi pelo suelto, me puse los espejuelos, cogí el celular, las llaves del auto y colgándome el bolso en el hombro bajé a desayunar.

Usaba espejuelos desde que era una niña. Siempre me habían criticado y me decían que usara lentillas, que eran más cómodas. Pero nunca me habían gustado. Tenía un juego guardado, solo me las ponía en ciertas ocasiones. La verdad no me molestaba usar los espejuelos, llevaba tanto tiempo usándolos que ya me había acostumbrado a ellos, eran parte de mí, me sentía extraña cuando no los llevaba puestos.

Mi madre estaba sentada en una banqueta tomando su taza de café. Ya había terminado de desayunar.

—Buenos días. —le dije mientras le daba un beso y me sentaba en una banqueta a desayunar. —Buenos días Jones. —le dije a la señora mayor que se encontraba detrás de la encimera de espaldas a mí.

—Buenos días Anastasia. —me dijo mientras yo reía moviendo mi cabeza hacia los lados.

Cuando vine a vivir a esta casa ya Jones trabajaba aquí, me conoce hace más de diez años y aún continúa llamándome por mi nombre completo. Aunque yo insistía bastante en que me llamara Ana, ella no lo hacía.

—Hoy estaré muy ocupada. Me tengo que marchar. —dijo mi madre mientras miraba su reloj al tiempo que se levantaba de la banqueta. —Tenemos que recoger a Ryan en el hotel.

— ¿Donde se está quedando?—le pregunté con curiosidad.

Ya Grace llevaba una semana mostrándole la empresa y nunca le había preguntado donde se estaba quedando.

—En el Drake.

—Me gusta el Drake. —le dije sabiendo que ella había escogido el hotel.

—No lo escogimos nosotros, lo eligió él, al parecer no es la primera vez que viene a Chicago. Decidió hospedarse allí hasta que encuentre un apartamento.

—Bueno al menos no es un extraño en la ciudad. —mi madre se me quedó mirando fijamente por un momento.

— ¿Estas molesta?—me preguntó mientras tomaba una de mis manos entre las suyas.

— ¿Porque lo estaría? — a que venía esa pregunta.

—No lo sé, te noto extraña esta mañana. —solo estaba nerviosa por los nuevos cambios en la empresa.

—No es nada, ya se me pasara en el día, solo estoy un poco nerviosa la verdad. —dije sonriéndole mientras continuaba el desayuno.

Afuera se sintió el claxon de un auto.

—Ese es Sawyer, debo irme, se me hace tarde. No debes estar nerviosa. Te veo en la oficina, si tengo oportunidad. —dijo mientras me daba un beso en la frente y salía rumbo a la puerta.

Sawyer era el chofer-guardaespaldas de mi madre. Era una de las pocas personas que conocían nuestra relación madre-hija y mi madre le había hecho prometer que no contaría nada. Creo que lo hizo firmar un acuerdo de confidencialidad. Recuerdo cuando mamá había intentado que saliera con él. Fue tanta la insistencia que salimos en varias ocasiones, pero había un pequeño detalle que mi madre desconocía y era que Sawyer, era gay. Me lo había contado en una de las ocasiones en que habíamos salido, solo había salido conmigo para que mi madre dejara de insistir y no molestara más.

Pero el hecho de que fuera gay no quitaba que lucía muy bien, moreno, pelo negro, ojos grises y un cuerpo que se marcaba debajo del traje que siempre usaba. Nadie conocía su inclinación sexual y quería mantenerlo así. Por lo que sólo le contamos a mi madre que no había funcionado. Después de eso nos llevábamos muy bien, éramos buenos amigos.

Terminé de desayunar y salí rumbo al garaje en busca de mi auto. Era un BMW i8 de color gris. Había sido un regalo de graduación. Según mi madre era único en su tipo, un modelo exclusivo que aún no había salido al mercado cuando me lo regaló. Lo ganó en la subasta anual de Gooding & Company en Pebble Beach. Lo tenía hacía dos años ya y me encantaba conducirlo. Abrí la puerta con el mando a distancia a medida que me fui acercando a él hasta sentarme detrás del volante. Apreté el botón de encendido y me puse el cinturón de seguridad. Conecte mi Ipod poniendo una lista de reproducción en modo aleatorio. Y al compás de Lost and Found de Ellie Goulding salí rumbo a la oficina.

TecFall se encuentra en la avenida Míchigan, cerca del parque Millenium. Un edificio de 25 plantas completamente de acero y vidrio templado, resaltando de otros mucho más altos que este. Sobre las enormes doble puertas de la entrada del edificio se encuentra gravado con letras blancas el nombre de la compañía. El edificio contaba con un parqueo subterráneo, pero en frente de este había cuatro plazas disponibles y tenía el privilegio de que una de ellas era mía. Después de parquear el auto frente al edificio me encaminé hacia la entrada y me paré a unos metros de las puertas admirando el cartel sobre mí. Respiré hondo y después entré en el edificio empujando una de las puertas hacia el interior.

La recepción de la planta baja era enorme, perfecta para la cantidad de personas que llegaban a esta hora de la mañana a la empresa. No recuerdo la cifra exacta de la cantidad de personas que trabajan para nosotros, pero creo que se aproximaban a las treinta mil.

Pero todas no trababan aquí, teníamos sucursales en otros estados e incluso en otros países como Francia, Alemania e Inglaterra. Pero nuestra cede principal se encontraba aquí. Me quedé parada después de atravesar la puerta a unos metros de esta. Tal parecía ayer cuando había atravesado por primera vez estas puertas, y ahora tenía miedo de que fuera la última vez que lo hiciera. Mi madre Grace me había dicho que no me quedaría sin trabajo, pero aún tenía mis dudas. Y si después de una semana se cansaba de mí y me remplazaba. —Olvídalo Ana, no te preocupes por idioteces. —me dije a mi misma mientras retomaba mi camino rumbo a los ascensores.

Estaba llegando a los ascensores cuándo se me dobló el tobillo derecho y caí sobre el frío y pulido piso de mármol gris y blanco. Mis lentes desaparecieron de mis ojos mientras llevaba una mano a mi tobillo. Dolía un poco pero había sido producto de la caída. Al tocar el zapato me percaté porque me había caído, se me había partido el tacón.

— ¡Genial!— exclamé frustrada mientras intentaba en vano encontrar mis espejuelos pero lo único que veía frente a mi era una versión borrosa del suelo y de las personas a mi alrededor —Esto era lo que me faltaba para completar el día de hoy. —dije en un susurro mientras deslizaba mis manos por el suelo para ver si encontraba los espejuelos.

Esta no era la primera vez que perdía mis lentes por una caída, ya me había ocurrido en varias ocasiones, pero nunca en el trabajo. Era una suerte que hoy no hubiese venido con un vestido. Y agradecí que me gustaran tanto los jeans ajustados.

—Espera, déjame ayudarte. —casi tengo un orgasmo al escuchar esa voz.

Era sexy, con un ligero acento, quizás inglés. Agradezco que ya estuviera despatarrada en el suelo porque si llego a estar de pie de seguro que me hubiese caído de culo al escucharlo hablar.

Se agachó a mi lado en el suelo. Pero yo solo podía ver una silueta borrosa e imaginarme a quien pertenecía aquella voz.

Me tomó por las manos y me ayudo a pararme.

Ante su toque mi cuerpo completo reaccionó mandando descargas eléctricas por toda mi piel.

—Gracias. —le dije una vez de pie a la silueta borrosa frente a mí que aún me sostenía por ambas manos. —Espera un momento. —le dije mientras agarrándome de su antebrazo me agachaba para zafar mis tacones rotos. Ahora era mucho mejor.

Tenía unos brazos musculosos, fuertes y firmes. Y sus manos se sentían cálidas y suaves al mismo tiempo. Las manos perfectas para acariciarte la piel durante largas horas y excitarte completamente con solo un toque. Perfectas para arrinconarte en alguna esquina y poseerte salvajemente. Aparté rápidamente mi mano de su brazo mientras agarraba los zapatos con ambas manos.

Creo que tenía que dejar de leer novelas románticas.

—Creo que necesitarás esto. —dijo mientras lentamente me colocaba los espejuelos.

—Gracias, es una suerte que no se hayan roto, la verdad no se que hubiese hecho... —pero en cuanto tuve mis lentes puestos y lo vi, las palabras dejaron de salir de mis labios y creo que me quedé con la boca abierta.

Ahora sí.

Acabo de tener un orgasmo.

Tuve que levantar la vista para poder mirarle bien. Era alto, de pelo negro, más corto en la base y largo en su parte superior cayendo a un costado de su rostro. Mandíbula cuadrada y ojos azules que me miraban intensamente sin apenas parpadear. Tenía los labios carnosos y apetecibles que te invitaban a besarlos.

Aparté mi mirada de sus labios, mientras podía sentir como se me aceleraba mi corazón.

Lucía un traje negro que le quedaba perfectamente ajustado. Se podía notar que hacía ejercicios con regularidad por cómo se adhería el traje a su cuerpo. No traía corbata y mostraba una camisa blanca con el primer botón desabrochado.

Creo que me quedé mirándolo más de la cuenta.

Lo había juzgado por su voz y su toque cálido. Pero me había quedado corta. A mi lado lo que había era la encarnación de la perfección. Y yo no era para nada perfecta a su lado, mucho menos después de la caída que imaginaba que todos habían visto, incluyéndolo a él. Sentía mis mejillas arder de vergüenza.

— ¿Decías?—me preguntó alzando una perfecta ceja mientras yo salía de mi trance.

—Gra...cias. —contesté mientras tartamudeaba.

Porque estaba tartamudeando, yo no tartamudeo. Mi corazón latía frenético en mi pecho mientras continuaba mirándolo ahora a los ojos fijamente.

—Sí, ya me lo has dicho, varias veces. ¿Te encuentras bien? Menuda caída la que te has dado. —dijo con una voz firme y fuerte mientras yo miraba sus labios moviéndose al hablarme.

Su voz me había resultado sexy, pero tenía una voz de las que debías temer, es la que tienen las personas peligrosas. Una voz que debía hacer que saliera corriendo y me alejara de él rápidamente. Pero en lugar de eso yo estaba allí congelada mientras mis ojos iban de sus labios hacia sus ojos de un azul intenso. Aparté mi mirada de su rostro y la dirigí hacia sus manos que las había metido en los bolsillos de su pantalón en un gesto casual y extraño. Y pude divisar unos gemelos plateados en su camisa, con la forma de lo que parecía un águila roja en el centro. Creo que mejor dejaba de mirarlo tanto, iba a pensar que estaba loca.

—Estoy…bien. —le dije mientras apartaba la mirada de él y la dirigía a los zapatos rotos en mis manos. —Solo un pequeño accidente. —le señalé los zapatos mientras sentía mis mejillas arder al mirarlo a los ojos una vez más.

Me encontraba sin zapatos parada frente a un extraño extremadamente apuesto y atractivo en mi lugar de trabajo. La situación más ridícula y estúpida que me había ocurrido jamás.

— ¿Necesitas ayuda con eso?—me preguntó señalando mis zapatos.

—No te preocupes, creo que me las arreglaré. —le dije tratando de ocultar el nerviosismo en mi voz.

Metí un mechón de pelo detrás de mi oreja y me acomodé los espejuelos. Siempre hacia esto cuando estaba nerviosa. No entendía porque un extraño hacía que me pusiera nerviosa. Decidí que tenía que apartarme de él lo antes posible antes de cometer una idiotez. Una como saltarle encima y pedirle que me hiciera el amor en el suelo de mármol del lobby.

Demasiadas novelas, demasiadas novelas…

Emprendí mi camino descalza rumbo a los ascensores mientras me despedía de él.

—Gracias nuevamente. — le dije girándome brevemente y diciéndole adiós con la mano.

Caminé lo más rápido que pude hacia los ascensores y las puertas se abrieron en cuanto estuve delante de ellas. Después de salir dos personas que me miraron raro, entré rápidamente. Me giré hacia el panel de botones y presioné el del piso 25 mientras levantaba mi mirada hacia las puertas. El se encontraba de pie en el mismo sitio, y mientras nos mirábamos las puertas se cerraron lentamente. Y yo caí sentada en el suelo del ascensor mientras los zapatos caían de mis manos. ¿Quién diablos era ese?