La comida

La mano de la reina voló hasta su entrepierna para darle un cariñoso apretón. Lancel dio un respingo.

Antes de poder cerrar la boca, los criados entraron para llevarse las bandejas de la comida: remolachas con mantequilla, panaché de verduras regadas con zumo de limón, guiso de cangrejo y pan de centeno con queso y trocitos de pera. La reina ordenó que les rellenasen las copas antes de que volviesen a retirarse.

—Primo, ¿no bebes?

Lancel asintió y bebió un buen trago, como impulsado por un resorte. Cersei le miraba fijamente e incapaz de sostenerle la mirada, decidió bajar la vista. Su prima era bellísima, con el cabello de oro batido y dos esmeraldas en sus ojos, como todos los Lannister. Los labios carnosos se curvaron en una sonrisa ladeada, inteligente. El descenso le llevó a su cuello fino y al nacimiento de sus pechos, cautivos bajo el vestido de seda carmesí. Lancel ya se había fijado en todos esos detalles de su anatomía, los que la ropa permitía ver, la primera vez que habían comido juntos. Y la segunda, y la tercera.

Lancel se había percatado de cómo la soledad se cernía sobre la reina, a pesar de rodearse constantemente de caballeros y doncellas. Las reinas soportaban pesadas cargas sobre sus hombros, como Cersei le había explicado, y el rey no hacía nada por aligerar el peso: como su escudero, lo acompañaba en sus viajes, a las tabernas y a la calle de la Seda y, de vez en cuando, al salón del trono. A Lancel le daba la impresión de que los hombros de su prima eran demasiado delicados y no podrían resistir mucho más tiempo.

Recordaba como Cersei había reprimido las lágrimas durante su tercer almuerzo juntos. Luego le había dado las gracias por estar con ella. Ser Jaime pasaba la mayor parte del tiempo con sus hermanos juramentados y había olvidado a su hermana de sangre, el Gnomo nunca la había apreciado y lord Tywin permanecía en la Roca desde hacía años. Cersei le había confesado que no se fiaba de nadie en Desembarco del Rey y que, por fin, podía contar con alguien. Con él.

—Es sencillo, ¿verdad? —Susurró. Le puso la copa vacía delante, para que se la rellenase—. Perfecto, así. Lo haces muy bien.

Era verdad: era sencillo. Solo tenía que servir el vino, una y otra vez, y otra, y otra más. Era lo que hacía normalmente.

—Él tendrá sed, mucha sed —la reina acercó los labios a su oreja, su voz era un murmullo apenas audible—. Lo haces muy bien, Lancel, solo tienes que hacerlo así, para que nuestro rey no… se seque.

Lancel divisó las frascas de vino preparadas al fondo de la habitación, cubiertas con un paño. El vino era oscuro y amargo, fuerte, tres veces más fuerte de lo normal. Era una buena cosecha del Rejo enviada por los Redwyne, para que el rey Robert se regalase el paladar. A él le encantaba, le entraba como agua de manantial. Pensó que, pese a ello, podría advertir la diferencia…

Cuando una frase acudió a su mente, la mano de su prima volvió a descender hasta su entrepierna, y la frase desapareció y se olvidó de lo que tenía que objetar. La mano trabajaba en una suave fricción, suave, lenta y tortuosa, que lo hacía apretar las mandíbulas.

—Eres el único hombre que puede hacerlo —dijo ella— y el único en el que puedo confiar.

«Tyrek también es escudero —pensó—, Tyrek también podría hacerlo, pero es un niño y yo un hombre. Tyrek no tiene la confianza de la reina. Ella está sola y confía en mí, la reina tiene muchas obligaciones, la reina está cansada, pero la reina es una leona, es una leona…»

—Tyrek carece de tu determinación —era como si pudiese leer sus pensamientos—, de tu habilidad, de tu hombría.

«Y el rey necesita distraerse —añadió mentalmente—, sí, solo será una distracción más para él. La caza y el vino, lo hace siempre.»

Tenía la boca seca.

—Estaría tan complacida, Lancel —aseguró. Hacía rato que se había endurecido, la procesión lenta de la mano de Cersei ya había llegado bajo la tela, rodeando su miembro con dedos cálidos y ágiles—. Complacida de verdad. Ojalá pudiese recompensarte como solo tú te mereces, pero..., mi doncellez, mi juventud, se las llevó Robert, y fue tan ingrato. A ti ya no…

—No, oh no, quiero decir, sí —se apresuró—, quiero decir que… Alteza, vos sois la luz del Occidente, la luz que ilumina Desembarco del Rey. Sois tan… bella, tanto como un amanecer.

—¿De veras? —Cersei sonrió contra sus labios—. Qué galante eres, primo, menos mal que te tengo.