Gracias por sus reviews, son caricias que me hacen y creanme que las necesito! Como ya se los dije esta es una adaptación de un libro de Almudena y los personajes son de SM
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Capitulo 2
Bella POV
Me cogió la mano derecha, me la puso alrededor de su polla y la meneó dos o tres veces. Aquella noche, su polla también me pareció enorme, magnífica, única, sobrehumana.
Seguí yo sola. De golpe, me sentía segura. Esa era una de las pocas cosas que sabía hacer: pajas. El verano anterior, en el cine, había practicado bastante con mi novio, un buen chico de mi edad que me había dejado al terminar la temporada.
Procuré concentrarme, hacérselo bien, pero él me corrigió enseguida.
-¿Por qué mueves la mano tan deprisa? Si sigues así, me voy a correr.
No entendí su advertencia.
Yo creía que había que mover la mano muy deprisa. Yo creía que él quería correrse y que nos iríamos a casa. Yo creía que eso era lo natural, pero, por alguna extraña inspiración, no lo dije.
Su mano agarró mi muñeca para imprimirle un nuevo ritmo a mi mano, un ritmo lento y cansino, y la condujo hacia abajo, ahora le estoy tocando los huevos, y otra vez hacia arriba, ahora tengo la punta del pellejo entre los dedos, muy despacio. Estuvimos así un buen rato.
Yo miraba mi mano, estaba fascinada, él me miraba a mí, sonreía.
Habían desaparecido las ansias, la violencia inicial. Ahora todo parecía muy suave, muy lento. Mi sexo seguía hinchado, se abría y se cerraba.
-Siempre he confiado mucho en ti -su voz era dulce.
Aquel pedazo de carne resbaladiza y enrojecida se había convertido en la estrella de la velada. El ya no me tocaba, no me hacía nada. Se había ido moviendo imperceptiblemente, para no estorbarme, hasta recuperar la posición inicial. Volvía a ocupar el asiento del conductor, el cuerpo arqueado hacia delante, los brazos colgando hacia atrás.
Acercó la boca a mi oreja.
-¿Has...? -no terminó la frase, se quedó callado, pensativo, como si estuviera eligiendo las palabras-. ¿Le has hecho sexo oral a un hombre alguna vez?
Dejé de mover la mano, levanté la cabeza y le miré a los ojos.
-No -aquella vez no mentía, y él se dio cuenta.
No dijo nada, seguía sonriendo. Alargó la mano y giró la llave de contacto. El motor se puso en marcha. Los cristales estaban empañados. Fuera debía de estar helando, una cortina de vapor se escapaba del capó.
Se volvió a reclinar contra el asiento, me miraba, y yo me daba cuenta de que el mundo se estaba viniendo abajo, el mundo se me estaba viniendo abajo.
-Lo comprendo -puso un pie encima del acelerador y lo apretó dos o tres veces.
Me mordí la lengua. Siempre me muerdo la lengua durante una fracción de segundo antes de tomar una decisión importante.
Agaché la cabeza, cerré los ojos, abrí la boca, y decidí que, después de todo, no había nada malo en asegurarse primero.
- ¿quieres que lo haga? -aquello le hizo mucha gracia, casi todas mis palabras, casi todas mis acciones le hicieron mucha gracia, aquella noche.
-No, si tú no quieres.
Me puse muy seria.
-No quiero.
-Ya lo sé, imbécil, era sólo una broma.
Su sonrisa no me tranquilizó demasiado, pero ya no podía volverme atrás, de modo que volví a agachar la cabeza, y a cerrar los ojos, abrí nuevamente la boca y saqué la lengua. Era mejor empezar con la punta de la lengua, primero, la idea de lamerla me resultaba más tolerable.
Edward se arqueó más, se estiró como un gato y me puso una mano encima de la cabeza.
La empuñé con la mano izquierda y empecé por la base, apoyé la lengua contra la piel y la mantuve quieta un momento. Después comencé a subir, muy despacio. La mayor parte de mi lengua seguía dentro de mi boca, de forma que, según ascendía, barría la superficie con la nariz, pasaba la lengua y después, el labio inferior seguía el surco de mi propia saliva. Cuando llegué al reborde, regresé abajo, a la base, para volver a subir muy despacio. Edward suspiraba. La segunda vez me atreví con la punta.
Sabía dulce. Lo que no quiere decir exactamente que supieran bien. Estaba dura y caliente, pero en conjunto y sorprendentemente resultaba menos repugnante de lo que había imaginado al principio, y yo me sentía progresivamente mejor, más segura.
Recorría su hendidura con la punta de la lengua, bajaba por lo que parecía una especie de invisible costura al grueso reborde de carne y me instalaba justo debajo de él, para seguir su contorno. Lo hacía todo muy despacio -en coyunturas como ésta nunca ha sido necesario decirme las cosas dos veces-, y estaba empezando a pensar que muy bien.
Objetivamente, no extraía ningún placer de aquella actividad, si acaso el contacto con una carne nueva, que mi lengua percibía mucho más nítidamente de lo que habían percibido jamás mis manos, y sin embargo estaba cada vez más excitada.
En algún lugar de mi cabeza, lo suficientemente lejos como para no molestar, lo suficientemente cerca como para hacerse notar, palpitaban mi minoría de edad, cuatro años todavía para los veintiuno, el drama de la playa, cuando me desmayé dentro del agua y Edward me salvó la vida, recuerdos de los veranos de mi infancia, él y mi hermano metiéndole mano a dos chicas en el columpio del jardín mientras yo les espiaba, y las palabras de mi madre, hablando con sus amigas, Edward es de la familia, casi como uno de mis hijos...
Jacob, en casa, debía pensar que estábamos todavía escuchando ese recital que nos trajo aquí.
Yo procuraba no olvidar que estaba dentro de un coche, en plena calle, chupando el pene de un amigo de la familia y sentía oleadas de un placer intenso. Me reconocía a mí misma, deshonrada, era delicioso, recordaba las acostumbradas amonestaciones -los chicos sólo se divierten con esa clase de chicas, no se casan con ellas-, y era consciente también de la peculiar relación que se había entablado entre nosotros. Tras los besos y demostraciones estrictamente necesarios para ganarme, él observaba una pasividad casi total. Sentado, erguido y vestido, se dejaba hacer. Yo, tirada encima del asiento, medio desnuda, encogida e incómoda, aceptaba sin dificultad aquel estado de cosas.
Mi madre solía repetir que me hubiera dejado ir con él al fin del mundo, y yo estaba empezando a verlo ya.
Cuando comenzaba a preguntarme si estaría lo suficientemente familiarizada con ella como para metérmela en la boca, él decidió nuevamente por mí. La mano que reposaba encima de mi cabeza se dirigió bruscamente hacia abajo. Me pilló desprevenida y me tragué un buen trozo. Retiré los labios instintivamente pero su mano seguía ahí, inalterable, presionando hacia abajo. Repetimos el juego cinco o seis veces.
Era divertido, intentar resistirse.
Tenía la boca llena. Notaba los pequeños bultos de las venas, los imperceptibles accidentes de la piel rugosa, que subía y bajaba obedeciendo los impulsos de mi mano, sabía dulce, la punta me golpeaba el paladar, intenté tragármela entera, metérmela toda en la boca y tuve que contener un par de arcadas.
Edward me desarmó la coleta que llevaba en el pelo, deslizó la mano debajo y, un poco más arriba de la nuca, la cerró, atrapando un puñado de cabellos muy cerca de las raíces. Los estrujaba y tiraba de ellos hacia sí, guiándome nuevamente. Sus nudillos se me clavaron en la cabeza. Me dolía, pero no hice nada por evitarlo. Me gustaba.
Ahora él también se movía, levemente, entraba y salía de mi boca.
-Siempre he sabido que eras una niña sucia, Bella -hablaba despacio, masticando las palabras, como si estuviera borracho-, he pensado mucho en ti, últimamente, pero nunca creí que sería tan fácil... -mi sexo acusó inmediatamente el golpe, acabaría estallando en pedazos si seguía a ese ritmo.
Mantenía los ojos cerrados y estaba completamente concentrada en lo que estaba haciendo, me había doblado tanto hacia adelante que estaba prácticamente tumbada de costado encima del asiento, con las piernas encogidas, la manivela de la ventanilla contra el muslo, intentando que mi mano siguiera acompasadamente el movimiento de mi boca, desafiando abiertamente mi natural torpeza, tan intensamente que tardé algún tiempo en advertir el profundo cambio de la situación. Nos estábamos moviendo.
Al principio supuse que era solamente una sensación subjetiva, aquella noche habían pasado muchas cosas, estaban pasando muchas cosas, pero, de repente, el coche se llenó de luz, abrí los ojos y miré hacia arriba, allí estaban, todas las farolas Port Angeles devolviéndome la mirada.
Estupor, primero. ¿Cómo podía mover la palanca de cambios sin que yo me diera cuenta? Pero es que debajo de mí no había ninguna palanca de cambios, me llevó algún tiempo recordar que en aquel coche la palanca estaba sujeta al volante.
Terror, después. Pánico.
Salté como impulsada por un resorte invisible. Cuando por fin pude acomodarme en el asiento de la derecha, me di cuenta de que estaba medio desnuda. Me tapé como pude, con el jersey y con las manos, para componer una estampa seguramente patética.
Edward pisó el freno bruscamente. Nos detuvimos en el carril central, entre los estridentes pitidos de un autobús que nos esquivó por la derecha. Cuando pasaba a nuestro lado, pude distinguir al conductor, gesticulando con un dedo sobre la sien.
Mi opinión no era muy diferente de la suya.
-Pero ¿que haces? -estaba muy asustada-. Nos hemos podido matar.
-Lo mismo que tú.
-No te puedes parar así, en medio de la calle...
-Tú tampoco podías, y te has parado.
De repente me di cuenta que ya no parecía un adulto. Había perdido todo su aplomo para convertirse en un adolescente contrariado, enfurruñado. Su plan había fallado y era conmovedor contemplarle ahora, con la bragueta abierta y el gesto serio, mirando con expresión ofendida un punto fijo, en la lejanía. Por primera vez en mi vida, primera y última vez en mi vida con él, sentí que era una mujer, una mujer mayor. Era una sensación agradable, pero no podía detenerme en ella. Edward estaba furioso.
Traté de recuperar la calma para evaluar correctamente la situación. Me volví hacia la ventanilla y comprobé que los conductores que desfilaban a mi lado eran solamente torsos, cuerpos cortados poco más allá de las axilas.
Dudaba.
-Te voy a llevar a casa. Perdóname,- estoy borracho.
De repente sentí unas terribles ganas de llorar.
El espejismo se había disipado. Su voz era grave y serena, la voz de un adulto que pide perdón sin sentirlo, perdón, estoy borracho, una fórmula de cortesía para una niña que, después de todo, no ha estado a la altura de lo que se esperaba de ella, me miró un momento, sonriéndome, y la suya era una sonrisa formal, amable, desprovista de cualquier complicidad, una sonrisa de adulto condescendiente, un amigo de la familia, de toda la vida, sinceramente apenado por la situación ocasionada.
Empequeñecí de golpe, me hacía cada vez más pequeña, más pequeña, y lloraba, no podía contener las lágrimas. Ahora íbamos bastante deprisa, mi casa no estaba tan lejos, después de todo, mi casa no está lejos, estaba bloqueada, no podía pensar pero tenía que hacerlo, tenía que pensar deprisa, el tiempo se me escapaba, se me escurría entre los dedos, y aquello era importante, era importante.
Me volví para mirarle. En algún momento se había subido la cremallera sin que yo me diera cuenta.
Me abalancé sobre él, dejé caer todo mi cuerpo hacia la izquierda y empecé a manipular su pantalón, pero estaba muy nerviosa, lloraba, y mis manos se trababan continuamente.
Conseguí abrirle el cinturón y me golpeé yo misma en la mejilla con uno de los extremos. Seguía llorando, lloraba de rabia porque no conseguía hacer las cosas deprisa. Le desabroché el botón, le bajé la cremallera y se lo saqué, y estaba pequeño, nada que ver con el agudo esplendor de hacía tan sólo unos instantes, y me lo metí en la boca y ahora me cabía entero, y comencé a hacer todo lo que sabía, y más, quería congraciarme con el a toda costa, pero no crecía, el maldito no crecía y así, pequeño y blando, era todo más difícil.
Lo tenía en la boca, volvía a tenerlo en la boca y lo chupaba, y de repente pensé que ahora me gustaba, y luego rechacé la idea, no era eso, no me gustaba en realidad, era sólo que tenía que crecer, tenía que crecer como fuera, me lo sacaba a ratos de la boca y lo lamía como había hecho al principio, lo recorría entero con mi lengua, lo rebozaba de saliva, de la punta a la base y otra vez a la punta, y me lo volvía a meter en la boca, lo sacudía enérgicamente entre mis labios, me lo tragaba y movía la lengua dentro de mi boca, solamente la lengua, como si chupara la sangre de una herida inexistente, y después, desde fuera, mientras lo sostenía firmemente con una mano, buceaba más allá de la base, y seguía penetrando en el exiguo espacio que mediaba entre la tela y la carne, hasta llenarme la boca, para volver otra vez al principio...
Lo primero que noté fue que habíamos empezado a ir mucho más despacio, y que nos movíamos continuamente de un lado a otro, cambiando de carril. Luego sentí su mano encima de la cabeza, nuevamente. Solamente al final me di cuenta de que estaba excitado otra vez, de que lo había excitado yo, otra vez.
Nos paramos. Un semáforo. No me atreví a levantar la cabeza ni un instante, pero entreabrí los ojos para intentar calcular dónde estábamos. Un puente metálico cruzaba la calle, en dirección perpendicular a la nuestra.
Me lo metí en la boca y empecé a moverme sobre el, de arriba abajo, mecánicamente, para poder pensar. Teníamos que seguir un buen trecho, de todos modos. Aquel era el camino obligado para ir a mi casa, para ir a la suya también.
Desde entonces traté de calcular cada metro Que avanzábamos, a ciegas, y la calle ya no era la calle, no había gente y si había gente no importaba, era solamente una distancia, la distancia era lo único importante ahora.
La primera contraseña fue el ruido de la fuente en la plaza junto a la escuela, ya estaba empezando a pensar que no llegaría a escucharla jamás, nos movíamos tan lentamente que aquella inmensa mole gris había llegado a parecer me eterna.
Dejamos el ruido del agua y seguimos adelante.
Primer sobresalto gozoso. Había dejado a la derecha el camino más corto. Avanzábamos en línea recta.
Unos minutos más tarde volví a mirar de reojo. No íbamos a mi casa. Sorpresa. Tampoco íbamos a la suya.
¿Adónde me llevaba? Doblamos hacia la izquierda, torcimos un par de veces y un pozo en el asfalto. Aquella vez casi me la trago de verdad.
El motor se detuvo, pero no me atreví a imitarle. Edward me cogió de la barbilla, me sostuvo mientras me enderezaba, me abrazó y me besó.
Cuando nos separamos, se echó un momento hacia atrás y me miró. No dijo nada, interpreté que trataba de adivinar si tenía miedo.
-Esta no es mi casa -intentaba parecer ingeniosa.
-No -rió-, pero tú ya has estado aquí.
Cuando salimos a la calle, vi que había atravesado el coche en diagonal encima del bordillo. Siempre ha sido muy fino para eso.
La casa, un edificio gris y oscuro, con un siglo a sus espaldas más o menos, no me decía nada. El portal, un hermoso portal modernista, culminaba en una enorme puerta doble de madera, con vidrieras emplomadas de cristal de colores. El pomo de la puerta, un gran pomo dorado que terminaba en una cabeza de delfín, sí me resultaba vagamente familiar.
Él caminaba delante de mí. Se detuvo ante una puerta con una placa dorada en el centro y entonces recordé.
Entrábamos en el taller de su madre, el atelier como solía llamarlo ella, una modista de cierta fama, que diseñaba ya cuatro o cinco colecciones al año, y repetía como un lorito lo de la tensión de la creación, la responsabilidad social del creador y el impacto del "pret-a-porter" en los modos de vida urbanos contemporáneos, una auténtica imbécil. Mi madre había sido clienta suya hacía años, antes de que su status subiera. Yo la acompañaba a veces a las pruebas, y me sentaba en un enorme sillón con una pila de gruesas revistas francesas, espléndidas modelos con pendientes enormes y aparatosos sombreros, me encantaba mirarlas.
Él caminaba delante de mí. Al pasar junto a uno de los sofás del pasillo cogió con la punta de los dedos, sin detenerse, dos grandes cojines cuadrados. Al final se abría una gran puerta doble, la sala de pruebas. Encendió la luz, tiró los cojines en el suelo, me hizo un gesto vago con la mano para indicarme que entrara, y desapareció.
El sillón seguía allí, en el mismo sitio, habría jurado que era el mismo, con otra tapicería.
-Bella...
No recordaba los espejos, sin embargo, las paredes estaban forradas de ellos, espejos que se miraban en otros espejos que a la vez reflejaban otros espejos y en el centro de todos ellos estaba yo, yo con mi espantoso jersey marrón y la falda tableada, yo de frente, yo de espaldas, de perfil, de espalda...
-¡Bella! -ahora chillaba, desde no sé dónde.
-Qué...
-¿Quieres una copa?
-No, gracias.
...yo, un corderito blanco con un lazo rosa anudado alrededor del cuello, otra vez.
Edward volvió con un vaso en la mano y se sentó en el sillón, a mirarme.
Yo estaba colorada pero no se me notaba tanto, esta situación me parecía aun natural, quizás era el alcohol de la cerveza, nunca tomaba y seguía allí plantada en medio de la sala, no me había movido porque no sabía qué tenía que hacer, adónde tenía que ir.
-Desde luego, en mi vida he visto unos zapatos tan horribles.
No bajé la vista porque me los sabía de memoria y desde luego eran horribles.
-¿No os dejan llevar tacones en el colegio?
No, evidentemente no, menuda tontería, no podías llevar zapatos de tacón en un colegio de monjas, ni siquiera en el último año, aunque te dejaran salir a fumar en los recreos.
-No, no nos dejan -le respondí, de todas formas.
-Quítatelos -sus palabras sonaban como si fueran órdenes, eso me gustó, y me descalcé-.
Ven aquí -se dio una palmada sobre el muslo.
Me acerqué y me senté encima de él, encajando mis piernas entre su cuerpo y los brazos del sillón.
Antes, instintivamente, nunca he llegado a saber por qué, ni tampoco importa, me levanté hacia atrás la falda, que quedó colgando sobre sus rodillas, mientras la parte posterior de mis muslos rozaba directamente la tela de sus pantalones.
Aquel gesto le sorprendió mucho:
-¿Dónde has aprendido eso? -su cara reflejaba nuevamente una especie de asombro complacido.
-¿El qué? -no entendía, no era consciente de haber hecho nada en especial.
-A levantarte la falda antes de sentarte en las rodillas de un tío. No es un gesto natural.
Posiblemente tenía razón, no era un gesto natural, pero no sabía de qué me estaba hablando.
-No sé, no te entiendo.
-Da igual -daba igual. Estaba contento. Sonreía. Me besó en los labios suavemente- Quítate el jersey y ahora pórtate bien, no hables, no te rías. Voy a llamar por teléfono.
Me saqué primero la manga izquierda, luego me lo pasé por el cuello; cuando estaba terminando con el brazo derecho me quedé helada.
-¿Jacob? Hola, soy yo -al otro lado debía de estar mi hermano, no hay muchos Jacobs por ahí-. Nada, muy bien...
Me arrancó el jersey de las manos, se encajó el teléfono entre la barbilla y el cuello y empezó a desabrocharme la blusa, apenas dos botones flojos, yo no me movía, no respiraba siquiera, estaba paralizada, completamente bloqueada.
-No, no ha estado mal, en serio, al hombre no hay un Dios que lo aguante, ya sabes, pero la gente se lo ha pasado bien, ha chillado, ha llorado y se ha ido a casa contenta -adoptó un tono épico, como los locutores de televisión cuando transmiten un partido de futbol-, en suma, te has perdido otra jornada de gloria, camarada, una más, pero siempre lo haces... -podía escuchar las carcajadas de mi hermano, al otro lado del teléfono, Edward también se reía, ni siquiera yo soy capaz de mentir mejor.
Me pasó las manos por detrás y me desabrochó el sujetador, un corpiño enorme, , color carne, cuadraditos en relieve y tres florecitas de tela en el centro, cuya contemplación le había provocado exagerados y mudos espasmos de horror.
Tapó el auricular con la mano, me pasó un dedo por debajo de la hombrera y me susurró al oído:
-¿Esta es la pérfida estrategia de tu madre para que lleguéis todas vírgenes al matrimonio, o qué?
Me quitó la blusa y el sujetador, cambiándose el teléfono constantemente de sitio.
-¡Ah! Bella..., Bella ha sido mi buena acción del día... -me miraba y sonreía, estaba guapísimo, más guapo que nunca, encantado con su papel de concienzudo pervertidor de menores satisfecho de sí mismo-. Se lo ha pasado de puta madre, en serio -hablaba despacio, mirándome, y recalcando las palabras, hablaba para Jacob y para mí al mismo tiempo, y me pasaba el vaso por los pezones, dejando una estela húmeda, gratuita, porque tenía los pechos de punta desde que empezó, aunque el hielo provocaba una sensación contradictoria y agradable-, no te lo imaginas, ha levantado el puño, ha chillado como una histérica, ha venido cantando la Internacional en el coche todo el tiempo, en fin, el repertorio completo, ya sabes -me miró-, y nunca he visto a nadie mover la boca con tanto entusiasmo, estaba encantada de la vida... - sonreía, y yo le devolvía la sonrisa, ya no tenía miedo, y sí ganas de reírme, aunque no podía hacerlo.
Traté de acelerar las cosas y me desabroché la hebilla del primer cierre de la falda, pero Edward movió negativamente la cabeza y me dio a entender que me la abrochara otra vez.
-Lo que pasa es que nos hemos encontrado con mucha gente, hemos estado bebiendo por ahí, y ahora está con una borrachera que no se sostiene -me metió la mano libre debajo la falda y comenzó a acariciarme la cara interior de los muslos con la punta de los dedos-. ¡No me jodas, Jake! Y yo que sé... -me coló el dedo índice debajo del elástico y comenzó a moverlo de arriba abajo, muy despacio, recorriendo con el nudillo la línea de la ingle-. ¿Pero qué dices? Yo no la he llevado a beber, hemos ido a tomar una cerveza, solamente, y se ha emborrachado ella solita, ya es mayor, ¿no?, pero, ¿tú qué te has creído? No iba a estar toda la noche pendiente de la niña, por muy hermana tuya que sea. Se ha escabullido un par de veces, ha bebido de mi copa y de las de los demás, yo qué sé..., estaba muy excitada, y al llegar aquí se ha quedado frita, no se tenía en pie. Ahora está dormida, la hemos acostado y he pensado que se podía quedar aquí, si no te importa, no me apetece nada llevarla a casa, ahora –la punta de su dedo seguía barriendo lentamente la grieta de mi sexo, y con la otra mano, sin soltar el teléfono me empujó hacia él, tuve que apoyar las manos en el respaldo del sillón para mantener el equilibrio-. ¿Qué? No, estamos en Forks..., y no me jodas, Jacob, ¿qué más te da? No tiene por qué enterarse nadie. ¿No ha dicho ella ya que se iba a estudiar a casa de una amiga? Pues se queda a dormir con la amiga y ya está. Total, la fiesta era en Seattle ¿no? No creo que tu madre tenga las antenas tan largas... No, no sé dónde está su colegio, pero ella me lo dirá, creo recordar que tiene lengua... Que no, te lo juro, que no le he hecho nada, nada, ni se lo pienso hacer.
Se movió hasta que mis pechos le quedaron justo encima de la cara.
Suponía que quería chuparlos o morderme, como antes, en el coche, pero no hizo nada de eso. Metió la cara en el surco y la restregó sobre mi piel, notaba su mejilla, su boca, cerrada, y su nariz, moviéndose sobre mí, apretándose contra mi carne, escondiéndose en ella como si estuviera ciego y solamente dispone del tacto, el engañoso tacto del rostro, para reconocer, y cuando volvió a hablar distinguí por fin una leve sombra de alteración en su voz.
-No, no podía ir a casa, Rose está estudiando. Tiene un examen mañana y no quería molestarla. Además... -me regaló una mirada cómplice-, además, estoy con una chica... Sí; sí la conoces, pero me está haciendo gestos con la cabeza... no quiere que sepas quién es... -en su rostro se dibujó una expresión de cansancio-. ¿Tu hermana? Pero hombre, ¿tú no sabes pensar más que en tu hermana? Tu hermana está durmiendo dos cuartos más allá. La estoy oyendo roncar. No se entera de nada –Jacob debió decir algo gracioso, porque él se rió-. Pero Jake, en serio, no te pases de sensible. ¿Qué mierda le importa a Bella que yo le ponga los cuernos a mi novia? ¿Por qué se iba a sentir herida? Aunque ella crea que está enamorada de mí, no es más que una niña. Los hombres no se acuestan con niñas pequeñas, sólo en las novelas, y ella se dará cuenta, supongo, no es tonta -me puse todavía un poco más colorada, la cara me quemaba-. Además... ¿cuántos años tiene? Si nos ve, mejor para ella, ya tiene edad para matarse a pajas -de momento, no reaccioné-. ¿Sí?, no me digas...
Abrió la boca y se agarró firmemente a uno de mis pezones, estirando de tanto en tanto la carne entre los dientes. Luego, de repente, se separó de mí, se echó para atrás y se quedó mirándome, con los ojos como platos y la boca entreabierta, pasándose la lengua por el borde de los dientes. Su dedo cambió de posición. Salió del elástico y se posó en el centro de mi sexo. Su movimiento se hizo inequívoco.
Ya no me rozaba, ni me acariciaba. Me estaba masturbando por encima de las bragas.
-Pero... ¿qué diablos es una pauta dulce?
Sentí que me moría de vergüenza. Nunca hubiera creído que Jacob fuera capaz de hacer una cosa así, pero lo hizo. Se lo contó. Se lo contó todo. Edward me miraba con expresión incrédula. Yo me sentía mal. Tenía los ojos fijos en mi falda.
- Una flauta dulce... ¡Pobre Bella, qué bestia!
Me sentía dividida entre dos sensaciones muy distintas. Muerta de vergüenza por un lado, incapaz de mirar a Edward a los ojos, y a punto de correrme, de correrme con las manos quietas, al mismo tiempo, porque me lo estaba haciendo muy bien, a pesar de la tela, o quizás precisamente gracias a la tela, su dedo presionaba con la intensidad justa, no me hacía daño, ni me irritaba la piel, como el contacto, exasperante pero no agradable, de todos los demás.
-¿Cómo te enteraste? ¡Te lo contó ella...! Y por cierto, ¿de quién era la flauta? ¡De
Mike! ¡Bien por Bella! Lenta pero segura...
Sin dejar de tocarme, me cogió por la barbilla y me levantó la cara.
-Mírame -un susurro casi inaudible.
Le miré. Estaba sonriendo, me sonreía. Volví a bajar la vista.
-No me extraña que te la pusiera dura, me estás excitando tú a mi por teléfono... Sí, tiene gracia, es una nueva experiencia, después de tantos años. Y tú ¿qué hiciste? Si yo hubiera estado en tu lugar, te juro que me la hubiera cojido sin pensarlo... Ya, siempre he sido peor hermano que tú, o mejor, vete a saber. En fin, pobre Bella -risitas- no te preocupes, yo la llevo al colegio mañana, ya te llamaré, hasta luego.
-Una flauta dulce... -había colgado el teléfono. Me estaba hablando a mí-. Mírame -y su dedo se detuvo.
No me atrevía a mirarle, ni a hacer nada, aunque le echaba de menos entre las piernas.
Me sujetó por los hombros y me sacudió.
-Bella, mírame porque te juro que te visto ahora mismo y te llevo a tu casa.
La misma amenaza, el mismo resultado.
Le brillaban los ojos. Tenía un aire casi animal.
Me estaba haciendo daño en los brazos.
-¿Por dónde te la metiste, por la boquilla o por el extremo de abajo?
-Por arriba -las palabras salieron espontánea mente de mi boca.
-Y ¿te gustó?
-Sí, me gustó, aunque era demasiado estrecha, no la notaba mucho, de verdad, sólo la boquilla, lo demás no lo notaba; de todas maneras Tanya me pilló enseguida, casi no me había dado tiempo a enterarme, de verdad, Edward, te lo juro...
Empecé a verle borroso. Tenía dos lágrimas enormes en la punta de los ojos. Cambió de tono, aflojó los brazos, y me habló, me dijo casi lo mismo que me había dicho Jacob, aquella noche, cuando fui a contárselo, aterrada, porque su cuarto era el único sitio del mundo adonde podía ir.
-Perdóname, no quería asustarte, en realidad no hay de qué asustarse. Vamos, pero si no pasa nada. Es que tiene gracia, una flauta dulce, la flauta de Mike, todavía me acuerdo, cuando te cambiaron a ese colegio y él te molestaba siempre, ahora te has vengado de él en su flauta, me he reído solamente por eso, en serio. Las demás no tienen tanta imaginación, se conforman con un dedo. Eres una chica mayor, una chica sana, ejerces un derecho y..., y..., no me acuerdo, las feministas tienen una frase para casos como éste, pero ahora no me acuerdo, de todas maneras da igual, está bien, es lógico... Todo el mundo lo hace, aunque las mujeres no lo digan -me secó las lágrimas con la punta de los dedos-. Si dejas de llorar, te portas bien y me lo cuentas todo, te compraré en alguna parte un consolador de verdad, para ti sola.
-Nunca he tenido nada para mí sola.
-Ya lo sé, pero yo te lo regalaré para que pienses en mí cuando lo uses. Ya sé que no es una idea muy original, pero me gusta -la última observación la debió de hacer para sí mismo, porque no la entendí. Por lo demás, casi siempre pensaba en él cuando me masturbaba, aunque, obviamente, no se lo podía decir-. ¿De acuerdo?
Asentí con la cabeza, sin saber exactamente en qué estábamos de acuerdo. Nunca en mi vida había estado tan confusa.
Fin del segundo capitulo! Este se hizo extenso por eso no ha llegado ya lo que tanto esperan, eso lo subiré el jueves. Tengo una pregunta q hacerles: en paginas sucesivas el libro trata una relación con un transexual, travesti o como quieran llamarlo, les molesta? O quieren q la publique? Avísenme que eso es importante saberlo. Besos!
