Otro capítulo, no muy largo, pero me ha costado lo mio. Una está espesa.
Gracias PauMalfoy por tu Review. No sé si saldrá Legolas más veces, pero tén por seguro que si por él fuera, salvaría a la dama de todos los peligros que le esperan.
Capítulo dos
Isadora
El viento le silbaba en los oídos y le azotaba la cara; pero, impasible, Isadora mantenía la vista fija en el camino sin verlo. El sol estaba alto, comenzaba a hacer calor, los colores de la llanura infinita le recordaban a los alrededores de su aldea. Los mismos de las fiestas en verano, cuando cansados de bailar se tumbaban al sol en la explanada central de la aldea. Cerró los ojos alejando los dolorosos recuerdos, nada de eso existía ya. Nadie podría devolvérselo.
Mucha gente podría creer que huía del dolor, de la guerra y de las palabras de ánimo que no aflojaban su pena; pero Isadora corría hacia su venganza. El odio la empujaba sin remedio en busca de esa figura, de la imagen del horror que se había grabado en su mente. Acercó más su cuerpo al caballo, espoleándolo. Quería más velocidad, más rápido hasta el fin de la Tierra Media. El animal resoplaba de cansancio, notaba sus músculos del cuello tensarse rítmicamente a cada zancada.
Isadora, alzó la mirada intentando situarse. Tal vez fuera una aldeana simple del reino de Gondor, siempre alejada de la grandeza de la Ciudad Blanca; pero no era tonta y el alcaide del poblado siempre se había interesado en los conocimientos sobre las tierras e historias de Gondor de la gente a la que gobernaba. Recordó al bueno de Föndor, siempre gordo, siempre preocupado por la grandeza del pueblo gondoriano aún a pesar de estar alejados del dominio del Senescal, recordó sus explicaciones sobre los límites del reino. Como una punzada le llegó la imagen de su cráneo destrozado por un mazo, su cuerpo tirado en el centro de la aldea. Espoleó de nuevo al caballo que resopló y se rebeló momentáneamente a la orden, al final doblegó su voluntad a la insistencia de la mujer.
Isadora se concentró de nuevo en la idea de orientarse para evitar perder la cabeza entre los horrores recientes. Hacia el sur, siempre hacia el sur, hacia el hombre de piel oscura que le atormentaba la mente; pero sabía que cruzar el Anduin a nado al comienzo de la primavera resultaría casi imposible. Con los deshielos se aumentaba el caudal del río, ya de por sí bravo, y se hacía innavegable para una barca bien construida. Tiene que haber un paso, pensó haciendo memoria y tenía razón. De repente se acordó, tiró de las bridas del caballo frenando su loca carrera.
-Iremos a Pelargir, atravesaremos el Anduin, el Sur de Gondor –Le dijo al caballo como si el animal supiera cómo llamaban los hombres a las tierras –Hasta Umbar.
OoOoOoOoOoO
Muchas veces lo explicado en la teoría coincide a medias con la práctica y a Isadora le tocaba comprobar cuán difícil resulta situarse en una explanada que sólo conoces a través de mapas antiguos. Llevaba tres días cabalgando sin parar, durmiendo sobre el caballo. El animal mantenía el ritmo a pesar del cansancio, sin rebelarse y dejarla plantada. Muy a su pesar, Isadora hizo una mínima parada para situarse. Ni el sol o la luna, tampoco sabía muy bien que momento del día era; se veían. El cielo estaba tapado por una única y enorme nube negra. Tan negra que no dejaba pasar los rayos de sol, tan espesa que marchitaba el ánimo de todo ser viviente. Buscó el origen de la oscuridad sintiendo en su corazón que procedía del este. Miró desesperada a su alrededor, no había manera de encontrar el este. Busco piedras con musgo, pero la humedad en aquella zona del reino no era lo suficientemente alta. Ante ella solo se extendía una llanura plana, tan plana y lisa como la rueda del molino en la que su padre hacía la harina. Estaba tapizada por un manto ligero de hierbas amarillentas, persistentes a pesar de la sequía. De vez en cuanto una flor amarilla con forma de estrella aparecía, la estrella del agua; así la había llamado su madre en una de sus salidas a por hierbas para cocinar. Mientras recogían romero, le explicó que, cavando debajo de una de ellas, se podía encontrar agua fresca. Reprimió las lágrimas al recordar a su madre. Se agachó cerca de una y cavó con calma, al parar se había dado cuenta de la sed y del hambre que tenía. El caballo resoplaba exhausto, las patas le temblaban del esfuerzo, detrás de ella intentaba masticar algunas hierbas secas. El agua afloró enseguida y mojó sus manos, estaba fresca, tal y como dijo su madre. Bebió hasta saciarse antes de que el caballo la empujara con el hocico para hacerse con el control del agua recién descubierta.
Se tumbó en la hierba a descansar, seguramente el caballo no se querría mover de allí hasta haber reposado un rato. El silencio del lugar era inquietante, ni un canto de pájaro, cigarras o grillos, ningún zumbido de mosquito fastidioso; tan sólo ese silencio tan intenso que parecía ruidoso. ¿Ruidoso, se incorporó de golpe asustando al caballo. Pero aquel silencio no era normal, había algo que le recordaba a… ¡al agua corriendo por el cauce de un río! Se levantó de prisa y montó al caballo con agilidad sin darle tiempo a quejarse. Corrió al galope hacia el sonido, deseando que no fuera un regato sin cauce definido. Cada vez aumentaba el volumen del ruido, subió una colina, dos y al llegar a la cima de la segunda vio el Gran Río y entendió porque lo llamaban así.
La distancia entre una orilla y otra era tal que la vista casi no alcanzaba a verla, el agua bajaba fiera, clara, ruidosa, a pesar de estar en el tramo menos empinado del cauce. No era difícil imaginar el poderío de las aguas en su nacimiento, allá en la Montañas Nubladas. Isadora se apeó del caballo y se acercó con lentitud a la orilla, el caballo la imitó. Metió una mano en el agua fresca mirando a su alrededor en busca de una zona de aguas calmadas por donde pudiera pasar.
El frescor del agua la transportó a las del riachuelo que abastecía al poblado, bajó los ojos con tristeza. Tal vez ahora estuviera tocando esas mismas aguas, que se alejaron de allí aterrorizadas por la masacre. Por enésima vez desde que había recuperado la conciencia juró vengarse, pero ahora su mente estaba libre de apasionamientos. Veía las cosas con frialdad y calma.
Se iba a vengar, eso estaba claro, pero para eso tenía que encontrar al objeto de su ira y sólo tenía un dato, el color de piel del hombre que ordenó matar a sus padres, sus hermanos. El color de piel del hombre que le acarició la mejilla con ternura sádica antes de dejarla en manos de sus guerreros. Aquel hombre negro sólo podía vivir en las tierras desconocidas del Sur.
Dejó que la montura se refrescara las patas antes de volver a subirse a ella. El caballo suspiró y a Isadora le sonó a resignación. Le palmeó el cuello para darle ánimos, se remangó las faldas del hermoso vestido gondoriano, ahora sucio y roto, no quería enredar al caballo con la tela. Espoleó al animal que trotó siguiendo la ribera del río. El ánimo de Isadora se había levantado ligeramente con el descubrimiento del cauce, a pesar de lo lúgubre de su empresa; estar perdida en el páramo sin comida ni bebida la inquietaba mucho.
El cielo parecía acompañar su estado de ánimo, la espesa nube negra vacilaba y algunos rayos de sol se apresuraban a encontrar fisuras por las que colarse. Una brisa fresca movió las crines del caballo, Isadora notó al momento que la opresión de su corazón se aflojaba ligeramente. No sabría hasta tiempo después que el reinado del Señor Oscuro había terminado y comenzaba una era de paz, no honraría hasta mucho más tarde el valor de los pequeños hobbits.
Con el paso de las horas la nube se disipó por completo, dejando ver las estrellas tililantes. Gracias a ellas confirmó que iba por el buen camino y se relajó en la montura, se puso a cantar mientras acariciaba las crines del caballo, evitando que se le cerraran los ojos por el cansancio.
Un extraño silbido la puso alerta, dos segundos antes de que el caballo se encabritara tirándola y cayendo él mismo. Aterrada, Isadora comprendió, por los chillidos del animal, que había sido herido. Se arrastró hacia él para comprobar que la flecha había sido certera, el caballo agonizaba con los ojos desorbitados por el dolor. Temblando sin control palpo la flecha buscando algún indicio que le indicara el tipo de ser que la había lanzado. Miró a su alrededor, desconfiaba del silencio sólo roto por la agonía del caballo. Sacó un abrecartas, robado al Jefe de Curadores allá en las Casas de Curación, de entre sus ropas. Con lágrimas en los ojos comprobó su filo y, movida por el miedo, terminó con la agonía del animal. Ambos se habían cogido cariño en esos días, no podía dejarlo sólo y moribundo allí. Por un momento, creyó ver en los ojos del caballo, la confirmación de que hacía bien.
En el momento en el que el caballo dejó de moverse, Isadora se dio la vuelta, se cubrió con la capa con la intención de hacerse invisible para el enemigo. La noche era oscura salvo por las estrellas, muy buen ojo tendría que tener su atacante para verla entre la maleza.
No se había alejado mucho, cuando oyó pasos pesados, metálicos; los mismos sonidos que describía Toldamir, el juglar, en sus cuentos: el sonido de los orcos. Resoplaban, parecían contentos entre los gruñidos típicos de su lengua. Isadora se agazapó en silencio, deseando que no la olieran. Los orcos pasaron de largo, directos hacia su presa recién caída. Dejaron un rastro pestilente que sorprendió a Isadora, en los cuentos no se describen los olores. Los oyó gruñir más intensamente y comprendió que se iban a comer a su caballo. En contra de lo que realmente debía hacer, Isadora furiosa apretó el frágil abrecartas en su mano izquierda y se irguió dispuesta a defender a su aballo contra aquellos carroñeros profanadores de cuerpos. Ahora se daba cuenta del vínculo que tenía con el animal, de lo agradecida que le estaba por haberla llevado hasta allí, hasta el límite del cansancio sin un resoplido de más. Y por encima de su cadáver, esos sucios orcos le tocarían un pelo de su crin.
-¡Malditos! –Les gritó envalentonada, mirándolos desde la cima de un montículo con profundo desprecio – ¡Tocadlo y moriréis!
Los orcos se rieron ante la osadía de la mujer, no se alejaron del cuerpo inerte del animal aún viéndola arrojarse a la muerte segura con un pequeño abrecartas en su mano. La furia la guiaba, el odio por los que la despojaban de sus amigos.
El jefe se adelantó, dispuesto a quitarse de encima a la molesta mujer con un golpe de cimitarra. Pero Isadora, ya no era la campesina. Isadora luchaba por el honor de su amigo y por su vida. La supervivencia le dotaba de habilidades que jamás creyó tener.
Esquivó el primer golpe agachándose a la altura de las rodillas del corpulento orco, como cuando peleaba con sus hermanos por las llanuras de la aldea. Con un gesto certero le cortó el tendón detrás de la rodilla, haciéndolo caer hacía un lado. Nunca había sido mala cortando los cuellos de las gallinas de la tía Epertina. El orco cayó lentamente a los ojos de Isadora que respiraba con fuerza nerviosa, con tan mala suerte –para él- que su arma quedó debajo en una extraña posición y lo ensartó de parte a parte. Isadora se acercó a él para comprobar si estaba muerto con los músculos tensos, preparada para saltar al más mínimo movimiento. Le dio una patada, bajo la atenta mirada del resto de orcos, que bien por no creer del todo lo que veían o bien por creérselo tanto que estaban atemorizados, no defendieron a su jefe. Isadora los miró con suficiencia, envalentonada por su victoria, los retó cuando todos en masa se lanzaron a por ella, después de asimilar la muerte del jefe. Estudió la forma de esquivar a los dos primeros antes de que la alcanzaran y, de pronto, todo se volvió negro.
OoOoOoOoOoO
Continuará...
