Hooooola gentecita bella y hermosa :3 Jejeje, de seguro que llevan esperando un tiempo por el nuevo capítulo ^^ Descuiden, con el tercero también tardaré mucho...-miradas malignas(?)-
¿Qué? Soy floja u_ú Ok no ._. Soy medio medio xD Trataré de publicar más a tiempo ._.
He estado algo ocupadita, pero descuiden, ya no lo estoy tanto. PEEERO, YA SALÍ A VACACIONES. OH, YEAH, BITCHES!(?)
Espero que les guste el capítulo de este fic~
El despertar.
Sus pasos, ligeros y rápidos, eran el único sonido que se escuchaba hasta entonces. Deprimida, no sólo por el hecho de haber sido acusada injustamente-de nuevo- por algo que nunca cometió, sino por la idea que tener que idearse algo para que su tío no descubriera la nueva carta o e-mail de la Directora Hortensia, que, a pesar de su "sabiduría" y experiencia, su capacidad para manipular un aparato electrónico era igual a su capacidad de soportar una broma, a diferencia de su asistente, Prímula, apodada por los estudiantes-y a veces, incluso por los mismos maestros- La Soplona. Así es, de día y noche, como uno de esos molestos mosquitos que se pega a la comida, Prímula La Soplona, con más de cincuenta años de edad, no desperdicia ninguna oportunidad para culpar a alguien de un crimen (decir crimen era poco, ya que la cincuentona asistente de la directora consideraba hasta el simple vuelo de una mariposa como una perturbación en el ambiente institucional del Internado para Señoritas Grunnings). Ulvida tenía que actuar rápido o las garras bestiales de Prímula La Soplona pondrían en marcha el viejo ordenador de hacía dos siglos y enviaría otro patoso correo al Señor Yagami. Tenía que darse prisa.
Esta vez era enserio.
Puso todos sus planos en la mesa del centro de la Biblioteca de la Bodega y puso su cerebro a funcionar a regañadientes.
-Vamos… Vamos… Piensa… ¿Qué hará esta vez la Vieja Bruja? ¿Llamar a su asistente?... No, no, hoy no es día de clase, y lo más seguro es que la Prímula esté descansando en su habi… Pero ¡¿qué digo?! Esa arpía ni si quiera duerme… Vamos, Reina, vamos (sólo usaba su verdadero nombre cuando la cosa estaba seria. Y esta vez sí que lo estaba), tienes que buscar una solución. Eres muy lista, ¿verdad? Te la has ingeniado todos estos años, ¿y este no lo harás?... –un fuerte estruendo en el techo la dejó callada con su conversación consigo misma. Las antiquísimas lámparas llenas de polvo y moho temblaban frenéticamente mientras los libros de los estantes caían de forma muy extraña. La Biblioteca de la Bodega era un lugar prácticamente abandonado, o al menos eso pensaba Ulvida que, presa del pánico, decidió "armarse" con un pesado tomo de "Historia y Reglas del Internado, primera generación, volumen 2"; algo es algo, sino, preferiría ser herida sabiendo que luchó en vez de quedarse encerrada llena de miedo debajo de la mesa cogeante. Pero ¿y si no había peligro? ¿Si solo era un temblor? Pensar lo peor era lo favorito de la mente de Ulvida. Hasta un pajarito cantando significaba una severa advertencia de muerte. No es que fuese una paranoica de primera, pero se podría decir que una parte de su mente era como una retorcida y compleja película de terror, al acecho de un estremecedor momento que saque la monotonía de una escena.
Una escoba relució como un rayo divino en medio de mugrientos y oscuros estantes de la izquierda del ala. Con paso atascado, logró llegar hasta la escoba y la tomó. "Algo es algo", se dijo. Por menos una escoba golpeaba mejor que un viejo libro de reglas. De nuevo, con el pesimismo bailando por su mar de cabeza, subió las escaleras. Quizá no había nada. Solo su imaginación. O quizás era el viejo y amargado conserje, Harold, cuya actividad favorita era espantar a cada miembro de la comunidad educativa Grunnings. "Podría estar usando la podadora vieja de siempre, y ahora se le da por pasar por aquí justo cuando yo estaba" (cabe destacar que la ubicación de la Biblioteca de la Bodega literalmente estaba bajo el suelo) se consolaba Ulvida mientras subía casi corriendo. De nuevo, el mismo estruendo volvió a presentarse, esta vez acompañado de un sonoro rugido que le heló la sangre. Se detuvo unos segundos en la escalera. No podía creer lo que escuchaba. Pero, si era un temblor o algo peor, lo mejor sería salir de un lugar que está prácticamente bajo tierra, y donde nunca alguien podría oír sus gritos de desesperación cuando estuviese al borde de la muerte. Decidida, subió lo más rápido posible las escaleras.
Pero nada. No había ni un alma rodeando el lugar y sólo una vieja podadora tirada a unos metros.
-Cabrón-dijo para sí misma y luego volvió a su guarida.
Un aire gélido y extraño invadió la Biblioteca de la Bodega desde que ella subió, como si hubieran bajado la temperatura y obligaran al clima a estar un ciento por ciento más frío de lo normal. Por supuesto, un bajonazo de temperatura no tendría por qué distraerla de sus prioridades; después de todo, el clima frío no era nada nuevo en aquéllas épocas. No, nada la detenía; o eso creía ella. La sensibilidad no estaba en sus planes, pero el anterior mini-ataque de miedo la delataba. De nuevo, sus dudas estaban por explotarle la cabeza, porque ¿desde cuándo la dura e intrépida Reina "Ulvida" Yagami era presa del pánico? Sea lo que sea, no quería quedar atrapada de nuevo en alguna emoción fuerte. Eso es lo que había aprendido luego de tener que enfrentarse a su avaro y "súper" exitoso tío. Ese horrible recuerdo la invadía de nuevo. El recuerdo de la primera vez que vio a ese horrible hombre…
Una auto-bofetada la sacó de ese pensamiento. ¿Por qué de repente recordaba todo eso? No, no, eso debía de haberlo olvidado ya. No podía permitirse de nuevo caer tan bajo. No de nuevo. Aclaró su mente, y de nuevo el frío se clavó con cu cuerpo como cuchillas.
El frío que inundaba la Biblioteca de la Bodega era espectral, no sólo por el hecho de que era un lugar prácticamente abandonado. Las ideas de que alguien habría muerto alguna vez allí solían divertirla al máximo. Se imaginaba toda una fiesta fantasma, espectros horribles intentando asustarla y ponerle los pelos de punta; pero, claro, tendrían que hacer un enorme esfuerzo al de Harlod, el odioso conserje cuyo trabajo de asustador nunca daba frutos con ella. Exceptuando el incidente de la podadora, si es que fue eso. Sacó un libró viejo y muy gastado que había en un estrecho del estante más pequeño del lugar. Era verdaderamente un libro muy inútil, según Ulvida, quien después de leerlo más de un millón de veces, y revisar la cantidad de palabras extrañas, falta de ortografía y palabras borradas, aparte de una trama pésima. Un libro inútil de verdad. ¿Quién escribiría un libro con tantos errores y espacios vacíos, y peor aún, sin molestarse en poner un título? Al menos servía para detener el cogeo de la mesa.
Un ruido de nuevo la sacudió.
Un tarareo extraño inundaba el ambiente.
Alguien definitivamente alguien estaba allí. Se dispuso a caminar lo más rápido posible; lo más probable es que la misma persona que estaba allí era la misma persona que quiso asustarla, de seguro gastarle una broma, eso, eso debía ser, y sea quien sea, ella lo atraparía y le daría su merecido.
Empuñó el libro como si en cualquier momento fuese a matar a alguien con él. Contó pesadamente hasta diez y saltó como gato en asecho a su presa.
No lo creía posible.
Era imposible.
Un hombre estaba sentado encima de la mesa (también sobre sus planos y papeles) leyendo un libro que estaba al revés, mientras tarareaba una odiosa y estresante canción que en algún tiempo estuvo de moda en el Internado Grunnings. Era imposible, más que imposible que una persona, aparte de ella, se atreviera a entrar a la Biblioteca de la Bodega, o peor aún, ¡un hombre! El Internado Grunnings era un antiguo establecimiento solo para mujeres, escasamente, el conserje Harold era el único hombre en el edificio, o eso se creía. Y si era un desconocido, ¿qué hacía allí, en la vieja bodega de un internado de mujeres? Entretanto, su posición era de lo más extraña: sostenía un libro al contrario de como lo haría cualquiera, y estaba sentado en una mesa en vez de una silla, totalmente opuesto a lo que normalmente se hace. no podía evitar recordar cierto personaje de un libro que una vez leyó en la sala de castigos.
-Parece que mi presencia te perturba-rompió el silencio el extraño hombre, cuya voz delató que no era más que un adolescente-. Descuida, causo muchas sensaciones en las chicas. Y por favor, baja ese libro. O lo matas a él o me matas a mí.
Reina no contestó.
-Vaya, ¿eres muda? Lo siento, no lo sabía.
De nuevo, las palabras no podían salir de la boca de la chica.
-Oh, veo que lo eres... Descuida, arrancaré un pedazo de estos papeles- añadió, tomando dos de sus planos-para que puedas escribirme, ¿vale?
-¡No soy muda!-gritó atestándole el libro en la cara. Nunca antes alguien la había exasperado tanto, y menos iba a permitir que un simple desconocido (también contaba el hecho de que fuera un hombre, pues su repulsión hacia los miembros del sexo opuesto solo fueron un ejemplo de escoria, desde su tío, hasta el patoso conserje Harold.) tomara sus cosas. Un moretón enorme le saldría en la cara, pensó; pero en esos momentos, disculparse no estaba en sus planes.
-¿Ah, no? Pues tenías cara de muda, linda-repuso sobándose la mejilla.
La cólera invadió su cuerpo. ¿Cómo se atrevía ese chico a tratarla con tanta condescendencia? Definitivamente, tenía que ponerlo a un muy intenso interrogatorio. El extraño bajó el libro y lo puso en la mesa para luego mirarla a los ojos; de color verde muy pálido. Si era su imaginación o no, le dio la sensación de que un pequeño rayo pasó por sus ojos. De seguro estaba muy nerviosa, eso era todo. Por su rostro, podría decirse que tenía entre los dieciséis o los quince años, y su piel era extremadamente pálida. Ver a alguien más "muerto" que su tío revivía sus fantasías de un encuentro con fantasmas, pero, a diferencia de sus sueños, esto era inquietante e incómodo. ¿Era así realmente como se sentía estar frente a un fantasma? Sacudió la cabeza: estaba en las nubes, esta vez de verdad, y tenía que despertar lo antes posible.
Se reprendió por su ingenuidad y clavó una mirada asesina en el chico; si lo llevaba con la directora Hortensia Flumen, muy seguramente podría pasar por alto su "incidente" y no habría más trabajo en planear algo nuevo para despistar a su tío. Quizás, ese chico no sería tan malo; le había dado el plan perfecto sin esforzarse.
-No podrás-dijo, de nuevo rompiendo el silencio el joven-. Nunca nadie me ha descubierto. Además, me gusta este lugar…
Se le heló la sangre. ¿Cómo será posible que dijera eso sin si quiera oírla? Lo más probable es que estaba loco y solo adivinó. Nada más.
-Por cierto, mi nombre es Hiroto.
-¿Y qué más da? Nunca te pedí tu nombre, es más, ni si quiera me interesa-mintió. En el fondo, la curiosidad la estaba invadiendo-. Lo que no encuentro lógico es qué hace un chico en un internado que es sólo para mujeres...
-Yo ya sé tu nombre-dijo, ignorando lo anterior-, así que no tienes que decírmelo, Chica Problemas-esbozó una sonrisa lasciva-. Te he estado estudiando todo este tiempo… Definitivamente, eres la indicada, guapa.
Lo observó con vehemencia unos segundos, para después, lograr justo el efecto que deseaba el chico: explotar.
-Pero ¡¿qué cosas dices?! ¡Eres un acosador! ¡Espera a que la Directora Flumen te descubra y te eche a la policía!
-Calmantes montes-rió divertido ante la impaciencia de la chica-. Generalmente, cuando me aparezco en un lugar, las chicas suelen suspirar… ¡Eh, espera, espera, no te pongas violenta, bonita!-en un abrir y cerrar de ojos, Ulvida tenía blandeada una escoba como una espada-. Te investigué por una razón, Ulvida.
Ese juego la sacaba de quicio. Entornó sus azules ojos y, como leona protegiendo sus crías, se puso en modo de ataque. Casi rugía. Se inclinó ligeramente y, casi susurrando, atacó verbalmente:
-Escúchame, niño con aparentes problemas mentales, será mejor que nunca, repito, nunca vuelvas a aparecerte aquí. Este sitio me pertenece y no permitiré que un patético y estúpido desconocido venga aquí a decir idioteces sobre mí. Así que responde: ¿Qué haces aquí y por qué me has estado espiando? ¡Podría denunciarte por acoso!
-Definitivamente no te veo capaz de eso-respondió distraídamente sin poner atención a su pregunta.
-Pero ¿qué dices?
-Por que tu lindo y sonrojado rostro delatan el hecho de que crees que soy atractivo. No serías capaz de enviar a alguien irresistible físicamente con alguna autoridad.
La impaciencia de la chica hace mucho que había sobrepasado los límites naturales y, para entonces, se planteó seriamente qué tal difícil sería esconder un cadáver. Por otro lado, las palabras del chico no eran solo patrañas; se cuestionó. Realmente, era muy guapo, descontando su palidez enfermiza, a simple vista estaba "bastante bueno", como lo definirían sus compañeras. Sus ojos, eran verdaderamente atrapantes, a pesar de tener un efecto poco natural, como si fuesen ojos de una muñeca. Definitivamente había algo que la intrigaba de esta persona, sea quien sea, que al parecer la habría estado acosando por algún tiempo. Ahí es cuando todo perdía el sentido la situación y de nuevo se preguntaba si Hiroto no sería alguna clase de alucinación provocada por el estrés acumulado en todas las semanas.
Chirriando los dientes y con la cara más roja que un tomate, lo miró con desdén.
-Definitivamente lo mejor será llamar a la policía. Estás loco.
-Oh, no hay necesidad-le lanzó una sonrisa torcida-. Curiosamente, las líneas telefónicas no sirven muy bien hoy. Me pregunto qué habrá provocado eso. Muy curioso. Curioso en verdad, ¿no es así, Reina?
Su expresión divertida lo hacía mucho más aterrador, que, para ese momento, Ulvida temía que en cualquier momento decidiera hacerle algo.
-¡¿De qué demonios estás hablando, niño rarito?!
-Es muy interesante el libro que usas para la mesa-señaló al libro al que esta usaba para evitar el cogeo del mueble-. Aunque creo que deberías leerlo, después de todo, los libros son para leer, o eso tengo entendido-su manera de persuadir era realmente fascinante, pero a la vez estresante para la pobre Ulvida, que a este paso estaba a punto de darle un buen golpe en la cara. Aunque no podía dejar de ver sus ojos verdes pálidos. Era como ver un par de joyas carentes de color. Y su piel no se salvaba; era tan pálida que casi era transparente. Pudo imaginarse a un vampiro. Pero de los vampiros tenebrosos de las películas que estaban prohibidas en el Internado, pero aun así veía. No se lo imaginaba de otra forma; pálido y fantasmal de día, huyendo de los terribles y fuertes rayos del sol y un asesino terrorífico de noche. Aunque la idea de creer tener un vampiro frente a ella se desvaneció tanto como su paciencia; no quería parecerse a una repetida y cursi historia moderna de vampiros. Nada de eso en absoluto. Ese chico tenía que largarse pronto de allí. Sin apartar los ojos de los suyos dijo:
-Bien, bien. Basta de bromas. Te diré la verdad del por qué estoy aquí y del por qué te necesito. Pero primero, quiero que me respondas algo tú también. ¿Qué tanto sabes de este lugar?
Mucho más lejos de los sectores del internado, una chica observaba fijamente el cielo. Estaba nublado y parecía como si el sol hubiese ido por un agujero negro, para dar un periodo en donde la oscuridad reinara el lugar.
Ningún ruido.
No había nada.
Sentada en un viejo sauce, esperaba impaciente a su fiel compañero, Shuuya. ¿Es que era tanto averiguar algo y luego salir corriendo? Algo más tedioso que esperar era preocuparse por un idiota quien arriesga su vida a diario sólo por egoísmo. Era lo que más le fastidiaba de él. Sin embargo, era la única persona con la cual podía confiar y eso era suficiente. No todos los de la Antigua Secta eran un montón de ancianos con tradiciones estúpidas y superficiales, no, pero la simple idea de que la hipocresía era la ama y señora del lugar era un punto perfecto para desconfiar de todo lo que pudiera hablar y matar. Ni si quiera la patosa y "refinada" heredera Raimon o el grupo de cazadores sin cerebro eran personas a las cuales podría llamar "amigos", ni los podría llamar compañeros. Pero Shuuya Goenji era diferente. Su aire rebelde y su excéntrica forma de revelarse ante todo y todos con sus propias reglas era más que suficiente para contar con él en todo momento.
Con una especie de cuchillo, el silenció se cortó. Una voz detrás de los arbustos la sorprendió.
-¿Y qué, esperarás allí todo el día?
El joven de cabello blanco muy desordenado miraba burlonamente a su amiga.
-Sólo hasta que tu deforme cara apareciera cerca de mí. ¡Eres un idiota, de verdad! ¿Qué fue eso de salir a robar? ¡Te podrían matar!
-¿Y qué si me matan? ¿Quién se va a preocupar por mí? ¿El padre a quien siempre decepciono, o la hermana que ha decidido fingir que ni existo? Oh, déjame ver, ¿quizá los estúpidos que dependen de mí?-cada una de sus palabras eran heridas profundas. ¿Acaso ella no era su amiga? Era normal el poco tacto del chico en cada frase, pero lo que acababa de decir era imperdonable. Al ver la expresión en la cara de su amiga, decidió ablandar un poco las cosas-. Vale, vale. Estaba bromeando, ¿bien? No pongas esa cara de sonsa o me veré obligado a quitártelo a cuchillazos.
Esa era su única forma de consolar a alguien. Solo ella comprendía su extraña forma de demostrar cariño.
-Eres un idiota. Eso es de verdad.-sonrió a su amigo y quedó callada un rato. Un extraño ruido de pasos estaba por los alrededores del lugar-. ¡Alguien viene! ¡Escóndete!
En vez de eso, el intrépido Shuuya desenfundó su espada y la puso en alto.
Una gruesa capa de pelo marrón rojizo se distinguió alrededor del sauco contiguo. Unos ojos rojos carmesí miraron con suma dureza gélida a los dos chicos. Era la presumida y estricta hija del líder de la Antigua Secta. Con sólo mirar su rostro, se diría que estaba oliendo o viendo algo que le desagradaba mucho. Sus ojos fríos se toparon con los de Hikari, y como una batalla de energías, ambas chicas se miraron con mutuo odio.
-Raimon… -inició Hikari-¿Qué haces aquí? ¿A qué se debe el placer de tu visita?
-Eso no es de tu incumbencia-gruñó la joven Raimon y se dirigió hacia Shuuya- ¿Ya tienes todo listo, Goenji? Recuerda que es de suma importancia que tengas los informes de todo este lugar, aparte de entrenarte e informarnos con todo detalle acerca de los peligros y de los fenómenos encontrados. Estar por estos lados "divirtiéndose"-miró de soslayo a Hikari- no es una forma de cumplir con el trabajo. Recuerden que estamos en este sitio por una misión y no podemos dejar que dos personas que hayan decidido olvidar todo nos arruinen. ¡Esto depende de todos! Si queremos atrapar a todas esas asquerosas bestias, deben estar alerta y al total servicio de la Secta.
-¿Y si de casualidad no se cumplieran todas las órdenes del maldito Clan?-rugió Goenji a la joven Raimon.
-Pues las consecuencias las pagaremos todos. En especial tú.
-Oh, eso significa que te preocupas por mí-Hikari tosió con tal fuerza que, estaba segura, en cualquier momento podría expulsar sus pulmones en la testaruda cabeza Shuuya-. Quién lo diría, la Raimon tiene corazón.
Aquel comentario le puso los pelos de punta a Natsumi Raimon junto con exótico color rojo en su cara. Hikari, exasperada ante la actitud de su compañero, se levantó y miró a Goenji con reproche. No era momento de provocar a Natsumi Raimon, heredera e hija del líder de la Antigua Secta, podría hacer que los matara a ambos en cuestión de segundos.
-Raimon, sería mejor que nos dejaras solos... Si queremos hacer bien nuestro trabajo, tenemos que librarnos de toda distracción, ¿no?
Natsumi hizo como si no existiera.
-Está bien, hagan lo que quieran... -Miró de reojo a Goenji y frunció el entrecejo para luego retirarse; sus rizos rojos eran como hilos muy finos al que se fundían en la espesura del bosque.
Goenji lanzó improperios mientras Hikari aún lo observaba con resentimiento. El bosque estaba tan silencioso y solitario, salvo por ellos, claro está, que al ser el único sonido al rededor eran como si cada palabra representara un enorme ruido. Cazar en un bosque no era nada nuevo para Hikari, quien había vivido la mayor parte de su vida buscando "presas" en las partes más profundas de los lugares a quien no cualquiera se acercaría; pero ese día era un poco distinto. No había ni un solo ruido, ni si quiera de un pequeño pájaro picoteando un árbol o un diminuto y escurridizo roedor recolectando comida. El sonoro golpeteo de los dedos de Shuuya y sus pisadas eran como si en medio de un monótono y sombrío fueran la orquesta de sonidos más incómodos. Estar a solas con su compañero era algo que la ponía nerviosa últimamente, y más aun cuando la presumida y autoritaria de Natsumi Raimon aparecía en escena y armaba un "numerito" junto al chico.
Shuuya decidió romper la tensión.
-Le ha crecido el trasero-soltó como si nada.
Su amiga lo miró como si fuese un bicho raro, para luego echarse a reír.
-Eres un bastardo degenerado, ¿lo sabías?
-Y tú una arpía metiche, ¿lo sabías?
Ambos amigos intercambiaron sonrisas burlonas y miraron al cielo. Si alguna vez en la Antigua Secta hubo algo llamado amistad, debió haber sido solo un mito. Pero ambos jóvenes eran algo único. Tener que pertenecer a algo, cuyo plan sea destruir y "purificar", era un martirio de por sí. El agujero negro que ahora era el cielo no hacía más que impacientar a sus superiores, y eso significaba lo peor de todo. Tenían que cazar pronto. Y no exactamente animales.
El viento empezaba a azotar con fuerza: algo iba tomando forma. Algo que, ninguno de los jóvenes, esperaría alguna vez.
Y así lo dejo. ¿Qué les pareció? ¿Bueno o malo, o pobre, o me quieren quemar y tirar al río? QwQ Ok ya u.u
Disculpen la demora, de ahora en adelante procuraré publicar más a menudo.
Bye-bye~
