Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda
Hola, gracias por entrar n.n
Muchas gracias a todos los que se prendieron con la historia y apoyaron el proyecto. Tengan en cuenta que, aunque esta sea la segunda entrega, sigo la numeración de los drabbles.
Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D
Proyecto: Cien drabbles por cien historias
Pareja: Zoro/Tashigi
Motivo: Cosas para callar
III
Las cosas que deberías callar
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Con el correr de los días y la creciente necesidad, de algún modo los náufragos lograron congeniar al menos en lo básico: debían buscar la forma de sobrevivir y salir de aquel innoble estancamiento espacial. Establecer métodos, criterios y conveniencias ya era otro asunto y ni al cielo le hubiera gustado mediar entre sus tozudas voluntades.
Una solitaria cueva, apenas una abertura rocosa en el relieve irregular de la isla, se convirtió en el refugio que por fortuna ya no tuvieron que construir. Las ramas acumuladas con ese fin pasaron a servir para las fogatas nocturnas y los frutos recolectados se almacenaron debidamente para poder compartirlos.
El agua, elemento vital, era surtida por un escurridizo arroyuelo. Tashigi tenía que recurrir a toda su paciencia para acopiar en un odre improvisado la cantidad suficiente y aprovechaba esa tarea para relajarse de la compañía y conseguir un poco de paz.
Aunque en una isla tan pequeña y de nulas posibilidades de esparcimiento la paz cotizaba en bolsa, y Tashigi pronto lo descubriría.
-Deberías haber confeccionado un odre de mayor tamaño –masculló Zoro sentado a cierta distancia en actitud meditabunda, pero por lo visto atento al accionar de la joven.
Tashigi lo miró con hastío.
-Entonces lo hubieras hecho tú, señor metomentodo.
-A ese ritmo tendremos algo de agua para el siglo que viene.
-Porque el problema no es el odre, sino el arroyuelo, idiota.
-Lo hubieras pensado antes.
-¡Y tú me hubieras ayudado en el momento oportuno en lugar de ponerte a molestar! Ya quisiera contar con tiempo para meditar en la inmortalidad del cangrejo como tú –bufó con desdén.
Zoro profirió una exclamación de fastidio. Pocas personas tenían la capacidad de hacerle perder el autodominio, y vino a parar en una isla desierta precisamente con una de ellas. Estuvo a su lado en una exhalación, en una exhalación maniobró con sus katanas para agrandar el cauce del arroyuelo y en una exhalación retornó a su sitio de meditación.
Tashigi se quedó pasmada.
-¿Estás demente?
El otro ni se mosqueó al responder:
-De nada –ironizó-. Aunque una muchacha bien educada debería callarse el desagradecimiento, las burlas y la estupidez de creer que todo debe hacerse a su modo.
-Si serás…
-También deberías callarte el menosprecio, la subestimación y el absurdo empeño de hacerles creer a los demás que no necesitas ayuda de nadie.
-Gracias por el consejo –se burló Tashigi, conteniendo a duras penas la indignación que le generaba oír una reconvención de envergadura moral en boca de un pirata-. ¿Y se puede saber a cuento de qué debería acoger semejante generosidad?
A Zoro no le afectó en nada la belicosa sobrecarga emocional contenida en la pregunta. Muy por el contrario, la satisfacción de haberlo provocado hizo que volviera a sumergirse en su habitual letargo existencial, solazándose por dentro.
-A cuento del pirata idiota que espera que ambos podamos sobrevivir.
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IV
Las cosas que deberías callar tú
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A la joven oficial de la Marina le remordió la conciencia durante algunos días, no era tan injusta para menospreciar todas las observaciones que le hiciera Zoro junto al arroyuelo. Si le dolieron más algunas de esas recriminaciones, fue precisamente porque en algún punto las halló certeras.
Él podía ser un pirata molesto y desaprensivo, pero ella no tenía por qué conducirse del mismo modo. Además, a su manera, el tipo trataba de colaborar, y no podía negarlo. Pero más allá de reconocérselo en su fuero interno, se sentía incapaz de obrar en consecuencia, sobre todo de disculparse adecuadamente. Ése era su límite.
A lo sumo, un día se animó a decirle:
-Necesito que me ayudes a recolectar fruta.
Zoro levantó la vista de su rutinaria meditación y la miró con recelo. Parecía que al fin elevarían la barrera del silencio y se comportarían como dos personas adultas.
Aunque, ¿lo lograrían?
-Vaya forma de retomar el diálogo -gruñó.
Ella hizo caso omiso de la réplica e ignoró el atisbo de arrepentimiento que asomó en su interior al recibir tal desaire. Se esforzaría, se esforzaría con ahínco en llevarse bien…
-También necesito que me ayudes a trazar un sembradío.
-Y de reconocer los errores.
-Quizá puedas confeccionar una red para pescar con mayor eficiencia.
-Las mujeres y sus rodeos.
Entonces Tashigi ya no lo soportó más.
-Pues si eres tan perspicaz para entender mis intenciones, ¡deberías aceptarlas y callarte tus majaderías! –le lanzó, disgustada con él y consigo misma por tantos días de autoflagelación. ¿Quién la mandaba a tratar de hacer las paces con alguien tan bruto?-. Si te diste cuenta de mi arrepentimiento, ¡calla los reclamos y no te regodees! Si notaste que pretendía comportarme como una auténtica compañera, ¡guárdate el sarcasmo! Si por fin has comprendido mis sentimientos, ¡entonces deja de hablarme como un cretino!
Esta vez fue Zoro el que tuvo que afrontar las acusaciones y el que tuvo que reconocer que se había sobrepasado. No era que se hubiese propuesto fastidiarla, pero lo había descolocado demasiado ese inesperado acercamiento suyo y había reaccionado acorde a su desconcierto.
Aunque, desde luego, había reaccionado mal.
-Si ni siquiera puedes pretender que aceptas mi predisposición –prosiguió Tashigi, aún agitada, pero con mayor autodominio-, sería más civilizado si al menos te callaras las ironías y fingieras desinterés. ¡Pero a buen puerto voy por leña!
A Zoro la cabeza le dio vueltas. Entre ofuscado por el planteo y su nula disposición para dar el brazo a torcer (porque la terquedad a esas alturas se había convertido en una aliada), bufó con desdén y se puso de pie.
-Al diablo –le espetó.
-Pues al diablo –convino ella, sosteniéndole la beligerante mirada.
E inmediatamente después cada quien marchó por su lado, ofendidísimo e incomodado.
