TSUKIAKARI NI KAGE

(Sombras a la Luz de la Luna)

-por Jinsei no Maboroshi-

parte II

Fecha de publicación: 10 de febrero de 2007 - Corrección: Ogawa Saya.


Efectivamente, tras cinco meses de producción intensiva, Tetsu había finalizado un nuevo single. Un mini álbum con 5 canciones belicosas, rotundas, que gritaban con odio el final de las cosas, la oscuridad de la vida, la estupidez de la utopía. Un aullido al dolor de la incertidumbre, del desconocimiento de causas. Una producción que representaba en su esencia más oscura, el profundo vacío que desolaba internamente al joven bajista.

Sus compañeros de estudio se asombraron ante la genialidad y la carga existencialista de aquellas partituras que tan seriamente les había entregado el líder. Aún admirados, sorprendidos de tan repentino cambio, ejecutaron con gusto los acordes, y grabaron el CD en menos de una semana. La publicidad tardó dos semanas en hacerse intensiva, y a la tercera, tal cual como había prometido aquel viejo japonés, tras cumplirse cinco meses de ese encuentro casual, convocó a Tetsu a través de su representante, para que se presentara en su programa.

Tetsu había cambiado el color de su cabello por un profundo y azabache negro, dejándose crecer el cabello lo suficiente como para intentar simular su antiguo peinado de la época de los inicios de L'Arc~En~Ciel. Pero a diferencia de aquélla, su pelo, que no llegaba siquiera a los hombros, era batido con exageración, acompañándolo de un maquillaje blanco por toda la cara, y un bordó intenso en los labios. Un regreso al pasado, para hallar a ese Tetsu perdido en algún momento de su vida.

Tamori dio inicio a su programa, presentando en exclusiva a Tetsu69 junto a su banda de músicos.

Tocaron dos canciones del single. El sonido latoso, agresivo, y su voz que había sido reemplazada por un tono crítico, rozando la desentonación, contrastaban con el falsetto que su coro realizaba con prolijidad. Al finalizar las canciones, y tras un grito destruido que acompañaba al término de aquel último compás, suspiró aliviado, incorporándose, arreglando sus ropas desacomodadas producto de la brusquedad, del salvajismo del movimiento que la posesión de la música ejercía en su cuerpo, y mirando fijamente hacia su público parpadeó varias veces, expectante.

Tanto Tamori como todos los presentes de la tribuna se mantuvieron en silencio, sorprendidos de los acordes, de un estilo totalmente opuesto al conocido en Tetsu69, y tras unos segundos de duda, la ovación se hizo inminente, acompañado por el grito de miles de fans sorprendidas.

Tetsu sonrió aliviado tras esa tensa situación, y se reincorporó a la cupla de presentadores del Music Station, donde Tamori lo esperaba para realizar la tan ansiada entrevista.

El bajista se sentó al lado del presentador, y acomodando unos cabellos que caían por delante de su rostro, tomó el micrófono que le alcanzaba un asistente.

-¡Yoroshiku onegai shimasu! – comentó, inclinando con levedad la cabeza ante la cámara, y observando a Tamori.

-¡Wow! ¡Tetsu-san! Eso fue impresionante.

-Jajaja... No. No es nada.

-¿Es el principio de un nuevo estilo de música de tetsu69?

-Eee. Algo así.

-¿Podemos hablar sobre las letras de las canciones?

-Eee. Claro.

-Respecto a la primera canción, cuya letra era sumamente triste, me gustaría que hablaras respecto a la inspiración de la misma.

-Bueno. Fue escrita con un sentimiento de abandono. Tengo un amigo que perdió a su ser querido, y sus noches de copas conmigo me han demostrado cuán oscuro puede tornarse una persona por tal causa.

-¡Oh! ¿Un amigo? –dijo el hombre maduro, arqueando sus cejas.

-Sí –respondió Tetsu desentendido.

-¿Y con respecto a la segunda canción? Es realmente violenta.

-Eee . Digamos que es la procesión del dolor, que se transforma en odio.

-¿El mismo amigo?

-Eee... jajaja –afirmó sonriendo. Tamori era un astuto japonés que hablaba de forma delicada, y que aún así, decía todo lo que pensaba, tanto bueno como malo.

-¿Este nuevo estilo en tus producciones afectará los trabajo de las futuras creaciones de L'Arc~En~Ciel? –Tetsu parpadeó rápidamente, y tragó con dificultad. El nombre de su grupo siempre estaba ligado a la imagen de su antiguo amante, y el simple hecho de asociación le generaba un triste sentir.

-¡Ah! No creo. Raruku siempre será Raruku -sonrió esquivo una vez más.

-¿Y para cuándo una nueva producción de L'Arc~En~Ciel?

-Jajaja. No lo sé. ¡Será cuando todos tengamos el tiempo disponible, y en simultáneo! –rió con suavidad.

-Ajá. Mucho trabajo independiente, ¿verdad?

-Eee.

-Bueno, Tetsu-san, un gusto haberte tenido aquí.

-Gracias por la invitación.

-¡Gracias!

Tetsu se despidió de Tamori, y un nuevo grupo de música ingresó al escenario. Eran los SMAP que exhibían un nuevo CD recopilatorio. Tetsu retraídamente abandonó el estudio de televisión, y se dirigió a los vestuarios. Sólo quería regresar a su habitación, volver a arrojarse a la cama, y mirar aquel jardín tan solitario.

Sólo quería ingresar al anonimato.


-¡Haido... a levantarse!

Una suave y delicada voz despertó con lentitud al cantante que dormía sobre su costado izquierdo, mirando hacia el exterior de la cama, sintiendo cómo el femenino brazo de la joven a su lado, acariciaba su espalda, su cintura, escabulléndose hacia su pecho. Un súbito recuerdo le hizo esbozar una leve sonrisa, pero ésta desapareció, ante la insistente voz.

-Tienes que levantarte, Haido. ¿No te esperan en el estudio de grabación?

-Mmmmm.

Hyde intentaba continuar durmiendo, pero esa mano, esas caricias, con un amargo gusto de recuerdo, no le permitieron descansar más, y con rapidez, se levantó. Un suave gesto de rechazo que fue perfectamente reconocido por la joven, quien simplemente lo olvidó. Olvidó ese movimiento. No le afectaba nada de lo que él hacía. No sentía más que orgullo de ser ella la poseedora de tal tesoro. Sólo jactancia.

Hyde se dirigió al baño, mientras que Megumi se levantaba con el fin de preparar los alimentos en la cocina.

El cantante no soportaba esa vida. Pero la resignación de sentir que ésa era la mejor opción para todos, evitaba que destruyera el ficticio equilibrio que creía existir en todo aquel teatro mal actuado.

Megumi se mostraba como una amante excepcional, como una mujer honesta, y pronto, asumiría el papel de madre perfecta. Hyde simplemente se atenía a continuar con esa farsa, y ser el buen amante, el buen marido, y tal vez en un futuro lejano, un simple padre.

Frunció el ceño por causa no sólo de la idea, sino del dolor que experimentó en ese instante: el cepillo de dientes había lastimado su encía, generándole un leve sangrado.

Frente al espejo, abrió su boca y bajando el labio inferior con ayuda de su dedo, logró ver como la sangre brotaba por entre sus dientes. Cerró su boca, y degustó con rostro inerte el sabor metálico del líquido. No resultaba atractivo ni gustoso. Era su propia sangre. Probablemente, ya estaba demasiada contaminada por la desidia.

-¡Haido! ¡A comer! ¿Qué esperas? –se escuchó en un tierno reproche fingido.

Hyde ingresó a la cocina en silencio, y se sentó frente a su desayuno. En todo momento miraba los alimentos, y los consumía con apatía.

Aquella relación sólo se llenaba de silencios, y de diálogos teatrales, ficticios, con palabras carentes de todo sentimiento real.

Era una vida muy vacía.

El vocalista, pensativo, mirando su desayuno, solía plantearse diariamente las mismas preguntas, en el mismo orden, adquiriendo siempre las mismas sensaciones. No veía sentido alguno a esa farsa, pero ya no tenía energía suficiente como para detenerla. No tenía razón de ser, y tampoco tenía fuerza para cambiarla. Sólo lo hacía por desidia. Y así, monótonamente, obtenía las mismas conclusiones, día tras día.

Una vida repetida, perpetuada en el espacio, reiterándose en el infinito del presente, pero a diferencia de cualquier repetición tecnológica, ésta tenía un avance en el tiempo que sólo cambiaba las cosas en un sentido: a cada día que pasaba, los acercaba más al final. El final de las cosas. La muerte.

-Haido…

-¿Mn? –levantó su vista y la fijó en Megumi, quien sonreía. Labios ficticios que interpretaban un papel. Labios que no eran verdaderos, que eran sólo orgullo. Labios que no besaban, sino que vaciaban, y entregaban indiferencia a cambio. Labios tan distintos.

-... estoy nerviosa... –Hyde levantó una ceja, manteniendo la apatía de todos los días.

-¿Y? –Megumi no escuchó tal respuesta. Quizás, no la quiso escuchar, porque no le importaba.

-... tengo un retraso... –Hyde levantó la ceja aún más, con un leve cambio en su rostro, que viró a sorpresa–… de más de 20 días.

-Oh -bajó su mirada hasta el desayuno, y continuó comiendo.

-¿No vas a decir nada? –lo miró expectante. Hyde simplemente fijaba su vista en los alimentos.

-¿Qué hay que decir?

-Será tu hijo...

Hyde elevó su rostro nuevamente y la miró. Esbozó una sonrisa, y a ella le bastó tal gesto. Sólo lo mínimo, para que su orgullo se satisficiera. Una sonrisa vacía, actuada tan malamente como ese matrimonio desde los comienzos. Todo hecho tan apáticamente, con tanto egoísmo... Y ahora lo pagaría un tercero.

Hyde se incorporó de su asiento, y, sin saludar, dejó la casa, subiendo al auto en dirección a su trabajo, lo único que aún podía considerar auténtico en su vida.


El ensayo había terminado finalmente. Ein extrajo de la heladera del estudio una lata de su cerveza preferida importada, una de cerveza japonesa y otra de cola, y se las entregó a sus dos amigos. Los tres se sentaron en el sofá del salón de descanso que tenía incorporado el estudio, en un pequeño rincón escondido.

-¡Ahhhhh! ¡Esto es cerveza! –comentó el extranjero casi en éxtasis, al tragar el primer sorbo de la cerveza que degustaba.

-¡No sé cómo puede tomar esa mierda! –comentó Ken cómplice hacia Yukihiro.

-¡Mientras no me obligue a tomarla! -el baterista expresó con son de chiste, levantando sus hombros en suave gesto de desinterés, y abrió su lata de cola.

-¡Ustedes dos no saben lo que es bueno! ¡Los japoneses tienen un paladar muy insípido! –se defendió el aludido tras haber escuchado el comentario de su amigo.

-El problema no es nuestro paladar, ¡es el tuyo! –replicó Ken, iniciando las molestas sesiones de bromas diarias.

-¡Ustedes son todos unos delicados!

-¿Delicados? ¡Ja! ¡Pedazo de bárbaro!

-¿¡Bárbaro! ¿A quién le dices eso?

-¡A ti! ¡Los vikingos eran más sutiles que tú!

-¡Ey! ¡No te metas con mi ascendencia! ¡Que es de linaje puro!

-¿Eh? ¿Puro? –acotó Yukihiro, en defensa de su amante, pero de manera encubierta–. ¿Tu madre no es japonesa? Entonces eres tan bruto como los vikingos, y tu paladar es tan insípido como los nuestros... no eres mejor, ¡definitivamente! -Ein rió fuertemente, tras quedar un segundo mirando al baterista.

-¡Eso es Yukki! ¡Defiende nuestra sangre! –Ken señaló bromeando, mientras encendía un cigarrillo, y le ofrecía de su paquete a sus otros dos amigos.

-Bueno, ahora pongámonos serios –acotó el baterista–. Tenemos que terminar el CD en dos semanas. Ya hemos grabado todas las canciones, ¿verdad?

-Falta la última –declaró el alto japonés, sacando del bolsillo del pantalón un papel doblado en diez partes, un poco sucio debido a la carbonilla del lápiz que había utilizado para escribir, y se lo dio a Yukihiro. Sorprendido levemente, aceptó aquel papel. Ein observó curioso la escena, y rápidamente se sentó al lado de Yukihiro, para mirar junto a él, lo que ese documento contenía. El baterista desdobló la nota, hallando dos hojas desprolijas, con un pentagrama improvisado en una, y una poesía en la otra. Ambos observadores las contemplaron y sonrieron.

-¡Eh! ¡A veces haces cosas buenas! –comentó el extranjero, regresando a su asiento original, frente a sus dos amigos, luego de varios minutos.

-¡Yo compuse todo el CD! ¿¡Qué dices! –se defendió, pero inmediatamente escuchó una tos fingida por parte de Yukihiro, que miraba aún las hojas engorronadas-... ¡bueno! ¡Casi todo…! –y el baterista sonrió satisfecho y divertido, por ver cómo en secreto, aún podía manipular de forma tan tenue a su amante.

-Es una canción muy bonita. Tiene mucho sentimiento –el japonés de cabellos largos habló con voz calma, y escudriñó a Ken fijamente. Éste, que estaba bromeando con Ein, observó a su amante, y se sostuvieron la mirada un segundo. Yukihiro, incómodo, sólo sonrió divertido, destensionando a Ken. Ein no había percibido nada. Nunca lo hacía. Era tal como lo había descrito Ken: un vikingo.

-¡Gracias! –respondió Ken, contemplando las hojas en las manos de su amante. Sintió el malestar de la vergüenza sin causa, pero era agradable.

-Ey, ¡Yukki! ¿Y la tenemos que grabar hoy? ¡Mira cómo está presentada! ¡Qué clase de estudiante de arquitectura tiene semejante desprolijidad! ¡Ken! ¡Fue tu salvación ingresar a Raruku, pues de arquitecto eres un fracasado! –Yukihiro rió, pensando en su apartamento. Ken era demasiado desaliñado en todas sus cosas, y el comentario de Ein no le pareció en lo mas mínimo desacertado. Ken no tenía paciencia para el detalle. Sólo para la música.

-¡Eeeeeeyyyy! ¡No te metas con mi arte! –sonrió torcido, y miró a Yukihiro, buscando cambiar de tema–. No es necesario grabarla hoy, ¿no, Yukki? ¡Mañana! –comentó suplicante.

-Etto...

-¡Vamos, Yukki!

-... pero...

-Vamos, ¡Yukki!

-Mmm...

-Rayos, ¡Ken! ¡Ten más dignidad! ¡Estás suplicándole como si fuera tu madre! –bromeó el extranjero, divertido con la situación de un joven exigente, y un pervertido suplicante–. ¡Yukki! Mejor déjalo para mañana. Si le dices que no, tendremos que trabajar cinco horas más con éste de mal humor, encaprichado como crío, y si no le dices nada, lo vas a tener así todo el rato, y ya no soporto ese tono nasal. ¡Dile sí, y pon fin a esto, que tanto daña su imagen! –comentó serio, mientras Yukihiro lo miraba parpadeando, sorprendido de que tras el discurso, riera efusivamente.

-Pues sí. Tienes razón, Ein. ¡Ken es un crío! –observó a su amante con un brillo especial en lo ojos, y tras un suspiró, aceptó dar término al trabajo del día.

-Vaaa… digan lo que quieran... ¡pero así conseguí el día libre! –sonrió triunfal el guitarrista calando el cigarro. Yukihiro negó con su cabeza en silencio, sonriendo ameno ante la actitud única de ese alto japonés. Realmente, no cambiaba a través de los años, y ello le daba seguridad.

Los tres salieron del estudio, saludándose amenamente. Ken ingresó al auto de Yukihiro, mientras éste buscaba las llaves en su pantalón. Un suave gesto de preocupación se esbozó en su rostro. Ken prendió un nuevo cigarro, y, notando que su amante aún no ingresaba al auto, se reclinó sobre el asiento vacío del conductor y lo miró a través de la ventanilla. Parpadeó varias veces, curioso de la actitud del japonés de cabellos largos, que indagaba en todos los bolsillos de su ancho pantalón.

-¡Yukki! ¿Qué pasa?

-Ahh... ¡no encuentro las llaves…! -le sonrió torcido.

Ken giró su rostro, y observó el volante.

-¡Están puestas! –hizo una graciosa mueca, regresando a su posición original, exhalando lentamente el humo del cigarrillo. El joven baterista ingresó al auto y miró con vergüenza el volante. Se había olvidado las llaves una vez más. Desde hacía tiempo, comenzaba a mimetizarse con Ken, adquiriendo la negligencia de su amante en las pequeñas cosas.

-¡Vaya! ¡Me las olvidé! –le sonrió a Ken. Éste, pensativo, no lo escuchó. Mientras fumaba en plena reflexión, Yukihiro lo observó curioso. Sabía lo que pensaba. Percibía lo que le preocupaba, y por eso, en parte, había aceptado acabar el trabajo más temprano.

Ken suspiró, y, percatándose del silencio, regresó a la realidad, parpadeando ante la mirada de Yukihiro.

-¡¿Qué? Perdona, no te estaba escuchando.

-Pues qué mal. Justo dije algo muy importante –lo miró serio.

-¿Eh? ¿Y qué dijiste?

-No importa.

-¡Ey! ¡Cómo no importa lo que era importante!

-Lo único importante es que aceptaste.

-¿Eeehh? –Ken levantó una ceja. Odiaba ser el juego de su amante y aún así, le gustaba.

-Sí. Y ahora mismo vamos a hacerlo –Ken lo miró, aumentando su desconfianza. Yukihiro le hablaba en el mismo tono que siempre utilizaba para cobrarle bromas. Ya sabía que era manipulado.

-¡Vamos, Yukki! ¿¡Qué rayos dijiste! ¿Acaso es lo de esta mañana? –sonrió travieso, conociendo a la perfección la forma de detener esas burlas de su amante, utilizando su arma secreta: la vergüenza.

-¡Ahh! ¡Ken! ¡Zafado! –Yukihiro giró la llave, sonrojado, haciendo sonar el motor del vehículo.

-Pues... ¿entonces?

-Vamos a lo de Tetchan –afirmó con una sonrisa, comenzando a manejar.

-¿Qué? Pero...

-¿No queríamos verlo? Pues no por nada di término al trabajo.

-¡Ey! ¡Eres un manipulador! Yo quería el día libre... –acotó con un fingido enfado.

-Vamos, Ken. Yo sé que estás deseoso de ver a Tetsu, tanto como yo.

Ken se deslizó sobre el asiento, y miró en silencio hacia la ventana. Definitivamente Yukihiro lo leía a la perfección. Sin esa obligación, sin su amante empujándole, tal vez nunca hubiera ido a la casa de Tetsu, a pesar de las profundas ganas. El miedo a ser decepción siempre le paralizaba.

Yukihiro sonrió ante el silencio.

No era más que una evidente afirmación.

Lo vislumbró de soslayo.

-Ken, pásame un cigarro.

Ken tomó un cigarrillo de su paquete, y tras prenderlo utilizando el que ya estaba fumando, lo puso en los labios de Yukihiro.

Continuó mirando a través de la ventanilla, viendo el pasar de los autos, de las casas, de las personas, todo en silencio meditabundo. El japonés de cabellos largos estaba concentrado observando la calle, dándole el tiempo a su amante.

-Gracias –comentó Ken, sin apartar la vista de la ventanilla. Yukihiro sonrió.


Estacionaron el auto en un garaje barrial. El lugar donde residía Tetsu pertenecía a uno de los barrios más tranquilos de Tokyou. El tránsito vehicular estaba limitado y el resto de las casas tenían como única forma de acceso calles peatonales exclusivas.

Ken bajó del coche, junto con Yukihiro. El baterista inmediatamente inició la caminata, pero al notar la ausencia de Ken se giró para observarlo, advirtiendo que había ingresado al auto de nuevo. Lo miró extrañado. Por un momento creyó no comprenderlo. ¿Acaso no quería ver a Tetsu?

Dio dos pasos en dirección al vehículo, cuando Ken salió nuevamente del coche, sacudiendo las llaves en su mano. Yukihiro sonrió con vergüenza.

-¡Yukki! ¿Dónde tienes la cabeza? ¡Siempre olvidas las llaves!

-¡Perdón! –las tomó de la mano de Ken e iniciaron su caminata.

-¿En qué piensas siempre? ¡Ah! ¡Ya sé! ¡Piensas lo que haré contigo esta noche…! –hizo una mueca traviesa, mirando con ojos divertidos el sonrojo de su amante.

-¡Ah! ¡Cállate! Es tu culpa que me olvide siempre. Tengo que andar cuidando de ti como si fueras un niño.

-¡Eeeeyyy! –levantó una ceja, frunciendo sus labios, en un gesto simulado de enfado. El baterista lo vio de soslayo, y con una mano liviana, golpeó la cabeza de Ken. Ambos sonrieron.


Ken tocó el timbre un momento. Esperó dos segundos, y volvió a presionarlo por más tiempo. Aguardó dos segundos, y mantuvo prensado el timbre por un rato largo.

-¡Mierda! ¿¡Qué haces! ¡Ken!

-Me cobro la venganza de todas esas veces que Tetchan iba a mi departamento y no me dejaba dormir torturándome con su maldita manía.

-¡Pero, Ken! –tomó el brazo del guitarrista, y lo sacó con fuerza del timbre. Éste lo miró.

-¡Oye! ¡A ti también te debería molestar! ¡Recuerda que bien nos despertó con su insistente timbre y en más de una vez, nos ha interrumpido con el teléfono en lo que tan concentrados estábamos! –suspiró el alto japonés, mirando hacia arriba, con una sonrisa pecadora en su rostro, evocando recuerdos de su agrado.

-¡Ay! ¡No cambias! –comentó Yukihiro en voz baja, algo resignado.

De repente, el sonido del picaporte los tornó serios, y miraron con expectación la apertura de la puerta. Tras de ella encontraron a una bella joven, con el cabello largo, un mirar triste, y la risita cortés dibujada a la fuerza en su rostro. Ken la observó apenado, y tragó con dificultad. Sonriendo, la joven miró al alto japonés, y luego a su acompañante.

-¡Ah! Awaji-san. Al fin nos vemos en persona.

-Eee –respondió, bajando la mirada. El recuerdo de aquel llamado tensionó al joven–. Perdona lo del timbre, pero este idiota tiene por deporte molestar a todos –miró a Ken con reproche simulado, mientras éste sonreía divertido.

-Tú debes saber que Tetsu siempre ha tornado un infierno nuestras vidas cuando de paciencia delante de una puerta se trata.

-¿Eh? –la joven miró sorprendida al guitarrista, no entendiendo.

-Tetchan odia esperar frente a una puerta, y por ello, cuando yo no iba a los ensayos porque me quedaba dormido, me torturaba con el timbre de mi departamento… entiendes, ¿no? –aclaró Ken, ganándose la simpatía de la joven, que sonrió más natural.

-¡Ah! Jajaja. Nunca lo creí a Tetsu capaz de tal infantilismo.

Yukihiro se sintió más cómodo ante la mueca alegre de la joven. Ken siempre ayudaba a las personas a tornarse más naturales, más efusivas. Era una capacidad innata en el guitarrista.

-¡Ah! ¡Pero que descortés soy! ¡Mil disculpas! ¡Por favor, pasen! –comentó la joven, haciéndose a un lado, señalando con su mano el ingreso a la casa. Los dos jóvenes pasaron con duda–. No se preocupen. Tetsu está bañándose. Ahora sale. Iré a preparar un poco de té helado, siéntanse como en su casa, y, por favor, tomen asiento.

Yukihiro se sorprendió de la naturalidad y la delicadeza espontáneas de la joven. Era una chica muy educada, y de finos modales naturales. La imagen ermitaña que había obtenido de ella ante la puerta de entrada, se desvaneció con tal hospitalidad. Cuando la joven se perdió tras la puerta de la cocina, Ken miró a Yukihiro, quien estaba aún contemplado el lugar por donde la muchacha había desaparecido.

-¡Ey! ¡Que me pongo celoso! –comentó el guitarrista divertido. El joven de cabellos largos levantó rápidamente su vista y parpadeó sonrojado.

-¡Qué insinúas, idiota!

Ken no pudo replicar, pues un joven había salido del baño y quedó frente a ellos mirándolos con sorpresa.

El silencio inundó el salón.

Ken, preocupado ante la carencia de reacción de Tetsu, le sonrió con picardía.

-¡Mierda! ¡Eso es lo que yo llamo amistad efusiva! –Tetsu le correspondió el gesto, negando con su cabeza, y se acercó a sus dos amigos, abrazándolos con afecto.

-¡Cuánto tiempo! –comentó el bajista, sentándose en el sillón individual, observando de arriba hacia abajo a sus amigos, con un cálido sentimiento-. ¡Ya extrañaba tus estupideces, Ken!

-Es porque no las escuchas las 24 horas del día, sino no las extrañarías –comentó Yukihiro, recibiendo un codazo delicado de Ken.

-¡Eyy! –Tetsu rió con naturalidad. Hacía tiempo que no lo hacía, y aquello, le sorprendió. Dos japoneses en pocos segundos ya le habían arrebatado aquel gesto que su rostro se había negado a realizar por tanto tiempo.

-¿Ocurre algo? –preguntó Yukihiro ante el desvanecimiento súbito de la sonrisa en su rostro. Tetsu lo miró con retozo. Había olvidado en todo ese tiempo de reclusión lo bien que le hacía estar cerca de sus amigos, los amigos del comienzo, los de los momentos difíciles. Los que llevaron junto con él el sueño de la banda propia a la realidad.

-Nada. Es realmente agradable volverlos a ver. Me animaron de golpe.

Ken frunció el ceño, y, juntando sus labios hacia un costado, se reclinó sobre el sofá, mirando con ojos estrechados el cabello de Tetsu.

-¿¡Qué clase de animal te comió el pelo!

-¡Oye! Es mi nueva imagen.

-No te queda mal –acotó conciliador el baterista.

-¡Ja! ¡Estás ciego, Yukki! -reafirmó Ken, incorporándose del sofá, y acercándose hacia el bajista, quien lo miraba con curiosidad.

-Es un estilo diferente. Es negro con mechas rojas, y lo uso batido. Es propio de la moda heavy metal.

Ken lo contempló con seriedad, y de súbito, se lanzó contra ese cabello aún mojado, frotándolo con fuerza, haciendo gritar a Tetsu.

Kaori regresó de la cocina con el té helado en una bandeja y observó la escena divertida. Tetsu luchaba contra Ken en un intento vano de evitar que éste le enredara el cabello.

La joven se sentó en el sillón individual que se hallaba en el otro extremo, y, dejando la bandeja en el centro de la pequeña mesa, le ofreció a Yukihiro, con un silencioso gesto, el vaso con el refresco. Éste aceptó con un leve cabeceo.

Ken regresó al sillón, riendo de igual forma que Tetsu. Era típico de los primeros tiempos arruinar el cabello largo y anaranjado del bajista. un recuerdo agradable, que sólo Ken y Tetsu degustaron con el verdadero sabor.

De regreso a la realidad, Tetsu mantuvo durante un rato la sonrisa que todo aquel escándalo había generado, y sin percatarse, fijó su mirada en Kaori, quien sonreía con agrado.

-Te ves bien, Tetsu –le comentó la joven, y tomó su copa de té, sorbiéndola lentamente.

-¿Eh? –Ken avistó intrigado a la joven–. ¿No vives con él? Hablas como si no le hubieras visto desde hace tiempo...

-Es que... no lo he visto así 'desde hace mucho tiempo' –afirmó la joven con una sonrisa producto de aquel súbito instante en donde vio a su dios regresar a lo que había sido siempre. Tal vez una ilusión, pero por un segundo creyó que retornaría el Tetsu que tanto había amado.

Tetsu desvaneció su sonrisa, y miró hacia el suelo, en parte avergonzado, en parte culpable. El baterista observó con disimulo a los dos, y se percató de una rareza. Una singularidad que tanto él como Ken habían cavilado sobre esa pareja.

-¡Oh! ¿Y qué le pasa a Tetchan? ¿Está mucho tiempo serio? ¿Mucho trabajo? –preguntó el guitarrista a la joven, intrigado de aquel comentario.

-Ojalá fuera eso… –Tetsu la observó con súplica y sorpresa.

-¿Mm? ¿Y qué le pasa? Pues como ya veo, no piensa decírnoslo.

-Ustedes saben muy bien. Tetsu necesita un cambio en su vida –la joven levantó la mirada, y con el mismo gesto de aquella vez, hacía años atrás, cuando echó a Tetsu de su apartamento empujándolo a salvarse tanto a él como Hyde, lo observó con determinación. No tenía sentido ese simulacro. Ellos lo iban a ayudar más que ella. Serían mejor soporte en ese intento desesperado de mantener a flote la hundida alma del bajista–. Tetsu está muy deprimido. No sonríe hace años, y hace poco salió de su habitación. Todos los días los pasaba encerrado, en la cama, desganado...

-¡BASTA! –gritó Tetsu, divisándola con el ceño fruncido. La joven, sin miedo, con el mirar apagado que los años de aquella vida, de aquel constante rechazo, de ese conformismo a ser sólo su hermana, le habían plasmado, mantuvo el fiero contemplar del bajista. Ella lo tenía que salvar una vez más. Porque era su dios. Un dios despedazado en humanidad.

-No. No más. Tetsu, te estás muriendo y sigues empeñado en estar solo. Ya no eres el de antes, aunque pretendas hacer creer eso al resto. No lo eres. Lo has dejado de ser desde... -suspiró. Ken y Yukihiro observaron la escena con seriedad, sin moverse, un poco incómodos. La joven los miró fijamente–. Ayuden a Tetsu. Está muy perdido. Se está hundiendo. Y yo no lo puedo evitar –el bajista notó que en aquellas palabras se asomaba un halo de culpabilidad que difícilmente podía justificar. Silencio.

La joven sonrió con tristeza, y se levantó del asiento, tomando unas llaves que se encontraban en el borde de una pequeña biblioteca del salón. Se dirigió a la puerta de salida y antes de cerrar, se giró y los miró.

-Por favor, discúlpenme. Los dejaré a solas para hablar tranquilamente. Tetsu, regreso en la noche. Adiós.

Y entregándoles una triste sonrisa más de las tantas que a través de los años había adquirido, cerró la puerta tras de sí.

Yukihiro parpadeó varias veces y fijó su vista en Tetsu, quien miraba el suelo, con un rostro pesaroso. Ken levantó una ceja extrañado, y suspiró ruidosamente.

-¡Vaya! ¡Si que andan mal las cosas en casa! –comentó el guitarrista, intentando amenizar la situación, pero sólo recibió el mirar cauteloso de Yukihiro, advirtiéndole en silencio que no era momento de bromas.

-Tetchan... ¿qué pasa? ¿Aún no lo superas? –el baterista acotó con una voz queda, mientras que en silencio, Ken se levantó y se sentó en el posa-brazos del sillón individual donde Tetsu se hallaba. Éste no despegó por un momento la mirada del suelo. No podía separar sus labios, que se forzaban por contener el lloro que hacía años reprimía. Años en donde la cama era el único lugar de su existencia, que con aroma al pasado, le hacía creer que aún la realidad no estaba destruida, y con tristeza, prefería no sollozar por el presente, ocupado en recordar un pasado evaporado. Y ahora, debía clamar por el ayer, por ese pasado, que cuando era presente, había renegado de lamentar, de desahogar.

-Yukihiro observó a Ken con tranquilidad, y se recostó en el extremo del sillón, cerca de Tetsu.

-Tetchan, callar empeora las cosas. ¿Qué pasa? –acotó Ken, serio, tan preocupado como su amante por el joven bajista, que durante años se había caracterizado por el colorido de su personalidad, y ahora era sólo un marchito arco iris sepia.

-Ya... ya no importa –sus palabras frenadas emergieron, y tras un golpe de voluntad, tragó el incontenible volcán de lágrimas que creyó, irrumpiría en ese momento. Pero lo controló. Miró a Yukihiro, y suspiró.

-No deberías vivir con ella, Tetsu, si estás viviendo algo falso...

-No. Justamente con ella, ahora más que nunca, estoy viviendo lo verdadero –Ken lo miró extrañado.

-¿Qué? ¿Y tan verdadero que tienes ese ánimo? –Tetsu observó a Ken, y le sonrió.

-No. No es nada de eso. Está viviendo conmigo como una hermana. Ella es demasiado buena para mí. Pero se niega a encontrar a otro.

-¿Eh? Te ama, pero tú... ¿sólo fraternizas con ella? ¿Y ella aceptó esta situación? –preguntó el baterista con un leve horror en el rostro.

-Eee.

-Debe serle muy doloroso.

-Eee. Lo sé. Y se lo he dicho. Pero no quiere cambiar la situación.

El silencio sumió a los tres en sus pensamientos. Yukihiro tomó el vaso de té, sorbiendo un poco. Ahora explicaba la rareza, y comprendía con dolor, la tortura que esa situación representaba para ella. Tal vez a Tetsu le ayudara, pero Kaori se destrozaba lentamente. Suspiró con angustia. Veía en el rostro de su amigo que intentaba buscar una salida, pero como todo ocurría en su vida desde hacía años, elegía la peor opción: la más tortuosa.

-Tetchan, ¿tú qué quieres para ella?

-Sólo que sea feliz. Si pudiera elegir amarla, lo haría. Créanme –Ken lo observó extrañado. La tristeza desteñía la vívida personalidad de su antiguo líder. Necesitaba recuperar al Tetsu de hacía años–. Ella me salvó de la más profunda depresión que he tenido en mi vida...

-¿Depresión? –Ken comentó asombrado. Sabía que aquella decisión que había tomado Hyde años atrás no iba a generar en Tetsu más que tristeza, pero nunca había creído que el estrago en su alma tuviera tal magnitud.

-Eee. Como dijo Kaori, pasé años en una cama, sin intención de hacer nada. Intentó renovar el ambiente, y me trajo aquí. Me dio una habitación propia con un bello jardín. Ella me mantuvo vivo… -sonrió con dolor, recordando ese día nefasto en su vida, ese día que había descubierto que sólo podría estar acompañado por una joven que le prometía vivir, sin poder definirle el concepto. ¿Era realmente vida? ¿Qué era vivir? ¿Lo estaba? Negó suavemente con la cabeza en su silencio y prosiguió-... aún sabiendo que nunca...

-Entiendo –acotó el guitarrista. Sabía a la perfección lo que significaba ser salvado, aunque no podía reconocer el verdadero alcance en las palabras de Tetsu, pues desconocía lo que desangraba ser abandonado.

-Le debo mucho, y no tengo con qué pagarle –se mordió el labio inferior, cortando sus palabras-. Pero olvídenlo –suspiró de improvisto, moviendo su cabeza, intentando despejar su rostro de los cabellos de su flequillo, y en simultáneo, cambiar de tema–. ¿Y ustedes cómo están? –sonrió con calma. Un pequeño rasgo del antiguo Tetsu titilaba de vez en cuando. Ver a Yukihiro y Ken le renovaba. Yukihiro miró a Ken, quien sonrió pícaramente, y el baterista simplemente negó con la cabeza.

-Pues como ves, hace meses que queríamos visitarte, pero las producciones de ASOA no nos dejan tiempo libre. Hoy, hemos venido directamente del estudio de grabación. Di el día libre en parte porque ya no soportaba la idea de retrasar más esta visita. ASOA nos da un trabajo gigante, más con el desarrollo de un nuevo CD que estamos casi finalizando –le sonrió amable. Tetsu lo observó con algo de sorpresa, extrañando a Yukihiro.

-¿Qué? –preguntó este último.

-¡Yukki! Tetchan ya sabe de la vida de ASOA porque nuestro representante se encarga de asediar los medios con el producto. Tetchan está preguntando otra cosa... –comentó con una sonrisa torcida el alto japonés.

-Ah –se limitó a decir Yukihiro, con un suave sonrosado en las mejillas. Tetsu rió, avergonzando más a Yukihiro. Esa vez, Ken tomó la palabra, ya que en cuanto a ese tema se tratara, Yukihiro prefería dejárselo a su amante, con su naturalidad y desenfado que tanto lo caracterizaba.

-¿Y qué quieres saber, Tetchan? Nada pornográfico, ¿ne? Que a Yukki no le gusta... cuando él no esté, te cuento.

-¡KEN! –gritó molestó el baterista, golpeando con el dorso de su mano el hombro del alto japonés.

-Jajajaja. Vaya, siguen igual que siempre. Eso es bueno –comentó satisfecho de ver aquella extraña relación que había nacido entre ambos, tan de incógnito y tan dolorosamente para Yukihiro. Pero al final de cuentas, al menos para alguien, las cosas terminaban bien.

-¡No te creas, Tetchan! Algunas cosas han cambiado. Yukki se ha vuelto un despistado absoluto. Olvida las cosas.

-¿Eh? ¿Cómo? ¿Si siempre ha estado detrás de cada uno de nosotros encontrando lo que perdíamos? –preguntó sorprendido, mirando al baterista que negaba con su cabeza, frunciendo el ceño.

-Pues sí. Ahora soy yo quien le encuentra todas las cosas... -acotó el alto japonés, mirando a su amante con un gesto lúdico.

-No te jactes. Yo tengo que hacerme cargo de todo los contratos con el representante, los técnicos, la configuración del CD, las condiciones de grabación... tengo cosas más importantes en las que pensar... –se defendió el joven de cabellos largos.

-¿Ah? Yukki, ¿eres el líder de ASOA? –preguntó sorprendido el bajista.

-No. Claro que no. ¡Pero qué pretendes de un vago como éste! –señaló con un movimiento rápido de cabeza al hombre que estaba sentado a su lado–. Él es el líder, pero terminé haciendo su trabajo. ¡Es un holgazán!

-Jajajaja, Yukki, ¡cuida tus expresiones! –rió Tetsu.

-¿Mn? ¿Por qué? No dije nada...

-Suenas a mujer casada...

-¡Ay, no! ¿Tetchan, tú también? –le miró con piedad. Sabía que aquel comentario haría brotar el infantilismo de su amante.

-¿Ves, Yukki? ¿Qué te dije esta mañana? Ya te pareces a mi ex esposa...

Tetsu rió fuertemente.

La tarde pasó entre risas y bromas, alegrando profundamente a Tetsu, haciendo que un poco de aquel vacío que tan expandido se hallaba en su interior, se retrotrajera. La visita de buenos amigos, siempre resultaba renovador.

-¡Ey, Tetchan! Hace meses te vimos en el Music Station –comentó el baterista.

-¡Ah! ¿Me vieron? ¿Y qué les pareció? –Ken se detuvo un instante antes de hablar, pensando por primera vez lo que iría a decir. Aquella presentación era muy personal para Tetsu.

-Es un buen cambio. Buen estilo, buen marco agresivo, buen impacto visual, excelente música, sublime composición... sólo una cosa, Tetchan... y no te ofendas... –acotó un poco inseguro el guitarrista. Yukihiro lo miró con duda.

-¿Eh? ¿Qué?

-¡Cantas para la mierda! ¡Regresa a tu falsetto entonado, Tetchan! Gritas como si fueras un cerdo degollado –Tetsu parpadeó sorprendido de tal especulación.

-Vaya. Yo siempre sabía que eras directo, Ken, pero... eso es un poco excesivo, ¿no? –le sonrió. Ken le guiñó un ojo, aceptando el cumplido escondido–. Pero es una nueva forma de canto. Necesito un buen cambio.

-Oye, pero podrías entonar un poco. Me duelen lo oídos al escucharte. Creo que eso ha hecho que tu single no durara más de dos semanas.

-Bueno. Ya haré otros.

-Pero no cantes así... es de histéricos.

-¡Ey! Canto como me da la voz.

-Tu voz da más... no la lastimes con esos tonos. No los alcanzas, y ¡suena horrible!

Tetsu negó con la cabeza, sonriendo, aceptando el consejo de un amigo. Fue cuando Yukihiro interrumpió.

-Ah, Tetchan, en el programa ése, hablaste de un posible regreso de L'Arc~En~Ciel... cuenta con nosotros –Tetsu observó serio a Yukihiro. Éste sabía que Tetsu estaba atravesando una crisis de hacía años. Tal vez, regresar a sus sueños pasados devolvería al Tetsu perdido en algún momento de su trayectoria. La época más feliz de su vida había sido con L'Arc~En~Ciel. Tetsu aceptó con la cabeza en un gesto rápido, y miró el suelo.

-No lo creo. Igualmente, gracias.

-¿Mn? ¿Por qué no lo crees?

-... –Tetsu se mantuvo en silencio, contemplando el suelo. Ambos comprendieron.

-Si te genera mucho conflicto hablaré con él –acotó Ken. Tetsu alzó rápidamente su mirada y la fijó en el guitarrista. La sola idea de volver a estar frente a frente con su amante pasado, lo tensionó de súbito.

-No. L'Arc~En~Ciel... L'Arc~En~Ciel... sobrevivirá, pero sin él.

-¿Eh? ¿Qué dices? Pero si prácticamente el nombre del grupo está asociado a su imagen.

-No. no. ¿Crees que aceptaría? Esa rata no tolerará estar frente a mí. No después de lo que hizo...

El silencio detuvo el tiempo, y tras un lapso de orden, Yukihiro intervino.

-¿No te explicó por qué hizo lo que hizo?

-Vieron el programa de su declaración, ¿verdad? –Tetsu enlazó sus manos entre sí, y apoyó sus codos en los muslos, concentrado en ver el suelo, aún con aquella imagen grabada en su mente.

-Sí.

-Yo había llegado a Tokyou esa misma tarde. Había finalizado el tour. Creí que iba a estar en el departamento. Me contenté con verlo en la televisión, pero... cuando… cuando el hijo de puta le propuso matrimonio... frente a todos... ¡mierda! ¡Se olvidó de mí! ¿Se olvidó que existía? ¿Qué rayos pasó en ese tiempo en que yo no estuve…?

-¿Nunca te explicó nada?

-Regresó esa noche, y se llevó las maletas... me dijo que era por mi bien. Que no quería hundirme en el vacío, pero lo está haciendo. ¡Ahora lo está haciendo! –mordió sus labios, con fuerza-. Y lo peor es que no sé por qué piensa eso. ¿Por qué creyó que me hundiría…? ¿Qué fue lo que le hizo siquiera sospechar esa idea absurda?

Yukihiro detuvo su interrogatorio, y miró a Ken, quien estaba tomando el té helado, serio, tal vez escudriñando la causa de la actitud de Hyde en ese pasado tan perdido y oscuro para él. Tosió levemente al atragantarse con un poco del líquido, y tras recomponerse, intervino de nuevo.

-Tetchan. ¿Qué le hiciste? –a Ken le costaba creer que Hyde hubiera tenido tal conducta sin causa aparente.

-¿Yo…? ¿Qué? ¿Ahora soy yo el que ha hecho daño? –comentó irónico, con cierto grado de indignación.

-No, no. No te estoy culpando de nada. Sólo dime qué pasó... realmente.

-¡Y qué mierda sé yo! ¡Vete a preguntarle a él! ¡Él y su maldita cabeza incubadora de demonios! El hijo de puta tenía pensado abandonarme... desde un principio... –calló súbitamente, tragando con dificultad el incipiente volcán que intentaba contener.

-¿Eh? Hyde no premedita las cosas –excusó a su amigo.

-Pues entonces dime por qué nos hizo reunir en el departamento de Yukki. ¿Por qué todo ese día, sentí que se despedía?

-¿No te habrá parecido...?

-¡Ken! ¡Maldita sea! ¡Me dijo que pasáramos esa vez como si fuera la última! –Tetsu ocultó su rostro en sus manos, aún apoyando los codos en sus rodillas. Comenzaba a sentir que el volcán irrumpiría finalmente.

Yukihiro lo miró con sorpresa, y observó en silencio a Ken, quien levantó las cejas, tras un suspiro profundo. La idea que el guitarrista hubiera tenido hasta ese momento, se desvaneció. Tetsu era incapaz de cualquier artimaña, de cualquier estrategia dolosa, de cualquier forma de daño.

-Es un ingrato... ni siquiera me explicó por qué... –Tetsu finalmente comenzó a llorar. Ken, un poco culpable, se acercó al posa-brazos del sillón de Tetsu, y le pasó una mano sobre la espalda, frotando el torso que se agitaba en angustia contenida por años. El baterista observó dolido el estado real de su antiguo líder. Kaori tenía razón. Buscaba aparentar ser lo que había dejado de ser hacía mucho tiempo.

-Te dijo que lo hacía para no hundirte... –acotó el joven de cabellos largos en un intento vano de aliviar lo imposible.

-Eso... eso no es... una explicación... –hipaba incontenible, rabiando, escondiendo su rostro en sus manos.

Yukihiro escondió sus labios, y miró a Ken, levantando sus cejas con un rápido movimiento, en un gesto de impotencia. El guitarrista se cubrió de un halo de tristeza, mientras palmeaba la espalda de Tetsu, que lentamente regresaba a su estado inicial.

-Tetchan, desahógate, ¿sí?

El bajista, en un accionar infantil, se sujetó de la cintura del alto japonés, y escondió su rostro en ella, recrudeciendo el lloro, estimulado por aquellas suaves y amenas palabras. Yukihiro observó con sorpresa y angustia. Tetsu estaba devastado, y tal cual como Ken le había dicho, lo que menos necesitaba era un bufón.

El guitarrista, sentía cómo las manos de Tetsu se aferraban con más fuerza a su cintura, como si de un niño se tratara, vulnerable. Se inclinó un poco más sobre el bajista, y lo abrazó, ayudándole a soportar ese volcán interno que erupcionaba, que lo devoraba internamente, que con el tiempo, había transformado en magma aquella pureza tan colorida en ese joven marchito. Yukihiro se mantuvo en el sillón, sabiendo que contemplaba la misma situación de hacía años. Reconoció que a pesar del paso del tiempo, las cosas se repetían, modificadas en los detalles, pero que todo transcurría en espiral. Percibía que debía volver a actuar, pero ignoraba cómo. Suspiró.

Tetsu, regresando a la calma tras la tormenta, se despegó de Ken, quien le miró con una sonrisa triste, dejando su mano sobre la espalda, para que el leve contacto le permitiera al bajista reconocer que la soledad no era todo de lo que disponía. Un gesto amable que Tetsu agradeció internamente. Observó a Yukihiro, que miraba los vasos de té helado a medio llenar.

-Perdón –se excusó, limpiando con sus manos los cansados ojos. El baterista le miró.

-¿Qué? No hay nada que perdonar –le sonrió, con un vago recuerdo en su mente: la sensación de déjà vu *5–. Está bien, Tetchan. Es bueno desahogar.

-Perdón. Igualmente perdón. Yo nunca puedo con mis problemas... –comentó con resignación, con un dejo de cansancio, reconociendo en toda la situación aquella espiral en que el tiempo transcurría.

-Bueno... si no puedes solo, aquí estamos –intervino el guitarrista, frotando rápidamente la mano sobre la espalda de Tetsu, generando un leve calor, que no le molestó a pesar de la estación veraniega.

-Si pudiera hacer algo, lo haría, Tetchan. ¿Dime, qué es? Yo no sé qué hacer. Me es imposible discernir el paso a seguir para ayudarte... –dijo el joven de cabellos largos, que tomó el mechón que amenazaba con taparle el rostro, y lo arrojó con delicadeza por detrás de su hombro.

-No. No hay nada que hacer. El que debería hacer algo, es Hyde. Por lo menos, decirme la verdad.

El silencio los sometió involuntariamente a sus propias realidades, a sus propias tristezas, a las impotencias que cada uno sufría en carne propia. El ambiente se había oscurecido, producto tal vez, del ocaso inminente, o quizás, todo el dolor contenido por años ennegrecía el salón con su tortuosa presencia. En un intento de regresar a ver a su colorido amigo, Ken inició nuevamente el frenético movimiento con su mano en la espalda de Tetsu, quien, sintiendo con molestia esa fricción violenta, lo miró con el ceño fruncido.

-¡Ey! ¡Ken!

El susodicho, sonriendo de costado, tomó su otra mano, y realizó igual movimiento en el cabello de Tetsu, quien exasperado, gritó con fastidio. El baterista miró atónito el cambio de actitud de su amante, carente de tacto, carente de cualquier detalle. Y sin embargo... era justo lo que necesitaba Tetsu.

-No te vas a deprimir así, antes, ¡te dejo sin pelo! –exclamó divertido el alto japonés, entusiasta por reanimar a su amigo.

Tras una breve pelea entre los dos, con golpes de manos livianas, y leves sonrisas producto del recuerdo que aquel accionar generaba solamente en ellos dos, dieron cese a la broma, y miraron a Yukihiro, quien carecía del código, y los avistaba con curiosidad...

-¡Ah! Yukki, tú no entiendes... –dijo en voz baja el guitarrista, como excusándose a si mismo.

-¡Y no sé si preferiría entender! –sonrió divertido.

-Oye, Tetchan, ¿cenamos?

-Aún es temprano... –miró el reloj que se hallaba sobre un borde de la biblioteca del salón. Eran las 19.30 horas.

-Yo cocino... ¿ne? –sonrió divertido.

-Ni lo sueñes. Te conozco lo suficiente... me dejarás la cocina hecha un caos –Tetsu se levantó, y con un ameno gesto, les indicó a sus dos amigos que lo siguieran a la cocina.

Yukihiro prefirió sentarse en la mesa, y observar cómo los dos hombres cocinaban. Ken cortaba las verduras, y Tetsu se encargaba de disponer la mesa, mientras esperaba la cocción de las carnes.

El guitarrista, curioso por el silencio de su amante, lo miró por un instante. Yukihiro había apoyado un codo sobre la mesa, y con la mano sostenía su cabeza. Su otro brazo se extendía sobre la superficie del mueble, posado en su totalidad. Estaba callado, y miraba con una sonrisa casi desvanecida al Tetsu que revolvía la carne de la cazuela.

-¡Vaya! ¿Ves, Tetchan? Y luego me dice que yo soy el holgazán –acotó con un tono fingido de molestia. Yukihiro, aludido, lo miró con resignación, y negó en silencio con su cabeza. Tetsu percibió la amena relación entre los dos. Definitivamente, era una conexión con el secreto del éxito, y un leve surco de tristeza le rasgó el alma por un segundo, desvaneciéndose ante sus amigos.

-Jajaja. Sí que se ven bien ustedes dos –comentó con una ronca y calmada voz, exteriorizando sus pensamientos.

-¿Bien? Ja –susurró el baterista, sonriente, descreído, tal vez demasiado maduro, mientras acomodaba su cabello largo detrás de su hombro. Tetsu se apoyó contra la mesada, cerca de la cazuela, esperando el punto de cocción. Ken se acercó a las hornallas, y arrojando todas las verduras picadas dentro de la olla, intentó abandonar los elementos sucios dentro de la fregadera, pero la mirada insistente del bajista, le obligó a limpiarlas, y ubicarlas en el lugar correspondiente. Aquel código, generado tras años de convivencia en los tiempos duros de L'Arc~En~Ciel, era suficiente para la comunicación entre ellos. Ken se sentó en un costado de la mesa, dando vuelta la silla, e intentó sacar sus cigarrillos, pero nuevamente, la mirada pertinaz de Tetsu lo detuvo. Con frustración, apoyó sus brazos sobre el respaldo del asiento, y descansó su cabeza en ellos. Yukihiro rió con suavidad.

-¿Qué? –el guitarrista preguntó con una voz nasal, lejana, producto de su confinamiento entre sus propios brazos.

-Tetchan sí te tiene domado –Tetsu sonrió, y sentándose en la mesa, cerca de las hornallas, lo miró.

-Ah, Yukki. Tú no sabes. Desde los inicios de L'Arc~En~Ciel, los cuatro vivíamos juntos prácticamente las 24 horas. Eran tiempos duros. Las pequeñas giras regionales, que no superaban la zona de Kinki *6, nos demandaban mucho sacrificio. Vivíamos en el mismo cuarto de hotel, compartiendo cocina, baño y habitación.

-¡Mierda! ¡Sí que lo recuerdas! –acotó Ken, cerrando un ojo, con un gesto de dolor y de divertimento–. Era un desastre vivir con... Sakura...

El silencio irrumpió de súbito. Ken frunció la nariz, sabiendo el error en el que había caído. El recuerdo de Hyde siempre estaba presente en ellos. Y si no era él, era Sakura. El amigo que había creído conocer, y que le demostró que nunca lo había hecho. El Sakura tan perverso, que tantas veces había defendido. Era frustrante hablar del pasado.

Yukihiro, sabiendo el verdadero nombre que Ken había callado, regresó a su constante actitud mediadora. Sonrió divertido.

-Sí. Me figuro, ustedes dos viviendo en la misma casa sería un verdadero desastre. Ya veo de dónde provienen tantos códigos –Ken lo miró agradecido, y Tetsu se reanimó, antes de caer en el profundo dolor del pasado, escuchando con atención a Yukihiro, y concentrándose sólo en el recuerdo amable, en el recuerdo que aún no le generaba daño–. Con lo ordenado que eres tú, Tetchan, me imagino el infierno que te habrá hecho pasar 'éste' en esa época –su movimiento rápido de cabeza había señalado al japonés que se hallaba a su lado.

-¿'Éste'? ¿Así respetas a tu amante? –Ken lo miró divertido. Una pequeña venganza por esa despectiva y cariñosa forma de señalarle. Yukihiro lo observó parpadeando, y con un mohín en la boca, soslayó su mirada hacia el suelo. Tetsu rió.

-¡Ne! Tú también tienes códigos con 'ése' –Yukihiro asintió divertido, y Ken se reclinó aún más sobre el respaldo del asiento, casi tocándolo con su pecho, en un gesto de apatía. Los dos estaban en su contra, y no podía ganar sin Hyde: El único que le acompañaba en sus alocadas bromas. Ya no estaba allí, y si lo hubiera estado, nada hubiera sido lo mismo. Lo natural se había perdido. Y tal vez, como había dicho Tetsu, el grupo también estaba desvaneciéndose. El guitarrista, ensimismado en sus recuerdos, se tornó serio por un segundo.

-¿Ah? ¿Ya te enojaste, Ken? –la voz suave de su amante lo despertó de sus pensamientos, y lo miró con una sonrisa. Aún había cosas que no perdían su naturalidad, su esencia. Las más importantes en ese momento.

-Naaa. Sólo pensaba...

-¿En qué? Es raro verte pensar… –Ken lo miró de reojo, con una ceja levantada, simulando enojo, y escuchando para su agrado, que Tetsu contenía la risa.

-En lo que será de esta noche... –la mejor arma contra su amante, una vez más. Yukihiro miró para otro lado, disimulando no haber escuchado aquello.

-¿Qué será esta noche? –preguntó Tetsu, curioso, como siempre había sido su naturaleza, y aún, caracterizada por los restos de aquella extraña pureza.

-¡Tetchan! ¡No preguntes! –advirtió el baterista, pero Ken se tomaría venganza.

-Esta noche tendremos una fiesta privada...

-Ah, ¿sí? –aunque Ken quería un mero escarmiento, siempre evitaba las palabras fuertes frente a su amante, conociendo el límite que éste podía soportar, pero Tetsu, nunca se lo hacía fácil, por causa de su simplicidad.

-¡Tetchan! ¡No le preguntes! –el baterista se incomodó.

-¡Oh! –Tetsu parpadeó, cayendo de súbito ante el verdadero significado. Y sonrió por su propia estupidez. Si Hyde hubiera estado en ese momento, le habría reprochado su ingenuidad. Y de imprevisto regresó la tristeza, pero evitando demostrarla, se levantó, y revolviendo unas pocas veces más el preparado en las cazuelas, dispuso las bandejas para servir la comida.

Los tres agradecieron los alimentos servidos, y se acomodaron para comer con lentitud.

Ken saboreaba la carne con exclamaciones grosera e insinuantes, que molestaban a Yukihiro.

-¡Ken! ¡No hagas eso!

-¡Mmmmmmmmmmm! ¡Pero es delicioso! ¡Tetchan, excelente!

-Pero no es para tanto. Sólo cocinamos las cosas –Tetsu miró divertido a Ken, que gozaba los alimentos.

-¡Ahhh! ¡Qué delicia!

-¡Ken! ¡No seas maleducado! No exclames así…

-Yukki, no te quejas cuando lo hago en la cama...

-¡Cállate! –Yukihiro apoyó el extremo de los palillos sobre su frente, en una actitud resignada, negando levemente con su cabeza.

Tetsu sonrió. En todo ese tiempo, nunca había sonreído y reído tantas veces como en ese día. La presencia de sus amigos, con el gusto de un pasado compartido, había alegrado su espíritu. La represión por años había carcomido la necesidad que siempre había experimentado de sonreír. Y la había olvidado. Ese día, con el par alocado de amigos, recordó lo bien que se sentía cuando la risa provenía de su interior.

La cena tuvo su fin, y tras el arreglo estricto de la cocina que Tetsu obligó a realizarle a Ken, los llevó al jardín, para tener la charla final de aquel día, tomando un café en compañía de lo que casi era el grupo L'Arc~En~Ciel.

Ken y Yukihiro se sentaron en un borde de madera ancho, elevado un poco del nivel del jardín, propio de la continuación de aquella casa que a pesar de su interior moderno, tenía en ese lugar, una decoración lo suficientemente arcaica como para dar la tranquilidad de los años perdidos de la antigüedad. Miraron con asombro el pequeño jardín iluminado por la luna. Un jardín de arbustos, con un extraño sauce en el medio de aquella configuración, a cuyos pies, se veía un pequeño lago artificial, que reflejaba en su superficie queda la imagen de la luna.

Yukihiro contempló el cielo, sintiendo la brisa veraniega, la brisa del fin de aquella estación.

La luna lo embelesaba.

Tal vez, algún día, caería en el hechizo de aquel celoso elemento celeste. Quizás, se perdería como todos en su encanto, y finalmente sería olvidado por todos, inclusive por ella.

-Hermoso.

La voz nasal y tranquila de su amante lo despertó de sus divagaciones. Miró al hombre de su costado con curiosidad. Notó que Ken divisaba el sauce, que la brisa movía con lentitud, con un dejo de cansancio, y cuyas ramas vertidas, ondulaban la superficie del lago, donde la luna se quebraba. Un espectáculo bello.

-Muy triste –acotó a su amante.

-¿Te parece? –lo miró directamente. En esos momentos la esencia de Yukihiro emergía, y Ken nunca se cansaba de admirarla. Ver la profundidad de su amante lo hechizaba, más que cualquier luna, porque de él aprendía, y de la luna sólo recibiría el olvido.

-Mn. Es solitario. Es muy doloroso –Ken parpadeó sorprendido. Ese lugar le daba tranquilidad pero no sentía dolor.

-Me parece tranquilo...

-No confundas silencio con tranquilidad. Es la soledad. La soledad no tiene ruidos, pero perturba –Ken miró de vuelta el jardín. Soledad. ¿No la hallaba, o simplemente no podía porque él ya la había dejado de sentir hacía mucho tiempo?-. Ese sauce está solo, con sus lágrimas hechas lago... no hay paz... sólo silencio...

-¡Ah! Sí –parpadeó con vergüenza. Era verdad. No podía comprender el mensaje oculto en el jardín, porque ya no lo sentía en su propia vida. Miró a Yukihiro con una sonrisa, y éste lo contempló con curiosidad.

-¿Qué?

-Nada...

El sonido de pasos desde el interior de la casa deshizo el clima calmo que había surgido en ambos. Sintieron a Tetsu, que sentándose cerca de ellos, les ofreció el café que daría término a aquella visita.

Ken observó al bajista, que no dejaba de contemplar la luna.

-¿En qué piensas, Tetchan?

-Lo bien que le sentaba la luna... –susurró en trance, y tras un segundo, meditando lo dicho, bajó su mirada hacia el césped. Ken y Yukihiro se mantuvieron callados, dándole espacio a su amigo, a sus recuerdos, a que todo el dolor de los años emergiera lentamente, y pudiera ser vertido de su interior. Despacio, Tomaban el café. Ken volvió a interrumpir el silencio.

-Oye, Tetchan... este jardín es lindo. Muy tranquilo...

-Pero muy triste... –acotó el aludido, fijando su mirada en ese árbol flaco, débil y sufriente.

-Vaya... lo mismo dijo Yukki.

-Lo hizo Kaori.

-¿Eh? –ambos preguntaron sorprendidos, y miraron el árbol. Tetsu comprendió que habían captado justamente la esencia de aquella configuración. Sería en vano explicarles. Con lo que ya habían presenciado en el día, podían obtener las conclusiones por sí solos.

-Sí. Lo hizo ella, antes de siquiera saber que él me había abandonado...

-Ella lo hizo pensando en su mundo –aclaró el baterista. Sabía sobre ese estado, sobre la soledad, sobre el imposible guardado con secreto empeño. Comprendía todo aquello, porque lo había sufrido, pero a diferencia de esa joven, había valido la pena. Pero en ella no. No había forma de que algo de su dolor propio se transformara en alegría. El baterista suspiró. Ken lo miró frunciendo su boca, en un gesto de sorpresa tranquila, de curiosidad, de necesidad de aprender aquel extraño lenguaje que Yukihiro sabía leer desde siempre, y que Tetsu aprendía lentamente a través de su propio dolor.

-Sí. Yo haría cualquier cosa para que dejara de sufrir. Deseo tanto que sea feliz. Pero yo no puedo... no se puede querer en una forma cuando se lo hace de otra –se justificó el bajista, dilucidando los restos de su antigua personalidad, de la culpabilidad que accionaba todas sus obras.

-Sí. Lo sé –apañó el baterista. Ken lo observó, quizás un poco incómodo. Un mensaje sutil para él, entre una conversación de seres oscurecidos por el dolor.

Los tres se quedaron en silencio, contemplando el lugar, la luna, el lago, percibiendo el suave movimiento de sus cabellos con esa juguetona brisa veraniega. La tranquilidad producto del dolor vivido, les aquietó los espíritus, respirando con suavidad, con lentitud, degustando el aroma del café, la calidez del silencio, y la armonía de la situación.

-Muchas gracias, chicos –acotó el bajista, tras unos minutos de mutismo. Ken y Yukihiro lo miraron con una sonrisa, y este último le dirigió la palabra.

-Te debíamos la visita desde hace años... lamentamos no haber venido antes. Créenos...

-Si hubieran venido antes, nada hubiera cambiado. Estaría igual de lo que estoy ahora. Han venido justo a tiempo –les sonrió con calma. El gesto amable de su antiguo líder aquietó sus preocupadas mentes de hacía meses.

-¿Y qué harás ahora? –preguntó el japonés de cabello largo, acomodándolo por detrás de su hombro. El guitarrista sólo se limitó a mirar y aprender. Era el medio de su amante, el clima en el cual Yukihiro se sentía como pez en agua. Una vez más, vería aquella capacidad tan hechizante, ese poder de compenetración con el interlocutor del que su amante era idóneo maestro.

-¿Ahora? –Tetsu miró la luna, y suspiró–. Seguiré. Continuaré con tetsu69. Es necesario. Es lo único que me da vida. No creí que el tiempo me encontrara tan cambiado –sonrió, reconociendo la profundidad de sus palabras. Palabras que parecían no responder la pregunta de su amigo, pero aún así, el baterista la reconocía.

-Son buenos los cambios, Tetchan. De vez en cuando, es necesario cambiar, para que el ambiente mute.

-Mn. Eso estoy haciendo.

-¿Y con Kaori? ¿Qué harás con ella? -Yukihiro sabía que debía intervenir en ese tema, a pesar del dolor que podía generarle a su líder. Tetsu había cambiado, pero su manía de no ver las cosas siempre se hallaba latente, irrumpiendo en el campo visual del bajista, impidiéndole apreciar la realidad.

-No, Yukki. No insistas en el tema...

-Si hay que cambiar, hay que hacerlo desde adentro... –interrumpió a su amigo, sabiendo que lo entendería. El amable japonés descendió su mirada del cielo, y la apoyó sobre el sauce, que se movía con tristeza.

-No lo sé. ¿Qué puedo hacer con ella?

-Tetchan. Las decisiones son tuyas.

-¿Qué sugieres, Yukki? Créeme que si yo pudiera decidir, ya lo hubiera hecho. No creas que me gusta verla triste. Yo la quiero, pero no de la misma forma que ella a mí. No sé qué elegir. Ni siquiera sé qué opciones hay... ¡maldita sea! –Tetsu cerró sus ojos con fuerza por un instante, siendo envuelto por el silencio. La brisa movió sus cabellos, y se detuvo, entregándole un instante de frescor. Fijó su vista en Yukihiro-. Tienes razón, Yukki. El tiempo pasa, yo cambio, pero esta estupidez mía nunca me abandona... siempre elijo el camino más doloroso, ¿verdad? El camino que no tiene puente... para pasar al otro lado –regresó su vista nublada a la luna. El silencio una vez más.

-Tetchan –su voz piadosa llamó la atención del bajista, quien sin mirarle, lo escuchó con suma atención–. Sólo hay que ver.

-¿Ver? ¿A mí me dices eso…? –ironizó con amargura. Tenía plena conciencia de los castillos de arena en los que había creído, y que la pleamar se los había llevado, sin dejar huella de existencia–. Yo nunca veo, ni vi. Y menos ahora... Yukki, soy pura oscuridad... –Ken miró a su amigo con sorpresa, con un suave gusto de preocupación en su boca, mezclado a café. La historia se repetía con personajes diferentes, una y otra vez. ¿Quien sería ahora el que salvaría a Tetsu, para sucumbir a posteriori.? *6.1

-Todos tenemos esa oscuridad, Tetsu...

-Yo nunca la tuve antes...

-Deja de ver lo que sólo quieres. Tu oscuridad siempre fue el ver lo que deseabas –Tetsu parpadeó sorprendido, y bajó su mirar hasta sus manos, que sostenían el pocillo de café, iluminadas por la luna. Probablemente Hyde las hubiera tomado en ese mismo instante. Detuvo sus pensamientos. Una vez más, ver lo que deseaba. Lo único que debía pensar era que Hyde no estaba allí. Ni ahora ni nunca. Cerró sus ojos, y suspiró mortificado, torturado por su constante dolor que latía día tras día. Era agotador.

-¿Qué hago? Desearía que todo esto se acabara ya... –Yukihiro lo avistó son recelo. Esperando lo que sabía que aquellos labios dirían finalmente-. Ahora entiendo a Hyde. Ahora comprendo por qué se había arrojado del balcón, por qué se había cortado las venas... sólo quería detener el dolor... a como diera lugar –el baterista lo escuchó con preocupación, y, resignado, bajó su vista. Finalmente Tetsu había llegado al fondo. Ken miró horrorizado el estado del líder, recordando las antiguas conversaciones con Hyde en su apartamento. Ese lúgubre ánimo se repetía nuevamente.

-Puedes acabar el dolor... –respondió el japonés de cabellos largos, un poco inseguro de sus palabras. Tetsu lo avistó en un rasgo de sorpresa, con un suave deseo de hallar el consejo sabio en su amigo, con esperanza de poner fin a esa tortura–… enfrentándote a él. Tendrás que volverlo a ver a los ojos.

-Al dolor... –Tetsu susurró en voz alta, sabiendo que aquella respuesta, siempre había estado en su interior, latente, pero incapaz de ser percibida por su tan censurado campo visual interior. Era una verdad muy dura de asumir.

-A Hyde... –remató Yukihiro, callando, dando término a la conversación, sabiendo que tal vez, aquel germen corruptor que había plantado en la mente de su amigo, podía transformarse en un arma de doble filo. Sólo confiaba en que el Tetsu de la antigüedad resplandeciera lo suficiente como para que el temor a la muerte fuera mayor que el temor a ver la realidad. Si acaso fallaba en su especulación, sabía que nunca se lo iría a perdonar a sí mismo. Suspiró liberándose de la presión, de la incertidumbre. Sólo el pasar del tiempo le diría la verdad y esperaba no lamentarla.

Los pocillos de café estaban vacíos, y la luna se exhibía soberbia sobre sus cabezas. El silencio fue interrumpido por un suave murmullo de grillos lejanos. Ken sonrió. Era extraño que en la ciudad se extendiera su ameno sonido. Era extraño que tres personas, en la ciudad, reflexionaran sobre sus errores. Todo, sencillamente, era extraño.

Ken se levantó de aquel piso de madera y palmeó la espalda de su amante. Éste se incorporó delicadamente, tal como Tetsu lo hizo de inmediato. La visita daba término.

Tetsu los guió hasta la puerta principal, y volvieron a abrazarse, con mayor calidez, con mayor sinceridad, con confianza plena, y finalmente los despidió.

-Espero tenerlos pronto por aquí.

-Eso trataremos, ¿no, Yukki? –acotó entusiasta el guitarrista, con una sonrisa calma en sus labios. El baterista asintió con su cabeza, serio.

-Muchas gracias, realmente, muchas gracias –sus palabras simples emergieron desde las profundidades de su ser, y los dos japoneses a punto de partir, reconocieron el significado en ellas. Los tres también compartían un código de años. Yukihiro comenzó a caminar la solitaria calle del barrio, y prendió un cigarrillo al alejarse unos pasos de la puerta de Tetsu. Ken, aún frente a ella, miró al bajista rápidamente antes de correr para alcanzar a su amante.

-Tetchan... no hagas locuras. Yukki te dio el empujón. No hagas que se arrepienta... –Tetsu lo miró sorprendido. Y, tras un segundo de reflexión, divisó la preocupada cara de su amigo, apaciguando su expresión con una sonrisa.

-Lo sé. No te preocupes. no se arrepentirá...

Ken, aliviado, corrió tras Yukihiro, quien estaba adelantado unos cuantos metros, fumando con nerviosismo, producto de la abstinencia durante horas.

Tetsu los observó hasta que desaparecieron tras la esquina. Ingresó a su casa, y se dirigió a la cocina, a lavar las tazas, que tanta calidez renovada le habían dejado. Mientras ordenaba los pocillos, sintió los pasos suaves de la conocida joven, y giró con curiosidad.

No había escuchado la puerta de calle abrirse. No había escuchado ni sentido su presencia antes. La miró con tristeza.

Kaori estaba frente a él, con lágrimas mal contenidas rodando por sus mejillas. Una vez más la imagen de la devastación, la imagen de un sauce llorando rocío, la imagen de un árbol frágil ahogándose en el propio lago generado.

-Tetsu... perdóname... ¡perdóname!

Se lanzó a los brazos del bajista, quien la abrazó con fuerza. Ella había escuchado todo.

El joven acarició el cabello sedoso de la mujer transformada en niña que sollozaba, con culpa, con lastima, con dolor propio. Tetsu creyó que la joven se lamentaba por él, por su estado demolido, por la oscuridad en la que se perdía, pero una vez más, el bajista no veía la realidad.

En el lloro de la joven, había un gusto de culpa superior a cualquier sentimiento.

Su dios muriendo por sus manos, las manos de una devota hereje. Ella estaba envenenando a su dios, y nunca había medido las consecuencias. Lloró impotente, sujetándose con fuerza a los restos de humanidad de ese ser que acariciaba su cabeza.

Un humano con la quebrada máscara de dios.

Y malignamente, la luna, resplandeció a través de la ventana de aquella cocina.


Yukihiro y Ken marcharon hasta el vehículo que habían dejado en el apartado garaje. Caminar bajo la luna, en un lugar tan calmo, los sumió a ambos en sus propios pensamientos. Ken encendió un cigarro, y lo degustó, a medida que mantenía el paso reflexivo de su amante.

Antes de siquiera hablar, Yukihiro ingresó al vehículo, del lado del acompañante. Ken lo miró sorprendido, y sin mediar palabras, aceptó la orden impuesta por su amigo. Él debía conducir.

Ingresó al volante, y cerró la puerta, bajando los vidrios de ambos lados, con el sistema electrónico. Yukihiro apoyó su codo sobre el borde de la ventana sin cristal, y miró pensativo hacia el exterior. Ken se recostó sobre el asiento, y descansó sus manos sobre el volante, dándole espacio a su amante.

La inmovilidad de la situación desconcertó a Yukihiro, que tras el largo lapso, giró hacia el guitarrista y lo observó curioso. Éste le contempló, inclinando levemente su cabeza hacia delante.

-¿Y? –preguntó el baterista, con calma.

-¿Y qué?

-¿No arrancas el auto?

-Si me das las llaves... –le sonrió divertido.

-¡Ah! Lo había olvidado –Yukihiro puso el cigarrillo en sus labios, y comenzó a buscar las llaves en los diversos bolsillos de su pantalón. Tras hallarlas se las dio a su amante, y éste emprendió el camino al departamento. Yukihiro se mantuvo silencioso durante todo el trayecto, y Ken no le interrumpió en ningún momento su reflexión. Tetsu era importante para los dos.

Descendieron del auto al llegar al estacionamiento del edificio que se había transformado en la guarida secreta de ambos, y tomaron el ascensor. Aún el silencio los mantenía alejados, siendo interrumpido por el último exhalar del humo de sus ya acabados cigarros.

Caminaron el largo pasillo, y se detuvieron frente a la puerta. Yukihiro comenzó a indagar una vez más entre sus bolsillos, sin éxito.

-¡Mierda! ¡Otra vez! –rezongó fastidiado por esa manía tan recientemente adquirida.

-¿Dónde las olvidaste, Yukki?

-¡Seguro en el estudio…!¡Mierda…! –Ken se acercó por detrás del baterista, y lo rodeó con un brazo por la cintura, mientras su otra mano ingresaba en la cerradura la réplica de la llave que él tenía desde que se había instalado en el apartamento.

-No es tan terrible olvidarlas, ¿no? –susurró sensual en el oído de su amante.

-¡No cambias, Ken! –sonrió, sintiendo el cosquilleo del aliento del guitarrista en su cuello.

Ingresaron al departamento, y sin necesidad de prender las luces, se dirigieron al cuarto, cansados del día agotador. Ambos tomaron una ducha juntos, y finalmente aseados, se recostaron.

Ken se deslizó rápidamente sobre las sábanas livianas que aquella estación del año les permitía usar sin que resultaran molestas, y extendiendo sus brazos hacia atrás, apoyó su cabeza sobre ellos, mostrando sin vergüenza su torso desnudo. Yukihiro, sentado contra el respaldo de la cama, ponía en hora el reloj.

-¡Aaay! ¡Yukki, no uses esa porquería! ¡Es desesperante!

-Ya te lo dije... ¿quién nos levanta si no?

-Mmm… ya, entra a la cama... –le susurró, girándose hacia un costado, apoyando su rostro sobre el muslo del baterista.

-¡Pareces un niño! –sonrió, y le acarició el rostro con timidez. Aún conservaba esos gestos inseguros.

El baterista se escurrió por debajo de la sábana, y rápidamente fue aprisionado por su amante, que rodó junto con él, para dejarlo encima de su cuerpo más largo.

El joven de cabellos largos, extendió su brazo y apagó la luz, apoyando su rostro sobre el pecho tranquilo del guitarrista. El silencio una vez más.

-¿Yukki?

-¿Mn?

-No te preocupes. Tetsu no hará ninguna locura... –Yukihiro suspiró, liberándose de la tensión.

-Eso espero...

-Él sabe que no te lo perdonarías... además, conozco a Tetchan. Es una gran crisis, pero ama la vida.

-Eso espero... –sonrió con un poco más de ánimo. Ken supo, a pesar de la oscuridad, que su amante había sonreído, por causa del contacto de la piel del rostro sobre su pecho. Conocían sus cuerpos a tan alto nivel, que era irrelevante la luz para reconocer sus actitudes. El cansancio del día comenzaba a tener sus efectos, y sus figuras se relajaban con lentitud.

-¿Yukki?

-¿Mn?

-¿No vas a cumplir lo prometido? –preguntó gracioso.

-¡Ken! –susurró, escondiendo su rostro en el cuello de su amante, besando con delicadeza el lunar cuya ubicación sabía de memoria. Ese sensual lunar.

-¡No cumples promesas! ¿Te parece leal? –bromeó.

-Duerme, Ken. Dentro de unos meses lo veremos... ¿sí?

-¿Meses? ¡Soy un hombre!

-Pues dejarás de serlo si no me permites dormir... mañana eres tú quien no quiere levantarse...

-¡Mierda! Hablas como mi ex esposa... definitivamente...

-Mañana tendremos que hacer lo que hoy no hicimos, acondicionar la última canción es una de ellas...

-¡Ni escuchas lo que te digo! ¡Genial! –bromeó chistoso, pero antes de continuar con su fingido berrinche, sintió los labios de Yukihiro sobre los suyos, que lo besaban con suavidad, con lentitud, en pleno gesto de ternura.

-Y sí te escucho... ¡bobo! –le susurró, acomodándose sobre él, sintiendo cómo las gentiles manos de Ken regresaban a posarse en su espalda, como todos los días, y moviendo sus pulgares con suavidad, permitía un ingreso tranquilo y armónico al descanso profundo.

El sueño los derrotó finalmente, desconociendo que, por la ventana, la antigua testigo de la humanidad se asomaba celosa, molesta y curiosa.

La luna, una vez más, iluminó con soberbia la simple cama de los amantes.


El sonido insistente del teléfono interrumpió la sala silenciosa, donde un hombre de cabellos negros y crecidos leía con desdén un libro de magia antigua. Levantó la vista del papel, y la dirigió al aparato que le había desconcentrado. Se alzó del sofá y marchó con cansancio hacia el chirriante sonido. Su caminar había sido estragado por el dolor, por el vacío, y sólo su reflejo, el reflejo que él generaba para las masas, aún conservaba el tono soberbio del andar de hacía años.

-¿Moshi, moshi? –preguntó, su voz apagada.

-¿Hideto?

-¿Aeh? -reconoció la antigua voz perdida en su mente, en su infancia.

-¡Hijo! ¿Cómo estás?

-Mama...

-¿Cómo estás? –Hyde se mantuvo en silencio, reflexionando sobre el sentido de aquella pregunta. La última vez que había visto a su madre había sido poco después de su casamiento con Megumi. Sus padres se habían mostrado muy felices de aquella unión. Una excusa más para continuar con la farsa.

-Bien.

-¿Y tu esposa?

-Eeeh... ¿bien?

-¿Mn? ¿Bien? ¿Y por qué dudas, hijo?

-Tú ya sabes...

-¿Eh? ¿Qué cosa?

-Mama... creo que Megumi... va a tener...

-¡NO! ¿¡En serio! ¡Mi nieto! ¡MI NIETO! –gritó desbordada de felicidad. Hyde alejó el auricular de su oído con desinterés. Aquella noticia no le generaba ningún sentimiento. Se extrañaba que todos los seres humanos, menos él, pudieran tener ese estremecimiento con respecto a seres próximos a ser condenados a la vida. No comprendía el sentido de tal acción. Sólo castigar a otro ser con lo que a uno le habían castigado–. ¡Hideto! ¡Felicidades!. No sabes lo feliz que soy. ¡Soy la mujer más feliz del mundo! –comentó con un ánimo desbordante de alegría. Hyde sonrió en amargo sabor, con su mirada aún turbia.

-Me alegro por ti, mama. Es bueno saber que, al menos, alguien es feliz –comentó en voz baja.

-¿Hijo? ¿Qué sucede?

-¿Cómo lo haces?

-¿Qué cosa?

-Ser feliz con tan poco. Ser feliz con esas banalidades.

-¡Hijo! ¡No son banalidades! Va a ser tu descendencia. Es tu sangre.

-No. Mi sangre es la que corre por mis venas. Sólo mía. Tan envenenada como mi mente.

-¿Qué sucede? ¿Las cosas no están funcionando? –preguntó la mujer perceptiva, conociendo las problemáticas que sus años de experiencias le habían enseñado a dominar.

-¿Funcionaron alguna vez? –Hyde negó en silencio con su cabeza, sabiendo que aquellas palabras no debía decírselas a ella, pero su soledad le agobiaba.

-Hijo. Vas a tener que poner mucho de tu parte. Un bebé es sangre propia, tengas las ideas que tengas. Un hijo necesita de un padre y una madre. Y tú tienes que hacer que eso funcione, por el bebé.

-Sí –afirmó sin ganas.

-Amor, ¿qué está pasando? Dime la verdad.

-Ah... nada, mama. Sólo que hoy no me siento muy bien. Sólo eso -mintió, dándole a su madre la felicidad que tanto ella añoraba. Sabía que el concepto de felicidad de aquella mujer se reducía a cosas caseras, sin mayor complejidad que su familia. Una sencillez casi campesina. Así era su madre, y de esa forma, había crecido con ella. Una madre protectora, que tal vez, con deseos frustrados tan profundamente, la vida le obligó a sonreírlos, a crearse su propia imagen de felicidad, y a creerla como su realidad. Hyde volvió a negar en silencio con la cabeza. Una madre tan similar a él. una madre que conoció sólo por esa imagen condescendiente, por ese reflejo que toda la familia quería ver en ella. La joven japonesa sumisa, dedicada a su familia, con la felicidad reducida a los niños. Una idea que le obligaron a transformar en su dicha, pero en realidad, nunca había sido ése su sueño.

-¿Y qué tienes, hijo?

-Me duele la cabeza. Tal vez estuve mucho al sol, grabando un video...

-Cuídate, ¿sí?

-Ajá.

-No sabes lo feliz que estoy. Ahora mismo voy a empezar a comentarles a los vecinos que voy a ser abuela. Todo Osaka se enterará.

-Procura que no se enteren antes de que yo lo confirme, ¿sí?

-¿Eh? ¿Y no lo piensas confirmar pronto?

-No.

-Pero... ¿Hideto? Es tu hijo... ¿por qué lo ocultas...?

-Deja que tome mis decisiones, mama -interrumpió a su madre, en un tono suave, sin agresión.

-De acuerdo.

-Mama... tengo algunas cosas que hacer, ¿sí? ¿Te llamo otro día?

-Nunca me llamas... –un suave reproche llegó a los oídos de Hyde, y frunció el ceño con un poco de culpa.

-Sí, lo sé. Pero lo haré. Tengo una vida muy ocupada...

-Sí, lo sé –el tono de aquella madura mujer sonó triste. Usó sus mismas palabras. Un reflejo de sí mismo. Hyde cerró sus ojos, reconociendo la apariencia, reconociendo que tras aquel espectro de su madre, había un ser tan frustrado como él, tan encarcelado como él. Un ave con alas amputadas, desgarradas, destrozadas por la crueldad, por la presión, por creer en lo que le habían dicho que era amor.

-Adiós.

-Adiós. Cuídate.

-Eee... –Hyde apoyó el tubo telefónico, y miró el aparato con tristeza. En realidad, él no conocía a su madre. Nunca la había conocido. Sólo aquel amable reflejo de su ser, aquella sonrisa. Un espejismo. Nunca de niño había notado la variación en la voz y en el brillo de los ojos de esa mujer. Era un ángel caído, degradado a bestia. Un ser puro, que le vendieron un concepto de amor que destruyó su libertad. Ahora comprendía su destino.

Regresó al sillón y tomó el libro, intentando releer el último párrafo, pero sólo la imagen de su infancia atacaba su mente.

En aquella simple llamada había apreciado a su madre. El ser que le había ayudado por más de 23 años, un ser con el que había convivido diariamente. Una mujer que habiendo sido tan bella, tan libre, fue engañada con promesas falsas, y encadenada a su función, que cumplió con perfecta virtud escénica. Pero el tiempo desgasta las máscaras, y las grietas en la misma mostraban aquella criatura oscurecida, oculta en la profundidad, encadenada, que se conformaba con esa mentira de felicidad, a falta de sus ojos puros, pues ya no veía realidad alguna más que la que le obligaban a ver.

Recordó la mochila roja, y el odio que había generado por ella.

Recordó a su madre, mirándolo con el maletín en su espalda.

Y redefinió su pasado.

Ahora comprendía.

Su madre tuvo incluso ese gran fracaso.

La frustración de su última voluntad, el deseo de crear a un nuevo ser, y protegerlo de lo que le había causado muerte en vida a ella. Deseó una niña, para enseñarle a conservar sus alas, y vivir la libertad a través de esa pequeña. Su única posibilidad era experimentar a través de otro todo el albedrío perdido. Pero el destino, incluso, truncó su pequeño sueño, el único que le restaba.

Y resultó ser un niño.

Hyde ocultó sus labios y cerró sus ojos. ¿Podría él darle la libertad a su madre? ¿Podría él darle la última esperanza que se había difuminado en él al nacer? Tenía que agradecerle de alguna manera, aunque ello le costara su vida. Si a final de cuentas, aquella forma de pasar el tiempo, ese simulacro mal actuado, resultaba tan torturante en cualquier sentido. Al menos que sirviera para algo.

Tiró el libro contra la pared, enfurecido. El volumen chocó contra el suelo, doblando sus hojas. Suspiró, reclinándose sobre el sillón.

El sonido de la puerta de calle lo sorprendió rápidamente, sin dejarle tiempo para meditar.

Megumi se dirigió ante él, con ojos brilloso por lágrimas contenidas, esbozando con orgullo una sonrisa de felicidad fingida.

Hyde la contempló, y miró el suelo.

La joven muchacha, se arrojó contra los brazos del cantante y lo abrazó, acercando sus labios al oído.

-Sí. Daarin *6.2. Estoy embarazada –rió satisfecha. La misma felicidad actuada.

-Oh. Qué bien –susurró, con desdén, sabiendo que ella nunca lo escucharía.

Megumi se separó de él y lo miró a los ojos con atención.

El hombre, nervioso, le sonrió con alegría.

La misma alegría actuada, con el mismo sentimiento fingido.

¿A dónde estaba la libertad en toda aquella situación?

~Continuará~


Notas:
-Já: esta expresión tiene que ver con una exhalación de incredulidad, más que una risa. Me olvidé de aclararlo en la secuela anterior, pero por las dudas...

-Eee: es el equivalente de 'hai' pero informal (afirmación: sí)
-Mn: es el típico sonido informal de afirmación (muchos lo escriben 'un'). Cuando es alargado, implica el de duda, y el de interrogación estará acompañado por sus correspondientes signos.

5) El déjà vú, está relacionado con la frase que Yukihiro había dicho cuando Tetsu le había pedido disculpas al día siguiente del golpe en la mejilla del baterista (Tsukiakari ni Jinsei)

6) Kinki: región de Japón, que contiene entre otras prefecturas, a Nara, Kyouto y Osaka.

6.1) Alude a la sensación contrastante que está experimentando Ken. En Tsukiakari ni Jinsei el que se hallaba en esa situación era Hyde, y Tetsu había sido quien se entregó para ayudarle, recibiendo como pago esta nueva situación.

6.2) Megumi se refiere a Hyde de esa forma : Daarin=Darling.


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