TSUKIAKARI NI MABOROSHI
-por Jinsei no Maboroshi-
parte II
Fecha de publicación: 09 de julio de 2007 - Corrección: Ogawa Saya.
Tras una noche más de puro y violento sexo mezclado en recuerdos ajenos, Tetsu y Ken se encontraban durmiendo en la misma cama, como de costumbre, en sus respectivos bordes.
La luna iluminaba tenuemente la alcoba, y el aroma de aquel lugar se mezclaba con los restos de tabaco fumado, sudor expelido, y sexo consumado.
Dormitaban ajenos a la realidad, sumidos profundamente en las inmensidades de la inconsciencia transitoria, cuando un sonido chirriante los arrebató de su descanso reparador tras tan agitada noche.
El timbre duró unos segundos, mas la tercera vez que reclamó atención, se mantuvo insistente por más de cinco minutos.
-Mnnn... ¡Mierda…! ¡Yukki, ve! Seguro que es Tetchan... ¡maldita costumbre suya! -murmuró el guitarrista, aún entre dormido, hundiendo su cabeza en el almohadón con el propósito de no escuchar aquel agudo sonido que lo había despojado de su sueño, una quimera que estaba disfrutando con aquél que había sido su amante más delicado y tímido.
-... –el bajista suspiró resignado, y con lentitud, se incorporó de la cama, advirtiendo el dolor en su interior, que ya era costumbre en su vida. Miró a Ken por unos segundos, negando en silencio con su cabeza, sumiso a ser siempre confundido con el pasado. Nada era de especial. Ni aún para aquel amigo.
Caminó con una suave renquera a medida que se familiarizaba con el movimiento. Tomó el pantalón del pijama y la camisa que se encontraba en el suelo, y colocándoselas sin dejar de emitir alguna que otra queja, se dirigió a la puerta de entrada del departamento.
Al abrirla, parpadeó varias veces seguidas, contemplando a una joven de ropas anchas y oscuras, con un cabello largo recogido en una trenza que no superaba más allá de sus hombros, cargando una mochila en su espalda y una valija a su costado. Su rostro blanco, mostraba el relieve de la bella perfección que ya su padre ostentaba con soberbia: ojos redondeados, levemente rasgados en la punta final del párpado, iris marrón intenso como risco peligroso, una nariz propia de su madre, y los sensuales labios de su padre, que apenas le observaron, se curvaron en una sonrisa, que abrillantó su mirada.
-¡Tetchan! –musitó con una voz estable, alta, suavemente ronca, que mostraba la maestría alcanzada en tantos años de trabajo vocálico.
-Ah... ah... ni... Niji... ¿Nijichan? –aún parpadeaba sorprendido.
-¡Ajá! –se lanzó al abrazo de Tetsu, quien la recibió con profundo cariño, refugiándola en su pecho. La cabeza de la joven se apoyó en el hombro del bajista, permitiéndole advertir a éste cómo la diferencia de estatura era notoria. Cinco años habían pasado. Nijiko había crecido tanto.
La muchacha notó el cierre de su propia garganta, aferrándose a la espalda de su antiguo maestro, hundiendo aún más el rostro en el hombro de Tetsu. Sólo en ese momento se percató de cuánto lo había extrañado, de cuánto lo había necesitado, de cómo había sobrevivido sin Tetsu: aquel hombre-niño que nunca dejó de llamarle de forma tan especial y propia.
-Mi damita... ¡cómo has crecido! –susurró el bajista, frotando su mano sobre el menudo cuerpo de la adolescente.
Tras unos segundos de silencio, se apartaron finalmente. Por un segundo, Nijiko frunció su ceño al percibir el aroma a canela en su antiguo maestro. Un aroma que no le pertenecía. No era el jovial y suave perfume que usaba. Era tabaco y canela. Parpadeó varias veces, sorprendida de lo que inmediatamente percibió. Tetsu secó las dos pequeñas lágrimas que desbordaron de los ojos almendrados de la joven, y tras dejarle el paso para ingresar al departamento que habían compartido Hyde y Tetsu hasta lo último, tomó la maleta de la chica, y cerró por fin la puerta.
Nijiko ingresó, sorprendida de la inalteración del decorado. Aún estaba todo intacto. El sillón, el televisor, la teiburu *4, los adornos, los cuadros... todo en el mismo exacto lugar. Todo perpetuado en el tiempo. Se giró, y observó a Tetsu.
-Tetchan, no has cambiado nada de lugar... –susurró.
-Mn. No tengo tiempo... –se justificó mintiendo. Sabía que Nijiko percibiría mejor que nunca su estado, y a pesar de que cinco años modificaban el alma de una persona, había cosas que simplemente eran inalterables. Una de ellas, era esa evidencia tan descarada: decoración no modificada, por más de cinco años. Tetsu no era de esas personas.
-Ah... –giró su rostro, y vio la puerta cerrada de la habitación.
-Ven, Nijichan, vamos a la cocina. Te prepararé algo.
-Mn.
Aceptó, caminando detrás de Tetsu en dirección a la cocina, notando el suave renqueo de su antiguo maestro. Nijiko se detuvo por unos segundos, y miró a su alrededor, antes de ingresar a la cocina. Se sorprendió de no ver siquiera una guitarra en toda la extensión del salón. Nada de la presencia de Ken. Frunció su ceño por un segundo, nuevamente, y reinició el camino.
-¡Nijichan! Cuéntame, ¿cómo estás? ¿Qué haces por aquí?
-Mn. Nada. Regresando finalmente a mi hogar –comentó con una sonrisa, sentándose en la mesa, observando a su maestro poner el agua a calentar, y preparar dos cafés.
-¿Hogar? –preguntó girándose, y mirándola con curiosidad.
-Toukyou es mi hogar.
-Mn... Porque no conoces Osaka, algún día debes ir a pasar una vacaciones allí... ¿sabes?
-Mn. Lo haré... algún día... –afirmó, y estirando su espalda, desplegó sus brazos en el aire, con lo cual el sonido de las contracturas ocasionadas por el viaje, se hicieron evidentes, arrebatándole una sonrisa al bajista.
-¡Vaya! ¿Viajaste mal?
-¡Bah! ¡Esos shinkansen *3 son una mierda! ¡Deberían ser más rápidos!
-¡Nijichan! ¡Son velocísimos! –replicó divertido al sentir ese acento osakeño que no había perdido, y muy por el contrario, su padre probablemente le habría enseñado a empeorarlo.
-¡Bah! Deberían serlo más... ¿¡para qué tanta ciencia y tecnología, si no!
-¡Ah! Nijichan... –resopló resignado.
-¿Dónde está Kenchan? –preguntó directamente, colocando sus brazos por detrás de su cabeza, apoyándose por completo en el respaldo de la silla.
-Durmiendo. ¿Dónde más podría estar ese holgazán? –sonrieron divertidos, dejando unos segundos de silencio.
-Ah... y... ¿cómo está él? –inquirió cambiando su acento a uno neutral, más comprensivo, más sutil. Tetsu sacó el agua de la hornalla, y volcó la misma en las vasijas, permitiendo la expansión de un suave aroma a café por todo el recinto. Se acercó a la mesa, le entregó una taza a su alumna, y se sentó en la otra silla, quedándose frente a ella.
-Mn... bien...
-¿Bien…? Tetchan... ¿cómo está? Realmente...
-Mn... Linda... tú sabes... a Ken le cuesta aún superar lo de...
-Mn... Lo de Yukki... ¡a quién no! –suspiró triste. Tetsu bajó su vista a su café, y lo contempló por unos segundos, cuando la voz de su alumna lo regresó de sus cavilaciones–: ¿Y tú?
-¿Mn? –levantó su rostro, encontrando el de Nijiko clavándole la mirada sin compasión.
-¿Cómo estás tú, Tetchan?
-Yo bien... –sonrió con resignación.
-¿En serio?
-Claro...
-No me mientas, Tetchan... –le suplicó, apoyando sus manos en la del bajista que descansaba sobre la mesa, acariciándole con suavidad el dorso de la misma. Tetsu la miró con una sonrisa torcida. Hasta ciertos gestos eran iguales. Hasta la sensación era similar.*5
-Al menos sobrevivo, Nijichan...
-Papa te envía saludos...
-... –Tetsu bajó la vista de los ojos de su alumna, y los volvió a clavar sobre el café, aceptando el gesto amable de la chica sobre su mano. Suspiró intentando liberarse de esa opresión añeja, que nunca se aminoraría.
-Tetchan... papa no dejó de pensar en ti ni un solo día... ¿sabes?
-...
-Papa te necesita...
-¿A qué has venido, Nijichan? –su rostro endurecido de súbito, se levantó, dirigiéndolo a su alumna, quien se quedó helada ante el mirar frío de su maestro, que con voz ronca le había cuestionado en mal tono.
-¿Eeeehh? –preguntó parpadeando, en uno de los pocos gestos que había mimetizado de su maestro de vocalización, de aquel antiguo Tetsu que había aparecido una vez en un parque lejano, perdido en el recuerdo.
-¿Te mandó Hyde a hacer lo que debió hacer él hace años?
-... –parpadeó un par de veces más, nerviosa, en un gesto propio de su progenitor.
-N...no...
-Entonces no hables de él así...
-Pero, Tetchan... yo lo he notado...
-Simplemente no lo digas...
-Pero... papa te extraña horrores... tú sabes...
-No. No sé. No sé absolutamente nada.
-No entiendo, Tetchan... ¿por qué te comportas así?... papa siempre me dijo que tú propusiste esto... de... estar... separados...
-Hay cosas que no sabes, Nijichan... déjalas así...
-¿Mn? Pero papa me cuenta todo...
-Hyde nunca cuenta todo a nadie...
-¿Eh? No te entiendo, Tetchan...
-Sólo deja el tema. ¿A qué has venido? Si no es a eso...
-Vacaciones... supongo... -respondió triste, antes de que su maestro acabara la amenaza, mirando su café de nuevo.
-Mn. Bien.
Nijiko tomó la taza de café en silencio, entristecida. Tetsu, incómodo por ese trato agresivo tan desubicado, reinició el diálogo, intentando tranquilizar a su damita. Su confusión no debía por qué tocarla a ella.
-¿Y la escuela? ¿Cómo vas?
-Bien... ya ingresé a la preparatoria de Yokohama.
-¿Ya rendiste el examen?
-Ajá –afirmó afligida, sin dirigirle la mirada a Tetsu.
-¿Y tus clases de guitarra y canto?
-Bien. Papa me enseña a entonar mejor, y cambio todos los años de profesor de guitarra.
-¿Por qué?
-Ninguno es realmente bueno. Me canso rápido... –sonrió de repente, mirando su mano, recordando aquella vez en que la había comparado con Ken, cuando se habían visto por primera vez–. No hay nadie que me divierta tanto como Kenchan.
-Mn... Ya veo... pero Ken ya no es el de antes.
-Ni tú... ni papa... y supongo que ni yo...
-Bueno… El tiempo hace madurar a las personas...
-¿Madurar? –levantó su rostro y con un cierto grado de ironía, cuestionó ese verbo a su maestro, para luego desviarse en observar su taza vacía.
-Y entonces... ya que estás de vacaciones, ¿te quedarás con nosotros? –le perdonó aquella osadía, simulando no entender el sarcasmo. Nijiko era una atrevida.
-Claro...
-¿Y tu madre? ¿Lo sabe?
-... –levantó su rostro, y con una sonrisa pícara, un poco ladeada, le respondió con su silencio a su maestro.
-¡Oh! Genial... ¡Nijichan! ¿Te escapaste de tu casa? –exclamó en voz baja, llevándose una mano a la frente.
-Mn. Algo así... Papa me dijo que lo hiciera...
-¡Ah! Ya veo... sigue con su rebeldía inmadura...
-Bueno… ¡Para contrarrestarlo estás tú, Tetchan!
-¿Mn? –La miró sorprendido y luego negó con su cabeza–. ¡Ay! Nijichan... veo que no me libré de la lengua filosa de Hyde.
-No digas eso... la lengua de papa no es tan filosa para ti... –comentó con un tono juguetón, que enrojeció a Tetsu, provocando que abriera sus ojos alarmado. Si de niña ya le metía en serios problemas, no sospechaba siquiera en el nivel de situaciones incómodas a las que podría someterle la damita hecha adolescente.
-¡NIJICHAN! –rezongó en alta voz, entre molesto y divertido. Aquella joven regresaba a su vida para volver a hacerle sonreír como lo necesitaba en esos límites de su existencia–. No hables así… ¡Te lo vengo diciendo desde pequeña! Y además... No hables de él... por favor... –pidió tras regresar a la seriedad. Nijiko torció sus labios en un gesto de fastidio, y respiró con resignación.
-De acuerdo... Lo que digas, Tetchan... pero papa te extraña y te necesita...
-Basta, Nijichan.
-Papa no es el mismo que estaba en Toukyou, ¿sabes? ¿Por qué lo dejaste, Tetchan?
-¡Basta, Nijiko! ¡Basta!
-No sabes cómo sufre...
-¡MIERDA! ¡BASTA! ¡NIJIKO! –le gritó levantándose de la mesa, crispando su rostro de dolor, al sentir la punzada que atravesó toda su médula. Por unos segundos se había olvidado de todo lo que había hecho hacía horas–. Él tiene la culpa de esto...
-Él no fue quien se auto-echó a Yokohama.
-¡Suficiente! Tú no puedes hablar... ¡no sabes! –le exigió molesto–. Si él sufre, es su culpa.
-¡Y es la tuya! –le reclamó con suavidad.
-¡No fui yo quien se acostó con Megumi!
-Pero si tú le habías dicho a papa que lo hiciera... él me dijo...
-¡No hace quince años…! Basta, Nijiko...
-Ah... –dijo comprendiendo de súbito.
-Perdóname, Nijichan... no me hables de él... no…
-Por mí... Mn... claro... si yo no existiera, tú no le habrías echado, ¿verdad?
-No dije eso...
-Ya no es más tu culpa, porque en realidad, es la culpa de papa por haberse casado con mama, ¿cierto…? Mn...
-Nijiko... yo... estoy muy estresado últimamente... no quise decir eso...
-Estás cambiado, Tetchan... muy cambiado... –le miró a los ojos con tristeza. Ella era fuerte para soportar las culpas y los odios que podía incitar su existencia. Su propio padre le había defenestrado por años, y sabía vivir con ello. Sin embargo, era muy nuevo que tal comportamiento viniera de su maestro. De aquel hombre que tanto había hecho por ella. No deseaba llorar, pero advirtió la herida. Sabía que tenía razón, pero no le dejaba de doler. Tetsu la contemplaba, esquivando de vez en cuando su vista, avergonzado. Sabía que había cambiado mucho a lo largo de ese lustro. Se había perdido y confundido más en su mar de odios y culpas. Y la única persona que iba a ser su flotador en esos momentos, no debía recibir aquel mensaje... Nijiko era una joven inteligente, que captaba demasiado bien las cosas... ya no era la pequeña astuta. Ya había cruzado el límite de la madurez para su edad. Su mirada lo constataba. Una mirada triste, con un toque aún juguetón, pero con la mancha ineludible del dolor... a Nijiko también se le había manchado la mirada, a pesar de todo. Y Tetsu no se lo perdonaba. Nunca lo haría. Perdió su sueño, su grupo, su amante, su amiga y compañera devota, y lo único que le restaba, también había sucumbido. Y por causa de Hyde. Hyde también se había llevado la poca inocencia que le restaba a Nijiko.
-Ya conoces la casa... quédate todo lo que quieras... estoy algo cansado... hablaremos mañana...
Comentó con suavidad, y se retiró a paso tranquilo. Cruzó la puerta, percibiendo el aroma a tabaco encendido, y sin mirar el costado del umbral, se internó en la habitación cerrando la puerta.
Ken, apoyado en la pared, a un costado de la entrada de la cocina, había escuchado en silencio la conversación que se había dado origen luego de aquel primer berrinche del bajista hacia la adolescente.
Exhaló el humo, y caminó en dirección de la mesa. Dejó el cigarro sobre el cenicero que estaba a un costado de Nijiko, y aún sin verle el rostro, la abrazó por detrás, hundiendo su rostro en la nuca de su alumna.
Nijiko sonrió al sentir esos brazos sobre sus hombros, y el aroma a tabaco y canela que eran propios de ese japonés.
-¡Kenchan…! ¡Te extrañé…! –susurró acariciando los brazos que la ceñían.
-¡Bruta! Eres un animal... –comentó, sabiendo que su alumna lo entendería respecto de aquellas últimas palabras dichas al cansado Tetsu que había abandonado el lugar.
-Lo siento... no creí que las cosas estuvieran en este estado...
-Mn... Ya se le pasará... mucha emoción de golpe...
Sonrió. Se incorporó, y tomando por los hombros a su alumna, la levantó de su asiento.
La miró divertido, reconociendo ese singular estilo de vestir de la joven, y sonrió tras hacerle dar una vuelta sobre sí misma, que ella realizó de muy mala gana.
-¡Kenchan! Contrólate. ¡Soy casi tu hija! ¡No me mires así! -jugó la muchacha divertida, y Ken le golpeó la cabeza con suavidad, para luego apoyar su mano sobre la mejilla de su alumna, y contemplarle con detenimiento el rostro. Su antiguo miedo emergió de las profundidades del recuerdo. Temía por su Nijiko, por las fechorías que los hombres, iguales a él en su pasado, realizaran con ella, por la sola sospecha de encontrarla algún día llorando sin consuelo. La protegería con todas sus fuerzas.
-¡Qué bonita que estás…! ¡Cómo estás de crecida! ¡Mierda! –negó con su cabeza, acariciando el rostro de la muchacha. Se acercó a la chica, y le besó la frente, para luego atraparla en un abrazo posesivo, lleno de miedo, de dudas, de preguntas que quería realizar, pero sabía que el tiempo había, probablemente, hecho imposible de formular sin generar tensión alguna. Nijiko sonrió ante ese estrujón, y respondió igual. Una súbita tos rompió el encanto del momento, y provocó que Ken se separara de la chica, sacando un pañuelo de su pijama, y colocándolo sobre su boca, para atenuar el sonido, y a la vez, evitar mancharse.
Nijiko parpadeó sorprendida, al percibir en aquella tos una diferencia marcada, respecto de la eterna y clásica tos que siempre había atacado a su antiguo maestro. El guitarrista tardó uno o dos minutos en calmar su convulsión, relajando su rostro que se había crispado en dolor.
Sin mediar palabras, la joven tomó un vaso de la alacena, y como si nunca hubiera abandonado aquel lugar, halló el agua en el mismo lugar de siempre, la cual vertió en la copa, para ofrecérsela de inmediato a su maestro.
Ken tomó rápidamente toda el agua, ocultando, a la vez, el pañuelo, que de seguro, estaría manchado.
-¡Kenchan! ¿Qué tienes?
-El cigarro... sólo eso...
-Kenchan... no soy más una niña... esa tos es fea...
-Los años que pasé fumando también empeoraron la tos. Sólo eso...
Nijiko suspiró fastidiada. Un secreto más, sumado al de Tetsu y el de su padre.
Calmada la tos, se sentó a su lado, y contempló a su maestro de guitarra con más detalle: algunas canas rebeldes de la tintura se asomaban por la sien de Ken, y su rastro de barba había desaparecido. Probablemente para evitar aquellas insurrectas canas que salían en la barbilla. No había otra explicación.
-¿Y cómo has estado en estos días, Nijichan?
-¿No lo escuchaste? –sonrió pícara.
-Mn... Veo que eres más astuta que antes…
-Kenchan... sentí el aroma a tabaco cuando lo encendiste en la entrada de la cocina.
-Ah... eres peor que Tetsu... –rió secamente, sin mucha gana, casi forzándose a sí mismo a mostrarle a su damita que aún, a pesar de todo, podía sonreír, o al menos, simularlo.
-¡Ay! ¡Mierda! -suspiró dolida al ver el gesto abatido de Ken. Su personalidad ya no era pícara y divertida. Un manto de tristeza opacaba todas sus expresiones. Nijiko negó con la cabeza.
-¿Mn? ¿Qué?
-También estás muy cambiado, Kenchan... –extendió su mano y la apoyó en el rostro del alto japonés, acariciando su piel, resbalándola hasta el hombro del guitarrista, dónde presionó sobre la clavícula, en un secreto gesto de apoyo. Ken sonrió, y tomando la mano de su damita, la llevó a sus labios, y le dio un suave beso en el dorso, para luego cubrirla con ambas manos, y acariciarla. Nijiko era por lo único que seguía, porque a pesar de todo, su promesa ante Yukihiro como testigo, estaba inalterable en el tiempo. Iba a protegerla de rufianes como él mismo había sido.
-¡Y tú, bruta, no te imaginas…! Eres toda una mujer... ¡oye! ¿Realmente ya eres 'una mujer'…? Me entiendes, ¿no?
-¡Kenchan! –se sonrojó de inmediato, arrebatando su mano de las de su maestro, mirándolo con incomodidad, parpadeando en su característico gesto heredado.
-No estoy sugiriendo eso, linda... me imagino que alrededor de tus 13 años habrá sucedido... yo me refiero a 'lo otro'.
-¡Kenchan! ¡Tienes mierda en esa cabezota! –gritó horrorizada al reconocer el segundo, y peor sentido de aquella pregunta. Suavemente le pegó en el hombro, y miró hacia un costado, torciendo su boca, incómoda, roja.
-¿Entonces es un sí? ¿¡Quién fue! ¡Dime! ¡Dime que lo mato! –comentó con un tono propio de la broma, propio del enojo.
-¡Basta, Kenchan! ¡No me jodas con ese tema!
-¿Ah? ¿¡Entonces significa que no lo hiciste aún!
-¡Ken! ¡Me estás avergonzando horrible! ¡Para! –le suplicó fastidiada.
-¿¡Dime sí o no! ¿Lo hiciste?
-¡NOOOO! ¡Y paraaaa! -musitó llevándose las manos a las mejillas para ocultar su sonrojado que sabía, se había ido de control.
-¡Ah! ¡Qué alivio! –suspiró con sinceridad.
-¡Kenchan! Hace cinco años que no nos vemos, ¿¡y lo primero que haces es preguntarme eso! ¡Eres un pervertido!
-Todo lo demás lo escuché cuando te lo preguntó Tetsu... –sonrió pícaro, torciendo su boca. Nijiko bajó las manos de sus mejillas, y las apoyó en la mesa, sonriendo complacida de notar una leve pizca de aquel humor perdido. Tal vez no habían cambiado tanto. Quizás, sólo había que desempolvarles de la tristeza.
-¡No cambias! ¡Pervertido! –reafirmó mirando con recelo cariñoso.
-... –Ken carcajeó abiertamente, y le guiñó un ojo. Aquella frase había sabido a aire fresco en sus oídos.
-Bien... ¿Ahora estás tranquilo?
-Mucho... –sonrió aliviado.
-Vaya, ¡menudo recibimiento de ustedes dos!
-Neee, Nijichan, ¡mira qué tarde que es! –Desvió el tema, contemplando el reloj que se encontraba colgado de la pared de la cocina-. Duerme en mi habitación... Debes estar muy cansada. Quédate en ella durante toda tu posada en Toukyou, ¿sí? Yo dormiré con Tetchan.
-Mn –afirmó sin mirarle, incómoda de advertir que a pesar de que Ken se empeñaba en mostrar que allí no pasaba lo que ella había percibido, no podía dejar de notarlo.
El alto japonés llevó su maleta a la habitación que le pertenecía, y abrió la cama, antes de que ella entrara, con el fin de revolverla un poco y simular su presencia en ella hacía horas.
Cuando Nijiko ingresó, se despidieron dándose las buenas noches, y tras un abrazo, el guitarrista se retiró.
Al cerrar la puerta, Nijiko advirtió un segundo ataque de tos de su maestro que se alejaba a medida que ingresaba a la otra habitación.
Miró el cuarto con una ceja levantada, notando las guitarras apoyadas contra la pared, un cenicero limpio en la mesa de luz, y la cama prolijamente desordenada. Negó con su cabeza.
Se arrojó sobre el catre, y sólo pudo percibir el aroma a suavizante de las sábanas. Miró el techo, y luego giró su rostro hacia la ventana. La luna se infiltraba por ella con toda su magnificencia. Apagó el velador, para poder notar más el iluminar extraño del cuerpo celeste.
¿Qué diría su padre si supiera aquello? ¿Acaso esa extrañeza, por así llamarlo, existía aún cuando Yukihiro estaba vivo? Negó con su cabeza. Era imposible. Aún recordaba aquel día que, curiosa, había visto a través de la puerta levemente entornada, el insólito pero bello acto de aquel callado japonés y su maestro de guitarra. Se sonrojó. Aquella lejana mañana, Ken le había aconsejado sobre esa incipiente curiosidad que no se detenía en la aún infantil niña. Y evocó su promesa dada. Ken le había pedido ser su consejero, y ella había aceptado. *18
Esbozó una mueca de diversión. Ahora se arrepentía. ¿Cómo iba a elegir a aquel pervertido como consejero? Cualquier intento por explicarle alguna situación incómoda provocaría que el alto japonés pidiera detalles que sólo incomodarían el triple a Nijiko. Suspiró resignada. Era Ken.
Regresando a sus pensamientos iniciales, concluyó que aquello que había percibido era sólo un estado que ambos necesitaban. Lo veía en sus ojos. Se notaban cansados. Tal vez, la que estaba cansada era ella, y creía ver cosas que no eran del todo ciertas.
Giró sobre la cama, y cerró sus ojos.
El sueño rápidamente la venció.
Nijiko salió de la escuela, caminando con aire desfachatado, mientras los profesores que la contemplaban, negaban con su cabeza en actitud de resignación. Sólo gracias a la intervención de su padre, le habían permitido vestir el uniforme femenino en una versión negra, reemplazando la falda por unos pantalones anchos.
Delante de ella, caminaba solitariamente la joven a la que había molestado durante todo el día.
Ya había escuchado los rumores que esa misma mañana se habían expandido respecto de esa misteriosa chica. El grupo, conocedor de la ascendencia china de la muchacha y su pertenencia a la familia Wan -los cuidadores del templo Sun- había fastidiado a la joven, asegurando que poseía una rareza, que inexplicablemente, Nijiko no lograba percibir. Por suerte, la joven Takarai había socializado con todo el curso, haciendo gala de los dones enseñados por Tetsu, permitiéndole conocer las opiniones que el resto tenía para con aquella muchacha.
Solidarizada con el alejamiento que ya embargaba a la joven mestiza, apresuró su paso en un intento por alcanzarla. Akimi sólo había hablado una vez con ella en todo aquel día, resistiendo con estoicismo la gama de rumores que se habían disparado tras sus espaldas.
-Si piensas asustarme, no lo hagas, ya te percibo desde que salimos del colegio –amenazó la joven, antes de que Nijiko alcanzara su paso.
-No pienso hacerlo. Ya veo que tus poderes se han estropeado, es evidente –rió con descaro–. Únicamente me acercaba para no hacer sola el trayecto común.
-Mn. Claro. ¡Y te creo...!
-¡Usa tus poderes para confirmarlo! –retó la muchacha, mordaz. Akimi simplemente se limitó a callar, y con la vista hacia el frente, continuó la caminata.
Las calles pasaban una tras otra, y ambas, descubrían cuánto camino en común tenían. Nijiko, aburrida del silencio, rompió el encanto mudo del atardecer que lentamente se apagaba.
-Neee... Wan-san. Perdóname por lo de esta mañana... no me pidas que no bromee contigo... no creo en esas fantasías... así que simplemente, te recomiendo que te relajes... y que no prestes atención a mis palabras... pero no las voy a evitar.
-Eee –sonrió sosegada, mirando de reojo a la joven.
-¿Mn? ¿A qué viene el gesto? –preguntó curiosa.
-Sabía que ibas a acompañarme para eso... –replicó sonriendo con levedad, llevándose una mano a los labios, separando su meñique con refinamiento.
-¡Já! Así yo también predigo el futuro... ¡cualquiera puede leer el pasado!
-¿Acaso si te lo hubiera dicho, me hubieras dado tus disculpas? Eres una terca, nunca me las hubieras dado, con tal de hacerme sentir que mi capacidad predictiva es una fantasía... –respondió aguda la joven.
-... –Nijiko la miró con las cejas levantadas. Calló, porque en el fondo, era cien por ciento verdad.
-¡Miren qué curiosidad! ¿No hay nada que replicar? –le sonrió divertida, observándola fijamente a los ojos, en un gesto pícaro.
-No. La verdad que con esto, reafirmo mi supuesto... –se explicó tranquila Takarai, torciendo su boca en una sonrisa socarrona.
-¿Eh?
-Tienes la habilidad de los estafadores... hablas como ellos... –sonrió. Akimi suspiró resignada, negando con su silencio.
-Nunca me creerás, ¿verdad?
-No –respondió sin tapujos.
-¿Por qué no crees?
-Nada me lo permite... –Nijiko manifestó envolviéndose en un halo de seriedad.
-Nada te lo impide...
-Nada me lo garantiza.
-Ni nada te lo refuta...
-¡Oye! Se cree en la ciencia porque es efectiva...
-Los enfermos que rezan, suelen curarse...
-No todos...
-La medicina no cura a todos tampoco –replicó aguda Wan–. Pero todos los rezos son escuchados...
-¡Já! Desde pequeña he rezado y nunca me dieron nada tus dioses... ¿acaso a mí no me toman en cuenta por algo en especial? ¿Por qué no me avisaron? ¡Así no gastaba energía pidiendo a seres que me han vedado sin siquiera darme cuenta! –rebatió Nijiko con el ceño fruncido. Akimi calló de súbito.
Caminaron un poco más el trayecto en común, y luego se separaron despidiéndose hasta el nuevo día.
Nijiko juntó sus dos manos en un rezo, e inclinándose levemente sobre la tumba del callado japonés, sonrió contemplando la foto que decoraba la urna.
A su lado, Ken, miraba enajenado la piedra del gris sepulcro, mientras daba profundas caladas a su cigarrillo.
Sin mediar palabras, prendió un segundo cigarro, y se lo entregó a la joven, quien acuclillándose frente a la tumba, clavó el tabaco en la tierra.
-Neee, Yukki. Aquí estoy. Te vine a visitar –susurró triste la joven, mirando el movimiento sutil que el humo realizaba gracias a la suave brisa del verano.
-Yukki debe estar muy contento. Kamisama le habrá dado el lugar de mayor tranquilidad. ¡Yukki siempre tan aburrido! –afirmó el alto japonés, que se mantenía de pie a su lado, esbozando una sonrisa entre nostálgica y anhelante.
-Ah... Kamisama... –musitó irónicamente. Ken levantó una ceja, y contempló cómo la joven se incorporaba, sin despegar su vista de la fría piedra.
-¿Mn? ¿Crees que no? –cuestionó curioso de aquella expresión en su alumna.
-Bah. ¿Existirá Kamisama?
-¡Nijichan! ¿Acaso no crees? –preguntó serio ante ese tono sardónico que su alumna se empeñaba en enfatizar.
-¿Creer? Sólo creo en lo que veo y siento. Años me pasé pidiéndole a Kamisama que detuviera las batallas de mi casa. Años.
-Se detuvieron... tarde, pero se detuvieron... –acotó interrumpiéndola.
-¿Se detuvieron luego de 10 años de ruegos, y a costa de Tetchan, de papa, y de mama?
-¡Nijichan…!
-Desde pequeña siempre miraba el cielo, el lago, los parques, todo lo que era naturaleza. Creía que Kamisama estaba en todos ellos, que veía lo que sufría, y que en el fondo, probaba mi confianza. Pero... sólo era perder mi tiempo en tonterías. Veía el cielo, quería creer, pero allí nadie me escuchaba...
-¡Ay…! Linda... –comentó dolido el guitarrista, torciendo su boca con resignación. Cada día que pasaba, Nijiko le mostraba cuán poco de inocencia le restaba. Una cuenta regresiva hacia la nada. No faltaría mucho hasta que se transformara en una adulta, sin ilusiones ni creencias infantiles.
-Los cuadros de papa, ahora los entiendo con mayor claridad. No hay demonios ni ángeles, Kenchan... sólo nuestra insignificante humanidad. Pedimos a un Kamisama todo lo que nuestra impotencia nos frustra, lo que no podemos hacer por nosotros mismos. Todo lo que nos pasa, simplemente es mala suerte, Kenchan... muy mala suerte.
-¿Me estás diciendo que Yukki y yo simplemente hemos tenido mala suerte? –le cuestionó con tono serio.
-... –Nijiko suspiró ruidosamente.
-Quiero creer en Kamisama, Nijichan. Si no, ¿qué nos queda?
-Esta vida. Kamisama no nos pide permiso para arrojarnos a este mundo. Venimos sin ser llamados, sin siquiera pedirlo...
-Linda... no confundas. Lo que sucedió entre tus padres no debe afectarte tanto... ¿acaso crees aún que eres un error de tu padre?
-Pues sí. Lo soy, no sólo de él, sino de mama también. Y en el fondo, un poco de Tetchan.
-¿Mn? ¿Tetchan?
-Kenchan... papa en este tiempo se ha abierto mucho conmigo. Me habló del pasado de ellos, de los problemas de Tetchan en la época en la que papa quería suicidarse...
-¿Te contó eso? –inquirió profundamente sorprendido el alto japonés.
-Ajá. Eso, lo de Sakura, lo de Tetchan, lo de mama. Papa ha estado muy melancólico los últimos años. Ya no compone más, sólo se dedica a su productora.
-Mnnn... Ya veo... Hyde te ha lastimado mucho contándote todo su pasado.
-No. No me lastima. Todo lo contrario, Kenchan. Le entiendo. Por primera vez en muchos años, entiendo por qué se comportaba conmigo de aquella manera cuando era pequeña...
-Pero no debes darle la razón.
-No. Claro que no, Kenchan. Lo que me hizo pasar me dolió y me dolerá siempre. Pero al menos, ya le entiendo. El punto es que... si él, que ha vivido más años, ha pasado más tiempo pidiéndole a Kamisama, sin que absolutamente nada se le cumpla... ¿qué debo esperar yo? Por eso niego a Kamisama.
-Atea...
-Mn. Soy hija de un 'ángel caído', ¿qué otro destino tendría? –comentó burlona.
-Nijichaaaan... –sonrió divertido de aquella expresión, un poco satisfecho de que Hyde finalmente hubiera logrado la tan necesitada unión filial con su hija, un poco entristecido, no queriendo entender por completo todo.
Un minuto de silencio transcurrió mientras miraba cómo se consumía con parsimonia el cigarro enterrado en la tierra, a la vez que sus ojos contemplaban aquel cuadro del tan tímido japonés que adornaba la tumba. Una sonrisa soslayada, la mirada hacia un costado, el cabello largo cayendo por detrás de sus hombros.
-Quiero creer que Yukki aún está en algún lado esperándonos. ¿Sabes…? Quiero volver a verlo... –murmuró por fin, el guitarrista.
Nijiko parpadeó varias veces, intentando reabsorber las lágrimas que de repente, se habían amotinado en sus ojos, amenazantes de caer. Aquel tono de tristeza con el que había dicho esas palabras, habían conmovido a la muchacha. Ella también deseaba verlo, pero consideraba, que al final de cuentas, sólo había mala suerte en la vida.
Ella más que nadie quería volver a contemplar el rostro tranquilo y ameno del baterista, que con su voz ronca, y sus formas envolventes, le permitían encontrarse a sí misma en las épocas de confusión. Necesitaba de aquellos brazos fuertes que la rodeaban con cariño, y le refugiaban en su cintura. Sonrió acongojada. Probablemente, ahora, le sería imposible esconderse en aquel abrazo, porque a pesar de no advertirlo por completo, había crecido.
¿Qué habría dicho Yukihiro de verla en su forma actual? ¿Qué habría hecho? Tal vez sonriendo, le habría mirado en su silencio, y con aquella magia que compartían, código secreto, se habrían dado un abrazo contenedor, cariñoso, y lleno de recuerdos.
Nijiko suspiró, y tomando del brazo a su maestro, caminaron en dirección a la salida del cementerio.
Aún tenía que ir con Tetsu al centro comercial.
Nijiko recogía sus cosas del pupitre, y las metía dentro de su mochila azul sin mucho cuidado, fastidiada del pesado y largo día que había tenido. La geografía la había abrumado, para finalizar su confusión con la historia antigua y los problemas de matemática. Había sido un día agotador.
Mientras terminaba de cerrar su mochila, una mano delicada y fina, con unas uñas prolijamente pintadas con brillo, apoyaron sobre su escritorio un papel escrito en kanjis.
Silencio sobre el Río Pequeño, Susurros de música azul.
Nijiko leyó el papel, frunciendo el ceño, incomprensible. Rápidamente elevó su rostro hacia la dueña de aquella mano, que le miraba con un rostro tranquilo.
-¿Mn? ¿Qué es eso? –le cuestionó.
-No lo sé. Es para ti.
-¿Mn? –levantó una ceja, torciendo su boca incrédula–. Conozco esos kanjis.
-Es para ti. Léelo con atención –le susurró, dejando aquel papel sobre el escritorio, manteniéndose en pie ante la joven Takarai.
-Ya lo leí. ¿Tomaste algo que te cayó mal? –su tono de voz era irónico, como siempre el trato entre esa joven desfachatada y la mestiza demandaban.
-Me lo dijo Sun, este fin de semana pasado.
-¡Oh! Sun... ¿y te telefoneó o algo así, para recitarte una poesía china? Porque no le veo otra razón a esa frase... –sonrió divertida, poniéndose la mochila a la espalda, y andando a caminar–. Vayámonos.
-Simplemente no lo tomes a la ligera. Te ahorrará una pena –explicó Akimi, acompañando a Nijiko a bajar las escaleras hasta la salida del colegio, y dirigirse a sus respectivas casas.
-¡Já! Demasiado tarde... dile a ese Sun que debió acordarse de estos lados cuando era pequeña.
-No sé por qué tanto resentimiento con los dioses, Takarai-san, pero créeme que Sun no te ha olvidado.
-Claro, cómo no. Dime, ¿dónde te dijo que se acordó de mí? -retó a la muchacha mestiza, sonriendo con irónica expresión. Wan, sin molestarse por el fuerte ateísmo que padecía su conocida, llevó su mano a su mentón, y en una actitud de reflexión, buscó lo que aquel día había visto en sus predicciones.
-Una mañana... un hombre de negro, y tú en una mesa... y alguien gritando que cerraras tus ojos... –Nijiko se detuvo en seco ante aquella descripción, gesticulando una expresión de profunda sorpresa. Wan caminó unos pasos más, y advirtiendo su solitario andar, giró sobre sus talones, curiosa. La joven Takarai –estática en el lugar- parpadeó varias veces, mirando pasmada a su compañera–. Perdona... ¿fue algo muy malo?
-¿Qué sabes de eso?
-Nada. Sólo lo que te dije. Sun me hizo percibir esa escena, dándome a entender que allí, él te protegió...
-Él no me protegió... –dijo enojada, ceñuda, mirando con rudeza a su compañera, quien le contemplaba con el rostro terso, en una expresión de tranquilidad, acostumbrada a las reacciones que sus predicciones solían generar–. Fue mi padre...
-¿Qué sucedió? ¿Puedes decirme? Hay algunas cosas que no llego a conectar, y que, a su vez, me dice Sun.
-¿Como qué?
-Escucho el sonido de algo que se cae... -desvió su vista al cielo, intentando recordar-. Suena a papeles *19. Es allí donde Sun intervino. Sun es la representación del viento. Sonidos y brisas son sus manifestaciones.
-Fue Tetchan... –susurró.
-¿Mn?
-No fue ningún dios. Fue un maestro mío, y lo que no sufrí yo, lo padeció mi padre... –explicó con tristeza, retomando el camino, a la vez que Wan, sorprendida, caminaba a su par.
-No lo sé. No entiendo por completo la situación. Pero Sun me dijo que allí te protegió.
-Te miente.
-Vamos, Takarai san. No seas tan necia.
-Tú crees tus propias mentiras de dioses... un dios no hubiera permitido lo que sucedió...
-¿Por qué no me explicas?
-Estuve a punto de ser violada por ese hombre de negro... saca tus conclusiones –se apresuró a finalizar el tema, sabiendo que con ello, la joven advertiría la real situación. Akimi, callada, no se atrevió a romper el silencio que se había instaurado entre ellas. Pudo entender por completo aquel fragmento de pasado.
-Lo lamento, Takarai san –intervino tras unos minutos de caminata muda–, pero sólo hazme caso. Lee ese papel, y fíjate qué representa para ti.
-No me representa nada, te lo dije.
-Sólo hazlo. Prométeme que estarás alerta.
-¿Y cuando sucederá esto, según tú?
-Sun... según Sun... esta tarde...
-¡Já! ¿También te dice si mañana saldrá el sol? A veces tener un dios patrono puede resultar práctico, ¿no? Al menos sabes si tienes que salir con paraguas o no...
-¡Eres incorregible! –suspiró resignada, esbozando una imperceptible sonrisa, satisfecha de que al menos, no había empañado el día y el humor de su acompañante.
-Mañana te digo.
-Mn. Adiós. Nos vemos.
-Adiós.
Sus caminos se bifurcaron, y cada una continuó el tramo hasta sus casas.
Llevándose la tarea al estudio de su padre, compartió con éste el silencio del lugar, mientras Hyde continuaba realizando esbozos. Los pocos días de descanso del vocalista, los intentaba compartir con su hija, en aquella muda y a la vez, cálida forma, compartiendo sus preferencias y sus responsabilidades. Un lazo que un discreto japonés de sonrisa amable había propiciado. Hyde estaría eternamente agradecido con él.
-Mn. Nijichan... ¿qué te parece? ¿Crees conveniente un árbol en esta zona, o en la otra? -preguntó el cantante, señalando con sus dedos las partes del cuadro que esbozaba. Nijiko levantó la vista de su tarea de matemática, y contempló el lienzo.
-No lo sé. Me da igual, papa.
-Vaya. ¡Cuánta sinceridad! –sonrió divertido, observando cómo su hija respondía con otra sonrisa.
-Naa. Papa, simplemente me aburren tus cuadros. Siempre dibujas llanuras con árboles. A lo sumo, te he visto dibujar montañas en un horizonte de una planicie.
-¿Acaso extrañas los demonios y los ángeles? –preguntó agudo.
-... –Nijiko sonrió, negando con su cabeza en silencio.
-¿Sabes? Yo tampoco sé por qué comencé a dibujar estos paisajes. No me generan absolutamente nada. Cuando los miro fijo, simplemente me hacen sentir un vacío...
-Mn. Se nota –afirmó la joven, mirando el resto de cuadros colgados en el estudio. Una música proveniente de la casa vecina, ingresó por la ventana, resonando mansamente la canción Dune. Ambos sonrieron.
-¡Qué casualidad! Estaba pesando en Tetchan... –susurró nostálgico Hyde. Nijiko iba a comenzar una plática más sobre aquel amable japonés que continuaba en Toukyou, cuando una suave brisa que se escabullía por la ventana, movió sus cabellos, deteniéndole por completo de cualquier palabra. La tapa del CD Dune, opacó su mente, y miró con el ceño fruncido a Hyde-. ¿Cómo crees que estará él ahora?
-... –Nijiko miró su tarea, y por alguna extraña razón, se calló. Observó nuevamente el cuadro que esbozaba su padre–. Papa... ¿por qué no colocas esos árboles a la izquierda, y en el centro, pones un lago?
-¿Lago?
-Mn. Hasta podrías poner en el fondo a un niño jugando con un cometa.
-Mn. Es una buena idea... cambiar un poco el cuadro sorprenderá a Megumi –comentó sonriendo.
-¿Ves? Si escucharas más a tu hija, terminarías dibujando cosas más interesantes –una femenina voz ingresó al estudio, empujando la puerta entornada. Nijiko contempló a su madre, que había llegado inusualmente temprano, y tal vez, se habría puesto en el umbral, a espiarles, a escucharles, o quizá, simplemente a verles con la felicidad de la familia consumada. Su corazón dio un vuelco.
-Nijiko será una gran artista si lo desea... de eso no tengo duda –comentó Hyde sonriéndole a Megumi.
-Mn. Iré a preparar la comida. Cenaremos temprano. Hoy casi no hubo trabajo.
-Bien –afirmaron ambos.
Una vez que Megumi abandonó el estudio, Hyde miró a su hija curioso, un poco sorprendido, mientras de fondo escuchaban aquella canción que probablemente el vecino se empecinaba en oír a todo volumen.
-¿Cómo supiste que Megumi estaba escuchándonos? –cuestionó su padre con una sonrisa pícara, sabiendo a la perfección sobre aquella muda ley que imperaba en esa casa, y que prohibía el nombramiento de cualquier integrante de esa banda que había sido L'arc en ciel.
-No me lo creerías, Papa.
-Déjame intentarlo –retó amablemente.
Nijiko tomó la mochila que había arrojado al suelo, y extrayendo de ella el papel arrugado, se lo extendió a su padre. Hyde lo miró con curiosidad. Tardó unos segundos en relacionar los hechos con ese mensaje, pero luego sonrió incrédulo.
-¿Y de dónde sacaste esto?
-¿Crees en los dioses? –preguntó sin responder.
-¿Acaso no me conoces?
-Papa... ¿nunca responderás sin formular otra pregunta?
-¿Mira quién habla? –bromeó el cantante, ya tomando aquella charla como un reto, en la cual, el perdedor sería quien terminara por responder correctamente alguna pregunta.
-¿De quién tendré los genes? –respondió la muchacha, aceptando con una sonrisa aquel reto.
-¿Habrá que preguntarle a Megumi? –desvió hábilmente la obligación de argumentar.
-¿Te atreves?
Hyde rió abiertamente, dejando aquel misterioso papel sobre su escritorio, abandonando el lugar en dirección a la cocina, para ayudar a Megumi a cocinar.
Nijiko sonrió triunfal, al ver salir a su padre del estudio. No habría ganado si su padre no se lo hubiera permitido. Pero fue su propia capacidad la que había logrado arrancarle una risa sincera. Y aquello, para su nostálgico progenitor, era demasiado.
Suspiró satisfecha, y volvió a contemplar el papel que escrito en kanjis prolijos, rezaba la predicción, que ahora, le erizaba la piel.
Silencio sobre el Río Pequeño, Susurros de música azul *13
-¡Mira, Nijichan! ¿No te gusta? –exclamó Tetsu con una sonrisa discreta apuntando en la vidriera de Chanel a un pantalón deshilachado, en un rojo intenso, con una cadena amarilla colgando a un costado.
-Tetchan... me aburro... –bostezó, cargando las siete bolsas que ya había comprado su profesor de vocalización. No gustaba de ese tipo de compras. Prefería ir a las casas de instrumentos, y pasar horas contemplándolos, tocándolos, apreciando cada una de las insignificantes cualidades de los mismos, o bien ir a los parques, y contemplar la tranquilidad de los árboles que con la suave brisa, se movían delicadamente, escuchando el sonido quedo del chocar de las hojas entre sí. Cualquier lugar era preferible al bullicio de los centros comerciales de los que tanto disfrutaba su profesor.
-¡Ah! ¡Pero mira ése! Es un pantalón en negro, con parches en gris, un color discreto como gustas...
-¡Tetchan! Eso es talla small... yo uso maximum –resopló aburrida, cambiando algunas bolsas de su mano izquierda a la diestra.
-¿Eh? ¡Pero si eres de contextura pequeña! –replicó inocente.
-No me gustan estar enlatada, por si no lo percibes... –ironizó, abriendo sus bazos levemente, con el fin de eliminar las bolsas que obstaculizaban la visual de su profesor, y mostrarle por enésima vez su estilo: Un pantalón ancho y negro, con varias tiras negras que decoraban las piernas, y una cadena negra adornando su cadera. Una camiseta sin mangas estilo basquetbolista con el número 666 en su espalda. Tan ancha la camiseta, como el pantalón, dejándose ver por la zona de las sisas, el costado de su sostén negro.
-¡Vaya! ¡No sé quién te ha enseñado a vestirte así! –sonrió divertido. El estilo le hacía recordar a Yukihiro.
-¡No empieces tú también, Tetchan! ¡Con mama, me alcanza y sobra!
-Bah. Vamos por allá... hay más casas de ropas, tal vez encontremos algo para ti...
-Ah... –resopló cansada.
Caminando detrás de su maestro, y luchando por no tropezar con las bolsas que ya llevaba, cruzó frente al escaparate de una casa de instrumentos tradicionales, y sin querer, un destello dorado llamó su atención, deteniéndose en seco, para contemplar un koto *7. Estaba bellamente decorado con incrustaciones de láminas de oro, que simulaban sobre la caja armónica del instrumento, un cerezo en flor deshojándose en pleno hanami *8. Era precioso, delicado, con un estilo único. Sonrió con tristeza, y apoyó su frente contra la vidriera, cerrando sus ojos.
Una mano en su hombro la alteró, provocando que se irguiera de inmediato. Miró a su costado, encontrándose a su maestro con un rostro preocupado.
-¿Estás bien, Nijichan?
-Eee. Sólo me duele un poco la cabeza... ya sabes... me gustan los lugares tranquilos...
Tetsu sonrió, reconociendo los rasgos que aquel baterista callado había impreso en Nijiko. Curioso, giró su rostro hacia la vidriera, y miró los instrumentos tradicionales: Un sanshin *9, un koto *8, una biwa *10, con sus variantes regionales, con una o dos cuerdas agregadas o restadas, rarezas de toda índole, siempre dentro del marco tradicional.
Tetsu levantó una ceja, y miró curioso a Nijiko. Ésta parpadeó, nerviosa.
-¿Eh? ¿Piensas traicionarnos, Nijiko?
-¿Eh? -abrió sus ojos no comprendiendo.
-No dejes el rock por esto... ¿sabes?
-¡Ah! ¡Tetchan! ¡Qué ocurrencias! -sonrieron divertidos.
Tetsu apoyó la mano en el hombro de su alumna, y tras un suave cabeceo en dirección a un local de una nueva firma de ropas, se encaminaron hacia el centro mismo de aquel bullicioso lugar.
~Continuará~
Notas:
*) Para ver las notas explicativas, entrad en Notas.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
