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Lo vio, ese amargo sábado lo vio, vio en sus ojos el miedo de hacerle daño, y como su corazón tenía claro que no la quería y luchaba con su cerebro que batallaba por quererla, y aunque suene contradictorio, su cerebro la metió en una guerra, una guerra que ya estaba perdida, una guerra que ella iba a batallar sin tanques ni ejército, solo se tenía a ella, y no era ella. Su corazón le anunció ese mismo día que él no la quería, pero ella no quiso hacerle caso, pero más que decírselo y ella ignoradlo, se lo susurró y ella se hizo la sorda, ambos no querían escuchar aquellas palabras que por ese momento les hacían latir, que les mantenían junto a él.
Esa fue la batalla en su bando, su corazón peleando con su cerebro, y a la vez peleando por un "nosotros" ya fracasado y moribundo. Pero al igual que supo que no la quiere, sabe que la quiso, de hecho la quiso más de lo que ella nunca lo quiso, pero también sabe, que la querrá, es su don, es su corazón leyendo a las personas, sabiendo qué harán, pero no el porqué.
El dolor del abandono, de un abandono cobarde que no está justificado por nada, más que por el afán de jugar con las personas, es un dolor que en primera instancia le hace llorar, odiar, gritar y vapulear al mundo, pero que momentos después empeora, ya, ya no hay lágrimas, porque ya no hay dolor, hay sentimientos encontrados, el odio y el amor, ambos complejos, placenteros y a la misma vez dolorosos, cada uno en su justa medida, pero ahí están ardiendo en medio del pecho, junto al lado de su corazón, latiendo con fuerza, ese quemazón que hierve y que le impide respirar, dormir, hablar y en muchos instantes vivir. -Se pasará.- Le repiten.-Lo sé.- Contesta. Pero tener que esperar a que ocurra, no hay palabras para describir dicha agonía.
La cobardía curiosamente es un defecto dado únicamente en los hombres, en la guerra, por ejemplo, los hombres corrían y desertaban de las batallas, pero ninguna enfermera abandonó su puesto de trabajo, pero es cierto no se puede comparar el miedo de una batalla con el miedo de ver la muerte cara a cara postrada en camas, entrando por la puerta, o saliendo por estas sin poder hacer mucho más que administrar morfina. Ellos, unos cobardes, siempre lo han sido, la mujer tuvo la valentía de coger la fruta del árbol prohibido, lo hizo mal, pero fue valiente. Ella no dice que las mujeres no sintamos miedo, sí lo sentimos, ella lo siente, pero no nos dejamos vencer por él, es un don colectivo del género femenino, o por lo menos esa es la única explicación que ella logra encontrar.
Si pudiéramos tener un don más del que nos permiten tener nuestro género, incluyendo el propio de cada persona, es decir, un plus, sin duda elegiría el de la moda, sería pobre, desdichada, leedora de almas y sería "ella", abandonada por un cobarde, pero siempre le quedaría el consuelo de llevarlo con mucho estilo.
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