*Capítulo 2: "Entre café y llovizna"
El claxón de un auto lo retornó a la realidad. Iban recorriendo las calles con disfrute y distensión, aunque, bueno, Arnold no podía simplemente desconectarse del mundo que lo rodeaba. Quizás, pensaba en cuántas camisas más, como esas tan elegantes, de seda pura Gerald querría comprarse antes de regresar al hotel. Parsons les había enviado bastante dinero para la ocasión, a decir verdad. Y su amigo, solía frecuentar todas las tiendas de ropa para abastecerse de una amplia variedad de atuendos...
Rió para sí, mientras el moreno se enamoraba de cada reflejo suyo en cuanto espejo encontrara. Arnold tenía, en ese sentido, la tranquilidad de que en su trabajo, el aspecto físico no lo era todo. ¿Cuántos atuendos caros se necesitaban, cuando lo que realmente importaba, residía en modificar el pensamiento de alguien; sus emociones y pareceres sobre una determinada persona? ¿Acaso todo iba por lo exterior? Por supuesto que no. Tenía como comodín una camisa negra que resaltaba su altura y carisma, que llevaba en ocasiones delimitadamente especiales; y otros pares de algunas blancas y azules. Gerald, en un modo de actuar completamente diferente, prefería hacer del dinero, un estilo de vida que le permitiera lucir más atractivo. Quizás lo de él, era hacer su trabajo con menos esfuerzo. Y sí, probablemente...
Arnold, se tomara un poco más de tiempo para concretar un objetivo con éxito, que Gerald; pero porque él sí se interesaba en la chica y en el abanico de posibilidades que el conocerla otorgaba.
Ahora, ya dos días más tarde de la presentación del libro; su compañero persistía en lo que podía catalogarse como una "invariable opinión acerca de la tan temida Helga G. Pataki y sus tormentos del pasado", que no hacía más que repetir una y otra, y otra vez. Arnold rodó los ojos con incredulidad, otra vez, también.
—Y si no me crees, Arnold, puedes preguntarle a cualquier ex compañero mío, cómo era Helga Pataki cuando éramos chicos... —decía con convicción.
—Gerald... —le reprochó—. ¿Por qué sigues con eso? —dijo negando con la cabeza—. ¿Eso obsta a nuestro fin?
—Bueno, no; pero sí impidió que yo llevara a cabo el asunto.
—Bien, ya no importa cómo era cuando iban a la escuela; lo que es relevante es el ahora. —razonó el rubio, mientras Gerald parecía luchar con sus diversos paquetes de ropa en bolsas de fino cartón.
—Sí que importa, para que sepas a quién te enfrentas, amigo. Helga Pataki es despiadada; cruel, ruin. Es capaz de quitarle el dulce a un niño y de hacerlo sucumbir en llanto. —narraba, con tono y miradas de horror—. Mira, —dijo haciendo una pausa, apoyando una mano sobre el hombro de Arnold—. Sin ir más lejos, ella fue quien le dio su merecido al mayor bravucón de nuestra escuela.
—¿Estás loco, Gerald? Eso fue hace miles de años, ¡eran solo niños!
—Discúlpame, Arnold. —acotó, con sarcasmo—. Tú no puedes opinar, no la conoces en absoluto. Pasé toda la primaria y la mitad de la secundaria con el demonio Pataki, créeme que hablo con conocimiento de causa, viejo.
—Oh, ¿no se graduaron en la misma escuela?
—Pues, no. Los Pataki se mudaron de Hillwood, allá, por el año 2001... —decía tratando de precisar mayores datos—. No, no... Un momento; a fines del 2001, claro... —murmuró, re calculando. Los últimos tres años de escuela fueron la gloria, hermano.
Arnold resopló. Ya se estaba exasperando de escuchar tantas historias en boca de Gerald.
—Te digo, amigo; ella es una manipuladora. Ella quería ser la abeja reina, la mandamás del salón. Helga Pataki podía decirle a todos qué decir; qué hacer y qué no hacer... Nunca la vi sonreír; jamás la escuché pronunciar un solo cumplido e incluso, hasta no parecía ser una niña.
Arnold elevó sus cejas, en expresión de asombro.
—¿Qué? —preguntó, ya riendo por lo absurdo que eso sonó.
Gerald continuó caminando, dejándolo un poco más atrás. La corbata más suave y soberbia debía ser hallada y combinada con la camisa color lavanda que acababa de adquirir.
El chico tomó aire antes de comenzar a hablar.
—Algunos niños creíamos que ella no era una niña.
—¿Bromeas, verdad?
—No, Arnold. Inclusive, se lo dijeron.
—Debes estar bromeando... —rió son suficiencia e incredulidad.
—No. Lo juro por la seda de mi clóset y estas parisinas calles. Harold, el chico más molesto y burlista, se lo dijo. Y Helga se puso furiosa. Ella demostró que era una chica.
—¿Qué hizo, entonces? —preguntó el rubio casi con desesperación.
—Se vistió como una. Actuó como una. Nos dejó boquiabiertos y acabó dándole una buena lección a Harold, hasta a las chicas.
—¿Cómo fue eso?
—Helga siguió actuando tan rudamente como siempre; demostrando al fin y al cabo que solo eran niñas; y que Harold debía pagar por burlarse de ella. Lo sujetaron y vistieron de mujer.
Arnold rió con ganas.
—Sí... —balbuceó el moreno—. Aún hoy, Harold Berman está traumado por esa chica.
—Es tan difícil de creer... —opinó Arnold.
—¡¿Es que estás sordo?! —dijo exasperado—. Helga Pataki no es la chica educada y paciente que viste hace dos días. Es tal como te la estoy detallando. —sentenció, con firmeza.
Arnold parpadeó con cansancio. Gerald tenía esa habilidad tan particular de querer instalar una verdad única e inmodificable. Cualquiera que se atreviera a descreer de sus versiones, simplemente se equivocaba, según su punto de vista. Estaba errado y cometía un acto de estupidez insostenible. Si bien Gerald contaba con una amplia trayectoria en la materia, Arnold solía confiar en que las personas podían cambiar para bien. Él se aferraba a la idea de que todos tenían un componente oculto y asombrosamente bello, que temía salir de la oscuridad. También apoyaba la teoría de que las primeras impresiones podían y —a la vez— no podían modificarse. Y en general, la primera impresión que tuvo al ver a Helga, fue buena. Parecía una persona apacible y atenta; cordial y de buen talante. Impactantemente agradable, con un porte y una belleza tan atípica, como inexplicable. Helga G. Pataki, según su impresión, era una chica de una estatura envidiable, aproximada de un metro setenta, sin necesidad de llevar algún tipo de taco. Ella vestía, aparentemente en tonos claros, a juzgar por las dos únicas oportunidades en las que la había visto y tenía un cabello increíblemente lacio, suelto y por demás de suave. ¿Suave? ¿Cómo podía asegurarlo? Eran esas cosas a simple...Domingo
Eran esas cosas que a simple vista se percibían. Solo usaba máscara de pestañas y quizás, un labial muy translúcido. Todo encajaba con la impresión qué él atesoró, mas no, con la opinión de Gerald. Según este decía, la Helga de su infancia, escasamente femenina y agraciada, tenía una sola ceja, poblada y maligna. En cambio, esta chica, era bella y tranquila. ¿Por qué tanto odio, entonces?
Luego de ese intercambio durante la conferencia, Arnold había elucubrado una infalible manera de no perder el contacto con la joven escritora disertante. Le entregó su tarjeta telefónica, en miras a concertar una eventual reunión o café, para —según su entusiasmo e insistencia en ella—, entrevistarla; encuentro que terminó ocurriendo tres días más tarde.
—¿No te pondrás la camisa negra? —cuestionó Gerald, arqueando una ceja con desaprobación.
—Es muy apresurado.
—Oh... Bien, bien. —asintió, negando con ambas manos y tomando distancia de su acusación tácita—. Está bien, Arnold. Tú manejas tus estrategias. Está bien para mí... —aseguró, sin estar seguro...Domingo
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Las cinco de la tarde en París, significaban armonía, hermosura y perfección. Por donde se la mirase, la ciudad era verdaderamente admirable y reflexiva. Camino a su encuentro, cruzó con miles de personas que con expresión distendida o también, otras apresuradas se daban paso por las calles de la Francia que Arnold apenas estaba conociendo. Siempre pensó que la vida se componía de pequeños pedacitos de cielo, de belleza, como ese momento tan personal y filosófico, que el viajar y contemplar cualquier paisaje posibilitaba. La música se encendía en imágenes que él no sabía descifrar, pero que definitivamente estaban presentes siempre. Una flor en un ramo; las ruedas de los vehículos en movimiento, el vaivén del romanticismo implícito del París tan típicamente soñado, como en las películas mismas. Para Arnold, la riqueza era poder vivir para apreciar ese tipo de cosas simples e irrisoriamente invalorables. La vida, era empaparse de imaginar historias subyacentes a doquier; podía figurarse asignándole un rostro al nombre de alguna próxima conquista, con solo oír su nombre. Podía conocer la verdad detrás de una mirada y la poesía latente en un silencio piadoso, porque la vida daba oportunidades emocionantes. La vida misma, era emocionante y colmada de belleza. París, toda, le hacía renacer esa sensación de paz y gratitud por absolutamente todo lo que lo rodeaba. París, sin ir más lejos, combinaba exquisitamente con esa chica que él estuvo investigando las últimas veinticuatro horas, vía internet y a través de los no muy felices relatos de Gerald. París, parecía ser un lienzo sobre el cual debía pintarse más de una historia.
Llegó, un poco antes de las cinco. Eligió una mesa ubicada contra la pared de la cafetería y ordenó escuetamente agua. Sorbos pequeños mediantes, repasaba mentalmente lo que había logrado aprender sobre esa chica rubia, la prodigio literata del siglo XXI, que conoció en ocasión inesperada y prácticamente cómica.
Helga llegó con prisa, pero sin lucir alterada. Quizás el desconcierto de su rostro se debía a no haberlo encontrado con la vista ni bien ingresó a la cafetería. Arnold, permanentemente atento a la entrada principal, se puso de pie casi en simultáneo a su arribo. Notó que llevaba el cabello más desordenado que lo que recordaba y que lucía ligeramente mojada.
—Oh, perdón por el retraso, Sr. Shortman. —se excusó.
—Oh, no; por favor. Apenas son las cinco. —negó con firmeza y calma—. Puede llamarme Arnold. —aseguró, mientras le arrimaba la silla—. ¿Está lloviendo?
—Bien, gracias. Y dime Helga, por favor. ¡Sí, justo que estaba llegando, comenzó a diluviar! Una cosa de locos este día... —comentó rodando los ojos, con simpatía—. Entonces, Arnold... —pronunció mirándolo—. ¿A qué debo el gusto de esta reunión?
Arnold se aclaró la voz.
—Bueno, como te mencioné en la presentación...
El camarero interrumpió la conversación. Ambos ordenaron un café suave.
Arnold continuó, cuando el hombre se retiró y Helga lo instó a seguir la charla con la mirada.
—Como mencioné en la conferencia, trabajo como reportero local aquí...
—¿Eres de aquí? —preguntó sorpresivamente, riendo—. Porque no pareces ser un francés...
Arnold supo disimular su sorpresa e inseguridades, como solía hacerlo en momentos similares.
—No, soy de Nueva York.
—Oh... Claro. Yo soy de Hillwood. —comentó.
Arnold asintió.
—Como decía, —continuó— trabajo como reportero de noticias locales, a la vez que estoy por graduarme en periodismo.
—Ah, comprendo...
—La razón por la que quise platicar contigo, es que siempre amé la escritura. Desde que recuerdo, siempre tuve a mi lado una libreta y un lápiz donde dejaba asentadas situaciones, hechos, curiosidades... —explicaba a la vez que ella lo escuchaba atentamente.
El camarero regresó con sus cafés ya preparados.
—La escritura, el plasmar las ideas es algo único, ¿no? —agregó Helga, mientras le daba un sorbo a su bebida.
—Sí, así es... Siempre he querido escribir profesionalmente. Escuché sobre tu libro y quise conocerte.
—¿A mí? ¿Por qué a mí? Es decir... —preguntó, haciendo una pausa—. Apenas estoy comenzando, es mi primer material...
—Tu forma de transmitir las ideas es inspiradora. Es como si... Como si uno pudiera conocerte a través de la narración, de cada renglón... —afirmó.
Helga sonrió, algo avergonzada.
—Muchas gracias, pero aun así...
—Leí tu libro; y mi pregunta de hace tres días era, bueno, muchas preguntas... —admitió Arnold, riendo—, pero... Me encantaría poder vislumbrar si siempre has sentido ese torrente de ideas; si tu musa sigue acompañándote.
La chica lo observó y pareció pensarlo durante unos instantes...
—Tienes unas inquietudes muy interesantes, Arnold. Supongo que ningún autor revelará a su fuente de inspiración, aunque no debe resultarte muy extraño el hecho de que la vida misma, te la brinda. La vida, es inspiración. La belleza, lo cálido, lo cotidiano... —ejemplificó, señalando hacia el horizonte hipotético con la mirada—. ¿Lo habías pensado así?
—Asombrosamente, es lo que más me gusta de París. Invita a reflexionar sobre todo lo que acabas de enumerar.
—Así es. —Asintió, revolviendo su café, aún entre esa distancia y pseudo desconfianza inicial.
Poco quiso la chica, revelar sobre su vida personal, sin embargo, el brillante anillo de compromiso que llevaba con gracia en su mano derecha, ya daba algunas pistas. Si la suerte estaba de su lado, el tiempo le permitiría indagar con su habitual tacto, sobre el sujeto en cuestión. Arnold, no podía lanzarse ciegamente al objetivo. Simplemente, no era coherente que apareciera de la anda un seductor que lograra convencerla de que el compromiso ya hecho y casamiento que planeaba realizar en unos pocos días más, carecía de sentido y sustento. Él se encargaría de atestiguar de que algo en esa relación no funcionaba como debía, justificando su intervención. Es que Arnold, tenía por regla nunca separar a una mujer que realmente era feliz con el hombre que tenía a la par. Hasta el momento, nunca había osado romper ese tipo de parejas. Y si bien, Helga G. Pataki distaba sideralmente de las reseñas de Gerald, se mostró un tanto reacia a acotar asuntos que fueran más allá de lo estrictamente literario o periodístico. La excusa de ser un reportero local casi recién llegado a la ciudad, interesado en entrevistar a la creadora de un libro que, según dijo, "leyó entero", sonaba inconsistente, generándole cierta actitud distante, al principio. Algo en sus palabras o en la forma de expresarse; quizás en su mirada, le permitió soltarse ligeramente, al punto de acordar un segundo encuentro: en el que tratarían el asunto de la supuesta preparación de un libro. ¿No era algo loco? Sí, y mucho. Pero Arnold tenía el don de la aparente honestidad y transparencia. Y Helga, la necesidad de explorar mundos imaginarios, casi novelísticos, que lucharan con el acontecer inmutable de la vida, que cada vez parecía estancarse más y más.
Se despidieron en la puerta del hotel de Helga, porque ella prefirió caminar y dado que los taxistas tenían la bendita costumbre perversa, de desaparecer por apenas una llovizna insignificante. Caminaron hasta allí, porque Arnold cargaba con un paraguas y no permitió que una dama se retirara sola y sin protección contra el aguacero. Incluso, ofreció dejárselo; propuesta que ella rechazó tajantemente, por creerla un abuso a su caballerosidad.
La siguiente cita sería una semana más tarde, aclaró Helga, pues, debía cumplir algunas obligaciones con la editorial, que la tendrían ciertamente ocupada.
La llovizna no aguó ese café, pensó Arnold al llegar a su hotel. Miles de preguntas lo invadían. ¿Cómo es que ella había cambiado su personalidad, de esa manera? ¿Por qué su familia abandonó la ciudad, antes de que se graduara? Y lo más intrigante, ¿por qué su padre quería impedir ese casamiento con tanto ahínco?
¿Su prometido sería un mal tipo? ¿Ella era infeliz a su lado?
Quizás Gerald sabría algo más.
—¿Cómo te fue, Arnie? ¿Avances?
El rubio suspiró y luego, lanzó una carcajada breve.
—¿Avances? —repreguntó—. Sí, Gerald. Tomamos un café, platicamos de varias cosas y caminamos bajo la lluvia, compartiendo este estrecho paraguas por las calles parisinas, al anochecer. —concluyó, suspicaz.
—¿Bromeas? ¡Arnold, viejo lobo! ¡Aún lo tienes, eh! —lanzó el moreno, con voz socarrona.
Arnold negó con la cabeza, entre risas. Porque lo absurdo de todo, es que había sido tal cual lo relató. Lo absurdo, es que sin intención alguna, ella debió arrimarse a su izquierda, en pos de cubrirse con el paraguas. Era nada más que una llovizna, pero él no podía no insistir.
Y París, era aún más hermosa de lo que pensaba. Arnold se paró frente a una de las ventanas de la habitación. El cielo gris—blanquecino bordeaba la ciudad, disminuyendo la visibilidad a poca distancia, y recordó a Helga, con cierto pesar y desconcierto. Esta chica no sería tan fácil de conquistar... Y París, era a cada minuto más hermosa.
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CONTINUARÀ…
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Hola a todos! Muchas gracias por el gran recibimiento que tuvo esta historia. Perdòn si hay incoherencias o errores; estoy sin internet! Estoy en un cyber actualizando. Gracias a TODOS los que agregaron a favoritos y comentaron por aquí! Les respondo por PM.
Hasta dentro de unos días, Marhelga.
