Disclaimer: Harry Potter pertenece a JKR

Rating: PG – 13

Summary: Historias de amor y desamor dentro y fuera de Hogwarts, presente, pasado y futuro. James/Lily, Harry/Ginny, Remus/Tonks, Bill/Fleur, Teddy Lupin/Victoire Weasley, Alice&Frank Longbottom, otros.


Flechazos

James Sirius Potter

Música: Soundtrack of our Movie - Mae

En un principio, la escuela entera creyó que se trataba de una broma, y recibieron con risas la nueva ocurrencia de James Potter. Él no podía culparlos, ya que si alguien se lo hubiese contado dos meses antes, él también se hubiera reído de buena gana. James Sirius Potter, el terror de la escuela, el bromista empedernido, la pesadilla número uno de profesores y prefectos, el jugador estrella de Quidditch, convertido en una piltrafa humana a causa de... de una chica, por Merlín. Y no cualquier chica, no: la más testaruda, fría y cruel de todas ellas, la clase de chica que él debería haber detestado nomás verla, la chica que debería haber sido su enemiga número uno.

Él no podía más que suspirar por ella.

James se dio un golpe en la frente. No podía ser más patético. Había un sol radiante allí fuera, y él tendría que haber estado jugando al Quidditch o planeando una nueva broma junto a sus amigos. En cambio, se encontraba encerrado entre las cuatro paredes de su dormitorio, compadeciéndose de sí mismo, como si fuera el protagonista en una de las estúpidas novelas románticas que a su prima Victoire le gustaban tanto. Lo único que le faltaba era empezar a recitar poesía o cantar serenatas en medio del Gran Salón. Sólo pensarlo le daban ganas de vomitar... y también algo de miedo, porque no descartaba que en un momento de auténtica desesperación no fuera capaz de hacerlo.

Antes me mato, decidió. Todo tenía un límite y él estaba alcanzando el suyo. Si tan sólo nunca la hubiera conocido...

Dos meses atrás. Su infortunio comenzó dos meses atrás, y había días en los que James maldecía la mañana en que por vez primera le habló.

Dos meses atrás, James era completamente feliz. A los quince años tenía poco tiempo para preocuparse por las chicas, ocupado como estaba entre sus entrenamientos de Quidditch y en cultivar el caos en los pasillos de la escuela y cometer descalabros en las aulas. No era que fuera mal chico, necesariamente, sólo que se aburría con suma facilidad. La mayoría de sus clases eran tan fáciles que no le requerían ningún esfuerzo¿y qué podía hacer con su tiempo libre si no provocar un poco de alegría – y posibles desastres – a su alrededor? Después de todo era su deber, como alborotador oficial de Hogwarts.

Había tenido algunas citas y algún que otro enamoramiento pasajero, pero de momento ninguna chica había logrado quitarle el sueño.

Hasta que llegó ella.

Nunca le había prestado atención antes, y probablemente nunca lo hubiera hecho de no haber sido por aquel proyecto de Pociones. Su profesora era joven, hiperactiva y bastante liberal, dispuesta a sacudir el polvo a las tradiciones más arraigadas de Hogwarts. Había roto con cada estereotipo y pretensión desde que pusiera un pie en el castillo, y tal vez por ello era la profesora preferida de James. Era la clase de mujer que no se dejaba intimidar por la opinión de otros y que se burlaba de las convenciones absurdas. No tendría que haberle sorprendido a nadie que un día anunciase que ella designaría las parejas para el nuevo proyecto, mezclando alumnos de distintas casas, y aun así se escucharon murmullos de irritación.

James no estaba demasiado preocupado, porque contra lo que cabría esperarse él era sin lugar a dudas quien había heredado el talento para Pociones de la abuela Potter y nunca había tenido problemas en dicha asignatura. Confiaba en que haría la mejor poción aún si su compañero resultaba ser un desastre, por lo que ni pestañeó cuando lo emparejaron con una chica con la que nunca había cruzado palabra antes.

Lo primero que le llamó la atención de ella no fue su belleza (tenía la nariz chata, la piel blanco lechoso y el pecho demasiado liso), sino que se negara a dejar que él hiciera toda la poción e insistir en hacer su parte, indignándose cuando él la corregía en sus meteduras de pata.

- No me importa que seas el ojito derecho de la profesora – le espetó en un susurro letal – Soy tan capaz como cualquiera de revolver un caldero correctamente, así que déjame en paz.

James se quedó tan helado que no atinó a indicarle que revolviera para el otro lado. Afortunadamente ella se dio cuenta del error a tiempo, y un rojo intenso tiñó sus mejillas pero no perdió su porte orgulloso.

En las siguientes clases de Pociones su actitud no cambió. James sospechaba que la materia mucho no le gustaba, y era claro que no tenía un talento especial para ella, pero la chica poseía una perseverancia nacida del orgullo y el amor propio, que combinada con la habilidad de él les valió la nota más alta. A esas alturas James ya se había habituado sus labios delgados permanentemente fruncidos y a sus comentarios cáusticos, y se sorprendió cuando a la clase siguiente después de haber terminado el proyecto ella pasó a su lado sin mirarlo y fue a sentarse con sus compañeras. No era que se hubieran hecho amigos, precisamente, pero James se había acostumbrado a ella mientras trabajaron juntos y le chocaba que, una vez concluido el trabajo, ella actuase como si nunca hubieran intercambiado palabra.

- ¿Qué te importa? – le dijo, bastante sorprendido, uno de sus amigos – No es como si fueran amigos o algo así. Ni siquiera es compañera tuya de casa.

Aún así, aún así había algo que le molestaba a James, algo que no podía precisar. Se sorprendía a sí mismo lanzándole miradas furtivas durante las clases de Pociones y cuando se cruzaban por los pasillos. Incluso empezó a observarla cuando estaban en el Gran Salón, pero ella jamás lo miraba. James no sabía porqué le importaba que ella ahora actuase como si él no existiera, pero por algún motivo lo carcomía por dentro. James Sirius Potter no estaba acostumbrado a que se le ignorase. Nadie lo había hecho desde que había pegado aquel primer berrido ensordecedor nomás nacer, y no estaba dispuesto a que sucediera ahora.

Sin embargo, todas sus maniobras para llamar la atención de ella parecían tenerla sin cuidado. No pestañeó cuando una mañana inundó el comedor de fuegos artificiales, ni cuando probó el nuevo producto de su tío George y se convirtió en un pez globo por un cuarto de hora, y el Quidditch claramente la traía sin cuidado ya que asistía a los partidos con un libro bajo el brazo. En otras circunstancias, James habría intentado llamar su atención por medios más directos, como teñirle su pelo de rosa chillón o meter ratones saltarines en su mochila, pero algo en el semblante serio de la chica hacía que él guardase las distancias. Había algo en ella que no podía terminar de entender, y se devanaba los sesos para descubrir qué sin conseguirlo. Ella empezó a ocupar sus pensamientos más y más cada día, mientras que él para ella seguía sin existir.

Fue su prima Rosie quien se atrevió a señalarle lo obvio.

- Si tanto te molesta que te ignore¿por qué no vas y le hablas primero?

A James le humillaba un poco tener que recurrir a su prima, que era dos años menor que él, en busca de consejo, pero por algo Rosie había ido a parar a Ravenclaw: era heredera del intelecto y la agudeza de su madre.

Así fue como un día James, para estupefacción de todos los presentes (y más que nadie él mismo), se acercó a ella con una sonrisa algo forzada.

- Hola – dijo en tono neutral, mientras las amigas de ella lo miraban como si tuviera tres cabezas - ¿Cómo estás?

Ella parpadeó una vez, miró a los costados casi como si creyera que él le hablaba a otra persona y frunció el ceño.

- ¿Qué quieres, Potter?

Esta vez fue su turno de pestañear.

- Nada. Sólo dije: "¿Cómo estás?"

La mirada de ella se volvió recelosa.

- ¿Qué tramas? – Miró por encima del hombro - ¿Alguno de tus amigos está tirando bombas fétidas en mi mochila¿Me vas a pegar un cartel en la espalda¿O es algo más retorcido? – Entrecerró sus ojos claros – Potter, si me haces alguna de tus trastadas, te juro que...

Él dio un respingo.

- ¡No te voy a hacer nada! Simplemente quería... – Ante la expresión cada vez más desconfiada de ella, levantó las manos – Okey, ya entendí, me largo.

Y se alejó de ella antes de que tuviera tiempo de sacar la varita y maldecirlo. En ese momento James tendría que haberse olvidado de todo el asunto, pero no podía dejar de pensar en la expresión desconfiada en sus ojos azules, como si él fuera un criminal a punto de lastimarla. Le molestaba. Sabía que no tenía el legajo limpio, pero por alguna razón no quería que ella lo volviera a mirar así.

A la siguiente clase de Pociones, él volvió a saludarla cuando ella pasó junto a su banco. Inmediatamente ella se alejó de él y revisó su silla, su pupitre y su mochila, como si temiera encontrar un dragón o tal vez un sapo aplastado dentro. James no se dejó amedrentar. Siguió saludándola con amabilidad cada vez que se la cruzaba por los pasillos, fingiendo que no se daba cuenta que ella daba un respingo al verlo y que siempre parecía estar esperando que él le tirase excrementos de lechuza en el pelo o algo peor. Un día hasta se ofreció a llevarle los libros, a lo que ella se negó rotundamente. Sin perder el buen ánimo, él propuso acompañarla hasta su aula. Ella se paró en seco y sus ojos azules volvieron a entrecerrarse, pero esta vez su expresión parecía más intrigada que suspicaz.

- ¿Qué te traes entre manos, Potter?

Él resopló, cansado.

- ¿Es tan difícil creer que simplemente me caes bien?

- Sí – respondió ella de inmediato, pero un destello de duda se vislumbró en sus ojos antes de que se alejase de él a grandes zancadas, y una débil esperanza se encendió en el pecho de James.

Para ese entonces, toda suerte de rumores y comentarios circulaban por los pasillos de Hogwarts. A todo el mundo le costaba creer que James Potter sencillamente se había levantado un día decidido a ser amable con una chica a la que nunca le había prestado atención antes. Ni su hermano menor se fiaba de sus buenas intenciones.

- ¿Qué vas a hacerle a esa chica? No dejas de perseguirla – le dijo un día en tono acusador. James puso los ojos en blanco.

- Número uno, no pienso hacerle nada – una mirada escéptica por parte de Albus – número dos, no la persigo – Al frunció el entrecejo, a punto de replicar – y número tres¿qué te importa? Que yo sepa no es amiga tuya.

Al se cruzó de brazos.

- Es prima de Scorpius por parte de madre. Y no es mala, aunque sea algo rara. No me gustaría que le hicieras nada malo.

James reprimió un gruñido. Nunca, nunca iba a entender la amistad entre su hermano y el hijo de Draco Malfoy. Simplemente no tenía sentido. Sus padres se habían detestado desde siempre, estaban los dos en casas rivales... ¿Qué podían tener en común? Y sin embargo, Albus Potter y Scorpius Malfoy habían shockeado a toda la escuela (por no mencionar a sus respectivas familias) al hacerse amigos inseparables en primer año, sin importarles sus apellidos o que el primero fuese un Gryffindor y el otro, un Slytherin.

Tal vez fue a James a quien más le costó aceptarlo, principalmente porque desconfiaba de Malfoy y se dedicó a hacerle la vida imposible durante sus primeras semanas en Hogwarts, hasta que Al se ofendió y su propio padre le llamó la atención. Desde entonces no había tenido más remedio que resignarse, aunque aún esperaba que Scorpius le clavase un puñal por la espalda a su hermano en cualquier momento.

- No voy a hacerle nada¿de acuerdo? Deja de ser tan paranoico.

Tristemente Al no era el único. Hasta sus mejores amigos estaban convencidos de que estaba planeando una broma de proporciones épicas, y él no pudo disuadirlos de lo contrario. Aquello lo descorazonó. Si sus amigos y su hermano no le creían¿qué esperanzas tenía de que la chica de ojos azules confiara en él alguna vez?

Sin embargo no cejó en su empeño, y siguió tratándola con amabilidad, ofreciéndose a acompañarle y cargarle los libros aunque ella se negara cada vez. De a poco, sus negativas eran menos enfáticas y hasta un tono amable podía percibirse en su voz ahora. Seguía sin dejar que cargase su mochila, pero una vez o dos se distrajo lo suficiente con la conversación de James como para dejar que la acompañase hasta el Gran Salón antes de darse cuenta de lo que ocurría.

A James esos pequeños encuentros le ponían del mejor humor. Había algo en sus ojos azules, a veces brillantes y vivaces, a veces oscuros como un cielo tormentoso, que siempre despertaba su interés, y tenía una sonrisa de lado que resultaba intrigante y cómplice a la vez, y sus bucles color chocolate rebotaban como resortes cuando caminaba, y sus manos...

Fue Edwin, su mejor amigo, el primero en señalar el peligro.

- James, esta chica... No te gustará en serio¿verdad?

- Claro que no – se apresuró a responder James, porque además de ojos azules y bucles como resortes la chica tenía una piel que no parecía haber visto el sol en mucho tiempo y una nariz decididamente chata, por no mencionar el escudo verde y plata en su pecho demasiado liso.

Pero el aguijón ya se había clavado en su mente y la idea comenzó a obsesionarlo. No podía gustarle esa chica. Era una Slytherin, y James Potter había sido enemigo de Slytherin y todo lo que esa casa representaba desde que pusiera el primer pie en Hogwarts. Cierto que había tenido que tragarse su orgullo cuando Al se hizo amigo de Scorpius Malfoy o cuando su hermanita Lily terminó en Slytherin (aún no había acabado de digerirlo del todo, pero seguía siendo su hermana pequeña, Slytherin y todo), pero esto era distinto. Que le gustara una chica de Slytherin era inaceptable. Sencillamente no podía suceder.

Por las dudas, empezó a evitarla. Ya no se acercaba a hablarle ni trataba de hacer que ella lo mirase. Es más, no la miraba en absoluto.

De haberlo hecho, habría notado sus ojos azules fijos en él más de una vez, habría visto que lo seguía con la mirada mientras él hacía esfuerzos por ignorarla. Habría notado, también, que ella a veces se rezagaba y se separaba de sus amigas, casi como si esperase que él se acercara para hablarle, o que en clase de Pociones le prestaba más atención a lo que hacía y decía él que a su propio caldero (lo cual probablemente haya sido la causa que explotase dos veces en una semana, pero ni siquiera entonces se dio vuelta James Potter a mirarla).

James no notó nada de todo esto, tan concentrado estaba en no pensar en ella. El esfuerzo empezó a consumirlo lentamente y poco a poco fue perdiendo el interés por el Quidditch, las bromas o incluso la comida, y su piel tomó un tono ceniciento y unas ojeras azules se dibujaron bajo sus ojos. Hasta Albus estaba preocupado ahora, y un par de veces amenazó con escribirle a su madre o incluso a su abuela si James no accedía a ir a la enfermería. Pero el mal que aquejaba a James no tenía cura que pudiera encontrarse en la enfermería, y fue Lily con su usual perspicacia quien se dio cuenta primero.

Estaban sentados en los escalones de entrada del colegio una mañana gélida de febrero, compartiendo una bolsa de dulces que les habían mandado de casa, cuando de sopetón ella soltó:

- Ayer escuché a Astoria Nott hablar de ti en la sala común.

James dio un respingo, dejando caer la bolsa. Ante la mirada calculadora de Lily se esforzó en recuperar la compostura y disimular todo interés.

- ¿Ah, sí¿Y qué dijo?

Ella se encogió de hombros.

- Dijo que tu nariz era demasiado larga; tu pelo, demasiado rojo, y que tus anteojos y pecas eran ridículos.

Decir que el alma se le cayó a los pies sería un tanto melodramático y exagerado, pero algo de su decepción debió reflejarse en su rostro porque Lily, quien a los once años era ya un pequeño demonio, se le rió en la cara.

- ¡Ay, James, qué ingenuo eres! Claro que no fue eso lo que dijo.

Si no hubiera sido porque se trataba de una niña de once años, que además era su muy querida hermana pequeña, James le hubiera golpeado en la nuca. No lo hizo, porque pese a que en momentos así le sorprendía poco que hubiera terminado en Slytherin, Lily seguía siendo su hermanita, y él siempre iba a sentir que tenía que cuidarla y protegerla.

Además, tenía demasiada curiosidad ahora como para enojarse con ella.

- ¿Qué dijo, Lily?

Lily dejó de reírse y volvió a ponerse seria.

- Bueno, Elvira Bletchley, la muy tarada, estaba diciendo que tú sacas buenas notas en Pociones sólo porque la profesora te tiene favoritismo. Yo iba a decirle un par de cosas a la cabeza hueca ésa, pero Astoria saltó primero y le dijo que eso no eran más que tonterías, que tú eras lejos el mejor en Pociones de su año y que Elvira tenía que dejar de hablar de cosas sobre las que no sabía nada. Elvira se enojó y le dijo que estaba fraternizando con el enemigo – Lily frunció la nariz y puso los ojos en blanco – y Astoria respondió que prefería enemigos como tú a amigos como los chicos con los que sale Elvira, y... Bueno, digamos que si la prefecto no llegaba en ese momento, creo que se iban a las varitas.

Lily soltó todo muy rápidamente y después tuvo que detenerse a recuperar el aliento. Un torbellino de pensamientos y emociones daba vueltas en la cabeza de James, pero él se esforzó por parecer indiferente.

- Ah¿eso era? Bueno – respondió, fijando la vista en el caramelo que estaba desenvolviendo – fue muy... amable de su parte, pero no es como si tuviera nada que ver conmigo¿verdad?

Se metió el caramelo en la boca y cuando levantó la vista se encontró con la mirada incrédula de su hermana.

- James, te has pasado semanas detrás de esta chica¿y ahora me dices que no te importa que ella te haya defendido delante de todo Slytherin?

- Yo no me pasé semanas detrás de...

- ¡Oh, vamos, James! Se nota a la legua que te gusta¿y sabes una cosa? Estoy segura de que a Astoria también le gustas.

La máscara de indiferencia de James se derritió en segundos.

- ¿Tú crees?

Lily resopló.

- ¿Por qué los chicos son tan lerdos? Invítala a Hogsmeade y ya¿quieres?

Le costó una semana reunir el coraje para seguir el consejo de su hermana, especialmente porque todas las personas con las que habló del asunto lo tomaron por loco, desde sus amigos hasta su hermano, pasando por sus compañeros de equipo de Quidditch y sus primos, exceptuando tal vez Rosie.

Sin embargo, James Sirius Potter nunca fue de los que se dejan intimidar por las opiniones de otros, así que una tarde cruzó el pasillo y se acercó a Astoria, sin hacer caso de las miradas hostiles de sus compañeras. La miró a los ojos y trató de adoptar un aire de confianza que no sentía.

- Hola. ¿Cómo estás?

- Bien – respondió ella con cautela, pero ya no mostraba la actitud paranoica de antes - ¿Se te ofrece algo?

No eran las palabras más cálidas del mundo, tal vez porque aún estaba enfadada por las semanas que se pasó ignorándola, tal vez porque sencillamente era ésa su forma de hablar. En cualquier caso, el discurso cuidadosamente planeado por James se fue al garete junto a su confianza y elocuencia.

- ¿QuieresveniraHogsmeadeconmigoestefindesemana?

Ella pestañeó, genuinamente confundida.

- ¿Cómo?

Él tragó saliva e intentó ordenar sus pensamientos y desanudar su lengua.

- Quería saber si te gustaría venir conmigo. A Hogsmeade, digo. Este fin de semana.

Ella abrió los ojos de par en par, atónita. No era la única: detrás de ella sus amigas se daban codazos unas a otras y alumnos de otras casas habían empezado a prestar atención a la escena.

- ¿Para qué?

James la miró, confundido.

- ¿Como "para qué"?

- Que para qué quieres que te acompañe a Hogsmeade – enunció ella lentamente, como si le hablase a un niño pequeño. A James le tomó un momento procesar sus palabras y recuperar el aplomo.

- Bueno, pensé que a lo mejor podíamos tomar una cerveza de manteca en Las Tres Escobas o un café, o tal vez sólo caminar por ahí y hablar...

- ¿De qué?

Por Merlín¿eran todas las chicas así de complicadas o solamente ella?

- Bueno, no sé. De Quidditch no, porque sé que no te gusta porque siempre llevas un libros a los partidos, aún cuando juega Slytherin. Tal vez podríamos, no sé, hablar de música, o me podrías decir qué materias te gustan más o qué libros te interesan, o cuál es tu criatura mágica preferida o... o algo. ¿Qué te parece?

Ella lo miró un momento, sus ojos azules muy abiertos, y luego suspiró.

- Potter¿qué es lo que estás tramando?

No sonaba enojada, ni siquiera suspicaz, sólo cansada. Sin embargo, James no pudo evitar indignarse.

- ¿Es que te es imposible creer que no tengo segundas intenciones¿Es tan difícil para ti aceptar que alguien te invite a salir?

Ella levantó la cabeza al instante, un relámpago destellando en sus ojos.

- Me cuesta creer que tú, de entre todas las personas, quiera salir conmigo¿y puedes culparme¿Cuál es tu problema, Potter? Durante años ni te diste cuenta que yo existía, y hacemos un trabajo juntos y de repente quieres ser mi mejor amigo. Te acercas a saludarme y te ofreces a llevarme los libros, eres amable y no me tomas el pelo ni conviertes mi pluma en un puercoespín, y después me ignoras durante semanas y ahora me invitas a Hogsmeade como si nada. ¿Es que estás mal de la cabeza o qué?

James podía sentir una migraña aumentando de intensidad detrás de sus ojos, pero era demasiado testarudo para ceder.

- Tal vez me caíste bien, Astoria – le respondió, llamándola por su nombre de pila por vez primera – Tal vez me interesaste porque no eras como las otras chicas, tal vez eso me dio ganas de conocerte mejor, pero eras tan fría y cortante que pensé que no querías saber nada conmigo. Y tal vez, tal vez después lo pensé mejor y me dije: "Si realmente me odiara me hubiera tirado un maleficio" y decidí probar suerte e invitarte a Hogsmeade para conocerte mejor.

- ¿Por qué? – insistió ella, y él casi se tira de los pelos.

- Bueno, porque nunca dejas que nadie te diga lo que tienes que hacer, y aunque algo no te salga a la primera lo intentas mil veces hasta que lo haces bien. Porque no te dejas llevar por lo que digan los demás y no tienes miedo que piensen que eres distinta, y cuando te concentras frunces los labios, así, y cuando te entusiasmas gesticulas mucho con las manos, y cuando algo te causa gracia no necesariamente te ríes pero sonríes medio de lado, así, y cuando estás pensativa tus ojos se vuelven oscuros pero cuando estás contenta por algo, se aclaran... – James se detuvo para inspirar algo de aire, los ojos de Astoria fijos en él sin parpadear, casi como si temiera que él se fuera a desvanecer de un momento a otro. – Y porque me gustas, Astoria. Eso es todo.

En el silencio que siguió alguien soltó una exclamación ahogada, y se escuchó alguna que otra risita, pero James no prestó atención alguna. Le daba igual que todo Hogwarts estuviera escuchando la conversación, había una sola reacción que le importaba.

Sin embargo, cuando los segundos pasaron y ella no atinó a responder, él finalmente se dio por vencido.

- Mira, si no quieres venir conmigo a Hogsmeade, está bien. Si no quieres que te vuelva a hablar, no tienes más que decirlo y yo me esfumo¿de acuerdo?

Se dio media vuelta, pero sólo había dado un paso cuando la voz de ella lo detuvo en seco.

- ¡Espera!

James se dio vuelta tan rápido que casi se cae. Una sonrisa de medio lado curvaba los finos labios de la chica y sus ojos claros estaban tan despejados como un cielo de verano, aunque se retorcía las manos con nerviosismo mal disimulado y sus mejillas se habían teñido de rojo.

- Puedes esperarme en las escaleras de entrada, antes de que salgan los carruajes este sábado.

Una enorme sonrisa iluminó el rostro de James, a quien el corazón le latía a mil kilómetros por hora.

- Allí estaré.

Había cosas en Hogwarts que nunca cambiaban y tal vez jamás lo harían, pero ningún feudo es eterno y cuando James Sirius Potter besó por vez primera a Astoria Nott, las últimas sombras de una enemistad milenaria empezaron a disiparse, dejando atrás un horizonte despejado para un nuevo comienzo.