2º Aquel lejano día
Habían consumado el acto sexual, como una simple y cotidiana tarea por realizar sin ánimo alguno. Cersei se sentía insatisfecha, incompleta y con un apetito voraz a causa la lujuria que no pudo ser saciada. Observó al rey que gobernaba a los siete reinos, pero no a su corazón.
Robert había caído ahogado de borracho en un profundo sueño. Roncaba con la boca abierta, con un hilo de saliva recorriendo su barbilla. Ya no quedaba rastro del hombre fornido y apuesto de un lejano ayer, cuando desposó a la leona.
¡Ah, pero Jaime! Su otra mitad era todo lo contrario. Seguía conservando esa virilidad y esa pasión que a Cersei tanto la satisfacía. Por ello, al inundar sus pensamientos con el reflejo de su hermano, la reina se levantó sigilosa, cubriendo su cuerpo con una fina bata de seda.
Salió con precaución, como cual fiera en acechando a su presa.
Entonces, lo encontró y lo poseyó sin pensarlo.
Eran una sola carne, sangre y alma. Separados al nacer pero unidos por un intenso amor que el mundo común poco entendería. Su destino era nacer juntos, encontrar la gloria entre una marea de placer y lujuria; morir de la mano, amándose con la profundidad de su ser.
Y eso aconteció, en aquel lejano día.
