Gracias a todas la que habéis asomado la nariz y sentido curiosidad por esta mini-historia. Que espero que sea suficiente para explicar quiénes fueron Ted Tonks y Andromeda Black. Como veis, no he querido seguir una estructura clásica (inicio-desarrollo-desenlace). Sino que empiezo por "la mitad" (Closure), redactado en "pasado", añado viñetas del pasado con cierta lógica cronológica (Creeping in) redactadas "en presente", y acabará el fic de alguna manera, claro ;)

Gracias por comentarlo: Nicole Daidouji (nunca fallas... cómo te lo pago), CrissBlack (la culpable ;), EowynC (hay algunos fics en la época escolar, últimamente creo que han crecido como esporas los T/A :) , grengras (qué agradecida eres :O ), Annirve (doblo la longitud del capi, tomé nota ;), Yedra Phoenix (tampoco fallas nunca :), dark Rachel (templo con Apollos mereces XD), Nott Mordred (sí, un templo de marcianos tremebundos para ti xD), Saiph Lestrange (sorprendida y agradecida) y Nasirid (y también muchos Apollos :)


CREEPING IN (CLOSURE) – Cluster two.

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Hoy,

Closure

"¿Y qué ocurrirá ahora, Ted?. ¿Qué vamos a hacer?" susurró la joven de largo cabello castaño mirando con desasosiego las aguas oscuras y tranquilas del lago junto al Embarcadero de Hogwarts. El salto melancólico de los caballitos de mar que servían para hacer pociones. El chapoteo suave, casi sordo, que hacían cuando regresaban al agua.

Andromeda giró un poco la cabeza, y ambos rostros quedaron a la misma altura. Ted no soltó su abrazo, aunque sí había dejado de acariciar la piel de su abdomen con sus manos cálidas. Y fijó su mirada clara, en ella, sin miedo, sin dudas.

"Que no vamos a tener que escondernos. Ni vamos a tener que huir. Yo sé perfectamente qué es lo que quiero… pero la pelota está en tu campo."

Andromeda apoyó la frente en la sien de Ted, y cerró los ojos, pensando en Ted y en sus símiles de deportes muggles. Olvidó en segundos ese hilo de pensamientos; ella tenía otra idea en la cabeza. Ella sabía que no podía ser así eternamente, que los años de estudiantes no duran toda la vida. Como hija de Blacks, puedes ser todo lo que quieras, salvo todo lo que deseas. Y hoy, el último día de su vida en Hogwarts, era más consciente que nunca.

"Y si vamos a estar separados," prosiguió Ted, "quiero que sigas conmigo. Que no me dejes de lado, que me dejes seguir siendo parte de tu vida. La sangre nunca será motivo por el que nos separemos, te lo prometo."

Andromeda abrió los ojos. No sabía cuándo Ted Tonks había pasado a ser parte de su vida. No fue darse cuenta de improviso, ni levantarse una mañana con esa certeza. Se coló por una rendija, y estaba ya ahí.

Las manos de Ted dejaron su cintura, pero los brazos no abandonaron el hecho de que estuvieran alrededor de ella. Alzó la muñeca izquierda de Andromeda, y Ted colocó una pulsera de cuentas plateadas.

Ella abrió la boca, sorprendida y miró a Ted, cuestionándose muchas cosas. Ted no hacía regalos de este tipo, no le regalaba joyas porque sabía que Andromeda tenía infinidad, nuevas, viejas reliquias familiares, más caras, más baratas… y por otro lado, Ted no tenía tantos recursos como para permitírselo.

"Ted… te dije que no quiero joyas…"

"Trabajé el verano pasado en el restaurante de mi madre, fregando platos, para ahorrar lo suficiente."

Andromeda no supo qué decir. Trabajar fregando platos… como un muggle, para obtener dinero muggle, y comprarle una joya…

Mágica.

Porque la joya tenía un hechizo.

Ted tocó una de las cuentas de plata, y su fotografía se abrió dentro. Andromeda miró de cerca la pulsera, y vio que lo valioso estaba dentro, no era el aspecto lo que destacaba, ni la pureza de la plata. Sino lo que contenía.

Echó los brazos al cuello de Ted, dándose la vuelta y hundiendo la cabeza en su cuello. Respirando a Ted Tonks. Pero él apartó la cabeza, buscando la boca de Andromeda.

"Haría cualquier cosa por ti, Dromeda. Lo que fuese, para que no te faltara nada de lo que tienes ahora."

¿Y qué tenía ahora?

Ella dejó que él besara sus labios, despacio, y Andromeda dejó que él estrechara el abrazo. Que no quedara ni un milímetro de distancia entre ellos. Que el lugar donde compartieron su primer beso fuese el lugar donde se estaban haciendo una promesa implícita.

Donde ella había dejado atrás unos prejuicios y un odio adquiridos, no comprobados. Donde estaba dando por zanjado un pasado que sólo tenía una lógica, una continuidad. Un futuro sin ninguna alternativa.

Era Ted, o nada.

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Ayer,

Creeping in

"Cuarenta personas mueren en un accidente de tren en Hither Green, Londres.

Según fuentes oficiales, al menos 40 personas han fallecido después de que el tren descarrilara entre las estaciones de Hither Green y Grove Park, a sudeste de Londres. Anoche, los equipos de rescate estaban todavía tratando de sacar a las personas atrapadas entre los restos. Esta labor está siendo particularmente complicada en los puntos donde han volcado los vagones.

Algunos miembros del departamento de Aurores del Ministerio se han personado en la escena, hecho que ha generado gran revuelo en la comunidad mágica. Según ha podido averiguar El Profeta, algunas de las víctimas han hablado de 'una luz verde' en el cielo. El conductor y el vigilante han sido incapaces de recordar qué ocurrió para que el tren descarrilara. Algunos expertos en catástrofes en el Ministerio aseguran que todo apunta a que ha sido provocado por la magia.

Un portavoz de la compañía de ferrocarriles dice que desconoce qué provocó el descarrilamiento, ya que las vías se encontraban en perfecto estado, así como los primeros análisis efectuados en locomotora y vagones, que han demostrado que la maquinaria muggle estaba en perfectas condiciones. Se ha descartado también un error humano…"

Andromeda deja el periódico de nuevo sobre la mesa, en el lugar donde se lo había encontrado, imaginaba que sería de la hemeroteca o alguien lo habría olvidado ahí. Se muerde el labio y deja la mirada fija en ese titular tan trágico, y la oscura fotografía de un lugar desolado, en el que se veía a algunas personas intentando mover amasijos de hierros en plena noche.

"¿Qué te ocurre, Andromeda?" pregunta Janet Pritchard, sentada justo enfrente de Andromeda en la mesa de la biblioteca. "Te has quedado un poco ida…"

"¿Habéis visto lo que ha ocurrido en ese tren?" pregunta a su vez Andromeda. "Y los aurores estaban ahí investigando… es rarísimo ¿verdad?"

Daisy Baddock, sentada a su derecha, coge el ejemplar con una ceja y mira sorprendida a Andromeda.

"Pero Andromeda… ¿en qué mundo vives? No es la primera vez que ocurren cosas de éstas. Mi padre de momento ha decidido abrirnos unas cuentas a mis hermanos y a mi en un banco en Irlanda, por lo que pueda pasar…"

Janet empieza a reír en voz baja, para que no llame la atención en la biblioteca, sin dejar de escribir en su pergamino.

"¡Qué exagerado es tu padre, Daisy!. ¡Ni que estuviéramos en una guerra!"

Andromeda frunce el ceño. Al menos Janet y Daisy tenían opiniones sobre el tema.

¿Y ella? Era la primera vez que se enteraba de que cosas así ocurrían. El Profeta se leía en casa, pero su padre solía ocuparse de él, y Druella les había dicho siempre que El Profeta estaba dirigido a los hombres, no a las señoritas como ellas.

Aun así, sabía que Bellatrix a veces sí le birlaba algún que otro ejemplar a su padre, y lo leía con interés, y se generaba una opinión. Andromeda era curiosa, pero nunca nada de eso le había despertado tanto interés como para hacer como Bellatrix.

"Y… ¿por qué, si han sido magos, atacarían un tren? Los muggles tienen trenes, y nosotros también…" murmura tontamente Andromeda.

Daisy suelta El Profeta y agita la cabeza.

"Andromeda, me sorprendes… lo que importa no es la parte 'tren' de la noticia, sino la parte 'muggles'."

Andromeda tragó saliva… y leyó con cuidado la noticia. Antes de terminarla, escucha unas risas en el otro extremo de la mesa que ocupan las tres jóvenes Slytherin. Andromeda mira a su izquierda, y ve que una pareja de Ravenclaws de su mismo año, en cuarto curso, están riéndose disimuladamente. El chico, al que reconoce, Reginald Cattermole, le entrega un sickle a su compañero, John Dawlish, que hizo un gesto de victoria.

"¿Y a vosotros qué os pasa?" pregunta fríamente Andromeda, alzando la barbilla con altivez.

Ambos estudiantes empiezan a recoger sus cosas. John se cuelga la bolsa al hombro y habla con una media sonrisa, sin dejarse intimidar por Andromeda.

"Apostamos una cosa. Que las Black no habéis leído un periódico en vuestra vida. Uno que no sea Corazón de Bruja, claro. Yo le dije que sí, que probablemente alguno sí que habréis leído, arriesgué y ya ves." Lanzó al aire su sickle y la atrapó con facilidad. Le guiñó un ojo al grupo de Slytherins. "Que tengáis un buen día."

Ambos se marchan sonrientes. Y Andromeda se queda entre indignada y herida.

"¿Qué se han creído?. Pues claro que leemos…" balbucea, más hacia sí misma que hacia Janet y Daisy.

"Claro, Andromeda." Dice rápidamente Janet, intercambiando una mirada con Daisy.

"Sí, claro… sin duda." Añade Daisy parpadeando y sonriendo forzadamente.

Andromeda esboza una sonrisa de circunstancias, y se da cuenta de que sus amigas están dándole la razón para no molestarla, herir sus sentimientos o no entrar en discusiones con una Black. O por puro compromiso.

Al salir, se las arregla para excusarse ante ellas alegando tener que ir a buscar un libro en préstamo que había olvidado. Sube inmediatamente las escaleras hacia el aula de Historia de la Magia que el Profesor Binns siempre utilizaba para los alumnos de EXTASIS, es decir, que prácticamente estaba desocupada toda la semana.

Entra despacio y se asoma con precaución. Al fondo, Ted está sentado en las escaleras de la tarima donde está la mesa del profesor, leyendo con interés El Profeta. Andromeda se muerde el labio y cierra la puerta despacio, silenciosamente.

Observa a Ted, que sigue ajeno a su presencia. No era la primera vez que lo veía leyendo. No era ningún empollón, pero podría encontrarse leyendo hasta el horario de clase o un pasquín para apoyar a Hufflepuff en Quidditch. A veces, Andromeda pensaba que su despiste natural se debía a que su cabeza estaba en otra parte, recordando hechos, comparándolos, analizándolos, priorizando, con lo cual, Ted podría perfectamente ignorar lo que tenía delante.

Ahora que Andromeda sabía qué cosas pasaban en el mundo más allá de sus límites mágicos, se preguntaba si Ted también pensaba por dos… por sus orígenes y sus costumbres muggles. Y por su vida como mago, un extraño en un mundo que normalmente le era hostil.

Y siente algo parecido a los remordimientos. Porque es su amiga… pero a la vez, no debería ni siquiera dirigirle la palabra. Mucho menos, encontrarse con él a escondidas.

Se recoge la túnica y deposita con cuidado la bolsa de delicada piel de dragón en el suelo, y se sienta junto a Ted, sin dejar de mirarlo, pero sin intención de interrumpirle.

"¡Oh!" exclama él cuando se da cuenta de su presencia, y da un ligero respingo. Aparta El Profeta y lo guarda en su desgastada cartera. "Perdóname, Andromeda, no te había visto entrar. ¿Qué tal hoy?" le pregunta sonriente.

"Ted…" susurra ella, muy vacilante. "¿Tú crees que leo?"

Ted pestañea sorprendido ante la curiosa pregunta y amplía la sonrisa.

"Si no leyeras, no sé cómo podrías ni siquiera examinarte…"

"No, no me refiero a eso… Me refiero… ¿alguna vez te has preguntado si leo El Profeta?"

Ted vuelve a mirarla, y la sonrisa se desvanece de sus labios, y da paso a una expresión pensativa y algo temerosa. Vacila, y finalmente exhala un pequeño suspiro, casi disculpándose.

"No… la verdad es que no me lo he planteado mucho, pero no te tenía por alguien interesado por el mundo que te rodea… No."

Andromeda deja caer la cabeza. En otra época, habría tenido que mostrar indignación, soberbia, y habría llegado a insultarle, a exigirle que nunca jamás volviera a dirigirse a ella en esos términos. Es más, que jamás volviera a dirigirse a ella, y punto.

Sin embargo, no sabía ni cómo ni cuándo, Andrómeda había dejado de ser una Black, para ser simplemente, Andromeda. Y esa reacción de indignación y de altivez no era suya ya, no podía serlo, quería forzarse a que fuese suya, pero ya era imposible.

"Te has enfadado." Era más una afirmación, no una pregunta. Ted se incorpora y lanza los brazos en frustración e ira contra sí mismo. "Lo sabía… soy un imbécil por prejuzgarte." Vuelve ante ella, y esta vez se acuclilla delante de Andromeda, sentada todavía en la escalera. "Perdóname, Andromeda…"

Ella pestañea, porque de algún modo Ted se atribuye la culpa de algo que no tiene nada que ver con él. Y se conmueve, pero niega con la cabeza, sonriendo tristemente.

"No Ted… Tienes razón… Hasta hoy no lo había visto, pero tenéis razón todos…"

Ted levanta la cabeza, sorprendido, pero no se mueve de su sitio, ante ella.

"Tememos lo que desconocemos, Ted… y yo no quiero temer lo muggle. No…" se mueve incómoda. "No puedo dar clases de Estudios Muggles… en casa me matarían. Pero tú puedes mostrarme cosas sobre ellos… ¿verdad?" pregunta con inusitada timidez. "Quiero saber por qué morirían personas en un tren… quiero saber qué hay más allá de estos muros, y de los muros de mi casa."

Ted sonríe con ojos brillantes, y ella baja la mirada.

"Te voy a hacer una fan de los Beatles."

Ella frunce el ceño, confundida. Porque no sabe qué diablos tienen que ver los escarabajos con lo que quiere saber del mundo. Pero Ted parece haber captado la broma de su perpleja expresión y se ríe.

Andromeda sonríe, porque Ted tiene la manera de que ella siempre se contagie de esa alegría suya. Aunque como ahora, no sepa de qué exactamente están riéndose. Y siempre ha sido así, aunque no recuerda desde hace cuánto. Se coló su risa, y no sabe cómo.

ooOOooOOoo

Ayer,

Softly creeping in

Caminar por Hogsmeade cuando ha nevado la noche anterior puede tener sus riesgos. La nieve había quedado congelada en muchas partes, y aunque los habitantes habían despejado los caminos con hechizos, siempre había zonas en penumbra donde la nieve congelada era invisible, y ni se notaba. Pero un mal paso significaba aterrizar directo en el suelo, o incluso ganarse un buen esguince de tobillo.

Andromeda es alta, esbelta y ágil. Esquiva con facilidad la nieve helada, y no pierde el equilibrio. No le interesan sin embargo, los deportes, y a ninguna de su familia se le habría ocurrido jugar al Quidditch.

"Es un deporte, despeina y rompe las uñas"

Así hablaba por lo general Druella, y la abuela Irma cuando habla con la tía Cassiopeia. Si ellas hubiesen sido tres chicos, ninguna de esas cosas habría tenido mayor importancia.

A ella le gusta ver jugar al Quidditch. Y también algunos veranos se las ha apañado para convencer a la tía Walburga para que la dejara llevar a Sirius y Regulus a Artículos de Calidad para Quidditch, en el Callejón Diagon, y además, les ha comprado alguna cosita. Pero es impensable que ella juegue, no como sus pequeños primos, que sienten locura por ese deporte. Sobre todo Regulus, que es pequeño, ágil y rápido. Le gusta ser buscador.

Ted no es así. Es más corpulento, y desde luego, no es ágil. Pero eso precisamente le hace reír a Andromeda. Una vez, Ted dijo que ella parecía una "elfa", y ella se enfadó.

"Qué poco sabes del mundo, Andromeda."

Andromeda se enfadó mucho más. Ahora resulta que era una elfa doméstica, e ignorante.

"Los elfos son los seres más hermosos del mundo, son inmortales, no sufren enfermedades, tienen poderes mágicos, y todo lo que tocan es bendecido, es bello y es puro."

No imaginaba cómo era posible que los muggles consideraran hermoso lo que ellos (los magos) consideraban feo. Y al revés. Que las brujas fuesen las feas y desagradables.

Era una perspectiva del mundo que lo volvía del revés. Ella quería saber de los muggles, se lo había dicho hacía más de un año, y Ted le contaba cosas, pero Andromeda nunca dejaba de sorprenderse.

Vuelve a esquivar con agilidad un charco congelado, y se detiene al final de la calle. Donde no hay mucha gente, aunque un día tan frío no ayuda a que haya aglomeraciones. Y da un respingo cuando escucha un "¡ay!" muy cerca.

Se da la vuelta, y ve que Ted está despatarrado en el suelo.

"Me he… resbalado." Murmura como si diera una disculpa.

Andromeda mira alrededor. La bocacalle está desierta, y se aproxima al joven Hufflepuff. Estira la mano, para ofrecerle ayuda a incorporarse, una mano enguantada en verde, y Ted, cubierto con su túnica más que usada, su bufanda amarilla y negra tapando parcialmente su cuello, sonríe y acepta la ayuda.

Pero Ted no es pequeño, ágil y rápido como Regulus. Se incorpora despacio, pero vuelve a plantar el pie de apoyo en el hielo, antes de incorporarse, y resbala otra vez… llevando a la joven hacia él. Andromeda, aferrada a la mano de Ted, es empujada por él y su precario equilibrio, y cae sobre el chico.

Andromeda se queda un momento paralizada, con la cabeza sobre el hombro de él, las manos todavía enlazadas. Nota que Ted se ha quedado un momento rígido, incómodo, y Andromeda levanta la cabeza, con los largos cabellos castaños cayendo directamente sobre el pecho de Ted.

A los quince años, Ted no tiene esos rasgos redondeados que tenía cuando se vieron por primera vez en la Estación de King's Cross. Ted ya tiene una mandíbula más angulosa, las cejas más firmes, el cabello más oscuro, y la mirada más desconcertante.

Ella abre y cierra la boca, quiere decir algo. Una disculpa, una broma, un insulto. Ted siempre ha evitado tocarla, ella nota que él anhela el contacto, pero siempre la trata como a un objeto de cristal.

Esta vez, Ted ha colocado la mano libre en la parte baja de la espalda, sin dejar de mirar los oscuros ojos de Andromeda. Y ella no sale corriendo. Tiene curiosidad, no quiere que él la suelte, sino que quiere saber qué pasa después.

No sabe desde hace cuánto siente curiosidad. O desde hace cuanto él anhela ese contacto y desde hace cuanto ella lo sospecha, lo imagina, o simplemente, desea que él anhele. Ha llegado así sin avisar; suavemente ha llegado, y está ahí. Y desconcierta.

Y la respiración de ambos es un poco más agitada. Y ella sabe que tiene que incorporarse y reprocharle su torpeza, su atrevimiento, y mostrar indignación. Incluso un insulto estaría bien. Es lo que cualquiera haría para no ser tachada de cualquiera. Es lo que cualquier mujer Black haría.

Cualquiera no es Andromeda. Andromeda no es cualquier Black.

Pero Ted tampoco es ninguna de esas cosas.

Y ella le permite que Ted tenga ese contacto físico que Andromeda sabe que desea, pero que no ha osado nunca tener. Deja que Ted sienta a Andromeda, de pies a cabeza, ambos tumbados sobre una capa de hielo. Tal vez Andromeda, así, es una cualquiera.

No sienten frío.

Pero unas voces a lo lejos recuerdan que ese momento no es sólo suyo, sino del mundo.

"El deseo mueve el mundo."

Ese día descubre el deseo, Andromeda Black.

ooOOooOOoo

Ayer,

Quietly creeping in

Andromeda Black se había criado en un hogar confortable y lujoso. Tenía unos padres que, siendo austeros, eran relativamente cariñosos con ella y sus dos hermanas. De hecho, la tía Walburga decía, sin molestarse en disfrazar con dulzura sus palabras, que su hermano Cygnus consentía demasiado a sus hijas.

La mediana de las Black no sabía qué malo había que unos padres mimaran a sus hijas. Era lo normal que debían hacer unos padres¿no? Andromeda sabía que ella sería una buena madre. Sabía que se esperaba de ella, y de Bellatrix y de Narcissa, un matrimonio decente con unos magos de familias de sangre pura decentes. Eso era lo que la vida aguardaba a las hijas de Cygnus y Druella Black.

Qué cosas tiene la vida.

Bellatrix decía que ella jamás tendría hijos y que lo mismo sí se casaría.

Narcissa decía que ella sí tendría hijos, y desde luego, sí se casaría.

Andromeda, cada vez que miraba a los decentes hijos de decentes familias mágicas, no sabía responder a ciencia cierta a ninguna de esas cuestiones.

Regresa de una larga clase de Transformaciones. Todavía no sabe explicarse cómo un mago de sangre contaminada es capaz de transformar conejos en zapatillas de peluche. Con bigotes y todo. Cómo ha conseguido levantar aplausos en sus compañeros, un buen puñado de puntos por parte de la profesora McGonagall...

...y su sonrisa camuflada en frialdad Slytherin y distancia Black.

Ted es uno de los mejores en Transformaciones. Es para él algo tan natural, que pareciera que es un hijo de una decente familia mágica.

Como Rodolphus Lestrange.

Andromeda se detiene en la puerta de la Sala Común. Rodolphus tiene la corbata verde y gris suelta en su cuello. Tiene la espalda apoyada en un sillón individual, cerca de la chimenea. Y enfrente tiene a Bellatrix, con el pelo suelto, y la nariz desafiante a la altura del mentón de Rodolphus. Andromeda está acostumbrada a ver la mirada fría e indiferente de él, incluso cuando mira a Bellatrix. Y Bellatrix es peligro, es fuego. Está descalza, a pesar de las losas frías de la Mazmorra, y Andromeda vacila sobre si salir por la puerta, y hacer como que no ha visto nada.

"Bellatrix..." dice con voz baja y ronca Rodolphus. "Siempre dices pero nunca haces..."

"¿Crees que me tiro un farol, Rodolphus?" pregunta la chica sin moverse un milímetro. "Que no te haya demostrado a ti cosas, no quiere decir que no las haya hecho."

Andromeda cree ver un destello de ira, celos y atracción en Rodolphus, y da un paso atrás, sintiendo que invade una conversación que no le interesa, ni quiere tampoco. Piensa en su madre; Druella se habría dejado caer sobre un diván, trágicamente, si viera que su hija mayor, con diecisiete años, estaba con la falda sobre las piernas desnudas, la camisa del uniforme torpemente colocada sobre su cuerpo. Y que estaba flirteando descaradamente con uno de los magos de familias mágicas decentes.

"Pruébalo." dice simplemente Rodolphus.

Bellatrix levanta sus pesados párpados y estampa un beso agresivo, sensual, en la boca de Rodolphus. Y él atrapa ese cuerpo esbelto contra él, sin soltar el apoyo que tiene en el sillón. Ninguno domina al otro, aunque Rodolphus deja terreno a Bellatrix, deja que ella controle, porque la situación es más placentera.

Andromeda decide salir de ahí, no desea presenciar una escena que no tiene que ver con ella, y que puede resultarle incluso violenta. No se considera una mojigata, ha escuchado y visto perfectamente a Bellatrix y a sus propias compañeras jugar al juego de hija decente de familias mágicas, mientras se dan el lote con otros. Hipócrita, pura apariencia, pura falsedad.

Regresa al pasillo, y antes de salir escucha un jadeo de Bellatrix, y su tono susurrante.

"Me cargaré las manos de un sangre sucia. No volverán a utilizar las manos para la magia, la magia no les pertenece."

Andromeda gira la cabeza, y no consigue ver a la pareja, aunque le llega la risa burlona de su hermana. En Hogwarts no hay tantos hijos de muggle. Y no quiere reconocerlo, no quiere admitírselo, pero el hecho es que no desea que Bellatrix, ni nadie, dañe a los hijos de muggles.

Quiere ver esa magia en manos de un hijo de muggles. Quiere seguir admirándose con su talento para Transformaciones. Y sale corriendo, hacia la Sala Común de Hufflepuff... en algún lugar próximo a las cocinas, en las Bodegas. Pregunta a los alumnos de Hufflepuff, pero no logra dar con Ted. Recorre los pasillos, acuciada por la sensación de que pueda resultar herido. No lo sabe, no sabe cuál es la razón, pero la territorialidad y la protección van en el kit de un Black.

Y por fin lo ve. El corazón le ha dado un vuelco, a su pesar. Porque sabe que normalmente si pasa un día sin ver a ese hijo de muggles, nota que lo ha echado de menos. Que le gusta ir más arreglada cuando sale por la mañana, y le gusta que Ted la sonría. Le gusta que Ted sea llano, sea franco. Que llame a las cosas por su nombre, y no guarde las apariencias, no prejuzgue si una hija decente de sangre mágica se lía con otro, y aun así, la chica en cuestión siga fingiendo que es la virginal dama que se espera que sea.

No sabe cuándo, calladamente, sin darse cuenta, adora la decencia de Ted. Su franqueza y su honestidad. Mira su cabello castaño cuando está apoyado en una columna, con la bolsa de libros tirada descuidadamente a su lado, y hablando con su compañero Edgar Bones. Edgar es de sangre pura, él no tiene problema, ni es amenazado.

O no lo es, de momento.

Pero Ted sí. Edgar mira más allá del hombro de Ted y hace un gesto silencioso y discreto con la cabeza. Ted se gira y Andromeda vuelve a notar el vuelco en el corazón, cuando sabe que la expresión de Ted ha cambiado nada más verla. Y se siente especial, se siente única.

Y no por su sangre decente, su dinero, su familia.

Ted hace que ella se sienta especial.

No se da ni cuenta de cuando Edgar se despide de Ted y se marcha por el corredor. Andromeda logra llegar junto a Ted, y él la sonríe, mirando cada detalle de su rostro, como si quisiera memorizarlo. Es el tipo de mirada que nunca nadie le ha echado. Ser Black es suficiente para que miren un segundo y lo demás se presuponga. Ted la mira a ella. No es esa mirada de rabia, deseo o celos que ha visto en Rodolphus cuando mira a Bellatrix, y no duda de que Rodolphus siente, y mucho, hacia Bellatrix.

Pero no es Rodolphus, ni ella es Bellatrix. Él es... Ted.

"Aquí no." dice ella, y Ted rueda los ojos, acostumbrado a recibir eso como un "hola".

Andromeda abre la puerta de un aula, y echa un vistazo. Ted se descuelga la bolsa de los libros y la deja con indiferencia encima de un pupitre. Se apoya en uno y mira sonriente a Andromeda; ella sin embargo, se detiene un momento, confusa. Porque no debería estar ahí con él, a solas. Lleva seis años repitiéndose lo mismo. Porque no debería dirigirle la palabra. Porque no debería ni siquiera avisarle de posibles acosos por parte de su hermana.

Y como otras veces, lo desconcertante es que a veces pierde la voz en su presencia. Que olvida qué tenía que decirle. Que se pone nerviosa.

Una Black nunca pierde los papeles, ni se pone nerviosa, ni se rebaja a estar con un sangre sucia.

Mira a Ted, sus ojos color avellana están tranquilos, aunque brillantes.

"He oído una cosa... a Bellatrix."

El brillo de los ojos de Ted se apaga por segundos, y alza las cejas.

"Dice que quiere cargarse las manos de los que sois..."

"¿Hijos de muggles?. ¿Sangre sucia?. ¿Engendros?. ¿Basura?" termina por ella Ted.

Andromeda baja la mirada, y asiente.

Una Black no baja la mirada, y menos ante un sangre sucia.

"Qué novedad. Tu hermana debería pensar en cambiar el discurso, por una vez en la vida. Parece un disco rayado."

Andromeda no levanta los ojos, y sonríe levemente cuando capta otra de las frases muggles de Ted, adora que hable así de raro. Pero sonríe con tristeza.

"Eh..." dice con suavidad Ted. Ella alza los ojos oscuros, y no puede evitarlo. Se acerca a Ted y él baja los ojos hacia ella. Como la escena anterior de Rodolphus y Bellatrix, pero ellos están perfectamente vestidos y calzados. Ella no está alzando la barbilla desafiante, ni Ted está mirándola con falsa indiferencia. Y de pronto siente que algo se acelera, la respiración, el pulso. Algo ocurre, cuando se acuerda del beso de Rodolphus y Bellatrix, y se turba al pensar en un beso entre ella y Ted, cuyos labios tiene a diez centímetros.

"¿Me estás escuchando?"

Andromeda parpadea, y mira hacia Ted, dándose cuenta de que el hilo de sus pensamientos la ha llevado hacia otro lado, y que no se ha enterado de lo que Ted ha dicho después del "eh..." Sus padres la habrían reprendido severamente por no prestar atención, como corresponde a una dama. Ted sin embargo sonríe, pero la sonrisa desaparece poco a poco, dejando paso a una expresión peculiar, sin dejar de mirarla. Y ella siente otra vez... siente algo que se cuela, como otras veces, sin que sepa cuándo empezó ni cuándo terminará.

"Decía que no temo a tu hermana, ni a sus amigos. Si vienen por mi, no huiré, ni me ocultaré."

Andromeda siente un golpe en el pecho, y se acerca a Ted. Él no se mueve, ella sabe que Ted siempre teme tocarla, como si su contacto, diga lo que diga, fuese impuro de verdad, como si él la contaminara. Como si fuese insuficiente.

En ese momento, Andromeda comprende por qué Ted, aunque nunca se avergüence de ser hijo de muggles, nunca osaría tocarla. Y sabe que él lo desea.

Y sabe que ella misma desea que él la contamine.

Deja a un lado los prejuicios, el qué dirán de ella siendo una decente hija de la más respetable familia mágica. Muy despacio, pone los brazos sobre los hombros de Ted, y se abraza a él, y se deja contaminar por su magia. Y sonríe contra su pecho, cuando siente los brazos vacilantes de Ted, cuando la rodean, y se relaja y cierra los ojos. Esta vez es voluntario, no como en Hogsmeade, que fue un contacto más accidental y confuso.

Sabe que a partir de ese momento, va a echar de menos no sólo la presencia de Ted Tonks, sino su calor.

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Ayer,

Creeping in, again

Las Navidades, por sistema, siempre en familia.

Y las Navidades blancas, por sistema, siempre en la familia Black.

Todos los años, igual. Ellas tenían que salir de Hogwarts, ir a Grimmauld Place, reunirse con toda la familia, y por supuesto, escuchar las mismas cosas.

"Qué guapa está Narcissa. En unos años, será la bruja más hermosa de su generación..."

"Qué elegante ha venido hoy Andromeda, sin duda, ha heredado el buen gusto de tía Cassiopeia..."

"Qué energía tiene Bellatrix, tiene la personalidad arrolladora de Phineas Nigellus…"

El año anterior se había dado cuenta de que ya no le apetecía nada que su madre hiciera lo imposible para ponerla a bailar con alguno de los invitados. Había Gamps, Flints, Greengrass, Rookwoods, Lestranges…

Todos tenían un estilo estudiado, impecable, una técnica depurada. Ellas habían aprendido a bailar antes que a caminar. El estilo de Bellatrix siempre era ágil, rápido… y sensual. Narcissa desprendía elegancia, fineza, era majestuoso.

Andromeda bailaba por instinto, se dejaba llevar. Pero ella no era capaz de definir su estilo. No era ni una cosa ni otra. Tal vez eso en si mismo, ya es un estilo. O era indefinida, como su situación peculiar dentro de su familia. Ni la mayor ni la menor. Ni la más rebelde ni la más guapa. Ni la más morena ni la más rubia. Andromeda nunca había sido el centro de atención. Y era su mejor arma también.

Ahora, junto a Ted, se da cuenta de cuál es su estilo, de cuál es su lugar. Ted no era ningún experto en bailes. Se meten en una sala y Andromeda saca un tocadiscos que ha pedido a su madre que se lo envíe, un pequeño gramófono que no se parece al que hay en el Colegio, enorme y escandaloso, las pocas veces que lo había llegado a ver.

No sabe por qué, pero quiere que, antes de irse a casa a celebrar la Navidad número dieciséis de su vida, Ted sea con quien baile. En el Colegio nunca hay bailes, y no cree que vayan a tener muchas oportunidades tampoco.

"Nunca he bailado… así, Andromeda."

Ella coloca el disco, y una música ligera, pero muy clásica, suena suavemente en la sala. Ella se retira la bufanda verde del cuello, y Ted no se mueve. Pero admira a Andromeda, la mano que estira hacia él. Y ella misma sonríe, sorprendida.

"Las damas no sacan a bailar a sus parejas."

Tal vez ella no sea una dama.

Y la sonrisa de Andromeda se diluye momentáneamente.

Tal vez él no es su pareja.

La mano de Andromeda, la que ofrece sacar a bailar a Ted, titubea unos segundos. No porque ella dude si es elegante o apropiado sacar a bailar "siendo una dama". Sino que no sabe cuándo, ni por qué… es consciente que hay algo, no sabe qué. No es amistad.

Pero Ted no es su pareja.

Ted mira con preocupación la mirada entristecida de la chica que considera la más hermosa del Colegio, de la que le está tendiendo la mano, que ha bajado poco a poco, y no vacila. Aunque ella acabe pensando que es un inútil y tiene la gracia de un troll bailando, él no quiere que por su culpa ella se entristezca.

Malinterpreta la miseria de Andromeda, y ella alza los ojos sorprendida cuando Ted ha cogido su mano, y ha colocado torpemente la otra en su cintura, con temor.

"Soy un inútil, vas a odiarme cuando veas lo patoso que soy bailando."

Andromeda parpadea. Y comprende que él ha sentido vergüenza, y que jamás la consideraría menos que una dama, por el hecho de que ella le haya sacado a bailar. Pero sonríe otra vez a Ted, y le ayuda a colocarse.

Y dan los pasos, despacio. Y Ted sólo mira testarudamente sus pies, para evitar que pisen los de Andromeda. Pero ella busca su mirada.

"Tienes que mirarme a mi, Ted, no a mis pies." Le dice suavemente. "Déjate llevar."

Y Ted se ríe, porque sabe que si hace dos cosas al mismo tiempo, probablemente sean dos cosas hechas mal al mismo tiempo. Mira a Andromeda, y siente que ha puesto su pie encima del de ella.

Ella emite un pequeño grito de dolor, y él retira el pie.

"¡Perdona, Andromeda, perdona!. ¿Te he hecho daño!"

Clonk

La silla que había cerca ha caído cuando Ted ha hecho un gesto rápido al soltarse y tomar a Andromeda de los brazos, con suavidad, para ver si está lastimada.

Pero ella se ríe más, y él suelta unas carcajadas silenciosas y no la suelta, sino que apoya su frente en la de ella.

Y Andromeda deja que tengan sólo ese contacto. Que sus frentes estén unidas, y que él no le suelte los brazos. No es un abrazo, pero tampoco están separados.

La música es suave y apenas la siente cuando están juntos. Ya no importa si bailan o no. Están juntos. Y Andromeda no sabe cuándo la música dejó de importar para el baile, y cómo el sentimiento de estar unida a él, es más importante que el saber bailar con estilo. Como la música de fondo, no sabe cómo ha entrado esa sensación en su vida. Pero está ahí, sin darse cuenta.

"No me quiero ir a casa." Susurra ella, todavía con las frentes unidas. No quiere abrir los ojos; los Black miran a los ojos, directamente. Y no apartan nunca la mirada. Pero aquí quiere sólo sentir, no mirar.

"Te esperaré. Y te echaré de menos." Ella siente que él sonríe. Siente su sonrisa. "Y ensayaré. Bailaré mucho mejor para cuando regreses."

Ella no abre los ojos, pero se deja llevar por la sensación y por su sonrisa.

"Yo sólo bailaré con Sirius." Ted suelta una carcajada muy leve por la nariz. Ella le ha hablado de su familia, y aunque le cuesta, recuerda los nombres de aquellos que Andromeda aprecia. "Siempre le digo que tiene elegancia natural, y que si baila así con ocho años, no quiero imaginar cómo bailará cuando tenga dieciocho."

"Como tú a los dieciséis." Respondió él, simplemente.

ooOOooOOoo


Es canon: Bellatrix nació en 1951 y Narcissa en 1955, he asumido que Andromeda nació en 1953. En 1967 está en 4º curso en Hogwarts. En noviembre de ese año, hubo un accidente ferroviario en el que murieron 49 personas, en Hither Green, cerca de Londres. He usado eso para indicar que pudo haber sido obra de Voldemort.

Es canon: Voldemort regresó de su "exilio" a mediados de los años 50. cuando le solicita el puesto de profesor de DCAO a Dumbledore y éste lo rechaza. En torno a 1970 Voldemort ya ha regresado utilizando plenamente su apodo, y con una buena legión de seguidores.

Así pues, he utilizado esos años finales de los 60 como las primeras andanzas de Voldemort y sus mortífagos, acciones todavía aisladas y que despistarían a los miembros del Ministerio y sus aurores.

Malcolm Baddock y Graham Pritchard son dos estudiantes de Slytherin del año de Colin Creevey. Aquí me he inventado dos familiares para compañeras de Andromeda (Daisy Baddock y Janet Pritchard), ya que en canon se desconoce quiénes pudieron nacer en 1953 aproximadamente. Igualmente, he colocado a Cattermole y a Dawlish en su año, pero no es canon.

Es el penúltimo capítulo. Espero que os gustara. Gracias por leer a todas :)