Capítulo II
Otra madrugada más que despertaba con el cabello pegado en la frente por el sudor, la respiración agitada y el corazón adolorido, otra noche más de pesadillas, otra más de que estaba en esa aldea sin su Señor.
Se hizo un ovillo en el futón, tenía mucho frío y una extraña y débil neblina rodeada el piso que parecía drenar la vida y la felicidad. Quería hacerse pequeña se sentía incomoda como si algo la observará en la oscuridad, saco la cabeza de debajo de las mantas, busco en la penumbra que podría causarle aquella fea sensación, nada, no podía ver nada, aquella noche era luna nueva….noche oscura.
Se volvió a enrollar en las sabanas y pensó que si se dormía pronto aquella incomodidad se iría, pero no quería cerrar los ojos, las imágenes que marcaron su vida estaban ahí, vívidas, atormentándola, esperaría despierta hasta que amaneciera cubierta por las mantas como siempre hacia….
Quedito desde algún rincón de lo oscura cabaña…escucho un murmullo, un sonido lejano, presto atención, era….era…..era una risilla, baja, burlesca, que se deslizaba por todo el lugar, su corazón se acelero, algo tiraba de sus mantas, las apretó contra su cuerpo, aquel sonido, aquella risa era horrible, muy baja pera daba miedo, ese algo tiro con más fuerza, y su cuerpo se engarroto y no pudo seguir sosteniendo las mantas, cerro sus ojos con fuerza, no quería ver.
Fue muy rápido, algo aplasto su cuerpo y la dejo sin aire, un olor horrible a putrefacción inundo su olfato, y un dolor lacerante atravesó su piel, sus muñecas estaban hundidas en el suave futón, era como si garras se enterraran en ella….sea lo que fuese, era el causante de la risilla horrible… aquel sonido se detuvo, y el frio que sentía se incremento, una voz hueca se libero en el aire.
-Di si….deseos….deseos…..deseos…..
De un momento a otra la presión desapareció, el frio se esfumo y entonces pudo respirar, se quedo ahí con los ojos abiertos y un miedo aterrador instalando en el pecho.
Cuando el día llego, la anciana Kaede se alarmó, la cama de su protegida estaba vacía y desarreglada, busco desesperada con la vista en toda la cabaña, un ruido debajo de los tabloncillos del piso llamo su atención, con un dolor agudo en la espalda causado por los años se agacho y ahí en el fondo de ese estrecho lugar, enrollada como caracol estaba la joven Rin, con la ayuda de Inuyasha y después de varios rezongones por parte de este, la sacaron de ahí, estaba en shock, con la piel pálida, los ojos dilatados y el cuerpo ardiendo en fiebre.
Tres días después cuando la niña se recuperó, lo único que sus labios soltaron era un repetitivo si, durante los días siguientes todo fue extraño, la pequeña se quedaba suspendida en sus pensamientos durante todo el día, y en la noche jamás cerraba los ojos.
En una noche de luna nueva, la anciana Kaede se despertó con una horrible sensación de premura, busco a tientas a su acompañante y no la encontró, candil en mano salió de la cabaña y allí afuera sentada en una extraña posición, la pequeña rascaba la tierra, y emitía lastimeros sonidos, cuando se acerco a ella y toco su hombro, la chiquilla levanto su cabeza y Kaede sintió como su corazón se detenía, los ojos de la niña brillaban con un extraño color bermellón, su boca estaba llena de tierra, y algunos gusanos destrozados se salían de sus labios, despacio la criatura de frágil figura se irguió tan solo un poco, estiro el cuerpo, abrió la boca que más parecían fauces de un extraño ser y empezó a gritar como si le arrancarán los órganos.
La aldea entera se despertó, Kagome, Inuyasha, Miroku y Sango se encontraron con aquella fatídica escena, la anciana Kaede bañada en lágrimas sostenía el cuerpo sangrante de la infante, se había arrancado las venas con las uñas.
En medio de una lluvia torrencial, con los rostros surcados por la tristeza y en una tumba llena de flores rotas enterraron el cuerpo pálido y de un aspecto hermoso y fantasmal de la pequeña Rin.
Sesshomaru había llegado al atardecer cuando el último grano de tierra cubría la mediana tumba y las mujeres que más habían querido a Rin depositaban los lirios maltratados por la lluvia alrededor de la roca labrada en el que estaba inscrito el nombre de la fallecida. El bello ser de cabellos plateados se quedo ahí de pie con la lluvia empapándolo aún cuando todos se retiraron, la noche cerrada lo encontró viendo las pocas inscripciones que adornaban aquella roca sobre la tierra insensible que se había tragado al único ser que amo.
Invadido por una locura que jamás había demostrado indicios de tener, removió la tierra puñado a puñado hasta sacar el cuerpo sin vida de su pequeña amada, no grito, ni lloro, solo se aferro a aquel menudo cuerpo, en una búsqueda infructuosa de otorgarle una chispa de vida que le hiciera abrir aquellos ojos marrones que tanto adoraba. Se había cumplido aquello que una noche fría de otoño su pequeña compañera le dijera…. Moriré igual que las flores y usted sufrirá, pero aun así por favor jamás me olvide., él no quería cumplir esa promesa porque no quería que ella muriese jamás.
