LIBRO 2:

JUICIO A LA CORRUPCIÓN

Lo primero que notó fue el frío, un frío intenso y extraño, pegajoso, que lo entumecía y molestaba en contraste con el clima estival que había sentido antes. Lo segundo es que de nuevo estaba echado sobre algo seco y fibroso, mucho más grueso que el pasto pero igualmente suave.

Kirei se incorporó, ahogando un quejido al sentir que los huesos de la columna crujían de mala forma. Comenzó a quitarse fragmentos de aquélla cosa fibrosa y al verlo descubrió que era sólo paja; miró alrededor y se dio cuenta que estaba en un establo… o eso creyó hasta ver los barrotes que se alzaban justo a un costado, con las otras tres paredes de madera revestidas de barniz y heno.

Sentándose entre la paja, Kirei se pasó una mano por la cabeza buscando ordenar sus pensamientos. Todo debió ser un mal sueño, empezando por esa entrevista tan ridícula con san Pedro y terminando por aquéllos caballitos multicolor y parlanchines que tanto lo habían molestado; todo eso estaba bien, pero seguía sin entender en todo caso qué hacía en una prisión tan rudimentaria, ni porqué ésta olía a heno y manzana podrida.

Oyó entonces unos pasos aproximarse, y sin pensarlo mucho se acercó a los barrotes.

-¿Quién eres y porqué me tienen encerrado a…?

Lo último de la palabra se le ahogó en la boca antes de pronunciarlo. El carcelero, si lo era, tenía el pelaje rojizo, crines rubias y un arnés sobre el pecho, caminando hacia él. El clérigo se dejó caer sentado de vuelta a su sitio, su pesadilla no había concluido.

El caballo se acercó a los barrotes, mirando en sacro silencio al prisionero mientras agitaba despreocupadamente su cola recortada. El mutismo entre ambos era tan tangible que no se les dificultó escuchar el zumbido de una mosca intrusa, espantada luego por un coletazo por parte del equino. Kirei decidió intentar algo, sólo para asegurarse que todo eso no era un sueño retorcido.

-Oye tú, bestia extraña… -le llamó –si eres realmente uno de esos caballos que hablan, pruébalo… ¿sabes hablar?

Para su gran consternación, el aludido sonrió indulgente y contestó con voz grave:

-Sip.

La criatura hablaba, o sea que debía ser una artimaña diabólica, idea que se le vino desde su encuentro con los potritos en el campo.

-¿Estoy en una prisión? ¿En tu prisión? –preguntó hoscamente.

-Ssssip. –hesitó el caballo, como si hubiera dudado por un momento de la respuesta.

-¿Piensan enjuiciarme?

-Sip.

-¿Y… ejecutarme? –el corazón se le encogió un poco en el pecho al formular esa pregunta.

-Nop.

Un breve instante de alivio.

-¿Aquí no hay pena capital?

-Nop.

-¿Pero aún así me harán un juicio?

-Sip.

-¿Y habrá más bestias parlantes como tú?

-Sip.

-¿Dices algo más que no sea "sip y nop"? –exclamó exasperado. El caballo abrió la boca y replicó, tranquilamente:

-Sip.

Kirei giró los ojos, harto del argumento monosilábico del semental enano. Instintivamente metió la mano entre sus ropas, tal vez la visión de los sellos negros bastaría para que su molesto interlocutor comenzara a hilar más palabras… Y entonces descubrió que no llevaba encima sus preciadas armas. Procurando no alarmarse buscó en toda su ropa, metiendo y sacando las manos cada vez más febrilmente antes de lanzarse hacia la cama de paja esperando que no se hubieran caído. Nada.

-Mis armas, mis… -se volvió hacia el caballo pelirrojo con los ojos ardiendo. -¿Dónde están mis sellos negros, eh? ¡Tú lo sabes, estoy seguro!

-Deja ya a la criatura, Macintosh. –le interrumpió una segunda voz. Otro caballo de tamaño idéntico, esta vez de pelaje blanco y crines azules con un cuerno sobre la frente apareció junto a la celda. –La princesa ha convocado al juicio ahora mismo y debo escoltarlo, así que si fueras tan amable…

El caballo llamado Macintosh se hizo a un lado, mientras el unicornio golpeaba con su cuerno los barrotes. Un débil destello de luz seguido por el chasquido de un pestillo devolvió a Kirei a la realidad, esta vez aún más intrigado; pudo sentirlo, por supuesto, el unicornio había usado magia para abrir su celda, y por lo que alcanzaba a percibir sus circuitos mágicos eran especialmente poderosos. No era buena idea entablar lucha con él estando indefenso, pero si lograba escabullírsele…

Sin embargo, hubo un segundo destello y el clérigo se encontró atado de mano al arnés de Macintosh.

-Eso es lo más conveniente. –añadió el unicornio sin dirigirse a nadie específicamente. –No te molesta, ¿verdad, Macintosh?

-Nop. –canturreó el caballo, echando a caminar a pesar de la terquedad de Kirei.

-¡Alto, ustedes dos, no van a llevarme a ningún… ay!

El unicornio lo había pinchado en las corvas.

-A la próxima queja subiré unos centímetros más, criatura. –le advirtió, colocando su cuerno en una postura poco agradable en caso de que Kirei volviera a resistirse. Humillado, el humano resopló y echó a andar al mismo tiempo que Macintosh, lamentándose en silencio por lo ridículo de su estado: estaba ahí, sin armas, perdido en un limbo infernal donde ponies de colores chillones hablaban y tenían el descaro de tratarlo como una alimaña. Si por lo menos pudiera echarles guante a sus sellos negros tal vez las cosas serían mejores.

El trío avanzó a lo largo de una hilera de celdas idénticas hasta el portón, también de madera barnizada, que el unicornio abrió con un toque. La intempestiva luz cegó a Kirei por un momento, y cuando por fin se repuso se vio delante de un salón gigantesco, hecho de materiales que el clérigo no pudo reconocer más que por los vitrales empotrados a los muros, haciendo que toda la luz del sol llenara el recinto.

Una hilera de caballos vestidos con uniformes escarlatas alzaron la cabeza, y alguna voz desconocida anunció:

-El acusado se encuentra presente. Todos de pie.

Un océano de ponies mucho mayor que el que Kirei había visto alzó su grupa y miraron, perplejos, al prisionero que avanzaba a buen ritmo, medio a rastras. Le desconcertaba ya no el montón de ojos que seguían su marcha, sino que el caballo pelirrojo, aún siendo pequeño, lo arreara como si no pesara nada.

A su paso, varios de los equinos presentes murmuraban sorprendidos entre sí, a veces en voz tan alta que podía oír fragmentos de sus conversaciones.

-Es monstruosamente alto…

-¿Qué clase de criatura extraña podrá ser?

-No vuelvo a comprar Poniyan… -hipó Berry Punch, mirando con ojos desenfocados a Kirei.

Macintosh avanzó hasta una escalinata cubierta por una senda alfombra que llevaba hacia un estrado, tras el cual sin embargo resplandecía el contorno de un trono.

-¡La princesa Celestia! –gritó tras él el unicornio. De un extremo del salón apareció no un poni, sino un caballo de tamaño normal, blanco como la nieve y de crines de arcoíris, delicadamente ataviada y que dirigió una sonrisa apenas perceptible a la multitud. Lo que Kirei encontró más raro fue notar que además de todo llevaba un cuerno y dos alas que protegían sus flancos, combinación que hasta el momento no había visto en ningún otro de los equinos.

La princesa yegua se plantó delante del estrado y dirigió sus ojos a Kirei, en silencio. Él, hostil, ella, tan displicente que parecía no estar pensando en nada, como si fuera una bella estatua en movimiento. Pero al fin se dignó a hablar.

-Que pasen los testigos en orden, por favor. Criatura –añadió dirigiéndose de nuevo al humano –has sido encontrado en grave falta alterando la paz de Ponyville y se te descubrió atacando con armamento no autorizado a uno de sus ciudadanos… ¿cómo te declaras?

-Princesa, si me permite… -saltó entonces el unicornio, dejando a Kirei con la palabra en la boca. –No sé si sea adecuado preguntarle esas cosas, puesto que nuestras leyes solo aplican a los seres registrados por el reino y, la verdad… ni siquiera sabemos que es.

-Pues en todo caso sabemos que no es un dragón. –contestó Celestia, volviendo a dejar a Kirei a medio camino de responder. –Ni un changeling, ni siquiera una quimera u otra cosa que hayamos visto. Deberíamos comprobar primero que habla nuestra lengua. ¿Hay algún testigo que lo haya escuchado hablar?

-Sip. –contestó Macintosh a toda prisa.

-¿Y ha dicho algo importante, algo sobre su nombre, su origen?

-Nop.

-¿Es que no sabes contestar nada más, bestia parlante? –saltó Kirei, cansado de que lo ignoraran, que lo trataran peor que a un insecto y sobre todo, de los monosílabos del caballo. Hubo un nuevo murmullo a su alrededor, pero Celestia seguía sin inmutarse.

-Veo entonces que puede hablar por sí solo. Dime ahora, criatura, ¿cuál es tu nombre?

-¡Escuchen bien, criaturas del averno! –contestó, impasible y buscando imponerse, cosa que no le costaba mucho dado su estatura. –Mi nombre es Kotomine Kirei, y soy un…

-Un momento, por favor. –le cortó la princesa, mirando al lado del estrado donde un unicornio pequeño escribía a toda prisa con ayuda de su cuerno. –Veamos, Koto… mi… ne… ¿Podrías deletrearnos tu otro nombre, criatura?

-¡Dejen de llamarme criatura!

-Bueno, de ahora en adelante te diremos… Kirei. –contestó Celestia sin inmutarse. –Dime, Kirei, ¿dónde está tu cutie mark?

-¿Mi… qué?

-Tu cutie mark, la marca que te reconoce como parte del reino poni, y que podría revelarnos si tienes o no algún lazo con nuestra especie.

-¡Yo, emparentado en sangre con una bestia parlante! –repuso ofendido. Podían decirle muchas cosas que toleraba con calmada sonrisa, pero animal era otra cosa.

-Pues si no posee una cutie mark… -continuó Celestia, con esa voz calma que le hacía pensar a Kirei que no se estaba tomando nada en serio.

-Escúchenme bien, más les vale a ustedes, bestias infernales, soltarme de una vez y devolverme mis sellos negros, pues aún sin ellos mi magia es… -continuó Kirei, mirando a su alrededor con la misma expresión de amenaza velada que le gustaba usar con quienes no lo conocían, pero de nuevo, otra voz lo interrumpió, una voz mucho más grave y funesta que la de la princesa, aunque igualmente melodiosa.

-¿Acaso ha dicho magia? ¿Sin cuerno?

En la sala apareció una yegua ligeramente más pequeña que Celestia, de cuerpo azabache y crines azul marino y destellantes. Tomó sitio en el estrado, junto a la princesa, y miró con ojos inquisitivos. El clérigo le devolvió la misma expresión.

-¿Qué es lo que opinas, Luna? –preguntó Celestia luego de un rato de silencio. La yegua oscura ladeó la cabeza.

-Me sorprende que esta criatura hable de magia, pues creí que ya todo ese tipo de seres estaban registrados. ¿Puedes comprobar que sabes realmente de magia?

-Denme mis sellos negros y lo haré. –contestó levantando la barbilla con expresión de superioridad. Ahora lo tendría fácil, cuando los animales le entregaran sus dagas sólo tenía que hacerlas volar por el salón entero y acabar con cuantos ponies pudiera, comenzando con esa molesta yegua monarca.

-Las espadas sólo están permitidas para los guardias de Canterlot, criatura. Lo que me lleva a la siguiente pregunta, ¿de dónde has sacado tales armas?

-Son mías, la santa iglesia me las entregó.

-¿La san… qué? –preguntó Luna, extrañada. Lo que le faltaba, un tropel de ponies ateos.

-Es suficiente, que pasen los testigos. –solicitó Celestia.

Los primeros en llegar fueron los potritos con quienes se había encontrado en el prado. Uno a uno relataron, en desorden, el percance.

-Pensábamos que estaba muerto… o tal vez dormido.

-Quisimos picarlo a ver si reaccionaba… ¡todo fue idea de Sweetie Belle!

-¡Mentira, fue de Scootaloo!

-¡No, lo que yo quería era traerlo a Canterlot!

-¡Todo fue tu idea, tu idea!

-¡Yo no he tenido nada que ver!

-¡Tú le lanzaste un terrón a la cara, Apple Bloom!

-Silencio, silencio. –contestó Celestia. –Muchas gracias. Ahora…

Applejack relató también, a su modo, lo que presenció.

-¡Todo un mar de ponies, todo un mundo de ponies huyendo de esta cosa! –señaló con un casco afilado a Kirei, que arrugó el ceño. -¡Nos perseguía sin tregua y blandía las espadas como si estuviera totalmente loco! Y tal vez lo esté… -añadió en voz baja.

Pinkie Pie fue otra cosa.

-Una vez más, Pinkie, concéntrate en decirnos cómo fue que te topaste con la criatura.

-Pues como dije, era un día soleado y alegre, el viento soplaba entre las copas de los árboles y yo me dije, "hey, Pinkie, hoy será un gran día". Entonces desayuné un par de deliciosas manzanas que Applejack me había regalado el día anterior y…

-Sólo… lo de la criatura. –pidió Luna.

-Hmm… ¡oh sí! Cuando lo vi por primera vez estaba delante de mi casa, esperando un correo. Estuve ahí toda la mañana porque era un correo muy importante, y venía de bastante lejos y no podía esperar a que…

-La criatura.

-¡Ah, por supuesto! Entonces mientras saltaba alrededor de mi buzón… es muy gracioso, ¿saben? El ejercicio diurno es siempre el mejor, sobre todo para matar el tiempo cuando no tienes con quién… En fin, estaba saltando y saltando cuando vi venir hacia mí a Applejack…

-Gracias. –susurró Luna, aliviada de que por fin la poni rosa estuviera sobre la pista.

-Y le dije, "Hey, ¿no quieres esperar conmigo?" y ella dijo, "No, Pinkie, corre" y yo pregunté "¿Porqué?" y ella me respondió "Por tu vida", y entonces yo pensé, "Hey, ¿porqué debería correr por mi vida?"…

-Por favor, alguien haga que pare… -susurró Kirei.

-…Y entonces pensé, "Tal vez Applejack tenga algo muy urgente que hacer" pero entonces vi venir a medio Ponyville hacia mí y pensé, "Hey, ¿Porqué corren todos?" y entonces…

-¡Basta ya, maldita bestia atormentadora de color rosado! –bramó Kirei perdiendo los estribos. Hubo un silencio sepulcral en la sala, interrumpido apenas por alguna tos lejana.

-Ah, Pinkie… regresa a tu sitio. –le pidió Luna con un hilo de voz.

-Oki doki loki. –contestó, volviendo a la normalidad y saltando hasta pasar por el lado de Kirei. –Hola, monstruo, gusto en verte… de nuevo.

Kirei gruñó, deseoso de darle una buena patada a la abominación rosada.

-Adelante, Fluttershy.

Ahí estaba de nuevo, la pequeña pegaso de flancos amarillos que había intimidado en el campo. A todas luces seguía asustada y sus largas crines rosas rozaban el suelo de tan inclinada que estaba su testa. Al llegar junto al estrado se dejó caer en sus flancos traseros, mirando a todos lados menos a Kirei.

-Dinos, Fluttershy, ¿qué tienes que aportar a este caso? –preguntó Luna. La pegaso miró de soslayo a Kirei, temerosa, y tragó saliva.

-Yo… estaba en el campo atendiendo a mis animales, como siempre. –explicó a media voz. –De pronto vi venir hacia mí a una estampida, y como había un escarabajo indefenso decidí quedarme para evitar que lo aplastaran, y entonces…

De nuevo, sus ojos se encontraron con los del hombre, angustiados. Fue ahí donde Kirei sopesó de verdad el lío en que se había metido, pues en cuanto Fluttershy les contara lo de la daga se metería en un problema serio; no sabía qué tan grave era la condena por atacar así a un ciudadano de ese limbo, y si bien el semental le había jurado que no había pena capital podría pasarse años en la prisión, solo, durmiendo sobre paja y comiendo manzanas.

-Yo… no entendí porqué estaba tan alterado, pero como fuera… vi una de sus armas. –concluyó, y su voz descendió aún más. –Él me miraba, y yo… lo miré. Fue entonces que Rainbow apareció y me salvó.

-Y lo haría de nuevo. –dijo una voz en la multitud. Kirei se volvió y vio un pegaso azul de crines multicolor que lo observaba a su vez con desagrado.

-¿Y es todo, Fluttershy? –interrogó Luna. La pegaso asintió. –Puedes volver a tu sitio.

-Dadas las pruebas obtenidas por los testigos –habló de nuevo Celestia –no nos queda duda alguna de que la criatura ha deliberadamente actuado de manera hostil contra los ciudadanos de Ponyville y que tal acción merece un castigo. Sin embargo –añadió acallando los nuevos murmullos. –aún tenemos el conflicto de no saber qué clase de criatura es y por lo tanto puede que nuestras leyes no cubran a su especie.

La esperanza renació en el pecho de Kirei. Si de verdad no eran capaces de tratar a un humano podría verse libre, y cuando lo estuviera… ya pagarían caro haberlo agredido de ese modo tan humillante. Ponyville y Canterlot arderían del mismo modo que ardió Japón ante sus ojos, y él de nuevo quedaría de pie, triunfante, alimentándose de la devastación y del sufrimiento de los que ahora osaban insultarlo. De sólo pensarlo dibujó una mueca psicópata y dirigió sus ojos malignamente a su alrededor.

-En ese caso no tengo más remedio que…

-¡Alto, alto, detengan esa sentencia!

Todos se volvieron, viendo llegar a una poni de color turquesa que sin más se abalanzó hasta las escalinatas. Sus grandes ojos destellaban enloquecidos y suplicantes mientras avanzaba hasta el estrado.

-Lyra… ¿acaso tú sabes qué especie es esta criatura?

-¿Que si lo sé? ¿Pregunta que si lo sé, oh princesa? –chillaba visiblemente alterada. -¡Por supuesto que lo sé, y de haberlo sabido antes…! ¡Oh, princesa, he esperado toda una vida por ver este día llegar y al fin está aquí! ¡Lo que tenemos delante –agregó extendiendo las patas delanteras en dirección a Kirei –es un espécimen macho y de la mejor calaña de un homo sapiens!

A todas luces su explicación no dio el efecto que buscaba, porque de nuevo los ponies se pusieron a hablar entre ellos. Lyra, desconcertada, añadió:

-¡Anthropus! –nada. –Un humano…

-Lyra, ya te hemos dicho que los humanos no son reales… -comenzó a hablar el unicornio que había escoltado a Kirei.

-¡Es mentira! –replicó. -¡Lo están viendo con sus propios ojos, esto es un humano promedio, con sus dos patas y sus dos manos y… y… OH, QUIERO TOCARLO! –sin que nadie pudiera evitarlo, Lyra se abalanzó sobre Kirei y frotó su cabeza contra la mejilla izquierda del clérigo, extasiada. –Es tan suave… y huele tan bien… -añadió metiendo el hocico entre sus cabellos.

-Quítenmela de una vez… -gruñó temblando de rabia, deseoso de estrangular a la animada yegua. Lyra se deslizó hasta el suelo usando su pierna como vil tubo y se quedó a su lado, mirándolo con ojos de amor febril, como el coleccionista que encuentra la pieza que le faltaba.

-Pues si de verdad es un humano y Lyra lo puede asegurar… -comentó Celestia, que había estado observando la escena en total calma. –no existe en Equestria ninguna regla que aclare cómo tratar a su especie.

-¡Yo sé cómo! –exclamó Lyra presa aún de la emoción. -¡Por favor, oh princesa, permítame estudiarlo!

-Estudiar sería lo último que haría con esa cosa. –comentó Rainbow, de pie junto a Fluttershy que, sin embargo, parecía aún sorprendida por la revelación.

-Un humano… se ve tan frágil, sin cascos ni nada que lo proteja…

-Tal vez, si se trata de un ser con capacidad de aprender, podríamos reeducarlo. –inquirió Celestia, buscando con la mirada entre la multitud. –Twilight, ven aquí.

La unicornio violeta echó a andar hasta el estrado, teniendo el cuidado de no ponerse al alcance de Kirei.

-Majestad…

-¿Qué te parecería hacerme el gran favor de educar al humano para volverlo una criatura de bien, Twilight?

-Majestad… ¿se refiere a yo sola? –preguntó Twilight, incapaz de ocultar su nerviosismo.

-Tal vez tus amigas puedan ayudarte… y sería lo conveniente. –le tranquilizó la monarca.

-¡De ninguna manera! –replicó Kirei. –No van a educarme un montón de animales inferiores como ustedes… Deus creavit hominem ad imaginem et similitudinem suam…

-¿Qué está diciendo ahora?

-Déjame ver si puedo razonar con él, hermana. –contestó Luna, volando sobre el estrado y plantándose delante de Kirei. –Humano, es tu lengua desconocida para nuestro pueblo y en nombre del imperio te exigimos…

Pero todo lo que Kirei escuchó fue un trabalenguas rítmico que le heló la sangre. No le quedaba duda, la yegua estaba poseída o algo peor.

-¡Vade retro! –bramó, buscando retroceder pero tropezando. Aún estaba atado al arnés de Macintosh y a pesar de su caída el caballo pareció no inmutarse.

-Pues bien, eso soluciona todo. –concluyó Celestia alegremente. –Es mi deseo y mi orden que el humano sea custodiado en Ponyville y educado para acoplarlo a la armonía de Equestria. Eso es todo.

Las seis amigas se miraron a su vez, preocupadas. Pero si ellas estaban dudosas de que la orden de Celestia fuera a cumplirse, Kirei mucho menos pensaba cooperar.

Capítulo dos, wiii n.n por fin empezará lo emocionante. Hoy no hay aclaraciones así que sólo agradezco a quienes han dado follow y favoritos a la historia… ¡oh, y no olviden comentar por favor! Aunque sólo sea un "buena historia, continúa" me hacen el día.

Próximo capítulo: Antropología (featuring la genial Lyra y un par de personajes especiales…)