Capítulo 2
Recuerdos con tamagoyaki interrumpidos por menta con chocolate
...
«¡El peso de tus palabras es más importante que el volumen de tu voz!»
— Manprit Kaur
Desde que era pequeño, a Tetsuro han empezado a gustarle las personas (y comenzado a hacerse amigo de ellas) por el sabor que sus voces poseen, siempre. Cuando le había dicho por primera vez a Kenma, su amigo de la infancia, que su voz sabía a helado de vainilla derritiéndose en el paladar, el niño había pausado su juego de vídeo y le había observado intensamente.
—Las voces de las personas tienen… ¿sabor? —el chico preguntó, aún inseguro de que lo que había escuchado.
—¡Sí! ¡Es diferente para todos! —un muy emocionado y sonriente Tetsuro respondió—. La de mi mamá sabe a té verde y la de mi papá a salmón.
Kenma no había sabido cómo contestarle a su amigo que él no podía percibir los sabores de las voces de las personas así que deshizo la pausa en su juego y se enfrascó en él, prestando escasa atención a las palabras que podían abandonar la boca de su amigo.
—Oye, Kenma —los pupilas de Kuroo le recordaban a Kenma a los de un gato, pequeños y delgados, brillando y llenos de curiosidad—. ¿Cuál es el sabor que tiene mi voz?
El niño, en ese entonces, de cabello negro pensó que había algo mal en él porque no podía saborear nada cuando el otro le hablaba. Los ojos ambarinos veían fijamente al niño de peinado extraño, como si con ello pudiese darle más fuerza a sus palabras.
—No tiene ninguno.
Y, por primera vez, Tetsuro sintió que la dulzura del derretido helado de vainilla que sentía en ese momento había sido reemplazada por uno tan amargo como el de un grano de café recién mordido.
Tetsuro consideró el no escuchar a nadie, perderse en un silencio que no tuviese fin; pero no importaba a dónde fuera o el lugar en el que estuviera, siempre había ruido. Siempre había voces. Siempre había sabores.
Una tarde fracasó en imitar un movimiento de voleibol que había visto en la televisión. La mala caída había ocasionado que se torciera el tobillo y no pudiese levantarse ni aún después de haber esperado unos minutos (para ver si el dolor disminuía). Una llamada telefónica hecha por Kenma —quien había estado con él— había hecho que sus padres llegaran inmediatamente y le llevaran al hospital.
Las distintas voces de las personas que estaban en el hospital creaban una combinación de llantos, susurros, palabras que luchaban por salir en forma de gritos. Los sabores que el niño experimentaba eran demasiados y ya no podía distinguir cuál era cuál.
Sentía asco.
Afortunadamente, el doctor había indicado que pasaran y pronto se encontró pidiendo amablemente un poco de agua. Su padre le tendió una botella que había adquirido justo antes de que les atendieran.
Un breve interrogatorio después el doctor se puso a revisar el tobillo del niño.
—Gracias —Tetsuro dijo después de beber más de la mitad del contenido de la botella, haciendo una pequeña mueca mientras el doctor movía ligeramente su pie—. Las personas tenían muchos sabores.
Los movimientos del médico se detuvieron y se dirigió, un poco sorprendido, hacia el niño.
—¿Las personas tienen sabores?
Tetsuro, recordando lo que había sucedido con Kenma, asintió lentamente.
—Sus voces —añadió aún inseguro—. La de mi papá sabe a salmón —volteó a verlo y notó cómo le sonreía. Devolvió el gesto—. La de usted… tamagoyaki.
El hombre rio levemente.
—Tu tobillo está bien, sólo un poco inflamado. Te recetaré algo pero debes ser muy cuidadoso durante las próximas dos semanas, ¿de acuerdo? —Tetsuro asintió—. Y ahora, ¿sólo tú tienes sinestesia?
Cuando había escuchado lo que tenía, Tetsuro se asustó. ¿Cómo podía ser posible que tuviera algo y él no lo supiera? Su rostro comenzó a deformarse en una expresión de miedo y preocupación… ¿acaso iba a morir?
No obstante, el médico se apresuró en explicarles al niño de diez años y a su padre que el que las voces de las personas tuvieran sabores no era normal pero tampoco era algo malo y, sobre todo, que no se trataba de una enfermedad grave. Habló de investigaciones, de otras personas, que él no era el único con una habilidad así. Sin embargo, entre todas esas personas, él tenía un tipo de sinestesia muy peculiar.
Su padre pareció recordar entonces que su madre, abuela de Tetsuro, frecuentemente les decía que el nombre completo de su nieto le encantaba, que le sabía a fruta con un poco de miel encima; que el Tetsu se sentía como un melocotón en su paladar, aterciopelado, dulce. Que cada una de las palabras eran las que tenían el sabor, cambiando frecuentemente y de acuerdo a las cosas que leyera en algún lugar o algo que dijese la persona con la que estuviera hablando. Él lo había considerado como una peculiaridad de ella, al igual que lo había hecho con su hijo. Tanto él como su esposa no quisieron indagar más.
Habiendo conversado unos cuantos minutos más y después de haber recibido la prescripción médica, Tetsuro decidió que esa tarde buscaría el origen del sabor de las voces.
—¿Kuro-chan?
Chocolate con un toque de menta es lo que arranca a Tetsuro de sus recuerdos y hace que aparte la vista del libro que ha estado leyendo.
—Oikawa —dice en reconocimiento para después voltear hacia atrás, confirmando que el castaño se encuentra a sus espaldas.
Lleva una larga bufanda blanca que se enreda en su cuello y un suéter viejo de un color verde menta que le recuerdan a esos dulces que una vez comió. Se pregunta si Oikawa intenta hacer una pequeña burla sobre su sabor o si simplemente está nostálgico por el color que formó parte de su uniforme durante tres años. Una línea de pintura café está dibujada en su enrojecida mejilla (gracias a un intento fallido por quitarse la pintura del rostro) mientras otra poca, esta vez blanca, permanece en las puntas del cabello del muchacho.
Tetsuro se pregunta cómo es que el otro nunca luce mal a pesar de verse desaliñado. No es como si en realidad le importara pero no por ello le dirá algo sobre los cabellos blancos que se distinguen entre los castaños.
—No es justo —dice con una mano en la cintura mientras en la otra sostiene su caballete portátil. Camina hacia Tetsuro y toma asiento a su lado.
—¿El qué?
—Que ni siquiera tengas que voltear a ver a alguien para saber de quién se trata.
—Tu voz es inconfundible, eso es lo que sucede —da vuelta a la página y trata fuertemente de concentrarse en lo que está escrito frente a él.
Sabe que Oikawa le observa sin decir nada, tal vez analizando los pequeños detalles de su rostro en busca de algo. El qué, no lo sabe, y tratándose del castaño no desea preguntar. A veces no puede evitar compararle con Tsukishima —un chico alto, rubio y con gafas— pues no sabe cuál de las cosas que pueda decir alterará el ánimo del otro. Tsukishima recurre al sarcasmo; Oikawa es más… especial.
Lo que Tetsuro no sabe es que a Toru le exaspera que el pelinegro esté tan tranquilo cuando tienen un proyecto por hacer; cuando él ha terminado varios cuadros y ninguno le ha convencido lo suficiente como para presentarlo.
—¿Has terminado el proyecto? —pregunta lo que le interesa saber, sin rodeo alguno. Las comisuras de sus labios se levantan un poco al notar que el otro ha dejado de tener la mirada perdida en el libro porque, en efecto, no lo estaba leyendo. Le ha estado observando lo suficiente como para ver que no ha pasado de la misma página; se atreve a asegurar que ni siquiera ha terminado el mismo párrafo.
—Aún no —responde honestamente—. No logro encontrar el tono correcto.
—¿Oh? —dice por costumbre, queriendo obtener más información a la vez que saca de un estuche su par de anteojos; los limpia y se los pone. Frota un poco su mejilla pero la línea de pintura se niega a desaparecer—. Es muy raro que no lo hayas terminado ya.
—Sólo necesito un tono pero… Oh, olvídalo, creo que ya sé cómo hacerlo.
Y una vez más Toru es testigo de cómo Kuroo encuentra una rápida solución; cómo para él los bloqueos parecen ser cosas insignificantes, excusas que los demás ponen para no terminar lo que hacen. Toru supera esos problemas pero no a esa velocidad. Oh, cómo le admira y detesta al mismo tiempo.
El castaño busca de entre sus cosas su cuaderno de bocetos, determinado a plasmar ideas, a formar algo con ellas en lo que pueda trabajar, quedar satisfecho y entregar. Necesita trabajar porque está atrasado y no quiere perder ante Tetsuro, su compañero y rival. Voltea a ver a Kuroo de reojo sólo para notar que este ha vuelto a su libro. Una página nueva y Toru prepara una hoja en blanco, sostiene firmemente su lápiz y comienza a observar a Kuroo, grabándose la forma en la que el pelinegro toma la esquina del libro. Dibuja líneas delgadas, transformándolas en un par de manos y un rostro con finas cejas y ojos aparentemente cerrados; plasma líneas gruesas que se convierten en un peinado extraño, en los límites que conforman su ropa, en la pasta dura del libro ante él.
Un rasgueo de una hoja al ser pasada se escucha al mismo tiempo que el del grafito deslizándose por el papel.
—¡Kuroo-san!
Un grito a la distancia y otro sabor hace acto de presencia. Es algo que jamás ha probado así que no puede saber con exactitud lo que es. Se siente líquido, un poco espeso y está entre lo dulce, lo picante y lo ácido. Es algo muy inusual y Tetsuro no puede evitar pensar que el sabor es acorde al dueño pues Hinata Shoyo es, en cierta manera, excepcional.
La pequeña figura se va haciendo cada vez más grande con cada paso que da, acercándose a los dos muchachos, interrumpiendo totalmente el movimiento de unos dedos al deslizar otra página, deteniendo a otros y al lápiz que estos se han encargado de sostener.
—¿Y Tobio-chan? —Oikawa pregunta una vez que el pelirrojo ha llegado hasta ellos. Es muy raro no verles juntos deambulando entre clases.
—Está molesto —resopla— dice que no puede hacer lo que le pidieron y me ha pedido que me vaya.
Tetsuro cierra el libro y se gira a ver a Hinata; la expresión que pone le causa un poco de gracia. Voltea a ver la reacción de Oikawa y la sonrisa de satisfacción que éste tiene en el rostro es tan amplia que es imposible pasarla por alto; los ojos le brillan. Seguramente está feliz de que su kohai sufra un poco con su proyecto.
—¿Creen…? —comienza, tomando asiento y jugando con los dedos de sus manos y mirando hacia cualquier lugar menos a los ojos de las personas que tiene enfrente—. ¿Creen que lo que en realidad necesita es espacio? —hace una ligera pausa—. Quisiera preguntarle a Sugawara-senpai si algo está mal con Kageyama pero no le he visto.
Tetsuro conoce a Kageyama Tobio, pero el otro es un nombre nuevo para él. Al parecer no lo es para Oikawa.
Toru, a pesar de que disfruta que su kohai esté en problemas, se ha sorprendido porque el pelirrojo, estudiante de Psicología y más que un amigo para Kageyama, no es capaz de distinguir cuando el otro está ocupado o tiene un problema. Aunque le comprende, Tobio se había comportado de una forma que iba más allá de sus expectativas hacía unos dos años.
Por otro lado, Tetsuro cree que Hinata está pensando de más y, por ende, torturándose con ello. No le culpa.
—No creo que debas preocuparte —Toru dice. Sonríe inmediatamente al ver el pequeño brinco que el pelirrojo ha dado ante sus palabras—. Tal vez Tobio-chan sólo quiere apresurarse y terminar lo que le asignaron o el profesor a cargo es uno muy exigente y no consigue cumplir con los requisitos del trabajo.
—No lo pienses tanto —las palabras abandonan la boca de Tetsuro mientras se acomoda y apoya su cabeza en una mano—. Ya lo conoces —el otro sonríe y es cuando decide cambiar de tema—.Y bien, ¿cuándo comenzarás a realizar tus prácticas?
Hinata delibera unos cuantos segundos antes de responder.
—Creo que aún falta para eso. Tal vez cuando esté en mi tercer año. He decidido enfocarme en la "Evaluación, diagnóstico y tratamiento en niños" —recita orgulloso el nombre de su asignatura como para no perder de vista su objetivo.
El bermejo platica mientras Oikawa resume su actividad y Tetsuro pone atención a lo que el recién llegado dice; Hinata siempre acompañando sus charlas con movimientos con las manos, con una amplia sonrisa y un brillo especial en los ojos; Tetsuro sonriendo, notando las señas que las manos del otro forman, con la mirada puesta en su interlocutor; perdiéndose en palabras y en un sabor específico.
—Ah… hola.
Cualquier cosa que Hinata pueda decir después queda en el olvido. Tetsuro se gira al notar una explosión de sabor en su paladar muy conocida pero que sólo se ha presentado anteriormente una sola vez. Un sabor que opaca inmediatamente a la mezcla anterior y que ahora puede distinguir un poco mejor. Es dulce y ácido y evocan en él el color plateado que no ha podido plasmar y el lunar bajo un iris avellana que no ha podido olvidar.
Notas:
Gracias por darle una oportunidad a esta pareja rara y a la historia, por comentar, seguirla o añadirla a sus favoritos (nótese mi o inclusiva). Cualquier duda así como sus sugerencias será bien recibidas :D
