Amante
Amanecía en la hermosa isla de Creta, Grecia, al salir el sol, todo se iluminó desprendiendo gran belleza, pero uno de los lugares más ocultaos y que poseía una belleza privada, se erigía una gran edificación, varios templos que conformaban uno más grande, el Santuario a Dionisio, dios del vino, las celebraciones y el sexo sin distinciones (o sea bisexual).
Quienes cumplen el deber de protegerlo y servirle no son sino las ninfas y sátiros, todos consagrados a él desde la era mitológica.
Pero ahora que Athena ha recobrado la memoria y sus santos también tras lo que pasó con Artemisa y Apolo, él se ha visto obligado a intervenir, pero lo haría al menos de forma más indirecta, total, siendo el dios más joven y fiestero, no sería por la fuerza sino por el placer.
- Dionisio-sama… -la delicada voz de una muchacha llegaba a sus oídos, se dio vuelta en su lecho para abrazar el delicado y estrecho cuerpo de su acompañante- Dionisio-sama… despierte…
- Sólo dame un momento más Milena… ¿cuál es la prisa? –la voz del dios sonaba soñolienta y acomodó su cabeza sobre el busto de la chica para seguir durmiendo
- Dionisio-sama, estuvo con Milena la semana pasada… -la voz de la chica ahora denotaba molestia ante la confusión- soy Círce
- ¡Círce! –en ese momento se quitó de encima, despertando por completo, viéndola bien- lo lamento, pero sabes como soy –y rió falsamente para aplacar el enfado de la joven
- No importa, total… -bufó algo abochornada desviando el rostro- no me confundió con mi hermano…
- Sabes que eso es sólo en el aroma, ambos tiene un aroma exquisito… -su tonta sonrisa cambió por una más sensual, estiró la mano con delicadeza tomando el rostro de Círce, haciéndola voltearse para que lo viera a los ojos, acercaba su rostro al de ella mientras bajaba su mano tocando su cuerpo, quitando la sábana que ocultaba las buenas curvas de la peliblanca, rodeó su cintura con esa única mano atrayéndola a él besándola fogosamente
- Dionisio… sama… -dijo su nombre al separarse un poco
- ¿Ya… no estas molesta?
- No…
- Buena chica… así me gusta…
- Tampoco soy su mascota
- Lo siento, lo siento…
- Bueno… -suspiró y se levantó dejando ver al descubierto totalmente su blanca piel, el cabello blanco platinado que llegaba hasta su espalda baja y las buenas curvas que poseía- entonces, aparte de mi hermano y yo, ¿a quiénes piensa enviar?
Dionisio se puso también de pie tomando la sábana envolviéndola alrededor de su cintura para cubrirse y caminó unos cuantos pasos hacia su balcón, observando a quienes ya despiertos daban vuelta de acá para allá, su semblante era ahora serio, bien sabía que enviar a Círce y su hermano Asthor era excelente estrategia, total, eran como sus generales, pero sabía que también los arriesgaba, los santos de Athena no eran cualquier cosa y eso bien lo había demostrado.
- Jacqueline, Edward, Cloe, Sora y Dafnis –volteó a ver a Círce que ya se hallaba en su armadura- con sus cualidades sé que te será más sencillo hacer este trabajo
- Ya veo
La chica caminó hacia la puerta colocándose el caso de la armadura y volteó un momento sonriendo de lado, bajando el antifaz del casco ocultando la picardía de sus ojos.
- Entonces Dionicio-sama enviará a sus mejores amantes a la gran batalla… vaya, que sacrificado
- Sabes que buenos no son sólo en la cama –el dios rió ante su propio comentario y llamó a la joven un momento antes de que se marchase- partirán mañana en la mañana, así que dile a tu hermano que quiero verlo esta noche
- Si, se lo diré, nomás no lo confunda con James o alguno de los otros... u otras
Círce salió de los aposentos de su dios con una sonrisa en los labios, después de todo lo que había dicho era la pura verdad, Asthor, Jac (Jacqueline), Edward, Cloe, Sora, Dafnis y ella, siempre fueron los amantes Nº 1 del jovial dios del vino. Pero ahora, al fin, después de mucho tiempo, sus destrezas se verían fuera de la cama, ahora se traba del verdadero campo de batalla. La elección estaba hecha, vivir o morir eso ya no tenía importancia.
