Capítulo 2: Un sentimiento escondido.
Al abrir los ojos, lenta y pesadamente, lo primero que pudo ver fue un techo metálico, pintado de un blanco impecable, y colmado de luces en forma de tubos alargados que se disponían de a pares, cada cierto espacio. En ese momento le pareció que brillaban de forma inusual, amenazando con cegarla de tanto esplendor y luminosidad. Luego de unos cuantos segundos, comprendió que en realidad era ella la que no se acostumbraba del todo a la luz que emanaban esos tubos.
Kagura se removió incómoda en su lugar, notando al fin que no se encontraba en su pequeña "recámara". Miró hacia los lados y, al ver una sala nívea con finas rayas azules horizontales en las paredes y dos pequeñas mesitas, le hizo entrar en detalle, y no menos importante, de que había otra cama junto a la de ella, en la que se encontraba reposando tan tranquilamente.
"Éste no es mi cuarto" pensó inmediatamente. "¡Y estoy sobre una cama! ¿Pero en dónde me encuentro entonces? ¿Acaso me secuestraron? ¿Los inútiles de los polis me habrán encarcelado?".
De pronto, notó leves movimientos del otro lado de la habitación, a pocos metros, y vio que una figura se acomodaba sobre el colchón, durmiendo plácidamente.
Se sentó con un poco de esfuerzo para observarlo mejor. Al principio no pudo reconocer bien a su acompañante, dado que tenía la cabeza girada hacia el lado contrario a ella, pero luego, cuando se volteó un poco, lo pudo confirmar con suma precisión. Pronto no dudó en apuntarle con el dedo y reclamarle a todo pulmón, su estadía junto con ella.
—¡¿Se puede saber qué $%* haces tú aquí?!
—¿Eh? ¿Qué? —respondió Sougo Okita con pereza.
—¡Lo que dije! ¡¿Qué haces en este lugar?! Y por cierto, ¿dónde estamos? —preguntó, bajando el tono de voz y mirando alrededor, reparando en el hecho de que ni ella misma sabía en dónde se encontraban exactamente.
—Es un hospital.
—¿En un hospital? ¿Pero cómo, cuándo? —Y de pronto, como si le hubiese caído un baldazo de agua fría, recordó la conversación que había tenido con el samurái y todo lo ocurrido antes de que cayera inconsciente.
Como un acto reflejo, se quitó bruscamente la sábana que tenía encima y corroboró que su pie aún seguía allí, adherida a ella con algunos vendajes. Exhaló un suspiro desahogado, lleno de alivio.
—¿Qué te pasó, china? ¿Acaso ya estás delirando por la fiebre?
Miró de nuevo hacia un costado, de donde provenía aquella voz. Él estaba acostado, boca arriba, con una mano encima de su cabeza y la mirada fija en ella. No llevaba su típico uniforme negro ni tampoco veía su espada por ningún sitio.
—¿Y tú por qué estás aquí? —le preguntó con incertidumbre, olvidando por un momento lo mucho que lo despreciaba en algunas ocasiones.
—Es que cada vez que te veo, vomito tanto que me tienen que internar.
—¿Ah, sí? —le contestó, molesta e incómoda de encontrarlo allí también—. La cuestión es que estamos los dos en la misma habitación. ¿Y eso por qué?
—No había salas disponibles para gente indigente como tú, y al jefe no se le ocurrió mejor idea que ponerte aquí; después de todo, Kondo ya había pagado la habitación para que estuviera yo solo —explicó con naturalidad el chico de cabellos castaños, antes de inflar un globo con su goma de mascar.
La hizo estallar y luego, con la lengua, volvió a meterse todas las partes chiclosas que se quedaron adheridas a su cara. Se puso a masticar ruidosamente y fue ahí cuando la joven reaccionó.
—Quiero uno —murmuró sin pensar, mirando de forma hipnótica a lo que el chico tenía en la boca.
—No —negó tajante y sin piedad alguna. No lo tuvo nunca con ninguna persona, y no comenzaría en ese momento con la pequeña amanto que tenía a su lado.
—Anda, dame, sólo uno —suplicó ella, sin un ápice de vergüenza o timidez. No le molestaba tener que rogar por comida o algún alimento. Simplemente no tenía orgullo para cosas mundanas. Y esa endemoniada golosina, con su color rosa pastel, su perfume dulce y su elasticidad, le provocaban una terrible tentación que no se privaría de probar.
—No —volvió a negar secamente y sin pesar.
—¡Que me des un poco, he dicho! —exclamó, cansada de recibir sólo negativas.
—¡Que no! Solo tengo uno y es el que estoy masticando.
Derrotada, frustrada y sobre todo desilusionada, se paró sin importarle que tuviera un tobillo lastimado, y fue rengueando hacia donde se encontraba aquel irritable sujeto.
—¿Qué vas a hacer, china?
—No te puedes parar, ¿no es cierto? Tienes la pierna enseyada, ¿no es cierto?
—Se dice "enyesada", cavernícola. Y sí…lo está. —Dudó un poco al confirmar su temporal estado de invalidez.
—Bueno, entonces te quitaré el que tienes en la boca.
—¿Ah? Ni de broma, monstruo, no te lo daré.
—¡¿A quién le dices monstruo, delincuente?! —gritó disgustada cuando se acercó hacia su cama—. ¡Dámelo ya!
En un rápido arrebato, y sin el menor de los cuidados, la chica agarró la quijada del muchacho con una de sus manos, mientras que con la otra, intentaba quitarle el chicle de la boca. Tan brusca y violenta fue la embestida, que al chico apenas le dio tiempo de reaccionar y ponerse a la defensiva para evitar el atraco.
—¡Suéltame, loca de $%*! —exclamó él exasperado, tratando de quitarse esa mano escurridiza de la cara.
—¡No! ¡Quiero que me lo des!
El forcejeo comenzó a ponerse cada vez más reñido. A pesar de estar con una pierna cubierta de yeso y con una soga que la levantaba ligeramente hacia arriba, con sus manos sabía defenderse bastante bien.
Como las cosas no estaban resultando tan fáciles como ella lo esperaba, buscó la manera de neutralizarlo por completo. Sin pensarlo demasiado, se subió a la cama para no tener que permanecer estable en un solo pie, y se sentó encima del abdomen del muchacho. Desde allí, creyó que podría doblegarlo sin hacer tanto esfuerzo, pero se equivocó. Su adversario era un digno contrincante que no daba el brazo a torcer.
—¡Dámelo de una vez, pedazo de estiércol!
El grito de la chica se pudo oír perfectamente desde afuera de la pequeña sala.
—¡No, jamás! ¡Sal de encima de mí, chimpancé amaestrado!
—¡No, hasta que me lo des!
Ignoró totalmente el insulto y prefirió continuar con su "petición" nada formal ni amable.
De pronto, la puerta se abrió de par en par y cuatro sujetos entraron alarmados por tantos gritos, pero ninguno de los dos jóvenes pareció notar ese detalle.
—¡Kagura, ¿qué demonios estás haciendo?! ¡Bájate de ahí! —ordenó Gintoki, enfurecido.
—Gin-chan, no quiere dármelo —le reprochó ella, girándose hacia la puerta y a la vez golpeando al sujeto que tenía debajo de ella.
—¡Sougo! ¿Estás bien? —se apresuró a preguntar un Kondo muy preocupado por el capitán de su primera división.
—Sí, solo que tengo ¡una vaca encima! ¡Quítate de una vez!
—¡No! ¡He dicho que no lo haría hasta que me des eso! —exclamó Kagura, volviendo a forcejear con él y tratando de ahorcarlo.
A los pocos segundos entró también la enfermera, y tuvo que contener un grito de horror al ver tal inconcebible escena desarrollándose en aquella habitación. La actitud de la chica fue lo que más le escandalizó, por lo que pidió amablemente a los visitantes que trataran de separarlos.
Luego de que lograran —entre los cuatro hombres (Gintoki, Kondo, Hijikata y Shinpachi)— devolver a Kagura hacia su cama, la enfermera sugirió muy seriamente transferir a la chica hacia otra sala. Eso representaba un grave problema para el samurái de cabellos plateados, debido a que no tenía los recursos monetarios que se necesitaban para poder mantener su estadía allí hasta que se recuperara. O mejor estaría decir, que no quería que Kagura volviera a su casa aún, puesto que tampoco tendría el dinero suficiente para comprar los medicamentos, vendajes y demás cosas para hacer que ella mejorara en su domicilio.
—No, no, no. Estoy seguro de que no causará muchos problemas. Usted sabe, con una pequeña dosis —guiñó un ojo, insinuante— ella quedará tranquila, sin hacer nada, ¿me entiende?
—¿Qué está queriendo decir? —preguntó la enfermera, horrorizada—. ¿Acaso sugiere que la mantenga sedada mientras permanece aquí? —Se acomodó un poco el cabello rubio y abultado. Su elevada estatura era razón suficiente para que los cuatro hombres tuvieran que alzar su vista para mirarla.
—Bueno, señora, yo no diría que la tendríamos "sedada" sino "dormida", ¿entiende? —agregó Shinpachi, sumándose a la conversación.
—¿Cómo dice?
Entonces Kondo-san, desde las cercanías de la cama de Okita, tosió un poco y acaparó la atención de la pequeña junta. Se arrimó hacia ellos, seguido de su vicecomandante y luego habló también acerca del tema.
—Es verdad, señorita. No lo mire como un "tenemos que dormirla" sino como un "tenemos que mantenerla tranquila". ¿Sabe? Ella es una chica muy especial, muy brava —bajó el tono de voz hasta que llegó a un simple susurro y se acercó más a ella—. A veces desvaría y dice "cosas".
—Sí, sí. Eso, dice muchas cosas raras. Visiones, sí, eso es lo que ve.
—Patsuan tiene razón, está un poco trastornada. No le caería mal una siestecita, ¿eh?
—¡¿Pero qué están sugiriendo los tres?! ¿Se han vuelto locos? Si la chica tiene un problema de disciplina, serán ustedes los encargados de responder por ella. Y si no pueden hacer ni siquiera eso, tendrá que salir a terminar su recuperación a otra sala. ¿Entendieron?
La mujer fue muy clara con su hablar: o hacían que mantuviera una respetable conducta o tendría que ir a la calle; porque eso sucedería, probablemente, al no tener dinero para pagar el tratamiento.
—Demonios —suspiró Gintoki—. Y yo que creí que podría dejarla aquí e irme al casi… digo, hacer mi trabajo como Yorozuya. —De pronto, reparó en el hecho de que no estaba solo, y que lo que decía, seguramente, sería escuchado por los presentes.
—No. La verdad, no me interesa lo que digas, Gin. De todas formas yo ya sabía que estabas planeando hacer eso. ¿Cómo puedes? ¿Dejar a Kagura aquí, sola, sin nadie que la visite? No tienes alma —reclamó Shinpachi.
—Cállate, que tú querías hacer lo mismo, querías… —Pero la oración de Gintoki se vio interrumpida, cuando oyó nuevos gritos e insultos que provenían de sus espaldas.
—¡Que no, cómprate unos, zorra!
—No tengo dinero. Hazlo tú, sádico.
—Ni que estuviera loco. ¿Por qué te compraría algo?
—Porque si no lo haces te volaré la cabeza.
—¿Ah, sí? Inténtalo.
—Claro que lo haré, miserable.
Y allí estaban de nuevo, discutiendo a diestra y siniestra. Más aún, la única razón por la que los dos estén lastimados y hospitalizados, no es más que por culpa de ellos y solo de ellos, ya que se habían encontrado de casualidad en la plaza y comenzaron uno de sus tantos juegos inútiles de rivalidades. "Yo corro mejor que tú" fue el lema que los hizo dar veinte vueltas a la cuadra y que terminaran golpeándose el uno al otro por querer sacar ventaja.
—¡Basura china, no te me acerques!
—¡¿Basura? ¿Yo?! ¡¿Y entonces tú qué eres? ¿Desperdicio tóxico?!
—¡Basta los dos! —bramó la enfermera, hastiada de tanta discusión—. Si no se callan, los echaré de este lugar. Quiero orden y sumo silencio. —Y dicho eso, salió de la habitación, dejando a un Shinpachi completamente anonadado y maravillado por tal acto de firmeza.
—Qué carácter. Una novia así, te vendría bien, Gin-san.
—No. La verdad que no. No me gustaría alguien tan mandona y sangrona.
—Por lo pronto —interrumpió Hijikata—, tendrán que mantener a su chica calmada. Les sugiero que empiecen a pensar en alguna manera o el acuerdo no se cumplirá.
—¿Qué acuerdo? ¿De qué hablan?
—Nada, nada, Kagura, tú solo quédate quieta y no hagas escándalo, ¿quieres?
—Pero Gin… quiero un chicle.
—¿Eso es todo? ¡¿Es por eso que se estaban peleando?! Niña del demonio, harás que nos echen de aquí.
—Si quieres que esté tranquila, ¡entonces cómprame un chicle! —Fue sincera, aunque muy caprichosa también. Se habría enfrascado en la idea de una goma de mascar y nada le quitaría aquel anhelo de la cabeza.
Gintoki, viendo que no habría solución posible que no ameritara dinero, tuvo que salir a comprar la bendita golosina. Diez, así se entretendría un poco con ellos antes de que volviera a buscar una excusa para discutir con el otro herido.
A pesar de las muchas súplicas que le hicieron Gintoki y Shinpachi a cada una de las enfermeras que veían pasar por el pasillo, ninguna quiso prestarse a sedar a la muchacha para que pasara el resto del día y de la noche en paz. Su gran preocupación era esa: lograr que no hiciera disturbios por veinte horas. Puesto que el horario de visita era muy corto, la idea de poder vigilarla todo el día se hacía complicada. Es por eso que, en el primer día, no hubo nada que pudieran hacer más que dejarlos solos.
(…)
—Ahora tú tienes muchos. Dame uno —le ordenó Okita, observando la bolsa que tenía su compañera en la mano.
El horario de visita había terminado. Sólo quedaban ellos dos, solos, en la misma habitación. Mas la enfermera rubia y alta, merodeando cerca de esa sala, por si detectaba problemas entre ellos.
—Tú no quisiste darme ninguno —le habló Kagura, mostrándole la lengua en señal de burla.
—Porque no tenía, tonta. El que estaba masticando no podía dártelo, es asqueroso, además de… —Se quedó con la oración sin terminar al pensar que la mejor opción hubiese sido entregarle el chicle de supuesta buena manera—. Soy un tonto. Te lo hubiera dado, así te pasaría también la fiebre. ¿Por qué no se me ocurrió antes?
—¿Has dicho feria? ¿Me ibas a dar una?
—No, idiota. Fiebre. Estoy enfermo, por si no sabías.
—Mentira, solo tienes la pierna rota, eso es todo.
—No es solo eso. Estuve con mucha temperatura estos días. De hecho, tú también. Demonios, ¿por qué no te lo di? —se lamentó a lo último.
—No entiendo. ¿Acaso subieron la calefacción? —habló sin comprender muy bien a lo que se refería el otro. Estaba tan ensimismada masticando sus muchos chicles que se había metido a la boca, que ya casi no podía hablar correctamente.
—No, idiota. Que también tuviste fiebre. Te escuché hablar dormida en algunas ocasiones.
—¿Y qué decía?
—Hablabas de tu pie, de que no querías que te lo cortaran… o algo así.
—Ah sí, es verdad —afirmó al recordar su discusión con Gintoki—. Es que Gin me hizo creer que me lo iban a apuntar.
—Querrás decir amputar.
—Lo que sea. Me asustó, no quería venir. Pero de haber sabido que habría tanta comida, hubiese hecho que me internaran desde hacía mucho tiempo.
—Yo puedo ayudarte con mucho gusto.
Okita sonreía con malicia mientras la noche comenzaba a hacerse presente en los grandes ventanales que tenían a un costado. Kagura no pareció percatarse de aquel gesto, solo se limitó a comer sus demás golosinas que le habían comprado y luego se tumbó a dormir.
(…)
Cuando el horario de visita comenzó al día siguiente, el jefe de la Yorozuya supuso que se había originado un nuevo conflicto apenas llegó al hospital, en la planta de abajo. Ya desde la recepción pudo oír los gritos de Kagura y muchos insultos. No se molestó en anunciarse a la chica que se encontraba detrás del escritorio, fue directo al tercer piso en las escaleras, era preciso que llegara cuanto antes.
—¡¿Eso es todo lo que tienes, mugrosa?!
—¡Claro que no, tengo más, mucho más!
—¡¿Qué esperas entonces?!
Oyó que se gritaban cuando alcanzaba el segundo piso.
—¡No me dolió! ¡No creas que eso me dolió, eh!
De nuevo oyó a Okita incitando una nueva riña. "¿Es que eso dos jamás dejarían de pelear?" pensó cuando finalmente llegó. Sin embargo, al abrir la puerta, vio a los dos chicos muy cerca —ya que Kagura arrimó una silla al lado de la cama del chico— y jugando una "batalla naval" de mesa, en el abdomen de Okita. Éste apenas se había acomodado un par de almohadas, para poder quedar frente al tablero.
—Pero… ¿qué significa esto? —preguntó con sorpresa.
Contrario a todo lo que él pensaba, esos dos solo se insultaban por la mala o buena jugada del otro al tratar de hundir el "barco" del contrario. Unos comentarios exagerados, según su opinión, pero no menos saludable. Que se estuvieran insultando por un juego era mucho mejor que imaginar que se encontraban destrozando todo el hospital.
—¡Demonios! ¡Volví a perder! —exclamó Kagura con molestia, mientras su oponente sonreía de forma fantasmal ante el triunfo.
—¿Ves? Te lo dije, jamás podrás vencerme, mocosa.
—Momento, momento. Lo de mocosa no te lo permito, tú también eres un niño, ¿no?
—Tengo dieciocho, querida —ironizó con la última palabra, como si con ello se diera más a entender que la superaba por un par de años en edad.
—¿Y? No es mucho, son solo cuatro años más que yo. No es tanto. Además no pareces un adulto, siempre haces cosas de niño.
—¿Cómo qué?
—Como… jugar con los escarabajos —puntualizó, recordando las muchas veces que solía enfrentar con él y esos insectos.
—Ah, pero eso lo hacen todos… no hace falta ser un niño para jugarlo. Verás, cuando…
Los ojos de Gintoki parecieron salirse de su lugar con cada segundo. Se le inflamaron un poco los párpados, por no querer pestañear al pensar que se trataba de un absurdo sueño. Y su boca, abierta como si estuviera bostezando, no podía cerrarse por el asombro.
Giró su cabeza hacia la derecha y notó que, a su lado, Kondo-san y Shinpachi compartían el mismo gesto que él. Excepto por Hijikata, que estaba muy entusiasmado comiendo un tazón de fideos con excesiva mayonesa.
—Tú… ¿ves lo mismo que yo? —le preguntó al comandante, para estar seguro. Éste asintió lentamente—. ¿Y crees que sea verdad? ¿O es que los tres estamos alucinando?
—Puede que sí sea un sueño, pero ¿no es raro que los tres estemos soñando lo mismo?
—Es verdad, gorila. ¿Qué les da derecho en meterse en mi sueño, eh? Salgan rápido.
—Espera, espera. Si esto es un sueño entonces… O-tae entrará por esa puerta y ¡se casará conmigo! Sí, sí. Eso sucederá ahora.
—Ni pensar. Mi hermana no hará eso. Pero… si esto fuera un sueño… Otsu-chan vendrá en cualquier momento y…
—¡No! —cortó Gintoki la oración de Shinpachi al derribarlo con una patada—. Este es MI sueño, no les tiene que pasar cosas buenas a ustedes sino a mí. Por eso, por esa puerta, pasará Ketsuno Ana y nos casaremos.
Entonces los cuatro hombres se quedaron mirando hacia la única entrada hacia la habitación, a la espera de que alguien apareciera. Ninguno se movió, solo observaron con paciencia durante algunos minutos.
El único reloj de pared, colgado a lo alto encima de una de las paredes, dejaba escapar el sonido de las agujas girando lentamente, o eso les pareció a ellos.
Después de un largo rato, nadie se apareció por esa sala y los hombres se voltearon hacia ellos mismos, tratando de disimular su momentánea ocurrencia.
—Pues… —tosió Shinpachi, levantándose y tratando de proponer otra hipótesis— yo creo que sí está sucediendo esto, pero no son los mismos. Quizás los raptaron, les lavaron el cerebro y los devolvieron aquí —conjeturó, muy impresionado.
—No digas estupideces. ¿Cómo van a hacer eso? Además, quién querría llevarse a estos dos. Piénsalo. Sobre todo a la chica.
—¿Qué tiene de malo Kagura, señor mayora? —salió Gin en su defensa.
—¿Qué, acaso no es obvio? —Indicó en dirección hacia ella con un cigarrillo sin encender.
—No, no es obvio.
—Ella es un fenómeno vulgar y sin modales. Pero no la culpo, después de todo, esas cosas lo aprendió del hombre que le dio un techo. Él le enseñó a ser así.
—Ja, no me digas. Entonces dime, ¿de dónde aprendió el niño policía a ser tan patán? Ah, sí. Creo que ya lo sé, del vicecomandante, ¿no?
—No, él ya era así antes de conocerme —dijo con una expresión de amargura en el rostro.
—¿Es eso cierto, gorila?
—Bueno, en realidad no. Se convirtió en eso cuando Toshi llegó al dojo y…
—¿Los ves? Todo lo aprendió de ti, y solo de ti. Eres un mal ejemplo para la sociedad, deberías hacerte seppukku y arrepentirte de todos tus pecados.
—Mira quién lo dice, un flojo haragán y desvergonzado. Tú deberías hacerlo.
—Yo fui un héroe de guerra, idiota.
—Pero ahora eres solo una escoria. Mírate al espejo, no eres más que basura.
—Chicos, chicos. No hablen de esa manera. Nadie merece un seppukku, ¿sí? —interfirió Kondo-san, metiéndose en medio de ellos dos.
—Sí, sí. Es verdad —habló Shinpachi, tratando de apoyar la moción del comandante—, Hijikata-san tiene sus muchas virtudes, más defectos que otras cosas, pero debe tener virtudes. Por ejemplo, es buen… —Por más que pensara y pensara, no se le venían cosas favorables a la mente en ese momento— eres bueno comiendo mayonesa y también un buen espadachín, ¿no? Aunque claro, Gin-san es mejor que él. —Y no pudo evitar ese último comentario que lo llevó casi a la tumba.
—Mira, mequetrefe, yo soy tan buen espadachín como este holgazán. Incluso mejor, ¿me escuchaste?
—Ja, no lo creo. Eres terriblemente malo. Podría vencerte con los ojos cerrados.
—Chicos, chicos. Ambos son muy buenos…
De repente y sin previo aviso, Kondo-san dejó de hablar, y hasta casi de respirar, cuando vio entrar a una mujer a la sala. Una chica con kimono rosa floreado, cabello castaño oscuro y atado.
—O-tae, mi amor. ¡Has venido! ¡Mi sueño se cumplió!
Y ese fue el momento preciso en el que el comandante dejó el enfrentamiento que se estaba produciendo entre los integrantes de la Yorozuya y el vicecomandante del Shinsengumi, y fue tras su amor no correspondido. Ella, por supuesto, lo recibió con varios golpes y patadas, que no cesaron hasta que se fue del hospital, dos horas después.
Mientras, en esas dos horas, los tres hombres debatieron, discutieron y hasta se atrevieron a cruzar algunos empujones poco sutiles.
La enfermera rubia, en persona, tuvo que venir acompañada de los guardias de seguridad a sacarlos a la fuerza ya que al final, terminaron siendo ellos los alborotadores. Kagura y Okita se mantuvieron absortos en su juego de "batalla naval". Y luego, cuando la chica se aburrió de tanto perder, se propusieron otro juego que requería menos ingenio mental y más del lenguaje corporal y la moral: el póker.
"Esta china resultó ser más hábil de lo que pensé… De todas formas no me ganará, trapearé el piso con ella."
"Si piensa que puede vencerme, se equivoca. Yo soy perfectamente capaz de… Oh, ¡diablos! Me volvió a ganar, pero a la próxima no será igual."
"Es obvio lo que planea, ya he descubierto su truco. Finge que está fingiendo tener una mala mano. Ah, pero a mí no me engaña, seguro debe tener un one pair. Eso no puede hacer nada frente a mi gran ¡three of a kind!"
"Ja, idiota. Debe estar pensando que no tengo ninguna posibilidad, que estoy completamente perdida. Se sorprenderá cuando le demuestre que… oh, no. Lo hizo de nuevo."
Las mentiras tampoco eran su fuerte, pero era mucho mejor que tratar de adivinar dónde demonios había escondido aquel sujeto su maldito barco.
—Ésta es la última de hoy. ¿Apuestas? —preguntó Sougo con picardía.
—Mmmm… sí. ¿Cuánto?
—Cincuenta, ¿qué dices?
—Sí, sí. Apuesto.
—Bien, quiero ver tus cartas.
—Ja, par de Ases. ¿Tú qué tienes?
—Par de Jotas.
—¡Ah, entonces gané! ¿Cierto?
—Cierto.
—¡Ah! ¡Genial! Ahora sí me gusta este juego.
El póker no es exactamente un juego en donde se pueda hacer trampa fácilmente, ni tampoco es posible adivinar las cartas del otro. Sin embargo, Okita se las arregló para que la muchacha pudiera ganar ese encuentro, aunque no sabía que en realidad ella tendría una buena mano.
Estaban tan tranquilos y concentrados en sus juegos de mesa, que casi no notaron cómo los guardias de seguridad se llevaban a su amigos, casi arastras.
—¿Acaso Gin-chan y los otros se fueron? —preguntó Kagura con inocencia.
—Sí, la enfermera malhumorada los echó porque hacían mucho ruido —le respondió él sin ganas, concentrado en acomodarse de nuevo en su cama, para luego poder recostarse.
—¿En serio? Yo ni los escuché. No me digas que se estaban peleando.
—Sí, así es.
—Ah, qué mal. Odio a la gente que hace esas cosas. Qué idiotas.
Okita sonrió apenas desde su lugar, cerrando los ojos y mullendo la almohada para tratar de sumirse en un sueño profundo. La fiebre había aumentado nuevamente, su piel ardía con cada segundo y se sentía muy cansado. Lejos de querer llamar a la enfermera con mal carácter, como la describe él, se tragó los síntomas y prefirió seguir jugando. Pero llegó un momento en el que ya no conseguía concentrarse y su mente ya no pensaba con claridad. Fue por ese motivo que decidió abandonar la jugada y dejó ganar a la amanto para que pudiera ir a dormir de una vez. De lo contrario, si ella seguía perdiendo no lo dejaría en paz hasta que consiguiera al menos una victoria.
—No me digas que ya te vas a dormir.
—Sí —respondió pesadamente, casi dormido.
—Ey, sádico. Juguemos una vez más —insistió, entusiasmada.
—No, mañana.
—Pero… sádico… ey.
No había caso, quedó completamente inmóvil y con los ojos cerrados. No había nada que Kagura pudiera hacer para despertarlo, de modo que decidió volver a su cama y dormir ella también. No sin antes beberse todo el jugo que se había dejado en chico en la pequeña mesita.
Se sintió triunfante ese día. Ganó una partida de póker —una de veintitrés— y un refresco gratis, casi entero.
Feliz y complacida, se levantó rengueando de su asiento y fue hasta su cama, donde se recostó, abrazó la suave almohada y luego se durmió.
(…)
Al día siguiente, cuando los Yorozuya y altos mandos del Shinsengumi llegaron para la nueva visita, vigilada de cerca por la enfermera y los de seguridad, se encontraron con dos adolescentes enfermos y completamente cansados.
—¿Cómo es posible? En vez de mejorar, ustedes empeoran. ¿Qué estuvieron haciendo? —preguntó Shinpachi con curiosidad.
—Parece que tienen una infección. Los dos tardaron mucho en atenderse esas heridas, así que no me sorprende que estén en ese estado —les informó la temida mujer de blanco—. Estarán aquí dos días más, por lo menos.
—Pero… ¿es grave lo que tienen, señorita? —inquirió Gintoki "aparentemente" preocupado.
—¿Se repondrán enseguida? —terció Kondo-san.
—¡¿Qué les cabo de decir, par de inútiles?! Lávense bien las orejas antes de venir. —gritó ella, exasperada.
—Mire, señora, por si no lo sabe éste es su trabajo, ¿sabe? Debe atender a los pacientes, cuidar de que estén en buen estado. Para eso paga uno, ¿no? —exigía el samurái.
Todos los presentes lo miraron con hastío. ¿Cómo se atrevía a hacer tal comentario, precisamente él?
—No me venga con esos planteos absurdos, señor…
—¡Ningún señor! ¿Cómo osa a tratarme así?
—¿Disculpe? —preguntó con curiosidad, dudando de no haber oído ni entendido lo que el samurái pretendía decir.
—¿Acaso no le da vergüenza?
—¿A mí? ¿De qué?
—¿Cómo que "de qué"? De lo que ha hecho recién.
—¿Y qué fue lo que hice? —exigió saber, ya desganada al adivinar que se trataría de una completa estupidez.
—Yo no soy un "señor". Soy joven aún, ¿qué, acaso no se da cuenta?
—Mire, "joven", los dos chicos se van a quedar aquí al menos por dos días más o hasta que hayan recuperado de la fiebre, ¿entiende?
Y sin decir nada más, la mujer se dio media vuelta y salió de la habitación para no seguir tratando con aquellas personas. Ni siquiera los chicos eran tan incoherentes.
—Vaya, pero qué mal carácter.
—Tú tuviste la culpa, Gin-san, no debiste…
—Ey, par de parlanchines —los interrumpió una Kagura adormecida y toda roja por la fiebre—, dejen de hacer tanto ruido. Yo solo quiero… un chocolate para andar descalza.
Nadie entendía a qué se refería con eso.
—Búscate a otra perra. Aquella estaba muy vieja.
Los presentes se acercaron un poco y luego observaron la transpiración que emanaba de la joven por la alta temperatura. Tenía el cabello suelto y empapado. Y, a pesar de estar cubierta con solo una manta ligera, parecía temblar de frío.
—No, no. Sadaharu no está a la venta. Él ya sabe ir al casino.
Todos se miraron confundidos y pensaron que hablaba desatinos por la fiebre.
—¡Pero te he dicho que NO! ¡¿Acaso no entiendes?!
Kagura se levantó de repente, con los ojos bien abiertos y rojos de la cólera. El mal sueño y la incomodidad que sentía con su propio cuerpo caliente, la impulsaron a levantarse y quedar sentada en el colchón.
—Cálmate, Kagura. Solo es un sueño —intentó Shinpachi de tranquilizarla pero no tuvo efecto.
—¡Si lo que quieres es guerra, entonces eso tendrás, desgraciado! —gritó, enojada y molesta.
—Estás soñando, vuélvete a dorm…
Gintoki quedó a medio hablar cuando la joven yato lo alzó de los hombros y lo lanzó hacia el exterior de la sala. Resbaló limpiamente por el suelo al pasar por la puerta que se abrió de golpe, dejándolo pasar.
Pero él no fue el único en salir volando por los aires. Shinpachi le siguió al poco tiempo, haciendo compañía a su jefe en el pasillo.
—¡Kagura, por favor, despierta! —intentó en vano Kondo-san de razonar con la chica sonámbula.
—Que no intentes mentirme. Esa flor me lo contó, eres el ladrón. Admítelo.
—¿Qué? Po-por favor, Kagura ¡Despieeeeeerta!
No hubo forma de que evitara el largo viaje que había hecho al atravesar la entrada de la sala con un aterrizaje fatal: cayó encima de los Yoroyuza y se dio la cabeza contra la pared. Un hilo de sangre comenzó a caer de su cabeza hasta el pómulo derecho.
—Basta ya, mocosa. Esto te enseñará a comportarte —se impuso Hijikata, el único que quedaba consciente.
Sacó espada de la funda y se la acercó a la cara de la chica, con la esperanza de que no fuera necesaria la violencia para despertarla. Fue en vano. Kagura, sin saber lo que estaba haciendo, tomó de la muñeca al vicecomandante y lo estrelló contra el suelo, haciendo que el arma saliera disparada, hasta clavarse en una de las patas de la cama de Okita.
Poco después apareció la enfermera alta y observó la ridícula pila de inútiles —así es como los identificó ella—, que se habían amontonado en el pasillo. No dudó que todo aquello había sido a causa de la pelirroja, así que, delicadamente, la tomó de los brazos y la condujo de nuevo hacia cama, para que volviera a descansar. Lo que no habían podido hacer cuatro samuráis bien entrenados, lo había hecho una mujer de prominente estatura y poca paciencia.
—¿Qué quieres decir con eso, narrador? ¿Que somos unos inútiles?
Como ambos pacientes, se encontraban dormidos y muy alicaídos, se les pidió a los visitantes que los dejaran tranquilos por ese día.
—¡¿Me estás ignorando, narrador?!
Gintoki y los otros tres hombres, salieron contusionados del hospital, dejando la habitación otra vez en silencio.
(…)
A la noche, cuando todo se hallaba en absoluta calma, unas insaciables ganas de ir al baño levantaron a Kagura de su cama. Al principio no notó que algo no estaba en su lugar, por causa de su adormecimiento. Incluso pasó a su lado sin darse cuenta de que "aquello", que debería estar reposando en la otra cama, estaba parado en una esquina oscura, con la mirada fija en ella. Sus ojos marrones, ligeramente rojizos por la luz escarlata que se metía por la ventana, se mostraban turbios, enfurecidos y, hasta un cierto punto, confundidos.
Nada le sucedió cuando caminó a su lado para entrar al baño. Estaba tan somnolienta que apenas recordó la pequeña travesía nocturna que había hecho. Solo quedó en su memoria lo que sucedió después, una vez que se hubo acostado y se disponía a seguir con su plácido sueño: una silueta con forma varonil, se acercó a ella, se inclinó y le dijo algunas palabras que no supo entender en su momento. Con los ojos entrecerrados, apenas pudo notar que "algo" merodeaba cerca de ella. "Algo" que se movía lentamente y sin hacer ruido. "Algo" que la acarició y la miró por un largo rato. "Algo" que depositó un sutil y pequeño beso en la frente antes de volver a acostarse…
(…)
Cuando el sol salió nuevamente y comenzó a translucir las finas cortinas blancas del ventanal, Kagura despertó inquieta y acalorada.
—Esto es un horno, ¿acaso aquí no hay aire acondicionado? —balbuceó incómoda.
—Es que la fiebre no te baja, inútil —le informó su acompañante.
—¿Eh? ¿Una feria? ¿En dónde?
—¡Fiebre!, lunática, yo he dicho fiebre.
—Oh —se quejó desilusionada—. Yo creí que había una feria. —Su voz comenzó a disminuir de tono lentamente—. Por cierto, no habrá sido otra cosa lo que había en tu refresco, ¿no?
—¿Como un líquido amarillo y con sabor amargo?
—Sí, sí, eso mismo. ¿Pusiste eso en aquella lata? —preguntó desganada desde la cama y con las mejillas enrojecidas.
—Puede ser… —contestó con una sonrisa maliciosa en los labios.
Y de pronto, con esas pocas palabras dudosas, la chica se levantó de un salto y lo miró con los ojos entornados.
—¡¿Qué estás insinuando?! ¿Acaso lo que pusiste ahí fue…?
—Sí, posiblemente —afirmó el capitán, campante.
—¡Malnacido! ¡Hijo de %$! ¡¿Cómo te atreviste?! ¡Te mataré, desgraciado!
Mientras la joven yato seguía insultando y tratando de levantarse, Okita reía con malicia. La idea de hacerle creer a la chica que había bebido de su orina, le provocaba una enorme satisfacción. Se divertía cada vez que podía hacer de sus maldades.
"Entonces he vuelto a ser el mismo de siempre" pensó, segundos antes de que Kagura llegara hasta su cama y lo lanzara al suelo de cabeza. Casi no sintió el golpe. Solo se lamentó de que, por haber hecho esa pequeña broma, su cuero cabelludo comenzara a dejar escapar un río de sangre, y eso significaba otro día más en el hospital. Ya se había librado de la fiebre, pero otra herida más lo retendría en ese lugar.
Ese mismo día echaron a Kagura de la sala y tuvo que abandonarla. El tonto trato que habían hecho Kondo y Hijikata con el jefe de la Yorozuya de otorgar información valiosa acerca de los joui, no se pudo cumplir. Aunque Okita sospechaba que todo sería falso y erróneo. Un sucio trato que no los conduciría a nada.
De todas formas, ya nada importaba porque esa noche durmió solo y sin compañía.
Miró hacia un costado, donde horas atrás, ella había estado reposando. Pero en ese momento no había nada. Todo estaba en silencio y en absoluta calma. Entonces se formuló una pregunta que no se había hecho en todo el día: "¿Por qué anoche me quedé mirándola, hasta quedarme dormido?"
Se acomodó un poco en su lugar y luego negó con la cabeza, volviendo la vista hacia el frente.
"Debo estar loco. Ella es vulgar, tonta, poco educada y mal hablada. Es verdad que es fuerte, decidida, segura y hábil. Pero también es… bonita, sí. Tiene un lindo cabello. Rojo… como la sangre. Es un bello color. Alto. ¿En qué estoy pensando? No, definitivamente no."
Volvió a mirar hacia un costado, a la cama vacía que tenía a su derecha, limpia y pulcra. Las sábanas estaban estiradas y blancas, como si nadie hubiese dormido allí.
(…)
Pasó la noche entera pensando que algo más le hacía falta a la habitación. El reloj estaba chueco, así que llamó a la enfermera de turno para que lo enderezara. Al poco tiempo le pidió un refresco. A los dos minutos una comida y luego otro refresco. También le ordenó, bajo el abuso de sus dotes de encantamiento, que trajera un televisor de la sala lindera, con el pretexto de que la que había en su cuarto no funcionaba bien.
Por cuatro largas horas, le pidió a la pobre mujer un sinfín de incoherencias y peticiones absurdas, hasta que hubo un cambio de guardia.
Mary, la rubia y alta señorita, se hizo presente en esos comienzos de la mañana de un sábado caluroso.
—Mira, mocoso, que a mí no me vas a tener para todos lados como hiciste con la anterior. Tu habilidad para entontar a las chicas no funciona conmigo —lo amenazó, ni bien entró a su cuarto.
—Demonios. Y yo que pensé que podía burlarme de la siguiente "perra" que entrara —habló él divertido desde la cama.
—Pues esta "perra" no cumplirá ninguno de tus caprichos y te hará pasar un mal momento si es que tratas de pasarte de listo, ¿eh?
—Pero estoy incómodo. Necesito algo, una…
—No me importa, escuincle. Esto no es un hotel —ratificó, imponiendo una presencia austera.
—Qué lástima, porque lamentablemente tú tendrás que asistirme, te guste o no.
Ingenuamente, Okita creyó que, si no podía ganarle con sus encantos desarmadores, podría apelar a su cargo en el establecimiento y así lograr su cometido. Sabía que esa sería la única posibilidad de lograrlo, ya que amenazarla con detenerla bajo algún pretexto inútil no la amedrentaría.
—Ja, eso no quiere decir que cumpla tus estupideces. Además, nada de lo que pidas te conformará.
—¿De qué hablas?
—No necesitas nada de eso para estar "cómodo", como lo llamas tú —recalcó mirándolo fijamente a los ojos.
—Y me vas a decir que tú sí sabes, ¿cierto? —La enfermera asintió—. ¿Y qué es?
—Mejor te lo traigo directamente. Aguarda unos minutos.
Mary se fue con una mirada desafiante y el orgullo inflado hasta las nubes. Sabía bien que lo que traería, sería exactamente lo que él buscaba.
Poco después de esa conversación con la enfermera, una chica vestida de rojo vino a visitarlo. Reconocía muy bien su color de pelo rojizo, sus ojos azules y grandes; y esa forma ordinaria y chillona de hablar.
—¿Qué demonios haces aún aquí, sádico? —preguntó la chica sin preámbulos ni saludos pertinentes. Nunca los necesitó para hablar con él.
"China…"
—Tú…
—¿Qué? Habla más fuerte, lagartija —exigió sin medir su tono de voz.
—Dije: liendre apestosa. ¿Qué rayos haces tú aquí? —cuestionó, haciendo más énfasis en el "tú".
—Comida. La enfermera me dijo que me compensaría con comida por haberme echado.
—Glotona.
Simplemente no le extrañaba que viniera a un lugar con una excusa tan simple como esa. Supuso que eso sería algo que podía esperar de la chica.
Lo que no pudo adivinar ni tampoco darse cuenta en ese momento, fue el hecho de que Kagura era aquella "cosa" de la que la enfermera le hablaba y que prometió traer.
—Cara de sapo.
—¿Acaso no te has visto al espejo?
—Sí, cientos de veces. Pero solo veo a una hermosa chica con un lindo acento extranjero.
—¿Y no se rompió cuando te asomaste? Seguro que estabas viendo a otra persona.
—¡No! Claro que no. Era yo, estoy segura. Soy muy bonita, por si no lo sabías.
"Hermosa."
—Tanto como un calamar en estado de descomposición.
—Y tú eres tan horrendo como un cangrejo mutante con veinte ojos y cuarenta pies.
—Los cangrejos no tienes pies —reflexionó antes de seguir la seguidilla de ataques verbales—, tienen patas… parecidas a las tuyas.
La chica bajó la vista hacia sus propias piernas y luego volvió a mirarlo a la cara, con orgullo de afirmar que no estaba en lo cierto.
—No es verdad. Las mías se ven más bonitas, hasta podría ser modelo —contestó, sin entender el insulto.
"Modelo… ¿de trajes de baño?"
—Tú solo podrías encajar como modelo de prueba en una investigación de las criaturas más extrañas y atolondradas del mundo. No, del universo.
—¡No soy atolondrada! Soy inteligente, solo que… ustedes no saben apreciarlo. Ya sabes, los genios locos a veces somos…
Kagura siguió hablando de sus falsas facultades súper-intelectuales por varios segundos. Okita no quiso interrumpirla para burlarse de lo que estaba diciendo, aún. Solo se le quedó mirando fijamente, admirando cómo su rostro adoptaba decenas de gestos de base a diversos sentimientos: emoción, efusividad, duda, extrañeza, molestia, enfado… Le fascinaba verla en ese último estado. Siempre buscaba cualquier pretexto para poder reírse de ella y verla con esa ira repentina que le venía cuando la insultaban; aún cuando eso representara una lesión —como sucedía en el actual caso— valía la pena la recuperación si podía ver esos escasos segundos.
—¡¿Me estás oyendo, cara de papa?!
—La verdad, no. No me interesa oír las tonterías que dices.
Kagura se puso roja de la ira al escucharlo. Estaba que hervía del enojo.
—Por lo menos yo ya salí del hospital. Tú todavía sigues aquí —dijo, como si con ello pudiera hacer algún tipo de daño a su ego.
—Aunque no lo creas, soy tan frágil como una espada de cristal.
"Tan frágil como para caer en los encantos ordinarios de una mocosa."
—Ya lo creo, te tiré al suelo ayer y casi te explota la cabeza. No vales nada.
"¿De verdad? ¿Nada?"
—Seguramente mañana salga, ahí veremos quién es el más fuerte. Correremos cincuenta vueltas a la…
—No, no. Esta vez quiero otra cosa. Una batalla de comida.
"¿Una cita, acaso? Suena interesante."
—Aquel que coma más será el ganador. Y si yo gano me darás… déjame ver… un año entero de dotación Sukombu.
—Bien, y si yo gano me darás algo que yo quiero.
—Te recuerdo que yo no tengo dinero, ¿eh?
—No será necesario…
El trato quedó hecho y el enfrentamiento acordado. Kagura no entendió muy bien a lo que se refería el capitán, solo tenía la certeza de que no sería nada agradable. Quizás algo que la hiciera avergonzar, como actuar de perro, gallina o matar a Hijikata. Si le pidiera eso último, sería mejor que hacerse pasar por un animal. Jamás se le cruzó por la cabeza que las intenciones del oficial iban más allá de lo perverso. Lo que él pediría sería algo más personal.
Y mientras Kagura pensaba en alguna crueldad para hacerle si perdía, Okita la miraba divertido, preguntándose cómo un simple encuentro casual en una plaza terminó en un enfrentamiento, una carrera, una hospitalización y una futura y pactada batalla de glotonería.
Tampoco supo explicar bien en qué momento comenzó a sentir aquellos sentimientos ocultos que le hacían cortar la respiración cada vez que la veía.
—¿Y qué vas a pedir, idiota?
—Ya lo verás…
Notas:
[EDITADO]
WAAAAA, la querida Jenny Flint es como una máquina xD. Ha trabajado duro para betearme los caps., es mi heroína xD. Le debo mucho, es genial.
¡AJÁ! Qué final, eh. No se preocupen, continúa en otro cap. Ya estoy trabajando en ello pero no prometo que salga pronto porque tengo que estudiar para un examen y eso ocupa la mayoría de mis pensamientos (maldito examen).
No tengo nada que aclarar... creo.
Desde ya, gracias por leer. Y a los futuros (si es que hay) comentarios anónimos o de invitados, si quieren volver a pasarse en un día o dos, yo les responderé abajo, editando el texto.
¡Saludos!
Reviews:
Anusin (cap. 1): Ajaja. Sí, te entiendo. A mí también me pasaba. Entraba a Fanfiction buscando un buen OkiKagu, pero en español escaseaban los fics sobre ellos. No sé en qué momento me decidí y empecé a escribir sobre esta pareja. LOS AMO y es por eso que acepté el reto de los 30 fics sobre ellos. Gracias por leer y comentar. Espero que este próximo cap. también te guste n.n
Guest: Gracias, me alegro de que te haya gustado n.n. Espero poder subir pronto el siguiente.
GinkoSakata: Muchas gracias. A decir verdad, temí que alguno se me saliera de personaje xD. Ya tengo lista la continuación, solo estoy esperando que me lo corrijan y me den el Ok xD. Gracias por haberlo leído y por comentar n.n.
C-300: ¡Waaaa! Gracias. Ten paciencia, pronto se vendrá el siguiente. Al final, creo que lo pondré como el tercer capítulo xD jeje. Ya veremos qué dice la beta xD. En cuando ella me de el OK, lo subiré n.n. Gracias por leer.
