Capítulo II

- ¿Diga?

Reconocí inmediatamente la voz de Gerard al otro lado de la línea, era una voz hosca como él. Cuando respondió me quedé en silencio, preguntándome ¿dónde estaba mi personalidad? Me sentía frustrada.

- ¿Si? – insistió el hombre.

Debía colgar, sabía que debía colgar. Era una soberana estúpidez creer que esto podía ser verdad. Y en el caso supuesto que lo fuera ¿quería yo conocer en realidad a Bill? ¿Y si era un arrogante egoísta? ¿Y si todo lo que había idealizado de él no existía?

- Hola…. Me llamo Juliette – dije de pronto, haciendo caso omiso a mis propios consejos – ayer me entrego una tarjeta…

- Un momento – me interrumpió, con lo que me había costado juntar las ideas para expresarlas.

Volví a escuchar a mi consciencia diciendo "debes colgar"

- Lo siento, no debí llamar – hablé y corté, sin estar del todo segura de si había oído mis palabras.

Cerré los ojos, aún con el teléfono sobre el regazo, respiré profundamente y los abrí. Miré a las pocas personas que había a mi alrededor. Suspiré, lo mejor sería olvidar toda esta tontería y seguir con mi vida como siempre, al fin y al cabo, no tenía una mala vida, quizás algo rutinaria, si demasiados excesos de nada. Abrí el bolso y se podría decir que casi tiré el teléfono dentro, junto a la foto de Bill y la tarjeta que aún no estaba preparada para romper.

Si había tenido algo de hambre durante la mañana, desde luego se había esfumado.

De pronto mi teléfono comenzó a sonar y algo muy parecido al pánico me invadió. Quizás sería ese tal Gerard, para recriminarme la falta de educación, o algo así. Me mordí el labio mirado de reojo a mí alrededor, soportando estoicamente a que Durch den monsun dejara de sonar, ya que era el tono que usaba. En cuanto lo hizo, me apresuré a sacar el móvil, para ponerlo en silencio. Casi lo tiré al piso cuando volvió a sonar.

Era Richard.

- Hola – me adelanté en saludar, con el corazón aún en la garganta, por el susto.

- Hola nena - saludó – te acabo de llamar ¿no escuchabas? – preguntó.

Al menos ya sabía que era él quien llamaba.

- Sí, claro… es sólo que no encontraba el teléfono dentro del bolso – me excuse sonriendo tontamente, como si aquello importara, Richard no estaba ahí para verme.

- Ya decía yo. Es imposible no escuchar esa horrible canción que tienes como melodía – acotó con ese tono divertido que solía usar cuando se burlaba de mí y mi gusto por Tokio Hotel.

- Mmm… - fue toda la respuesta que recibió de mí.

Su anterior tono divertido, pasó a convertirse en una carcajada en toda regla. No podía creerlo ¿acaso me burlaba yo de su afición por las maquetas de trenes?

- Ya… no te enfades – dijo cuando noto mi radical silencio – te quiero a pesar de tu pésimo gusto musical.

- Te advierto Richard que no lo estas arreglando – le dije ya al límite de mi paciencia – da gracias de que es tu cumpleaños.

Una nueva carcajada sonó de su lado del teléfono. Esto ya era demasiado. Antes que lograra decir otra cosa que le costara el buscarse un sitio dónde dormir, le corté la llamada.

Se estaba convirtiendo en una costumbre este día.

¿Qué se creía?

¿Alguien podría explicarme quién lo había nombrado a él como poseedor de un barómetro natural del buen gusto musical?

Por Dios, ¡si escuchaba a Pandemie!

Mi móvil volvió a sonar. Este me iba a escuchar.

- ¡Se te olvidó burlarte de algo más! – hablé acaloradamente. Sentía como me ardían las mejillas y las orejas en contraste con el frío aire.

Un segundo de silencio me hizo dudar. ¿Por qué sentía que conocía ese silencio?

"Llegas a ser parte de mis gestos, causa de mis sonrisas, motivo de mis silencios…no es sólo mirarte, tocarte, o besarte. Es que hablarte, escucharte o pensarte, motiva el sentido de mis verdades..." Anónimo

- Creo que me equivoqué de número – escuché la voz al otro lado del teléfono.

Y era su voz. Inconfundible para mí.

- ¿Bill? – pregunté sin poder creérmelo. Casi en un suspiro

Titubeo un momento.

- ¿Juliette?

Sentí como si se me licuaran los huesos de las piernas y comencé a deslizarme hasta quedar sentada directamente sobre el suelo de aquel parque. Me sentía incluso mareada, pero aún así encontré las fuerzas, probablemente en algún lugar de mi alma, para responder.

- Sí… soy Juliette.

Y ahí estaba nuevamente repitiendo mi nombre ante él, como si fuera una obsesa.

- Bien… – contesto, tomándose una pequeña pausa. Aún no me confirmaba que fuera Bill, pero yo lo sabía con una certeza imposible de derribar – ayer me invitaste a tomar un café…

"Estás bien". Me preguntó una voz a mi lado y tuve que mirar, hacía arriba, a la mujer que se dirigía a mí. Se me había olvidado, o bien no me había dado cuenta en realidad, de que estaba sentada en el suelo. Asentí rápidamente, no quería perderme ni una sílaba de lo que Bill decía, creo que de alguna manera conseguí atender a ambas cosas, porque no perdí el hilo de la voz maravillosa de él.

- … y esta tarde tendría un momento para ello - Hablaba tan rápido que necesité concentrarme mucho para entenderle, más aún considerando el enorme estado de incredulidad en el que me encontraba y lo que era peor, me tocaba hablar.

- No me lo puedo creer – dije sin más. Y juro que intentaba organizar alguna otra idea.

- Si no te viene bien, lo entenderé – habló.

"Lo entenderé"

¡Él lo entendería!

- No me lo puedo creer – volví a decir, sumergida en la nebulosa de su voz y de mi propia incredulidad.

- Mira, mejor olvidémoslo – habló Bill y la alarma de pánico que sonó en mi interior fue tan estrepitosa que me fue imposible ignorarla.

- No, no por favor – me apresuré a decir, al menos por una vez reaccionaba a tiempo – esta tarde estará bien.

- Okey…

- ¡Ay no! – Me di un golpe seco con la palma en la frente e inmediatamente me avergoncé de pensar que él hubiese escuchado – esta tarde no… tengo un cumpleaños.

- Un cumpleaños - dijo, como intentando comprender que le decía.

Dios mío, me sentía mareada escuchando su voz, ese tono tan suave susurrado perfectamente, removiendo dentro de mí algo que no quería definir.

- Sí… de mi madre – me mordí el labio esperando que no se notara la pequeña mentira. Se silencio un momento, pero qué estaba haciendo. Probablemente le costaba comprender que yo prefiriera un cumpleaños a estar con él – no importa, puedo llegar un poco más tarde.

Pareció meditar mi respuesta, y recordé por un instante su mirada fugaz del día anterior, esa que parecía deliberar lo que yo le estaba diciendo, para desaparecer de inmediato tras la cortina de su conducta habitual.

- Bien, te pasaré con Gerard que te dirá la hora y el lugar – señaló. Sentí un extraño nudo en el estómago.

Era lógica la distancia que Bill tomaba, era más que lógica, él no me conocía a mí de nada, sin embargo la reserva que tenía me hacía desear olvidarme de todo y decirle que no iría a ninguna parte.

Entonces escuché la adusta voz de Gerard y afinamos los detalles.

.

Caminaba con prisa, otra vez. Había salido de mi trabajo hacía un momento, y como si el destino estuviera abriéndome las puertas, nada había retrasado mis horarios.

- Mary… si soy yo… - llamé a una amiga para solucionar algunos detalles – ¿podrías pasar por casa?

- Podría sí – me aseguró con la pregunta jugueteando en su lengua.

- Cuando te vea te contaré – me adelanté - necesito que busques dentro de mi armario a la derecha el regalo de Richard, es una pequeña cajita envuelta en papel diamante de color azul cielo.

Me encantaba cuidar los detalles, en ocasiones llegaba a ser obsesiva.

- ¿Y eso? – continuó preguntando, sabía que conformar a Mary era difícil, pero era mi mejor amiga.

- Ya sabes que soy muy detallista – le respondí.

- No me refiero al regalo en sí… si no al hecho de tener que pasar yo por él – insistió.

-¿Puedes? – fue mi respuesta.

Mary dejo caer un profundo suspiro de resignación.

- Claro que puedo – dijo – pero aclárame, ¿no me encontraré con Richard? – me preguntó con cierta preocupación, ella era mi mejor amiga, una con la que siempre podía contar, pero no la de mi novio.

Era curioso como las mejores amigas de las chicas, se convierten prácticamente en las pesadillas de sus novios.

- No, él se irá directo al bar. Yo llegaré algo más tarde – le informé.

- Okey, allá te entrego el regalito – en su tono había cierta nota de sarcasmo.

- Gracias – dije sinceramente aliviada.

- No me agradezcas – habló Mary con ese tono de quién tiene asegurada la partida – verdades son las que quiero.

Me reí. No yo misma estaba segura de la verdad.

- ¡Que sí! – le medio grité entre risas.

Y aquella conversación se quedó ahí, pendiente.

En cuanto corté la llamada miré la hora. Me quedaban quince minutos para la hora acordada y varias calles que recorrer, así que me apresuré mientras hacía un repaso mental de cómo debía estar mi apariencia después de un día de trabajo. Sin olvidar que había estado sentada en el suelo.

Antes de dar la vuelta a la última esquina, me detuve frente a un escaparate que tenía un espejo al fondo y me permitía observarme. Iba bien peinada, aún me duraba el alisado del cabello. El bolso, en su sitio, no arrugaba las mangas de mi chaqueta, pero se me había ido todo el labial.

Lo saqué de mi bolso y no seguí mi camino hasta que me sentí lista para ello.

Cuando doblé la esquina me paré en seco.

- No me lo puedo creer – dije en voz baja.

A este paso iba a tener que patentar la frasecita.

Vi a Gerard, con su imponente figura, de espalda y a metros de mí.

Tenía el corazón ligeramente acelerado y la boca seca, me mordí el labio pensando que aún era tiempo de una retirada. Volví a tomar impulso, en ese momento él se giró y me vio, me hizo un cordial gesto con la mano a modo de saludo acortando la distancia entre nosotros.

- Hola- me saludo por tercera vez este día, con toda la amabilidad que su seca apariencia le permitía.

Quizás eran esas gotas de sangre latina que corrían por mis venas, por parte de mi abuela, las que me hacían tan susceptible a la apariencia del alemán "puro".

- Hola – respondí sonriendo como pude.

- Vamos por aquí – me indicó por la misma avenida por la que venía, sólo que en la dirección contraria.

A poco más de cien metros, nos encontramos con una calle secundaria.

- Ahora por aquí – me volvió a indicar.

Aquella calle era bastante menos transitada que la anterior, por uno de sus lados, había tiendas, bares y una estrecha acera. Por el otro sólo sitios de aparcamiento, que se arrimaban a una alta pared.

- Es este – dijo, mostrándome un gran vehículo negro.

Una nota de alarma se encendió en mí. Estaba a punto de subirme a un coche con un hombre que no conocía y sin que nadie de mis cercanos supiera con quién o en dónde estaba, ni siquiera yo misma. Pero aquella alarma no era lo suficientemente fuerte como para evitar que no me arriesgara.

Gerard me abrió la puerta trasera y entré. El espacio entre mi asiento y el delantero me pareció enorme, bien podía estirar del todo las piernas y no temer a chocarme con nada.

- Llegaremos en un momento – dijo él antes de cerrar la puerta y tomar su lugar en el asiento del conductor.

Observé las calles mientras nos abríamos paso y veía a las personas quedar atrás, pero no miraba en realidad.

Noté el estómago oprimido por el puño de la incertidumbre, y mis pensamientos recorrían una vez más la conversación telefónica con Bill. El sonido claro de su voz retumbaba en mi cabeza como si se tratara de una antigua melodía, que me llenaba de agrado y de melancolía igualmente.

Nos detuvimos a las afueras de un gran hotel. Y como si recién abriera los ojos, intenté reconocer el lugar sin suerte. Habíamos llegado a una parte de la ciudad desconocida para mí, o más bien, que sabía que existía, pero jamás recorría. Luego de aquella pequeña pausa, nos adentramos en el subterráneo de aquel enorme hotel.

- Sígueme por favor – habló Gerard, una vez que nos estacionamos a metros de varios coches, de diferentes modelos, pero tan lujosos como el que me había traído hasta aquí.

Asentí ante su invitación y observé la mano de ese amable hombre extendida hacía mí, para ayudarme a salir. La tomé y sentí el calor de su tacto. Aquel roce le dio una nota de profunda realidad a la ensoñación en la que parecía haberme sumergido.

Me indicó el camino al ascensor, el que esperamos por escasos segundos. No había nada de especial en aquellas puertas metálicas, pero en cuanto se abrieron me dejaron ver un interior de perfecta madera lacada. Quizás era una tontería, pero el simple lujo de aquel ascensor, de cierta forma, me intimidó.

Nos encontrábamos en el tercer subterráneo y Gerard marcó el segundo piso, por lo que debía entender que sólo cinco plantas me separaban de Bill. El puño que oprimía mi estómago se ensañó aún más, a punto de quitarme la respiración.

Pero cuando el timbre del ascensor sonó, avisando que habíamos llegado a la segunda planta, mi corazón se sobresaltó, recordándome que estaba ahí.

Las puertas se abrieron. Y mi mente gritaba "¡estará ahí, estará ahí!", pero se equivocaba, ante nosotros teníamos un recibidor, de altos techos y elegantemente decorado, como el resto del hotel.

- Por aquí – mi acompañante continuó indicándome el camino, esta vez hacia mi derecha.

- Sí.

Aquella simple y corta palabra, había vibrado en mi garganta, convirtiendo en evidente mi nerviosismo.

Comenzamos a recorrer un pasillo más bien estrecho, para la fastuosidad de lo que había visto hasta ahora, aunque no menos elegante, con sus paredes cubiertas de madera idéntica a la que había en el ascensor, comenzaba a parecerme un trayecto muy largo, eso acentuado por el hecho de tener a Gerard delante, cubriendo gran parte de mi campo visual, haciendo más incierta la longitud de aquel pasillo.

Mientras lo recorríamos saltó en mi mente una pregunta que de tan obvia, me parecía imposible haberla pasado por alto.

¿Por qué yo?

Qué podía haber en mí que hiciese a Bill salir de su patrón habitual de conducta.

"No citas con fans"

- Bien – habló Gerard, arrancándome de mis cavilaciones.

Abriendo ante mí un salón muy amplio, que parecía un bar-restaurant, ya que a aquella hora se encontraban algunas personas bebiendo un café, una copa y disfrutando de una conversación que se hacía más privada e intima debido a la suave música de ambiente.

Mis ojos recorrieron el lugar con ansiedad y temor. Hasta que lo vi.

Sentado junto a una ventana, con su gorro de color gris, uno que por cierto yo adoraba. Se giró hacía nosotros y yo miré tras de mí a Gerard, como buscando un sitio seguro, pero él ya no estaba.

Corrijo, me miró a mí.

"Te he estado mirando desde la distancia. Esa distancia ve a través de tu disfraz" Evanescence

Las piernas comenzaron a licuárseme, del mismo modo que lo hicieran cuando su voz sonó en el teléfono, y tuve que apoyarme en la barra del bar que estaba junto a mí. El aire simplemente se quedó atrapado en mi garganta, cuando lo vi avanzar los metros que lo separaban de mí.

Me iba a desmayar ahí mismo.

Y convertirme en una más de las insulsas fans de Tokio Hotel, que caían victima de sus encantos.

Sentí su mano apoyada suavemente, sin ejercer presión, en la parte alta de mi espalda. Se agachó hacía mí y toco su mejilla con la mía en una suerte de saludo.

- Hola Juliette – dijo.

Y yo me vi obligada a liberar el aire, mientras me aferraba más aún a la barra del bar.

- Hola…

Y pensé que era tan perversamente hermoso.

Continuará…

Uffff… casi me derrito al escribir estas últimas líneas… DEOZ!

Espero que este capítulo les guste, al menos a mí me ha emocionado bastante. Intento graficar a una chica normal, tan normal como cualquiera de nosotras, con amigos, novio, un trabajo… todo eso rodeando la pasión intensa que siente por Bill.

Besitos mis niñas

Se las quiere mucho.

Siempre en amor.

Anyara