Capítulo 2: Distrito 9
La puerta se abrió y una alta mujer con el mismo pelo rubio ceniza y los mismos ojos azules de Dysis, apareció en el marco.
— ¿Otra vez pensando en el campo? —preguntó con una ceja levantada.
Hice lo primero que se me ocurrió; sonreí inocentemente.
— No puedes seguir haciendo esto, Bella, cariño, los Agentes de la Paz pueden cogerte y… —hizo una mueca.
— Déjala que haga lo que quiera, Marlene —apareció un hombre que supuse que era mi padre, pues tenía el mismo pelo caoba que yo y mis mismos ojos marrones—. Si los Agentes de la Paz no la han cogido aún, no creo que la cojan ahora.
— Pero, Hugo…
— Es natural preocuparse, querida —le dio un rápido beso en la mejilla y entró dentro de casa, guiñándome un ojo.
Seguí a mis padres, fijándome en cada detalle de dentro de la casa. Todo estaba lleno de cosas y desordenado, pero aún y así, la palabra para describir el hogar, era acogedor.
— ¡La cena está lista! —llamó la voz de Marlene.
Por las escaleras bajaron rápidamente dos chicos, pero se abalanzaron con tanto entusiasmo hacia una puerta en la derecha, que no llegué a verles bien las caras. Detrás de ellos corrieron dos más y unos segundos más tarde apareció Dysis con otro chico más, también rubio pero con gafas y ojos marrones.
"¿Pero cuántos hijos tiene esta familia?" me pregunté mentalmente con los ojos como platos.
— Bueno, ¿vamos, hermanita? —preguntó otra voz a mis espaldas haciéndome pegar un bote—. ¿Qué te he asustado? —rió burlonamente.
— No —me giré y miré desafiante al alto chico que me sonreía a mi espalda—, tan solo me has… sobresaltado.
El chico volvió a reír y me tendió, galantemente, el brazo— ¿Me acompaña a esta cena, hermosa señorita?
Reí y acepté su brazo— Te falta quitarte el sombrero —comenté. Él hizo el gesto de quitarse un sombrero invisible en mi dirección y de volvérselo a poner.
Caminamos hasta el comedor, una pequeña habitación con una larga mesa con cuatro sillas a cada lado y dos en las cabezas y una antigua televisión en la pared. Todos los asientos estaban llenos, menos uno en la punta y otro al lado de un chico moreno de ojos azules y aspecto no muy confiable. Mi acompañante tomó el sitio de la punta, dejándome para sentarme con el chico de aspecto travieso.
— ¿Qué pasa Belly? ¿No estarás todavía enfadada con el viejo Kyle por esa bromita de nada, verdad?
— ¿Bromita de nada? —intervino el rubio con gafas— ¡Darien y tú le pusisteis suelas deslizantes a sus zapatos!
El que supongo que era Darien y Kyle estallaron en carcajadas, los dos se parecían un montón, eran casi idénticos, tan solo que Darien tenía pecas y Kyle no.
— ¡No os riais! —dije con el ceño fruncido y los brazos cruzados delante del pecho—. ¡Fue muy cruel! ¡Con lo torpe que soy, vais y me hacéis eso! ¡Estuve a punto de romperme el cuello!
Los dos pararon de reír y sus caras se llenaron de culpabilidad— Lo sentimos, Bella —dijeron al unísono.
— Así está mejor —sonreí y me senté al lado de Kyle.
La cena transcurrió entre bromas, charlas y risas. Descubrí que Nathan (el chico castaño y con los mismos ojos que yo que me había acompañado a la mesa) era el mayor de todos, con veinticuatro años, después le seguía Luke (que por lo que logré entrever durante la cena, utilizaba sus ojos azules, su pelo rubio y su cara bonita para ligarse a tantas tías como pudiera) con veintitrés años, después iban Kyle y luego Darien (que no eran gemelos, se llevaban diez meses) con veintiún años ambos. Luego iba Dysis, que tenía diecinueve, y luego Jesse (el chico rubio con gafas y aspecto intelectual, que sí que era intelectual) con dieciocho y, finalmente, Oliver (con el pelo marrón claro y ojos azules, que era una especie de punk light) con tan solo dieciséis años.
También conseguí enterarme de que era jueves diez de septiembre del 71 ADD (a saber qué era eso, yo conocí dc o ac no ADD), y que faltaban tres días para mi catorce cumpleaños y cinco días para el dieciocho de Jesse, de forma que íbamos a celebrar una cena especial el domingo para los dos.
— Venga, todos a la cama, que sino mañana no podréis ni levantaros —dijo Marl-Mamá al acabar la cena.
Los primeros en desaparecer fueron Kyle y Darien, seguidos de Oliver, luego desaparecieron Nathan, Luke y Jesse y Dysis me arrastró por las escaleras poco después. Dysis me guió por un pasillo con puertas a ambos lados y se detuvo al final del pasillo, delante de una descolorida puerta verde esmeralda. Entramos en una habitación algo pequeña, con dos camas, cada cama con su mesita de noche correspondiente y un solo armario, había una gran ventana que mostraba los campos del este de la casa.
Dysis se acercó a la cama de la izquierda y se empezó a desnudar, me sonrojé y desvié la mirada, concentrándome en mi cama y en el doblado pijama-camisón que se extendía sobre ella.
— ¿No te vas a cambiar, Bella? —me preguntó.
— ¿Qué? Eh… —no parecía que nadie en esa casa se duchara ¿acaso tenían ducha?
— Has de irte a dormir pronto, mañana es mi turno de ducha y quiero apagar luces cuanto antes. Sabes que si no voy antes que Luke se pasará allí toda la mañana y no me quedará ni tiempo ni agua caliente —Dysis hizo un puchero.
— Err, sí, solo estaba… meditando —respiré hondo y me puse rápidamente el pijama, rogando para que Dysis no viera el sonrojo que se esparcía por mi cara, cuello y hasta la parte superior de mi pecho.
Un par de minutos después estábamos las dos acostadas y con la luz apagada.
— Últimamente estás teniendo pesadillas por la noche, ¿verdad? —preguntó Dysis de repente.
— ¿Cómo lo sa…?
— Llevo durmiendo contigo desde que tenias tres años, Bella, y llevo burlándome de que hablas mientras duermes desde que tenías tres años, no me ralles.
Me sonrojé, había olvidado mi extraña, y vergonzosa, habilidad de hablar mientras dormía. ¿Diría el nombre de Edward en sueños? Sí, claro que sí, o si no tendría pesadillas, como cada vez que no estaba junto a él.
— No es nada importante, son solo sueños.
— A veces los sueños nos cuentan cosas importantes, a veces nos están intentando advertir sobre cosas.
— ¿Eso significa que sí que voy a ser comida por una tortita gigante? —pregunté con falso miedo en la voz.
Dysis rió— Supongo que no, en este caso. Ten dulces sueños, Bel.
— Igualmente, Dy —respondí somnolienta.
Y Morfeo me tomó entre sus brazos minutos después.
Estaba en un bosque de noche, oía aullidos en la oscuridad, risas malévolas. Empecé a correr, pero las risas me seguían. La oscuridad se cernió sobre mí como una capa, me detuve, el corazón me latía muy deprisa. Oí mi nombre…
Y de repente estaba en el prado de Edward, igual que como cuando había ido sola, el prado no tenía su magia. Sentí como se me abría un agujero en el pecho. No podía respirar. Me doblé por la cintura, tratando de coger aire.
— Bella, menuda sorpresa verte por aquí —dijo una voz que conocía muy bien.
— V-vi-victoria —tartamudeé.
La pelirroja vampiresa rió y corrió en invisibles círculos a mi alrededor, tan deprisa que me dolía la cabeza tan solo intentar seguirla con la mirada.
— Edward aquí no puede salvarte, querida Bella —Victoria se carcajeó.
— T-tú estás muerta —le dije.
— ¿Ah sí? —Victoria se detuvo delante de mí, una expresión burlona en su cara.
—Edward te mató, te arrancó la cabeza y te quemó.
— Pero yo aquí me veo muy viva —sonrió y alargó su mano—. Y creo que me debes una venganza.
Se abalanzó sobre mí.
Me desperté gritando y sudando en mi cama. Miré a mi alrededor, no reconocía el lugar. Me levanté y, con paso tembloroso, me acerqué a una ventana y descorrí las cortinas. Miles de campos de cultivo me saludaron bajo el saliente sol. Jadeé cuando todo lo sucedido el día anterior me volvió a la mente.
— Edward —gemí cayendo de rodillas al suelo.
No había sido todo un sueño, una pesadilla casi tan horrible como la de Victoria. No estaba en casa, ni siquiera estaba en Washington, estaba en un extraño Distrito Nueve, en un lugar llamado Panem. Volvía a tener trece (casi catorce) años y todo el mundo parecía conocerme. ¿Lo peor de todo? Estaba sin Edward, había dejado a mi amor años atrás en el pasado y estaba segura de que en este maldito país no había ni un solo vampiro. No volvería a ver a Edward, no volvería a oír su musical risa, no volvería a poder sentir sus frías manos en mí, ni tampoco sus fríos labios en los míos. No volvería a oírle regañarme por "ponerme en peligro", no le volvería a oír tocar el piano, no volvería a dormir por las noches en sus brazos. No volvería a oírle decir mi nombre…
El agujero en el pecho que apareció cuando Edward me dejó, volvió con más fuerza que nunca. Encogí las rodillas y oculté la cabeza entre ellas, llorando silenciosamente.
— ¡He oído gritos… Bella! —uno de mis nuevos hermanos entró en la habitación y le oí soltar un grito ahogado— Bella, ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
No contesté, simplemente levanté un poco la cabeza para saber cual de mis hermanos era. Sus botas grandes y negras, sus tejanos y su chaqueta también negra le identificaron al segundo; era Oliver. Seguí llorando, yo siempre había querido hermanos, pero si no tenía a Edward a mi lado nada más importaba.
Oliver se sentó a mi lado y pasó un brazo por encima de mis hombros, abrazándome. Lloré con más ganas mientras mi hermano me estrechaba entre sus brazos.
— Shhh, todo va bien, todo va bien. Ya pasará, shhh. Solo ha sido una pesadilla, solo una pesadilla, ¿ves? Estás a salvo.
Cuando se calmaron mis sollozos me separé de Oliver y me sequé las lágrimas con el dorso de las manos. Sabía que no podía seguir llorando, debería estar asustando al pobre Oliver, y, por el momento, no había nada que pudiera hacer para llegar a casa de nuevo, con Edward.
— No sé qué hago aquí —confesé—. No sé porqué estoy aquí, qué he de hacer…
— Yo a veces me pregunto eso también, suelo pensar que todos tenemos una función importante en la vida. A lo mejor las consecuencias de tus acciones no se verán al instante, a lo mejor ni siquiera tus hijos llegaran a verlas, pero yo creo que, en un futuro, esas acciones se volverán importantes, y que para eso he existido yo.
— ¿Crees que alguien me ha puesto aquí por alguna razón en concreto?
— Sí —Oliver sonrió—. ¿Para qué, si no para controlar, íbamos a nacer tu y yo en una familia de locos, eh?
Reí— ¿Crees que soy la protagonista de mi historia?
— Sin ninguna duda —Oliver asintió—. Y creo que si estás aquí para una misión especial, no podrás hacerlo en pijama y con el estómago vacío.
— No lo creo —sonreí; a lo mejor sí que había sido enviada aquí por alguna causa, no podrían haber sido los Vulturi, para vengarse de los Cullen por no haberme transformado, porque, si ese fuera el caso, simplemente me transformarían (o matarían) sin tomarse tantas molestias.
— Pues venga, vístete y puedes desayunar a mi lado, necesitaré a alguien a quien ir pasándole las gachas cuando mamá no mire.
Reí y lo eché de la habitación.
Estaba en el "autobús" escolar, sentada junto a Oliver. Para mi sorpresa, después de desayunar, Oliver y Jesse me habían empezado a guiar por una estrecha senda, los tres con las mochilas llenas de libros, hasta llegar a un camino de tierra más ancho, libre de hierbas pero lleno de baches. A los dos minutos había llegado un camión bastante parecido al que sale en las pelis cuando los soldados americanos se van a la guerra, y nos habíamos subido los tres en la parte de atrás. Dentro ya había unos pocos niños de entre cinco y dieciocho años de edad, con un aspecto tan pálido y desnutrido como había observado que tenía mi familia.
El camión se detuvo un par de veces más durante el viaje, y al final estábamos todos bastante apretados. Cuando por fin el camión se detuvo todos empezaron a salir a mogollón, y casi acabo estampada contra el suelo, suerte que Jesse me cogió del cuello de la camisa y me mantuvo erguida.
— ¡Bella! —una chica pelirroja se acercó corriendo hacia mí, por fin se había dispersado la multitud.
— ¡Hey Maya! —saludo Oliver sonrojándose cuando la chica, Maya, se detuvo delante nuestro, jadeando.
— Oliver —Maya también se sonrojó.
Jesse y yo intercambiamos una mirada cómplice— Que típico —me susurró—, se enamora de la mejor amiga de la hermana.
— Muy cliché —asentí, y ambos ocultamos las risas.
— ¿Crees que deberíamos separarlos antes de que se choquen contra una farola? —me preguntó Jesse, pues habíamos empezado a caminar hacia el instituto/colegio (un edificio gris, tétrico y con demasiado parecido a una cárcel).
— ¡Hey, tortolitos! —les llamé, ambos se giraron y se sonrojaron de nuevo—. Vamos, Maya, o si no llegaremos tarde a clase.
Maya se acercó trotando a mi lado y me pareció oír a Jesse estallar en un ataque de tos. Maya me guió por los pasillos hasta llegar a un aula igual de gris que las demás. Había varios asientos grises adjuntados a un escritorio, también metálico, todos estaban colocados en perfectas filas y en la parte de delante había un escritorio más largo y una gran pantalla.
— ¿Qué nos toca ahora? —pregunté con tono casual.
— ¿Qué va a ser? —Maya me miró como si estuviera loca—. Historia, como siempre hemos tenido cada jueves desde que empezamos el colegio.
— ¡Oh! Por supuesto, es solo que… estoy… dormida aún.
— Pues será mejor que te despiertes, porque al profesor Walker le haga gracia si te duermes en su clase —se inclinó hacia delante como para confesarme un gran secreto—. A mí, el profesor Walker me da miedo.
Nos habíamos detenido al lado de uno de los asientos de la primera fila, pero del otro lado de la puerta, junto a una ventana.
— Bueno, aquí te dejo en tu asiento, my lady —Maya hizo una reverencia burlona.
— Gracias por su cortesía, my lady —le devolví la reverencia y me senté en el asiento casi con alivio, al menos no iba a hacer el ridículo buscando mi asiento.
Maya se sentó en uno de los asientos del medio y empezó a juguetear con un lápiz que había sacado de su mochila. Imitándola saqué mis cosas (un lápiz y un libro a punto de caerse a pedazos) y empecé a garabatear en la mesa.
— ¡Todo el mundo en silencio y mirando al frente! —dijo en voz bastante alta un hombre viejo, vestido con un extraño traje blanco y una pistola en una funda de su cintura.
Un espeso silencio se formó en la clase, pero no me atreví a girarme para comprobar nada. ¡Como echaba de menos al profesor Banner, de biología, que nos dejaba hablar en clase!
— Como acabamos de empezar el curso aún no hemos empezado ningún tema, pero eso se acaba hoy. Hoy empezamos con las clases de verdad, y el tema que toca este trimestre son; Los Juegos del Hambre.
Todos se removieron en sus asientos y empezaron a murmurar.
— ¡Silencio! —gritó el profesor Walker— Os haré un breve resumen; como todos bien sabéis los Juegos del Hambre son… una actividad —hizo una mueca, como si no le gustara esa elección de palabras— que celebramos cada año. Estos juegos vienen a causa del Levantamiento, los trece Distritos se revelaron, como ya sabéis, contra el Capitolio y éste destruyó al Distrito Trece y tomó bajo su poder el resto de Distritos. Desde aquel momento se hizo un pacto, el Tratado de la Traición, dónde cada distrito tiene que enviar como tributos a un chico y una chica para que luchen a muerte en la Arena y solo quede uno.
Sentí como mi boca se abría sola ¡Menuda crueldad! No tenía palabras para describir lo horroroso que me parecía eso.
— Durante los Juegos se televisa todo lo que pasa en la Arena, y los Distritos ven un recopilatorio cada noche. Los Juegos suelen durar una semana, como mucho dos, hasta que se mueren todos los tributos menos uno. Este tributo ganador consigue una casa en la Aldea de los Vencedores y recibe ingresos de por vida. Los tributos vencedores se encargan, en los años siguientes, de ser mentores para los próximos tributos.
» El Distrito 9 solo ha tenido tres vencedores; Liliana Jackson, ganadora de los 10 Juegos del Hambre, fallecida hace treinta y cinco años; Samantha Edwards, que falleció hace diez años a causa de un ataque al corazón y fue la ganadora de los 15 Juegos del Hambre; y Darren Cook, ganador de los 35 Juegos del Hambre.
» La Institución escolar ha decidido que durante la duración de este tema se os pondrán los "mejores" Juegos del Hambre que ha habido durante estos 71 años, incluyendo los Juegos del julio pasado y los dos Vasallajes de los Veinticinco.
Y encendió la pantalla.
