ÚLTIMO ARCO DE BLEACH

CAPÍTULO 2

El festival de fin de verano

El último sábado antes del inicio de las clases se celebraba en Karakura un festival a orillas del río, para que los niños y adolescentes de la ciudad se despidiesen de sus vacaciones de verano. Con el tiempo se había convertido en todo un acontecimiento al que acudía casi toda la ciudad, con fuegos artificiales, música, títeres y juegos que duraba todo el día. La familia Kurosaki nunca se lo perdía. A Yuzu e Isshin les hacía especial ilusión, dado su caracter alegre, y siempre se ponían ropa tradicional para acudir. A Karin le gustaban las gimcanas, las carreras y las actividades físicas que podía hacer allí, así que siempre vestía con pantalones porque la yukata le restaba movilidad. Aunque habría preferido quedarse ese sábado en casa descansando su pierna herida, que era un secreto para su familia, no había podido decirles que no a su padre y a su hermana. Además, se trataba de un año especial, poque era el primero en que Ichigo no iba con ellos, y Karin no habría tenido valor de dejar al grupo todavía más pequeño.

Habían comido allí sobre el césped bolas de arroz, anguila asada y un bizcocho de té verde casero que había hecho Yuzu, en un lugar privilegiado al lado del agua, y ahora se encontraban viendo los puestos. Aúnque era de día y no estaban encendidos los farolillos rojos que unían los distintos carriles de tenderetes, el ambiente era festivo y muy divertido. Yuzu tomaba fotos de todo con su móvil, animada por su padre. Karin procuraba esconderse un poco cada vez que enfocaba: le había hecho fotos hasta comiendo, que a saber dónde acabarían. Su hermana le había cogido el gusto a las redes sociales últimamente, y a ella subía todo lo que hacía como si fuera un diario. Su padre se había comprado una máscara de kappa, y había intentado asustar con ella a todo conocido que había encontrado, para gran bochorno de sus hijas. No paraba de pulular de puesto en puesto, comprando todo lo que le gustaba, o lo que le parecía curioso o nuevo. Al final del día, como cada año, iría cargado con montones de bolsas llenas de cositas inútiles que acabarían en el cubo de la basura en poco tiempo. Karin se echó las manos a la cabeza mientras le observaba enredar en un tenderete de disfraces y kimonos. Entonces Yuzu comenzó a apuntarla con el móvil.

- No, espera, Yuzu - empezó a hacer aspavientos para evitar la instantánea-. Déjamelo y te haré una foto yo a ti.

- Vale - Yuzu sonrió y comenzó a posar delante de un árbol decordado con flores de papel de colores. Estaba muy guapa con el pelo castaño recogido en un moño y el traje de seda amarillo con estrellas blancas bordadas.

- Ya está- le devolvió el móvil-. Has salido muy bien.

-¡Ahora tú!- exclamó, feliz.

- No, Yuzu, yo ...

No pudo terminar la frase. Su padre apareció de repente por detrás de ella con una sombrilla roja abierta. Le puso el brazo sobre los hombros, de forma que la sombrilla quedó detrás de ellos.

- ¡Ahora, Yuzu!

Ambos levantaron el pulgar.

- ¡Gracias, papá!

- ¡Lo habíais planeado! - se indingnó Karin-. ¡Traidores!

Yuzu disparaba una foto tras otra.

- ¡Sonríe, hermanita!

Karin forecejaba con su padre, pero éste era más fuerte que ella. Su hermana les hizo fotos mientras Karin les gritaba a ambos, mientras intentaba meterle el dedo en el ojo a Isshin, mientras le tiraba de la corta barba como buenamente podía, mientras le tapaba la nariz, cruzando ella los brazos, mirando hacia otro lado, tapándose la cara... y finalmente, sonriendo al lado de su padre. Tras conseguirlo, Yuzu se unió a ellos y los tres se hicieron un bonito selfie familiar.

- Mira que sois pesados los dos. Sois igualitos- rezongó Karin mientras ellos dos reían y chocaban las manos.

- Oye, Karin- Yuzu cambió de tema-, allí se hace una carrera.

Miró hacia donde señalaba su hermana. Un cartel anunciaba una carrera de obstáculos de dos kilómetros en el circuito para bicicletas. La pierna le molestaba, pero su melliza la conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que algo tenía que ocurrirle para rechazar algo así. De modo que se dirigió hacia el stand que estaba al inicio de la pista para apuntarse. Empezaba en quince minutos, así que estaba a tiempo. Por su parte, su padre y Yuzu fueron a echar un vistazo al espectáculo de un mago amateur que hacía trucos de cartas con muy poco desparpajo.

- ¿Nombre?- le preguntó el encargado, sin mirarla. Era un chico algo mayor que ella, que llevaba una gorra azul con finas rayas, la misma que llevaban todos los dependientes y trabajadores del festival.

- Karin Kurosaki.

Lo apuntó.

- ¿Edad?- lo pronunció con desgana.

- Catorce años.

- Bien, tienes el número treinta y tres- le puso una pegatina con el número en la mano.

- No te molestes en apuntarte, vas a perder, Kurosaki.

Se dio la vuelta al escuchar una voz arrogante y conocida para encontrarse con un chico de pelo de punta pelirrojo y ojos rasgados y oscuros.

- Ah, eres tú, Jinta. ¿Qué haces que no estás barriendo la tienda?

El chico cerró los puños con rabia.

- Jinta, sé más educado- le regañó Tessai, dándole un capón. Karin pudo ver el miedo en los ojos del chico -. Buanas tardes, señorita Kurosaki.

Hizo su acostumbrada reverencia.

- No hagas eso aquí, que nos mira la gente- rogó, golpeándose la frente con la mano, muerta de la vergüenza.

Tessai era un hombre moreno con un frondoso bigote negro que, de por sí, llamaba la atención. Alto como una torre, era musculoso y tenía un gesto grave perpetuo en el rostro. Para Karin era tan misterioso como Urahara, que se encontraba detrás de él junto a Ururu, y una mujer morena a la que Karin no conocía. Ésta tenía una bonita mirada dorada y llevaba el pelo color berenjena recogido en una coleta alta. Urahara y Ururu la saludaron, pero la mujer se limitó a mirarla fijamente, provocandole una inexplicable sensación de deja-vù.

- Hemos cerrado la tienda pronto para traer a los niños a divertirse- explicó el tendero al mismo tiempo que Jinta se apuntaba para la carrera-. ¿Todo bien, Kurosaki? ¿Y esa pierna? ¿Tan bien está que ya puedes correr y saltar?

Karin se encogió de hombros.

- Mejora- mintió. Por la mañana había comprado vendas y, tras volver a lavar bien la pierna se las había puesto, procurando no apretar mucho para que no le dificultase el caminar. Las heridas ahora tenían pequeñas costras, y la piel, que se había resecado, le picaba y le provocaba una sensación tirante.

- Me alegro- se levantó su eterno sombrero mientras lo decía-. ¿Has venido sola?

- No, mi familia está por allí.

- ¿Qué? ¿Está Yuzu aquí? - Jinta, que ahora llevaba el número treinta y cuatro pegado en el pecho, se colocó el pelo con la mano.

- Deja a mi hermana tranquila- le dijo para provocarle-. Ella no va con perdedores.

Jinta no pudo replicar porque en ese momento se dio la señal que indicaba que los participantes en la carrera debían dirigirse a sus posiciones. Tenían números consecutivos, así que estaban uno al lado del otro en la fila de atrás. Había mucha gente, pero ellos dos habían sido los últimos en apuntarse, por lo tanto también eran los últimos en salir. El chico que les había registrado salió de su stand con una bandera de cuadros. La alzó.

- ¡Preparados! - gritó.

- Retira lo que has dicho de tu hermana - soltó Jinta, de repente.

- ¿Qué? ¿Ahora estás con eso? - Karin no daba crédito.

- Retíralo- repitió, serio.

- No pienso retirarlo.

- ¡Listos!

- Vas a moder el polvo, Jinta - le amenazó.

- Espera y verás.

- ¡Ya!

La carrera dio comienzo, y todos los participantes empezaron a correr. Jinta, aprovechando que Karin no podía correr todo lo rápido que le hubiera gustado, tomó una ventaja que no le duró mucho. Ella se puso a su mismo nivel, pero cuando iba a adelantarle, Jinta le agarró del pelo. Karin gritó.

- ¡No me vas a ganar!

- ¡Suéltame, idiota!

Le dio un codazo que le hizo doblarse de dolor para librarse de su agarre.

- Serás... - murmulló, casi sin respiración.

Karin emitió una risotada digna de un psicópata mientras se alejaba corriendo de él. Saltó el primer obstáculo, una valla no demasiado alta, y su pierna se resintió. Tuvo que bajar la velocidad, lo que permitió a su compañero de clase alcanzarla de nuevo. Saltaron la siguiente valla al mismo tiempo, y al caer Karin le empujó con los hombros.

-¡Hasta luego!- le gritó.

El resto de participantes se alejaba de ellos, asustados. Jinta aceleró hasta embestirla y ambos cayeron al suelo, rodando. Se escuchó un el sonido de un silbato tres veces, con un pitido cada vez más largo.

-¡Numeros treinta y tres y treinta y cuatro! ¡Descalificados! ¡Números treinta y tres y treinta y cuatro, descalificados he dicho! ¡Salid de la pista sin molestar a los participantes!

Yuzu e Isshin recogieron a Karin en el césped. Se había dejado caer en él con el cuerpo dolorido y cara de derrota tras su expulsión de la carrera. Jinta se había ido antes de que Yuzu pudiera verle en esa situación, y se había reunido con Urahara y los demás. Empezaba a anochecer. Isshin invitó a sus hijas a un pincho de calamar asado y subieron a la noria los tres. Desde allí Karin observó en silencio cómo la luna empezaba a iluminar el cielo azul oscuro.

Orihime había ido a buscar a Tatsuki cuando salió del trabajo para ir al festival de fin de verano. Se habían perdido casi todo, pero aún podrían ver el espectáculo de luces sobre el río, que era lo más bonito. Además, le habían prometido a Chad que irían. Su clase en la academia de música había sido elegida para tocar en el festival en directo, y querían ir a verle para animarle. Habían quedado en encontrarse con Mizuiro allí, al lado de la noria. El chico las recibió con unas brochetas de pollo con salsa yakitori que acababa de comprar para todos.

- No podía dejar que mis chicas favoritas pasaran hambre- dijo poniendo cara de niño bueno.

- ¡Muchas gracias, Mizuiro! No he cenado nada- Orihime cogió la suya y dio una vuelta sobre sus pies haciendo ondear su falda, feliz.

- Se me hace raro que no estés con alguna de esas novias tuyas por ahí- le comentó Tatsuki.

- Es el último fin de semana que voy a pasar en Karakura en mucho tiempo- se encogió de hombros, fingiendo cierta indiferencia-. Quería pasarlo con gente que sé que me aprecia de verdad.

Mizuiro iba a coger un tren a la mañana siguiente para ir a Tokio, donde estudiaría el primer año de la carrera de derecho en una universidad privada. En la primera parada, Naruki, bajaría para despedirse de Keigo, Ichigo e Ishida y luego seguiría su viaje hasta la capital del país.

- ¿Dónde está Chad?- Orihime habló con la boca llena.

- Está ensayando en aquella carpa- señaló hacia una tienda grande de tela blanca-. Pero ya va a terminar.

Delante de la carpa había varias sillas plegables de madera preparadas para quien quisiera escuchar el concierto. Ya había algunas personas sentadas, y Orihime, Tatsuki y Mizuiro se unieron a ellos, en primera fila.

- ¡Qué emocionada estoy!- Orihime unió las manos y esbozo un gesto de ilusión-. ¡Ya va a empezar!

La tela que cubría la carpa se abrió y apareció el grupo. Chad estaba en una esquina, sobresaliendo en altura sobre todos los demás, vestido con una camisa hawaiana de flores rosas y verdes. Sujetaba una guitarra española. Aparte de él había dos chicas que iban a tocar el violín, y también gente con trompetas, tambores y un ukelele. No eran muchos, porque solo habían llamado a los que ya tocaban medianamente bien un instrumento. Chad había aprend ºido a tocar la guitarra de niño, cuando vivía con su abuelo en México, y de él había heredado la guitarra que llevaba en ese momento.

Una de las compañeras de Chad, una chica bajita que llevaba gafas redondas, cogió un micrófono y se dirigió a su escaso público:

- Señoras y señores, con ustedes los alumnos de primero de la Escuela de Música de Karakura.

Orihime y los demás se levantaron para aplaudir, junto al resto de personas que estaban allí. La joven miró en derredor y pensó, con un poco de pena, que todo el público debía de estar formado por la familia y amigos de los chicos.

No fue un concierto profesional, y solo duró una hora. Algunos de los chicos, por los nervios, cometieron fallos; no así Chad. Comenzaron con una serie de canciones lentas, para ir poco a poco pasando a tocar canciones más movidas. Ya hacia el final Orihime y los demás retiraron las sillas y se pusieron a bailar. Al terminar, Tatsuki se puso a vitorear a Chad en voz muy alta, lo que hizo que las mejillas del mismo se tiñeran ligeramente de rojo. Cuando bajó del escenario tras ayudar a recoger todos los instrumentos y aparatos de sonido, aún estaban un poco sonrosadas.

-Vamos a ver el espectáculo de luces- dijo tratando de desviar la atención de sí mismo, cosa que no consiguió. Durante todo el camino hacia el río Orihime y Tatsuki le felicitaron e hicieron la pelota. Mizuiro se limitó a darle una palmada en la espalda y a disfrutar de la incómoda situación de su amigo.

Cuando llegaron al río el espectáculo de luces ya había comenzado. Unos dragones dorados brillantes danzaban sobre el río, con los fuegos artificiales de fondo. Orihime se quedó embelesada mientras contemplaba como las figuras se entrelazaban, dividían y formaban la palabra "Karakura" para luego pasar a transformarse en otros seres fantásticos.

- Es muy bonito- le hubiera gustado haberlo visto con Ichigo, pero prefirió no verbalizar sus pensamientos. Se lo imaginó mirando con el ceño fruncido y cara de hastío y tuvo que reprimir una risita.

- Solo por este momento vale la pena haberse quedado aquí otro año.

Orihime apoyó la cabeza en el hombro de Tatsuki y siguieron observando el show.

Sin previo aviso entre los fuegos artificiales el cielo se quebró y de la cicatriz dejada en él empezaron a salir monstruos de máscara blanca, rompiendo la calma reinante hasta el momento. Chad fue el primero en darse cuenta. Se levantó de golpe.

- Inoue, mira.

La joven ya estaba observando, horrorizada. A su alrededor la mayoría de vecinos de Karakura seguían sentados tranquilamente, aunque algunos, los dotados de más energía espiritual de la normal para un humano, gritaban y habían empezado a correr ante la mirada estupefacta de los demás.

- Tatsuki, Mizuiro, ¡corred!

A Tatsuki le costó un momento reaccionar y huir junto al chico mientras Orihime y Chad se dirigían diligentes hacia los hollows. Miró un segundo hacia atrás para ver cómo los brazo de Chad se convertían en dos potentes armas acorazadas y las horquillas de su amiga de la infancia brillando alrededor de su cabeza como si de un cuento de terror se tratase.

Una mujer cayó al suelo ensangrentada cerca de Karin y su familia. Probablemente ella nunca llegaría a saber lo que había ocurrido, pero Karin lo había visto. Un hollow dotado con enormes pinzas la había atacado y atravesado con una de ellas. Yuzu chilló, sin estar muy segura de lo que estaba ocurriendo. Isshin rápidamente agarró a sus hijas bajo cada uno de sus brazos y comenzó a correr con ellas en dirección a su clínica.

El caos se apoderó de los que hasta hacía un momento había sido una fiesta tranquila. La gente moría y resultaba herida sin saber el motivo, otros huían en todas direcciones. Pocas cosas dan más miedo que recibir un ataque de algo invisible de lo que no te puedes defender. Había gritos, llantos, souvenirs y comida en el suelo... Yuzu llevaba los ojos cerrados, con los párpados fuertemente apretados. Karin sujetaba los repelentes ocultos en la mano, por si acaso alguno les atacaba. Cuando ya estuvieron lo suficientemente cerca de la calzada, Isshin dejó a sus hijas en el suelo y les ordenó volver a casa.

- Pero, papá, yo... - Karin se quejó. Quería quedarse a intentar enfrentarse a los hollows, pero no podía explicárselo a su padre.

- ¿Tú no vienes?

- No, Yuzu, yo me quedo. Soy médico, y puedo ayudar.

- Pero, papá... - Yuzu empezó a replicar, pero Isshin ya se había dado la vuelta y marchaba hacia la multitud. Se volvió hacia su hermana con los ojos marrones anegados en lágrimas-. Karin, tengo miedo.

- No te preocupes, Yuzu- la abrazó.

Karin no sabía qué hacer. Por un lado quería poner a su hermana a salvo, pero por otro sentía que su deber era quedarse allí. Creía poder expulsar de allí a algunos hollows. Aunque había muchísimos. Solo desde donde ella estaba podía ver ocho de esos bichos. La gran cantidad de energía maligna que emanaba de ellos hacía que se encontrase mal y le doliese el estómago, pero también sentía la energía de Chad y Orihime luchando en algún punto lejano. Debía ayudarles.

- ¡Karin!

Quien la llamaba era Urahara. No sabía cuánto tiempo llevaban él y su grupo a su lado. Jinta se aproximó, alarmado.

- ¿Estás bien, Yuzu?

Yuzu asintió. Entonces Karin tuvo una idea.

- Jinta, lleva a Yuzu a casa.

La mujer morena que les acompañaba intervino.

- Kisuke, marcháos los dos con las niñas. Nosotros nos ocuparemos de todo.

- ¿Estás segura?

- Sí. Son hollows menores, podemos apañárnos bien.

- Yo cerraré la grieta- dijo Tessai.

- ¿Tú también te quedas, Ururu?

Ururu dijó tímidamente que sí. Para Karin no había pasado desapercibido el comentario de la mujer. "Las niñas" la incluía a ella. Tomó una decisión en el último momento y salió corriendo, esperando que su hermana lo comprendiera.

- ¡Llevadla a casa!- gritó mientras se alejaba.

-¡Karin! ¿Dónde vas?

Yuzo hizo el amago de seguirla, pero Urahara se lo impidió. Karin no quiso volver a mirar atrás. No quería saber si Tessai, Ururu o esa mujer la estaban siguiendo. Con la esperanza de no toparse con su padre y con los repelentes en la mano, se dirigió hacia uno de esos seres; uno que parecía una mantis religiosa gigante. Antes de que el hollow pudiera reaccionar, Karin le roció una carga de repelente directo hacia la cara, provocando que desapareciese.

- Bien -masculló-. A por otro.

Avanzó entre un regero de basura y cuerpos, vivos e inertes, tirados en el suelo hasta alcanzar a un segundo hollow. Éste tenía el cuerpo marrón con un gran agujero en el estómago, y alas azules puntiagudas. La máscara blanca recordaba a la cara de un jabalí. Al verla se relamió. Karin sintió asco al apuntarle con el spray.

- Pero mira que eres feo- le dijo. El hollow levantó el vuelo al ver que ella le amenazaba y se alejó de ella. Karin le siguió con dificultad. Cada vez le dolía más la pierna. Empezaba a arrepentirse de no haber permitido que Urahara le curase la herida.

El hollow, que sabía que le estaba persiguiendo, la dirigió hacia la grieta de la que aún seguían saliendo monstruos.

- ¿De modo que era una trampa, eh? Eres más listo de lo que pareces.

Usaba la bravuconería para convencerse a sí misma, pero la realidad era bien distinta. Estaba rodeada por cinco hollows, con la certeza de que cerca de ella no hacían más que aparecer nuevos enemigos, que podían atacarla en cualquier momento. Y ella solo contaba con una pierna dolorida y un spray de repelentes para hollows. Empezó a girar con su spray en la mano, apuntando a sus atacantes uno por uno.

- Ni os atreváis.

Uno de ellos, el más pequeño y gordito, con una máscara totalmente amorfa y con el agujero en el cuello regordete, dio unos pasos en dirección hacia ella. Karin respondió rociándole con el repelente. El hollow se fue.

- Uno menos.

Siguió apuntando a los demás, intentando tenerles controlados a todos al mismo tiempo. Un segundo hollow intentó agarrarle de la coleta. Ella le esquivó y le repelió.

- Dos menos.

Pero no eran dos menos. Eran tres más los que se habían unido al grupo que la acosaba, recién salidos de Hueco Mundo. Karin se sentía impotente y cansada. Los hollows empezaban a mostrarse ansiosos y a emitir sonidos guturales. Dos hollows, el alado que la había dirigido hasta allí y otro que carecía de nariz. Karin pudo echarle el repelente al que se acercaba volando con sus colmillos de jabalí, pero no pudo atacar al otro. Llegó a sentir las garras del otro en los hombros, y cómo desgarraba su carne y lal mangas de su camiseta. Emitió un alarido de dolor. Se dio la vuelta para tratar de deshacerse de él, pero se encontró con que no estaba. En su lugar se encontraban la amiga de Urahara, Tessai y Ururu.

- Aparta, Karin- dijo la mujer-. Ocupate de que no entren más, Tessai. Ururu, acompáñala a la tienda. Que Kisuke le cure eso.

Karin no se atrevió a contestar. Se quedó maravillada al contemplar los movimientos elegantes con los que la esbelta mujer se deshizo de todos los hollows sin ninguna dificultad. Se sintió impotente e inútil.

- Ururu, te he dicho que te la lleves- repitió-. Y cuida de ella. Esos juguetes no le servirán de nada aquí.

Ururu la cogió en brazos, la puso sobre su hombro como si se tratase de un saco de patatas y la sacó de allí a una velocidad que Karin no pudo evitar catalogar de sobrehumana.