( ¡Hola a todos y a todas! Soy May una vez más. Solamente quería saludar para agradecerles el montón de favoritos, subscripciones y reviews que este fanfic se ha ido ganando... ¡Solo con el primer capítulo! Realmente estoy muy, muy feliz de que les haya gustado, espero que sigan leyéndolo hasta el final. ¡Cada nueva notificación me anima más a seguir con esto! )
Martes
Para una persona que no ha dormido en toda la noche, hay dos ruidos extremadamente molestos. El primero, el sonido de tu despertador a primera hora de la mañana para recordarte que tienes que levantarte para empezar un nuevo día, a pesar de que te durmieras hace tan solo unas pocas horas. El segundo, el sonido de tu teléfono vibrando y chillando para decirte que tienes un nuevo mensaje. Y cuando ambas cosas ocurren a la vez, es un caos.
A pesar de que intentó callar esos horribles sonidos tapándose completamente con las sábanas y la almohada, fue imposible ya que el sonido de su familia llamándole para que se levantara no tardó en unirse al coro de sonidos que querían sacarle de su sueño. Torpemente, buscó el despertador para apagarlo y luego cogió su teléfono, lo abrió y se quedó contemplando un momento la pantalla de "Tienes 1 nuevo mensaje", la única fuente de iluminación en su habitación en esos momentos. Abrió el mensaje después de un pesado suspiro y tardó bastante en leer el mensaje que había escrito.
De: Kousaka (Béisbol)
Asunto: Entrenamiento
Ya que ayer nos obligaste a terminar el entrenamiento antes de lo debido, todo el equipo tendrá que ir a una práctica matutina. Las competiciones comenzarán dentro de poco, ¡no podemos perder el tiempo!
Por favor no llegues tarde.
–Ah...
Le costó un momento, pero finalmente comprendió lo que significaba ese mensaje. De manera inmediata, significaba que tenía que vestirse rápidamente si no quería que el capitán de su equipo de béisbol volviera a hacerle correr durante todo el entrenamiento. De todas maneras, se iba acostumbrando poco a poco a tener que ir a toda prisa a un repentino entrenamiento matutino, por lo que lo que más le costó fue encontrar las fuerzas suficientes para vestirse, recoger su uniforme deportivo y su material para clase, desayunar y salir a toda prisa con su bicicleta.
La escuela estaba a varios minutos caminando de su casa, una bonita residencia familiar de dos plantas dónde vivía con su gemelo y sus padres, por lo que no tardaba más de diez minutos en bicicleta. Lo bueno que tenían los repentinos entrenamientos matutinos era que a esas horas no había casi nadie en su dirección, por lo que tenía que esquivar a mucha menos gente que el resto de los días, cuando llegaba tarde.
No debía de haber sido una mañana fuera de lo común. Tendría que haber llegado a tiempo al entrenamiento y luego ir agotado a su primera clase de la mañana. Sin embargo, había olvidado durante un momento algo muy esencial.
Aquella no sería una semana corriente.
Sintió el salto de su corazón en cuanto vio a lo lejos una cabellera rubia que reconocía perfectamente. Casi como un acto reflejo, apretó el freno de su bicicleta, para recudir la velocidad. En un solo segundo, todos los recuerdos de la tarde anterior aparecieron en su cabeza.
Por qué se había detenido el entrenamiento. Por qué se había quedado un rato pegado a la puerta del Consejo Estudiantil, a pesar de haberla cerrado, con el rostro sonrojado esperando que el corazón se le relajarse. Por qué no había podido dormir hasta que su mente estuvo demasiado cansada. Por qué llevaba el doble de hamburguesas para almorzar de las que llevaba normalmente.
–¡Arthur!
–¿Eh?
Por pura suerte, su bicicleta se detuvo justo al lado del inglés, que se detuvo al girar y ver a Alfred ir hacia él. A pesar de que el americano le mirase con una amplia sonrisa para ocultar sus repentinos nervios, Arthur no parecía mucho más que un poco sorprendido de encontrarle tan temprano.
–¿Qué haces aquí a estas horas?
Los ojos verdes del mayor se posaron en los azules un momento, luego cerró los ojos soltando un suspiro. Y su rostro volvió a ser la misma muestra de enfado que siempre le había visto.
–Bueno, por culpa de "alguien" no pude terminar todos los papeles de ayer. Así que decidí venir antes y hacerlo antes de que empezaran las clases.
–¿No crees que te tomas tu trabajo demasiado en serio?
–Es bastante importante, y alguien tiene que hacerlo -Arthur se cruzó de brazos y miró a Alfred de nuevo- De hecho, si no cumpliera bien con mi trabajo, tu estúpido club de béisbol no habría podido llegar al campeonato regional el año pasado -Después de un minuto de silencio, añadió- Ahora que lo pienso, ¿qué estás haciendo tú aquí a estas horas?
–¡Tengo entrenamiento! -Respondió con una amplia sonrisa- Esta vez intentaré no lanzar ninguna pelota contra tu ventana.
–Más te vale, o descontaré lo que suponga arreglarla del presupuesto del club.
Y ya está. Se quedaron en silencio un momento, el suficiente para que Alfred se preguntara si no era capaz de escuchar los nerviosos latidos de su corazón... ¡Claro que no es porque ahora, justo ahora, se hubiera dado cuenta de que esa semana Arthur y él serían novios! Es que nunca antes había tenido pareja. Y mucho menos había salido con otro hombre, así que no tenía ni la más mínima idea de lo que debía hacer ahora. ¿Había empezado mal? ¿Tal vez debería haber hecho un saludo más del estilo "¡Buenos días, sweetheart!"? No, pensándolo bien aquello sonaba demasiado extraño. Arthur y él, al fin y al cabo, eran casi desconocidos que no se habían hablado más que para que el inglés le gritase que su club debía dejar de romper ventanas e insultarle. Y de repente eran novios. Era su primer novio.
–¿Te llevo?
Su rostro debía estar igual de rojo que la tarde anterior en aquella habitación, pero ya lo había dicho.
–¿Eh?
Alfred suspiró, y señaló con la cabeza la bicicleta. Arthur le siguió con la mirada, pero parecía tardar en entenderlo.
–Súbete, llegarás antes -Sonrió. Arthur balbuceó un par de veces antes de que un ligero sonrojo tiñera sus mejillas. Pero el americano logró interrumpirle antes de que dijera algo que, seguramente, sería una protesta- Está bien, soy tu novio esta semana.
Después de intercambiar varias veces su mirada entre la bicicleta y Alfred, el inglés soltó un suspiro. Apoyó sus manos y se colocó como pudo en el transportín que había sobre la rueda trasera. Por suerte, este era lo suficientemente grande -o Arthur lo suficientemente delgado- para que pudiera ir sin caerse.
–Y creo que... Deberías agarrarte -Añadió Alfred, mirando hacia delante tras comprobar que el mayor no tenía problema con su asiento. Aunque esperaba un insulto o un grito por parte del inglés, sintió el corazón dándole un vuelco cuando sintió sus brazos rodear su tronco.
"Está bien, se supone que somos novios"
Aunque le costó mucho encontrar las fuerzas para comenzar a pedalear.
Hubo silencio durante todo el trayecto, a pesar de los intentos de Alfred de comenzar una conversación, ya que morían en su garganta. Sí, ahora eran pareja, pero no podía sentirse más extraño. ¿Cómo se habrían sentido todas las chicas que, antes de él, habían pasado una semana como novias de Arthur? ¿Hacía él esta clase de cosas con ellas?
Recordaba haberle visto alguna que otra vez caminando por el pasillo de la chica que estaba con él esa semana. Normalmente eran chicas de cursos inferiores, con apariencia tímida y que parecían contentarse con poder caminar cerca de Arthur, incluso si sabían que él no correspondía a sus sentimientos.
Pronto se obligó a dejar de recordar lo que había visto de sus anteriores novias, porque le causaba un horrible sentimiento en el pecho.
Cuando llegaron a la escuela, dejaron la bicicleta en el pequeño aparcamiento que había para ellas y Arthur se despidió con un movimiento de la mano, indicándole que la entrada al edificio de clases estaba del lado contrario a las canchas de los clubes deportivos.
–Ah... Entonces, ¿nos veremos para comer? -Fue todo lo que Alfred se atrevió a preguntar.
Un suave rojo se posó sobre las mejillas de Arthur, que solo se encogió de hombros, colocando su bolso detrás de su espalda. Movió la mirada al suelo y una sonrisa suave, tan suave que parecía dibujada con un pequeño pincel, apareció en su rostro.
–Ah... Sí, allí estaré -Y dicho esto, se dio la vuelta y se dirigió a su trabajo.
Alfred fue incapaz de quitar de su cabeza esa expresión durante todo el entrenamiento.
Cuando dejó su bolso sobre su silla y se sentó, abanicándose con el cuello de la camisa del uniforme, ya casi toda la clase estaba lista para comenzar. Sus vecinas de pupitre estaban comentando sobre algún programa de moda que echaban en la televisión, y Kiku le saludó con una sonrisa.
–Buenos días, Alfred-san.
Él solo cayó pesadamente sobre su asiento, soltando un suspiro.
–No he podido quitármelo de la cabeza -De nuevo, Alfred comentaba en voz alta, más para él mismo que para comenzar una conversación con su amigo. Sin embargo, este siempre parecía escuchar todo lo que decía.
–¿Eh?
–Ayer le pedí a Arthur Kirkland que saliera conmigo esta semana. Y no he podido quitármelo de la cabeza -Suspiró como respuesta, apoyando su mejilla en una mano y mirando hacia Kiku. Cerró los ojos para bostezar, y cuando los abrió, volvió a ver el mismo rostro sonrojado que el japonés le había mostrado el día anterior.
–¿P-P-P-P-P-Pedir salir? ¿A Kirkland-san? -Repitió, bajando de nuevo el tono de la voz. Como si lo que estaban hablando fuera un asunto de máximo secreto.
–Vendrá para comer -Este dato hizo que el rostro de Kiku enrojeciera aún más.
–¡Alfred-san! ¿¡No se da cuenta de lo que ha hecho!? ¡Ambos son hombres! -Kiku le chillaba en susurros, lo cual resultó bastante divertido para Alfred... Quien le respondía con el mismo tono de voz que siempre.
–¡Lo sé, lo sé! Pero nunca antes había salido con nadie, ni siquiera me había planteado si me interesaban los hombres o las mujeres...
–¿Y si toda la escuela se entera de esto?
–Pero creo que es realmente lindo.
Ante este comentario, el rostro del japonés se calmó y miró a su amigo durante un momento, para recuperar la compostura y volver a la tranquilidad habitual en él. Se llevó una mano a mentón, como hacía cuando pensaba algo, y luego miró a Alfred.
–¿Has pensado en la posibilidad de que te guste?
Sus ojos se abrieron un momento y su rostro se tiñó de rojo. Sintió que el corazón le iba un poco más rápido. ¿Gustarle? Bueno, era vedad que se había fijado en él mucho tiempo. No solo en que cambiara de novia cada semana, aunque es verdad que ese fue el motivo principal por el que comenzó a fijarse en él. Se había preguntado como alguien con tan mal carácter y que tenía por costumbre fruncir el ceño ante cualquier ser humano que pasara delante de él podía ser tan popular con las chicas, o qué había en su heroica personalidad para que prácticamente le tirase las pelotas a la cara cada vez que iba a recogerlas.
Pero luego estaba ese otro lado que acababa de descubrir. El sonrojo que se apoderó de su rostro cuando le pidió salir. La expresión de aquella mañana. Esa ligera sonrisa.
–Creo que...
Su amigo se llevó un dedo a sus labios y sonrió. Alfred tardó en entenderlo, hasta que vio al profesor entrando por la puerta de su aula.
Las siguientes horas pasaron tan rápido que juraría que se habían saltado la mitad de las clases, pero tan lento que cada segundo se le hacía eterno. Una parte de él estaba demasiado nervioso como para asimilar que cuando comenzara la hora del recreo, Arthur estaría ahí para comer con él... Y la otra parte de él no podía hacer más que desear que llegara el momento de verle de nuevo.
Cuando sus compañeros comenzaron a levantarse para almorzar, sintió el tirón de su camisa por parte del japonés. Le miró un momento, y luego siguió el dedo que señalaba hacia la puerta. Pero no hizo falta que terminara de llevar su vista ahí, las voces dejaron claro lo que pasaba.
–¡Kirkland-senpai! ¿Qué estás haciendo aquí?
–¿Ya tienes pareja esta semana?
–¡Oye, Miyuki!
–¡Es que tenía que preguntárselo!
–¿No será alguien de nuestra clase?
–¿Eh? ¡Eso es imposible!
Para ser alguien que era tan popular con las mujeres, Arthur parecía bastante cohibido por el pelotón de chicas que intentaban hablar con él en la entrada de la clase. O tal vez era solo que tratar con esas tres chicas era bastante complicado. Pero Alfred no logró escuchar ningún comentario coherente aparte de meros balbuceos, cuando se acercó a la puerta para recibirle con una sonrisa.
–¡Arthur! La clase acaba de terminar, pensé que tardarías más en venir -Por su parte, el americano fue incapaz de darse cuenta de las miradas que las chicas le echaron cuando le dirigió la palabra al inglés. Quien, por su parte pareció sorprenderse un poco cuando vio aparecer al menor.
–Dije que estaría aquí a la hora de comer, ¿verdad?
–¡Pero no pensé que te lo tomarías tan literal! -Rió, y luego se acercó más a él, dejando su aula y entrando al pasillo- Conozco un buen sitio para comer, ¿vamos?
Arthur dudó unos momentos, pero luego simplemente se encogió de hombros.
–Está bien, te seguiré -Mostró una pequeña sonrisa a las chicas mientras hacía un gesto con la cabeza- Ladies -Y se marchó tras Alfred, quien caminaba hacia la azotea con una amplia sonrisa en su rostro.
–¿Pero qué ha sido eso?
–¿Jones?
–¿Qué está haciendo con Kirkland-senpai?
Arthur no tardó en alcanzar el ritmo de Alfred, quien caminaba con la misma sonrisa de antes hacia las escaleras que llevaban al tercer piso, y también a la azotea.
–¿A dónde vamos?
–¡A la azotea, claramente! -Alfred se giró para mostrarle su amplia sonrisa al inglés, quien alzó una ceja ante su respuesta.
–Pero no se puede ir allí a menos que seas miembro del club de astronomía, o tengas el permiso de un profesor...
–¡Ah, venga! -Se giró para quedar frente al inglés y mirarle de frente- Eres el presiente del Consejo Estudiantil, así que tenemos excusa.
El británico detuvo sus pasos para mirarle un momento, aún con la misma expresión. Dudó un momento ante la mirada de Alfred. Por desgracia para él, no sabía que no aceptaba un no por respuesta.
–No, sin duda creo que deberíamos buscar un lugar mejor. Incluso tu aula podría...
–¡Vamos!
Antes de que Arthur pudiera terminar, el otro se armó de la fuerza suficiente para tomarle de la mano y tirar de él escaleras arriba, atravesando todo el pasillo hasta llegar a la desierta azotea. Aunque el inglés no volviera a protestar durante todo el camino, Alfred estaba seguro de que estaba preparándose para gritarle en cuanto llegaran a su destino.
La azotea era un lugar amplio sobre todo el edificio de las clases, desde el cual podían verse por completo las canchas de los clubes deportivos. Todo estaba rodeado por una verja de dos metros de altura, y tenía una pequeña torre un poco más elevada, a la cual se podía acceder por unas escaleras horizontales, y que era lo suficientemente grande para que un par de miembros del club de astronomía colocasen un telescopio. Alfred lo sabía bien, porque a pesar de estar contra las normas, ese era su segundo lugar favorito después de la cancha de béisbol.
A pesar de que Arthur se negase al principio, pronto cedió y ambos subieron al tejado de la pequeña torre, donde se sentaron...
Y otra vez el incómodo silencio.
–Esto...
–¡O-Oye!
Ambos se miraron a la vez, causando otro silencio el doble de incómodo.
–Ah, ayer estaba preparándolo y...
–¡Creo que es genial y, claro a todo el mundo le gusta!
–No tomes ideas equivocadas, solamente hice demasiado así que...
–¡Y hoy no me siento capaz de comerlas todas aunque normalmente puedo hacerlo, así que...!
–¡Traje esto para ti! -Ambos chillaron al mismo tiempo. Alfred señalando la bolsa en la que su madre solía dejarle la comida, y Arthur sacando un obento y tendiéndolo hacia el otro. El silencio volvió a reinar un momento mientras los dos se miraban.
–Ah...
–Eh...
Fue lo más inteligente que supieron decir durante unos momentos. Alfred miró un momento su bolsa y la abrió para tirar al suelo en el que estaban sentados todas las hamburguesas que traía. Más o menos, unas doce. Arthur miró cómo caían y caían, hasta que juró que aquello jamás terminaría.
–¿Hamburguesas? -Señaló el montón que el americano acababa de tirar- ¿Y por qué tantas?
–¡Son lo mejor! ¡Pensé que estaría bien que comiéramos hamburguesas juntos! -Alfred asintió, como si estuvieran hablando de lo más lógico del mundo- ¿Qué tienes tú?
El rostro de Arthur volvió a sonrojarse, y bajó la mirada al obento que tenía entre las manos. Alfred hizo lo mismo, y después de comprobar que solo era una caja normal y corriente -a decir verdad, aún no se había acostumbrando a las costumbres japonesas y esa era la razón por la que su comida la llevaba en una bolsa- volvió a mirar a Arthur.
–¿Y esto? -Preguntó, señalando a la caja.
–Ah, bueno, yo... Estaba cocinando y sin querer hice demasiado, así que...
–¿Lo has hecho tú? ¿A mano?
Arthur levantó su mirada ligeramente sonrojada al notar el entusiasmo de la voz de Alfred. Sonreía tanto que parecía que fueran a salir estrellas de sus ojos.
–Ah, sí... Siempre me hago la comida, así que... -Antes de que pudiera terminar la frase, el americano tomó la tapa de la caja y observó el contenido. Unas cuantas bolitas negras, algo de arroz con un aspecto muy poco saludable, y lo que parecían ser unas adorables salchichas en forma de pulpo, solo que en un estado muy cercano a ser cenizas. El inglés mantuvo la respiración un momento, aunque el horrendo estado de la comida no pareció importarle mucho al americano, que tomó una de las bolitas negras con las manos.
–¡Buen provecho! -Sonrió ampliamente antes de llevársela directamente a la boca.
Deseó no haberlo hecho nunca.
–¡Si no te gusta tampoco tienes por qué comerlo! ¡Lo hice para mi, no para ti! ¡Ya sabía que tenías el cerebro del tamaño de una pelota de béisbol!
–¡Oye, espera!
–¡Me lo comeré yo, trágate tus tontas hamburguesas!
–¡Arthur!
Cuando este volvió, bastante enfadado, la cabeza para seguir enfrentando a Alfred, se encontró con que este se estaba comiendo toda la comida que había en su caja. Se quedó inmóvil, mientras el americano comía casi sin masticar, hasta solamente dejar unos pocos restos. Ambos se quedaron en silencio durante unos momentos.
–Ya no tienes nada que comer, así que no puedes rechazar las hamburguesas -Alfred sonrió un poco, girando la cabeza hacia el inglés. Este le observó un momento antes de tomar una hamburguesa y quitarle el papel que la envolvía, mostrando una cara de asco que al americano le resultó muy exagerada, pero también muy cómica.
Arthur no tardó en comer la hamburguesa, y para su propia sorpresa, también terminó una segunda, aunque todas las demás se quedaron de nuevo en la bolsa que traía el americano. El silencio volvió a reinar durante varios momentos mientras los dos guardan los restos de aquél almuerzo.
–¿Vas... a hacer algo hoy? -Alfred fue el primero en romper el nuevo silencio. Se encogió de hombros, mirando hacia otro lado. Sabía que cada vez que le hacía una pregunta así a Arthur se sonrojaba y no podía evitar ponerse nervioso, pero intentó mirarle con una pequeña sonrisa- Estaba pensando que estaría bien que fuéramos a alguna parte.
Pero todo lo que recibió por parte del inglés fue que se cruzase de brazos y mirase hacia otro lado, con aire ofendido.
–Sin duda, eres todo lo contrario a un caballero -Suspiró- Y no tienes la más mínima idea de lo que son los modales. Hoy estoy ocupado, no puedo ir a ninguna parte. En realidad, no puedo salr de la escuela.
–Si trabajas tanto acabarás perdiendo...
–Pero mañana estoy libre -Alfred detuvo sus palabras al escuchar aquellas palabras. Aunque Arthur seguía mirando hacia otro lado, pudo notar algo de rojo en sus mejillas. Sin darse cuenta, sonrió suavemente.
–¡Está bien, entonces mañana saldremos después de las clases! -Proclamó con una amplia sonrisa!
–¿Después de las clases? -Arthur repitió las palabras del otro, girando la cabeza para verle- Espera un momento ¿y el entrenamiento de béisbol?
–¡Me lo saltaré!
–No, has estado todo el curso como un loco jugando a béisbol, no puedes simplemente saltarte el entrenamiento porque...
–Pero es normal hacerlo si voy a salir con mi novio.
Las palabras de Alfred volvieron a helar el ambiente tal como lo habían hecho el día anterior. Mientras Arthur le miraba primero con los ojos abiertos, y luego ligeramente sonrojado, Alfred sentía que el corazón se le saldría por la boca de un momento a otro. Arthur balbuceó un par de "ah... eh..." antes de que Alfred volviera a hablar, mirándole a la cara.
–¿Sueles besar a tus novias los Martes?
El nerviosismo en el rostro del de ojos verdes fue notable al momento. Rodó los ojos varias veces, como si tratase de encontrar unas palabras adecuadas que decir en cualquier cosa que no fuera el americano.
–No sería propio de un caballero besar a una dama el primer día -Murmuró su respuesta, aunque sonaba confiado. Alfred suspiró, intentando que el corazón volviera a latirle a una velocidad normal para continuar con una conversación decente... Pero el tiempo de la comida no era eterno.
–¡Si no bajamos ya vamos a llegar tarde a clase! ¡Es tu culpa por querer venir a este sitio!
Fue la reacción de Arthur al mirar su reloj de pulsera, por lo que prácticamente le empujó para que se diese prisa y bajaran de la azotea para regresar a sus clases.
–¡Puedo recogerte después de clase! -Alfred sonrió antes de separarse de Arthur, frente a la puerta de su clase. El inglés suspiró.
–Ya te he dicho que estaré hasta muy tarde, así que lo mejor que puedes hacer es irte a tu casa después del entrenamiento -Hizo un gesto con la mano y entró en su clase, dejando a Alfred solo en el pasillo de las clase de último curso. Se encogió de hombros, y decidió que no tenía sentido seguir discutiendo con él hasta que al darse la vuelta, se encontró con un rostro conocido.
–¡Oh, Jones! ¿Estás en forma para el entrenamiento de hoy?
–Ah... Ahora que lo menciona, creo que esta semana me será muy difícil poder asistir a los entrenamientos. Mi madre ha estado muy enferma últimamente y quiere que Matt y yo le ayudemos en casa...
El rostro de su compañero mostró desconcierto un momento, y luego le dio unos golpecitos amistosos en el hombro. Alfred alzó la mirada con una sonrisa y el entrenador siguió caminando por su pasillo, en dirección a su aula.
En cuanto el rubio volvió a la suya, notó las fijas miradas de tres de sus vecinos de pupitre. No, de los cuatro, ya que incluso Kiku le siguió con la mirada antes de que se sentase a su lado.
–¿Qué tal con Kirkland-san? -Susurró el pelinegro, en uno de esos intentos -cuya finalidad Alfred no comprendía- de ser discreto.
–¿Sabes Kiku? -Suspiró, apoyándose contra su pupitre después de guardar sus hamburguesas- Creo que me gusta demasiado.
